navidad prusiana (spanish)
Los trescientos ojos de la diminuta villa de M… se dilataron para no perder detalle de la visita que dos oficiales alemanes, precedidos por un sereno, hacían a la casa parroquial.
Los prusianos, a los que se esperaba con angustia para unos días más tarde, acababan de llegar. Se les había oído en la distancia en la sonora noche. Una espantada voz había gritado: —Ya están aquí los prusianos, y un cuarto de hora después, a la voz de mando de: ¡Halt!, un fragor de culatas de fusil que había hecho trepidar los cristales testimoniaba su odiosa presencia.
Ningún acto hostil. Estos extranjeros no parecían tener especial urgencia, como en todas las demás partes, en molestar a los vecinos. Inmóviles y con el arma calada, trazaban, en la parte baja del pueblo, una línea oscura, delimitando una masa más oscura de la que surgían unos destellos metálicos, unos estornudos, una especie de enorme lamento sordo y confuso.
Ningún “heraldo negro”, tomando la expresión de Corneille, se adelantó para desesperación del concejo. Pura y simplemente, el que parecía ser el jefe se había apeado y, seguido por un único oficial, se hacía conducir al presbiterio.
El padre Courtemanche era el cura más viejo del distrito. Retomando sin que él lo supiera un término de Heinrich Heine, de cuyo nombre nunca tuvo noción, se tenía a sí mismo como el primer hombre del siglo, por haber nacido el primero de enero de 1800; pretensión contradicha, por lo demás, como le sucedió al poeta alemán, por la hostilidad de un maestro de escuela volteriano que le reprochaba, con mayor o menor razón, ser, antes al contrario, uno de los últimos hombres del siglo anterior.
Clérigo sin tacha ni dobleces, carente por completo de ambición, había removido cielo y tierra, desde hacía treinta años, para no cambiar de destino. La autoridad diocesana, harto cómoda con la edificante humildad de este cura de pueblo, lo había olvidado concienzudamente en esta parroquia pobre a la que no aspiraba ningún otro sacerdote; el bendito echaba así raíces más profundas a medida que perdía los dientes y el pelo.
¡A Dios gracias, no era un santo! ¿Acaso hay algún santo en el Departamento del Sarthe? Los descendientes de la raza guerrera de los cenomanes, que derrotaron antaño a Italia bajo Bellovese, y a los que ni César ni su lugarteniente lograron someter del todo, no son un pueblo fácil para coronar con el nimbo. No se sienten inclinados al entusiasmo religioso, ni siquiera al militar, y el cura Courtemanche no era Manceu, sino Mamertin.
Digno padre, a fin de cuentas, caritativo y exento de orgullo, celoso y observador de los deberes de su ministerio, pero escasamente ardoroso.
Retirado en su mísera casa, apenas más grande que la concha de un caracol, su diversión preferida, cuando no se consagraba a su rebaño, era la de clasificar amorosamente conchas fósiles del período terciario, pizarras arcillosas o micáceas, fragmentos de pórfidos o láminas de feldespato, sin hacer ascos tampoco a piedras y minerales corrientes y molientes.
Gozaba de una sólida reputación como geólogo que llegaba hasta el jefe cantonal, y había disfrutado del honor de ser consultado en más de una ocasión por el Ingeniero de Caminos y Canales.
Sin embargo, esta inocente manía le hacía olvidar tan poco su carácter, que un día vendió algunas piezas raras de su colección, entre las que había una maravillosa pudinga de cuarzo hialino violeta, vulgarmente llamada amatista, tesoro del que estaba inefablemente orgulloso. El fin de la venta era reparar el altar de la Virgen que amenazaba ruina, sacrificio mayor para este hombre que la entrega de su propia vida, cosa que al Obispo le pareció cómica.
Cuando los temibles extranjeros se presentaron serían más o menos las diez de la noche y el día veinticuatro de diciembre tocaba a su fin. Aunque estaba sumamente inquieto por la llegada inminente de los prusianos, el cura se disponía, leyendo el Oficio nocturno mayor, a celebrar la misa del gallo en su iglesia, todavía en pie y preservada milagrosamente hasta la fecha de los jabatos de la Invasión o de la Defensa nacional.
