lucy simmonds (spanish)
CAPÍTULO 2 DE LA NOVELA INACABADA «TRABAJO PENDIENTE»
I
Mi proyecto de instalarme en el campo fue bien acogido por mis amigos.
Todos esperaban sacar algún partido. Yo comprendía bien su actitud. Las casas de campo significaban algo singular e importante en la vida de cada uno de ellos, un entramado de refugios permanentes. En su mayoría habían ido abandonando el circuito de las relaciones sociales; el mundo campestre, para ellos, significaba no tanto una serie de invitaciones formales cuanto de prometedoras incursiones predatorias. Ellos estaban expuestos a grandes reveses; sus aposentos londinenses eran campamentos que podían ser atacados en cuestión de una hora, no bien fuera interrumpida la comunicación telefónica. Las casas de campo, en cambio, eran permanentes; cuando su propietario estaba en el extranjero, la casa permanecía allí con un par de sirvientes o, en el peor de los casos, con alguien de un chaletito cercano que iba a encender lumbre y abrir ventanas; alguien a quien, en caso necesario, se podía convencer de que hiciese también la cama y la limpieza. Eran lugares donde dejar a esposa e hijos durante temporadas largas, lugares adonde uno se retiraba para escribir un libro o pasar una enfermedad, o adonde en el transcurso de un romance uno podía llevar a la chica y, sirviéndole de guía y patrocinador de ese entorno desconocido, revestirse de una condición de propietario que, en el terreno neutral de Londres, resultaba imposible. Los dueños de estas casas eran, por naturaleza, una raza paciente, pero podían agriarse si se abusaba repetidamente de ellos. La llegada de sangre nueva a sus filas era siempre bien recibida; yo lo detecté en todas las miradas y no pude tomármelo a mal.
Su interés venía motivado además por otra cosa. Casi todos ellos —y, ya que estamos, también yo— profesaban un entusiasmo muy concreto por la arquitectura nacional. Era uno de los rasgos distintivos de mi generación, y ya se sabe que sobre gustos no hay disputas. De jóvenes habíamos podado tan a fondo nuestros sentimientos estéticos que, en muchos casos, habían revertido a la zarza original; ninguno de nosotros escribía o leía poesía, y, si lo hacíamos, se trataba de poemas que dejaban insatisfechos aquellos tristes anhelos semirrománticos, semiestéticos, típicamente británicos que, antiguamente, quedaban plasmados en otros tantos libritos encuadernados en piel. Cuando teníamos la vena poética, recurríamos a la arquitectura y le dábamos el lugar que nuestros padres otorgaban a la naturaleza; casi cualquier edificio servía, pero sobre todo aquellos de tradición clásica y, muy especialmente, en franco deterioro o sencillamente en ruinas. Era una especie de nostalgia por el estilo de vida que rechazábamos de manera enfática en los asuntos prácticos. Los prohombres de la sociedad whig adquirieron, a nuestros ojos, la importancia que en la época de Tennyson habían tenido los paladines del mito artúrico. No hubo otro momento de la historia en que hombres sin tierras pudieran hablar extensamente sobre jardines y paisajismo. Incluso el propio Roger comprometió su austeridad marxista hasta el punto de mantener al día su colección de obras de Batty Langley y William Halfpenny. «El núcleo de mi museo —explicó—. Cuando llegue la revolución, no tengo aspiraciones de convertirme en comisario ni en policía secreta: quiero ser director del Museo de Arte Burgués».
Estaba forzando demasiado el léxico marxista. Roger siempre fue así, se obsesionaba con palabras nuevas y las explotaba, deliberadamente, más allá de los límites de su significado. Ello respondía a alguna lúgubre necesidad interior de parodiar todo cuanto, provisionalmente, le pareciera venerable; siempre que le daba por ahí me hacía pensar en los chistes eclesiásticos de quienes están al borde de la melancolía religiosa. Roger pasaba por una fase así cuando nos conocimos.
Estando una noche en su casa, la conversación se centró exclusivamente en qué tipo de casa debía yo comprar. Estaba claro que mis amigos tenían para mí planes mucho más claros que los míos. Después de cenar, Roger sacó una calcografía de 1767 de Ermita al gusto chino. Era una cosa ridícula. «La llegó a construir —explicó Roger— y sigue todavía en pie, a unos tres kilómetros de Bath. El otro día fuimos a verla. Sólo habría que hacer unas reformas. Es la casa ideal para ti».
Todo el mundo pareció estar de acuerdo.
Sabía muy bien qué había querido decir. Era la casa ideal… para que la tuviese otro. Me estaba convirtiendo de explotador en explotado.
Pero Lucy dijo:
—Yo no veo para qué necesita John una casa así.
Cuando la oí decir estas palabras tuve una súbita sensación de placer: Lucy y yo estábamos en el mismo bando.
Roger y Lucy se habían convertido en mi interés principal durante los meses en que estuve esperando para instalarme en St. John’s Wood. Vivían en una casa amueblada en Victoria Square que habían alquilado por un período de tres años. «Mobiliario burgués», se había quejado Roger, dando más en el clavo de lo habitual en él. Metieron en un armario las maquetas de barco y las papeleras color rojo bombero y colocaron una prodigiosa radio-gramola; colgaron sus propios cuadros en lugar de los grabados de Bartolozzi, pero la casa seguía conservando el carácter y Roger y Lucy, cada cual a su manera, parecían fuera de lugar. Fue en esa casa donde Roger escribió su obra de teatro ideológica.
