Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

tiempos escolares de charles ryder (spanish)

Save as PDF
I
Había en el aire un aroma a polvo; de las nubes doradas que los cigarrillos de la Sala de Pabellón habían elevado al sol poniente antes de la hora de Capilla, sobrevivía en el crepúsculo un tenue vestigio. La luz menguaba. Más allá de los trifolios y los parteluces de las ventanas el imponente follaje otoñal se veía ahora mate y descolorido. Toda la ladera del Spierpoint Down orientada al este, donde estaban los edificios del college, permanecía en sombras; más arriba y detrás, en los perfiles elevados de Chanctonbury y Spierpoint Ring, el primer día de trimestre moría sin prisa.
En la Sala de Pabellón treinta cabezas estaban inclinadas sobre sus libros. Pocos profesores habían hecho preparativos ese día. Los de Quinto Superior de Clásicas, la nueva clase de Charles Ryder, estaban «revisando el trabajo del trimestre anterior» y Charles aprovechaba para escribir en su diario parapetado tras la Historia, de Hassall. Levantó la vista y miró los misteriosos textos que surcaban el friso en caracteres góticos. «Qui diligit Deum diligit et fratrem suum».
—No se distraiga, Ryder —dijo Apthorpe.
Apthorpe se ha ganado a pulso ser capitán de pabellón este trimestre —escribió Charles—. Hoy es su primera Clase Vespertina. Se pasa de diligente y mantiene mucho las distancias.
—¿Podemos encender la luz?
—Está bien. Enciéndala, Wykham-Blake. —Un muchacho menudo se levantó—. He dicho Wykham-Blake. No tiene que moverse nadie más.
Un traqueteo de la cadena, un silbido de gas, y una luz blanca y brillante iluminó media sala. La otra luz pendía sobre la mesa de los nuevos.
—A ver, uno de ustedes, que encienda la luz.
Seis muchachos asustados miraron a Apthorpe y se miraron entre sí, empezaron a levantarse todos, se sentaron, miraron consternados a Apthorpe.
—Será posible.
Apthorpe se inclinó sobre las cabezas y tiró de la cadenita: un silbido de gas, pero no luz.
—El piloto está apagado. Usted, enciéndalo.
Tiró una caja de fósforos a uno de los nuevos, a éste se le cayó, se agachó para cogerla, se subió al pupitre y miró desconsolado la pantalla de cristal blanco, las tres camisas que siseaban y finalmente a Apthorpe. Era la primera vez que veía una lámpara así; en su casa y en el colegio de pago tenían electricidad. Prendió un fósforo y lo arrimó a la lámpara; al principio no pasó nada, pero acto seguido se produjo una fuerte explosión. El chico se echó hacia atrás, tropezó, a punto estuvo de perder pie entre los libros y los tinteros, se sonrojó hasta las orejas y regresó al banco. Los fósforos estaban todavía en su mano y los miró, atribulado de indecisión. ¿Cómo debía librarse de ellos? Nadie levantó la cabeza, pero todo el mundo se estaba regodeando con la tragedia. Desde el otro extremo de la Sala de Pabellón, Apthorpe tendió una mano.
—Si ha terminado ya con esos fósforos, ¿tendría usted la bondad de devolvérmelos?
El nuevo, desesperado, le lanzó la caja al capitán de pabellón; y, desesperado, no apuntó bien. Apthorpe no hizo el menor intento de atraparla, limitándose a observar con gesto curioso cómo caía al suelo.
—Esto es increíble —dijo. El chico nuevo miró la caja de fósforos. Apthorpe miró al chico nuevo—. ¿Le supondría una grandísima molestia acercarse para darme esos fósforos?
El nuevo se puso de pie, caminó unos pasos, recogió la caja y se la entregó al capitán con un horrendo intento de sonrisa.
—Parece ser que este trimestre nos ha llegado una extraordinaria remesa de nuevos —dijo Apthorpe—. Cualquiera pensaría que son todos unos estúpidos. ¿Alguno de ustedes ha sido asignado para cuidar de este caballero?
—Yo, yo —dijo Wykham-Blake.
—Una gran responsabilidad para alguien tan joven. Bien, procure inculcarle en su limitada inteligencia que arrojar cajas de fósforos en Clase Vespertina puede resultar una práctica dolorosa, lo mismo que reírse de los oficiales de pabellón. A propósito, ¿eso que está leyendo es un cuaderno de ejercicios?
—Oh, desde luego, Apthorpe. —Wykham-Blake puso cara de angelical inocencia y mostró la contracubierta del Golden Treasury.
—¿Para quién es?
—Para el señor Graves. Tenemos que aprendernos la poesía que queramos.
—¿Y cuál ha elegido? —preguntó Apthorpe.
—Milton sobre la ceguera.
—¿Y por qué, si se puede saber, se ha decidido por ése?
—Es que ya me lo aprendí una vez de memoria —respondió Wykham-Blake, y Apthorpe rió indulgentemente.
—Pequeño granuja —dijo.
Charles escribió: Ahora está fisgando por la sala a ver qué libros estamos leyendo. Sería típico que alguien se llevara unos azotes siendo hoy su primera Clase Vespertina en funciones de capitán. Anteayer a esta hora estaba yo vestido de esmoquin preparándome para ir a cenar al D’Italie con tía Philippa antes de ver The Choice en el teatro Wyndhams. Quantum mutatus ab illo Hectore. Vivimos en compartimientos estancos. Ahora estoy enfrascado en algo tan banal como la política de pabellón. Graves se ha ensañado con nosotros: Apthorpe de capitán y O’Malley al Sitial, con los prefectos. El único consuelo ha sido ver la cara de pena que ponía el fati de Wheatley… Pero me sabe mal por Tamplin. Yo no esperaba ascender, aunque de todas todas debería haber estado por encima de O’Malley. Menudo canalla está hecho Graves. Todo viene de las malditas rotaciones de tutores de pabellón. En lugar de tener a los mejores jefes, nos endilgan a canallas como Graves para que practiquen antes de darles una sala de pabellón. ¡Ojalá todavía tuviéramos a Frank!
La caligrafía de Charles había empezado a desarrollar ciertos rasgos ornamentales, como la «e» griega y remates floridos. Escribía muy estilizado. Cada vez que se acercaba Apthorpe, pasaba una página del libro de historia, dudaba, y luego escribía como quien toma una nota del texto. Las agujas del reloj de pared se movieron hasta las siete y media y la campanilla del conserje empezó a sonar en los claustros, al otro lado del Patio Inferior. Era la señal de la libertad. En la Sala de Pabellón se alzaron cabezas, se pasaron secantes a páginas, se cerraron libros, se enroscaron capuchones de estilográfica.
—Continuad con vuestro trabajo —dijo Apthorpe—. No he dicho nada de salir.
El conserje y su campanilla fueron hacia los claustros, perdieron intensidad al pasar bajo la arcada cerca de la biblioteca, se volvieron casi inaudibles en el Patio Superior, crecieron de nuevo en los escalones de Old’s House y sonaron muy fuerte en el claustro de delante de Heads. Por fin, Apthorpe lanzó el Bystander sobre la mesa y dijo: «Está bien».
La Sala se levantó ruidosamente. Charles subrayó la fecha en el encabezamiento de la página —miércoles, 24 de Sept., 1919—, pasó el secante y metió la libreta en su pupitre. Luego, con las manos en los bolsillos, salió al crepúsculo con los demás.
Llevar metidas así las manos en los bolsillos —con la chaqueta hacia atrás, abrochada sólo por el botón de en medio— era un privilegio que podía permitirse, pues ahora estaba en su tercer año. También podía llevar puestos calcetines de color y, en efecto, llevaba en aquel momento unos de seda de color heliotropo con pequeños relojes blancos, que se había comprado el día anterior en Jermyn Street. Había cosas, anteriormente prohibidas, que ahora tenía derecho a hacer. Podía ir caminando cogido del brazo de un compañero, como en ese momento, que iba con Tamplin hacia el comedor.
Se detuvieron en lo alto de los escalones y contemplaron el ocaso. A su izquierda se cernía inmensa la gran mole de la capilla; a sus pies el terreno descendía en terrazas hasta los campos de juego con su oscura hilera de olmos alrededor; por la carretera de la costa se veía un ir y venir de faros de automóvil; el estuario se percibía apenas como una franja más clara en el llano gris, que finalmente se fundía con el invisible mar en calma.
—La vista de siempre —dijo Tamplin.
—A mí dame las luces de Londres —dijo Charles—. Oye, qué mala pata que no te eligieran para el Sitial.
