el obstáculo (spanish)
Cosas así se han visto mil veces en esta horrible guerra. Almibarados poetas las han aprovechado para aumentar su acervo de alejandrinos laxantes que han conmovido a las vírgenes de los boticarios y a las esposas de los notarios hasta estallar en sollozos.
Dicho de otro modo, han terminado siendo más ordinarias que el tranvía, más vistas que la luna, insoportables y ríspidas como la verdad divina. Y sin embargo creo que me resultará imposible experimentar en adelante algo tan intenso, sea lo que fuere, o dar con un objeto que desprenda —quizás solo para mí— un horror tan turbador.
Pero la escena espantosamente simple que se va a leer, necesitaba del decorado sobrenatural de la Derrota. Necesitaba ante todo del alma hospitalaria que a los veinticinco años aún conservan los mediocres y la puerta abierta de par en par de un corazón joven.
Ha bastado un cuarto de siglo para que se haya desvanecido esta inmensa humareda de batallas y de incendios, y para que el solar de nuestra munífica Francia haya dejado de temblar bajo el paso de las botas de un millón de soldados. La presente generación proviene de todas aquellas noches de placer de un año que mereció el calificativo de terrible, generación que no ha oído la alarma de las agonías y las desesperaciones de esa época.
Las nuevas generaciones ignoran casi por completo, históricamente hablando, que su patria fue sangrienta y hondamente afligida en la época en que vinieron al mundo. ¿Cómo podrían adivinar o llegar a comprender la exorbitante humillación de un gran pueblo tan estúpidamente derrotado y el tormento infinitamente desmedido que indujo a escribir a una mujer de corazón sencillo esta vigorosa y categórica declaración que leí un día en el interior de la trayectoria de las balas alemanas:
“Mi querido niño, eres el quinto de mis hijos que está en el frente. Aun así, me será más fácil consolarme de tu muerte que de la humillación y la vergüenza de nuestra patria…”
Muchos, ciertamente, pensaban así, y hay que haber tenido la ocasión de saborear por uno mismo la Cólera o la fluida Angustia que se respiraba por doquier en esos aciagos días, para no considerar hiperbólico el testimonio de un soldado que fue aterrorizado espectador de esas escenas.
El 10 de enero, la defensa de Le Mans había terminado completamente. Una vez más, rotas nuestras líneas y apresado el mando, había que apresurarse para poder franquear el Sarthe y las tropas exhaustas del general Rousseau comenzaban a llegar a Montfort.
Este infausto mando, desprovisto de auxilios, condenado a la exasperante responsabilidad de ser el inconstante eje de una acción sin efecto, se veía obligado, desde hacía noventa y seis horas a replegarse cada tarde, a marchar de noche y combatir de día, recibiendo a cada instante, en la hueca boca del estómago de su mísero ejército, la resaca de las andrajosas columnas en desbandada que el prusiano hacía retroceder a cañonazo limpio y que se desangraban por todos los caminos en dirección al… Océano.
La noche caía, y la nieve, esa nieve homicida de la que algún día hablaré, que atormenta tan ferozmente a los noctámbulos y que parece salir del hocico y de los ollares de toda esa Alemania triunfante.
Las últimas luces heladas del crepúsculo nos habían dejado ver, a derecha y a izquierda de la gran carretera que atravesaba Montfort, algunas de las compañías de marineros encargadas de sostener la retirada y que, de hecho, lucharon sin cuartel por todos, cual Exterminadores de la más severa observancia.
Estos monjes del Gouffre, que los católicos bávaros y westfalianos, asustados, apodaban extrañamente los Visitacionistas de la Muerte, carecían de órdenes, no entendían por qué se les desalojaba de la posición que ocupaban, y con sus cristalinos ojos miraban tranquilamente fluir la corriente de los vencidos.
“¡Ah, cuánto valiente!”, como decía Guillermo, y qué opresión de corazón sentir a nuestras espaldas a estas buenas piezas que eran los Caribes o de los infantes de marina, para quienes la guerra en tierra firme era una singladura inédita en la que zozobraban, estando a su alcance tan solo acariciar a las robustas y bigotudas doncellas de Turingia o Pomerania.
No debieron tomarnos mucho cariño ese día. Saltaba a la vista que carecíamos de prestancia y elevación. Me parece que en los seis meses de esta odiosa campaña fue este el momento más comprometedor para nuestro prestigio.
Sin embargo, yo tenía el honor de pertenecer a un cuerpo pretendidamente selecto, que conservó hasta el final, no sé por qué milagro, una apariencia de cohesión y disciplina, situación que se mantuvo gracias a que la Providencia nos hizo flotar juntos en la corriente que nos llevó por delante y que nos arrastró hasta Bretaña.