Se habían casado en noviembre. Yo había pasado todo el otoño anterior viajando sin rumbo y sin prisa antes de instalarme en Fez para trabajar durante el invierno. En septiembre, estando en Malta, me enteré de que Roger había empezado a salir con una joven rica y que estaba teniendo dificultades con la familia de ella; en Tetuán supe que se habían casado. Al parecer Roger le había ido detrás todo el verano sin que nosotros supiéramos nada. No conocí toda la historia hasta que llegué a Londres. Me la contó, no sin cierto resentimiento, Basil Seal, quien no en vano llevaba años a la búsqueda de una heredera y había pergeñado diversas teorías sobre el cómo y el dónde pescarlas. «Hay que ir a las provincias —solía decir—. En Londres hay demasiada competencia para tipos como nosotros. Las americanas y las coloniales miran la relación calidad-precio. Lo malo es que los muy ricos tienen una afinidad natural mutua. Se ve a cada momento: apestosa gente rica encontrando novio. ¿Y qué sucede? Pues sencillamente que doblan sus superimpuestos y ninguno de los dos sale ganando. Pero en las provincias respetan la inteligencia; les gusta que un hombre sea ambicioso, que se busque la vida a su manera. Allí abundan familias mercantiles bien asentadas que le asignan a su hija una dote de cien mil libras como si tal cosa, familias a las que el polo les importa un pimiento, pero que valoran mucho a un miembro del Parlamento. Ése es el sistema para entrarles: presentarse a diputado».
Coherente con este plan, Basil se había presentado tres veces; mejor dicho, en tres ocasiones había sido adoptado como candidato; en dos de ellas riñó con su comité antes de las elecciones. Al menos ésa fue la excusa que dio a sus amigos; de hecho, él también pensaba que era buena cosa ser miembro del Parlamento. Nunca llegó a entrar y seguía soltero. Una especie de truculenta honestidad, de la que nunca lograba desembarazarse del todo, se interponía siempre en su camino. Era amargo para él seguir viviendo en casa, dependiendo de su madre para los gastos, sometido al peligro de que ella lo empujara a aceptar empleos indeseables dos o tres veces al año, mientras Roger se había establecido ya apenas sin esfuerzo y se dedicaba a esperar cómodamente que llegara la Revolución Mundial.
Y no es que Lucy fuera tan rica, se apresuró a aclarar Basil, sino que había quedado huérfana a temprana edad y su fortuna, en principio modesta, se había doblado. «Cincuenta y ocho mil en acciones fiduciarias, muchacho. Yo quería que Lucy las rescatara y que luego me dejara administrar el dinero. Podría haberle conseguido un novio de lo mejor. Pero Roger dijo que de eso nada. Siempre se está quejando de que tal o cual cosa es burguesa, pero a mí nada me parece más burgués que un tres y medio por ciento».
—Oye, ¿Lucy es horrorosa? —pregunté.
—Qué va, eso es lo peor de todo. Es una chica estupenda. Lo mejor que podría desear cualquiera.
—¿Cómo es?
—¿Te acuerdas de Trixie?
—Vagamente.
—Pues nada que ver con ella.
Trixie había sido la última novia que había tenido Roger antes de Lucy. Se la había pasado Basil, que la recuperó al cabo de un par de semanas para pasársela finalmente a Roger otra vez. Trixie no le caía bien a nadie. Siempre daba la impresión de que no era tratada con el respeto a que estaba acostumbrada.
—¿Cómo fue que se liaron?
Basil me lo explicó al detalle, incapaz de ocultar su admiración por la duplicidad de Roger en este terreno. Todo el verano anterior, durante la segunda etapa Trixie, Roger había estado trabajándose a Lucy sin decirle nada a nadie. Recordé que de pronto se había vuelto un poco llamativo en lo concerniente a su atuendo, luciendo camisas oscuras y corbatas claras, y mostrando un aspecto general de artista que, de no haber sido él tan calvo, habría acompañado de una melena descuidada. Trixie explicó que había sentido vergüenza cuando en un bar se encontraron a unos primos de ella que estaban en las fuerzas aéreas. «Ahora le dirán a todo el mundo que salgo con un mariquita». Así que ésa fue la explicación. Que nos mostráramos todos de acuerdo hablaba mucho en favor de Roger.
Aunque pareciera inverosímil, lo cierto es que se habían conocido en un baile que había organizado un pariente de Roger en Pont Street. Él había ido a regañadientes, para completar la mesa en respuesta a un S.O.S. que había recibido media hora antes de la reunión. Alguien se había rajado. Hacía cinco o seis años que Roger no asistía a un salón de baile londinense y, como él mismo explicó después, el espectáculo de sus ineptos y granujientos colegas de menor edad le había imbuido de una autoestima que, dijo, debió de ser contagiosa. Le tocó sentarse al lado de Lucy en la cena. Era una chica muy joven, para nuestro grupo, pero para el de ella era casi antediluviana; en otras palabras, tenía veinticuatro años. Su tía llevaba seis mandándola a bailes y Lucy continuaba en un estrato medio y nada sofisticado de la vida mientras sus coetáneas se habían casado ya o se dedicaban a otras ocupaciones. La tía en cuestión ocupaba un puesto peculiar en relación con Lucy; la había criado y ahora se ocupaba de «darle un hogar», es decir, que sobrevivía en buena parte gracias al dinero de su sobrina. Tenía otras dos sobrinas más jóvenes, y era en gran parte por ellas que anualmente se trasladaban a Londres para la temporada. La tía era una señora de gran discreción y delicadeza en lo referente al matrimonio de Lucy. En un par de ocasiones había llegado a temer —sin motivo, como después se vio— que Lucy estuviera a un paso de «echarse a perder». Roger, sin embargo, era un caso que no admitía la menor duda. Todo cuanto la tía pudo saber de él era censurable; se opuso a Roger con la plena confianza que da una causa justa, pero carecía de armas adecuadas. En seis años de vida social Lucy no había conocido a nadie que se pareciera ni de lejos a Roger.
