Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

montando guardia (spanish)

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I
Millicent Blade poseía una extraordinaria melena de un rubio natural; era de temperamento dócil y cariñoso y la expresión de su cara podía cambiar a velocidad de vértigo de la afabilidad a la risa y de ésta a un respetuoso interés. Pero el rasgo que, más que ningún otro, la hacía tan querida al contingente masculino anglosajón era su nariz.
No era una nariz a gusto de todo el mundo; muchos prefieren que la nariz tenga más cuerpo; tampoco era una nariz para seducir a un pintor, por ser demasiado pequeña y tener una forma poco definida; era más bien un simple pegote de masilla sin estructura ósea aparente; una nariz que hacía imposible que su portadora se mostrase altiva, autoritaria o socarrona. No le habría cuadrado a una institutriz ni a una violonchelista, ni siquiera a una empleada de oficina de correos, pero a la señorita Blade le iba como anillo al dedo, pues era una nariz que penetraba la fina corteza superficial del corazón inglés para llegar hasta su caliente núcleo carnoso; una nariz capaz de devolver los pensamientos del contingente masculino inglés a los tiempos del colegio, a los paliduchos golfillos en quienes dicha nariz había derrochado sus primeros afectos, a recuerdos de vestuario y capilla y canotiers maltrechos. Tres de cada cinco ingleses, es verdad, se van volviendo más esnobs respecto a estas cosas con el paso de los años y prefieren una nariz que luzca mejor en público; pero dos de cada cinco es un promedio con el que cualquier chica de fortuna modesta puede darse razonablemente por satisfecha.
Hector la besó con reverencia en la punta de la nariz en cuestión. Al hacerlo sus sentidos se tambalearon y, en un momento de delirio, vio languidecer la tarde de noviembre, mientras la niebla virgen se extendía sobre los campos de juego; jóvenes acalorados en plena melé; jóvenes congelados en la línea de banda, zapateando sobre la rejilla de tablones, amasándose los dedos y —una vez libre la boca de restos de galleta— animando a su equipo hasta la extenuación.
—Me esperarás, ¿verdad? —dijo.
—Sí, cariño.
—¿Y me escribirás?
—Sí, cariño —respondió ella con menos convicción—, a veces… Al menos lo intentaré. Ya sabes que escribir no se me da muy bien.
—Pensaré en ti todo el tiempo que esté allá lejos —dijo Hector—. Va a ser horrible: millas y millas de intransitable camino de carro entre yo y el hombre blanco más próximo, un sol cegador, leones, mosquitos, indígenas hostiles, trabajar sin ayuda de sol a sol contra las fuerzas de la naturaleza, la fiebre, el cólera… Pero pronto estaré en condiciones de mandar a por ti.
—Sí, cariño.
—Seguro que será un éxito. He hablado de todo con Beckthorpe, que es el tipo que me vende la granja. Verás, hasta ahora la cosecha siempre ha fallado, primero fue el café, luego el sisal, después el tabaco; allí no se puede cultivar nada más, y el año que Beckthorpe plantó sisal, todo el mundo ganó una fortuna con el tabaco, pero el sisal no dio nada de nada. Después plantó tabaco, pero para entonces ya debería haberse pasado al café, y así siempre. Aguantó nueve años. Si uno echa cálculos matemáticos, dice Beckthorpe, dentro de tres años seguro que aciertas con el cultivo apropiado. No te lo puedo explicar, pero es un poco como la ruleta y todo eso, ¿sabes…? —Sí, cariño.
Hector miró aquella informe naricita a modo de botón móvil y se ensimismó otra vez… «¡Dale! ¡Dale!», y después del partido el olor de panecillos tostándose sobre una estufa en su estudio…
II
Aquella noche cenó con Beckthorpe y, durante la cena, le fue entrando el desánimo.
—Mañana a esta hora estaré en alta mar —dijo, mientras jugueteaba con su copa vacía de oporto.
—Vamos, muchacho, levante el ánimo —dijo Beckthorpe.
