una francotiradora (spanish)
Esta aventura, bien lo sé, es poco verosímil. ¿Pero, qué puedo hacer? La guerra francoalemana es en sí misma un caos de inverosimilitudes. Más adelante lo sabremos, cuando ciertos labios que se nos antojaban de hierro o de bronce sean completamente despegados por la muerte.
Hay unos, en los que aún late la vida, cuyo testimonio o confesión, incluso entre susurros, levantaría las lápidas de los sepulcros y haría saltar los adoquines de los caminos todos de Francia.
La Confesión de Bismarck, con la que se aterrorizó al mundo hace seis meses, no es más que el pródromo de otras confesiones que no aguardarán quizás al fin del siglo… Podrían nombrarse sin dificultad una cuarentena de sujetos que deben leer con ojos particulares las leyendas actuales de esta guerra única en su género, cuyo vigor fue ocultado.
Supongo que algunos de esos personajes que podríamos obligar a hablar calzándolos con borceguíes candentes dejaron, por lo menos, un puñado de documentos auténticos, cuyo puesto viene señalado por adelantado en la historia de los asombros humanos.
La guerra de 1870 ha sido quizás la única en que todos sin excepción, ambos bandos a la vez, cometieron todos los crímenes.
No podemos permitirnos ignorar hoy que, hasta el final, los alemanes quedaron tan atónitos por sus victorias como los franceses consternados por sus derrotas. Pero después de Sedan, incluso después de Metz y hasta la decisiva batalla de Mans, Alemania tembló, Alemania tuvo miedo de sentirse en medio de una nación tan superior de donde podía surgir de repente UN HOMBRE.
Mientras previeron la aparición de un ejército del otro lado del Loira, hasta los más audaces y astutos de los mandos alemanes, se creían en peligro, a pesar de todo, y estaban listos en todo momento para picar precipitadamente espuelas a sus triunfantes caballerías.
¡Ah, si eso que llamamos estúpidamente la Fortuna hubiera querido hacer surgir entonces uno de esos “pequeños galos” —en palabras del Canciller—, invisible a plena luz a fuerza de insignificancia, pero cuya alma está afiliada al trueno, y que, en ocasiones, la tempestad toca repentinamente con una crin de fuego, qué sublime cacería la de ochocientos mil enloquecidos vencedores!
El pánico inmenso, como un ciclón llegado del profundo Mediodía, que congregara en derredor de París la Invasión, habría de pronto lanzado el Olimpo de Versalles sobre Manteuffel, Federico-Carlos sobre Werder, Mecklembourg sobre Falkenstein y Von der Thann sobre su alteza real de Sajonia, en una trastrueque infinito.
¡Insólita inversión del desastre francés, que habría hecho estallar de admiración al mundo! Pero hubiera sido necesario que los bárbaros, al menos durante un minuto, se apercibieran del Alma de Francia, cosa que Dios no quiso porque la hora todavía no había llegado, porque se trata de una alma asaz valiosa de la que está celoso y porque en el Sagrado Libro se aconseja no echar las perlas a los puercos.
En consecuencia, todo el mundo cometió incomparables estupideces. Los generales franceses dejaron escapar todas las ocasiones, que se renovaban incesantemente, de conseguir la victoria y el mando alemán no dejó escapar ninguna para deshonrar inmortalmente a su patria.
Pero unos y otros parecieron siempre disimular con sumo cuidado los arranques propios del delirio de vencedores o del vértigo de los vencidos, hasta el punto de que se estaría tentado de suponer la más increíble colusión y de que esta historia parezca completamente indescifrable, cuando se intenta examinarla en su total hondura.
Era, pues, inevitable que un desconcierto tan sobrenatural de las prácticas exteriores de la Providencia tuviera por corolario la universal dislocación de las costumbres o de las convenciones triviales, por lo que no se nos hubiera ocurrido extrañarnos de que entre nosotros hubiera una mujer con el uniforme de francotirador.
Hubiera resultado peligroso faltarle el respeto. Alguno lo había intentado al principio, pero el susodicho había recibido tal sobatina que hubo inmediatamente que recomponerlo.
Era una enorme y robusta muchacha campesina superior a muchos hombres por su vigor. No era guapa, por cierto, pero sí muy expresiva y grata a la vista.
Sin las carnes propias de su sexo el atuendo masculino le sentaba a las mil maravillas y los despistados y los miopes la tomaban a menudo por un auténtico recluta.
Huelga decir que su nombre no figuraba en ningún registro, que no había respondido a ninguna convocatoria de alistamiento y que estaba totalmente dispensada de servicio. Pero se la tenía por un soldado más, por un soldado orgulloso, que respondía al nombre de Jacques Maillard, que no era otro que el de su novio, embadurnado de petróleo y quemado vivo en su casa de Lailly, localidad cercana a Beaugency, de la que los bávaros no habían dejado más que ruinas calcinadas.
Historia de las más sencillas. Sucedió que un día, mientras dábamos caza a unos ulanos, un disparo procedente de una espesura, a unos cien pasos de distancia, había abatido a uno de los fugitivos al que sus camaradas, agrupados muy cerca, se habían visto obligados, en contra de su costumbre, a abandonar medio muerto.
De pronto, vimos salir del bosquecillo a un lugareño armado con un fusil que avanzó hacia nosotros.
—Mis respetos, valiente, le dijo el comandante, ha sido un disparo soberbio. ¿Cómo te llamas?
—Jacques Maillard.
—¿Eres de la comarca?
—Justamente de aquí, no, oficial. Soy de Lailly cantón de Beaugency.