—Bah, no tenía la menor oportunidad. Mala pata la tuya.
—Bah, no tenía la menor oportunidad. Pero O’Malley precisamente…
—Si en lugar de ese canalla de Graves hubiera estado Frank, otro gallo nos habría cantado.
—El fati Wheatley parecía la mar de aburrido. Bueno, yo no le envidio a O’Malley que le hicieran jefe de dormitorio.
—Así es como se metió en el Sitial. Después te lo cuento.
A partir de los escalones del comedor tuvieron que descolgarse mutuamente del brazo, sacar las manos de los bolsillos y dejar de hablar. Una vez se hubo bendecido la mesa, Tamplin retomó la historia.
—Graves se lo cameló al final del último trimestre y dijo que lo iba a nombrar jefe del dormitorio. El jefe de Dormitorio Superior no había estado nunca en el Sitial hasta el trimestre pasado, cuando trasladaron a Fletcher a Easton, después de que le hiciéramos la vida imposible. O’Malley le dijo a Graves que no podía aceptar, a no ser que tuviera un cargo oficial.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo O’Malley. Él pensaba que había sido muy vivo.
—Típico de Graves, liarse con un canalla como ése.
—Es fácil decirlo —terció Wheatley, lastimeramente, desde el otro lado de la mesa—. Yo creo que no tienen ningún derecho a imponernos a Graves. Si vine a Spierpoint fue porque mi padre conocía al hermano de Frank, que está en la Guardia Real. No sabéis lo que me aburrí cuando trasladaron a Frank. Creo que escribió al Director quejándose. En Head’s pagamos más y nos toca lo peor de todo.
—Té, por favor.
—El mismo té de siempre.
—Los mismos huevos de siempre.
—Normalmente hace falta una semana para acostumbrarse a la comida del college.
—Yo nunca he llegado a acostumbrarme.
—¿Fuiste a muchos restaurantes durante las vacaciones?
—Sólo estuve en Londres una semana. Mi hermano me llevó a comer al Berkeley. Ojalá estuviera allí ahora. Bebí dos vasos de oporto.
—El Berkeley está bien por la noche —dijo Charles—, si te apetece bailar.
—Pues para ir a comer está la mar de bien. Deberías ver los entremeses que sirven. Calculo que había veinte o treinta cosas para elegir. Después tomamos urogallo y merengues con helado dentro.
—Yo fui a cenar al D’Italie.
—¿Dónde está eso?
—Es un local pequeño que hay en el Soho, poca gente lo conoce. Mi tía habla italiano como si fuera de allí y por eso conoce todos esos sitios. No hay mármol ni música, claro. Lo que cuenta es la cocina. Suelen ir artistas y gente de letras. Mi tía conoce a muchos.
—Pues mi hermano dice que todos los hombres de Sandhurst van al Berkeley. Como es lógico, te estafan de mala manera.
—A mí el Berkeley siempre me ha parecido un poco ruidoso —dijo Wheatley—. Al volver de Escocia nos hospedamos en Claridges porque todavía estaban arreglando nuestro piso.
—Mi hermano dice que Claridges es un sitio aburridísimo. —Bueno, claro, no a todo el mundo le gusta. Es bastante exclusivo.
—Entonces ¿cómo es que el fati Wheatley se hospedó allí, pregunto?
—No hace falta ser grosero, Tamplin.
—Yo siempre digo —intervino de pronto un chico llamado Jorkins— que donde mejor se come de Londres es en el Holborn Grill.
Charles, Tamplin y Wheatley se volvieron con gesto de fría curiosidad hacia el intruso, unidos al menos en su desdén.
—¿En serio, Jorkins? ¡Qué original!
—¿Y «siempre» dices eso, Jorkins? ¿No te cansas a veces de decir «siempre» lo mismo?
—Hay un menú del día a cuatro chelines con seis peniques.
—Por favor, Jorkins, ahórranos los detalles de tu horrorosa glotonería.
—Muy bien, como queráis. Pensaba que os podía interesar.
—¿Vosotros creéis —dijo Tamplin, dirigiéndose en ostensible confidencialidad a Charles y Wheatley— que a Apthorpe le cae muy bien Wykham-Blake?
—No, ¿por qué?
—Hombre, en Vespertina no se apartaba de él.
—Supongo que el chico buscaba un poco de consuelo ahora que Sugdon se ha largado. No tiene ningún amigo entre los nuevos.
—¿Qué opináis de ese Peacock? —(Charles, Tamplin y Wheatley iban los tres a Quinto Superior de Clásicas con el señor Peacock).
—Ha empezado bastante bien. No tenemos deberes esta noche.
—¿Te puedes meter con él?
—Lo dudo. Pero es manso.
—Yo prefiero un profe manso a uno con el que te puedas meter. El trimestre pasado me cansé de tanto meterme con Tarta de Té.
—Pero fue divertido.
—Espero que no sea tan manso que el verano que viene no nos den el certificado.
—Siempre se puede apretar el último trimestre. En la universidad nadie da un palo al agua hasta los exámenes finales. Entonces sí, se pasan la noche estudiando a base de café y estricnina.
—Sería la mar de divertido que nadie se sacara el certificado.
—No sé qué haría la dirección.
—Poner a Peacock de patitas en la calle, supongo.
En ese momento dieron gracias por la comida y todo el mundo salió a los claustros. Era ya de noche. Lámparas de gas iluminaban los claustros a intervalos. Al caminar, la sombra de uno se alargaba y se iba difuminando hasta que, cerca de la siguiente fuente de luz, desaparecía, quedaba atrás, seguida por los talones del caminante, se acortaba, se hacía más densa, desaparecía y empezaba de nuevo por la punta del pie. El cuarto de hora entre Comedor y segunda Clase Vespertina lo dedicaban generalmente a caminar de a dos o de a tres; sólo los prefectos tenían el privilegio de pasear de cuatro en cuatro. O’Malley abordó a Charles en los escalones del comedor. Era un chico desgarbado, un arribista que había llegado tarde a Spierpoint, a mitad de trimestre. Estaba en el curso de preparación para el ejército y su única mención era por resistencia en carrera a campo traviesa.
—¿Vas a ver a Graves?
—No.
—¿Te importa si me engancho un momento?
—No especialmente.
Se unieron a las parejas convencionales que paseaban, sus sombras largas y separadas ante ellos. Charles no tomó del brazo a O’Malley. O’Malley no podría haber tomado el brazo de Charles: el Sitial era solamente una dignidad interna. En los claustros Charles era más importante en virtud de los dos años que llevaba en Spierpoint.
—Siento mucho lo del Sitial —dijo O’Malley.
—Yo pensaba que estarías contento.
—Pues no, francamente. Nunca había deseado estar ahí. Graves me envió una postal hace una semana; eso me estropeó el final de las vacaciones. Te contaré lo que pasó. Verás, Graves me engatusó el último día del trimestre pasado. Ya sabes cómo las gasta. «Tengo una desagradable noticia que comunicarte», me dijo. «Te nombro jefe del Dormitorio Superior». Yo protesté: «Debería ser alguien del Sitial. Nadie más podrá mantener el orden». Pensé que dejaría a Easton en el cargo, pero Graves me salió con que en estas cosas lo que contaba era la personalidad. Y yo le dije: «Pero si ya tiene un Jefe de Dormitorio, y funciona. Usted sabe lo revolucionarios que nos pusimos con Fletcher». «Fletcher no era el hombre apropiado», dijo. «Yo no lo designé».
—Típico de él. A Fletcher lo designó Frank.
—Ojalá aún tuviéramos a Frank.
—Eso pensamos todos. En fin. ¿Y por qué me cuentas esto?
—No quería que pensaras que le hice la pelota. Le oí decir eso a Tamplin.
—Tú estás en el Sitial y eres Jefe del Dormitorio, ¿qué problema hay?
—¿Tú me apoyarás, Ryder?
—¿Alguna vez me has visto apoyar, como tú lo llamas, a alguien?
—No —respondió O’Malley, abatido—, precisamente por eso.
—¿Y a santo de qué debería empezar contigo?
—Hombre, pensaba que quizá…
—Pues vuelve a pensar.
Habían recorrido tres lados del cuadrado y estaban ahora frente a la puerta de Head’s. El señor Graves se encontraba delante de su habitación charlando con el señor Peacock.
—Charles —dijo—, ven un momentito. ¿Conoce ya a este joven, Peacock? Es de los suyos.
—Me parece que sí —dijo el señor Peacock, no muy seguro.
—Uno de mis chicos problemáticos. Ven, Charles. Quiero charlar un momento contigo.