—Y él se ocupó de que ella no nos conociera —dijo Basil—. Oh, y Lucy piensa que es un gran escritor.
Era verdad. Al principio no creí a Basil, pero hube de aceptarlo cuando vi a Roger y a Lucy juntos. Para todos nosotros fue uno de los rasgos más desconcertantes de aquel matrimonio. No es sencillo explicar con exactitud por qué lo encontré tan chocante, casi escandaloso. Roger era un muy buen novelista, tan bueno a su manera como yo a la mía; si uno se ponía a pensar, era imposible nombrar a otro escritor vivo capaz de hacer lo que él hacía; no había ningún motivo para no poner sus libros a la altura de los más destacados escritores de antaño, ni para no especular sobre su fama en última instancia. Pero hacerlo se nos antojaba algo del peor de los gustos. Pensáramos lo que pensásemos, en secreto, de nuestro propio trabajo, en público siempre afirmábamos considerarlo una pesadez y calificábamos nuestros triunfos de meras imposturas al mundo en general. Decir lo contrario sería dar a entender que nos interesaban las cosas de los demás aparte de las nuestras; sería negar el principio del sauve qui peut que todos habíamos adoptado. Pero enseguida me di cuenta de que, a Lucy, esta postura le parecía incomprensible. Era una chica seria. Cuando hablábamos cínicamente de nuestro trabajo, ella simplemente rebajaba su opinión sobre éste y sobre nosotros; si tratábamos a Roger de la misma manera, ella lo tomaba como un detalle de mala educación. Cabe atribuir a Roger el mérito de haber detectado en ella esta idiosincrasia desde el primer momento y haber obrado en consecuencia. De ahí la indumentaria de joven estudiante y aquella monserga del Arte de la Transición. Lucy no había abandonado a sus primas sin pensarlo antes detenidamente. Comprendía perfectamente que, para ellas, un cierto tipo de felicidad dependía de que las siguiera manteniendo, pero también pensaba que era una injusticia que un hombre del talento de Roger se viera obligado a escribir guiones de cine y textos para anuncios. Roger supo convencerla de que una tanda de temporadas en Londres para luego casarse con un contable de buena y acaudalada familia no era la máxima aspiración posible. Además, ella estaba enamorada de Roger.
—O sea, que el pobre tipo ha tenido que convertirse otra vez en un intelectual —dijo Basil—. Igualito que en Oxford, cuando se metió en la Essay Society.
—Ella no parece entusiasmada con esa obra de teatro…
—Y no lo está. Es una chica con sentido crítico, y eso le va a dar a Roger muchos quebraderos de cabeza.
Ésta era la versión del matrimonio según Basil, y, en lo sustancial, se atenía a la verdad. Omitía, sin embargo, como no podía ser menos viniendo de Basil, la consideración de que Roger estaba, a su manera, enamorado de Lucy. El dinero era un atractivo secundario; a Roger le faltaba la mentalidad mediterránea que puede considerar el matrimonio una profesión honrada, seguramente porque carecía del respeto mediterráneo por la permanencia del vínculo. Cuando conoció a Lucy, obtenía ingresos considerables sin necesidad de grandes esfuerzos; no habría valido la pena tomarse tantas molestias solamente por la fortuna de ella. Tampoco esas molestias eran algo insólito; Roger solía aguantar muchos inconvenientes cuando perseguía a una chica. Sin ir más lejos, por conseguir a Trixie se aficionó un tiempo —tímidamente, eso sí— a las carreras de caballos. La vestimenta de artista y la conversación intelectual dan una idea de lo mucho que respetaba a Lucy. Aquellas cincuenta y ocho mil en acciones eran, qué duda cabe, lo que lo había empujado a llegar hasta el extremo de casarse, pero la motivación primordial y motor de la campaña procedía de la propia Lucy.
