en la mesa de los vencedores (spanish)
—Al fondo de la sala, a la izquierda, cama número 27. Le ha estado llamando durante toda la noche, pero me parece que la infeliz anciana no está en sus cabales y nos extrañaría muy mucho, reverendo padre, si sacara algo en claro.
Con estas alentadoras palabras de la hermana hospitalaria, el franciscano de los Santos Lugares se dirigía en silencio hacia el lecho indicado, sin reparar siquiera en las concreciones de dolor y de decadencia física distribuidas entre el resto de yacijas del insomnio.
Cuando llegó al número 27 se detuvo delante de una forma inerte, ante los escombros de una anciana, un altorrelieve de las Alhambras de la Miseria y la Desesperación.
Rígida, con los ojos cerrados, como un simulacro de espanto en la tumba de un ajusticiado, hubiera costado trabajo considerar aún viva a esta criatura a todas luces a merced de los demonios, si no hubiera sido por el movimiento regular de las manos, ocupadas en alisar con suavidad las sábanas.
Espectáculo terrible el de las manos de los moribundos. En ellas, se diría, se refugia nuestra alma entera en los instantes postreros, para que se cumpla expresivamente la implacable ley de entregar su vida. La mayoría se agarrotan con firmeza, como las manos de los náufragos y de los que caen en simas. Algunas se retuercen convulsivamente o se cierran por completo. Otras hacen el gesto de apartar, de rechazar algo. Se ha llegado, incluso, a ver algunas que se posan justo encima del ombligo, él órgano respiratorio del cuerpo astral, según los antiguos magos.
El último recurso para hacerse oír por un moribundo pasa por tocarle las manos o imponer sobre sus manos las nuestras. El franciscano sabía esto, y los ojos de la agonizante se abrieron tan pronto como fue realizado este acto.
¡Y qué ojos! Dos vidrios helados, detrás de los cuales se desatara de repente un incendio. Solo un segundo permanecieron vagas y sin color esas lazulitas pálidas propias de la muerte que, al ver al sacerdote, se tornaron inmediatamente en dos refulgentes carbúnculos infernales.
—Me ha hecho llamar, señora. Heme aquí listo para escucharla, si su estado le permite hablar.
Se produjo un silencio más que penoso, durante el cual la enferma clavó sus dos dementes ojos en el forastero, lo que la hizo parecerse a una de esas máscaras de pesadilla inventadas por el genio infame del Extremo Oriente.
—La exhorto, amada hermana, dijo de nuevo el religioso, a no afligirse por mi presencia. Soy una nonada, pero sabe bien que tengo la potestad de ofrecerle los auténticos consuelos. El hábito que llevo le dice a las claras que pertenezco a la familia de los amigos del Pobre. Recóbrese, se lo pido en nombre de Jesús agonizante, y hable con confianza.
El horrible semblante se distendió entonces, los feroces ojos se endulzaron un tanto y la anciana, recogiendo sus manos con esfuerzo, las colocó sobre su pecho. Eran las manos de una sexagenaria, miserables, gastadas, deformadas por los agarrotamientos del mal, no las de una mujer adiestrada en trabajos penosos y que pudieron haber sido hermosas. En el dedo anular izquierdo llevaba una diminuta sortija de oro.
—He pensado muchas veces, dijo observándolas, que hubiera debido cortármelas. Lo que hicieron solo se lo he dicho a una persona y no sé si Usted podrá oírlo. Pero voy a morir muy pronto, ¡a Dios gracias!, y lo último que quiero es que el que me ha de juzgar pueda reprocharme haber tenido los labios sellados hasta el final. Le he pedido que venga, padre, porque usted es uno de los guardianes del Santo Sepulcro. Pensé que acaso usted me escucharía con menos horror que algunos otros, incapaces de guardar una pocilga de cerdos y que no quieren saber nada de lo que les excede. Voy a hablar, no a usted, sino ante Usted, haciéndome a la idea de que hablo ante el Sepulcro de Jesucristo. Sin duda soy una de las que más necesidad han tenido de que muriera. No me interrumpa, se lo ruego. Estoy en las últimas. ¡Si no halla en mis palabras ni humildad ni arrepentimiento, da igual! Considere que el relato que voy a contarle es, con todo, la confesión más desgarradora, el esfuerzo más aflictivo que puede emprender una criatura para su redención.
El sacerdote no esperaba este discurso, que el horrible aspecto de la inválida hacía escasamente previsible. Hubiera aguardado a una mendiga cualquiera y, de golpe, se encontró ante un alma excepcional, en la entrada de una cueva de ánimas en pena rebosante de voces horrísonas, luminosa y sombría al mismo tiempo, como las simas intermedias…
Siendo un hombre sencillo, comprendió que las fórmulas usuales no serían, en esta ocasión, de ninguna utilidad y, tomando una silla, se sentó tranquilamente cerca del lecho para escuchar mejor.