El señor Graves lo tomó del codo y le hizo entrar en la habitación.
No había lumbre encendida y los dos sillones estaban encarados a un hogar vacío; todo estaba insólitamente desnudo y pulcro tras la limpieza de las vacaciones.
—Siéntate.
El señor Graves llenó la pipa y dedicó a Charles una larga, afable e inquisitiva mirada. No había cumplido aún los treinta, llevaba un traje de tweed verde y una corbata de la Rugby School. Él estaba ya en Spierpoint cuando Charles ingresó en el centro y se habían conocido durante las prácticas de tiro; en aquella lóbrega e intocable época, Charles se había beneficiado de la afabilidad de Graves. Luego éste fue llamado a filas y el trimestre anterior había regresado como tutor de pabellón en Head’s. En el ínterin Charles había ganado confianza en sí mismo y ya no sentía necesidad de profesores afables; sólo añoraba a Frank, a quien el señor Graves había suplantado. El fantasma de Frank parecía colmar la habitación. El señor Graves había colgado unos grabados Medici allí donde Frank tenía equipos de fútbol. La colección de Poesía modernista no era de Frank. El blasón de su college adornaba el tarro del tabaco que había sobre la repisa de la chimenea.
—Bien, Charles Ryder —dijo al fin el señor Graves—, ¿estás enfadado conmigo?
—¿Cómo dice?
De repente, el señor Graves adoptó un tono agresivo.
—Si piensas quedarte ahí con cara de estatua, yo no le puedo hacer nada.
Charles continuó guardando silencio.
—Tengo un amigo —dijo Graves— que se interesa mucho por la iluminación. He pensado que tal vez te gustaría que le enseñara el trabajo que enviaste el trimestre pasado al concurso de arte.
—Es que me lo dejé en casa, señor.
—¿Has hecho algo más en las vacaciones?
—Un par de cosas, señor.
—¿No has probado nunca a pintar del natural?
—Nunca, señor.
—Para un chico de tu edad no parece muy sano estar todo el día encerrado, enclaustrado. Claro que eso es asunto tuyo…
—Así es, señor.
—Eres de los que lo pone difícil, ¿eh, Charles?
«No a todo el mundo. A Frank no», hubiera querido decir Charles. «Con Frank podía hablar una hora seguida». Pero lo que respondió fue:
—Supongo que así es, señor.
—Pues yo sí quiero hablar contigo. Diría que tienes la sensación de haber sido un poco infrautilizado este trimestre. Naturalmente, todo tu curso está en una situación un tanto apurada. Lo normal habría sido que siete u ocho alumnos lo dejaran al final del último trimestre, pero como la guerra está por terminar se van a quedar un año más, con vistas a conseguir una beca para la universidad. Solamente se marchó Sugdon, eso quiere decir que en lugar de un cambio general sólo hubo una vacante en lo alto del escalafón. Eso significaba una vacante en el Sitial. Me da la impresión de que consideras que debería haber sido para ti.
—No, señor. Tenía a otros delante.
—Pero no a O’Malley. Veamos si logro hacerte entender por qué le puse a él. En muchos sentidos tú eras el hombre adecuado. Ya sabes, hay gente que necesita autoridad y hay gente que no. Tú, Charles, tienes mucha personalidad. O’Malley no está nada seguro de sí mismo; podría derivar fácilmente en alguien mediocre. Tú no corres ese peligro. Aparte de eso, está la cuestión del dormitorio. Creo que puedo confiar en que tú trabajarás con lealtad a las órdenes de O’Malley. Al revés ya no lo vería tan claro. Ese dormitorio siempre ha sido conflictivo. No quiero que se repita lo que pasó con Fletcher, ¿comprendes?
—Comprendo lo que quiere usted decir, señor.
—Un diablillo duro de pelar, ¿eh?
—¿Cómo dice?
—Bah, déjalo. Te puedes ir. No pienso perder más tiempo contigo.
—Gracias, señor —dijo Charles, poniéndose de pie.
—Este trimestre voy a tener una pequeña prensa manual —dijo el señor Graves—. He pensado que te interesaría saberlo.
Y sí le interesaba a Charles, y mucho. Era uno de los elementos importantes de sus fantasías; en la capilla, en clase, en la cama, en todos los raros momentos de abstracción, cuando otros pensaban en coches de carreras, caballos y lanchas rápidas, Charles pensaba muy a menudo en una prensa para él solo. Pero no iba a revelarle al señor Graves la oleada de intensas imágenes que le estaba viniendo a la cabeza.
—Creo que la invención del tipo móvil fue una verdadera catástrofe, señor. Destruyó la caligrafía.
—Eres un santito, Charles —dijo el señor Graves—. Estoy harto de ti. Lárgate. Dile a Wheatley que quiero verle. Y no te empeñes tanto en caerme mal. Nos hace perder el tiempo a los dos.
Cuando Charles llegó a la Sala de Pabellón había empezado ya Segunda Vespertina; informó al capitán de turno, envió a Wheatley a ver al señor Graves y se instaló sobre su Hassall para fantasear durante media hora, imaginando los pliegos, los amplios márgenes, el papel de barba hecho en molde, las iniciales grabadas, los epígrafes y colofones de su imprenta particular. En Tercera Vespertina dejaban «leer»; Charles leyó Fortitude, de Hugh Walpole.
Wheatley no regresó hasta que la campana anunció el final de Segunda.
Tamplin lo recibió con un «Mala suerte, Wheatley. ¿Cuántos te ha dado? ¿Ha sido muy estricto?»; Charles, con un «Vaya, sí que ha durado el bla bla bla con Graves. ¿Se puede saber de qué ha hablado?».
—Asuntos más bien confidenciales —dijo, solemne, Wheatley.
—Oh, usted perdone.
—No, os lo contaré alguna vez si prometéis no decir nada por ahí. —Subieron juntos al dormitorio por la escalera de la torrecilla—. ¿Os habéis fijado en una cosa? Este trimestre Apthorpe está en Antesala Superior. ¿Habíais visto alguna vez que el capitán de menos antigüedad estuviera en otro sitio que no fuese la Inferior? No sé cómo lo habrá conseguido.
—¿Y por qué habría de querer estar ahí?
—Serás inocente… Pues porque a Wykham-Blake lo han trasladado a la Superior.
—Un detalle de tacto, por parte de Graves.
—¿Sabes? A veces pienso que le hemos juzgado mal.
—En el comedor no pensabas así.
—Ya, pero desde entonces he pensado más.
—O sea que has estado haciendo la pelota.
—Mira, sólo te digo una cosa: cuando quiere ser buena persona, lo es. Me he enterado de que tenemos muchos conocidos en común. En vacaciones estuvo pasando unos días cerca de donde estábamos nosotros.
—No veo que eso le haga más buena persona.
—Bueno, un poco sí tiene que ver, creo yo. Me ha explicado por qué metió a O’Malley en el Sitial. Es un estudioso de la personalidad.
—¿Quién? ¿O’Malley?
—No, Graves. Dice que es por eso por lo que se metió a profesor.
—Yo diría que es porque no hay que dar un palo al agua.
—Te equivocas. De hecho, él iba para el cuerpo diplomático, igual que yo.
—Me juego algo a que no habría aprobado el examen. Creo que es dificilísimo.
—El examen es sólo para descartar a los tipos indeseables.
—Entonces a Graves se lo cargarían.
—Él dice que el magisterio es la vocación más humana que existe. Que Spierpoint no es un sitio para competir. Que hemos de impedir que los más débiles se lleven la peor parte.
—¿Eso lo ha dicho Graves?
—Sí.
—Tengo que recordarlo por si surge algún contratiempo con Peacock. ¿Y qué más te ha dicho?
—Oh, pues hemos hablado de gente, de la personalidad de cada uno. ¿Tú dirías que O’Malley tiene un porte elegante?
—No, por Dios.
—Eso mismo opina Graves. Dice que algunas personas son elegantes por naturaleza y que pueden cuidar de sí mismas. Otras, como por ejemplo O’Malley, necesitan un empujoncito. Graves piensa que O’Malley mejorará su porte gracias a tener autoridad.
—Ya, pues de momento parece que no ha funcionado —dijo Charles, mientras O’Malley pasaba con sus andares desgarbados hacia el rincón donde tenía su cama.
—Ave, jefe del dormitorio —dijo Tamplin—. ¿Llegamos con retraso? ¿Nos vas a meter un parte?
O'Malley se miró el reloj.
—Ahora que lo mencionas, os habéis pasado siete minutos.
