a terrible night (spanish)
La pobre anciana hubiera querido poder dormirse, tal como le había aconsejado su hijo, por la mañana, cuando salió para ir al combate.
¡Cosa fácil de decir! Pero cuando se tienen setenta años bien cumplidos, cuando el corazón estalla de desdicha y cuando la angustia te roe en un lecho de paralítica, se necesitaría una bendición singular de Dios para alcanzar un poco de paz.
Y vaya si habían combatido; todo el día, casi a ojos vista, a dos o tres kilómetros como mucho. Durante diez horas, había oído el cañón, las descargas de fusil, los alaridos de los heridos que traían a la vecindad. Había incluso percibido a lo lejos, por encima de los viejos álamos de la carretera, una enorme nube de humo que solo se disipó a impulsos del viento vespertino.
En el alboroto espantoso de esas horas interminables había atronado sus oídos sobre todo el cañón, el ominoso cañón que tan eficazmente mata a los hijos de las desgraciadas madres.
Nunca antes, salvo con ocasión de algún gran festejo público, lo había oído. Pero sabía muy bien qué era y desde la mañana creía que toda esa metralla penetraba en su cuerpo, en su miserable cuerpo incapaz de llevarla a socorrer a las víctimas.
Su hijo, su apuesto y robusto hijo, este hombre aguerrido que hubiera podido permanecer a su lado, en casa, como tantos otros que se burlaban de la patria, ¿dónde estaba ahora?
Sus quehaceres le eximían de cualquier servicio militar. Pero cuando supo, el valiente, que los prusianos llegaban en masa para arrasar su tierra y cuando vio que las tropas francesas se aprestaban para la batalla, nada pudo detenerlo; ni siquiera una anciana madre clavada en el lecho hubiera logrado apartarlo de su deber. A ella le recordaba demasiado a su padre, un valeroso soldado del primer Imperio.
Descolgó su escopeta de caza y fue a presentarse como voluntario. Pero, con todo, era muy penoso no verlo regresar, no tener la más mínima noticia y asistir al inicio de una gélida madrugada que iba a encarnizarse con crueldad extrema con los pobres heridos, caídos por esos andurriales, a los que ningún cristiano prestaría socorro.
—¡Por los clavos de Cristo! Virgen del llanto eterno, ¿podría ser que mi hijo se contara entre ellos? La desdichada anciana sollozaba en las tinieblas.
También ella era una desamparada. La muchachita que la cuidaba de ordinario no había aparecido desde el mediodía y este era otro factor añadido de angustia.
Seguramente, le habría ocurrido alguna desgracia. Intrépida y valerosa como era, debió de querer ayudar a alguna víctima y debió de recibir un tiro, pues, como es bien sabido, los alemanes no se recatan en disparar a mujeres.
La mujer permaneció sola toda la noche, sin una alma que se compadeciera de ella. Desde hacía horas el hogar se había apagado por completo. Un negro frío entraba por doquier y todo era necesidad.
Los vecinos parecían haber muerto. Ni una luz, ni un movimiento humano en el pueblo. Un silencio sepulcral en la oscuridad…
Trató de convencerse a sí misma, de persuadirse de que su André no podía estar muerto, ni tampoco herido y que todos los males estaban solo en su imaginación, pero no lo lograba. La inquietud, los presentimientos fúnebres persistían aprovechándose de su postración. La angustia se hizo espantosa.
¡Ah, si sus lastimosas piernas, inertes desde hacía dos años, pudieran mantenerla todavía en pie, tan solo por una hora, cómo se hubiera echado gustosa a la calle para buscar a su hijo, a su muchacho querido que ella, esa misma mañana, había tan piadosamente bendecido, cuando se vio obligado a partir!
Si sufriera algún daño ella sabría dar con él, con su niño querido. Recobraría toda su fuerza de antaño para llevarlo en brazos, como cuando tenía veinte meses y balbuceaba las primeras palabras.
Nunca en la vida le había dado ni un disgusto. Era una persona amable que vivía en paz con todos. Sin embargo, la vida le había tratado mal. Traicionado y abandonado por su mujer, que huyó después de algunos meses de matrimonio, él no se abandonó a sí mismo. Tuvo fuerzas bastantes para preservar su noble corazón, consagrándose a su madre y viviendo, con gran sencillez, de sus modestas labores sin ningún deseo de hacer mal a nadie.
Pero ahora, Dios mío, si podía moverse, ¿por qué no regresaba?
