la limosna del pobre (spanish)
¿Sigue en pie todavía la diminuta casa del tejedor belga de Donchery, la humilde vivienda taller, pintada de amarillo, en la que el desdichado Napoleón III, agónico de cuerpo y alma, debió sobrellevar, en la jornada siguiente a Sedan, la vejación y la imborrable afrenta de una entrevista con el sanguinario Tartufo de Pomerania?
He aquí la versión directa del último, registrada, el 3 de septiembre, en una carta privada dirigida a su sicambra esposa, a la que llamaba “caro corazón”, Mein liebes Herz!
Esta carta —interceptada por unos sacrílegos francotiradores que jamás obtendrán su perdón— fue inmediatamente publicada por varios diarios franceses. No teniendo a mano la traducción, ofrezco la mía, lo más literal posible, elaborada, pido que se me crea, sin entusiasmo, pues Bismarck no es precisamente un escritor.
“… Ayer mañana, a las cinco, después de haber despachado una hora, con Moltke y el general francés sobre la capitulación definitiva, el general Reille al que yo conocía me despertó para decirme que Napoleón deseaba hablarme. Tomé el caballo y me dirigí, sin haberme aseado y sin haberme desayunado, a Sedan. Hallé al Emperador en un carruaje abierto, con tres ayudas de campo y otros tantos más a caballo en la carretera general de Sedan. Desmonté, y lo saludé con tanta cortesía como en las Tullerías y le pregunté cuáles eran sus órdenes. Deseaba ver al Rey. Le dije, haciendo honor a la verdad, que Su Majestad estaba acantonado a tres leguas de distancia, en el mismo lugar donde escribo en este momento. A su pregunta de dónde debía dirigirse, le ofrecí, al no conocer la comarca, permanecer en Donchery, en donde yo mismo estaba acantonado, en un lugarejo próximo a Sedan. Aceptó y se puso en camino con sus seis compatriotas, guiados por mí y por Carlos (Bismarck-Bohlen), que vino a reunirse conmigo en dirección a nuestro acantonamiento, en la solitaria mañana. (Literal). Cuando estábamos a punto de llegar, comenzó a agobiarse a causa de la muchedumbre que temía encontrar y me pidió si podía entrar en una vivienda taller aislada que se hallaba en el trayecto. La hice inspeccionar por Carlos, quien nos dijo que era sumamente miserable y desaseada. —¡Da igual!, dijo Napoleón, y trepé con él por una angosta y frágil escala. En una pieza de diez pies de ancho por diez de largo, provista de una mesa de abeto y de dos sillas de anea, permanecimos sentados durante una hora, quedando los demás en pie. ¡Cuán diferente esta de la anterior entrevista, en el 57, en las Tullerías! Nuestra conversación era difícil, pues no deseaba abordar asuntos que hubieran resultado penosos para alguien que había caído abatido por la poderosa mano de Dios. Etc.”
Al escribir la última frase, Bismarck engañaba a su “caro corazón”, como hubiera podido hacer un sacamuelas, pues el volumen de su correspondencia publicado en Berlín y en Leipzig, en 1892, y que está a disposición de cualquiera, contiene una carta a su augusto rey, escrita la víspera, inmediatamente después de la entrevista, en la que refiere una conversación en cuyo curso, muy al contrario, los asuntos más penosos fueron vigorosamente agitados y trillados.
Pero, ¿qué importa una impostura más o menos en la vida de este hipócrita homicida que acaso es tenido todavía por un número indeterminado de sus necios compatriotas como el alemán insigne —como Lesseps es el francés insigne?
Nadie, que yo sepa, ha podido decir o se ha atrevido a decir, hasta hoy, la verdad sobre esta entrevista sin par en la que se consumó —muy probablemente ignorándolo ambos—, uno de los mayores sucesos de la historia.
Me preocupa poco el relato que ofrece Bismarck en su informe oficial al rey, arriba citado. Considero que es más seguro adivinar que ver, y que tal o cual íntimo del Absoluto es infinitamente más digno de ser escuchado que los mismos actores o los testigos directos, cuando se trata de esclarecer —en honor a Dios— tan confundidoras peripecias.
Napoleón III, por lo demás, nunca habló y solo poseemos el testimonio del Canciller que se gloría a sí mismo de haber mantenido, durante veinte años, la más horrible de las mentiras, para que parecieran exterminadas con justicia las trescientas o cuatrocientas mil personas víctimas de su ambición de ser flagelo divino.
Este testimonio, empero, no halló ni escépticos ni contradictores. La chocante rudeza de alma de Bismarck debió naturalmente dar crédito a su deposición y la plebe se mostró encantada con un individuo cuya misión parecía ser la de liberarla, de un modo tan prosaico, del lazo de la Belleza sublime y de las angustias de la Verdad profunda.
He aquí, pues, lo que yo propongo. Hemos, si cabe, de apartar por un instante las trolas y considerar, con una especie de sabiduría que nos hará parecer insensatos, que los episodios, incluso los más auténticos, no pueden ser comprobados; nos negaremos a creer que este Emperador derrocado que se encaminó hacia los abismos se contentó con intercambiar lisa y llanamente una fórmula contra un protocolo, nada por nada, como ha pretendido el Notario Mayor de la Calumnia.
