Stories 93 / Random

Stories by léon bloy

vanos espectros (spanish)

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Se diría que la misma muerte sentía repugnancia por esos pobres diablos que desconfiaban de ver terminadas sus agonías. Cuando se es rabiosamente joven, el oficio de espectro es, a la larga, insostenible, sobre todo si no han sido adiestrados previamente en la pesadilla y la educación de esta masa de estudiantes, arrancados de sus familias, dejaba, a este respecto, mucho que desear.
Eran, sin embargo, la flor y nata de la sociedad francesa de su tiempo y habían cumplido, generosamente, con lo que consideraban era su deber. Algunos dejaron la vida, a pesar del gran apego que tenían por ella. Otros volvían cojos, rendidos, perdidos sin remisión, perennemente convalecientes. Pero la mayoría de los supervivientes traían un alma infinitamente hastiada que engendraría una generación subsiguiente ayuna de todo entusiasmo.
Dudo mucho de que los ciclistas o los tresillistas actuales se lanzasen a vivir tan de buen grado como sus padres las peligrosas aventuras, las locuras, a veces heroicas, que la guerra francoalemana ofreció. Fue el gesto supremo y último, lo digo bien alto, de una Francia exhausta, a un paso de la muerte.
Venían de lejos los valerosos muchachos a los que vi sufrir y luchar en ese crudo invierno. Me refiero a un cuerpo especial reclutado especialmente en el Mediodía. Lo componían tolosanos, marselleses, perigordinos y vascos, retoños de la vieja burguesía provincial y tradicional, exquisitamente educados, por tanto, y que parecían, en general, mucho más fuertes que los demás soldados improvisados de los departamentos centrales o norteños.
El gran Capitán que hubiera podido sacar provecho de esta fuerza no se presentó nunca y los infelices, saturados, en su tierna infancia, de Victorias y Conquistas, se vieron forzados a resignarse a la continua derrota en la propia patria. Aquellos que no eran de hierro, hallaron esto de una dureza terrible.
Un domingo por la tarde, 4 de diciembre —esta fecha no podrá ser olvidada nunca— tuvieron que asimilar la noticia de que el ejército francés, con cuyo apoyo creían contar, había vuelto a atravesar el Loira, de que los prusianos marchaban sobre Orleáns y de que estaban absolutamente solos en medio del bosque.
Era preciso, pues, dar la espalda a París, que debería apañárselas como pudiera, licuarse para pasar deslizándose entre las líneas enemigas y caminar treinta horas, con un frío polar capaz de cristalizar la baba del Gran-Duque de Mecklembourg. Primera etapa de veintisiete leguas.
La cacería había durado ocho días con sus noches, durante las cuales hubo que acostumbrarse al insomnio y al hambre. Llegados, en fin, en estado calamitoso a Cháteauroux, después de muchos rodeos, idas y venidas que podían equivaler a buena parte de la distancia que nos separa de la Luna, pareció necesario a ciertos personajes eminentísimos y exquisitos hacinar a este lastimoso ganado en trenes catalépticos cuya lentitud hubiera exasperado a un cochero de pompas fúnebres.
Cháteauroux, Saint-Sulpice-Lauriere, Poitiers, Niort, Angers y Le Mans, ese había sido el itinerario de un trayecto de setenta y dos horas en furgones, en coches malditos con todos los cristales rotos, con una temperatura de entre 18 y 23 grados bajo cero.
Inmediatamente después de este intento de petrificación de los defensores de la patria, se reanudaron los paseos militares a través del Departamento del Sarthe. Escaramuzas ridículas, multiplicados reconocimientos de no se sabía qué, noches de imaginaria, cielos inclementes, hambre atroz y la certidumbre previa de que, de aquí en adelante, todo resultaría perfectamente inútil. ¿Cuánto tiempo más? ¡Oh, Señor!
Se dieron casos de locura de atar. A fuerza de entregar la vida en dosis, en la esperanza siempre burlada de hallar una ocasión de morir honorablemente de una vez por todas, algunos llegaron a convencerse de que sus compañeros de agonía eran prusianos. Dos o tres hombres fueron gravemente heridos por estos lastimosos orates a los que hubo que encerrar; espantoso delirio que, por un instante, pareció contagioso.
Se desataron tempestades, ciclones de desesperación que lo dislocaron todo. ¡Hubo hasta suicidios!
Habían sido inducidos a error de tal manera por hombres y cosas, estaban tan rendidos, padecían tanto por el frío constante y el hambre perenne que el sentido de la realidad acabó por desaparecer.
De vez en cuando, es cierto, se tenía la impresión de una calma en medio del diluvio, todo el mundo buscaba a todo el mundo, y los desaparecidos pedían a los aislados información sobre el paradero de los inencontrables…
Tres meses de semejante existencia bastaron para convertir a esta juventud, templada en el sacrificio, en una ringlera de tardígrados fantasmas a los que se hacía pasar por exploradores y cuya presencia en todos los caminos llenaba de inquietud a los campesinos.
Arrastrados por todas las corrientes de la catástrofe, llevados de aquí para allá por el oleaje que sacudía los campos de batalla, sin lograr ni una sola vez verse alineados, parecían difuntos en peregrinación a los que costaba dar con sus sepulcros.
Habían perdido la cuenta de los espectáculos de esta clase de los que habían sido ávidos testigos y, cuando la menor esperanza de vencer desapareció, se resignaron a sufrir como vacas sin caporal ni cencerro.