—Según mi reloj, no.
—Aquí nos regimos por el mío.
—No me digas. ¿Tu reloj también lo han puesto en el Sitial? —dijo Tamplin—. Pues parece un instrumento tirando a barato.
—Cuando hablo en virtud de mi cargo no quiero la menor impertinencia, Tamplin.
—Ya veo, el reloj también está en el Sitial. Es la primera vez que oigo que se puede ser impertinente con un reloj.
Se desvistieron y se cepillaron los dientes. O’Malley miró repetidas veces la hora y al cabo dijo:
—Decid las oraciones.
Todo el mundo se arrodilló junto a su cama, con la cabeza gacha. Al cabo de un minuto, en rápida sucesión, se incorporaron y se metieron en la cama; todos salvo Tamplin, que permanecía de rodillas. O’Malley se quedó indeciso en mitad del dormitorio, con una mano en la cadena de la lámpara de gas. Transcurrieron tres minutos; era costumbre que todo el mundo callara mientras alguien estuviese todavía diciendo sus oraciones; varios chicos soltaron risitas.
—Date prisa —dijo O’Malley.
Tamplin alzó la cabeza, mirándole con cara de haber sido injustamente reprendido.
—Pero, O’Malley, por favor, estoy rezando.
—Pues se hace tarde.
Tamplin volvió a hundir la cara en la colcha. O’Malley tiró de la cadenita y apagó la luz, quedando sólo el pálido fulgor del piloto bajo la pantalla esmaltada en blanco. Era costumbre, al hacer esto, decir «buenas noches», pero Tamplin seguía visiblemente en actitud de rezar. Ante semejante aprieto, O’Malley optó por ir en silencio hacia su sitio.
—¿No nos vas a dar las buenas noches? —preguntó Charles.
—Buenas noches.
Una docena de voces mal conjuntadas respondió: «Buenas noches, O’Malley… Espero que el reloj oficial no se pare por la noche… Dulces sueños, O’Malley».
—Ya está bien —dijo Wheatley—, ¿no veis que todavía hay un hombre diciendo sus oraciones?
—Basta de hablar.
—Por favor —dijo Tamplin, de rodillas. Permaneció así un minuto más y finalmente se incorporó y se metió en la cama.
—¿Queda claro, Tamplin? Te has retrasado.
—Pero eso es imposible, ni que lo diga tu reloj. Yo estaba a punto cuando has dicho que empezáramos con nuestras oraciones, ¿no?
—Si necesitas tanto tiempo para eso, tendrás que empezar antes.
—Pero si no podía, con todo el barullo y esa discusión sobre los relojes…
—Ya hablaremos mañana.
—Buenas noches, O’Malley.
En ese momento se abrió la puerta del dormitorio y apareció el capitán de turno.
—¿Qué diablos pasa aquí?, ¿qué es tanta charla?
O'Malley, dicha sea la verdad, no tenía la menor intención de denunciar el supuesto retraso de Tamplin. Era una delicada cuestión legal —muy debatida además en Spierpoint— si, dadas las circunstancias, sería correcto que lo hiciera. Su idea había sido apelar al buen carácter de Tamplin a la mañana siguiente, decirle que él, O’Malley, podía aceptar una broma como el que más, que su cargo oficial le asqueaba, y que lo último que deseaba era empezar el trimestre ejerciendo su autoridad contra antiguos compañeros; iba a decirle todo eso y a pedirle a Tamplin que le «apoyara». Pero ante el desafío surgido de la oscuridad, perdió la cabeza y dijo:
—Le estaba poniendo un «retraso» a Tamplin, Anderson.
—Bueno, recuérdamelo mañana por la mañana, y, por el amor de Dios, no arméis tanto alboroto por una tontería.
—Anderson, Anderson —dijo Tamplin—, yo no he llegado con retraso; es que he tardado un poco más que los otros en rezar, eso es todo. Estaba perfectamente a punto cuando él nos ha dicho que dijéramos nuestras oraciones.
—Pero cuando he apagado la luz todavía estaba fuera de la cama —dijo O’Malley.
—Lo normal es esperar hasta que todo el mundo esté listo, digo yo.
—Sí, Anderson. He esperado unos cinco minutos.
—Ya. En fin, los retrasos se cuentan desde que se empieza a decir las oraciones. Eso ya lo sabes. Más vale que os olvidéis del asunto.
—Gracias, Anderson —dijo Tamplin.
Sobre el armario que había junto a su cama, el capitán de pabellón tenía una vela con una caja de galletas a modo de pantalla. La encendió, se desnudó despacio, se lavó y, sin decir oraciones, se acostó. Estuvo leyendo un rato. La caja de galletas ocultaba la luz al resto del dormitorio y proyectaba un pequeño trecho amarillo sobre el libro y la almohada; eso y el tenue círculo de la luz de gas era toda la iluminación; poco a poco, en la oscuridad, las ventanas ojivales se hicieron vagamente visibles. Charles estaba tumbado boca arriba, pensando: O’Malley había fracasado por completo en su primera noche; no podía haber hecho peor las cosas; no había duda de que el señor Graves había tomado el camino más tortuoso en su búsqueda de la autoconfianza y el porte elegante.
Tal como hace la bola cuando la ruleta aminora la velocidad, los pensamientos de un Charles medio dormido buscaron dónde alojarse y acabaron deteniéndose en aquel día —nada lejano en realidad— en que el segundo trimestre tocaba a su fin; el día ventoso y desapacible de la carrera de obstáculos en el que, aterido y a medio cambiar, temblando de nerviosismo ante la inminente prueba, le habían avisado de que fuese a ver a Frank; él acabó de vestirse, bajó volando por la torrecilla y llamó a la puerta con una alarma nueva y más profunda en el cuerpo.
«Charles, acabo de recibir un telegrama importante de tu padre. Te dejo a solas para que lo leas».
No derramó una sola lágrima, ni entonces ni después; no recordaba lo que decía el telegrama cuando Frank volvió al cabo de dos minutos: en el núcleo de su pena había un trecho anestesiado, dormido. Recordaba, en cambio, la cadena de acontecimientos. En vez de participar en la carrera, había bajado en compañía de Frank con el abrigo puesto para ver el final; la noticia se había extendido por toda la escuela sin que nadie hiciera preguntas; había tomado el té con la supervisora, pasado el resto de la tarde en la habitación de ésta y dormido en un cuarto en la casa particular del director; al día siguiente, tía Philippa había ido a buscarlo para llevárselo a casa. Recordaba todo lo que siguió exteriormente a sí mismo, la vista y el sonido y el olor del lugar, de manera que, a su vuelta, todos le hablaron de su pérdida, de la brusca ruptura de los vínculos de la infancia, y a Charles le pareció que su madre no había caído muerta en las tierras altas de Bosnia, de resultas de un obús alemán, sino en Spierpoint, en la escalera de la torrecilla, en el corredor sin iluminar del cuarto trastero, en los ventosos claustros, víctima de aquella voz estridente que atravesó el vestuario: «¿Está Ryder por aquí? ¿Ryder? Que vaya a ver a Frank a la voz de ya».
II
Jueves, 25 de septiembre de 1919 — Peacock empezó bien no presentándose a Clase Matutina, de modo que salimos a y cinco y cada cual se fue a su Sala de Pabellón y yo leí Fortitude de Walpole; en algunos momentos lo encuentro innecesariamente fuerte. Después de desayunar O’Malley ha ido a hacerle la pelota a Tamplin y se ha disculpado. Todo el mundo está en su contra. Yo sostengo que llevaba razón hasta que dio parte a Anderson. Sobre eso no hay excusa posible: se amilanó y punto. Finalmente Peacock se ha dignado presentarse a Griego. Nos hemos burlado un poco de él. Intenta que empleemos la pronunciación moderna, y cuando ha llegado al sonido «ú» alguien se ha puesto a ulular y luego Tamplin ha pronunciado «subjuntivo» como suub-juuun-tii-vo. Genial. Peacock se ha hartado de tanta broma y ha dicho que daría parte a Graves, pero al final nada. La biblioteca estaba abierta de S a 6. He ido con la intención de leer unas páginas de Bases of Design de Walter Crane, pero Mercer se ha presentado con ese Curtis-Dunne, un bicho raro de Brent’s. Les envidio por tener a Frank de profesor. Dice que quiere formar una sociedad literaria y artística para hombres que no estén en Sexto. Curtis-Dunne quiere formar un grupo político. Tiene agallas habida cuenta de que es su segundo trimestre, aunque ya ha cumplido dieciséis y ha estado en Dartmouth. Mercer me ha dado a leer un poema: bastante malo. Antes de eso hemos tenido partido. Recién llegados de las vacaciones, todo el mundo resoplaba, claro. Anderson dice que seguramente me pondrá de defensa central en los Menores de Dieciséis, la mejor posición en el terreno de juego. Tendré que empezar a entrenar cuanto antes.
