por petición especial (spanish)
UN FINAL ALTERNATIVO PARA «UN PUÑADO DE POLVO»
I
El barco arribó al puerto de Southampton al caer la tarde.
Habían perdido de vista el sol hacía tres días; al norte de las Azores habían tenido una racha de mar gruesa, y luego niebla blanca en el canal de la Mancha. Tony había pasado la noche en vela, trastornado por las señales de niebla y la incertidumbre del regreso.
Atracaron junto al muelle. Tony se acodó en la barandilla buscando a su chófer con la mirada. Había telegrafiado a Hetton para decir que fueran a buscarlo en coche e ir directamente a casa. Quería ver los cuartos de baño nuevos. En Hetton había habido operarios durante la mitad del verano y le esperaban algunos cambios en la casa.
Había sido una excursión sin incidentes. Los ardores de los viajes largos, desierto o selva, montaña o pampa no eran para Tony; no sentía la menor inclinación por la caza mayor ni por explorar afluentes no cartografiados. Se había marchado de Inglaterra porque, dadas las circunstancias, le pareció lo más correcto, un proceder consagrado en la ficción como en la historia por generaciones de maridos desilusionados. Se había puesto en manos de una agencia de viajes y, durante meses, había estado picoteando perezosamente de isla antillana en isla antillana, almorzando en casa de tal o cual gobernador, bebiendo combinados en las galerías de los clubes, gozando de una fácil popularidad en mesas de militares; había jugado a las anillas y al ping-pong, había bailado en cubierta y viajado con conocidos recientes por carreteras bien pavimentadas entre vegetación tropical.
Ahora estaba de vuelta en casa. Las últimas semanas había pensado cada vez menos en Brenda.
Finalmente identificó a su chófer entre la poca gente que había en el muelle. El hombre subió a bordo y se hizo cargo del equipaje. El coche esperaba al otro lado del puesto aduanero.
—¿Hago que le envíen el baúl grande por tren? —preguntó el chófer.
—Hay sitio de sobra en el maletero, ¿no?
—No crea, señor. La señora lleva mucho equipaje.
—¿La señora?
—Sí, señor. Está esperando en el coche. Telegrafió para que yo fuera a recogerla al hotel.
—Ah. ¿Y dices que lleva mucho equipaje?
—En efecto, señor, y me quedo corto.
—Bien… Sí, quizá será mejor que envíes los baúles por tren.
—Muy bien, señor.
Tony fue solo hacia el coche mientras el chófer se ocupaba de los baúles.
Brenda estaba en el asiento de atrás, encogida en un rincón. Se había quitado el sombrero —uno muy pequeño, de punto, que llevaba sujeto con un broche que él le había regalado hacía unos años— y lo tenía sobre el regazo. Dentro del coche había una luz crepuscular. Ella levantó la vista sin mover para nada la cabeza.
—Cariño —dijo—, qué barco más lento.
—Sí, es que había niebla en el canal.
—Yo estoy aquí desde anoche. Los de la oficina me dijeron que tu barco llegaba a primera hora de la mañana.
—Pues ya ves.
—Con el mar nunca se sabe, ¿verdad? —dijo Brenda.
Silencio. Tras una pausa, continuó:
—¿No piensas subir?
—Hay problemas con el equipaje.
—Bueno, Blake se encargará de todo.
—Ha ido a facturarlo por tren.
—Es lo que pensé. Perdona que haya traído tantas cosas… Bueno, de hecho lo he traído todo. Ese piso ya no me gusta nada… Nunca acabó de perder el olor. Primero creí que era olor a nuevo, pero la cosa fue empeorando. Olor a radiador de estufa, ya sabes lo que es eso. Total, que entre una cosa y otra decidí que era mejor dejarlo.
En ese momento volvió el chófer. Había solucionado el asunto del equipaje.
—Bien, más vale que nos pongamos en marcha.
—Muy bien, señor.
Tony subió al lado de Brenda y el chófer cerró la puerta. Atravesaron Southampton y salieron hacia el campo. Las lámparas estaban ya encendidas en las ventanas que iban dejando atrás.
—¿Cómo sabías que llegaba esta tarde?
—No, si yo pensaba que llegabas esta mañana. Me lo dijo Jock.
—No esperaba verte.
—Jock dijo que te llevarías una sorpresa.
—¿Qué tal está?
—Le ocurrió algo horrible, pero ahora no recuerdo qué. Algo relacionado con la política, me parece…, o quizá era con una chica. Ya no me acuerdo.
Iban sentados cada cual en un rincón. Tony estaba muy cansado después de toda la noche sin dormir. Le pesaban los párpados, y cuando el coche atravesó un pueblo muy iluminado, las luces le molestaron.
—¿Te lo has pasado bien?
—Sí. Y tú, ¿qué tal?
—La verdad es que no. Pero supongo que no querrás que te lo explique.
—¿Qué planes tienes?
—Nada en concreto. ¿Y tú?
—Nada en concreto.
