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Stories by léon bloy

el perfecto gendarme (spanish)

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No habrá nunca un gendarme tan perfecto como el cabo Dussutour. Excombatiente victorioso del Alma, condecorado con las palmas de Sebastopol, este árido y coriáceo veterano cuya única esposa fueron las ordenanzas y que no conoció más Sinaí que el caballo de su coronel, parecía haber sido engendrado por las vindictas sociales, en mecánicos arrebatos, a propósito para resultar, finalmente, el más admirable de los brazos de la ley.
Tras veinte años de ser carne de cuartel o peón de batalla, había sido destinado a un escuadrón de la gendarmería del Loiret, donde su minuciosa rigidez fue inigualable.
De Fontaineableau a Montragis y de Pithiviers a Beaugency, mentar al cabo Dussutour bastaba para que las autoridades civiles y militares cantaran a coro las excelencias de soldado semejante.
No hubiera dudado en detener al Demonio y en pedir el pasaporte a las yacentes multitudes resucitadas por el soplo de Ezequiel.
Extremado y con más aristas que un acantilado, su delgadez de ave zancuda antediluviana le hacía parecer eterno. Nunca se terminaba de abarcarlo con la mirada.
Era precisa una recta conciencia y una mínima dosis de imaginación para estar seguro de que no tenía, en verdad, más que dos brazos, hasta tal punto era el emblema de la inagotable fuerza de los mil brazos de la Represión.
Cuando se acercaba, los bribones se echaban a temblar, e incluso los honrados burgueses, que sentían confusamente abrirse abismos en su interior.
Las almas más íntegras y más acorazadas sentían, en su presencia, como una vaga necesidad de un punto de apoyo, de recobrarse completamente.
La mera idea de un sofisma o de un pretexto resultaba grotesca tan pronto como se ponía en marcha este anciano bravío, en el que se encarnaba la Exactitud del oficio, y que un departamento entero proclamaba “tan inflexible como la justicia”.
Su fisonomía protestaba con vigor indesmayable contra cualquier presunción de inocencia. Su vida consistía solo en llevar reos ante los jueces, y parecía considerar a toda persona sobre la que no pesara una orden de arresto, como deseable carne de presidio, en espera de una futura detención, y la santidad misma, de haberla en Loiret, era para él un estado precario, excepcional, y por tanto digno de sospecha.
En su presencia, los vagabundos se creían escrutados por el ojo de Dios y se contaba que un día el cura de un pueblo en el que había intervenido victoriosamente contra un infausto malhechor, lo comparó, desde lo alto del púlpito, con el ángel exterminador enviado por Sebaot contra el ejército de Senaquerib.
Cuando estalló la guerra estaba por fin retirado y vivía sin gloria en una casucha de aspecto sepulcral a orillas del extenso bosque de Orleáns, por la parte de Pithiviers.
Para entonces, todos lo tenían por una bestia salvaje y ciertamente hubiera resultado una pérdida de tiempo buscar otro personaje tan huraño. Licenciado con retraso y a la fuerza, tras haber agotado todos los recursos para retrasar la jubilación que reclamaba su provecta edad, vegetaba, arisco y solitario, sin enterarse de nada de lo que pasaba puertas afuera de su casa.
A falta de pícaro al que incordiar, su tristeza era infinita y se agudizó hasta convertirse en una hipocondría de las más sombrías. Acostumbrado, después de tantos años, a creerse indispensable para la marcha armoniosa de los engranajes sublunares, se quejaba amargamente de la demencia de los burócratas que no habían sentido la necesidad de declarar su puesto vitalicio y que lo habían separado del cuerpo como a un perro sarnoso.
Profundas arrugas surcaban su despiadada y ajada tez de militar, curtida por el fervor de las ordenanzas.
Por primera vez en su vida, intentó pensar, y este exceso insólito, esta demencia senil lo trastornó.
Los dos o tres campesinos con los que se dignaba hablar contaban los estragos causados por tales murrias en la antaño judiciaria jactancia del viejo Dussutour, —Habla solo mientras se pasea, decían, y mete tanto miedo que espanta a las bestias.
El hecho es que ahora lo embrollaba todo, confundía los meteoros entre sí, despreciaba los pronósticos, había olvidado el tono oracular, en fin, estaba hecho un subversivo auténtico.
Este gendarme, antaño tan ponderado, incapaz, por ejemplo, faltar a la condescendencia misericordiosa que la misma Justicia no niega siquiera, cuando caen en sus garras, a los más abominables bellacos y que, recibiendo un día la humilde confesión de uno de sus más dilectos clientes, asesino de una familia completa, lo consoló con estas palabras: ¡Nadie es perfecto!, este gendarme sublime estaba a punto de despojarse de todo su prestigio y de irse a pique.
Se extravió hasta olvidarse del “respeto por las personas” y no temía mortificar con sus insolencias a un hacendado del vecindario, del cual se decía que poseía enormes riquezas y que, por tanto, se hacía acreedor de la consideración más abyecta.