Viernes, 26. — Día de Corps pero poco ajetreo. Reorganización. Por fin estoy en Compañía A. Un canalla de Boucher’s que se llama Spratt es jefe de pelotón. Nos hemos metido un poco con él. ¡Wheatley es jefe de sección! Peacock ha expulsado a Bankes en clase de Evangelios en griego por decir: «Quién me librará de este turbulento cura», cuando le ha tocado traducir un fragmento. Es más listo que el hambre y se ha puesto a discutir. «¿Tendré que emplear la fuerza para echarlo?», ha dicho Peacock. Cuando ya estaba en la puerta, Bankes va y suelta: «Cristianismo viril». Y Peacock: «¿Qué ha dicho usted?». «Nada, señor». «Salga antes de que le dé una patada». Después nos hemos aburrido un poco. Tío George le ha puesto un tres a Bankes.
Sábado, 27. — Todo muy aburrido en la escuela. Suerte que a Peacock se le ha olvidado hacer preparativos. Ciencia Popular en la última hora. Tamplin y Mercer han cogido varias pesas, son tan valiosas que las tienen guardadas en una vitrina de cristal y se cogen con tenazas; las han puesto al rojo con un mechero de Bunsen y las han soltado en agua fría. Muy inteligentes. Partido: Menores de Dieciséis contra un equipo mezclado. Han puesto a Wykham-Blake de defensa central y a mí, de portero, qué rabia. Otra vez biblioteca. Otra vez me ha acorralado Curtis-Dunne. «Mi padre es diputado, sabes —dice—, pero es un conservador de pocas luces. Yo, claro, soy socialista. Por eso he plantado a la armada». «¿No será al revés?», le he dicho yo. «Ambas partes hemos soportado con estoicismo el dolor de la separación». Ha dicho que Frank era «básicamente un buen tipo». Mañana es domingo, menos mal. A ver si puedo seguir iluminando «The Bells of Heaven».
III
Normalmente los domingos se podía elegir servicio religioso. Maitines a las ocho menos cuarto o comunión a las ocho y cuarto. El primer domingo de trimestre había comunión coral para todos a las ocho en punto.
La capilla era enorme, desnuda, y estaba aún por terminar; era uno de los grandes monumentos del movimiento Oxford y el renacer del gótico. Como un iceberg, dejaba ver únicamente una pequeña parte de su mole sobre la superficie de la colina en bancales; abajo había una cripta y debajo de ésta unos cimientos de gran profundidad. El Fundador había elegido el emplazamiento negándose obstinadamente a cambiarlo, con lo que los cálculos originales habían sido superados antes de que se empezara a construir la parte de arriba de la capilla. Los predicadores que la visitaban solían tomar buena nota de los desengaños, incertidumbres y consecución final de la «visión» del Fundador. Ahora la nave se elevaba triunfal sobre el paisaje circundante, inmensos y apretujados astiles sosteniendo el techo en bóveda de arista; por el lado oeste, acababa bruscamente en cemento y madera y chapa de zinc, mientras que detrás, en un páramo cercano a las cocinas, donde muy de mañana la banda del Corps ensayaba con sus cornetas, había una ruinas invadidas de ortigas y zarzamoras, la base de una torre el doble de alta que la capilla, que algún día habría de erigirse a fin de que en las noches de tormenta —según había decretado el Fundador— pudieran cantarse oraciones desde lo más alto para navegantes en peligro.
Desde fuera las ventanas tenían un profundo matiz submarino, pero desde dentro eran de un blanco transparente y el sol de la mañana entraba a raudales iluminando el altar y a todos los congregados. En la fila de Charles el prefecto era Symonds, director de la Revista, presidente del Círculo de Debate, el intelectual más destacado. Symonds estaba en Head’s y llevaba a cabo estudios en solitario; raramente asistía a Clase Vespertina, nunca participaba en deporte alguno, como no fuera un partido de tenis en verano, al caer la tarde, y raramente hacía acto de presencia ni siquiera en Sexto, pues trabajaba en privado bajo la tutela del señor A. A. Carmichael para conseguir una beca Balliol. En su sitio de la capilla, Symonds tenía un ejemplar encuadernado en piel de Antología griega y se dedicaba a leerlo durante los servicios con aire de exquisita negligencia.
Los profesores ocupaban sillas orientadas entre las columnas, los clérigos con sobrepelliz, los laicos con toga. Varios profesores que daban clase de Modernidad lucían mucetas de las universidades nuevas; el comandante Stebbing, del Officer Training Corps, no llevaba toga; el señor A. A. Carmichael —cruelmente conocido en Spierpoint como «A. A.», el dandi, el ingenioso, flor y nata de la Oxford Union y de la New College Essay Society, crítico de obras de erudición clásica para el New Statesman, con quien Charles no había hablado todavía, a quien Charles no había oído hablar aún en persona, sólo de tercera mano cuando sus agudezas, en las idiosincráticas modulaciones del alumnado, pasaban de boca en boca desde el Sexto en el templo hasta los catecúmenos en el porche; a quien Charles veneraba por así decir a distancia—, el señor Carmichael, entre una variedad de atuendos académicos, iba vestido aquella mañana como un bachiller de Salamanca. Parecía, encorvado sobre su mesa, el abogado de la acusación en una caricatura de Daumier.
Casi enfrente de él estaba Frank Bates; un abismo de chavales separaba a estas divinidades antagonistas, una el inefable morador del siempre nublado Olimpo, y la otra la hogareña imagen de arcilla, el confidente de los lares, el patrono del lagar y la era. Frank llevaba únicamente una muceta de armiño, una toga de licenciado en Filosofía y prendas holgadas, corrientes, ese día oscuras, corbata de los Corinthians alternando con corbata de los Carthusians, una semana de cada. Era un individuo pulcro, con rizos, cenceño, un poco pálido porque se dolía constantemente de la lesión sufrida en el campo de fútbol y que le había dejado cojo, motivo por el cual había pasado la guerra en Spierpoint. Este dolor le redimía de ser efusivo. En la capilla sus inocentes ojos azules adoptaban una expresión perpleja y un tanto apesadumbrada, como si fuera un niño de otros tiempos en una habitación llena de adultos. Frank era hijo de un obispo anglicano.
Detrás de los profesores, oculto a la vista de los demás en una nave lateral, había un insulso corrillo de supervisoras y esposas.
El servicio religioso empezó con una procesión del coro: «Hail Festal Day», teniendo como solista agudo a Wykham-Blake. En la cola de la procesión iban el señor Peacock, el capellán y el director. La semana anterior Charles había ido a la iglesia en Londres con su tía Philippa. No solía ir por norma durante las vacaciones, pero, dado que la última semana la pasaban en Londres, tía Philippa había dicho: «Hoy no podemos hacer gran cosa. Veamos qué nos ofrece la iglesia como entretenimiento. Me han contado que hay un tal padre Wimperis que es todo un bicho raro». De modo que subieron al piso de arriba de un autobús para trasladarse a un barrio del norte donde a la sazón el señor Wimperis atraía a numerosos fieles. Su manera de predicar no habría llamado la atención en Nápoles. Tía Philippa dijo después: «Sin embargo, me lo he pasado muy bien. Ese hombre es irresistiblemente vulgar». Durante veinte minutos el señor Wimperis, encaramado al púlpito, alternó momentos dulces con momentos atronadores, bregó con el atril y exhortó al país a la paz industrial. Como colofón ejecutó una pequeña ceremonia de su propia cosecha, avanzando hacia los escalones de la entrada con casulla y birrete, sosteniendo entre las manos algo que resultó ser un gran salero de plata. «Vosotros —dijo simplemente, esparciendo sal ante él— sois la sal de la tierra».
—Tengo entendido que cada semana se inventa una cosa nueva —dijo tía Philippa—. Debe de ser estupendo vivir en este barrio.
El de Charles no era un hogar de gente temerosa de Dios. Hasta agosto de 1914 su padre había tenido por costumbre leer oraciones familiares cada mañana; al estallar la guerra cesó bruscamente de hacerlo, y cuando se le preguntaba el motivo, aducía que no quedaba nada por lo que rezar. Al morir la madre de Charles se celebró un funeral en Boughton, el pueblo donde él había nacido, pero su padre no los acompañó a él y a la tía Philippa. «Todo por su maldito patriotismo», dijo después el padre de Charles, no a éste último, sino a su tía, quien no mencionó dicho comentario hasta muchos años más tarde.