Escribir sobre alguien amado, sobre uno mismo amando, y, por encima de todo, sobre uno mismo como objeto del amor ajeno: ¿cómo hacerlo con propiedad? Es más, ¿cómo hacerlo? He tratado el tema del amor en mi obra publicada; lo he utilizado —con la avaricia, la envidia, la venganza— como uno de los puntales de la conducta humana. Lo he puesto por las nubes como algo duradero, apasionado y trágico; lo he puesto por los suelos como una modesta pero suficiente renta con la que recompensar a los justos; he hablado continuamente del amor como un juego de beneficios y pérdidas. ¿De qué vale todo esto a la hora de hacer algo tan sencillo como describir a la mujer que uno ama? ¿Cómo pueden verla los demás sino a través de los ojos de uno, y cómo, viéndola así, pueden pasar las páginas y cerrar el libro y seguir viviendo como hasta entonces, sin convertirse ellos mismos en el autor, en el que ama? Los catálogos de excelencias de la poesía romántica, esa publicidad competitiva, cada poeta superando al anterior con sus metáforas, ese folleto publicitario —cual lista de editores judíos en la prensa dominical—, el Cantar de los Cantares, ¿cómo concuerda todo eso con la voz del amor, el amor que se deleita en las flaquezas, que busca y llena los espacios vacíos y que se consume a sí mismo mediante el propio proceso de consumación? ¿De qué manera transcribir todos estos matices? El amor, que tiene una vida propia, sus horas de sueño y de vigilia, su salud y su enfermedad, su crecimiento, muerte e inmortalidad, su ignorancia y su conocimiento, experimentos y dominio. Entonces, ¿cómo relacionar a este desconocido, a este encapuchado, con las personas a cuyo paso camina? Es un problema que escapa al ámbito de las letras.
Basil me cuenta que en el código penal de Haití existe una disposición pensada para mitigar el desempleo, prohibiendo a los agricultores que saquen a los muertos de su tumba y los hagan trabajar en el campo. Algo semejante debería estipularse contra la utilización de hombres vivos en los libros. El álgebra de la ficción debe reducir sus problemas a símbolos si quiere que sean solubles. Suelo mirar con malos ojos cualquier obra que me recomienden en base a que sus «personajes están vivos». El vivo, la persona activa y de carne y hueso, no tiene lugar en la literatura. Como mucho, el autor recurrirá a una especie de fauna dickensiana, personajes que vivirán en la oscuridad, tras las rejas, para ser puestos en libertad dos veces por noche a fin de que estiren las piernas bajo las lámparas de arco; salen tras el chasquido del látigo, deslumbrados, medio sordos, drogados, se revuelcan en sus artimañas y regresan correteando a las jaulas dentro de las cuales tiene lugar, lejos de la vista del público, el verdadero quehacer de la vida, que no es sino comer y aparearse. «¿Y los leones están vivos de verdad?» «Sí, cariño». «¿Se nos comerán?» «No, cariño, el hombre no lo permitirá»; he aquí lo que los críticos suelen querer decir cuando hablan de «vida». El recurso clásico alternativo es tomar al hombre entero y reducirlo a una abstracción manejable. Plantéate una composición sencilla, concreta el punto de vista, haz que la figura tenga seis metros de alto o sea pequeña como el dedo pulgar: sobre la tela será de tamaño natural; cuelga la pintura en el rincón más oscuro, tu cielo seguirá siendo su única fuente de luz. Más allá de estos límites sólo quedan los botones de pantalón y el pelo artificial con que los futuristas adornaban sus cuadros. Si siempre me he esforzado por escribir a la manera clásica; ¿de qué otro modo podría escribir ahora sobre Lucy?
La conocí en persona cuando llevaba yo unas semanas en Londres; de hecho, fue a mi regreso de la semana que pasé en la costa. Había visto varias veces a Roger y él siempre me decía: «Tienes que venir a conocer a Lucy», pero estas vagas propuestas no se traslucían en nada, hasta que finalmente, lleno de curiosidad, me presenté con Basil sin previa invitación.
Me lo encontré en la biblioteca de Londres, a media tarde.
—¿Vas a ir a casa de los Simmonds? —preguntó Basil.
—Que yo sepa, no.
—Hoy dan una fiesta.
—Pues Roger no me ha dicho nada de nada.
—A mí me dijo que corriera la voz. Precisamente iba para allá. ¿Por qué no me acompañas?
Así pues, tomamos un taxi hasta Victoria Square, pagando yo.
A la postre resultó que Roger y Lucy no esperaban a nadie. Por las tardes, él trabajaba con un comité que, de alguna manera, se encargaba de enviar suministros al Ejército Rojo chino; Roger acababa de llegar y estaba dándose un baño. Lucy estaba escuchando las noticias de las seis en la radio.
—¿Os importa que la deje un momento encendida? —dijo—. Puede que haya algo sobre la huelga de estibadores en Madrás. Roger bajará enseguida.
Como no nos había ofrecido nada de beber, Basil dijo:
—¿Puedo ir a buscar el whisky?
—Desde luego. Qué estúpida soy. Siempre me olvido. Creo que en el comedor habrá un poco.
Basil fue a buscar el whisky y yo me quedé con Lucy en el salón de su piso de alquiler. Ella permaneció muy quieta escuchando la voz del locutor. Estaba ya de cinco meses —«Hasta Roger tiene que reconocer que eso es acción proletaria»—, pero de momento apenas si se le notaba el embarazo. Sin embargo, estaba pálida, más pálida de lo normal, supuse yo, y tenía esa expresión indiferente, un tanto engreída, que a veces acompaña a las primerizas. Me llegó la voz de Basil llamando desde fuera: «Roger, ¿dónde guardas el sacacorchos?» Cuando la radio empezó a dar los precios de las acciones, Lucy la apagó.
—No dicen nada de Madrás —comentó—. Pero a lo mejor no te interesa la política…
—No mucho —dije.
—Pocos amigos de Roger parecen tener interés en esas cosas.
—Bueno, para él es algo bastante nuevo, ¿no?
