Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

perdiendo pie (spanish)

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I
Rip había alcanzado una edad respetable y ya no le apetecía conocer gente nueva. Llevaba una vida apacible a caballo de Nueva York y las zonas más americanizadas de Europa, y, en todas partes, eligiendo la temporada, solía coincidir con suficientes viejos conocidos como para que lo entretuvieran sin tener que esforzarse. Hacía al menos quince años que, la primera semana de su visita a Londres, cenaba con Margot Metroland, y siempre sabía que iba a encontrar seis u ocho caras acogedoras. Cierto es que también había caras desconocidas, pero ninguna de ellas había dejado mayor rastro en su memoria que un cambio de sirvientes en el hotel donde se hospedaba.
Sin embargo, aquella noche en particular, cuando entró en el salón, y antes de haber saludado de palabra a su anfitriona o, con un gesto de cabeza, a Alastair Trumptington, fue consciente de algo extraño y perturbador. Un vistazo a su alrededor confirmó su alarma. Todos los hombres estaban de pie salvo uno; eran en su mayoría viejos amigos, entre los cuales había también varios jóvenes nuevos, desgarbados, del todo insignificantes, pero la persona que estaba sentada atrajo de inmediato su atención dejándolo con un rictus de sonrisa en los labios. Se trataba de un hombre ya mayor, obeso, casi calvo, con una cara pálida y anchísima que parecía desbordarse más allá de los límites normales. Era como la señora Hipopótamo de la tira cómica Tiger Tim; era como una pechera de camisa en una caricatura de Du Maurier; unos labios carmesíes sonreían con afectación entre la masa carnosa; y, en la parte superior, unos ojos que tenían una mirada furtiva, desdeñosa, como la de un mayordomo provisional al que pillaran robando camisas.
Lady Metroland no solía presentar mutuamente a sus invitados por no ofender su reserva.
—Mi querido Rip —dijo—, cuánto me alegro de verle. Fíjese, he reunido a todo el clan para la ocasión. —Luego, percatándose de que él no dejaba de mirar al desconocido, añadió—: Doctor Kakophilos, le presento al señor Van Winkle. El doctor —continuó— es un gran mago. Lo ha traído Norah, vaya usted a saber por qué.
—¿Un gran vago?
—No, no, «mago». Según Norah no hay nada que no pueda hacer.
—¿Cómo está usted? —dijo Rip.
—Haz lo que quieras y será toda la ley —contestó el doctor Kakophilos con voz fina y marcado acento cockney.
—¿Cómo dice?
—No es necesario responder. Si lo desea, es correcto decir «Amor es ley, amor bajo dominio de la voluntad».
—Ah, ya veo.
—Considérese usted bienaventurado, porque la mayoría de los hombres son ciegos.
—Haremos una cosa —dijo lady Metroland—. ¿Qué les parece si cenamos un poco?
Rip necesitó una hora de copiosa comida y bebida abundante para serenarse. Se hallaba bien situado en la mesa: estaba sentado entre dos mujeres casadas de su misma generación, con las cuales, en un momento u otro, había tenido sendas aventuras; pero ni siquiera su jovial cotilleo consiguió distraerle del todo y, a cada momento, sus ojos se movían hacia el doctor Kakophilos que, unos diez asientos más allá, le estaba sorbiendo el seso a una sobrecogida debutante de ojos saltones. Más tarde, sin embargo, el vino y los recuerdos empezaron a hacer su efecto: se acordó de que había sido educado en la fe católica y que, por tanto, no tenía por qué temer a la magia negra. Era rico, se dijo, y gozaba de buena salud; ninguna de sus antiguas mujeres le tenía inquina (¿y qué mejor señal de buen carácter que eso?); recordó también que era su primera semana en Londres y que estaba rodeado de casi todas las personas que mejor le caían; y que el vino corría de tal manera que ya no se fijaba en lo excelente que era. Al poco rato tenía a seis de sus vecinos escuchándole relatar anécdotas divertidas con su voz templada y perezosa; se apercibió, con un estremecimiento eléctrico ya conocido, de que había captado la atención de una dama que se sentaba frente a él y en quien había reparado el verano anterior estando en Venecia, y dos años antes en París; bebió mucho más aún y se olvidó por completo del doctor Kakophilos.
Al cabo de un rato, y casi sin que se diera cuenta, las damas abandonaron el comedor, y Rip se encontró con una copa de coñac y un cigarro puro en la mano, retrepado en su silla y hablando con lord Metroland quizá por primera vez en la vida. Le estaba explicando algo sobre caza mayor cuando se percató de una presencia, como una fría corriente de aire. Al volver la cabeza vio que el doctor Kakophilos se le había acercado furtivamente.
