Stories 93 / Random

Stories by léon bloy

los doce pares de orejas del “resacas” (spanish)

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El hombre y la mujer pasaron seis noches en las sillas pegados al fuego, con su hijo de seis años agitándose a sus pies, envuelto en un viejo abrigo.
Separados de ese grupo de insomnes tan solo por una pared de cañizo se hallaban tres o cuatro suboficiales roncando en la mísera alcoba de matrimonio. Un poco más lejos, otros hombres dormían o trataban de dormir sobre la paja, en unas esteras, en unas cobijas o en unos harapos; en todo lo que fuera capaz de resguardarlos del frío atroz del largo diciembre de gélidas patas que se enseñoreaba de Francia.
Serían unos veinte los que reventaban de hambre en esta casucha de almadreñeros en la que la superioridad había dispuesto que se apostara un destacamento de vigilancia, en el límite de un bosque sospechoso. Allí se olfateaba a los prusianos, a veces incluso se creía oírlos, vagamente, muy lejos, detrás del sombrío oquedal de las horas.
A intervalos regulares, un exasperante cabo despertaba a cuatro o cinco hombres, ayudándolos con un caritativo puntapié a levantarse. Bramidos de fiera, fulminantes invocaciones a demonios, choques de bayonetas, culatazos de fusil y taconazos en el piso eran precisos para que desaparecieran en las tinieblas exteriores.
Después de un cuarto de hora de dar zancadas en derredor, el cuerpo de guardia saliente volvía, muerto de frío, exhalando espesos vahos, liberando los dedos de los fusiles que apartaban de sí con rabia y echándose en el tibio sitio dejado por sus compañeros.
Era necesaria toda la autoridad de un cabo de semana, rudo cazador furtivo de Périgord, convertido en pastor de batallones coloniales en las jaraneras compañías de Orán, para que los infelices anfitriones no fuesen puestos por las bravas de patitas en la calle.
Esta bestia parda, a la que llamábamos Resacas y que sentía por los alemanes el odio más diabólico, había tomado al hijo del almadreñero bajo su protección. Lo ponía en sus rodillas y lo cubría con sus brazos para hacerle entrar en calor cuando sentía al pequeñajo temblar contra sus piernas.
No podía concebir que los suboficiales, en número por lo demás anormal, se hubieran apoderado de la alcoba de esos infelices. Había incluso arriesgado, sin éxito, algunas rudas observaciones. —“¡Carroñas!”, mascullaba entre dientes, rebosante de desprecio por los galones improvisados de esos niños de papá que jamás habían servido y que una organización arbitraria los había elevado al mando.
El padre y la madre, gentes sencillas y apocadas, sobrellevaban con dulzura las vejaciones y afrentas que no les podía ahorrar. Habían terminado con su reserva de sidra y asistieron a la quema, en menos de cuatro días, de toda su provisión de leña. Las valiosas maderas de nogal, materia prima para los zuecos, no habían corrido mejor suerte que los leños y las encendajas y se daban por contentos pues, al menos, habían perdonado sus viejos muebles.
No era menos cierto que los intrusos compartían con ellos las galletas revenidas y las contadas lonchas de tocino que les suministraba una intendencia fanática de inexactitud. En pleno día, cuando los duendes azules de la noche polar no estimulaban el egoísmo de la soldadesca, sentían, ciertamente, un poco de piedad por estas pobres gentes extenuadas, devoradas por sus defensores y que un enemigo a las puertas podía castigar muy severamente por haber dado albergue a unos francotiradores. Se tenía noticia de casos espantosos…
Una hermosa mañana volvieron súbitamente, momentos antes del amanecer, y salieron huyendo como potros desbocados.
Unos días más tarde, a tres leguas de allí, en el corazón del bosque, un campesino que servía como guía, y que milagrosamente no era un traidor, contó al Resacas que la casa del almadreñero había sido tomada por los prusianos y que por lo menos serían unos doce los alojados en ella, con pinta de querer pasarlo bien.
