el sitio de rodas (spanish)
El vizconde Armor-Luc-Esprit du Glas Saint-Sauveur tenía perennemente ochenta años. Eso se decía comúnmente en la región, un rincón del Perche, en donde la presencia de este inextinguible anciano perpetuaba leyendas y tradiciones, olvidadas ya bajo los primeros Capetos.
A duras penas los más viejos del lugar recordaban haberlo visto joven. Y ese recuerdo era tan remoto, tan recalcitrante y conjetural que todo el mundo se negaba a darle crédito.
No hubiera sido mucho más fácil prever su fin, pues pertenecía visiblemente a uno de esos linajes extintos sobre los cuales está demostrado que la muerte no ejerce más que un dudoso poder.
El vizconde, sin embargo, no tenía más galas que una estatura muy por debajo de la media y su gastado cuerpo era tan flaco que, a cierta distancia, podía tomarse por un feto. Pero era la armadura de una alma tan grandiosa como las que se dan, aquí y allá, en todas las séptimas generaciones, cuando la humanidad se renueva por completo.
A simple vista, empero, nada en él delataba otra cosa que un trivial octogenario amancebado con el orgullo de su blasón.
Este, a decir verdad, era egregio. Los Du Glas gastaban: oro con buey de gules, con un jefe de azur, coronado con tres cruces del Calvario.
La divisa F.E.R.T. era la de los Duques de Saboya, a los que tachaban de usurpadores. Fue incluso objeto de una hereditaria indignación que no admitía que los emmanueles y los amadeos fueran nada mejor que salteadores y vagabundos.
Doscientos sesenta años atrás, el tatarabuelo del vizconde Armor había entablado el más sorprendente de los procesos. Aprovechando las dificultades de Francia y de Saboya, y del enojo de Enrique IV, había concebido el designio de recuperar, por medio de ese poderoso rey, las célebres cuatro letras que significan, como es sabido: Fortitudo ejus Rhodum tenuit, basando su demanda en que fue uno de sus antepasados el que siglos ha salvó la isla de Rodas de la amenaza de los Otomanos.
Pero Enrique IV, ocupado en hacerse asesinar, no tuvo tiempo de intervenir y la reina madre desestimó la demanda.
El resentimiento por tal desamparo judicial minó a esta vetusta familia, que no tardó en perder la cabeza. Los siglos XVII y XVIII vieron la ruina progresiva de la gran Casa de los Du Glas para quienes Francia había fenecido con los últimos Valois de Angulema.
La Revolución no se molestó siquiera en golpear unos muros ya tambaleantes. Rabioso dilapidador de un patrimonio de suyo mermado desde hacía mucho tiempo, el padre del vizconde actual murió sin gloria en 1815, dejando apenas a su aborto de hijo —señalado inexorablemente para ser el último del linaje— lo suficiente para vivir como un labriego de los de antes.
Tan calvo como Carlos el Calvo, del que se consideraba sobrino por parte de madre y al que mencionaba a veces con indulgencia, el descendiente de los Caballeros de San Juan de Jerusalén llevaba siempre, contra viento y marea, una peluca juvenil, de factura tan perfecta que se hubiera necesitado mala voluntad para hurtarse a la ilusión de que era una cabellera de pelo natural.
Sus diminutas prendas de anticuado corte, raídas, me atrevo a decir, de tan usadas, y relucientes como el estuche de un grillo, colgaban de los cuatro alfileres que eran sus miembros. Resultaba conmovedor ver a este vejestorio pinturero, titular sin descendencia de uno de los nombres más glorioso del Occidente, esforzándose en cohonestar su miseria con el decoro triunfal de los siglos.
Aun cuando los campesinos lo tomaban por loco y acaso por eso mismo su ascendencia era enorme, parecida a una suerte de prestigio que nada ni nadie hubiera podido explicar.
Naturalmente, le robaban hasta la camisa, y las transacciones a las que se veía obligado eran tan onerosas como vejatorias para un viejo iluso que no oponía defensa; pero hasta el más baladrón patán no se hubiera atrevido nunca “ni por todo el oro del mundo” a relajar, en su presencia, una actitud de respeto extremo.
No sería lícito afirmar, sin embargo, que careciera de bonhomía o de cortesía, pues no hablaba con nadie sin descubrirse hasta el suelo, como si se tratara de un encumbrado príncipe.
Cuando, por milagro, se sentía gravemente ofendido, reaccionaba dando un escarmiento, para lo cual hinchaba el pecho, se encasquetaba visiblemente el sombrero y espetaba al ofensor, guiñando los ojos:
—Señor, cuanto más hace, menos lo veo.
Y eso era todo. No era preciso resucitar de nuevo el derecho feudal de la justicia suprema. Pero eso bastaba, se decía, para descolocar al paleto, mientras él permanecía muy digno.
Residía naturalmente en el castillo de Rodas, la única morada que quedaba de las casas solariegas propiedad, antaño, de los Du Glas.
