una casa de gente bien nacida (spanish)
I
Llegué a Vanburgh a la una menos cinco. En ese momento llovía con fuerza y en la pequeña y deprimente explanada de la estación tan sólo había un taxi sin más inquilino que la corriente de aire. Podían haberme enviado un coche.
¿A qué distancia estaba Stayle? A unas tres millas, me había dicho el revisor. ¿A qué parte de Stayle deseaba ir yo? ¿A casa del duque? Eso estaba pasado el pueblo, como a una milla.
Ciertamente, podían haberme enviado un coche.
No sin dificultad encontré al conductor del taxi, un joven huraño y escorbútico que bien habría podido ser el matón de alguna rancia anécdota escolar. Me consoló, hasta cierto punto, saber que debía de estar mojándose más que yo. El trayecto fue horroroso.
Pasada la intersección de Stayle llegamos a lo que sin duda eran los muros exteriores de los jardines, unos muros interminables y ruinosos que se extendían más allá de curvas y recodos, con árboles deshojados chorreando agua sobre la deslucida mampostería. Al final quedaban interrumpidos por pabellones y verjas —cuatro verjas y tres pabellones—, y, a través de los hierros, vi la amplia hoz de un camino particular mal cuidado.
Pero las verjas estaban cerradas, el candado, echado, y la mayoría de las ventanas de los pabellones estaban rotas.
—Más adelante hay otra entrada —dijo el matón de colegio—, y luego otra, y otra más. Digo yo que por algún lado deben de entrar y salir.
Finalmente encontramos una cancela de madera pintada de blanco y un sendero que atravesaba unas dependencias agrícolas y llevaba hasta el camino principal. La zona verde estaba vallada a ambos lados y sin duda servía para pastoreo. Una oveja sucísima que se había acercado al camino se alejó a trompicones al vernos, mirando todo el tiempo hacia atrás y reanudando la huida hasta que pasamos de largo. Al final del camino apareció la casa, extendiéndose prodigiosamente en todas direcciones.
El hombre me pidió ocho chelines por el trayecto. Se los di y llamé al timbre.
Al cabo de un buen rato un viejo me abrió la puerta.
—Soy el señor Vaughan —dije—. Creo que su excelencia me espera para almorzar.
—En efecto. Si quiere hacer el favor de pasar. —Y cuando me disponía a darle el sombrero, añadió—: Soy el duque de Vanburgh. Espero que me disculpará por haber abierto yo mismo la puerta. El mayordomo está en cama, sufre atroces dolores de espalda cada invierno, y a mis dos lacayos los han matado en la guerra.
«Los han matado…» Estas palabras no dejaron de acosarme durante horas y, a la postre, durante días. El devastador presente perfecto, habiendo transcurrido diez años o tal vez más… La señorita Stein y el presente continuo; el duque de Vanburgh y el perfecto continuo (pasivo)…
No estaba preparado para el salón al que me condujo. Solamente había pisado la casa de un duque en una ocasión, cuando tenía doce años y, aparte del huerto, mi principal recuerdo de aquella visita era que hacía un frío intenso y que corrí por los interminables pasillos del piso alto en busca de unas pieles para que mi madre pudiera cubrirse los hombros después de cenar. Aquello era Escocia, cierto, pero aún así no me esperaba el apabullante calor que se nos vino encima cuando el duque abrió la puerta. Las ventanas de doble hoja estaban herméticamente cerradas y un gran fuego de carbón ardía alegremente en la redonda chimenea victoriana. Un empalagoso olor a crisantemos flotaba en el ambiente, encima de la repisa había un reloj dorado bajo una urna de cristal, y el salón estaba adornado con pequeñas colecciones de porcelana y chucherías. Uno habría esperado encontrar algo así en Lancaster Gate o en Park Gardens, donde la viuda de algún caballero provinciano languidece haciendo punto entre criados de confianza. Sentada delante del hogar había una anciana comiendo una manzana.