—Esta noche me acompañarán a casa —dijo el mago—, usted y sir Alastair…
—¡Y un cuerno! —dijo Rip.
—Un cuerno —repitió el doctor, y las palabras cobraron nuevo significado en su atroz acento cockney—. Les necesito.
—Quizá deberíamos ir subiendo —dijo lord Metroland—, o Margot se impacientará.
Rip pasó el resto de la velada sumido en una agradable neblina. Recordaba a Margot explicándole discretamente que Norah y aquella chica tontita habían tenido una escena a causa del doctor Kakophilos y que cada cual se había marchado a su casa muy enfadada. La fiesta se fue vaciando hasta que se encontró a solas con Alastair Trumptington bebiendo whisky en el pequeño salón. Se despidieron y bajaron la escalera cogidos del brazo.
—Le dejaré en casa, muchacho.
—No, muchacho. Yo le dejaré a usted en la suya.
—Me gusta conducir de noche.
—Lo mismo digo, muchacho.
Estaban en los escalones de la entrada cuando una fría voz de acento cockney se inmiscuyó en su amistosa discusión.
—¿Podrían dejarme a mí? —Un ser horrible envuelto en una capa negra se les había aparecido de golpe.
—¿Adónde quiere usted ir? —preguntó Alastair con un gesto de fastidio
El doctor Kakophilos dio una dirección en Bloomsbury.
—Lo siento, amigo, pero eso se aparta mucho de mi camino.
—Y del mío.
—¿No acaba usted de decir que le gusta conducir de noche?
—¡Cielo santo! Está bien, suba.
Y partieron los tres juntos.
Rip no sabía muy bien a santo de qué acabaron subiendo Alastair y él a casa del doctor Kakophilos. Desde luego, no fue para tomar una copa, porque en la sala de estar no había botellas de ninguna clase; tampoco sabía por qué de repente el doctor Kakophilos llevaba puesto un batín rojo con símbolos bordados en hilo de oro y, en la cabeza, un gorro cónico también rojo. Sólo advirtió de manera repentina el cambio de indumentaria; y, al percatarse de ello, le entró una risa incontrolable, tanto es así que hubo de sentarse en la cama. Alastair empezó a reír también, y ambos estuvieron un buen rato riendo sentados en la cama.
Pero de pronto Rip vio que ya no se reían y que el doctor Kakophilos, todavía en aquel atuendo sacerdotal tan sumamente ridículo, les estaba hablando sobre el tiempo, la materia, el espíritu y un montón de cosas más a las que Rip no había dedicado un solo pensamiento en sus cuarenta y tres años.
—Por lo tanto —decía Kakophilos—, deben respirar el fuego e invocar a Omraz, espíritu liberador, y retroceder a través de los siglos a fin de recuperar toda esa sabiduría que el racionalismo ha echado a perder. Los he elegido a ustedes porque son los dos hombres más ignorantes que jamás haya conocido. Mis conocimientos son demasiado grandes como para que arriesgue yo mi pellejo. Si no vuelven, no se habrá perdido nada.
—Eh, oiga —dijo Alastair.
—Y, por si fuera poco, están los dos borrachos —añadió el doctor Kakophilos, volviendo repentinamente a un tono coloquial. Enseguida se puso poético otra vez y Rip bostezó. Alastair, también.
—Es usted muy amable diciéndonos todo esto, muchacho —dijo finalmente Rip—. Pasaré otro día para que me cuente el resto. Es que ahora tengo que marcharme.
—Y yo —dijo Alastair—. Ha sido una velada muy interesante.
El doctor Kakophilos se quitó el gorro cónico y se pasó la mano por la húmeda y pelada cabeza. Luego miró con enorme y no disimulado desdén a sus invitados.
—¡Borrachines! —dijo—. Son partícipes de un misterio que escapa a su comprensión. Dentro de unos minutos sus ebrios pasos abarcarán los siglos. Dígame, sir Alastair —continuó, con el rostro iluminado ahora por una falsa, espectral cortesía—, ¿tiene alguna preferencia en lo que respecta a su traslación? Puede elegir el siglo que quiera.
—Oh, estupendo, es un detalle de su parte… Pero, verá usted, la historia nunca fue mi fuerte.
—Vamos, diga.
—Cualquier época, da lo mismo. ¿Qué tal la de Ethelred el Desprevenido? Siempre sentí debilidad por ese rey.
—¿Qué dice usted, señor Van Winkle?