—No tenía ningún sentido que se marchara a Serbia. ¿Crees que sería mi deber casarme de nuevo?
—No —le dijo tía Philippa.
—Nada me empujaría a hacerlo, y menos aún si fuera mi deber.
El servicio siguió su curso normal. Como ocurría con frecuencia, dos chicos pequeños se desmayaron y fueron sacados por capitanes de pabellón; un tercero salió sangrando por la nariz. El señor Peacock cantó el evangelio a voz en cuello. Era su primera aparición en público. Symonds alzó la vista de su libro de griego, frunció el ceño y continuó leyendo. Había llegado el momento de comulgar; la mayoría de los chicos que habían sido confirmados se acercaron al presbiterio, entre ellos Charles. Symonds se quedó sentado, movió sus largas piernas hacia el pasillo para dejar pasar a los de su fila y permaneció donde estaba. Charles comulgó y luego dio media vuelta para regresar a su banco. Se había confirmado el trimestre anterior, cosa que le dejó indiferente: no hubo expectativas ni desengaños. Cuando, muchos años más tarde, leyó sobre los trastornos emocionales que la ceremonia de la confirmación había ocasionado a otros chicos, lo encontró incomprensible; para Charles fue un rito más de la adolescencia, como cuando eras nuevo y te hacían subirte a una mesa y captar. El capellán le había «preparado», restringiendo sus conferencias a la teología. En ningún momento le sondeó sobre vida sexual; Charles no tenía vida sexual que sondear. Hablaron, en cambio, de la oración y de los sacramentos.
Spierpoint era un producto del Oxford Movement, fundado con claros fines religiosos. En ochenta años había acabado pareciéndose cada vez más a los internados de antaño, pero seguía teniendo un fuerte sabor eclesiástico. Algunos chicos eran verdaderamente devotos, peculiaridad que se les respetaba; en términos generales la blasfemia estaba mal vista, aparte de ser meramente ocasional. La gran mayoría de Sexto se declaraba agnóstica o atea.
Habían elegido aquel colegio para Charles porque, a sus once años, en plena «fase religiosa», le había dicho a su padre que le gustaría ser sacerdote.
—Cielo santo —exclamó su padre—, ¿no querrás decir párroco?
—Sacerdote de la iglesia anglicana —concretó Charles.
—Ah, eso está mejor. Creí que te referías a un cura católico. Bueno, ser párroco tampoco está tan mal para alguien con medios escasos. No te pueden echar salvo en caso de flagrante inmoralidad. Tú tío hace años que intenta deshacerse del suyo allá en Boughton, un párroco muy desagradable, pero perfectamente casto. Y no hay manera. En la vida es muy importante tener un lugar del que no puedan sacarte… ya van quedando pocos.
Pero la «fase» se le había pasado, y lo único que quedaba de ella era ahora el amor que Charles sentía por la arquitectura gótica y los breviarios.
Después de comulgar tomó asiento y, mientras los profesores iban acercándose al altar, seguidos por las mujeres desde las naves laterales, se puso a pensar en el poema laico y, ciertamente, un tanto anticlerical que, una vez grabado, se disponía a iluminar.
Los domingos la comida era considerablemente peor que los demás días de la semana; el desayuno consistía invariablemente de huevos pasados por agua, que siempre estaban tibios y demasiado cocidos.
Wheatley preguntó:
—¿Cuántas corbatas diríais que tiene A. A.?
—Yo empecé a contarlas el trimestre pasado —dijo Tamplin— y llegué hasta treinta.
—¿Incluidos lazos y pajaritas?
—Sí.
—Le sale el dinero por las orejas, eso parece evidente.
—Ah, ¿y cómo es que no tiene coche? —preguntó Jorkins.
La hora de después del desayuno solía reservarse para escribir cartas, pero ese día estaba convocada una huelga de trenes y no había llegado correo. Además, como el trimestre acababa de dar comienzo, no había Clase Dominical. Así las cosas, y puesto que tenían toda la mañana libre, Charles había pedido permiso para estar en la sala de dibujo hasta la hora de comer. Fue a por sus cosas y se puso a trabajar enseguida.
Era un poema de Ralph Hodgson —«’Twould ring the bells of Heaven / The wildest peal for years, / If Parson lost his senses / And people came to theirs…»— y uno de los preferidos de Frank. Aquellos días felices en que era tutor de Head’s, Frank solía leer poemas en voz alta los domingos por la tarde a todo aquel que quisiera escuchar, normalmente los más pequeños del pabellón. Leía «There swimmeth One Who swam e’er rivers were begun, / And under that Almighty Fin the littlest fish may enter in», y «Abou Ben Adhem, may his tribe increase» y «Under the wide and starry sky» y «What have I done for you, England, my England…?» y muchos otros de similares características; e invariablemente, antes de que terminara la velada, alguien decía: «Por favor, ¿no podría leernos el de las campanas del cielo?». Ahora sólo leía para su pabellón, pero los poemas, aquellas agradables voces de Frank, sus ruiseñores, estaban vivos todavía, cálidos y luminosos a la recordada luz de la lumbre.
Charles no se planteó si el poema a iluminar era el más adecuado para la comprimida caligrafía del siglo XIII con que lo había escrito. Su método era dibujar primero las letras por encima, a lápiz y a mano alzada; luego, con una regla y un tiralíneas, repasaba las verticales con tinta china hasta que la página consistiera en perpendiculares negras, cortas y largas; después, sirviéndose de una plumilla, las unía con líneas muy finas y completaba los terminales en forma de rombo. Era un método que había ideado por su cuenta a base de tanteo. Dejaba en blanco las letras iniciales de cada verso, las cuales, terminada la última semana de las vacaciones, se habían convertido en mayúsculas Old English cuidadosamente dibujadas en bermellón. Sólo le quedaba por hacer la T, para lo cual había elegido un modelo sacado de los Alfabetos de Shaw, que en ese momento tenía abierto sobre la mesa. Era un letra florida, del siglo XV, y requería un considerable ingenio de adaptación, pues Charles había decidido enlazarla con la cola decorativa de la J. Trabajó feliz, completamente embebido en su tarea, mientras dibujaba a lápiz; luego, en tensión, conteniendo el aliento, repasó el contorno con la plumilla; finalmente, cuando estuvo seco —cuántas veces no había echado a perder su trabajo intentándolo demasiado pronto, llevado por la impaciencia— procedió a borrar los trazos de lápiz. A continuación sacó las acuarelas y los pinceles de pelo de marta. En el fondo sabía que estaba yendo demasiado deprisa (un monje podía pasarse una semana con una sola letra), pero trabajó con ahínco y, en menos de dos horas, había terminado la inicial, con su intrincada orla colgante. Más tarde, al guardar los pinceles, todo su júbilo desapareció. Aquello no valía nada; era una chapuza; el perfil entintado variaba de grosor, las curvas parecían aquejadas de timidez cuando deberían haber sido audaces; en algunos puntos el color rebasaba la línea y, a diferencia de la opaca tinta litográfica, se veía aguado y transparente. No valía nada.
Charles cerró de mala manera su libro de dibujo y guardó los materiales. Al salir bajó los escalones hasta el Patio Superior y, al pasar frente al Pabellón Brent, donde vivía Frank, se encontró con Mercer.
—Hola, ¿estabas pintando?
—Sí, bueno, si se le puede llamar así.
—A ver, enseña.
—No.
—Por favor…
—Es una porquería. No sabes la rabia que me da. Lo habría roto si no fuera porque pienso conservarlo por si en algún momento llego a creerme que sé algo de arte.
—Nunca estás contento, Ryder. Es lo que designa a los verdaderos artistas, me imagino.
—Si fuera un artista no me desagradaría tanto lo que hago. Bueno, míralo, si quieres.
Mercer contempló la página iluminada y dijo:
—¿Qué es lo que no te gusta?
—Todo. Me da náuseas.
—Hombre, un poquito recargado sí que lo veo.
—Ya ves, querido Mercer, con tu habitual criterio infalible has ido a señalar la única característica que es del todo tolerable.
—Uy, perdona. No sé, a mí me parece una obra de primera categoría.
—Vaya, Mercer. Eso me da muchos ánimos.
—Hay que ver lo complicado que eres, Ryder. No sé por qué me caes bien.
—Yo sí sé por qué me caes bien tú: porque eres todo lo contrario de complicado.