—Querida, te presento al señor Vaughan, que va a llevarse a Stayle al extranjero. Mi hermana, lady Emily. El señor Vaughan acaba de venir de Londres en su automóvil.
—No —dije yo—. He venido en tren, el de las doce cincuenta y cinco.
—¿Y no sale muy caro? —dijo lady Emily.
Quizás debería explicar ahora el motivo de mi visita. Como he dicho, no suelo frecuentar círculos tan elevados, pero tengo una madrina de cierta alcurnia que esporádicamente se interesa por mis asuntos. Yo acababa de llegar de Oxford y estaba por así decir mano sobre mano cuando ella se enteró casualmente de que el duque de Vanburgh necesitaba un tutor que pudiera llevar al extranjero a su joven nieto y heredero, un tal marqués de Stayle, de dieciocho años. Me pareció una forma tolerable de pasar los siguientes seis meses, y finalmente nos pusimos de acuerdo. Estaba allí, pues, para hacerme cargo de mi pupilo, con quien debía partir al día siguiente.
—¿Dice usted que ha venido en tren? —preguntó el duque.
—En el de las doce cincuenta y cinco.
—Pero si me dijo que iba a venir en automóvil.
—Dudo mucho que le dijera tal cosa. Para empezar, no tengo automóvil.
—Si no me hubiera dicho que venía en auto, yo le habría enviado a Byng a buscarlo. Byng no estaba en la estación, ¿verdad?
—No, en efecto —dije.
—¿Lo ve usted?
Lady Emily dejó a un lado el corazón de la manzana y repentinamente dijo:
—Su padre vivía en Oakshott. Yo le conocí bastante bien. Era un pésimo jinete.
—No, ése era mi tío Hugh. Mi padre estuvo en la India casi toda su vida. Falleció allí.
—Oh, yo diría que eso es imposible —dijo lady Emily—. Incluso dudo que viajara una sola vez a la India. ¿Qué dices tú, Charles?
—¿Cómo? ¿Quién?
—Hugh Vaughan nunca fue a la India, ¿verdad?
—No, claro que no. Vendió Oakshott y se fue a vivir a Hampshire. No estuvo jamás en la India.
En ese momento entró otra anciana, casi idéntica a lady Emily.
—Te presento al señor Vaughan, querida. Te acordarás de su padre, que vivía en Oakshott, ¿verdad? Se va a llevar a Stayle al extranjero. Mi hermana, lady Gertrude.
Lady Gertrude sonrió afablemente y me estrechó la mano.
—Sabía que iba a venir alguien a almorzar, y cuando he visto a Byng hace media hora entrando las verduras he pensado, vaya por Dios, si debería estar en Vanburgh esperando el tren.
—No, no, querida —dijo lady Emily—. El señor Vaughan ha venido en automóvil.
—Ah, menos mal. Creí que había dicho que venía en tren.
II
El marqués de Stayle no se presentó a almorzar.
—Me temo que al principio lo encontrará bastante tímido —explicó el duque—. No le hemos dicho nada de su llegada hasta esta misma mañana. Temíamos que eso pudiera afectarle. A decir verdad está un poco molesto por este asunto. ¿Tú le has visto desde el desayuno, querida?
—¿No te parece —dijo lady Gertrude— que el señor Vaughan debería conocer la verdad respecto a Stayle? Tarde o temprano lo descubrirá.
El duque suspiró y dijo:
—Verá usted, señor Vaughan, el caso es que mi nieto no está muy bien de la cabeza. Entiéndame, no quiero decir loco, sino mentalmente poco desarrollado.
Asentí.
—Por lo que mi madrina me explicó, deduje que era un poquito retrasado.
—Ése es el principal motivo de que no haya ido nunca a la escuela. Estuvo en un colegio privado durante un par de trimestres, pero lo pasaba muy mal y la matrícula era extremadamente elevada, de manera que lo saqué. Se puede decir que desde entonces no ha recibido una verdadera educación.
