la salamandra vampiro (spanish)
Se cuenta que, a la muerte de Alarico, los godos lo lloraron como héroe de su nación y que siguiendo la costumbre de los bárbaros del norte, que ocultaban cuidadosamente los sepulcros de sus hombres insignes, desviaron, para sus exequias, el curso de un riachuelo cercano a Cosenza. Excavaron en su lecho una fosa que semejaba un pozo, depositaron en él el cadáver de su cuadillo junto con una gran cantidad de riquezas, sellaron el sepulcro y devolvieron las aguas a su curso natural. Para preservar el secreto degollaron a los prisioneros que fueron empleados en esa labor.
El instinto de la raza ha cambiado tan poco que, quince siglos después, hemos visto entre nosotros reproducirse escenas análogas, exentas, a decir verdad, de toda grandeza, pero extrañamente indicativas de la pesada puerilidad de este pueblo alemán al que ni la estaca de sus amos ni el parloteo de sus eruditos ha podido nunca doblegar.
Los esclavos de Prusia, mecánicamente disciplinados, trajeron a Francia, en las alforjas de sus alguaciles, el más secular moho de sus orígenes.
¿Cuántas veces nos preguntamos sin poder responder cómo era posible que algunos ulanos, a todas luces muertos o heridos por nuestros tiradores y cuyos regueros de sangre seguíamos, pudieran permanecer en la cabalgadura y desaparecer sin dejar rastro?
Unos aventuraban que estaban amarrados; otros, que sus compañeros se los llevaban. Lo cierto y verdad es que estos salvajes gozaban del poder inexplicable de hurtarnos a sus muertos y heridos. Sus sillas, suponíamos, iban provistas de correas con la función de fijar al jinete; sin embargo, cuando el animal caía, el caballero al instante se veía libre. Recuerdo que a esas portentosas e intrincadas correas llegamos a denominarlas, durante un tiempo, como la cuestión prusiana.
Se ha dicho que quemaban a sus muertos. Nunca vi tal cosa y dudo mucho que en ningún momento de la contienda esas odiosas bestias que quemaban tan cabalmente a nuestros heridos y ancianos tuvieran la oportunidad o el medio de consagrarse, en carne propia, a prácticas tan teutónicas.
Pero, a menudo, cuando no podían trasladar a sus difuntos, los enterraban, bien es verdad, como a Alarico, con todo el secreto imaginable y con todo el misterio que daban de sí semejantes cerebros. Los escondían, por ejemplo, entre dos manzanos donde se excavaba un hueco, en la esperanza con frecuencia burlada de hallar, tiempo después, sus preciadas carroñas.
Los perros vagabundos sabían seguir su rastro a las mil maravillas y devorarlos, escarbando la tierra de sus poco profundas fosas.
Había entre los nuestros un hombre medio quemado al que habíamos bautizado con el sobrenombre irónico de la Salamandra.
No creo que me sea dado ver nunca un semblante tan espeluznante. Antes de encontrarlo ignoraba que la fisonomía de un ser vivo pudiera expresar tanto odio, tanta desesperación y distinguirse hasta tal punto de los rostros heridos de los que cayeron “en la parte más profunda del lago”.
Se contaba casi en susurros la historia de este infeliz cuya única salida fue enrolarse en el primer cuerpo de francotiradores con el que se topó, después de haber asistido a la violación y muerte de su mujer y su hija por una cincuentena de granujas alemanes instalados en su granja de Morsbronn, la misma tarde de la desoladora batalla de Froeschwiller.
A causa de un refinamiento muy propio de los prusianos, y que Bismarck hubiera aplaudido, lo habían amarrado a la pata de la cama, como castigo por el enorme crimen de haber faltado al respeto a uno de esos bellacos. ¡Y había podido vivir con eso en el corazón…!
Doce días más tarde, en Saint-Privat, combatió durante varias horas como un descosido y debió aportar su granito de arena al inmenso grito de dolor que se elevaba desde el fondo de Alemania, cuando vio correr el interminable reguero de sangre de sus caídos.