Corrió incluso el rumor —que nunca pudo ser comprobado— de que dos o tres veces se le vio galantear con lugareñas con las que se topaba en el bosque.
En fin, el cabo Dussutour, orgullo hasta hacía poco de toda la comarca, no era ya más que una de esas ruinas que se muestran melancólicamente a la curiosidad del viajero.
Por inverosímil que pudiera parecer, la vanguardia prusiana marchaba ya sobre Orleáns y Dussutour, enterado vagamente de las desavenencias entre Napoleón y el rey Guillermo, ignoraba completamente la invasión de los ejércitos alemanes.
Vivía apartado, ya lo indiqué, no tenía trato con nadie y no quería saber nada y se consideraba a sí mismo como un inválido o un difunto. Naturalmente, nadie se preocupaba lo más mínimo por este vejestorio antipático al que todos tomaban por chocho.
Sin embargo, extraños conceptos pugnaban por entrar en su cerebro. De un modo confuso, sospechaba que algo irregular y deplorable se estaba produciendo no sabía muy bien dónde, sin poder precisar más. ¿Pero para qué pararse a pensar? ¿Qué podía hacer él, un gendarme retirado, un don nadie cuyo celo despreciaban el Gobierno y el Ejército?
De pronto, un día, un crepúsculo de octubre, en medio de un silencio sepulcral, por encima de las copas de los árboles del bosque, a través de una brisa imperceptible que apenas movía las hojas, oyó, venida de muy lejos, el sonido del cañón.
Esta vez no podía equivocarse. Lo conocía de sobra. Se trataba de una pieza de artillería de gran calibre que lanzaba, cada tres minutos, descargas sordas, como un enorme cascabel de guerra que sacudiera los muros de Francia.
Para el veterano de Solferino y de Malakoff, este Angelus de la muerte, resultaba muy familiar. El efecto inmediato fue inaudito y casi sobrenatural. El anciano se puso a bailar y a dar alaridos, para luego dirigirse, a velocidad de vértigo, a su casa donde, deprisa y corriendo, echó mano del enorme petate que constituía el ornato más exquisito de su cuchitril, vaciando en el suelo todos los trofeos de sus días de gloria.
Sus botas, que jamás consintió en profanar calzando los pies de un jubilado, reaparecieron; y su fiel sable fue despojado de la verde mortaja que lo envolvía, brillando, una vez más, en la agonizante claridad de esa triste tarde.
Al cabo de un cuarto de hora, Dussutour, aseado, peinado, cepillado, lustrado, cerraba la puerta y con el paso tranquilo y seguro de un gendarme de servicio —hermoso como un Amadís y orgulloso como un Galaor— se encaminaba, a través del bosque, en la dirección de la barruntada batalla cuyos últimos cañonazos apenas se dejaban sentir.
¿Qué sentimientos albergaría el alma de ese infeliz anciano que no temía ponerse ese disfraz y que ni siquiera sabía exactamente el nombre del enemigo contra el que se aprestaba a luchar?
Caminó de esa guisa toda la noche y la mitad del día que siguió. No encontró ni un solo escuadrón organizado, ni un solo batallón con órdenes que cumplir y su corazón de suboficial de épocas gloriosas se vio desgarrado.
Una muchedumbre de soldados aislados, rezagados, de todos los ejércitos y rangos; artilleros sin piezas, oficiales de caballería a pie, soldados de infantería sin fusil ni mochila, y los campesinos desquiciados por estos vagabundos devoradores, cuyo paso preludiaba la inminente llegada del Extranjero.
Dussutour nada tenía que decir a esos fugitivos sobre cuya marea él se elevaba, con los puños cerrados y sin despegar el pico. Estaba seguro de hallar infaliblemente y bien pronto la distancia de seguridad, el claro de temor que se interpone siempre entre los soldados derrotados y el ejército victorioso que le sigue los talones. Tendría entonces el medio para hacerse notar…
El primer alemán con el que se topó fue un oficial a caballo, algunos pasos por delante de un grupo de batidores.
Fue entonces cuando un muchacho, rubio a más no poder, de mirada dulce, montó en cólera viendo venir hacia él a ese lamentable gendarme de ópera bufa, con el arnés desteñido, con un uniforme en el que cabían, después de su desgracia, dos como él, y que parecía tener ochenta años.
Detuvo en seco su caballo y escrutándolo con una sonrisa melancólica, le dijo en un perfecto y audible francés:
—¿Dónde cree que va con esa facha, abuelo?
Dussutour, a unos diez pasos aproximadamente, desenvainó su sable, gesto que atrajo inmediatamente a no menos de quince soldados de caballería, a los que un mero ademán de su jefe detuvo al instante.
—¡Ah!, vaya, ¿responderás, viejo terco?, repitió el joven elevando la voz. ¿Crees que nos das miedo con ese alfanje? ¿Dónde demonios vas y qué quieres?
El cabo dio aún tres pasos e hincando el sable en tierra, apoyado sobre la empuñadura con ambas manos, espetó a Federico-Carlos:
—¡MUÉSTREME SU DOCUMENTACIÓN!