—Quien me hizo entrega de esta alianza, comenzó la anciana, elevando su mano izquierda, murió, hace veinte años, durante la guerra, en Saint-Sigismond, en Loiret, la misma mañana de la batalla de Loigny, fusilado por los bávaros de De Thann. Estaban con él dos de nuestros hijos, el más joven de diecinueve años de edad, ejecutados ambos también junto con el padre. Me contaron que esos demonios asesinaron primero a los infelices niños del modo más cruel que pudieron, disparando a los miembros inferiores, para que aquel que los engendró los viera sufrir el mayor tiempo posible, a sus pies, antes de conseguir que lo mataran.
Pero eso, dijo con un ronquido que parecía un sollozo, no fue nada. Estos alemanes se desquitaron como sabían. Mi marido era un hombre de enorme valor que les había causado muchos perjuicios. Había sacrificado la mitad de nuestra fortuna para organizar una pequeña compañía de tiradores denominados los Furtivos de Neuville, cuya audacia fue extraordinaria… Nunca supe qué pasó con los cadáveres…
Quizá sepa que en Loigny, bajo la iglesia, hay una cripta donde pueden verse los blancuzcos esqueletos, ordenados simétricamente, de mil treinta y cinco soldados franceses. Muchas veces he hecho esa peregrinación, tratando de persuadirme de que los habían llevado allí, a mis amados difuntos, y rogué por ellos todo lo que una criminal puede rogar…
Escúcheme ahora. Estaba sola, una tarde, con nuestra hija menor, una linda muchachita de diez años, en nuestra casa, en la carretera de Cháteaudun. No sabía nada, salvo que todo iba mal. El enemigo llegaba por todas partes. Los vecinos habían emprendido la huida… ¡Ojalá yo hubiera hecho lo mismo!
Tras derribar la puerta vi entrar en mi casa a una veintena al menos de bestias pardas que se dieron inmediatamente al pillaje, entre voces de por qué no les daba de beber y comer. Dejé todo en sus manos dándome por contenta por no haber sido maltratada de obra. Entonces, uno de ellos me aferró mientras hacía escarnio de la muerte de mi marido y de mis dos hijos. Loca de desesperación, me lancé sobre este hombre y le mordí en el rostro de modo tan cruel que mis ojos se anegaron en su sangre, parecía que lloraba sangre, su ominosa sangre…
En ese minuto se cumplió mi destino. Fui golpeada, pisoteada, violada por todos esos truhanes y lanzada, casi muerta, sobre un montón de estiércol que había ante la puerta, donde permanecí desmayada un rato bien largo hasta que me despertaron los alaridos sobrehumanos de mi hija, cautiva en la casa que estaba siendo pasto de las llamas…
¿Me está escuchando con atención, padre? Preguntó la infeliz, más sombría y más horripilante que al principio. ¡Ah, es preciso que me escuche, no tanto para que me absuelva como para que sea mi testigo, pues esos gritos de mi pequeña, que oiré durante toda la eternidad, son mi tesoro, véalo usted, mi único bien, el viático de mi espantosa alma cuando se presente ante el Dios que pidió a su criatura tamaños sufrimientos…!
¡Ah, pero me vengué, vaya si me vengué, diabólica, horriblemente!, agregó con una voz tan profunda que el franciscano tembló. Esperaba así, paganamente, librarme de esos gritos tremebundos. Pero no he pasado ni un minuto, sépalo, en estos veinte años, sin oírlos, y los oiré siempre… Pues la Inocencia no se aplaca… ¡Me inundan, me rodean, y cuando mi Juez me mire los colocaré sobre mi gastado pecho como un peto de blancura, los ofrendaré con ambas manos y los depositaré al pie de su trono y en todas las avenidas de su Cielo, que se tornará, quizás, entonces, en un segundo Valle de Lágrimas, recordándole los alaridos de su propio Hijo crucificado que se negó a oír!
La maternal gorgona se incorporó a medias para proferir estas dementes palabras que retumbaban en el alma del sacerdote como una traducción en lengua extranjera de la desesperación eterna.
Esta estragada anciana le pareció una imagen de la pasión humana desatada, de la pasión infinita que haría estallar el mundo si muchas almas fueran dignas de albergarla.
¿Qué decir a esta infernal plañidera que sobrevivía milagrosamente, desde hacía veinte años, con la Eucaristía de su duelo y que comulgaba trescientas veces al día con los gritos de su hija abrasada viva?