Pero antes habían rugido y sollozado contra el monstruoso papel de ser comparsas de las inmolaciones que les habían asignado. Uno de esos días no pudieron dejar de presenciar el exterminio completo de una compañía de infantería de marina abandonada en un punto estratégico donde el general en jefe debió haber concentrado sus mejores fuerzas. Vieron a sesenta hombres plantar cara a sesenta cañones y a diez mil bávaros, durante tres horas y media, entonando canciones marineras.
Ante sus ojos, los sesenta hombres fueron cayendo hasta el último, que era precisamente su capitán, y estos jóvenes, ahítos de admiración e ignominia, estuvieron en un tris de matar a su comandante, quien también lloraba por verse obligado a contenerlos.
Recordaban también —y esto guardaba semejanza con esas historias de fuegos y vientos divinos que se leían en las Escrituras—, recordaban haber visto pasar, en Beaune-la-Rolande, a un coracero que a pesar de haber sido decapitado por el cañón al intentar cargar proseguía durante un instante su acometida contra lo invisible, el sable en todo momento empuñado y el cuerpo llevado a galope tendido por su caballo, mientras la tronchada cabeza rodaba a sus cascos…
Varios habían conservado esta visión apocalíptica como una estampilla de la demencia.
¡Ah, habían visto a los prusianos de cerca! Habían, valga la expresión, acampado bajo el árbol letal que ofrecía esos sabrosos frutos, con la prohibición eterna de tocarlos.
No les fue siquiera concedido luchar contra ese funesto Tercio Rojo, cuya captura decidió la suerte de la guerra y que fue confiado, por una ceguera sobrenatural, a los asfixiados soldados del campo de Conlie.
Recibieron, según era usual, la orden de replegarse en el momento justo en el que su intervención hubiera sido útil, después de un letal plantón de doce horas en la nieve, prietas las filas.
Se había prohibido prender fuego, encender siquiera un cigarrillo, disparar un solo tiro. Llegó el día, el día terrible del 11 de enero en el que los alemanes se hicieron visibles a sesenta metros, inmóviles, silenciosos, gélidos ellos mismos con la consigna de no atacar todavía.
Las tropas de asalto, a las que quedaban acaso unos instantes de vida, estallaron entonces en una salva de risas dolorosas y sollozos y se batieron, como niños, a golpes de bolas de nieve…
Francia había sido vencida del todo, pero la sumisión no era completa, y los vanos espectros iban y venían, sin descanso, en una alucinación de locura y dolor.
Tuvieron que errar aún dos semanas, helados, hambrientos, somnolientos, desesperados de sufrir tan atrozmente.
Formaba parte de esta tropa un desgraciado muchacho, un seminarista de veinte años, que se había enrolado como voluntario con trescientos cirios en el corazón. Había soñado con encarnar a Judas Macabeo y sus camaradas le aseguraron que él sería macabeo no tardando mucho, cosa que ocurrió efectivamente.
Su campaña militar constituyó la más cruel decepción y me despreciaría si olvidase su muerte.
De constitución débil, como la mayoría de los muchachos trabajados por el heroísmo, las insólitas penas de las que fue víctima lo minaron antes que a los demás. Movía a piedad verlo caminar como un sonámbulo, rodando en la nieve, cada cien pasos, con su fusil, despertándose como consecuencia de la caída y levantándose entre estertores escupiendo una invocación.
Enfermo muy pronto de tisis su persistente tos se convirtió en la fanfarria de este batallón fantástico. En dos o tres ocasiones algunos compañeros compadecidos trataron de llevarlo a rastras. Pero el espectáculo era ciertamente de una lobreguez extrema: los mismos porteadores pedían a gritos que los enterrasen; había que renunciar.
Ni pensar en hablarle de ambulancias o de hospitales. Tenía la idea fija de morir con las botas puestas.
Un día, decidido a morir en el campo de batalla, se precipitó, bayoneta en ristre, sobre un grupo de prusianos, tan exhaustos a decir verdad como él, que miraban pasar a los infelices derrotados sin demostraciones hostiles, como hubieran observado una comitiva fúnebre.
Cosas así se vieron; había tal grado de hartazgo, en uno y otro bando, que se acabó por no luchar cuando se encontraban grupos reducidos de soldados.
Uno de estos prusianos, que recordaré siempre, un enorme diablo rojo de melancólica mirada, apartó tranquilamente el fusil con el que este rapaz amenazaba con rasguñarle y, aferrándolo con un brazo, le acercó a la boca el gollete de una garrafa de aguardiente.
El moribundo bebió con avidez algunos tragos y el enemigo, muy dulcemente, lo dejó marchar. Tal fue el resultado de su última crisis de coraje.
Tres días después, tenía estertores. Por suerte, llegó a una población cuyo nombre no recuerdo, población, por decirlo todo, rebosante ya de un infinito número de andrajosos y miedicas.
Logró encontrar un lugar en el que echarse. Y este lugar maravilloso, que le tenía reservado el más increíble de los destinos, estaba en la iglesia, al pie del ingenuo altar consagrado a la Virgen Dolorosa de los Siete Puñales. Luego, impulsado probablemente por la necesidad de contrabalancear la extraordinaria aflicción de su cándido corazón se percató de que una diminuta llama rosada, olvidada, continuaría, no se sabe cómo, brillando a su lado hasta después de su último suspiro y pudo, en plena agonía, acordarse de la tierna historia —aprendida antes de su paso por el seminario— de ese Papa de las Catacumbas que, esperando la hora del martirio, escribía, con mano serena, las reglas relativas a la Lámpara del Templo…
Al día siguiente los más descreídos de sus camaradas tuvieron que reconocer que el seminarista, sin duda, se había llevado la mejor parte.