Stories 93 / Random

Stories by léon bloy

el sepulturero de vivos (spanish)

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El señor Joséphin Prosper Digital, conocido antes con el apodo de Papá Joséphin, es, indiscutiblemente, el más honorable de los agiotistas de la prostitución reglamentada. Encargado, en sus comienzos, de una de las más modestas casas de Grenelle, se elevó paulatinamente hasta la copa de la palmera que, en las Escrituras, simboliza la prosperidad del justo.
En menos de diez años se convirtió en propietario, en el corazón de París, de un establecimiento famoso en el mundo entero. Hoy su nombre colma los orificios de la gloria. La Asistencia pública honra en su persona a uno de los más ilustres filántropos y la Prefectura de policía carece del suficiente oro en polvo para inscribir el nombre de este admirable servidor en los dípticos de las comisarías.
Exento, desde mucho tiempo atrás, de los trabajos duros, engordó en medio de las aureolas, adiestrando a numerosos pupilos en las multiplicadas sucursales del Lupanar Metropolitano, del cual fue fundador.
El elogio de ese espacio de delicias ha sido agotado. Todos los bombos, todos los platillos, todas las fanfarrias y toda la trompetería lo han pregonado. El asentimiento universal de los visitantes de la Exposición terminaron por consagrarlo.
De hecho, es el único sitio de los dos hemisferios donde se puede encontrar una falsificación garantizada de las aplaudidas beatitudes que anhelan todos los rufianes.
Agotador resultaría describir las suntuosas crujías de los grandes y chicos salones de ese prototípico caravasar, la iluminación lunar de los masivos desnudos dispuestos con gusto en los amplios hemiciclos, la maravillosa elección, infinita casi, de los instrumentos de consolación y de su infalible funcionamiento.
En fin, nos quedaríamos sin saliva o sin tinta antes de haber podido otorgar una apoteosis congruente al genial proxeneta que supo añadir furtivamente a su emporium, para la revigorización y el refinamiento del placer de algunos vejestorios ginebrinos o anglosajones, las Catacumbas del Pudor.
El señor Joséphin no podía estar más orgulloso. Amigo de las leyes, amigo de la religión y del poder, amigo de los notarios y de la propiedad, pero más que nada amigo de todo el mundo, salvo de los desgraciados, tolera condescendientemente que innumerables sujetos puedan estrecharle la mano, y haciendo honor a sus propias obras, cuenta en ocasiones sus amargos comienzos.
—¡Ah!, no es cosa siempre extraña, criaturas, cuando se ha trabajado con la milicia. Bastaba con ponerse manos a la obra y pagar con la persona. Por fortuna, mi santa mujer, hoy difunta, estaba ahí para secundarme. ¡He ahí una que debe ceñir una hermosa corona en el cielo!, etc.
Como tenía la propina fácil se le escuchaba con la máxima atención.
Pasado el tiempo se convirtió en espiritista, luego ocultista, y algún tiempo después nadaba en el esoterismo más abundante. Su primer iniciador, un mago caldeo de lengua occitana, aprovechó para despojarle de sumas considerables que se tradujeron —¡oh, Señor!— en ¿cuántos suspiros?
Esta dolorosa experiencia, lejos de tranquilizarlo, pareció haber inflamado su celo, pues sabía el medio de burlar la vigilancia del dragón del libro mágico y no cayó nunca en la desesperación de llegar a dar con la Clavícula y con algunos otros arcanos.
El origen auténtico de la opulencia de este crápula es muy otro. Transcribo de memoria el relato de un desdichado que lo reconoció un día, en la calle, quince años después. No lo había visto, sin embargo, más que una sola vez, a la luz de una linterna, pero en tales circunstancias que, desde entonces, nunca ha dejado de verlo en sueños y en la vigilia, y que al reencontrarlo de golpe en medio de los vivos le hizo desmayarse de horror.
—Usted no sabe lo que es un campo de batalla, de noche, cuando los burgueses duermen en sus camas. Es algo, señor, a lo que Dante nunca se ha referido.