—Si es preciso cambiar de época, y siendo norteamericano, preferiría ir hacia adelante. Pongamos unos quinientos años.
El doctor Kakophilos se irguió cuan alto era y dijo:
—Haz lo que quieras y será toda la ley.
—Ésa me la sé: «Amor es, ley; Amor bajo dominio de la voluntad».
—La de rato que hemos estado en esa casa —dijo Alastair cuando por fin llegaron al Bentley—. ¡Y menudo embaucador! Eso nos pasa por empinar demasiado el codo.
—Pues a mí me vendría bien otra copita —dijo Rip—. ¿Sabe de algún sitio?
—Desde luego. —Y, al torcer en la primera esquina, Alastair se estrelló de lado contra una camioneta de correos que bajaba por Shaftesbury a setenta kilómetros por hora.
Cuando Rip se puso de pie, mareado, pero, a primera vista, sin daños específicos, no le sorprendió nada observar que ambos vehículos habían desaparecido.
Sin embargo, había muchas cosas que sí le sorprendían; una brisa ligera, un cielo límpido y tachonado de estrellas, un amplio horizonte libre de edificios. En su último cuarto, la luna flotaba a ras de un bosquecillo, iluminando una pendiente de césped irregular y un rebaño de ovejas que tascaban tranquilamente las juncias cerca de Piccadilly Circus, y, más allá, se reflejaba en un estanque quieto del que asomaba algún que otro carrizo.
Instintivamente, pues, de tanto vino que había ingerido, le ardían los ojos y la cabeza y notaba la boca seca y con un sabor rancio, Rip se aproximó al agua. Sus zapatos se hundían más y más a cada paso y eso le hizo detenerse. Allí delante estaba la estación del tren metropolitano, transformada ahora en una ruina de Piranesi: una abertura negra poblada de helechos y unos escalones desmoronados que bajaban hasta un agua negra. Eros había desaparecido, pero quedaba el pedestal encima de los carrizos, cubierto de musgo y muy deteriorado.
—¡Córcholis! —dijo lentamente el señor Van Winkle—: el siglo veinticinco.
Franqueó la boca del metro y luego, arrodillándose en el resbaladizo quinto peldaño, sumergió la cabeza en el agua.
En torno a él, a excepción del rítmico y apenas audible masticar de las ovejas, la quietud era absoluta. Unas nubes taparon la luna y Rip sintió temor al verse envuelto en tiniebla; las nubes pasaron de largo y Rip salió al espacio iluminado, abandonó la gruta y subió a un montículo de hierba en la esquina de Haymarket.
Entre los árboles, hacia el sur, distinguió la línea plateada del río. Con cautela, pues el terreno estaba lleno de hoyos y grietas, cruzó las antiguas plazas de Leicester y Trafalgar. Grandes llanos fangosos, anegados por la marea alta, se extendían desde allí hasta el Strand, y, en la linde de barro y juncias, había un grupito de cabañas edificadas sobre estacas, e inaccesibles, porque sus propietarios habían retirado las escaleras de mano al ponerse el sol. Dos fogatas, casi extinguidas, refulgían sobre plataformas de tierra batida. Un guardia zarrapastroso dormía con la cabeza apoyada en las rodillas. Dos o tres perros merodeaban en busca de comida, pero como la brisa soplaba de la ribera, y pese a que Rip había hecho ruido al acercarse, los perros no ladraron. Una calma ilimitada rodeaba aquellos monstruosos volúmenes de mampostería y cemento invadidos por la hierba. Rip se acuclilló en una hondonada a la espera de que amaneciera.
Era aún noche cerrada, oscuro como boca de lobo desde que la luna había desaparecido, cuando los gallos empezaron a cantar —una veintena o más, calculó Rip— desde más abajo de la aldea. El centinela despertó y lo primero que hizo fue remover los rescoldos, levantando una rociada de chispas.
Al rato, un hilo de luz apareció aguas abajo, ensanchándose poco a poco para formar un delicado amanecer estival. A su alrededor empezaron a cantar pájaros. En las pequeñas plataformas, frente a sus viviendas, aparecieron familias desgreñadas: mujeres rascándose la cabeza, sacudiendo mantas, niños desnudos. Colocaron escaleras hechas de cuero y palos; dos o tres mujeres descendieron hasta el río con cazos de barro cocido para coger agua, chapoteando con las faldas subidas hasta la cintura.