Y luego, en el ambiente cerrado del coche y con el vaivén, Tony se quedó dormido. Durmió dos horas y media, con la cara medio escondida en el cuello del abrigo. En un momento dado, al parar frente a un paso a nivel, se despertó y dijo, desde su refugio de tweed:
—¿Hemos llegado?
—No, cielo. Falta muchísimo.
Luego se durmió otra vez y, cuando despertó, el chófer estaba haciendo sonar la bocina frente a la entrada. Y también al despertar halló respuesta a la pregunta que ni él ni Brenda habían formulado. Aquello debería haber sido una crisis matrimonial; los destinos de ambos habían estado en manos de Tony; deberían haber hablado, tomado una decisión que habría de afectar a cada momento de su futuro. Y, sin embargo, él se había dormido.
Ambrose salió a recibirlos al puente levadizo.
—Buenas noches, señora. Buenas noches, señor. Espero que haya tenido un viaje agradable, señor.
—Muy agradable, Ambrose, gracias. ¿Todo bien por aquí?
—Oh, sí, desde luego, señor. Hay un par de cosillas, pero quizá será mejor que se lo cuente mañana por la mañana.
—Sí, mejor.
—Encontrará toda su correspondencia en la biblioteca, señor.
—Gracias. Me ocuparé de todo mañana.
Entraron en el amplio vestíbulo y subieron al piso de arriba. Un buen fuego de leños ardía en Guinevere.
—Los hombres no se marcharon hasta la semana pasada, señor. Creo que encontrará satisfactorio su trabajo.
Mientras descargaban su maleta, Tony y Brenda fueron a examinar los nuevos cuartos de baño. Tony abrió grifos.
—No he hecho encender la caldera, señor. Pero el otro día lo probamos y todo parecía estar en perfecto orden.
—No nos cambiemos de ropa —dijo Brenda.
—De acuerdo. Cenaremos enseguida, Ambrose.
Luego, durante la cena, Tony habló un rato del viaje; de las personas que había conocido, del encanto del paisaje, de lo poco previsora que era la población negra, del estupendo aroma de las frutas tropicales, de la hospitalidad, no siempre a la altura, de los diversos gobernadores.
—Estaba pensando que quizá podríamos cultivar aguacates aquí, en invernadero —dijo.
Brenda apenas abrió la boca. En un momento dado, él le preguntó:
—¿Has estado fuera?
—¿Yo? No —respondió ella—. En Londres todo el tiempo.
—¿Cómo están todos?
—No he visto a mucha gente. Polly está en América.
Y eso le dio pie a Tony a hablar de la excelente administración de Haití.
—Parece otro país, tal como lo han dejado —afirmó.
Terminada la cena, fueron a sentarse a la biblioteca. Tony echó un vistazo rápido a la montaña de cartas que se habían acumulado durante su ausencia.
—Esta noche no quiero mirar nada —dijo—. ¡Qué cansado estoy!
—Sí, vamos a acostarnos pronto.
Hubo una pausa, y fue al cabo de la misma cuando Brenda dijo:
—No sigues estando furioso conmigo, ¿verdad? Me refiero a esa tontería con el señor Beaver.
—No sabía que hubiera estado furioso.
—Naturalmente que sí. Al final lo estabas, antes de marcharte.
Tony guardó silencio.
—Contesta. No estás furioso, ¿verdad? Al ver que te quedabas dormido en el coche, he pensado que ya no lo estarías.
En vez de responder, Tony preguntó a su vez:
—¿Qué ha sido de Beaver?
—Es una historia bastante triste, ¿de veras quieres saberlo?
—Sí.
—Bueno, la cosa ha terminado de la manera más tonta. No pude retenerle, simplemente. Se marchó casi al mismo tiempo que tú.
»Te fuiste sin dejarme mucho dinero, que digamos. Y eso lo complicó todo, porque el pobre señor Beaver tampoco tenía dinero. Así que la situación empezó a ser muy incómoda… Y luego estaba ese club al que él quería pertenecer, el Brown’s, pero no lo admitieron y me lo echó a mí en cara, porque según él debería haber hecho que Reggie ayudara un poco más en vez de que, como de hecho pasó, fuera Reggie el principal responsable de que no lo admitieran. Qué graciosos sois los caballeros, con eso de los clubes; yo pensaba que en Brown’s estarían encantados de contar con el señor Beaver, pero no.
»Y después la señora Beaver se puso en mi contra (bueno, siempre ha sido una bruja); intenté que me diera un empleo en su tienda, pero qué va, no quiso saber nada, porque creía que yo le estaba haciendo daño a Beaver. Y luego encontré trabajo con Daisy, se trataba de hacer que la gente fuera a su restaurante, pero no sirvió de nada, y la poca gente a la que convencí se marchaba sin pagar.
»Y ya me tienes a mí comiendo cositas de la charcutería de la esquina y sin más amigos que Jenny, y al final acabé odiándola.
»Ha sido un verano espantoso, Tony.