Daremos por supuestos dos seres humanos, en vez de dos comparsas, y nos esforzaremos en imaginar qué pudo salir de sus almas en semejante momento, si sus almas inmortales hubiesen estallado.
Pero, antes, ¿qué puede pensarse del tejedor, de la ELECCIÓN de una tejeduría para una entrevista tan extraordinaria?
Pues si es cierto que no hay azar en absoluto, como desde hace seis mil años vienen gritando a los cuatro vientos todas las trompas de los clarines del cielo, es necesario de todo punto que esta estancia hubiera sido elegida y estuviera predestinada para enterrar el secreto de la más inaudita Limosna que jamás se haya dado.
No me toca a mí, ciertamente, explicar las circunstancias del sitio. Pero si lo imagino me parece que sublimes colgaduras y milagrosos tapices en los que se representa la añeja gloria de Francia me rodearan y se desplegaran, cayendo desde las cornisas como tempestades de sonoros estremecimientos.
El Emperador, cautivo en adelante, ascendió por una suerte de escala al primer piso de este taller, tomado la víspera por un ejército de ochocientos mil hombres. Bismarck, naturalmente, le hacía los honores.
Napoleón III estaba tocado con un quepis rojo bordado en oro; llevaba una levita negra con forro rojo y capuchón, y pantalón. La víspera trató de hacerse ametrallar en la batalla. ¡Menudo alivio para su consorte española! Pero la metralla no se interesó por un todopoderoso destituido de todo poder, correspondiendo a Inglaterra, devoradora de su Linaje, la misión de deglutirlo, dos años más tarde.
Gastaba guantes blancos y fumaba un cigarrillo. Sus cortas piernas lo sostenían con dificultad y se dejó caer, rendido, en una de las dos sillas.
El desaliñado y desaseado prusiano le preguntó si tenía necesidad de algún auxilio.
—No, señor, contestó el Emperador, tome asiento, por favor.
Y, con un ademán lastimoso, le señala la otra silla.
Instantes de silencio. Un inglés, aun victorioso, aguardaría a que se le indicase que hablara. Pero, desde ahora, estamos en Prusia, país de patanes, y el ministro es locuaz por temperamento y por educación. No tarda en sentirse en la necesidad de mostrarse a un tiempo generoso y espiritual.
—Sire, dice al fin, atenuando su voz de cánula de pipa, estoy verdaderamente azorado por ver aquí a Vuestra Majestad. Es cierto que así es la guerra y que todo el mundo ha de sufrir sus inconvenientes. Si osara pensar que una anécdota exclusivamente personal tuviera el poder de aliviar su melancolía, diría con entera franqueza que, buscando un albergue en Gravelotte, la tarde de la terrible batalla, y tras llamar inútilmente a varias casas, acabé por dar con una puerta abierta. Pero cuando di varios pasos en el oscuro corredor, caí en una especie de fosa de lobos. Por suerte, no era profunda. Me percaté de que había en ella estiércol de caballo. Como primera cosa, me dije: ¡Toma!, ¿si me quedo aquí…? Pero el hedor hizo que descubriera que había otra cosa. Si la fosa hubiese tenido veinte pies de profundidad y estado llena, mis compatriotas habrían buscado al día siguiente vanamente a su ministro y creo que los franceses hubieran llevado por mí un ligero luto. Salí y me eché bajo las arcadas de la plaza. (Histórico).
Napoleón observa la jeta del prusiano. La clara insolencia de este apólogo se diría que lo saca de su abatimiento. Durante un minuto, se cree todavía en las Tullerías y replica lentamente, con una cortesía augusta:
—Es de una exquisitez extrema, señor Canciller. ¿Por qué, pues, dejó ese primitivo albergue? Siempre oí decir que debemos permanecer en el lugar que la Providencia nos asigna.
Bismarck, que ha venido sólo con el designio de engañar, tiene excelentes razones para no entender. Sin embargo, la chufla, formulada por un Príncipe derrocado, le ha desagradado.
Es el cabo quien se siente herido, el terrible palafrenero de la cuadra de los Autómatas. Quince días después, en Reims, uno de los parlamentos más notables pronunciados fue, según creo, éste:
“El Príncipe de Hohenzollern me ha dispuesto muy favorablemente al comunicar, por el conducto reglamentario, a su coronel su exaltación al trono de España.”
Al no ser necesario que este relato sea, documentalmente hablando, histórico, abrevio la dilatada conversación que el vencido Napoleón hubo de soportar, en esta mísera estancia en la que un Bismarck cada vez más áspero, lo fue preparando con crueldad para las exigencias de su bellaco rey.
Torturante cháchara que la historia no ha registrado en absoluto. ¿Qué pudo haberle respondido su víctima salvo que, ciertamente, nunca quiso la guerra?
Hoy que la trampa ha sido revelada por voluntad de quien la fraguó, resulta chocante pensar que este hombre sobre el que pesa la sangre de tantas personas y único que quiso esta inexplicable contienda, no haya dejado de acusar todo el tiempo a Francia de provocación y perfidia.