Hector se sirvió más oporto y observó con creciente aversión el maloliente comedor del club de su compañero. El último de sus horribles miembros había abandonado el salón y se hallaban a solas con su cena fría.
—Oiga, por cierto, he intentado hacer las cuentas; usted dijo que era dentro de tres años que todo iría bien, ¿verdad?
—En efecto, muchacho.
—Pues he revisado la suma y a mí me sale que no se arreglará hasta dentro de ochenta y un años.
—No, qué va. Será dentro de tres o nueve o, como máximo, veintisiete.
—¿Está seguro?
—Segurísimo.
—Bueno… Es que es muy duro marcharme sin Millie. Imagine que fueran ochenta y un años hasta tener una buena cosecha. Ninguna chica podría esperar tanto tiempo. Podría ser que apareciera otro fulano, usted ya me entiende.
—En la Edad Media utilizaban cinturones de castidad.
—Sí, ya lo sé. No crea que no lo he pensado, pero tiene que ser la mar de incómodo. Dudo de que Millie se pusiera una cosa de ésas, aunque yo supiera dónde conseguirla.
—Si estuviera en su lugar, muchacho, le regalaría algo.
—Pero si siempre le estoy haciendo regalos. Y ella los pierde o se le rompen o se olvida de dónde los ha metido.
—Ha de ser algo que ella tenga siempre a su lado. Algo que dure.
—¿Ochenta y un años?
—Bueno, pongamos veintisiete. Algo que le recuerde a usted.
—Podría darle una fotografía… Claro que en veintisiete años uno cambia bastante.
—No, no, nada de fotos, eso no serviría. Ya sé lo que le regalaría: un perro.
—¿Un perro?
—Sí, un cachorro sano que hubiera pasado el moquillo y tuviera aspecto de vivir muchos años. A lo mejor su novia podría ponerle Hector.
—¿Y eso sería una buena cosa, Beckthorpe?
—La mejor de todas, muchacho.
Y, al día siguiente, a primera hora, antes de tomar el tren que enlazaba con el barco, Hector fue a uno de los grandes almacenes de Londres y se dirigió al departamento de animales de cría.
—Quiero comprar un cachorro.
—Cómo no, señor. ¿Alguno en especial?
—Uno que viva mucho tiempo. Ochenta y un años, o al menos veintisiete.
El dependiente frunció el entrecejo.
—Bien, tenemos varios cachorros muy sanos —dijo—, pero ninguno de ellos lleva garantía. Ahora bien, si lo que busca es longevidad, permítame que le recomiende una tortuga. Viven muchísimos años y no hay que preocuparse por el tráfico.
—No, tiene que ser un perrito.
—¿Qué tal un loro?
—No, no, un perrito. Y, si es posible, que se llame Hector.
Dejando atrás monos, gatitos y cacatúas, fueron hasta la sección de perros donde, incluso a tan temprana hora, había ya un corro de extasiados admiradores. En sus pequeñas perreras con frontal de alambre había cachorros de todas clases: las orejas erguidas, los rabos en constante vaivén, solicitando ruidosamente la atención humana. De manera un tanto impulsiva, Hector se decidió por un caniche y, mientras el dependiente iba a buscar el cambio, se agachó para tener unos instantes de profunda comunicación con el animal elegido. Mirando fijamente aquella carita puntiaguda, esquivó un mordisco repentino y dijo, con gran solemnidad:
—Hector, tu misión es cuidar de Milly. Procura que no se case con otro hasta que yo regrese.
Y el Hector perruno agitó su penacho de cola.
III
Millicent fue a despedirle, pero, por un descuido, se equivocó de estación. De todos modos habría dado lo mismo, pues llegó veinte minutos tarde. Hector y el caniche estuvieron esperándola junto al andén, y, hasta que el tren no se puso en marcha, no dejó él al perrito en brazos de Beckthorpe pidiéndole que lo entregara en casa de Millicent. El equipaje con etiquetas para Mombasa, «Bienvenido a bordo», estaba ahora en la rejilla correspondiente sobre su cabeza, y Hector se sintió muy abandonado.