Mísero castillo de ilusiones inmortales, ruina sobre ruina, apto tan solo para hospedar a cuervos y a búhos, pues ningún peregrino de regreso de los Santos o de los infernales Lugares hubiera albergado el deseo de resguardarse en él.
En realidad no quedaba en pie más que una única dependencia todavía habitable, de las más de cien habitaciones derruidas por los equinoccios, atestada con los libros del vetusto Armor. Libros heredados de su padre y de su abuelo, que contaban todos la misma historia, la única historia que le interesaba, las historia de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, designados en el siglo catorce Caballeros de Rodas y tiempo después Caballeros de Malta.
La vocación de los paladines de su sangre, desde el principio de la Orden, había residido siempre en su pertenencia a la misma y gozaba más que los niños del limbo cuando se topaba con sus nombres en cronistas tan poco frecuentados por la fama como Sanudo, Bosio, Guillermo de Tiro, Jacobo de Vitri, Roderico de Toledo o Rogerio de Hoveden.
Desde hacía medio siglo, esos cronicones constituían la única pitanza de su cerebro, y había logrado muy tempranamente sacar de esa lectura una visión especular, infinitamente actual y precisa de los sucesos épicos relatados en ellos.
Se creía positivamente en Rodas, donde sus antepasados habían combatido, y fue él mismo quien había impuesto el nombre de esta fortaleza preclara a su miserable torreón en ruinas.
No abandonaba sus libros más que para ir a la Iglesia del pueblo, no porque fuera devoto, sino porque era el único lugar de todo el orbe en el que la grandeza de su Linaje quedaba acreditada de una forma perceptible.
Imposible imaginar un santuario más cochambroso, que amenazara más ruina, más conmovedor, más a imagen y semejanza del vecino castillo cuya decadencia reflejaba.
Era una antigua parroquia de la época de los carlovingios, antes romana, que unos rudimentarios constructores, a fines del siglo XV, habían tratado de que luciera.
Esta diminuta casa de oración, carcomida, reducida a polvo por todas las fieras de la Creación, surcada por la hiedra, verdeada de moho, en la que gastados Bienaventurados, situados en la sombra, contemplaban, desde hacía siglos, un Cristo bárbaro mancillado por las golondrinas, ofrecía, de entrada, a la admiración del visitante un sepulcro verdaderamente colosal que consumía la mitad del espacio.
Bajo esta masa de granito oscuro yacía el Muy Ilustre Señor Tiphaine-Gaétan-Christophe du Glas Saint-Sauveur, marqués de Albon y de Saint-Christophe en Vermandois, llamado Vialevoulour por los infieles, Gran Prior del Priorato de Aquitania, quien salvó por tres veces las galeras del Gran Maestre y murió en Rodas en 1399, el día de la Candelaria, tras dar muerte por propia mano a doscientos réprobos. ¡Tubam expectat!
Este no era el hombre más insigne de la línea de Du Glas; pero las circunstancias lo habían encumbrado más que a ninguno, y el mismo rey de Francia, a pesar de su indigencia, había querido contribuir a sus exequias.
Cerca de él yacía “su muy recatada y muy esclarecida esposa”, la Dama Eremburge-Melissende, hija de Foulques du Crocq de Maisonseule en Vivarais, —nobleza añeja fundada por gentes impávidas que habían luchado contra el diablo.
El Consejo de la Orden, en virtud de una derogación insigne, dio su permiso para que ambos, a su muerte, reposaran juntos, pues su compañera de juventud había aceptado desprendidamente el velo de las viudas, cuando su solicitud por los dolientes peregrinos de Cristo la llevó a entrar en religión. Sus dos efigies de bronce estaban tendidas en posición invertida sobre un túmulo principesco alrededor del cual dormitaban los ángeles custodios de por lo menos veinte generaciones heroicas, que hoy se veía reducido a polvo por la acción de los mudos roedores.
Al pie de ese monumento, fastuoso todavía, pero carente de majestad, se veía la sepultura del Comendador Nicolás, hermano segundón del anterior, quien se hizo matar soberbiamente en Nicópolis. La hacienda de la Orden hubo de pagar el rescate de su cadáver.
Y esto continuaba así hasta más allá del porche. Veinte tumbas progresivamente menos ostentosas, progresivamente más humildes, indicaban el lugar de los Comendadores, de los Bailíos, o de los simples Caballeros de esta familia que no había cesado de declinar desde el glorioso Tiphaine.
La última, distinguible apenas por una simple cruz de madera clavada en la tierra, estaba completamente pegada al camino y, a veces, las bestias de las proximidades la pisoteaban al pasar.
Por diminuto que fuera el Du Glas actual, el único Du Glas que quedaba por enterrar, no había suficiente lugar para él y eso era, sin duda, lo que le determinaba a no morir, pues no podía tolerar la idea de que un día pudieran profanar con su esqueleto el venerable sepulcro del Gran Prior.