Mientras la sangre de los caídos anegaba los infestados caminos hasta el punto de hacerlos impracticables; mientras los prisioneros morían de hambre, cubiertos de improperios, condenados a los trabajos más viles bajo la bota del más indecente pueblo del orbe, llevando la culpa y el castigo del Impostor glorificado; mientras París agonizaba de desesperación; mientras los alemanes estaban a un paso de la ciudad intangible, en Versalles, un horrible guasón se divertía de lo lindo, se atracaba a comer y se despechugaba delante de sus fámulos, explicándoles la duplicidad de los galos.
Nada prevaleció contra esa mentira y me pregunto qué abismal peregrino se necesitaría para imaginar tan solo al palurdo Perjuro instalado en las tinieblas de su conciencia frente a frente con su Secreto.
Pero es probable que el moribundo Emperador, ignorando lo que hoy es de dominio publico, penetrara un tanto en su adversario en esta entrevista cuyo misterio aún perdura.
Llego ya al punto esencial y son ahora las almas las que toman la palabra.
—Os son precisas garantías materiales, dice el Cautivo levantándose trabajosamente, es decir, si me permito entender, os es precisa una cesión territorial. Me ha dicho —creo haberlo escuchado— que el honor de Francia no puede mostrase más puntilloso que el honor de otros pueblos. Y en eso, señor conde, os equivocáis extrañamente. El honor de Francia no es comparable con el honor de ninguna otra nación; es un honor de todo punto exclusivo, del que no tiene ni la más mínima idea.
Su llamado Territorio es un legado asaz valioso que no debe ser enajenado. Desposeída de alguna de sus provincias, la hermosa Francia parecería, en todos los mapas, una horripilante estatua amputada…
Mi hermano Guillermo mantiene la pretensión de que viene a castigarnos por mandato divino y vos mismo me habéis hecho creer con generosidad que esa es también su idea. Basta recordar a Atila para no haberme atrevido nunca a asumir semejante misión.
Os complacéis también en llamar a París Babilonia. ¡Caduca retórica! ¿No teméis, conde, que un día le sean demandados tan vanos propósitos? Se afirma que ser violentamente anticlerical no beneficia a nadie y mi desdichada dinastía es un ejemplo. Estoy convencido de que ser ferozmente antifrancés es igual de peligroso y por las mismas sobrenaturales razones, a cuya meditación atenta le exhorto…
No tenéis, después de todo, más que a cien mil hombres y a un Emperador. ¡Tened cuidado!, este país puede convertirse en una hoguera y puede llegar el día en que lamentéis haber echado leña al fuego.
—Procuraremos, dice Bismarck, no avivarla. Contamos también, ¿a qué ocultarlo?, con el estupor de Francia entera, cuando se vea derrotada y descabezada.
—¡Su cabeza! Hace mucho que su cabeza fue tronchada. ¡Soy una alma en pena!, respondió el último de los Napoleones, apoyándose con ambas manos en la mesa, mientras se intensificaba su palidez y su semblante se agarrotaba dolorosamente.
… Piden demasiado, señores de Alemania, agregó con una voz desprovista de timbre, que parecía venir de muy lejos y que turbó a la Mentira personificada… ¡Eh!, bien, voy más lejos. Va a recibir de mí lo que no osaría pedir a su Dios… Reducido a la pobreza y a la humillación entre los pobres y los humillados, aparto de mi abrumada frente esta Corona imperial que el Jefe de mi Casa recogió de entre los huesos de Carlomagno, y la ciño sobre la testa de su victorioso monarca, a fin de que Europa, mañana por la mañana o por la tarde, no sea sometida al vértigo, perdiendo para siempre la misteriosa cuenta de sus Emperadores…
Recuerde únicamente que se trata de una LIMOSNA y que solamente yo, entre todos los seres humanos, puedo darla. Es la limosna al obrero de la oncena hora, a la Prusia advenediza que seguía adorando a ídolos cuando todo el Occidente cristiano llevaba combatiendo siglos.
Agónico y derrotado depositario de este Signo de dominación, lo cedo gustosamente a quien ha sido señalado para sustituirme. Si mi Linaje no resulta proscrito y mi hijo único me sucede un día, él sabrá recuperarla con la ayuda de Dios…
La altura de este Pobre extraordinario pareció agigantarse desmesuradamente hasta taladrar el techo de esta aciaga estancia cuyas paredes nunca habían oído palabras semejantes.
Bismarck enmudeció por completo, ensimismado y acaso en una actitud auténticamente respetuosa por primera vez en su vida.
Como si se despertase de una pesadilla, Napoleón se pasó varias veces la mano por la frente, tomó un cigarrillo de su pitillera de oro, lo encendió tranquilamente y, mirando con extremada dulzura al Canciller del futuro Imperio de Alemania, se rebajó a sentarse a su lado, sobre un banco situado en el exterior de la casa, cerca de un florido huerto de patatas, sobre el cual una alegre alondra concluía su canción de las Galias.