»Y, para terminar, aparece una vampiresa americana, la señora Rattery; ya te imaginas, una rubia despampanante. Ella y mi Beaver se conocieron y a partir de ese momento dejé de existir. Como es lógico, la rubia le venía como anillo al dedo y él estaba chiflado por ella, sólo que ella no le hacía ni caso, y cada vez que volvían a encontrarse la rubia no parecía recordar que ya se habían visto antes (qué mala pata, pobre Beaver), pero eso no sirvió para que él fuera más amable conmigo. Se agotó de tanto perseguirla y no divertirse nada, hasta que al final la señora Beaver lo echó con cajas destempladas y ahora él está en Viena o en Berlín haciendo de representante de artículos de la tienda de ella.
»Y eso es todo… Vaya, veo que te estás quedando dormido otra vez.
—Es que no he pegado ojo en toda la noche.
—Venga, vamos arriba.
II
Aquel invierno, poco antes de Navidad, Daisy abrió otro restaurante. Tony y Brenda habían ido a pasar el día a Londres, de modo que fueron a almorzar allí. Había mucha gente (los restaurantes de Daisy solían estar llenos, aunque eso no parecía contrarrestar el déficit). Mientras iban hacia su mesa, saludaron a derecha e izquierda.
—Las caras de siempre —comentó Brenda.
Unas cuantas mesas más allá estaban Polly Cockpurse y Sybil en compañía de dos jóvenes.
—¿Quiénes eran?
—Brenda y Tony Last. Me pregunto cómo les irá. Últimamente no se dejan ver nada.
—Nunca han salido mucho.
—Tenía entendido que habían roto.
—Pues no lo parece.
—Ahora que lo pienso, creo que oí decir algo la primavera pasada —dijo Sybil.
—Sí, ya me acuerdo. Brenda se encaprichó de un hombre fuera de lo normal. Ahora no recuerdo de quién, sólo sé que era alguien fuera de lo normal.
—¿Eso no fue su hermana Marjorie?
—Oh, qué va, ella estaba con Robin Beasley.
—Claro, por supuesto… A Brenda se la ve bien.
—Mira que perder esa oportunidad. Pero ya no creo que le queden energías para intentar nada más.
En la mesa de Brenda y Tony estaban diciendo:
—Quisiera que fueses tú a verla.
—No, eres tú quien ha de ir.
—Está bien. Iré a verla yo.
Tony tenía que ver a la señora Beaver en relación con el piso. Desde su regreso habían estado intentando realquilarlo, y la señora Beaver les había comunicado recientemente que había un posible inquilino a la vista.
Así pues, mientras Brenda estaba en el médico (se había quedado embarazada), Tony se acercó hasta la tienda.
La señora Beaver estaba rodeada de un nuevo modelo de pantalla hecho de celofán y corcho.
—Señor Last, ¿cómo está usted? —dijo, en un tono bastante formal—. No nos veíamos desde aquel divino fin de semana en Hetton.
—Me han dicho que ha encontrado usted un inquilino para el piso.
—Eso creo. Se trata de un joven primo de Viola Chasm. Naturalmente, me temo que tendrá usted que hacer un pequeño sacrificio. Verá, esos pisos han resultado ser demasiado populares, no sé si me entiende. Había tanta demanda que muchas otras empresas han puesto pisos a la venta y, claro, los alquileres han caído en picado. Ahora todo el mundo coge pisos de esas características, pero los especuladores los están alquilando a precios competitivos. El nuevo inquilino pagará solamente dos libras con quince a la semana, e insiste en que se lo pinten de arriba abajo. De eso nos encargamos nosotros, por supuesto. Creo que podemos dejarlo muy bien por unas cincuenta libras.
—Mire —dijo Tony—, he estado pensando y creo que es una cosa bastante útil, eso de tener un piso de estas características.
—Necesario, diría yo.
—En efecto. Sabe, creo que me lo quedaré. El único problema es que a mi esposa le da cierto reparo el alquiler. Mi idea es utilizarlo en vez del club cuando venga a Londres. Me saldrá más barato y es mucho más cómodo en todos los sentidos. Pero cabe la posibilidad de que mi mujer no lo vea así… De hecho…
—Le entiendo perfectamente.
—Creo que sería preferible que mi nombre no apareciera en la placa que hay en la planta baja.
—Naturalmente, señor Last. Varios de mis inquilinos han tomado esa misma precaución.
—Bien, entonces todo aclarado.
—No se hable más. Digo yo que tal vez querrá contar usted con algún que otro mueble, un escritorio, por ejemplo.
—Sí, supongo que sería conveniente.
—Le enviaré uno. Creo que sé lo que le puede ir bien.
El escritorio llegó la semana siguiente. Costaba dieciocho libras; el mismo día pintaron un nombre nuevo en la placa.
Y, en cuanto al precio del escritorio, la señora Beaver mostró la más absoluta discreción.
Tony se encontró con Brenda en casa de Marjorie y tomaron el tren de la noche juntos.
—¿Te has deshecho del piso? —preguntó ella.
—Sí, todo arreglado.
—¿La señora Beaver estuvo correcta?
—Correctísima.
—Bueno, entonces se acabó la historia —dijo Brenda. Y el tren aceleró en la noche camino de Hetton.