Ninguna esperanza, por lo demás, de detenerla. Al mirar su cara, devastada como una tierra de aluvión escarbada por los ciclones, calcinada por los llantos infernales de los que se dice que bastan para corroer los metales, en la que, para espanto del observador, se ponían en blanco los ojos de Moloch, cual dos hundidas escotillas de un barco en llamas. Y cuando en ocasiones una pálida nube, una mota macilenta flotaba en ellos por espacio de un segundo se creía tener la imposible sensación de algo más implacable todavía… Hubiera sido necesario el concurso de la gran Estranguladora para impedir que llegara hasta el final de esta extraña confesión que le permitía, en su último día, hacerse la ilusión de regodearse en su venganza.
—Era una mujer de armas tomar, se lo aseguro, prosiguió, y en la comarca me apodaban la granadera. Tras tres días de agonía entre las cenizas de mi casa, me apresté a cumplir mi designio. Lo que había decidido, lo quería, como Dios ha querido el mundo.
Seguí al ejército alemán durante una semana, que se dirigía a Le Mans, y atravesé sus líneas. Pude pasar, no sin recibir multitud de denuestos pues parecía una pordiosera y mi aspecto debía de ser el de una loca. Pero había caído tan bajo, que nada, en adelante, podía alcanzarme. Además, me sentía protegida por el Demonio.
Llegué finalmente a la casa de un pariente de mi marido que poseía una especie de castillo en las inmediaciones de Ferté-Bernard, en el Departamento del Sarthe. Estaba segura de encontrar una buena acogida y sabía, ante todo, que por allí pasarían infinidad de prusianos, puesto que el cuarto cuerpo del ejército comandado por el Príncipe Federico-Carlos se diseminaba por esa parte de Francia como un torrente de ciento veinte mil hombres.
En ese momento no sabía a punto fijo qué me aconsejaría el Espíritu nuevo que soplaba en mí; se trataba de hacer daño, del modo que fuese.
Voy al grano, pues siento que se acerca la hora y quiero… quiero acabar. Logré que me emplearan como celadora de enfermos y de cocinera en esta mansión en la que se alojaban los oficiales de mayor graduación.
Había —¡oh!, lo veré en la podredumbre de mi tumba—, había un general de brigada de caballería de Hesse, un anciano enorme extremadamente riguroso, con reputación de astucia extrema, y siempre inclemente. —¡Más!, me decía, ¡más! Mehr! Mehr!— esperad, va a ver. Tenía un hijo, un precioso capitancito, a fe mía, que no llegaba a los treinta años. Fue herido y confiado a mis cuidados, a mis esmerados cuidados. Su padre, quien hacía bombardear las ambulancias, no lo visitaba, y tampoco sus camaradas, y estaba solo conmigo, en una habitación alejada. No se movió demasiado… No necesité ayuda ninguna. Estas manos que usted ve bastaron, y no me quité el anillo. A continuación, arrastré el cuerpo a un lugar de la bodega donde nadie ponía jamás los pies.
Mehr, mehr, gute fmnzosische Küche! ¡Sí, padre, durante tres días, sirvió al general de alimento! ¡Ah, los exquisitos sesos de ternera con salsa blanca y sal, pimienta, nuez moscada, champiñones y cebolletas que le preparé de primero y que hacía fundir en su boca bebiendo un Cháteau-Margaux! ¡Me pidió repetir, el viejo glotón, pero le contesté que era la única ternera que sus hombres no había requisado y que se sacrificó expresamente para él! ¿Era justo y necesario, no, que comiera también las chuletas a la papillote y el fricandó a la achicoria? Al día siguiente invitó a varios oficiales. Les serví escalopes, riñones salteados, guiso de ternera, ternillas con guisantes, gelatina y asado. Mehr!… mehr!… Estos comensales se regalaron, hubo para todos y las sobras fueron para las ratas de la bodega. ¡Había, naturalmente, reservado el corazón, porque hubo que marinarlo antes de ponerlo en la parrilla, y el padre del lindo capitanito de dragones devoró el corazón de su hijo: al tercer día!
Hábleme cuanto quiera de las delicias del Dios todopoderoso, pero lo desafiaría a que me ofrezca en su paraíso un gozo más grande. Pensé que iba a morir de felicidad. Pero no bastaba, ¿comprende?, había que hablar.
—¿Están suculentos los hijos a la parrilla, verdad, mi general?
Como me miró sin entender, extrañado por esta pregunta familiar, añadí:
—¡Es el corazón de su hijo, a quien estrangulé con estas manos, acaba de comerse su corazón, viejo canalla, y su carne, su inmunda carne se la serví ayer y anteayer!
No esperaba otra cosa más que me matara. Se puso a reír dulcemente… muy dulcemente…, gute franzosische Küche!
PONNE GOUISSINE FRENTZÈSE!… sus ojos se apagaron…, y esa misma tarde fue enviado en un féretro, al interior de Alemania…
¿Es todo?, preguntó el franciscano, a quien le castañeteaban los dientes.
—Reverendo padre, dijo la monja que se había acercado, ¿no ve que esta mujer lleva muerta desde hace un cuarto de hora?