Lo último que esperaba era que esos dos personajes entrasen en su casa, por lo que cuando aparecieron su turbación fue inmensa, convirtiéndose inmediatamente en un susto de muerte. Ni por la salvación de su alma hubiera podido articular una palabra.
¡Había llegado el terrible momento! ¡Cuántas plegarias, sin embargo, había dirigido a Dios, desde hacía un mes, para apartar la calamidad de su parroquia, suplicando, no obstante, que le fuera otorgada la gracia suficiente para soportar incluso el martirio, si es que era absolutamente inevitable caer en las zarpas de esos victoriosos herejes!
Ahora la necesidad de la aceptación se imponía. Súbitamente evocó todos los suplicios inventados por la rabia de los sectarios, esforzándose en calcular, a la buena de Dios, la fortaleza que precisaría para sobrellevarlos con entereza…
La fidelidad a la verdad me obliga a añadir, ¡ay!, que en esta tribulación inmensa, el infeliz pastor no reparaba exclusivamente en su rebaño, sino que lanzaba miradas desconsoladas, miradas ahítas de una desolación sin tasa, a las riquezas geológicas amontonadas a su alrededor, que terminarían siendo infaliblemente un botín para los bárbaros.
Este postrer temor estaba tanto más fundado cuanto los visitantes, paralizados y mudos también ellos, dejaban traslucir una estupefacción que podía tomarse, de hecho, por la más ávida codicia.
Insólitamente destituidos de su arrogancia, contemplaban, desde el umbral, a este diminuto anciano de rostro infantil, a este Deucalión eclesiástico monstruosamente rodeado de un número tan crecido de piedras como para, se diría, permitir la renovación de la raza humana tras su aniquilación por los diluvios o las exterminaciones militares.
Finalmente, sin embargo, el más imponente de los dos, un soberbio coronel bávaro, se decidió:
—Señor cura, dijo, en un francés exquisito, deseo creer que perdonará a estos soldados en campaña lo que esta visita pueda tener de indiscreta. Pero he sido informado de que esta población, que se halla, al menos por el momento, fuera de las líneas de operaciones, no ha sido ocupada por ninguna tropa, ni francesa ni alemana. He concluido que nada se opone a la celebración de la misa del gallo en vuestra parroquia; soy católico y traeré un gran número de soldados que también lo son. Bastará con abrir las puertas de par en par. Los que no puedan entrar la verán de lejos, y resultará un consuelo para hombres condenados quizás a morir mañana mismo. No considero, señor cura, que tenga derecho a rechazar ni siquiera a los enemigos de Francia.
Estas palabras inauditas penetraron en el corazón del anciano Courtemanche, como metralla en los sesos. El reino mineral, de golpe, dejó de existir para él. Este dulce y tímido clérigo entró en erupción como un volcán:
—¡Oh!, chilló, ¡decir Misa, la Santa Misa de Emmanuel a incendiarios, a infanticidas, a prusianos abominables! ¿Por qué Judas me toma, usted, señor? Usted es el amo, ha recibido el poder de hacer daño a los hijos de Dios, y yo no soy más que un anciano, el más insignificante y el más débil de todos los sacerdotes de la diócesis, pero no me da miedo, ¿me oye?, y ni con todos sus soldados me impedirá decir que es una vergüenza venir a burlarse de un pobre cura. Entrégueme a sus verdugos, estoy listo. Sobrellevaré los más crueles tormentos, si es preciso, con la gracia de Nuestro Señor que la ha visto en muchos otros y que sabrá fortalecer a su mártir.
Se ahogaba. Llevado por su celo de holocausto, tuvo, efectivamente, un gesto de mártir que provocó la caída de una considerable masa de diminutos cantos rodados clasificados amorosamente, algunos de los cuales rodaron hasta los pies del procónsul.
Este, impasible, echó hacia atrás tranquilamente su bota y prosiguió con idéntica cortesía:
—Señor cura, me cabe el honor de manifestarle que soy católico. Se lo digo una vez más, muy seriamente.
Se produjo un silencio durante el cual se pudo observar cómo el cándido padre contrajo los labios, fulminado por esta revelación.