Aquella noche, mientras el barco cabeceaba de mala manera frente a los faros del canal de la Mancha, recibió un radiograma: Terriblemente apenada me equivoqué como una idiota y fui a Paddington muchísimas gracias por el perro es una monada papá lo cuida muchísimo impaciente por saber cosas de la granja no te enamores de la sirena del barco muchos besos Milly.
Surcando el mar Rojo recibió otro: Cuidado con las sirenas el perrito mordió a un tal Mike.
Después de eso Hector ya no tuvo más noticias de Millicent, aparte de una felicitación navideña que le llegó a finales de febrero.
IV
Por regla general, cuando Millicent se encaprichaba de un hombre joven, la cosa no iba más allá de cuatro meses. Que el proceso de conclusión fuera súbito o prolongado dependía de cuán lejos hubiera llegado el joven en ese tiempo. En el caso de Hector, el cariño de Millicent debería haber decrecido hacia el momento en que se prometieron; fue artificialmente alargado durante las siguientes tres semanas, durante las cuales él había hecho esfuerzos tan sobrehumanos como desafortunados por encontrar un empleo en Inglaterra; llegó a un brusco final con su partida rumbo a Kenia. En consecuencia, las obligaciones del cachorro Hector dieron comienzo no bien llegó a su nuevo hogar. Era muy joven para esa misión y carecía por completo de experiencia; no se le puede culpar por su error en lo concerniente a Mike Boswell.
Este joven mantenía una amistad sin el menor tinte de romance con Millicent desde que ésta había quedado libre. Había visto sus rubios cabellos bajo toda clase de luz, en interiores y al aire libre, remetido en sombreros según la moda del momento, atado con cintas, decorado con peinetas, vistosamente salpicado de flores; había visto su nariz respingarse en toda clase de climas e incluso, en alguna rara ocasión, había llegado a pellizcarla con el índice y el pulgar, y jamás se había sentido ni remotamente atraído por aquella chica.
Pero, como es lógico, no se podía esperar que el cachorro Hector supiera todas estas cosas. Él sólo sabía que dos días después de recibir órdenes reparó en un hombre alto, agradable y en edad casadera que trataba a su ama con esa familiaridad que, entre las chicas de la perrera con quienes se había criado, sólo significaba una cosa.
Los jovencitos estaban tomando el té. Hector se dedicó a observar desde su lugar en el sofá, aguantándose apenas los gruñidos. Luego, en medio de un intercambio de murmullos casi ininteligibles, se produjo un momento de clímax: Mike se inclinó al frente y le dio a Millicent una palmadita en la rodilla.
No fue un mordisco en todo regla, más bien un bocado, pero Hector tenía unos dientecitos que parecían agujas. Fue la brusquedad con que Mike retiró la mano lo que propició el daño. Después de soltar una maldición, se envolvió la mano con un pañuelo, y, a ruego de Millicent, mostró tres o cuatro heriditas minúsculas. Millicent tuvo palabras duras para Hector y tiernas para Mike, y luego fue corriendo al armarito de los medicamentos en busca del yodo.
Ahora bien, no hay inglés, por muy flemático que sea, que no se enamore —siquiera momentáneamente— si le aplican yodo en la mano.
Mike había visto la nariz en innumerables ocasiones, sí, pero aquella tarde, teniéndola tan cerca de su rasguñado pulgar mientras Millicent decía: «¿Te hago mucho daño?», viéndola elevarse hacia él mientras Millicent añadía: «Listo. Ya está hecha la cura», Mike vio transfigurarse aquel apéndice como les ocurría a sus devotos, y, a partir de entonces y hasta muy pasados los tres meses de atención que ella decidió otorgarle, Mike fue su obsesionado pretendiente.
Todo esto lo observó el cachorro Hector dándose cuenta de su error. Nunca, se juró, volvería a darle a Millicent la excusa de ir a buscar el frasco del yodo.