—Imagino que no habla de ello a no ser que piense que al otro le interesa.
Aquello era indignante, primero porque equivalía a afirmar que ella conocía a Roger mejor que yo, y segundo porque yo aún me resentía del infinito aburrimiento de las dos o tres últimas veces que me había visto con Roger.
—Nos harías a todos un gran favor si lograras que continúe así —dije.
Descubrir, cuando uno ha sido grosero, que sus palabras no han causado la menor sorpresa, es una muy dolorosa experiencia. He aquí lo que Lucy se limitó a decir:
—Tenemos que marcharnos enseguida. Vamos a Finsbury, al teatro, y la obra empieza a las siete.
—Qué hora tan intempestiva.
—Para los obreros, no —dijo ella—. Tienen que levantarse antes que nosotros, ¿entiendes?
En ese momento entraron Roger y Basil con las bebidas.
—Nos vamos —dijo Roger—. Hacen la Trilogía del Tractor en Finsbury. ¿Por qué no vienes? Supongo que podremos conseguir otra localidad, ¿no, Lucy?
—Lo dudo —dijo ella—. Estaban casi agotadas.
—Creo que no iré —dije.
—Bueno, pero podemos quedar después en el Café Royal.
—Haré lo posible —dije.
—¿De qué habéis hablado tú y Lucy?
—Escuchábamos las noticias —respondió ella—. No han dicho nada de Madrás.
—Seguramente han recibido la consigna de mantener la boca cerrada. Los del IDC tienen a la BBC en el bolsillo.
—¿El IDC? —pregunté yo.
—Imperial Defence College. Es el nuevo departamento criptofascista ultrasecreto. Están metidos hasta el cuello en ICI y las petroleras.
—¿ICI?
—Imperial Chemicals.
—Roger —dijo Lucy—, si no nos marchamos ya, no podremos comer nada.
—De acuerdo —dijo él—. Nos vemos luego en el Café. Esperé a que Lucy dijese algo alentador.
—Estaremos allí hacia las once —fue lo que dijo, y se puso a buscar el bolso entre los cojines de cretona.
—Dudo que pueda ir —dije.
—¿Vamos en el coche? —preguntó Roger.
—No. Le he dicho que se fuera. Lo he tenido rondando todo el día.
—Pediré un par de taxis.
—Podríamos dejar a Basil y a John en alguna parte —sugirió ella.
—No —dije yo—, que sean dos.
—Vamos a ir por Appenrodts —dijo Lucy.
—No me va bien —dije, aunque de hecho iban a pasar por la esquina de St. James’s hacia la que me dirigía.
—Yo voy con vosotros y miraré cómo os zampáis los bocadillos —dijo Basil.
Ése fue el final de nuestro primer encuentro. Me alejé sintiéndome a disgusto, especialmente por la manera en que ella cabía utilizado mi nombre de pila y consentido en que me reuniera después con los dos. Una chica corriente que quisiera ser desdeñosa habría guardado claramente las distancias y habría dicho «señor Plant», y yo habría recuperado parte del terreno perdido. Pero Lucy era intachable.
He visto fallar en este punto a muchas esposas jóvenes. O bien buscan una intimidad forzada con los amigos de sus cónyuges, reivindicando, por así decir, la continuidad y la identidad con los poderes del territorio invadido, o bien cancelan los pasaportes del viejo régimen y luego decretan que hay que solicitar nuevos documentos a las autoridades y que los solicitantes deben tratarse estrictamente en función de sus méritos. Lucy parecía ser ajena a cualquiera de los dos peligros. Yo me había presentado en un momento inoportuno y había sido bastante grosero, pero era amigo de Roger; los amigos de Roger eran para ella como de la familia, lo mismo que los de ella para Roger; teníamos palpables defectos que no era asunto suyo corregir; teníamos el derecho a presentarnos sin avisar, a pegar un grito pidiendo el sacacorchos, a sentarnos a cenar con ellos. La intrusión no era asunto a debatir. Se trataba simplemente de que, para ella, carecíamos de una existencia individual, separada. Como he dicho, su actitud era intachable, y altamente provocativa. En días sucesivos me sorprendí dedicando gran cantidad de tiempo —tiempo que, de por sí, me pesaba ya como una losa— a ver cómo podía modificarse aquella actitud en lo que a mí respectaba.
Mi primer paso fue invitarlos a comer. Estaba casi convencido de que ninguno de sus otros amigos —es decir, ninguno de aquellos de quienes yo deseaba apartarme— habría hecho tal cosa. Procedí de manera formal, con días de antelación, mediante carta a Lucy. Sabía que todo eso sorprendería a Roger, y no me extrañó cuando recibí su llamada.
—¿Qué es todo eso que me cuenta Lucy de que nos invitas a almorzar? —dijo.
—¿Podéis?
—Supongo que sí. Pero ¿a qué viene todo eso?
—Venir, no viene a nada. Sólo quiero que comamos juntos.
—¿Por qué?
—Bueno, es bastante normal, cuando se casa un amigo. Pura y simple cortesía.
—No tendrás ahí a alguno de esos horrendos forasteros con los que te hospedaste en el extranjero, ¿verdad?
—No, descuida.
—Mira, yo lo encuentro muy raro. Escribir una carta y todo eso…
Luego colgó.