Agotada de hambre y de aflicción, había caído en ese aletargamiento lúcido y cruel de las personas muy mayores que aspiran a morir de dolor. Su cabeza, visible cual una mancha pálida en medio de las tinieblas, oscilaba con regularidad, sacudida por un hipido que se parecía al de la agonía.
Una viva claridad le hizo abrir los ojos. Era uno de esos cohetes luminosos multicolores que empleaban los prusianos tan a menudo para transmitir, en plena noche, determinadas órdenes a los diferentes cuerpos bajo el mando de un mismo general.
A este cohete siguieron naturalmente otros muchos y, durante algunos minutos, la turbada moribunda, cuyo cerebro comenzaba a desbarrar, pudo creerse en una de esas fiestas imperiales de tiempos pasados que habían dejado honda impresión en su imaginación de mujer sencilla. Los fuegos artificiales iban sin duda a sonar, no se harían esperar.
Es conocido el aguzado ingenio de las señales luminosas utilizadas por el ejército alemán. Los cohetes no bastaban. El enemigo se servía también de puntos luminosos aplicados en virtud de un sistema sumamente simple. Por medio de pantallas que ora opacaban ora dejaban atravesar la luz, producía eclipses más o menos prolongados. El primer obturador, por ejemplo, ocultaba una lente blanca y el segundo una lente roja. Los colores proyectados y la duración de la emisión eran suficientes para articular una especie de alfabeto análogo al empleado en la telegrafía eléctrica.
En circunstancias normales la comunicación se establecía mediante reflectores que aparecían y desaparecían en la lejanía, auténticos fuegos fatuos en los linderos del bosque o en las crestas de las colinas.
Recuerdo incluso que, a veces, al andar, nuestros pasos producían destellos a causa del fósforo que habían extendido adrede por la carretera.
A luz del día nos dimos cuenta de que con bastante frecuencia los centinelas se comunicaban entre sí mediante movimientos ejecutados con el fusil y de que los vigías, a pesar de estar apostados a gran distancia unos de otros, se apercibían todos, al mismo tiempo, de que se cernía un peligro inminente. En esos casos era el caballo el que hablaba, dando vueltas a derecha e izquierda, presentándose de frente, caracoleando, o doblando el corvejón. Cada una de sus evoluciones poseía un sentido particular.
Tuvimos finalmente pruebas de que los paisanos fueron a menudo cómplices del enemigo. El molinero, por ejemplo, haciendo girar las aspas de su molino de una determinada manera; el leñador, colocando en la orilla de la carretera un número determinado de haces de leña o practicando un corte en cierto árbol, etc.
Pero este sistema de comunicación abierta presentaba inconvenientes. Se dio el caso de francotiradores avispados que lograron descifrarla, volviéndola contra sus artífices. Puedo citar, precisamente, el caso de un molinero de Eure-et-Loir que fue obligado por la amenaza de estos pata negra a comunicar a los prusianos un falso aviso que les costó terriblemente caro.
No cuesta imaginar lo que tales maniobras, sobre todo en la noche, pueden imprimir de fantasía en esta guerra suficientemente atroz de suyo y el desmedido pavor que acometió a la desdichada anciana, afligida durante horas por las más amarga desolación.
—¡André!, gritó, mi pequeñín, cariño mío, ¿eres tú? Te han herido, ¿verdad?, esos malditos. Haz un último esfuerzo, te lo ruego. Ven a encontrarte con tu infeliz madre que no puede traerte ni ir por ti. Ven, hijo bendito, te cuidaré como pueda. Te daré todo el calor de mi cuerpo gastado…
Un nuevo lamento más desesperado, más profundo si cabe que el primero, fue la respuesta. Sin duda, el ser humano que lo profería agonizaba.
Esta madre dolorosa, que reconoció inmediatamente a su hijo, se retorcía las manos, a punto de estallar de desesperación.
—¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿es esto posible? ¿Permitirás que mi hijo muera justo a mi lado, sin que pueda siquiera darle un último beso, mientras espero que me lleves a mí? ¡Oh!, no, ¿verdad que no? Sería pedir demasiado a tus criaturas. Espera, cariño, no te mueras aún. Tu madre irá por ti…
Y la desgraciada, tan inerte de medio cuerpo para abajo como las momias milenarias, se puso a reptar en su lecho, arrastrando la mitad de su cadáver gracias al esfuerzo sobrehumano de sus brazos.
Minutos más tarde caía cuan larga era, sobre el entarimado. Pero no le fue concedido añadir a su trecho ni la distancia de un paso de tortuga. Las larvas inclementes de las noches polares fueron los únicos testigos de esta doble agonía.