—Ni verdadera ni de ningún otro tipo, querido —dijo afablemente lady Gertrude.
—Bien, esto es más o menos todo. Como usted sin duda comprenderá, se trata de un asunto bastante triste. El chico va a ser mi sucesor y… Bueno, es una desgracia. Su madre dejó una importante suma de dinero para la educación del muchacho. No se ha tocado nada; para serle franco, yo me había olvidado por completo de ese dinero hasta que el otro día mi abogado lo mencionó. Creo que ahora mismo asciende a unas mil trescientas libras. He hablado a fondo de este asunto con lady Emily y lady Gertrude, y hemos llegado a la conclusión de que lo mejor era enviarlo un año al extranjero con un tutor. Puede que eso le sirva. En cualquier caso, para nosotros será una forma de sentir que hemos cumplido con nuestra obligación. —(A mí me sonó raro que pudieran sentir eso, pero no dije nada)—. Me temo que deberá usted conseguirle un poco de vestuario. El chico no se ha relacionado mucho, que digamos, y supongo que lo hemos dejado crecer un poco a la buena de Dios.
Una vez terminado el almuerzo sacaron una caja grande de pastillas de menta. Lady Emily se comió cinco.
III
Me habían expulsado de Oxford en circunstancias del máximo descrédito, así que mal podía yo ser el colmo de la simpatía; con todo, pasar un año entero paseando por Europa a un aristócrata tarado iba más allá de mis expectativas. Cuando prácticamente había decidido correr el riesgo de desagradar a mi madrina renunciando al puesto ahora que aún estaba a tiempo, el joven hizo su aparición.
Se quedó parado en el umbral del comedor inspeccionando a los cuatro allí presentes, a todas luces incómodo, pero no sin una cierta insolencia.
—Hola, ¿habéis terminado de almorzar? ¿Puedo comer unas mentas, tía Emily?
No era un joven en absoluto mal parecido, ligeramente por encima de la estatura media, y tenía esa agradable entonación de la gente de buena familia que convive con criados y aparceros. Su atavío, con el que parecía sentirse un tanto incómodo, era extraordinario: llevaba un lustroso traje azul de cuatro botones que le venía pequeñísimo y dejaba al descubierto varios centímetros de arrugado calcetín de lana y otros tantos de camisa blanca. Para completar este atuendo se había puesto un cuello duro y una corbata muy estrecha, a la que había aplicado un nudo marinero. El pelo, excesivamente largo, lo llevaba mojado con agua. A pesar de todo ello, no parecía loco.
—Ven a saludar a tu nuevo tutor —dijo lady Gertrude, como si hablara con un niño de seis años—. Dale la mano derecha… Muy bien.
El chico se acercó a mí tendiéndome la mano, luego se la llevó a la espalda para, rápidamente, mostrarla de nuevo al tiempo que se inclinaba hacia delante. Sentí una súbita vergüenza por aquel pobre muchacho tan falto de gracia.
—¿Cómo está usted? —dijo—. Seguro que se habrán olvidado de ir a recogerlo, ¿a que sí? El último tutor tuvo que hacer el camino a pie y no llegó hasta las dos y media. Luego le dijeron que yo estaba loco, y el hombre se marchó otra vez. ¿Le han dicho ya que estoy loco?
—No, por supuesto —respondí al punto.
—Bueno, todo llegará. Claro que quizá ya lo han hecho y prefiere no decírmelo. Usted es un caballero, ¿verdad? Así lo dijo el abuelo: «Es un tarambana, pero al menos es un caballero». Pero por mí no se preocupe. Todos dicen que estoy loco.
En cualquier otra circunstancia esto habría podido inquietarme, pero lady Gertrude intervino con su plácida voz para decir:
—No debes hablarle así al señor Vaughan. Ven, coge una menta, querido. —Y me miró a mí como diciendo: «Yo ya le había avisado».
