Stories 93 / Random

Stories by léon bloy

el abisinio (spanish)

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No se trata siquiera de una anécdota. Es apenas un recuerdo, una impresión que en su momento fue honda, pero que veinte años de una vida de perros han borrado casi por completo.
En 1870 formaba parte de un cuerpo franco capitaneado por un agrónomo devoto, ascendido a general a falta de gentes como Marceu o Bonaparte, cuyo circunspecto heroísmo lo hizo famoso por un día.
Dábamos lustre, al parecer, al ejército del Loira, mientras los otros ejércitos se daban lustre como buenamente podían, y fuimos, me atrevo a decir, andariegos terribles y formidables liebres ante Dios.
En el fondo, sin embargo, el asunto es un poco ridículo, y no me atrevo a prometer una hilaridad sin tasa a los graciosos que me harían el honor de tener en cuenta mi jovialidad. Los hechos, más o menos históricos, bélicos o de otra clase, de los que fui testigo ese año, me parecieron, en ocasiones, atroces, y eso que mi carácter no es excesivamente propenso a edulcorar mis impresiones.
Barbey d’Aurevilly, que coincidía conmigo en no ocultar su condición de patriotero, me reconoció a menudo que para él era un sufrimiento casi intolerable escuchar hablar de esa pavorosa época. A mayor abundamiento, le era imposible escribir cualquier cosa sobre ese asunto. Forma de ser que apartaba a este orgulloso artista de tantos lagartos de escritorio atentos, hasta no hace mucho, a segregar, día tras día, un sucedáneo del Sudor de Sangre de Francia.
¿Por qué no habría de confesar yo, a mi vez, que mis manos apenas han frecuentado esos textos caníbales, y que han tenido que pasar más de veinte años para que me decidiera a descender de nuevo a esa olvidada bodega de los vigorosos vinos de la Muerte, donde el borracho más esclarecido por los refulgentes reflejos del entusiasmo no podría embriagarse más que a tientas?
La segunda fase de la guerra francoalemana que fue, a mi juicio, el mayor ejemplo del fracaso que la historia puede ofrecer, seguía siendo, sobre todo para algunos colaboradores necesarios de la derrota, el tiempo de las grandes energías perdidas. Reflexión trivial, jeremiada más frecuentada que una plaza pública, sí, ¡pero es necesario haber visto reventar y pudrirse a hombres intrépidos atados de pies y manos!
Por nuestra parte, actuábamos, sin pies ni cabeza, pero actuábamos. El guía que nos arrastraba por caminos trillados y despeñaderos siguiendo una perpetua estrategia de reculada o de repliegues y que, más de una vez, nos ponía en el penoso trance de dejar a la avidez germánica una parte más o menos valiosa de nuestras excitantes carroñas; —ese vejestorio rebosante de ciencia y de excrementos, no demostró ni un solo día la veleidad de desperdiciarnos con provecho, lo que fue una gran lástima, pues se contaban entre estos, lo juro, a auténticos muchachos dispuestos a dejarse la piel y que hubieran escalado las cimas de lo imposible.
No obstante, no faltaron oportunidades de calaveradas heroicas. No pasaban ni veinticuatro horas sin que un milagro en la reserva solicitase nuestra atención. Solo los prodigios, que según se dice no se producen más que por el influjo de voluntades superiores en la angosta senda de la obediencia y la estética de los temerarios se echaban en falta en nuestro caudillo.
Nada que hacer, pues, más que deambular y vagabundear noche y día, bajo el sol o la lluvia, a través de cinco o seis comarcas diferentes. Aparecíamos aquí y allá, mugrientos, mangantes, eruditos en geografía departamental y cada mañana, entonados con la irrebatible convicción de que, a las órdenes de un capitán semejante, acabaríamos por toparnos infaliblemente con los prusianos —como a menudo ocurrió— en las circunstancias menos propicias a las zalemas de los devoradores de salchichas.
Entre los pocos que escapaban a la atroz comicidad de esta existencia, me acuerdo especialmente de un sujeto extraño al que dábamos el sobrenombre del Abisinio.
Me figuro que nuestros superiores lo conocerían por otro nombre, pero se decía que era un enigma y nada se sabía a punto fijo de su persona.
Algunos creían haber oído decir que había combatido contra los ingleses en el bando de Teodoros y que había sido amigo y compañero de ese infortunado negus. Esta hipótesis parecía tan plausible que nadie la puso en duda y de ahí le venía el apodo del Abisinio.
No creo que me encuentre nunca con alguien tan taciturno. En su presencia el silencio de los demás pasaría por parloteo. Su voz, que no alcancé a oír más de una o dos veces, parecía interior y carecía de vibración. Su alma era un témpano y su cortesía resultaba pavorosa…
