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Stories by léon bloy

la misa de los cadetes caídos (spanish)

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—¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me turbas?.
Cuando el capellán decía estas palabras con las que se inicia toda misa, una bala, nunca encontrada, le voló la cabeza.
La casulla blanca del Común de las Vírgenes, exigida por la liturgia este día 21 de noviembre, festividad de la Presentación de María, se tornó de inmediato en la roja casulla de los Mártires.
El tronco del sacerdote, un segundo inmóvil, perdió el equilibrio en el espantoso gesto de los brazos mecánicamente extendidos en alto hacia el alma en fuga, y rodó hasta la primera fila de los jóvenes voluntarios que se aprestaban a seguir el oficio con atención en los pequeños eucologios de la casa Mame, de cantos dorados y encuadernados en marroquín negro.
Pareció que un largo pincel empapado en albayalde acababa de pasar por sus rostros adolescentes llenos de fervor. Uno de ellos, un hermoso muchacho de diecinueve años, que iba ayudar a misa y al que salpicó la sangre del sacerdote, se desvaneció.
Eran soldados bisoños que nunca habían visto nada semejante en casa de sus madres. Rebosantes de entusiasmo, se habían alistado de todo corazón, un mes antes, bajo las órdenes de un cuadillo cuya celebridad evocaba todos los heroísmos de la Vendée militar y habían prometido, haciendo honor a su bravura juvenil, no deponer las armas hasta que el Rey legítimo fuera entronizado.
¡Esto estaba fuera de discusión! Los íntegros sacerdotes les habían hecho leer tantas profecías solemnes y circunstanciadas referidas al Gran Monarca y al Admirable Pontífice, que debían reinar conjuntamente sobre todo el orbe, que hubiera sido difícil no reconocerlos en la grandeza duplicada de Pío IX y el Conde de Chambord.
Sobre este punto, los testimonios eran unánimes, desde el del obispo Amadeo y el Bienaventurado Telesforo que vivieron aproximadamente en el siglo XII hasta los del Eremita de Orval y del venerable escoliasta Holzhauser, todos y cada uno confirmados por los inspirados más modernos.
Procedían de diversas provincias del Oeste, y cantaban cosas tan decisivas como este fragmento de ditirambo que me vanaglorio de haber salvado del olvido:
Escrito está que dos hombres preclaros,
con tiara y corona augustas en la frente,
en la noche de los tiempos avaros,
surgirán en Occidente:
de una santidad sublime, el uno
debe, en el solio, como ninguno,
glorificar la verdad;
por su prudencia e intrepidez,
el otro, en el trono francés,
asombrará a la humanidad.
Confiados en el porvenir, por tanto, y, poseedores en su mayoría de considerables fortunas, asombraban ante todo con sus opiniones y con sus extravíos a los camaradas más discretos o menos pudientes, cuyo uniforme habían adaptado: tocado negro con pluma negra en el ala, pantalón azul oscuro, con ribetes azul claro, guerrera del mismo color, cinturón azul claro, de igual color que los ribetes.
Siendo para ellos la guerra nada más que una divertida cacería con relevos en cada castillo, en la que los prusianos debían ser aplastados como chinches y cazados como conejos, no cuesta adivinar lo que la solicitud maternal o los altivos gustos de cada uno se habían atrevido a hacer para que su modesto uniforme fuera deslumbrante. El sombrero sobre todo dio oportunidad para los penachos más irrepetibles y gloriosos.
Estos mozalbetes, en número aproximado de sesenta, formaban un batallón al que la autoridad de algunos tunantes había bautizado, desde el primer día, con el injusto calificativo de los caídos.
Pasado el primer momento de estupor y espanto, se lanzaron, temblando, hacia las armas. Esa misma mañana se les había dicho insistentemente que el enemigo estaba cerca, y la razón de oír esta misa preliminar, a semejanza de los héroes clásicos comandados por Sobieski, estribaba en que esperaban precisamente que llegara este combate. No conociendo de la guerra hasta el momento más que el desconcierto provincial de los alistamientos y las movilizaciones, pensaban que tendrían más tiempo, por lo que el impacto de un proyectil mortal, acompañado de una salva de disparos tan copiosa, les aceleró el pulso.
Había sobradas razones para creer, sin embargo, que esa bala no les estaba destinada; los prusianos no tenían ningún motivo para presumir su presencia en esa calva del bosque en la que estaban acampados desde hacía dos días, y el combate se producía, con toda probabilidad, tres o cuatro kilómetros más adelante, en la carretera de Pithiviers. Allí debían estar apostadas varias tropas bien pertrechadas para ofrecer resistencia.
Esto era lo que les explicaba el capitán cuando les daba la orden de estar alerta. Este capitán era un valiente veterano, antiguo oficial de la marina, compañero grato y sumamente afable, para quien era un placer mandar a unos muchachos educados con tanto esmero.
La muerte del capellán lo había conmovido. Eran un poco parientes y, arrasado en lágrimas, lo envolvió deprisa y corriendo con sus propias manos temblorosas en una lona de campamento y lo hizo transportar en la ambulancia, a la espera de unas exequias más o menos solemnes en función de lo que permitieran las circunstancias.