—¿Lailly? ¿No es ese el pueblo que han quemado esos bandidos? Lo vimos no hace muchos días. ¡Pobre muchacho!
Al decir esa última palabra, algo oscuro había cruzado por el rostro del desconocido, al mismo tiempo que de las profundidades de su garganta ascendía un hipido semejante a un sollozo en ciernes.
—¿Qué haces por aquí?, agregó el comandante.
—Doy caza a prusianos, como usted.
—¡Eres un francotirador!
—Sí, señor, desde hace un mes.
—¡Estupendo! ¿Cuál es tu compañía?
—La suya, si desea alistarme.
—Pero, comandante, dijo un oficial atento al interrogatorio, ¿no ve que este individuo es una mujer?
Fue necesaria una explicación y he aquí los detalles que el viejo comandante había retenido especialmente.
La muchacha, en vísperas de casarse, vivía ya en la casa de su prometido cuando un día llegaron inopinadamente los prusianos. Uno de ellos, un teniente de húsares, excitado sin duda por la cabalgada matinal, encontrándola sola, intentó inmediatamente violarla.
Por desgracia, se las vio con una muchacha de las más enérgicas, y es más que probable que la innoble lucha hubiera podido terminar con un agresor malparado si la aparición de Jacques, que acudió al oír los gritos, no hubiera decidido al prusiano a retirarse a reculones, los ojos fuera de las órbitas y protegido por la punta de su sable.
El infortunado protector, plenamente consciente de que la violencia directa hubiera atraído inmediatamente el rayo contra su amiga y contra el pueblo entero, logró contenerse todo el día. Pero, a la mañana siguiente, se encontró, en un lugar apartado, el cadáver cosido a puñaladas del teniente.
Ni que decir tiene, los enamorados desaparecieron.
Vivieron cerca de tres semanas en el bosque, llevando la terrible existencia de los proscritos, de los furtivos al acecho del hombre.
Jacques, furibundo en adelante, consiguió abatir a dos o tres centinelas, llegando a regalar incluso un excelente fusil prusiano a su compañera, que no le iba a la zaga en puntería.
Una imprudencia enorme lo puso a merced de una media docena de soldados de caballería que lo llevaron a Lailly, el mismo día en que habían decidido prender fuego a su malhadado pueblo. Convicto del asesinato del teniente se le dio la muerte más espantosa posible.
La muchacha, lejos de él en el momento en que fue sorprendido, por lo que no pudo prestarle auxilio, resolvió sobrevivirle y, sintiéndose con un corazón viril, invocando, tomando para sí el alma entera del difunto, concibió y ejecutó el designio de enrolarse en el primer grupo de voluntarios que consintiera en incorporarla.
Durante dos meses, los dos largos meses finales, asistimos al más asombroso y simple de los espectáculos.
La muchacha —que se había rapado la cabeza, no teniendo ningún otro medio para manifestar su duelo; que parecía haber olvidado su sexo y en la que todo, hasta la voz, se había tornado viril— se comportó durante todo el tiempo que duró la guerra con un sereno valor en el que no hizo mella ningún sufrimiento interior o exterior.
Los que la conocieron no recuerdan haberla visto sonreír. No aceptaba entablar conversación con nadie, y pasaban incluso días enteros sin que abriera la boca. Pero no se mostraba severa con ninguno de nosotros y su instinto femenino era tan acusado que hacía gala de una incomparable solicitud por nuestros heridos. Salvó, por los menos, a una docena, que aún viven.
Esta criatura debía de tener el alma macerada por el amor o la desesperación pues de lo contrario no se entiende de dónde le venía la fuerza para salir siempre indemne.
Nunca una crisis, nunca una queja, nunca una lágrima, nunca un suspiro.
Cuando era preciso combatir, luchaba con nosotros, mejor que nosotros, con el mismo aire sereno, con una indestituible inocencia —como si hubiera cometido una infamia horrible, pero necesaria, que no estaba en su mano rehusar.
En absoluto era una amazona. La retórica más pertinaz no pudo ver en ella un solo rasgo de ángel exterminador. Es algo más sencillo y harto más sublime.
No creo que pueda olvidar nunca el terrible momento en que, sorprendidos en medio de una batalla, nos vimos en tal apretura con la mitad de un regimiento sajón, en un desfiladero tan angosto, que resultaba imposible hacer uso de las armas, de realizar siquiera un movimiento; alemanes y franceses nos contemplábamos cara a cara, sin poder combatir, lo que no dejaba de ser una situación desconcertante e inusitadamente trágica.
Veía a la infeliz muchacha en medio, con expresión inalterada, observando maquinalmente a un enorme campesino de Turingia, de barba pelirroja, que tenía justo enfrente y a quien hubiera podido morder en la cara, de tan próximo, y creí ver en sus hermosos ojos serenos una especie de doliente piedad ante tantos miserables.
Pero hablo de lo que dura un relámpago. Habiendo tenido yo mismo que vérmelas y deseármelas para desembarazarme en un momento tan comprometido, lo que siguió se me escapó y no volví a ver a nuestra voluntaria hasta varios días después, en la cloaca de lodo nivoso en la que chapoteaban sesenta mil hombres en desbandada.
Apoyada la mano derecha en su fusil sostenía con la izquierda a un diminuto y vivaz bretón que sin su ayuda, evidentemente, hubiera acabado siendo pisoteado. Siempre la misma expresión de ave triste y dulce a la que hubieran cortado las alas…
Y así fue hasta el final.
Cuando llegó la hora del licenciamiento, retomó tranquilamente las ropas de mujer y partió, a la buena de Dios, sin habernos dicho su nombre, saludándonos con dulzura.