Desde donde se encontraba, Rip pudo ver el poblado entero. Las cabañas se extendían a lo largo de casi un kilómetro en fila india, siguiendo el curso del río. Había unas cincuenta, todas ellas similares y del mismo tamaño, hechas de cañas y barro con tejados forrados de pieles de animal; parecían robustas y en buen estado de conservación. Varadas junto a la marisma, había como una docena de canoas; unas eran troncos de árbol vaciados, otras parecían hechas de cestería revestida de pieles. La gente era de tez clara y pelo rubio, pero greñudo, y sus movimientos eran bruscos como los de seres salvajes. Hablaban despacio en el tono cantarín de una raza iletrada que depende de la tradición oral para preservar su folclor.
Las palabras, aun siendo ininteligibles, no le eran extrañas. Rip estuvo más de una hora observando a los habitantes del poblado mientras iniciaban sus quehaceres del día: vio cómo colgaban marmitas sobre las lumbres, cómo los hombres bajaban a la orilla y murmuraban junto a sus canoas con gesto sabio, como hacen los estibadores, vio cómo los niños se descolgaban por las estacas de las casas hasta los desperdicios, y, quizá por primera vez en su vida, le asaltaron dudas sobre lo que debía hacer. Luego, con toda la determinación que las circunstancias le permitían, echó a andar hacia el poblado.
El efecto fue instantáneo. Mujeres corriendo a proteger a sus niños, una estampida general hacia las escaleras de mano. Los hombres que estaban en las barcas dejaron sus aparejos y remontaron pesadamente la ribera. Rip sonrió y continuó andando. Los hombres se congregaron, al parecer dispuestos a no moverse de allí. Rip juntó las manos y las levantó agitándolas con gesto cordial sobre la cabeza, como había visto hacer a los púgiles al subir al cuadrilátero. Aquellos hombres greñudos no parecieron entender nada.
—Buenos días —dijo Rip—. ¿Esto es Londres?
Los hombres se miraron unos a otros, y uno muy viejo de barba blanca soltó una risita. Tras una larguísima espera, el jefe del grupo asintió con la cabeza y dijo: «Sí, Lodre». Habían ido formando corro a su alrededor, hasta que, armándose de valor, se le acercaron más hombres y empezaron a tocar aquellas prendas tan extrañas, a palpar la textura de su arrugada camisa con uñas como garras, a tironear sus botones. Entretanto, las mujeres chillaban excitadas desde las casas. Cuando Rip miró sonriendo hacia allí, se metieron todas en los portales, atisbando después desde el interior de sus viviendas. Rip, además de mareado, se sentía indeciblemente tonto. Los hombres estaban hablando de él; se pusieron en cuclillas y empezaron a discutir sin vivacidad ni convicción. De vez en cuando, captaba alguna palabra: «blanco», «jefe negro», «trueque», pero por lo demás su jerga le resultaba incomprensible. Rip se sentó en el suelo. Las voces subían y bajaban litúrgicamente. Cerró los ojos e hizo un esfuerzo desesperado por despertar de aquella absurda pesadilla.
—Estoy en Londres, en mil novecientos treinta y tres, me hospedo en el hotel Ritz. Anoche bebí demasiado durante la fiesta en casa de Margot. En el futuro debo de tener más cuidado. No pasa nada. Vivo en el Ritz y estamos en el año mil novecientos treinta y tres.
Lo repitió una y otra vez, cerrando sus sentidos a todo estímulo exterior, obligándose a recobrar la cordura. Por fin, totalmente convencido, levantó la cabeza y abrió los ojos… El río de buena mañana, una hilera de chozas, un corro de imperturbables barbudos…
II
No hay que suponer que quien ha dado un ágil salto de quinientos años vaya a fijarse mucho en el decurso de los días y las noches. En su desganada lectura, Rip se había encontrado a menudo con frases tales como «A partir de aquel momento el tiempo dejó de contar para ella»; bueno, al menos sabía qué habían querido decir con eso. Vivió un tiempo a buen recaudo entre aquellos londinenses; le alimentaban con pescado, un pan basto y una cerveza viscosa que se subía enseguida a la cabeza; con frecuencia, al caer la tarde, cuando terminaba la jornada de trabajo, las mujeres del poblado formaban un pequeño corro a su alrededor y observaban todos sus movimientos con extremada curiosidad; unas veces se las veía impacientes (en una ocasión, una joven matrona regordeta se le acercó y le pellizcó el pelo), pero por regla general actuaban con timidez, y ante cualquier movimiento extraño se reían o salían huyendo.
La cautividad debió de durar muchos días; Rip sólo era consciente de que estaba vigilado y de que todo era extraño.