Alcanzado por una bala en los instantes previos al final de esa terrible jornada, lanzado al vuelo en la iglesia en la que se amontonaban los heridos franceses, fue su sino sobrevivir milagrosamente a la inaudita catástrofe que los historiadores militares han tenido miedo de contar y por la que un pueblo entero deberá responder el día en que venga la divina Justicia.
La precipitada retirada del Mariscal, que prohibió a las ambulancias la evacuación, dejó a trescientos o cuatrocientos infelices a merced de la clemencia del vencedor, los cuales fueron condenados a ser quemados vivos por el repulsivo cretino y bastardo Steinmetz, que deseaba vengarse en ellos y, con carácter previo, del real puntapié que infaliblemente le debía traer el estúpido desperdicio de sus propias tropas.
No sé si es más fácil representar o describir un horror semejante. Nuestra Salamandra, que reunía en sí a la víctima y al testigo al escapar por los pelos del horrible suplicio, interrumpía en ocasiones el hosco silencio de fraile en el que encerraba su alma para decir alguna cosa.
Pronunciaba entonces algunas palabras sumarias que ponían los pelos de punta, pero los estigmas que adornaban su cuerpo eran más elocuentes que su mismo silencio.
Había podido salvar los ojos, pero no los párpados, semejantes a dos clavos de metal oscuro hundidos en dos tumores sanguinolentos; la nariz, los ojos, las orejas habían desaparecido y las tres cuartas partes del rostro estaban ennegrecidas, calcinadas, como si una antorcha de lava ardiente hubiera pasado por él.
Hubo que amputarle tres dedos de la mano izquierda y su claudicación perpetua, dificultada por tics extraños, hacía pensar que el resto de su persona debió haber sufrido en carne propia la cruel familiaridad de las brasas.
—Me asaron en la grasa de unos pobres diablos, decía.
Pues el fuego había acabado por prender en esta masa de cuerpos humanos sobre la que caían maderos incandescentes…
¿La pavorosa llama fue avivada, como en Bazeilles, por algunos chorros de petróleo? Solo Dios lo sabe. Sin embargo, los alemanes conocían esta costumbre, constituyendo para sus ejércitos un oprobio indecible, una infamia nunca vista desde el Bajo Imperio, el que estos regimientos de Baden o de Baviera fueran provistos de bidones y de teas de petróleo para prender fuego a casas y construcciones…
Lección útil que no resultó de provecho para los festivos federados de 1871.
Sea como fuere, la infausta localidad de Saint-Privat fue saqueada sin especiales dificultades, durante toda la noche, a la luz del blanco resplandor de ese espantoso foco de dolor.
El Salamandra, apodado así porque pudo sustraerse a una agonía cuyo horror deja en mantillas a la imaginación, logró refugiarse en una especie de bodega en la que fue perseguido por el infierno bajo la forma atroz de líquidos hirvientes —aceite mineral o alquitrán humano, no se sabe— y en estas tinieblas del Hades, modeló su fantasmal rostro.
Por más lisiaduras que sufrió, no pasaron ni cuatro meses cuando este hombre, al que la muerte no quería ni regalado, se encontraba entre nosotros en calidad de voluntario. Valía, a fe mía, tanto como el mejor, sobre todo en las incursiones nocturnas, pues la aparición de su rostro demoníaco infundía a menudo un gran terror.
La única mano que le quedaba valía, creo, por varias y parecía multiplicarse. Impedido para realizar algunas maniobras con el fusil era, sin embargo, el primero de todos en morder y en golpear.
Entonces, su macabra faz se desplegaba en una suerte de risa que no era contagiosa del todo, respondo de ello, y gritaba histéricamente de voluptuosidad, como un enamorado.
Cuando acababa el combate su alegría cesaba y nada, absolutamente nada, podría dar una idea de la tristeza del desdichado, al que se oía llorar sordamente toda la santa noche. Surgía de él, como una flor negra, una sombría y tuberosa melancolía que nos sofocaba…
Muy bondadoso, siempre que no viera a los prusianos, espectro honrado y soldado excelente, ajeno a las murmuraciones, se aceptaba tanto por misericordia como por miedo la opresión moral y física que causaba su temible presencia. De hecho, nadie lo molestaba y pasaba las horas muertas, inmóvil, sentado en el suelo, con la frente inclinada sobre las rodillas pegadas y con la cabeza hundida en el hueco de sus brazos.