Recibí respuesta de Lucy aceptando formalmente la invitación. No sé por qué, me esperaba una caligrafía de niña, redondeada, de la era post-copperplate; en cambio, escribía como un hombre. Me fijé en que había utilizado una estilográfica, algo nada propio de chicas.
Querido John:
Roger y yo estaremos encantados de almorzar contigo a la 1:30 en el Ritz el jueves de esta semana.
Atentamente,
Lucy Simmonds
¿No debería haber sido «un abrazo» después de ese «Querido John»? Me pregunté si ella habría dudado qué poner. Otra chica habría garabateado «Un saludo cordial» sin comprometerse a nada, pero la letra de Lucy no parecía propensa a semejantes evasiones. Al pie de mi nota, yo había puesto «Besos para Roger».
¿No era un tanto oficial, eso de repetir el lugar y la hora? ¿Había escrito nada más leer mi invitación, a vuela pluma, o se había llevado el capuchón de la estilográfica a la boca?
El papel, probablemente, lo había proporcionado el casero; un papel discreto y de buen gusto. Cuando lo olí, me pareció detectar un olorcillo a jabón.
Llegado este punto me impacienté conmigo mismo; era ridículo estar dándole vueltas a una tontería como ésa. Me puse a pensar en los otros posibles invitados. Desde luego, no podía decírselo a nadie de la cuadrilla que Lucy tenía catalogada como «amigos de Roger». Por otra parte debía quedar claro que la fiesta era para ella. Roger sería el primero en detectar que estaban siendo utilizados. Al final, después de pensarlo bien y de un par de fracasos, logré comprometer a una muy acreditada novelista de mediana edad y a Andrew Desert y señora, una pareja eminentemente sociable. Roger, al verlos, se quedó estupefacto. Durante la comida, noté los esfuerzos que hacía para entender qué pasaba allí, cuál era la razón de que me hubiera gastado cinco libras de una manera tan rara.
Yo disfruté de la fiesta. Lucy empezó hablando de mi padre y su pintura.
—Sí —dije—, ahora está muy de moda.
—Oh, no me refiero a eso —dijo ella, sinceramente sorprendida, y pasó a explicarme que había estado mirando un cuadro de mi padre expuesto en un escaparate de Duke Street, un lienzo que representaba una batalla, y que había allí dos soldados rasos interpretando punto por punto la pintura—. Creo que ese cuadro merece una docena de columnas de elogio en la prensa semanal —dijo.
—Sí, igual que La luz que se apaga, de Kipling —dijo la novelista.
—Ah, no lo sabía. —Lucy nos dijo que nunca había leído nada de Kipling.
—Se nota que nos llevamos diez años —dije yo, llevando la conversación a un terreno un poco más personal y comentando las diferencias entre los nacidos antes y los nacidos después de la Gran Guerra; en realidad, hasta donde era posible deducirlo, sobre las diferencias entre Lucy y yo.
En el Ritz, Roger siempre daba muestras de manía persecutoria. Le disgustaba cuando conocíamos a gente de otras mesas que él no conocía, y, cuando el camarero le llevó por descuido un plato equivocado, se arrancó con un discurso que yo ya le había oído soltar en aquel mismo sitio.
—Los restaurantes de moda son iguales en todo el mundo. Siempre hay exactamente un veinte por ciento más de mesas de las que los camareros pueden atender. Es bueno para la causa proletaria que nadie salvo los ricos conozca las deficiencias del mundo del lujo. Pensad en cómo pinta Hollywood un sitio como éste —continuó, cada vez más animado—: Un maître que parece un embajador, guiando entre reverencias a bellezas famosas por una infinita extensión de alfombra inmaculada. En cambio, ya ves al pobre Lorenzo, sudando con su cuello duro mientras trata de abrirse paso para acomodar a unos americanos del Medio Oeste que desconocen lo que es el estilo…
Pero no tuvo éxito. A Lucy, como pude ver, le parecía extraño que se quejara siendo él un invitado. Señalé que los supuestos americanos del Medio Oeste eran en realidad lord y lady Settringham, y Andrew desvió la conversación —donde Roger no podía seguirla— hacia el tema de qué embajadores tenían pinta de maître. La novelista inició un panegírico del Medio Oeste, que ella conocía y Roger no, de modo que éste se quedó sin poder desarrollar su teoría. Todo lo cual valía mis cinco libras, e incluso más.
Que Lucy me devolviera la invitación al cabo de un par de días lo consideré típico de la educación que había recibido.
Primero se puso Roger al teléfono.
—Oye, ¿estás libre el miércoles por la noche?
—No lo sé seguro. ¿Por qué?
—Estaba pensando si querrías cenar con nosotros.
—No será a las seis y media para ir a Finsbury, ¿verdad?
—No. Estos días salgo tarde, estoy trabajando en el comité de apoyo a la China roja.
—¿A qué hora, entonces?
—Digamos a partir de las ocho. De etiqueta o no, a tu gusto.
—¿Qué haréis tú y Lucy?
—Supongo que nos arreglaremos. Más que nada por si alguien quiere ir a alguna parte.
—O sea que es una cena-fiesta.
—Bueno, sí, en cierto modo.
Era evidente que Roger estaba consternado por esta patata más o menos caliente que, sin comerlo ni beberlo, tenía en las manos. Como gesto para quedar bien, la llamada telefónica fue algo muy poco acertado: en mi buzón había ya una notita de Lucy. No estaba bien que me burlara de aquellas notas, puesto que era yo quien había empezado, pero como quiera que eso tenía que terminar, decidí responder por teléfono y a una hora temprana de la tarde, pensando que Roger no estaría en casa. Pero estaba, y fue él quien contestó.