Un día, al comienzo de la archifamosa campaña de resistencia, llegó a caballo, se encerró una hora con nuestro comandante y después de esta misteriosa entrevista, de la que nada transcendió, formó parte de un reducido grupo de batidores voluntarios, pertrechados y equipados a sus propias expensas, cuyos exorbitantes penachos ondeaban en cabeza de nuestra lastimosa columna.
Era, naturalmente, el más legitimista de todos nosotros; carecía, por decirlo todo, de flores de lis y de corazones sangrantes en el torso, pero los hidalgos terratenientes de la Vandée o de la región de Angulema, llegados con la intención de restaurar, nada más lograr la victoria, a los Capetos, hallaron poco eco en este camarada sin penacho cuyas preocupaciones eran muy otras y que los fulminaba con la mirada.
Pocas veces se le veía en su compañía. En ocasiones, transcurrían varios días sin que diera señales de vida; la eterna marcha proseguía, se quemaban diez etapas, nos merendábamos veinte pueblos y de tanto en tanto corría el rumor de que estaría muerto o de que habría sido hecho prisionero, para aparecer de repente surgiendo de algún bosquecillo de arbustos, sonriente y tieso sobre su espléndida yegua azabache, que salvaba cualquier obstáculo al menor chasquido de su lengua.
¡Ah, qué dos magníficos seres resultaban de esa unión! El origen del animal es tan incierto como el del hombre. El Oriente y el Occidente debían de haberse mezclado para producir esta criatura ideal, que se asemejaba a un licornio calumniado en el blasón de un Hospitalario convicto de felonía o de sevicia.
Solo su amo era su cuidado; no le quitaba ojo ni cuando se alejaba un instante y el colmo de la audacia hubiera sido acercarse a él sin su permiso.
¡Una sola la vez lo vi enfurecido, y qué furia! A un pobre soldado del parque móvil, al que el animal estorbaba, se le ocurrió cogerlo por la brida y apartarlo con rudeza. Nuestro aventurero, que estaba tomando algo en un café cercano, no perdió ni un segundo en abrir la puerta. Se lanzó, aun a riesgo de romperse la crisma, contra el sacrílego a través de un ventanal cuyos cristales quedaron hechos añicos en medio de un estruendo terrible, y al punto le propinó tal somanta de palos que al infeliz hubo de llevárselo la ambulancia esa misma tarde.
La insólita impetuosidad de esta explosión de cólera, en un hombre más impasible que un ídolo, dio que pensar en una extraña complicidad. Entre esos dos sujetos casi fantásticos tenía que haber singulares historias de matanzas, de raptos, de rapiña, de espanto y de traición. Nada se sabía a ciencia cierta, y las conjeturas iban en la dirección de presumir su aparente procedencia oriental; hasta tal punto pavorosa para las gentes mínimamente imaginativas, que en el siglo XIII la sola mención del Oriente aterrorizaba a los peregrinos y a los cruzados.
Pocas cosas más inquietantes que la belleza de este hombre, que tenía a un tiempo rasgos del efebo y del templario, y cuya sonrisa equívoca era célebre incluso en el ejército alemán, en el que había provocado la reaparición de supersticiones tan antiguas como las de los nibelungos.
Los bávaros descerrajaban sobre él todo su arsenal, pero sin esperanza ninguna de alcanzarlo. Circulaba, entre muchas otras, la historia de que había cometido la locura inhumana de internarse en un pueblo tomado por dos mil soldados, por el puro placer de entrar a caballo en una fortaleza casi inexpugnable, ya que había decretado, como hubiera podido hacerlo un Dios cualquiera, que determinado coronel, natural de Wurtemberg, recibiría a las dos en punto del mediodía un bofetón con los guantes puestos. Nunca nos explicamos cómo se las ingenió para salir de ese polvorín.
Los relatos de este género resultaban casi infinitos y era de dominio público que el enemigo había ofrecido a los campesinos sumas considerables para que lo entregaran, vivo o muerto.
Era su forma de hacer la guerra, por su propia cuenta y riesgo, a veces incluso con una ferocidad diabólica. Cuando vino el armisticio, momento en que desapareció para siempre, echamos cuentas y pensamos que podía haber dado muerte a trescientos o a cuatrocientos alemanes.
He aquí todo cuanto puedo contar. Por condescendencia hacia los psicólogos, insisto sobre este punto, apenas examinado: el rostro de mi presunto Abisinio era casi idéntico al de una hermosa doncella infinitamente voluptuosa, tan exenta de valor como quepa imaginar. Hubiera destruido, despedazado, fácil y limpiamente, a niños y ancianos.
Era un fanático de la guerra, de toda clase guerra. Padecía la concupiscencia exclusiva del degüello.
A pesar de la distancia, lo veo todavía, pálido y rojizo, como una prostituta, con su pelliza de magiar o de valido de un sultán otomano, con sus diez dedos empavesados de piedras preciosas y mirándonos desde su fabuloso corcel con una sonrisa de una amplitud inefable, con unos ojos de color plomizo, unos terribles ojos de juerguista ciego que jamás despidieron un pálido rayo, en el fondo de los cuales se ocultaba, muy delicadamente, la Muerte.