Uno de sus compatriotas explicaba que había sido un muy valiente burgués, labrador, amante de su mujer y su hija como un bonzo fanático adora a sus ídolos, y que habiéndose convertido en un fantasma, conversaba amigablemente con sus fantasmas.
Me pregunté con frecuencia en qué podía consistir la vida, la patria, el mismo Dios, para una miseria tan profunda…
No supimos sino hasta muy tarde y en el último instante cuán espectral era, cuando descubrimos que nuestra Salamandra era, apasionadamente, un violador de sepulturas.
Sin otro alimento, en los últimos meses, que su odio por los alemanes, nada era capaz de saciar esta pasión única, ni siquiera el que murieran, hecho que prodigó cuanto pudo y que, en determinadas circunstancias, sabía hacerla saborear con parsimonia. ¡Su muerte! ¡Ah, sí! ¡Apenas le bastaba!
Hubiera querido poder dañarlos en su parte imperecedera, en lo que por convención llamamos su alma inmortal, siempre, claro está, que se nos permita presumir que semejantes bestias tienen alma.
Carente del poder sobrenatural de evocar ante su corazón de verdugo los fluidos espíritus de los difuntos se encarnizaba con los cadáveres, horriblemente persuadido de que el Requiescant in pace no era una fórmula vana y que cabía, de algún modo, afligir a los muertos profanando sus sepulturas.
En cualquier caso no faltaban oportunidades para intensificar el duelo de sus deudos.
Algunos de los testimonios recogidos tras la destrucción del vampiro, y los pormenores que podían adivinarse, bastaban para trastornar el entendimiento.
Se halló en él un puñado de papeles robados a los cadáveres y cartas escritas de su puño y letra que hubieran podido datarse en el infierno. Tales cartas, redactadas en el estilo moderno de las esquelas mortuorias y que fueron quemadas entre temblores, informaban a las madres, a las viudas, a los hijos, amigos o novias de Alemania, de ciertos sacrílegos actos realizados en la oscuridad en los lamentables cuerpos, convenientemente exhumados, de sus difuntos, con el discernimiento diabólico de un aparecido.
Naturalmente, conocía la tradición gótica de las inhumaciones misteriosas de las que he hablado y su olfato era el de un chacal para desvalijar tesoros de esa clase.
Murió con su pecado, al inicio del armisticio, al carecer de objeto su existencia.
—¿Para qué vivir?, se decía a sí mismo.
He aquí el meollo, tal como nos ha sido posible reconstruirlo por vía de inducción o deducción.
En un muy feroz combate librado en las inmediaciones de la desgraciada localidad de Belleme, en el Departamento de l’Orne, los prusianos, tras haber visto morir a uno de sus oficiales más jóvenes, muy querido por ellos, según parecía, intentaron enterrarlo clandestinamente, según su costumbre, en un comedero de madera, un comedero de cerdos que encontraron en el corral de un campesino.
Lo pusieron en ese extraño féretro, con el sable a un lado, tendiendo cerca de él, a ras de suelo —como un guardia de corps para la eternidad—, a un soldado raso muerto ese mismo día. El suelo había sido cuidadosamente apisonado sobre la doble tumba y el emplazamiento marcado con una enorme precisión.
Dos meses después, al día siguiente de la firma del armisticio, tres alemanes vinieron a visitar, antes del amanecer, el fúnebre lugar y encontraron, al lado de la fosa abierta, que despedía un hedor insoportable, a la Salamandra agachado sobre los dos cadáveres a los que la putrefacción, burlonamente, mutilaba…
Teterrima facies doemonum!… La aparición de este horripilante rostro en semejantes circunstancias, en semejante hora y en semejante lugar debió de ser terrible para esos bárbaros, hasta el punto de que el médico certificó que uno de los alemanes murió repentinamente a causa de un aneurisma. En cuanto a los otros, vertieron valerosamente toda la sangre que corría por sus venas y sus cuerpos reventados a base de golpes fueron separados con enorme dificultad del cadáver amoratado del Salamandra Vampiro.