—Quería hablar con Lucy —dije.
—¿Sí?
—Para decir que aceptaba su invitación a cenar.
—Pero si ya habías aceptado.
—Bueno, pero me ha parecido que era mejor decírselo.
—Yo le pasaré el recado, ¿de acuerdo?
—Está bien. Sólo era por si se te había olvidado.
Una salida muy poco hábil por mi parte.
Todo el episodio de la cena fue un desastre de principio a fin. Era una fiesta de diez, y me bastó una ojeada a la sala para entender que eso era lo que Lucy había aprendido a llamar una «obligación». Es decir, todos éramos gente que ella, por un motivo u otro, se había sentido obligada a invitar. Lucy nos ofrecía a todos juntos, en un solo holocausto propiciatorio, a los dioses de su educación. Hasta el señor Benwell estaba presente. No se dio cuenta de que habían alquilado la casa ya amueblada y ahora estaba felicitando a Lucy por la decoración: «Me gusta que las casas de Londres parezcan casas de Londres».
Roger lo estaba llevando francamente bien, con aquella especie de sarcástico entusiasmo a que recurría en momentos de tensión. Yo conocía ese estado de ánimo y se lo respetaba. Supe, además, que mi presencia añadía un brío especial a su actuación. Durante toda la velada no dejó de interrogarme con la mirada: ¿estaba prestando atención a aquella parodia de sí mismo? Su público no era Lucy, sino yo.
El destino que me tenían reservado quedó de manifiesto tan pronto entré en la sala. Era Julia, la prima de Lucy, la más joven de las dos chicas de las que me había hablado Basil, aquella cuyo debut había echado a perder la boda de su prima mayor. No me pareció que fuera a ser un grave contratiempo. Julia tenía esa clase de suculento atractivo (vivaracha, chiflada, tierna, ansiosa, aquiescente, aduladora, insolente) que, según parece, existe para especial deleite del contingente masculino anglosajón. Ella no necesitaba acudir a todos los eventos sociales londinenses para encontrar un futuro feliz.
—Julia está pasando unos días con nosotros. Es una gran admiradora tuya —dijo Lucy con su estilo Pont Street; un estilo en el que, de manera mucho más sutil que en el caso de Roger, había algo de juego de salón. Lo que dijo resultó ser verdad.
—¡Esto sí que es emocionante! —exclamó, y se dispuso a disfrutarme como si yo fuera una caja de bombones abierta sobre su regazo.
—Hay que ver cuánta gente ha reunido aquí Lucy —dije.
—Sí, es su primera fiesta de verdad. Pero dice que va a ser la última, que ya no le gustan las fiestas.
—¿Antes le gustaban? —Yo estaba dispuesto a hablar largo y tendido de Lucy, pero su prima tenía otros planes.
—A todos les pasa, al principio —respondió, sucintamente, y acto seguido inició la conversación tal como la había ensayado (estoy seguro) en el cuarto de baño de su casa—. Te he reconocido nada más entrar. A ver si sabes cómo.
—Has oído que me anunciaban.
—No, qué va. Prueba otra vez.
Un héroe americano habría dicho algo como «Por el amor de Dios», pero yo dije:
—No tengo la menor idea, como no sea que ya conocieras a todos los otros invitados.
—No, tampoco. ¿Te lo digo? Es que te vi en el Ritz el día que almorzaste con Lucy.
—¿Y cómo no viniste a hablar con nosotros?
—Lucy no me dejaba. Pero luego dijo que te invitaría a cenar.
—Ah.
—Verás, hace años y años que no deseaba otra cosa (bueno, casi) que conocerte, y cuando Lucy dijo tan tranquila que iba a almorzar contigo, me eché a llorar de envidia. Literalmente. Tuve que ponerme una esponja fría en los ojos antes de salir.
—¿Y Lucy habló mucho de ello, antes de marcharse?
—No, no, simplemente me dijo: «Voy a tener que dejarte porque Roger quiere que vaya a comer con un viejo amigo suyo». «Vaya por Dios», dije yo, «¿y quién es?». Y ella dijo: «John Plant», así, como quien no quiere la cosa, y yo «John Plant!», y ella «Ay, olvidaba que te encantan las novelas de misterio». Imagínate, como si tú fueras un novelista cualquiera. Entonces le dije: «¿No podría acompañarte?», y ella me respondió: «Pues no», y al ver que me saltaban las lágrimas dijo que podía entrar con ella en el salón y sentarme detrás de una columna, y así te vería.
—¿Cómo me describió Lucy?
—Sólo dijo que tú serías el que pagaría los combinados. ¿No te parece típico de Lucy, o todavía no la conoces lo suficiente?
—Y después de la comida, ¿qué dijo?
—Que todo el mundo hablaba de Kipling.
—¿Ya está?
—Que pensaba que Roger se había comportado mal porque no le gustan los restaurantes finos, y que a ella tampoco le gustan, pero que a ti te había costado la torta un pan y no le parecía bien quejarse. Yo, claro, quería saber cosas de ti, no de Roger, y de lo que tú habías dicho, pero Lucy no podía acordarse de nada. Sólo dijo que parecías muy inteligente.