¡Horrible tropel, espantosa mezcolanza de todas las excrecencias bélicas! Después de Orleáns, ya habíamos visto algo semejante, pero aquí se repitió de principio a fin.
Éramos arrastrados por un diluvio de animales humanos trémulos de miedo y de frío, depuestos por el hambre, enloquecidos por innumerables noches en vela, separados por el más atroz y desatado egoísmo.
Ninguna caridad podía esperarse para el desgraciado al que el hambre o la desesperación derribaban por tierra. Pasábamos por encima sin verlo siquiera. ¡En tantos días, habíamos oído tantos gritos!
Pues los gritos de los moribundos pisoteados llegan al alma. Este tropel era silencioso e invitaba a pensar en esas sombrías multitudes que al amanecer se dirigen al infierno de los pozos mineros, sin pronunciar imprecaciones vanas a las que ningún vengador prestaría atención.
Confusamente, nos dábamos a todos los diablos, guardando cada uno para sí lo que podía quedarle de cogitación o de voluntad. Sanitarios desertores se codeaban con cañoneros desequilibrados que habían gastado su pólvora en salvas, miembros del cuerpo de infantería sin botas y soldados de caballería a pie sin crines ni sables, se confundían, se amalgamaban, dando la sensación de perder su individualidad. Rústicos y destartalados carros de mudanza a los que nadie se molestaría en asaltar eran arrastrados, a fuerza de latigazos, por calamitosos jamelgos que no habían tenido tiempo de comer. Había, Dios me perdone, hasta perros en el desfile procesional de nuestra agonía.
Y la horrible cloaca nivosa amortiguaba, como una alfombra de ochenta leguas, esa lúgubre marcha.
Bruscamente, todo se detuvo. De la cabeza de esta masa humana llegaba una sacudida súbita que nos hacía tropezar y que nos obligaba a su vez a nosotros a cortar el paso, a costa de nuestras últimas fuerzas, al mísero rebaño que nos pisaba los talones.
Esta conmoción, que debió trasmitirse a todo lo largo, dio pie a un principio de desbandada. Varios se lanzaron a una y otra orilla de la carretera, para tratar de huir a campo traviesa. Pero la hostil nieve, la implacable virgen, más temible que cualquier alemán para un hombre exhausto, los disuadió pronto.
Se produjo una de esas detenciones siniestras tan frecuentes en la que todos y cada uno se planteaban la eterna cuestión: “¿Estamos dando la vuelta?”, que fue la gran ansiedad militar en esa época y que desmoralizaba tan a menudo a los más audaces.
Parada mortal de una media hora de duración. Algunos soldados de la guardia móvil, abandonada toda esperanza, trataban de echarse sobre el barro.
Del extremo de la cola de los rezagados acudió un jefe rebosante de blasfemias. Comandante, general o emperador en germen, no se sabía a punto fijo quién era ese personaje, pero pretendía que circulásemos y se esforzaba, de hecho, en cargarnos con un confuso montón de espingardas de caballería y de pesados armones.
Tumulto, clamores, atroces injurias, maldiciones tremendas, recios golpes asestados en la oscuridad. A cada instante, el peso se hacía más aplastante. ¿Estaba escrito en el libro de los destinos que debíamos reventar de aquel modo?
La marcha pudo reanudarse, al fin. Un poco después llegábamos a Montfort donde tiritaban ya ocho o diez mil hombres, a los que urgentemente había que adelantar. Me fue dado ver entonces el ignorado Obstáculo.
Como un peñasco que dividiera las aguas de un río, en la plaza de la Iglesia y en el eje justo de nuestra columna, una humilde carreta inmóvil, uncida no obstante a uno de esos borricos casi imperceptibles que Dios parece haber creado para consolarse a Sí mismo de la excesiva majestad de su universo.
Sobre este vehículo, una antorcha encendida, una mujer de rodillas y un cadáver.
¡Nada, o casi nada, es decir, un poco menos que nada de nada! Pero suficiente para dividir en dos la desbandada y para hacer vacilar a un torrente que hubiera derribado la Muralla china.
La desgreñada mujer, enloquecida por su duelo, y que parecía ser la mismísima Francia, daba gritos tan sobrenaturales que sus cabellos se encabritaban, relinchando de miedo, y a los que nos sometíamos plenamente, nosotros, altivos reclutas en desbandada, con los pelos de punta y las entrañas revueltas y los corazones en un puño por las exequias de ese difunto anónimo al que los lamentos de su madre o de su amante elevaban a la misma altura de Carlomagno.