Pues, ¡bien!, escuche, habíamos combatido durante todo el día, y yo había quedado en el montón de los moribundos. Cuando digo el montón no soy completamente exacto. Realmente, las cosas no suceden como en los cuadros de batallas. Sería un error pensar que se ve a los pobres diablos amontonados unos sobre otros, apilados y enmarañados estéticamente, haciendo gala de heridas sumamente nobles para asombro de damas de trajes vaporosos que retroceden para contemplar mejor el conjunto a través de su binóculo de oro.
La verdad auténtica es que hay casi siempre un intervalo de varios metros entre cadáver y cadáver, incluso en los puntos donde el combate ha sido más letal, y solo en casos muy excepcionales como el asalto en una estrecha hondonada bajo el fuego de potentes baterías, los cuerpos se amontonan.
Por lo que hace a las heridas, no puedo decir más que esto: el audaz pintor que deseara ser fiel sería tenido por una bestia inmunda y acusado infaliblemente, incluso por los soldados, de falta de patriotismo.
A mitad de la batalla, por resumir, caí por tierra. Ensordecido por el infernal estrépito, incapaz de fijar una idea, debí permanecer largo rato inmóvil, rayando en la insensibilidad, con la vaga impresión de un estacazo en la pierna izquierda.
Cuando vi llegar a los prusianos, el crepúsculo caía y el cañón se oía sólo a grandes intervalos y cada vez más lejanos. Fuimos derrotados una vez más, evidentemente, pues esas bestias tomaron nuestras posiciones.
¡Ah, vi pasar cuero lavable, plumas verdes en tocados sajones y cascos wurtemberlianos de doble visera! Había pomeranianos, silesianos, polacos, ulanos negros, húsares rojos, batahola de inútiles que Dios confunda.
Vi desfilar regimientos de infantería con capa azul oscura y chacó de charol adornado con el águila y la escarapela prusiana blanquinegra; luego, infinitos artilleros bávaros, de azul celeste, con la felpilla negra sobre sus condenadas gorras. Durante la guerra, muchos de ellos la diñaron. Los prusianos, sus bien avenidos hermanos, iban en cabeza metiéndose por todas partes, siempre visibles, y milagro fue que no me aplastaran bajo sus carros.
Cuando aparecieron las ambulancias, me puse a dar alaridos con la esperanza de poder ser rescatado. Vano intento. Tuve, finalmente, la fortuna de adormilarme, con la cabeza apoyada sobre el petate, una vez pude desenrollarlo y extender la manta sobre mis pobres piernas inertes.
Ignoro cuánto tiempo permanecí dormido. Pero se diría que había llegado la hora de la aflicción.
La procesión germana había concluido. En mi derredor, el silencio en la noche límpida alumbrada por cuarenta mil estrellas. En el fondo del horizonte una línea de pálidos fuegos daba testimonio de la presencia de un cuerpo alemán acampado allí, pues el ejército francés debía hallarse lejos.
Al despertarme, las dos primeras sensaciones fueron la de frío y sed, y en grado tan intenso que no pude por menos que lanzar un quejido.
Inmediatamente algunas voces débiles, inarticuladas como la mía, respondieron en la oscuridad. Vi entonces, aquí y allá, algunas manchas negras tendidas en el suelo, muy próximas a mí y, mirando con atención, pude observar otras más lejanas, aún más distantes, hasta casi hacerse invisibles. Eran los moribundos y los muertos. Y, entonces, como si hubiera dado la señal de los lamentos, de toda la llanura me llegaban estertores, sollozos y suspiros…
Éramos, quizá, dos mil, los que esperábamos que vinieran a socorrernos o a enterrarnos. Una desesperación desmedida se apoderó de mí.
Pienso, señor, que hay que pasar por eso para atreverse a hablar de la miseria de este mundo. Esto, sin embargo, como verá, es solo el comienzo.
Los murmullos se apagaron. Cada moribundo, sin duda, había puesto en esta doliente invocación su supremo esfuerzo. Las tres cuartas partes, acaso, acababan de expirar y el inmenso silencio polar quedó restablecido.