Se produjo entonces otro revuelo: la llegada del jefe. Fue un día de enorme agitación en el poblado; apareció una gran embarcación propulsada mecánicamente y provista de un toldo y una bandera; la tripulación estaba formada por negros, todos ellos muy puestos con sus uniformes de cuero y pieles animales, pese a que estaban en pleno verano; uno de ellos impartía órdenes en voz baja, pero altanera. Los londinenses sacaron unos sacos de sus cabañas y extendieron sobre la arena las cosas que habían rescatado cavando entre las ruinas: piezas de máquinas, adornos, porcelana, cristalería, tallas en piedra, alhajas y cachivaches que confiaban en que tendrían algún valor. Los negros bajaron a tierra balas de tela gruesa, utensilios de cocina, anzuelos, navajas, hachas; a todo esto le siguió un acalorado trueque, terminado el cual los objetos rescatados de las ruinas fueron reunidos e izados a la lancha. Rip fue conducido ante los negros, que, tras inspeccionarlo minuciosamente, lo hicieron subir también a bordo.
Fantasmagórica travesía río abajo; Rip aposentado sobre el cargamento; el jefe del grupo dando imperturbables caladas a un puro. Pararon en algunos poblados, más pequeños que Londres, pero construidos según el mismo diseño. En ellos, ingleses curiosos se congregaban en las riberas y se acercaban remando a ver a Rip hasta que les ordenaban perentoriamente no aproximarse más. El viaje de pesadilla continuó.
Llegada a la costa; un puesto militar de grandes dimensiones; uniformes de cuero y pieles; caras negras; banderas; saludos marciales. Un malecón al que estaba amarrado un barco de vapor; cuarteles, la sede del gobernador. Un antropólogo negro con unas gafas enormes. Las impresiones eran cada vez más vívidas y más breves; destellos de luz como si relampagueara. Alguien empeñándose en hablar con Rip. Pronunciando muy despacio palabras en inglés; leyéndole algo de un libro, palabras familiares dichas con un acento fuera de lo normal; un negro tratando de leerle Shakespeare. Alguien le tomó la medida del cráneo con un calibrador. Oscuridad y desesperación crecientes; vigilancia y extrañeza; momentos de iluminación menos frecuentes y más fantásticos.
De noche, cuando despertaba y se quedaba a solas con sus pensamientos, bastante lúcido y desesperado, Rip decía: «Esto no es un sueño; simplemente me he vuelto loco». Después otra vez negrura y cosas raras.
Oficiales y funcionarios iban y venían. Se hablaba de mandarlo «a casa». «A casa», pensó Rip y se imaginó, más allá de la siguiente población, de forma vaga y a lo lejos, la pulcra sucesión de insulsos aposentos con calefacción a vapor, los mamparos de camarote y las cubiertas de paseo, los casinos y bares y restaurantes que eran «su casa».
Y, más tarde —cuánto más, le fue imposible saberlo—, algo nuevo e intemporal: la palabra «Misión» pintada en una tabla de madera; un negro vestido de fraile dominico… y una creciente claridad. Rip supo que de aquella extrañeza general había surgido algo familiar, una forma en medio del caos. Allí había algo, estaba pasando algo que Rip conocía; algo que veinticinco siglos no había alterado; era algo de su propia infancia que sobrevivía a la edad del mundo. Dentro de una iglesia hecha de troncos, en la población costera, se hallaba Rip acuclillado entre los fieles indígenas, algunos de los cuales vestían uniformes de desecho; las mujeres llevaban hábitos como de monja; lo rodeaban hombres blancos desgreñados con la vista fija —y cara de no entender— en el extremo de la sala donde ardían dos cirios. El sacerdote volvió hacia ellos su anodino rostro negro.
—Ite missa est.
III
Hasta varios días después del accidente Rip no se sintió en condiciones de hablar. Luego preguntó por el sacerdote al que había visto nada más recobrar el conocimiento.
—Lo que no alcanzo a entender, padre, es cómo estaba usted allí.
—Me avisaron para que fuese a ver a sir Alastair. Aunque no estaba muy grave, el choque lo había dejado inconsciente. Se salvaron ustedes por los pelos. Me extrañó que sir Alastair preguntara por mí. Él no es católico, pero parece que mientras estaba sin sentido tuvo una especie de sueño que le empujó a entrevistarse con un sacerdote. Después me dijeron que usted también estaba aquí, y por eso vine.
Rip pensó un poco. Todavía se mareaba cuando intentaba pensar.
—O sea que Alastair también tuvo un sueño, ¿no?
—Sí, algo relacionado con la Edad Media. Fue por eso por lo que preguntó por mí.
—Padre —dijo Rip—, quisiera confesarme… He tenido una experiencia con la magia negra…