El alemán sacó su reloj y continuó en el mismo tono:
—Son las diez y media. He de estar en mi puesto a las cuatro de la madrugada. No tengo tiempo para conversaciones vanas. Sírvase disponer la ceremonia y dispóngase usted mismo a oír en confesión a aquellos de nosotros que hablan francés y que deseen comulgar esta noche. Si no accede, a las doce y cinco minutos, daré la orden de incendiar el pueblo…
A las doce en punto, el cura, ataviado con los ornamentos albos de la Natividad de Jesucristo, subía al altar glorificado por las luminarias, por la apertura de puertas y por el campanilleo de gozo de los ángeles que inundaba el ámbito.
Por vez primera, quizás, desde el inicio de la invasión, los alemanes no habían maltratado a nadie. Habían incluso decorado la iglesia; las trescientas o cuatrocientas bujías que impresionaban a los modestos muros, procedían de sus provisiones y las campanas eran tañidas por uno de ellos, que pasaba por hijo de un maestro de capilla de Franconia.
Admirable orden y perfecto recogimiento en esta manada de adoradores sanguinarios. Los oficiales de más rango, con el sable desenvainado, próximos a la mesa de la Comunión, las dos primeras compañías en armas, escalonadas y dispuestas según su rango a lo largo de la nave, absolutamente alineadas, y el resto en la plaza, fuera ya de la vista, observando los mismos rectángulos.
En el medio, un angosto surco en el que se divisaban formas serviles y negras, algunas mujeres, algunos niños llegados, temblando, para rogar al Niño Dios por Francia y por su cura.
De vez en cuando, una orden escueta, seguida de un estremecimiento metálico que se perdía finalmente en las tinieblas exteriores.
Nada de cánticos. Ningún habitante de la localidad hubiera tenido fuerzas para ello, y el coronel, para dicha de todos, había concedido el favor inesperado de que no se cantara en alemán.
Fue de todo punto forzoso acceder a esta misa del gallo. El infeliz padre Courtemanche experimentaba una tremenda violencia, como jamás pensó que pudiera tolerar sin morir a continuación.
No solo tenía el deber de no abandonar a Jesús en su Pesebre y de impedir por todos los medios lícitos el exterminio o la perdición de su rebaño, sino que también, y por encima de todo, no podía olvidar que los prusianos habían sido rescatados tanto como los demás por la Sangre del Recién Nacido.
El Vicario de Cristo en su solio pontificio no hubiera podido, en semejante trance, excomulgarlos y aun cuando los lamentos de cien mil caídos por la patria se hubieran tornado otras tantas bocas vociferantes en su contra, este enorme alarido hacia el cielo no hubiera bastado en absoluto para acallar el murmullo de un incendiario o de un asesino de ancianos en el tribunal de la Penitencia.
Había oído en confesión a una veintena aproximada de estos caníbales arrodillados entre las Gotas inacabablemente adorables de la preciosísima Sangre del Sudor divino.
Los había absuelto en nombre del Padre, en nombre del Hijo y en el nombre del Espíritu Santo; los había reconciliado, y bendecido con la bendición que libera e ilumina, con la todopoderosa Bendición sacerdotal ante la que se inclinan los Nueve Coros angélicos.
Rapiña, incendio, matanzas, violaciones, blasfemias y profanaciones: durante una hora lo oyó y lo perdonó todo.
Y no bastaba. Ahora tenía que consagrar para ellos el Pan y el Vino, dar a tomar el Cuerpo de Dios, la espantable Carne de los mártires que les devolverían las fuerzas para comenzar de nuevo.
Le pareció, a este humilde servidor de la Sagrada Mesa que todo en su persona y a su alrededor se desplomaba en la Casa encendida, cuando hubo de pronunciar ante todas esas lenguas feroces el sobrio “Corpus” de la Gratificación Eucarística: “Que el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma.”
Una vez dispensado lo que la Iglesia llama el “Fármaco de la inmortalidad”, tuvo apenas fuerzas para subir de nuevo al altar y decir las últimas Oraciones, mientras las campanas de gloria tañían frenéticas, mientras las macizas campanas de esta Navidad de ominosos vencedores repicaban en las alturas, por encima de los campos, en el silencio execrable de los cielos.