Stories 93 / Random

Stories by léon bloy

la palabra (spanish)

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Me niego, no obstante, a escribirla. Me reconozco incapaz e incluso enteramente indigno de escribir esa Palabra histórica, esa Palabra tiránica, esa Palabra fatídica, esa Palabra formidable y deliciosa, esa Archipalabra siempre sorprendente que ni los ángeles se atreven a susurrar y que parece tener cinco millones de letras.
Ninguna otra palabra francesa fue tan pronunciada en 1870 y por ese motivo, sin duda, ese año fue calificado como terrible.
Desde el 4 de agosto hasta el abono de los últimos céntimos de la fantástica suma de millares que han querido llamar la indemnización a los expoliadores de Francia, esa Palabra ha sido vociferada, cada día, del modo más enérgico, un incalculable número de veces.
Si la incapacidad para adivinar o comprender cualquier cosa no era, felizmente, el privilegio de noventa y nueve partes sobre cien de la humanidad, sería como para morir de espanto considerar, en esta ocasión, que las palabras no son solamente combinaciones alfabéticas u ocurrencias vocales, sino las más palpitantes realidades.
Una vez pronunciada, la mísera palabra que flotaba al principio en los limbos tenebrosos de lo Disponible, se torna acto seguido ágil, vagabunda e irreparable.
Ubicua por naturaleza, se dirige en todas direcciones al mismo tiempo, agitándose con la fuerza plenaria de su origen Celeste, pues las palabras no son humanas.
Hay que padecer de academicismo para creer en la vileza de algunas de estas entidades sutiles, como si hubiera medio de concebir una jerarquía en este vestigio lamentable y sobrenatural del antiguo plan de las constelaciones llamado Vocabulario; como si hubiese palabras que fueran obispos; otras, condenadas a labores serviles, y epítetos habituados a hacer la carrera.
La verdad es que todas son terribles, misteriosas, que tienen el poder de trocarse en serpientes como los cayados de Yannés y de Mambrés en presencia del Faraón, cuando el hechicero lo manda, y que, normalmente, es la más despreciada la que ha de devorar al resto.
Esta fue, en 1870, la asombrosa historia de la Palabra que he decidido no escribir.
No nos dé miedo afirmarlo: se multiplicó, se hizo tan numerosa como las olas del Diluvio Universal. Pronto, no hubo otra cosa, anegando a todo bicho viviente.
Imposible, hoy, prever cómo podremos librarnos de ella, pues todo el mundo experimenta su creciente omnipresencia. ¿Qué digo? La Palabra ha terminado siendo la Cosa; así lo quiere una inflexible y justísima ley. Purgamenta et stercorafacti sumus, ha dicho el Apóstol.
Algunos años antes de la guerra, fue Victor Hugo el liberador de ese Vocablo, que permanecía hasta él cautivo en las mazmorras y despreciado por los apóstoles literarios.
La Derrota fue la ocasión, para toda Francia, de implorar el auxilio del paria convertido en poderoso, cuya reciente gloria resplandecía ya, elevándose un concierto unánime de invocaciones como jamás se había escuchado.
Cada vez que el Prusiano metía el dedo en las llagas de un pueblo del cual era naturalmente su criado, el alma agónica de varios millones de desgraciados se refugiaba en las dos sílabas como en una fortaleza.
Los moribundos —bien de miseria, bien de desesperación—, los heridos, los amputados, los quemados vivos, los abandonados en medio de los campos en las noches glaciales, todos susurraban o gritaban la vengativa Palabra.
Volaba de campanario en campanario como el águila de Napoleón, posándose sobre los pináculos de los más altivos monumentos, tomando pie incluso en la base y a lo largo de los derrumbados muros de sesenta ciudades bombardeadas.
Los vencidos, incapaces de resignarse a la inadmisible derrota, pero forzados a sufrirla, se impregnaban la cara con las colicuaciones de su repugnancia para que, al menos, la crápula de los triunfadores no viera sus lágrimas.
¿Alguien puede pensar que una guerra tan infausta con España, por ejemplo, o con los hipotéticos selenitas, hubiera podido determinar, en toda la Nación, una necesidad tan apremiante de evacuación?
Sufrimos entonces y sufrimos todavía la espantosa ley de las afinidades de torpezas.
¡Superados, como castigo de nuestros pasados crímenes, por el más inmundo pueblo de la tierra, por una nación pegada a la escudilla y el orinal, por un ejército de seiscientos mil bribones mancillando nuestros hermosos campos con el torrente de sus excrementos, era inevitable que la noble lengua del Jardín de los grandes Lirios de oro se hundiera ella misma en ese hediondo estiércol!
Conocí la historia por boca de un pobre diablo capturado por los dragones de Rheinbaben y que, enloquecido por la vergüenza y la desesperación de no haberse hecho matar, escupía a los alemanes la Palabra única y la volvía a escupir sin parar, con espumarajos y todo, con una voluntad tan feroz de reprobación y de ultraje que se le concedió la merced de fusilarlo.
¡Ahora bien, era un profesor de retórica e incluso, tengo para mí, un poeta en ciernes!
Evidentemente, ese desgraciado que se burlaba de su propia vida, se había esmerado en traducir, en condensar en una especie de alemán las sublimes cosas que hacían estallar su alma y, no encontrando más que esta inmundicia, había hecho de ella un cáliz…
La Palabra fue tan pronunciada durante la guerra que personas y cosas se sobresaturaron. ¡La Palabra terminó por tornarse literaria, lo cual lo dice todo!
Recuerdo, en este momento, una particularidad insignificante y que no parecía, de hecho, más que la ocasión, continuamente renovada, de demostrarnos a nosotros mismos nuestro completo embrutecimiento.
Cuando uno de nuestros centinelas cerraba el paso a cualquiera de los camaradas bastaba normalmente con que este le espetara la palabra, me comprende, la Palabra suprema que responde a todo, que engloba, a fortiori, todas las contraseñas, todos los plazos de lo Eventual.
—¡Come, cerdo!, replicaba entonces el centinela echándose a un lado.
No era necesario nada más para entenderse. En alguna ocasión, incluso el puesto de enfrente estallaba en risas.
Todo esto, a decir verdad, es bastante estúpido, decididamente estúpido. El lirismo, convengo en ello, está furiosamente ausente de esta anécdota militar. Pero al pensar de pronto en ello, veinte años después, creo columbrar una profundidad simbólica.
Termino preguntándome si esta miserable multitud doliente, que ignoraba incluso por qué sufría, no fue el instrumento de una combinación muy especial de la mecánica Providencia, la cual, desde hace seis mil años, mantiene su sistema de prefigurar los acontecimientos futuros valiéndose de sucesos análogos; me pregunto si la inaudita catástrofe del gran pueblo de los Invencibles no tenía como misión significar la catástrofe definitiva del mismo Dios, ostensiblemente incapaz de subsistir en medio de sus astros vilipendiados, cuando Francia cae; si, en fin, la Palabra indomeñable, ecuménica y solitaria, cuyo anagrama es una promesa de Redención, y que tantas bocas han clamado en la desesperación, no fue entonces algo como ese Schibboleth equívoco del libro de los Jueces que es indispensable pronunciar correctamente para no morir.