Había fuerzas disponibles y nada hubiera costado lanzar treinta o cuarenta hombres contra ese punto. Pero el cabo dejó estar el asunto y no lo comunicó a sus superiores pues sabía de sobra lo inútil de dirigirse al comandante, el cual no hubiera dejado de recelar, con su suspicacia acostumbrada, una trampa. Resolvió, simplemente, actuar como le viniera en gana.
Con su plan en la mente, escogió entre los que quedaban libres de servicio ese día a dos hombres de su plena confianza. El primero era un robusto montañés de Sarladais, con pelos hasta en el cielo de la boca, llamado Pierre Cipierre, conocido desde niño con el extraño apodo de El Mismo, para expresar, se pensaba, la obstinación más porfiada. El segundo no era otro que Marchenoir, taciturno soñador de probados músculos que un día debería experimentar, hasta la agonía, el hirviente lodo y el crapuloso vitriolo de las enemistades literarias.
Asegurada la complicidad de estos dos hombretones a los que juzgaba suficientes para ejecutar su plan, convinieron en salir al campo tan pronto como se apagaran las últimas hogueras, cosa fácil y completamente normal en esos cuerpos de voluntarios, ignorantes de las ordenanzas militares, divididos muchas veces en clanes y a merced de la contradictoria fantasía de sus superiores.
Los tres hombres se pusieron en marcha a través del bosque en una brillante y glacial noche sin luna, cubiertas las botas con paja para ahogar el ruido de sus pasos.
Parecía que la naturaleza toda estuviera muerta de frío. Los árboles festoneados de escarcha poseían el silencio y la inmovilidad del cristal. Las ondulaciones del aire se extendían indefinidamente sin obstáculo y llevaban a los puntos más alejados el más mínimo ruido.
El antiguo furtivo, que se sabía de memoria el trayecto que ahora desandaba, no perdió ni un minuto y, a pesar de la prudencia meticulosa de esta marcha india, llegaron a la casa antes de que dieran las doce por el reloj de los búhos y los mochuelos.
Estos temerarios se pararon en seco a unos cien metros detrás de un seto y mantuvieron, entre susurros, una corta deliberación. La única ventana de la casa dejaba ver una intensa luz y se oían, con sorprendente limpidez, voces alemanas que estallaban a cada minuto sobre unas débiles imploraciones dolorosas.
—Los desdichados están en manos de esos canallas, resopló el Resacas, y preferiría que me abrieran en canal si no conseguimos entre los tres ganarles por la mano. Los tunantes deben estar medio borrachos y desprevenidos. Son cuatro contra uno, pero más vale maña que fuerza. Veré si hay algún centinela. Conozco sus trucos. Esperadme y vigilad mi fusil y no vengáis a reuniros conmigo, salvo que me oigáis gritar.
Acto seguido, se dobló por la mitad y desapareció sin hacer el menor ruido, a dos pasos de allí, como un inmenso sapo.
Los minutos que siguieron se antojaron eternos a los dos matones que componían la reserva de esta singular columna de ataque.
Marchenoir, que contó mucho después esta aventura, confesó haber sentido, en ese instante, una angustia mayúscula.
—Se produjo justamente, decía, una calma momentánea en el alborozo de esa bestias feroces y me pareció que un silencio universal se asentaba en mi corazón…
Un enérgico empujón de su compañero puso fin bruscamente a esa agonía. El Resacas se puso derecho delante de ellos y se deslizó sin contratiempo en la oscuridad hasta dar con la pared de la casa donde se topó con el soldado alemán que permanecía inmóvil de pie delante del umbral. Sacó de su bolsillo una de esas largas navajas que se fabrican en Nontron, la abrió con sumo cuidado a sus espaldas para que ningún reflejo extraviado denunciara la hoja y, tras tomarse su tiempo, calculó el impulso preciso para, con un movimiento giratorio, cortar de un tajo las carótidas como el salto visto y no visto de una enorme pantera que cayera como una sombra sobre el forastero.
Este tajo soberbio revelaba una acreditada experiencia en degüellos. La precisión pavorosa de la herida impidió al prusiano exhalar ni un estertor y el fusil, sujeto por el mismo gesto que sostenía al cadáver, no cayó.