¿Qué son, allí, en la orilla del bosque, esas sombras puestas en pie, esas sombras inquietas que se mueven silenciosas? ¿Cuántas tenebrosas figuras, a las que me pareció oír susurrar, se inclinaban unas sobre otras?
El bosquecillo seguía vomitando sombras, según veía a derecha e izquierda. De diez se pasó a treinta o cuarenta.
Estos seres se agachaban sobre los cuerpos tendidos, rompían los petates, rebuscaban en los bolsillos, estrangulando o aporreando a los que les imploraban. Gritos horrísonos se dejaban oír incapaces de atravesar este erial.
¡Oh, justo cielo! ¡Oh, Dios misericordioso! ¿Acaso estos lastimosos soldados se han desangrado de la mañana a la noche para terminar siendo la presa viva de estas arañas del Gólgota?
Una mujer se aproxima a mí. Presiento que será aún más feroz, si cabe, que sus compinches. Indefenso, helado de terror y encomendando mi alma al Invisible, cierro los ojos…
Súbitamente, estallan disparos y gritos de rabia. Una escuadra alemana surgió del bosque y disparó sobre los merodeadores. La espantosa hembra graznó a mis pies su último suspiro.
Incorporado vi, a la luz, esta vez de una linterna, evaporarse a la siniestra congregación, furiosamente perseguida por lo soldados.
—Por aquí es por donde más hay, dice una voz.
Creí que se refería a los fugitivos. Pero se trataba pura y simplemente de los difuntos, es decir, de mí y de todos los demás, sin distinción, a quienes el portador de la linterna debía enterrar lo antes posible. Era un simple campesino, acompañado de su mujer, armados ambos de picos y palas.
De inmediato, se ponen a cavar una amplia fosa. Créame si es que puede, pero no logré de esos dos sujetos el socorro de un monosílabo. No eran sin embargo mudos, ni sordos, ni forasteros, porque les oía hablar francés.
Estaban lisa y llanamente decididos a no contestar, cual dos obreros que trabajaran para un cliente quisquilloso, obstinados en negarme el derecho a estar vivo.
Cuando finalmente comprendí o creí comprender que estos fantasmas, aún más fúnebres que los anteriores, tenían la intención de echarme, vivo, a la fosa, les supliqué, les conjuré con lágrimas en los ojos por todo lo que podía quedar de sagrado o de temible para la peor canalla, para que no me condenaran a este inhumano suplicio.
Pero sin duda estaría desvariando, ¿no? Y ese desvarío, evidentemente, se exacerbó cuando observé, tras media hora de pavorosa tarea, recoger a su alrededor a los muertos o heridos más cercanos y echarlos juntos y revueltos en el osario, no sin haberles aligerado previamente de todas las pertenencias de valor que podían encontrar en esos indigentes.
Tal espectáculo, señor, lo veo todavía y lo veré ciertamente toda la vida. Supe, más tarde, que esos hechos inverosímiles se produjeron con mucha frecuencia, y yo mismo oí decir a un viejo campesino temeroso de Dios que esa fue la causa de los crudos inviernos y de la significativa esterilidad del suelo francés desde esos días ominosos.
Sin embargo, sería injusto acusar a las tropas alemanas, unánimemente implacables con los merodeadores, pero protectoras, sin saberlo, de los sepultureros de vivos.
Cuando llegó mi turno no debían caber más. Desconozco, por lo demás, qué pasó exactamente. Los sanitarios me recogieron al día siguiente. Me evacuaron a no sé qué hospital donde me curaron la pierna, teniendo la fortuna de verme incluido en uno de los muy raros canjes que se produjeron. No volví a recuperar la razón sino hasta seis meses después, rodeado de los míos.
Pero recuerdo, con precisión infinita, haber visto a este hombre que me tomó, sin duda, en el último momento, por un auténtico cadáver, inclinándose sobre mí en actitud sospechosa, antes de partir. Puedo asegurarle que tengo sus rasgos, sus abominables rasgos, grabados, con cuajarones de negra sangre en el fondo de mi alma, y al ser imposible acusar en Francia a un rufián millonario y triunfador, tomo a los muertos por testigos de que me hallará, en la consumación de los tiempos, ante un Juez insobornable.