En un abrir y cerrar de ojos, decidí que aceptaba el empleo.
Una hora más tarde estábamos ya en el tren. Yo llevaba en el bolsillo el cheque de 150 libras en concepto de gastos preliminares que me había dado el duque; la ridícula maletita de mimbre del muchacho estaba justo encima de su cabeza, en el portamaletas.
—Oiga —dijo—, ¿cómo tengo que llamarle?
—La mayoría de mis amigos me llaman Ernest.
—¿En serio puedo tutearlo?
—Claro, hombre. ¿Y cómo quieres que te llame yo?
Me miró, dudando.
—El abuelo y las tías me llaman Stayle; los demás me llaman «señor» cuando están cerca, y «Moch» cuando no hay nadie más. Por aquello de «estar mochales», ya me entiendes.
—Pero tendrás un nombre de pila, digo yo.
Tuvo que pensarlo antes de contestar.
—Sí… George Theodor Verney.
—Bueno, pues te voy a llamar George.
—¿En serio? Oye, ¿has estado muchas veces en Londres?
—Normalmente vivo allí.
—Oye, pues ¿sabes que yo no he estado nunca? No he salido nunca de casa. Bueno, salvo para ir a aquel colegio.
—¿Lo pasaste muy mal?
—Fue… —empleó un taco de labriego—. Oye, quizá no debería usar esa palabra. Tía Emily dice que no debería.
—Y no le falta razón.
—Que conste que mi tía tiene unas ideas muy raras…
Y durante el resto del viaje no paró de hablar por los codos. Esa noche manifestó deseos de ir a un teatro, pero al acordarme de su vestimenta le mandé pronto a la cama y salí en busca de amigos. Pensé que con tanto dinero en el bolsillo podría permitirme un poco de champán. Además, tenía una buena historia que contar.
El siguiente día lo dedicamos a encargar ropa. Tan pronto como vi su equipaje comprendí que deberíamos quedarnos cuatro o cinco días en Londres; el chico no tenía realmente nada que ponerse. En cuanto se levantó le hice poner uno de mis abrigos y me lo llevé a todas las tiendas donde yo debía dinero. George empezó a pedir esto y aquello la mar de contento. Al anochecer habían empezado a llegar los primeros paquetes y su cuarto era un lío de cajas de cartón y papel de seda. El señor Phillrick, que siempre me hace pensar si no seré el único plebeyo que se ha atrevido a encargarle un traje, olvidó hasta tal punto su habitual austeridad que se presentó en persona en el hotel acompañado de un ayudante con una maleta grande llena de muestras. George exhibió una distinguida propensión hacia los cuadros. El señor Phillrick podía tener dos trajes listos para el jueves; el otro lo recibiríamos por correo en el Crillon. ¿Sabía él de algún sitio donde se pudiera conseguir un traje de etiqueta decente ya hecho? Nos dio el nombre de la tienda donde él vendía sus descartes. Recordaba bien al padre de su señoría; vendría a ver a su señoría mañana por la noche para tomarle medidas. ¿Estaba yo seguro de que tenía toda la ropa que necesitaba? Acababa de recibir unas muestras nuevas. Y en cuanto al pequeño asunto de mi cuenta, nada, cuando a mí me fuera bien, faltaría más. (En su última carta me había dejado más claro que el agua que no aceptaría nuevos encargos mientras no recibiera un cheque a cuenta). Encargué dos trajes. George disfrutó de lo lindo.
Pasada la primera mañana, renuncié a todo intento de adoptar una postura tutorial. Teníamos cuatro días por delante antes de ponernos en marcha, y, según me había dicho George, ésta era la primera vez que visitaba Londres. Mostraba un ansia inabarcable de verlo todo, y más que nada de conocer gente, pero tenía también un fresco y agudo sentido crítico y un melindroso nivel de exigencia que desmentían su condición de paleto. La primera vez que fue a ver una revista estaba alborotado y muerto de curiosidad; la sala, la orquesta, el público: todo lo cautivaba. Insistió en llegar diez minutos antes de la hora; insistió en marcharse diez minutos antes de que terminara el primer acto. Le había parecido un espectáculo vulgar, aburrido y feo, y había otras muchas cosas que deseaba ver. La deprimente postura del «ya-que-hemos-pagado-podríamos-quedarnos» era para él incomprensible.