V
Era en general una tarea fácil, pues el carácter voluble de Millicent solía, por norma, generar una extremada irritación en sus amantes. Es más, ella adoraba al perro. Recibía noticias de Hector con regularidad, una carta a la semana, aunque solían llegar en grupos de tres o cuatro, según el correo. Las abría todas y las leía de cabo a rabo, pero su contenido la dejaba un tanto indiferente y, con el tiempo, su corresponsal fue relegado al olvido, de modo que cuando la gente preguntaba: «¿Cómo está Rector?», su respuesta solía ser: «Creo que no le sienta bien el calor, y tiene el pelo en muy mal estado. Estoy pensando en llevarlo a que lo pelen», en vez de: «Ha pasado la malaria y la cosecha de tabaco tiene gusano negro».
Aprovechándose del cariño que le había ido tomando, Hector desarrolló una técnica para tratar a los jóvenes admiradores de Millicent. Ya no les gruñía ni les ensuciaba los pantalones, pues con eso sólo conseguía que lo echaran: en cambio, vio que le resultaba cada vez más fácil arrogarse la conversación.
El momento más delicado del día era la hora del té, pues era entonces cuando a Millicent le dejaban recibir amigos en su salita de estar. Así pues, y aunque por constitución prefería los platos sustanciosos y picantes, Hector fingió una heroica debilidad por los terrones de azúcar. Habiendo puesto esto en evidencia, a despecho de sus problemas digestivos, no le costó fomentar en Millicent el gusto por los trucos; suplicaba, se tumbaba como muerto en el suelo, se ponía en el rincón y levantaba una patita a la altura de la oreja.
«¿Qué palabra forman las letras A, Z, U, C, A, R?», preguntaba Millicent, y Hector se acercaba a la mesa por el lado del azucarero y apoyaba en él el hocico, mirando intensamente mientras la plata se empañaba con la humedad de su aliento.
Y Millicent decía entonces, muy satisfecha: «Lo entiende todo».
Cuando fallaban los trucos, Hector exigía que le abrieran la puerta. El joven en cuestión se veía obligado a interrumpir lo que estaba diciendo para abrírsela. No bien estaba fuera, Hector arañaba la puerta para que lo dejaran entrar otra vez. En momentos de gran nerviosismo, fingía tener náuseas —cosa fácil con la desagradable dieta de terrones de azúcar; estiraba el pescuezo haciendo ruidosas arcadas, hasta que Millicent lo tomaba en brazos y lo llevaba al vestíbulo, cuyo suelo de mármol era menos vulnerable—, pero para entonces el ambiente de ternura entre la pareja se había hecho ya pedazos, sustituido por otro totalmente perjudicial para el galanteo.
Esta serie de recursos, convenientemente espaciados a lo largo de la tarde e impuestos con mucho tacto cuando el invitado parecía querer llevar la conversación hacia una fase más íntima, despistaban a todos los jóvenes candidatos haciendo que al final se marcharan desesperados y perplejos.
Cada mañana Hector se tumbaba en la cama de Millicent mientras ésta desayunaba y leía el periódico. Esta hora, de diez a once, la consagraba al teléfono y era entonces cuando los jóvenes con quienes había bailado la víspera trataban de renovar su amistad y hacer planes para el día. Al principio Hector intentó, con cierto éxito, impedir estas citas enredándose con el cable del teléfono, pero pronto se le ocurrió una técnica más sutil y más insultante: fingir que él también telefoneaba. Así, no bien el aparato empezaba a sonar, Hector meneaba la cola y ladeaba la cabeza de un modo que, como ya sabía, resultaba encantador. Millicent contestaba y entonces Hector se metía debajo de su brazo y arrimaba el hocico al auricular.
«Oye —decía ella—, aquí hay alguien que quiere hablar contigo. ¿No es un encanto?» Entonces bajaba un poco el auricular y el joven al otro extremo de la línea recibía una serie de estridentes ladridos. Todo esto le gustaba tanto a Millicent que muchas veces ni se molestaba en averiguar el nombre del otro, simplemente descolgaba y arrimaba el aparato al hocico de Hector, de modo que el pobre joven que estaba a un kilómetro de distancia, sintiéndose, probablemente, bastante mal a esa hora de la mañana, se veía conminado al silencio a golpe de ladrido antes de haber pronunciado una sola palabra.