Esta muerte pareció, más que perturbarlo, exacerbar el silencio reinante y el veterano soldado del batallón de castigo, tras esconder a su tibia pieza al pie de la pared, lo más lejos posible de la puerta, se replegó rápidamente.
—¡Adelante!, dijo al Mismo y a Marchenoir. Los cosacos tienen ahora como centinela a un macabeo. Valentía, muchachos, y no os arruguéis. Me parece que están borrachos como cubas y cuando nos vean se c… patas abajo.
Cuando llegaron, los gritos de gozo y los lamentos se reanudaron. A riesgo de revelar su presencia, el Resacas, acercándose a la ventana, miró al interior de la casa a través de los cristales sin visillos. Pasó inadvertido para los de dentro, pero lo que vio le ametralló la cara y le hundió los ojos. Sin poder decir palabra, dio ejemplo y lo que siguió fue una pesadilla sin nombre.
Por la puerta, abierta con el estruendo de un huracán, aparecieron los tres tiparracos, con las culatas en lo alto, con la intención no de rendirse, sino de matar. Uno de los prusianos, que estaba a punto de comenzar la violación de la mujer, atada de pies y manos —para contento de los demás que esperaban su turno, dando buena cuenta de las garrafas de alcohol—, fue el primero en recibir el golpe de la firme mano del Resacas. Como si se tratara de una víbora, le partió limpiamente los riñones y, en el primer segundo de estupor que precedió a la turbamulta, se escuchó un golpe formidable que derribó por tierra al truhán y le hizo retorcerse dando unos alaridos que debieron oírse en diez leguas a la redonda.
Esa fue la señal de partida de esta danza macabra. Los alemanes, desarmados en su mayoría, recobraron medianamente la sobriedad. En un segundo fueron diez contra tres, pero esta situación no duró tanto como para contarla. Los mazazos subían y bajaban con una fuerza irresistible y en adelante una única voz se oía en medio de los gritos de rabia y el estrépito de los destrozados muebles: la voz espantosamente ronca del Resacas, moliendo a palos a los prusianos y repitiendo —“¡Cerdos, cerdos!”—, que le salían de lo más hondo como los borbotones excrementicios salen de una alcantarilla.
En menos de un segundo la victoria fue completa y la lucha se convirtió en una matanza. Durante un minuto, Marchenoir estuvo seriamente amenazado. Una especie de gigante trató de apoderarse de su fusil, sin que el futuro panfletario pudiera, a pesar de toda su fuerza, resistir por mucho tiempo. En este trance, la aparición de un segundo enemigo, aun herido, constituía un peligro de muerte. De repente le echó el ojo a una botella que tenía al alcance de su mano derecha. Se apoderó de ella, rompió el culo contra la pared y estrelló salvajemente el casco contra la cara de su contrincante, saltándole los ojos, y matándolo al instante.
El Mismo, por su parte, se atareaba en complacer a los angelitos. Marchenoir recordaba haberlo visto de refilón, en esa noche espeluznante, reventando la cabeza de un soldado al golpearla contra la mesa.
Un hecho singular y profundamente siniestro. No se disparó ni un solo tiro. Tal vez por falta de tiempo, pues todo fue visto y no visto. ¿Acaso hay mejores formas de matar? El terrible Resacas, ebrio de exterminación, tiró su fusil. Le abría el pecho a Alemania, a base de navajazos, como si quisiera devorarle el corazón.
Concluyamos. La madre había muerto en el curso de la matanza. Al padre se lo encontraron en el cuarto de al lado, aferrado a su tonel de sidra, completamente loco y observando con una extraña sonrisa el cadáver de su pobre hijo que colgaba de una viga sobre su cabeza.
Al despuntar el trémulo día, los expedicionarios volvieron al campo literalmente cubiertos de cuajarones de sangre, como carniceros a la salida del matadero. Pero el cabo Resacas llevaba una extraña carga que depositó sin mayor embarazo, sin decir palabra, sin mover un músculo de su truculento rostro a los pies de un estupefacto comandante: doce cascos puntiagudos con un par de orejas en cada uno de ellos.