Un día, el vizconde Armor que se hallaba tomando el aire en su ventana, se dio cuenta de que Solimán venía a sitiar Rodas. Esta célebre isla carecía de soldados, de artillería, de naves en condiciones de hacerse a la mar, incluso de víveres, de todo, y por ningún lado se esperaba el auxilio de los príncipes cristianos.
El buen hombre había adoptado bien pronto una decisión. Resolvió no rendirse, cerró su puerta y se puso a leer tranquilamente la Constitución de la Orden de Malta.
Los cuarenta mil soldados y los ciento treinta y dos cañones del gran-duque Mecklembourg marchaban sobre Nogent-le-Retrou y Belleme, para cerrar el flanco izquierdo de Chanzy, mientras que el príncipe Federico-Carlos operaba paralelamente de Vendóme a Écommoy para pasar por su derecha, a unos sesenta kilómetros de distancia —movimiento combinado cuya terrible imprudencia, remunerada con un éxito completo, probó con tanta crueldad nuestra indigencia.
El veinte veces infame comandante del 13 cuerpo, al que apodábamos entre nosotros el duque Carnaza, se acercaba a las proximidades del castillo, escoltado por sus afables generales de división: Schimmelmann, Gersdorff, Stolberg, el príncipe Albercht y el barón de Rheinbaben, y ese hermoso mundo ahíto de carne fresca se abandonó a las delicias de una conversación chispeante de buen humor.
—¿Qué es eso?, dijo Mecklembourg a su jefe de estado mayor, señalando la vivienda del hijo de los valientes.
—Evidentemente, es una ruina, Vuecencia. Me figuro que ahí debe estar el antiguo castillo de los condes de Du Glas, tal como indican nuestros exactos mapas.
—¡Inspecciónelo usted mismo, coronel! ¡Me produce curiosidad visitar al burggraf, si es que vive todavía! Me han hablado de él como de una suerte de lunático.
Unos minutos después, el coronel Krensky, en compañía de varios dragones, llamaba al señorial portón, que podría pasar por un carro de bueyes.
—¿Quién sin ser peregrino del Santo Sepulcro, dijo una voz de ultratumba, se atreve a presentarse en el umbral de los Hospitalarios de la Cruz?
El embajador, retrocediendo, vio en la ventana al diminuto anciano, quien se asemejaba a una pintura estriada en un marco muy vetusto, inspirándole cierto respeto.
—Soy peregrino de Francia y no del Santo Sepulcro, contestó, pero espero que el último representante de la ilustre casa militar de Du Glas no rehusará dar alojamiento al Gran-Duque de Mecklembourg, que avanza cubierto de gloria y de quien no soy más que su heraldo.
—Ignoraba, dijo a su vez el vizconde, que existiesen grandes-duques entre los esclavos de vuestro sultán. Es una vanidad que habrán adquirido con el trato de los salvajes moscovitas. ¡Pero no importa, díganle que si tiene el descaro de venir él mismo y ponerse a mi alcance, será recibido como merece! ¡En cuanto a ti, heraldo, te considero un espía y te ordeno que te batas en retirada, inmediatamente!
—¡Oh, graf! ¡Señor graf! ¡Habla usted como alguien que despreciara mucho la vida!
—¡Infiel, yo no desprecio los dones de Dios, ni siquiera la muerte, que a Él le plugo soportar para rescate de todos los hombres! Por última vez, te conmino a que te apartes o haré que te disparen.
Macklembourg, informado de ese resultado, se encolerizó y habló de bombardear en el acto la mísera casucha.
Pero por muy acostumbrados que estuvieran sus más cercanos a semejantes prácticas, resultaban tan monstruosas, en esta ocasión, que los tenientes de este Alejandro de las letrinas protestaron.
Temió entonces ponerse en ridículo y dio simplemente la orden de derribar la puerta y de traer al orate.
Ahora bien, a los soldaduchos a los que se encargó la misión, el tiro les salió por la culata, pues sucedió que el vizconde Armor se convirtió milagrosamente en un muchacho, durante los escasos minutos que necesitaron semejantes bárbaros para exterminarlo.
Un aliento puro, venido de muy lejos, sopló en esta alma virgen que ignoraba por completo la turpitud contemporánea, colmándola de rumores sublimes: Tiberíades, Santa Juana de Arco, los dos sitios de Rodas y la portentosa resistencia de Malta atacada por todo el Imperio Otomano en la que los moribundos caballeros luchaban sentados en sus asientos, en las mismas murallas.
El admirable anciano se sentía el último de una larga serie, el postrer centinela de la Cristiandad, y con esos prodigiosos pensamientos, echando mano de vetustas armas oxidadas que habían empleado sus antepasados más insignes, dio muerte a varios de sus asesinos antes de expirar él mismo sobre los dilectos libros que le cantaban, desde su juventud, el inolvidable poema de los Valerosos hijos de Francia.