—¿Te vienes a la biblioteca?
—Bueno.
Cuando la biblioteca estaba abierta, un prefecto iba anotando en un registro los libros que los chicos sacaban. Charles, como de costumbre, fue directo adonde estaban los libros de arte, pero, antes de poder acomodarse como a él le gustaba, se le acercó Curtis-Dunne, el que había empezado el trimestre anterior en Brent, y le dijo:
—¿No te parece escandaloso que uno de los pocos días de la semana que tenemos oportunidad de usar la biblioteca, haya que estar esperando a que un prefecto semianalfabeto se digne aparecer y nos deje entrar? He elevado una queja ante el amigo Frank.
—Oh, ¿y él qué ha dicho?
—Estamos elaborando un plan para que los privilegios de biblioteca puedan hacerse extensivos a quienes de veras los necesitan, gente como tú y como yo, y supongo que también como el amigo Mercer.
—Ahora mismo no recuerdo qué curso haces.
—Ciencias. Oh, pero no te vayas a creer que soy un científico; es sólo porque que en la marina no podías hacer Letras. Fundamentalmente me interesa lo literario y lo político. Y el hedonismo, claro está.
—Ah.
—Lo hedonista por encima de todo. Por cierto, he estado echando un vistazo a la sección de política y economía; la selección es bastante pintoresca, hay lagunas que claman al cielo. Acabo de escribir tres páginas en el Libro de Sugerencias. He pensado que quizá te gustaría añadir tu firma.
—Déjalo. No es corriente que los que carecen de privilegios de biblioteca escriban en el Libro de Sugerencias. Además, la economía no me interesa nada.
—También he escrito una sugerencia sobre ampliar los privilegios de biblioteca. Frank necesita cosas concretas, algo que pueda presentar al comité.
Mercer llevó el libro a la sección de Arte. Charles leyó: «Que no siendo la antigüedad de un alumno indicativa de su buen o mal gusto literario, se revise el sistema de privilegios a fin de facilitar las cosas a aquellos que tienen verdaderos deseos de hacer uso de la biblioteca».
—Yo creo que está bien explicado —dijo Curtis-Dunne.
—Por haber escrito esto pensarán que te estás subiendo a la parra.
—Es sobradamente sabido que estoy instalado en esa parra que dices tú, pero necesito otras firmas.
Charles dudó. Para ganar tiempo dijo:
—Oye, ¿qué diantre llevas puesto en los pies? ¿Eso no son unas zapatillas?
Curtis-Dunne levantó un pie, embutido en cuero blando, gastado, de color negro, un calzado con cordones y sin puntera, que por arriba parecía la cubierta de una Biblia muy manoseada.
—Ah, veo que has observado mi artilugio ahorrador de mano de obra. Los llevo mañana y noche; son causa de constante desconcierto para la autoridad. Cuando me preguntan, como ocurrió dos o tres veces por semana durante mi primer trimestre aquí, digo que son un diseño naval que mi padre me ha pedido que utilice, debido a nuestra extrema pobreza. Eso les causa mucho engorro. Pero seguro que tú no compartes esos prejuicios de clase media. Vamos, muchacho, añade por favor tu nombre a este manifiesto subversivo.
Charles seguía dudando. La sugerencia ultrajaba de principio a fin el gusto dominante en Spierpoint. Toda intriga, lisonja o autopromoción que pudieran emplear los ambiciosos iba siempre revestida de complicados ropajes; la modestia y el menosprecio eran norma. Nunca nadie se postulaba explícitamente a sí mismo como beneficiario de algo. Por lo demás, en este caso, la idea venía de un chico que no sólo era de otro pabellón e inconmensurablemente inferior a Charles, sino que además era famoso por sus excentricidades. Unos meses atrás Charles hubiera rechazado la propuesta con horror, pero últimamente percibía una voz nueva en sus consejeros internos, un mister Hyde imparcial y crítico que, cada vez más, imponía su presencia ante el pacato, intolerante, sub-humano y totalmente respetable doctor Jekyll; una voz, por decirlo así, de una era más civilizada, tal como en plena era victoriana estallaba a veces desde el rincón de la chimenea la sarcástica risotada de la abuela, reliquia de la Regencia, una clara y ultrajante alteración por parte de alguien completamente seguro de sí mismo entre los elevados y turbios pensamientos de sus empatillados descendientes.
—Frank apoya plenamente la sugerencia, ¿sabes? —continuó Curtis-Dunne—. Dice que la iniciativa debe partir de nosotros. Él no puede exigir reformas, porque le dirán que en realidad nadie las quiere. Necesita una propuesta concreta que presentar ante la comisión de biblioteca.
Eso acalló a Jekyll. Charles firmó.
—Bien —dijo Curtis-Dunne—, ahora no creo que haya ningún problema con el amigo Mercer. Me dijo que firmaría si tú firmabas.
A la hora del almuerzo eran ya veintitrés los signatarios, incluido el prefecto de turno.
—En el día de hoy hemos encendido una vela —dijo Curtis-Dunne.
Una vez en el comedor, Charles tuvo que oír ciertos comentarios acerca de su proceder en la biblioteca.
—Ya sé que es horrendo —dijo—, pero resulta que me divierto con él.
—En Brent todo el mundo piensa que está chiflado.
—Frank no. Y yo a eso lo llamo una recomendación. Ya puestos, es uno de los hombres más inteligentes que conozco. De haber llegado aquí cuando le tocaba, probablemente nos habría pasado a todos por delante.
Wheatley, inesperadamente, salió en su defensa.
—Casualmente sé que el dire lo aceptó como un favor especial a su padre. Es hijo de sir Samson Curtis-Dunne, el diputado para esta circunscripción. Tienen una finca muy grande cerca de Steyning. El próximo día que nos dejen ir a casa no me importaría nada pasármelo cazando allí.
Los domingos por la tarde, durante dos horas, la Sala de Pabellón era inaccesible para todos salvo los del Sitial; vestidos con levita negra y llevando bajo el brazo sombreros de paja, los alumnos se desperdigaban por la campiña en grupos, parejas y algún que otro desconsolado solitario, para dar un «paseo». No se podía estar bajo ningún techo, y había que elegir entre la colina de detrás de Spierpoint Ring y la carretera rural que iba a parar a la iglesia normanda de St. Botolph. Tamplin y Charles solían pasear juntos.
—Odio los domingos por la tarde —dijo Charles.
—A lo mejor encontramos arándanos.
Pero estaban saliendo ya cuando el señor Graves los detuvo.
—Eh, vosotros dos —dijo—. ¿Os gustaría echar una mano? Acaba de llegar mi imprenta. Pensaba que podríais ayudarme a montarla. —Los condujo a su habitación, buena parte de cuyo suelo estaba ocupado por cajas a medio abrir—. Cuando la compré estaba toda de una pieza. Ahora lo único que hay que hacer es seguir esto. —Les mostró un grabado de un libro antiguo—. Desde los tiempos de Caxton hasta que vino la imprenta de vapor apenas cambiaron. Ésta debe de tener cien años de antigüedad.
—Es fabulosa —murmuró Tamplin.
—Y aquí, joven Ryder, tenemos los «tipos móviles» que tanto deploras.
—¿Qué clase de tipos son, señor?
—Habrá que averiguarlo. Lo compré todo en un mismo lote en una papelería del pueblo.
Sacaron letras al azar, las colocaron, tomaron una muestra presionándolas, entintadas, sobre una hoja de papel de escribir. El señor Graves guardaba un álbum de tipos de letra.
—A mí me parecen todas iguales —dijo Tamplin.
Charles, pese a sus prejuicios, estaba muy interesado.
—Creo que ya lo tengo, señor: Baskerville.
—No. Fíjate en las serifas. ¿Podría ser Caslon Old Style?
Finalmente pudieron identificarlo. Charles encontró una caja llena de iniciales ornamentadas, cabeceras de menú con botellas y postres, cabezas de zorro y perros corriendo para anuncios de cacería, monogramas eclesiásticos, coronas, blasones de la logia Odd Fellows, el grabado de un toro semental, bandas decorativas: todo el espléndido arsenal de un siglo de impresión inglesa.
—Qué divertido, señor. Con todo esto se pueden hacer muchas cosas.
—A eso vamos, Charles.
Tamplin los miró con cierta aversión.
—Oiga, señor, acabo de acordarme de que tenía que hacer una cosa. ¿Si me marcho le va a saber muy mal?
—Adelante, Tamplin. —Cuando éste se hubo marchado, el señor Graves dijo—: Qué pena que no le caiga simpático a Tamplin.