—Mi capitán, dijo entonces, con una notable firmeza, el joven marqués Enguerrand de Bellefontaine, soberbio tipo de veintidós años que no tenía, a decir verdad, la fisonomía de un caído, la muerte de nuestro querido capellán nos ha privado de oír misa. Mis camaradas y yo estamos preparados para ofrecer el sacrificio de nuestra vida y marcharemos como hidalgos tan pronto como se nos ordene partir. Pero si nuestra inactividad ha de prolongarse una hora más, ¿no considera usted que resultaría una crueldad haber preparado todo esto para nada?
Señaló el altar de misión construido con caballetes de comedor cubiertos con una espléndida ropa de lienzo.
Los simbólicos grados no habían sido pasados por alto. Ni los cirios: dos velas de la Estrella y del Fénix clavadas a derecha e izquierda en los cañones de otros tantos fusiles.
Una enorme cruz hincada en el suelo, armada con dos abedules, dominaba el conjunto.
Por último habían trenzado, a base de colgaduras, la espesa masa de ramas de los árboles cercanos y cubierto las inmediaciones con tierra, produciendo los follajes amarillos de finales de otoño un encantador efecto de tapicería antigua.
El peticionario obtuvo permiso para ir, por su cuenta y riesgo, a solicitar, a un paso de la refriega, los servicios del clérigo del pueblo más próximo, y un coche felizmente disponible lo llevó en el acto.
Su diligencia tuvo que ser inaudita, pues no había pasado ni media hora cuando, a uña de caballo, ya estaba de regreso, acompañando del sacerdote. Era este, por favor del cielo, un presbítero joven, apto para decir una misa de campaña con celeridad y sin trabucarse.
Asimiló con serenidad la peripecia de quien venía a sustituir.
—Mi querido muchacho, contestó simplemente al mensajero, estemos en paz o en guerra, la Misa se dice siempre en presencia del enemigo.
Pero había traído sus ornamentos negros y no quiso decir ninguna otra misa que la de Difuntos.
Se oía en todo momento el fragor del combate, que se acercaba perceptiblemente. La misa, vigorosamente despachada, no tuvo vacilaciones.
En el instante en que el celebrante, que rogaba en un tono de voz elevado, pronunciaba las palabras del Ofertorio: Ne cadant in obscurum, uno de los oyentes de la primera fila fue herido en una pierna por una bala y rodó por tierra con una precisión litúrgica, sin alterar con voces el recogimiento de sus camaradas.
Como si esta primera caída hubiera sido una señal, en ese mismo instante apareció el comandante, espada en ristre.
—Muchachos míos, gritó, no hubiera querido interrumpir la ceremonia, pero Dios no querrá que deje de cumplir con mi deber. Capitán, marcha en orden disperso, de derecha a izquierda. Los prusianos están batiéndose en retirada hacia nuestro campo y tratan de penetrar en el bosque.
Una trepidación terrible subrayó esas últimas palabras. Todas las demás compañías estaban en sus puestos, listas. El enemigo, asaz numeroso, parecía atacar por todos lados.
Se había pensado, sin asomo de imprudencia, en reservar hasta el último minuto a los muchachos que actuaban, de hecho, como retaguardia tanto tiempo como aguantase la línea. Pero no tardó mucho en romperse, y por ese mismo motivo el más recio esfuerzo de este ataque diseminado fue justamente a dar contra ellos.
¿En orden disperso? ¡Ah, el valeroso comandante!
Estos novicios no tuvieron que buscar la muerte. No habían dado ni treinta pasos cuando la aparición de una enorme masa que parecía desplazar a la atmósfera los obligó a replegarse hasta el campo, donde formaron instintivamente un arco de circunferencia de la que el altar era el centro geométrico.
El padre continuaba su misa con la serenidad de los santos. Es bien sabido, que a partir de cierto momento, el oficiante no puede, bajo ningún pretexto, interrumpirse. Teológicamente, no hay fuerza superior, —¡del lado de Dios!—, que pueda dispensarlo de la necesidad infinita de consumar el Acto indecible.
Los infelices muchachos lo sabían y decidieron, sin decir palabra, hacerse matar, no por Francia, ni por el Rey, ni siquiera por los Ángeles y los Santos del cielo, sino lisa y llanamente para que esta misa pudiera terminarse.
Sucedió entonces una cosa horrible y hermosa. Se hicieron matar todos en el mismo sitio donde estaban y durante el tiempo necesario para que los indecentes herejes no pudieran interrumpir el Sacrificio Esencial.
Esta matanza, además, no fue gratuita. Los prusianos debieron pagarla cara, pues los adolescentes lucharon como si hubieran sido algo más que hombres, y es fama que el artero duque de Mecklembourg, que hacía asediar a las mujeres a salva de cañón, soltó un sollozo cuando supo lo que los cadetes caídos habían realizado.
Quisieron seguir la misa como lo hacían siempre, con tranquilidad suma, como con los Padres, esperando listos la muerte “que viene sin ser esperada”.
La oyeron más calmadamente y con mayor atención si cabe al matar a los perturbadores del “Sagrado recinto” y al hacerse matar ellos mismos.
Los encantadores devocionarios negros se hicieron irreconocibles, debieron seguramente cambiar de color, tanto como los preciosos cachemires y las plumas de buitre o de rabijunco con las que adornaban tan gloriosamente sus diminutos tocados.
Y una vez acabada la misa, al volverse para despedir a los asistentes con su bendición, el sacerdote no pudo ver ante sí más que las pálidas frentes de los vencedores, interceptado el paso hasta la altura de los ojos por la montaña que formaban los moribundos y los caídos.