Otro tanto pasó con la comida; George quiso probar todos los platos. Si algo no le gustaba, pedía otra cosa. La primera noche que cenamos fuera decidió que el champán era insípido y desagradable y ya no quiso probarlo nunca más. No tenía paciencia para asimilar sabores, pero la mayoría de las cosas buenas le gustaban de inmediato. En la National Gallery, después de la «Muerte de san Pedro mártir» de Bellini, ya no quiso ver nada más.
Cautivaba instantáneamente a todos cuantos yo le presentaba. Sus modales no eran así o asá, simplemente carecía de ellos. Decía con escasa reticencia todo aquello que pensaba, y escuchaba con la mayor atención todo cuanto oía decir. Al principio irrumpía a veces con inquietante sinceridad en esas conversaciones prefabricadas con las que a menudo nos contentamos, pero enseguida aprendió a discernir lo que era puramente mecánico y a no tomarlo en consideración. Captaba muletillas y frases hechas y las empleaba de la manera más peculiar, dándoles nueva vida por el mero hecho de interesarse por su pintoresquismo.
Y todo esto ocurrió en sólo cuatro días; si hubieran sido cuatro meses, el cambio habría sido extraordinario. Yo le veía evolucionar de hora en hora.
En nuestra última noche en Londres saqué un atlas e intenté explicarle adónde íbamos. Para él, el mundo se dividía grosso modo en tres hemisferios: Europa, donde acababa de haber una guerra, estaba llena de ciudades como París y Budapest, todas remotas por igual e igualmente pobladas de prostitutas; Oriente era un lugar lleno de camellos y elefantes, desiertos y derviches y mandarines haciendo venias; y finalmente América, que además de sus dos continentes incluía Australia, Nueva Zelanda y la mayor parte del imperio británico no claramente «oriental»; en alguna parte había también «salvajes».
—Tendremos que hacer noche en Brindisi —estaba yo diciendo—. Por la mañana podemos tomar el Trestino de la Lloyd. ¡Hay que ver cuánto fumas!
Acabábamos de volver de un cóctel de media tarde y George estaba frente al espejo contemplándose con la ropa nueva.
—Sabes, Ernest, este traje está bastante bien hecho. Es casi lo único que he aprendido en casa; a fumar, me refiero. Muchas veces iba con Byng al cuarto de las sillas de montar.
—No me has dicho qué te ha parecido la fiesta.
—Ernest, ¿por qué todas tus amistades son tan amables conmigo? ¿Es sólo porque voy a ser duque?
—Imagino que eso cuenta bastante para algunos; Julia, sin ir más lejos. Ella dice que le pareces muy volátil.
—Me temo que Julia no me gusta demasiado. No, me refería a Peter y a ese curioso señor Oliphant.
—Yo creo que les caes muy bien.
—¡Qué raro! —Se miró de nuevo en el espejo—. Sabes, te voy a decir algo que he estado pensando todos estos días. Yo no creo que esté loco en absoluto. Lo que pasa es que allí en casa me siento muy diferente de los demás. Claro que yo no sé gran cosa… Estaba pensando, ¿tú no crees que quizá los que están locos de remate son el abuelo y las tías?