En otras ocasiones, entusiasmados con la nariz, algunos jóvenes intentaban abordar a Millicent en Hyde Park cuando sacaba a Hector para que hiciera ejercicio. Al principio Hector se extraviaba, se peleaba con otros perros, mordía a algún niño, cualquier cosa con tal de llamar la atención, pero pronto decidió adoptar una medida más moderada. Insistió en llevar la bolsa de Millicent. Se ponía a andar delante de la pareja con su característico trote y, cuando juzgaba deseable una interrupción, soltaba la bolsa; al joven no le quedaba más remedio que recogerla y dársela primero a Millicent y luego, por petición de ésta, al perro. Pocos jóvenes eran tan serviles como para someterse a más de un paseo en condiciones tan degradantes.
Transcurrieron así dos años. Seguían llegando cartas de Kenia, cartas llenas de amor… y de pequeñas catástrofes: tizón en el sisal, plaga de langostas en el café, conflictos laborales, sequía, inundaciones, el gobierno local, el mercado mundial. Algunas veces Millicent le leía las cartas al perro, pero normalmente las dejaba sin leer en la bandeja del desayuno. Juntos, ella y Hector, llevaban a cabo la lenta rutina de la vida social inglesa. Allá donde ella iba con su nariz, dos de cada cinco hombres casaderos se enamoraban temporalmente de Millicent; allá donde Hector estaba presente, la pasión masculina se tornaba exasperación, engorro y aversión. Algunas madres empezaron a comentar con suficiencia que era curioso que la fascinante hija de los Blade no se hubiera casado aún.
VI
En el tercer año de aquel régimen surgió finalmente un problema nuevo en la persona de sir Alexander Dreadnought, militar, baronet y diputado, y Hector comprendió de inmediato que se enfrentaba a algo mucho más formidable que todo cuanto había abordado hasta entonces.
Sir Alexander tenía ya cuarenta y cinco años cumplidos y era viudo. Además de rico, popular e increíblemente paciente, era más o menos ilustre, no en vano compartía la propiedad de una jauría en las Midlands y ejercía de subsecretario de estado; su historial bélico daba fe de un sobresaliente valor. Los padres de Millie se alegraron mucho de que su nariz hubiera cautivado a sir Alexander. Hector la tomó con él desde el principio, puso en práctica todas las artimañas que había perfeccionado en dos años y medio… y no consiguió nada. Estratagemas que habían provocado paroxismos de disgusto en media docena de jóvenes sólo parecían acentuar la ternura de sir Alexander. Cuando se presentaba en casa para recoger a Millicent, siempre venía con los bolsillos llenos de terrones de azúcar; cuando a Hector le entraban las ganas de vomitar, allí estaba sir Alexander poniéndose de rodillas con una página del Times. En vista de ello, Hector recurrió a sus tempranas tácticas violentas y le mordió a menudo y fuerte, pero sir Alexander se limitaba a comentar: «Me parece que el señorito se está poniendo celoso. Un rasgo encantador por su parte».
Pues lo cierto era que sir Alexander había sido incordiado con saña desde sus primeros tiempos: por sus padres, sus hermanas, sus compañeros de colegio, el sargento y el coronel de su compañía, sus colegas de la política, su mujer, su colega propietario de la jauría, su agente electoral, sus electores e incluso su secretario particular en el Parlamento habían arremetido todos contra sir Alexander, y éste se lo tomaba como algo inevitable. Para él era la cosa más normal del mundo que sus tímpanos recibieran el ultraje de unos ladridos cuando telefoneaba a la joven de quien se había prendado; era un gran privilegio recoger del suelo el bolso de Millicent cuando Hector lo soltaba yendo de paseo por el parque; las pequeñas heridas que el perro pudiera infligirle en tobillos y muñecas eran para él cicatrices de caballero andante. En momentos especialmente ambiciosos hablaba de Hector como de su «pequeño rival». Sus intenciones no podían ser más claras, y cuando invitó a Millicent y a su mamá a su casa de campo, añadió al pie de la carta: «Por supuesto, hago extensiva la invitación al pequeño Hector».