«¿Por qué no lo deja correr?», pensó Charles. «¿Por qué tiene que hacer siempre algún comentario?»
—A ti tampoco te caigo simpático, pero en cambio te gusta la imprenta.
—Sí —dijo Charles—. Me gusta la imprenta.
Los tipos iban metidos dentro de unas bolsitas. Fueron poniéndolos en la bandeja correspondiente sobre la gastada bandeja de roble.
—Bien, ahora la prensa. Esto debe de ser la base.
Tardaron dos horas en montarla. Una vez terminada, parecía pequeña, demasiado pequeña para el número y tamaño de las cajas en las que venía embalada. Los soportes principales de hierro colado terminaban en sendos capiteles corintios de latón y la cúspide estaba decorada con una urna de latón que llevaba grabada una fecha: 1824. El trabajo en común, los problemas y hallazgos del montaje los habían hermanado, y contemplaron juntos la obra con paralelo orgullo. Ninguno de los dos se acordaba de Tamplin.
—Es una preciosidad, señor. ¿Se podría imprimir un libro con ella?
—Supongo que llevaría tiempo. Muchísimas gracias por tu ayuda. Y ahora —el señor Graves miró su reloj—, puesto que debido a una tremenda injusticia tú no estás en el Sitial, confío en que no tendrás ningún compromiso para el té. Mira a ver qué encuentras en la taquilla.
La mención del Sitial enturbió el ambiente de camaradería. El señor Graves repitió su error minutos más tarde, cuando el agua había roto a hervir y estaban haciendo unas tostadas sobre el fogón.
—De modo que ahora mismo Desmond O’Malley estará sentándose para tomar su primer té en el Sitial. Espero que lo disfrute; de momento me parece que no lo está pasando muy bien este trimestre. —Charles guardó silencio—. ¿Sabes que vino a verme hace un par de días para presentar su dimisión del cargo? Me dijo que si no le dejaba dimitir, haría algo para obligarme a degradarlo. Un chico raro, ese Desmond. Tan raro como su petición.
—Creo que a él no le gustaría que yo lo sepa.
—Naturalmente que no. ¿Sabes por qué te lo cuento, eh?
—No, señor.
—Yo creo que el hecho de que su vida sea tolerable o no depende totalmente de vosotros. Me juego algo a que los diablillos del Dormitorio Superior le habréis hecho toda clase de trastadas.
—Será que él se lo ha buscado.
—No digo que no, pero ¿no te parece un poco triste que en la vida haya personas tan diferentes pidiendo muchas cosas diferentes, y que los únicos que consiguen lo que piden sean los tipos como Desmond O’Malley?
En aquel momento, del otro lado del cuarto trastero, el té en el Sitial había llegado a su segunda fase; ahítos de buñuelos, cinco o seis por cabeza, los muchachos atacaban ahora los palos y milhojas de nata. Había quedado una pila fofa de buñuelos tibios sin comer y, según la costumbre, O’Malley, en calidad de miembro de menor antigüedad, fue encargado de llevarlos a la Sala de Pabellón.
Wheatley estuvo desdeñoso.
—Qué es eso, O’Malley? ¿Buñuelos? Muy amable, pero yo nunca como buñuelos. Es por la digestión, ¿sabes?
Tamplin estuvo gracioso.
—He de cuidar la silueta —dijo.
Jorkins estuvo grosero.
—No, gracias. Tienen pinta de rancios.
Hubo sonoras carcajadas entre los de tercer año y algunos de sus más precoces inferiores. Siguiendo un estricto orden de antigüedad, O’Malley fue de chico en chico hasta llegar al final, rechazado, abochornado. Nadie en el dormitorio aceptó un solo buñuelo. Únicamente los machacas miraban, primero asombrados de que todo el mundo rechazara unos buñuelos en una tarde de frío, y luego, a medida que la bandeja se acercaba a ellos, presos de una creciente expectación.
«Hombre, O’Malley, muchísimas gracias», y fueron a sentarse a la mesa. O’Malley regresó a su puesto frente al hogar sin lumbre, y allí permaneció hasta la hora de la capilla comiendo confites.
—Mira, Charles —dijo el señor Graves—, cuantas más trastadas le hagáis a O’Malley, más os hará él a vosotros. Las personas son así.
IV
Domingo, 28 de septiembre. Coral. Dos o tres desmayos, por lo demás sin incidentes. Intento hacerla inicial y el borde para «The bells of Heaven», pero me queda fatal. Después he hablado con Curtis-Dunne en la biblioteca. Este Curtis-Dunne me tiene intrigado. Con el visto bueno de Frank estamos haciendo campaña a favor de privilegios de biblioteca. Dudo que saquemos nada aparte de conseguir que todos digan que somos unos engreídos. Después de comer, cuando Tamplin y yo íbamos a dar un paseo, Graves nos ha llamado para que le ayudáramos a montar su imprenta. Tamplin se ha escaqueado. Graves ha intentado sonsacarme sobre lo de meternos con Desmond, pero no ha tenido éxito. Por la noche hemos tenido otra sesión. Tamplin, Wheatley, Jorkins y yo hemos subido corriendo al dormitorio tan pronto ha sonado la campana y hemos dicho nuestras oraciones antes de que llegara ese cerdo de Desmond. Luego, cuando él ha ordenado «Decid vuestras oraciones», nos hemos quedado sentados en la cama. Desmond, con una cara de absoluto aburrimiento, ha dicho «¿Tendré que repetir las instrucciones?». Mientras los demás rezaban, nosotros no hemos abierto la boca. Entonces ha dicho: «Os doy otra oportunidad. Si no empezáis ya, os meto un parte». Como no decíamos nada, Desmond ha ido en bata a ver a Anderson, que en ese momento estaba con el otro capitán en plena cháchara con Graves. Al cabo de un rato aparece Anderson. «¿Qué pasa aquí? ¿Por qué no decís vuestras oraciones?» «Ya lo hemos hecho antes». «¿Por qué?» «Porque como a Tamplin le pusieron falta por tardar demasiado hemos pensado que lo mejor era empezar enseguida». «Ya. Bien, hablaremos de ello mañana». Hasta el momento no nos han dicho nada. Todo el mundo piensa que nos pegarán, pero yo creo que no. No hemos hecho nada malo. Geoghegan ha venido hace un rato y nos ha dicho a los cuatro que nos quedemos después de Primera Vespertina, o sea que quizá sí que nos pegarán.
Después de Primera Vespertina, cuando en la sala no quedaba nadie salvo nosotros cuatro y los ecos de la campana avisando para acudir al Comedor se habían extinguido del todo, Geoghegan, el jefe de pabellón, entró con dos varas acompañado de Anderson.
—Voy a pegaron por desobedecer una orden de vuestro jefe de dormitorio. ¿Tenéis algo que decir?
—Sí —respondió Wheatley—. Nosotros ya habíamos dicho nuestras oraciones.
—Me trae sin cuidado lo mucho o lo poco que recéis. Os habéis pasado la mayor parte del día arrodillados en la capilla, quiero suponer que rezando. Lo único que me interesa es que obedezcáis las órdenes del jefe de dormitorio. ¿Alguien más quiere decir algo? Entonces preparad las cosas.
Apartaron la mesa de los nuevos y colocaron al lado un banco, atravesado frente a la chimenea. Era una rutina conocida.
—¿Quién es el mayor? Creo que tú, Wheatley.
Wheatley se inclinó sobre el banco.
—Las rodillas rectas. —Geoghegan lo agarró por las caderas y lo situó a su gusto, ligeramente sesgado respecto a la línea de avanzada. Desde el rincón estaba a tres pasos del punto de entrega. Se adelantó, golpeó y volvió despacio al rincón. Recibieron tres golpes cada uno; ninguno de ellos se movió. Mientras cruzaban el Comedor, Charles notó que la ligera sensación de náusea se convertía en júbilo.
—¿Ha sido muy severo?
—Bastante, sí. Y qué puntería tiene.
Después de Comedor, en el claustro, O’Malley abordó a Charles.
—Oye, Ryder. Siento muchísimo lo que pasó anoche.
—Bah, lárgate.
—Tenía que cumplir con mi deber…
—Pues cumple con él, pero a mí no me molestes.
—Sólo quiero hacer las paces. Estoy dispuesto a lo que sea. Bueno, quiero decir fuera del pabellón. Ya sé: le daré una patada a alguien de otro pabellón, al que tú elijas. ¿Te parece bien Spratt?
—Mira, Desmond, las patadas dátelas a ti mismo mientras te vas paseando por el claustro.