—Es cierto que ya son viejos…
—No, locos. Recuerdo perfectamente algunas de las cosas descabelladas que han hecho en todos estos años. El verano pasado tía Gertrude vino con el cuento de que debajo de su cama había un enjambre de abejas e hizo subir a todos los jardineros con humo y qué sé yo. Se negó a levantarse de la cama hasta que se fueran las abejas, pero allí debajo no había ninguna. Y luego también la vez que el abuelo hizo una guirnalda con hojas de fresal y se puso a bailar por el jardín cantando «Cook’s son, Duke’s son, son of a belted earl». A mí en ese momento no se me ocurrió pensarlo, pero ¿a que fue una cosa rara? Bueno, no volveré a verlos hasta dentro de meses y meses. Oh, Ernest, esto es una preciosidad. Las mangas no quedan demasiado apretadas, ¿verdad? ¿En Atenas la gente es negra?
—No como el carbón… Judíos y estudiantes, la mayoría.
—¿Cómo dices?
—Bueno, Peter es universitario, no se ha graduado aún. Y yo mismo me gradué hace sólo unas semanas.
—Oye, ¿tú crees que la gente me tomará por estudiante?
IV
A veces tengo la impresión de que la naturaleza, cual autor indolente, es capaz de rematar en forma de relato corto lo que sin duda tenía pensado que fuera el arranque de una novela.
Al día siguiente recibí dos cartas por correo. Una era del banco devolviéndome el talón del duque por 150 libras con el sello «pago interrumpido»; la otra era de una firma de abogados rogándome que los recibiera (a uno de ellos, de hecho) esa misma mañana en relación con el asunto del duque de Vanburgh. Le llevé las cartas a George.
Todo lo que dijo fue:
—Tenía el presentimiento de que esto era demasiado bonito para que durara.
El abogado llegó tal como anunciaba en la carta, y no pareció gustarle que ninguno de los dos no se hubiera vestido aún. Dio a entender que deseaba hablar conmigo a solas.
Su excelencia, dijo, había decidido modificar los planes para su nieto. Ya no deseaba que fuera al extranjero. Naturalmente había que reconocer, así entre nosotros, que el chico no estaba del todo cuerdo… Una cosa muy triste… Ya se sabe, estas familias antiguas… Me pondría en una situación complicada si algo malo ocurriera… Su excelencia lo había hablado con lady Emily y lady Gertrude… Era un experimento demasiado peligroso… Además, ellos se habían preocupado de tener al muchacho encerrado en casa porque no querían que nadie supiese… Un descrédito para un apellido tan importante… Y, por supuesto, si el chico se relacionaba, la gente empezaría a comentar. No era estrictamente de su competencia opinar de lo acertado o desacertado de dicha decisión, pero, otra vez entre nosotros, le había sorprendido en grado sumo que su cliente hubiera considerado siquiera la posibilidad de permitir que el muchacho abandonara la casa… Más adelante, tal vez sí, pero ahora… Siempre necesitaría a alguien que lo vigilara. Y luego, claro, estaba el asunto del dinero que iba a heredar antes o después. Estrictamente entre nosotros, la posición económica de su excelencia era mucho mejor de lo que la gente suponía… Terrenos municipales…, impuestos sobre sucesiones…, mantener a Stayle…, etcétera, etcétera.
Tenía instrucciones de pagarme los gastos incurridos hasta la fecha y de entregarme tres meses de sueldo… Su excelencia no podía ser más generoso, no habiendo una obligación contractual… Bien, y en cuanto a la ropa… Daba toda la impresión de que nos habíamos excedido. De todos modos, las prendas que no habían sido hechas a medida podrían sin duda alguna devolverse a las tiendas. Él mismo se ocuparía de dar instrucciones al respecto… y también de llevar personalmente a lord Stayle de vuelta a casa de su abuelo.
Partieron al cabo de una hora.
—Han sido cuatro días maravillosos —dijo George, y añadió—: En fin, dentro de tres años cumpliré veintiuno y dispondré del dinero de mi madre. Eso sí, es una lástima tener que devolver esas corbatas. ¿No podría quedarme con un par de ellas?
Cinco minutos más tarde Julia telefoneó para invitarnos a almorzar.