La estancia de sábado a lunes en casa de sir Alexander fue una pesadilla para el caniche. Se afanó como nunca lo había hecho hasta entonces; no hubo truco o artimaña que no intentara a fin de hacer odiosa su presencia, pero todo fue en vano. Se entiende que en lo relativo a su anfitrión; el resto de la familia respondió bastante bien, y en un momento dado Hector recibió un puntapié cuando, por su propia mala cabeza, se encontró a solas con un lacayo a quien había conseguido sacar de quicio con una bandeja de tazas en la hora del té.
El proceder que hacía salir a Millicent humillada de tantas y tantas casas solariegas aquí se aceptaba mansamente. Había otros perros en la casa, animales más viejos y sobrios y bien educados sobre los que Hector no se privó de arrojarse; cuando oían sus desafiantes gañidos o sentían sus dientes en la oreja, ellos miraban hacia otro lado e iban a tumbarse con gesto lúgubre un poco más lejos. Sir Alexander los hizo encerrar para el resto de la visita.
Había en el comedor una interesante alfombra de Aubusson a la que Hector tuvo oportunidad de causar daños irreparables, pero sir Alexander no pareció percatarse de ello.
Después Hector encontró un animal muerto en los jardines, se revolcó a conciencia en la carroña —aunque era reacio a hacer esas cosas— y de regreso dejó su pestilencia en los asientos del comedor. Sir Alexander en persona ayudó a Millicent a lavarlo y aportó sus propias sales de baño para la operación.
Hector aulló toda la noche; se escondió y tuvo a media casa buscándolo con fanales; mató a unas crías de faisán e hizo un valiente intento con un pavo real. Todo en vano. Había evitado una proposición de matrimonio en toda regla —primero en el jardín de hierbas, luego camino de la caballeriza, una tercera vez mientras lo bañaban—, pero cuando llegó el lunes y oyó decir a sir Alexander: «Confío en que Hector no lo haya pasado del todo mal, porque espero verle muy, pero que muy a menudo», supo que había perdido la batalla.
Ya sólo era cuestión de esperar. En Londres, por las noches, le era imposible mantener a Millicent bajo observación. El día menos pensado se despertaría oyéndola comunicar por teléfono a sus amigas la noticia de su compromiso. Y así fue como, tras un largo conflicto de lealtades, Hector tomó una decisión a la desesperada. Se había encariñado de su joven ama; con frecuencia, teniendo muy cerca la cara de Millicent, había sentido compasión de la larga lista de jóvenes a quienes era su deber incordiar. Pero Hector no tenía nada de mestizo. Según el código de todo perro bien nacido, el dinero manda. Es el comprador, y no simplemente quien te alimenta o te acaricia, quien en última instancia merece fidelidad. La mano que en su día había sacado los billetes de cinco libras en la sección de animales vivos de aquellos grandes almacenes estaba labrando ahora el infértil suelo del África ecuatorial, pero en la memoria de Hector resonaba todavía el mensaje sacrosanto de su misión. Toda la noche del domingo y durante el trayecto de regreso el lunes por la mañana, Hector estuvo debatiéndose consigo mismo hasta tomar una determinación: hay que acabar con la nariz.
VII
Fue coser y cantar; un buen bocado en el momento en que ella se agachaba sobre la cesta donde Hector estaba echado, y misión cumplida. Millicent acudió a un cirujano plástico, de donde salió unas semanas más tarde sin rastro de cicatriz o puntos siquiera. Pero la nariz había cambiado; a su modo, el cirujano era un artista y, como he dicho más arriba, la nariz de Millicent no se distinguía por sus cualidades esculturales. Ahora tiene una nariz aristocrática, digna de la solterona en que pronto se va a convertir. Como todas las solteronas espera con ansiedad el correo de ultramar y guarda estrictamente bajo llave un cofrecito lleno de deprimente información agrícola; y como todas las solteronas va siempre acompañada de un viejo perro faldero.