—Ah, ¿eso dijo?
—Lo dice de todos los amigos de Roger. Pero, bueno, ahora me toca a mí. Te tengo a mi disposición para toda la velada.
Y así fue. Estábamos sentados cenando y Lucy continuaba hablando con el señor Benwell. A mi otro lado tenía a una especie de pariente de Roger. La mujer me comentó que Roger había sentado mucho la cabeza después de casarse.
—Yo no me tomo en serio esas ideas políticas suyas —dijo—. Además, hoy en día no pasa nada por ser comunista. Todo el mundo lo es.
—Yo no —dije.
—Me refiero a todos los jóvenes inteligentes.
Decidí pasar a Julia otra vez. Ella me estaba esperando.
—¿Sabes que una vez me respondiste una carta?
—¡Qué me dices! ¿Y a santo de qué?
—Estimada señora: Gracias por su carta. Si lee usted con detenimiento el párrafo en cuestión, advertirá que el tren de bajada llega con cuatro minutos de retraso a Frasham. Por lo tanto, hay tiempo de sobra para deshacerse del timbre de la bicicleta. Le saluda atentamente, John Plant —citó de memoria.
—¿Yo escribí eso?
—¿No te acuerdas?
—Muy vagamente. Era sobre El lacayo asustado, ¿verdad?
—Ajá. Yo, naturalmente, ya sabía lo del tren. Sólo escribí con la esperanza de que contestaras, y funcionó. Me gustó que fueses tan severo. En la escuela había otra chica también muy literaria, y estaba pirrada por Gilbert Warwick. Él le escribió tres páginas enteras empezando con «Querida Anthea», hablándole de su casa y del granero que había transformado en su cuarto de trabajo, y acabando con «Escríbame otra vez; confío en que Silvia le guste tanto como Heather» (eran dos de sus heroínas), y mi compañera pensó que eso demostraba que era mucho mejor escritor que tú, pero yo sabía que era justo lo contrario. Y al cabo de un tiempo Anthea volvió a escribirle y recibió en respuesta otra larga carta igual que la primera, hablando del granero con todo detalle, y eso hizo que se pusiera muy cínica. Así que yo te escribí otra vez para demostrarle lo diferente que eras.
—Ah, ¿y contesté?
—No. A partir de ahí el Club Literario dejó de lado a Gilbert Warwick y nos hicimos admiradoras tuyas.
—¿Por qué no contestaba las cartas?
—Claro. Eso demostraba que eras un verdadero artista y que tus lectores te importaban muy poco, que sólo vivías para tu obra.
—Entiendo.
Después de cenar, Roger me preguntó:
—¿La pequeña Julia te ha estado dando la lata a más no poder?
—En efecto.
—Eso me ha parecido. Es muy guapa, ¿verdad? Para ella es una velada muy importante.
Finalmente pasamos al salón y nos sentamos por allí. Roger no supo cómo manejar esa fase de la fiesta. Habló vagamente de ir a alguna parte a bailar y de un nuevo juego de salón llegado recientemente de Nueva York. Nadie le hizo mucho caso. Yo no hablé con Lucy hasta que fui a despedirme, cosa que ocurrió muy pronto, no bien el primer invitado dio ese paso y todo el mundo, casi al unísono, se levantó también. Cuando le dije adiós, Julia me susurró:
—Tengo que decírtelo. Eres mil veces más increíble de lo que me imaginaba. Antes era como un juego, pero ahora va en serio.
Me imaginé el alivio que sintieron en la casa cuando se marchó el último de los invitados, Roger y Lucy yendo al encuentro de los brazos del otro como quien sale del refugio después de la tormenta… «Bueno, se acabó. ¿Ha sido tan horrible como esperabas?» «Peor, mucho peor. Has estado espléndida». Quizá los dos (¿Julia también?) estaban retozando alegremente en la alfombra del salón en pleno éxtasis liberador.
«Eso es lo que has conseguido con tus cinco libras», me dije a mí mismo.
Aquella noche, el día siguiente y varios días más, detesté a Lucy. Inventé una historia sobre la fiesta de Roger, para todos los que le conocían, dando la impresión de que ése era el tipo de vida que a Lucy le gustaba y en el que pretendía integrar a Roger. Pero, a pesar de todo, no renuncié a mi decisión de imponerle a ella mi amistad. No puedo explicar de manera plausible semejante incoherencia. Yo no estaba, de manera consciente, enamorado de Lucy. Ni siquiera la encontraba, a la sazón, llamativamente hermosa. Persiguiendo su amistad no buscaba afecto ni, concretamente, estimación. Buscaba el reconocimiento. Quería reivindicar el simple hecho de mi existencia individual y separada. Por más esfuerzos que me obligara a hacer, no podía considerarla, como había hecho con Trixie, «una de las chicas de Roger», y exigía reciprocidad. No quería que me considerara, como a Basil, «uno de los amigos de Roger»; y menos todavía como el señor Benwell, alguien a quien de vez en cuando había que invitar. Yo entonces tenía pocas cosas en que pensar, y aquello acabó convirtiéndose en una obsesión. Supongo que sentía con respecto a ella lo mismo que los ancianos que se ven impelidos por la costumbre a tocar una farola de cada tres cuando van de paseo; tarde o temprano algo los despista, ven a un conocido o se produce un accidente de tráfico, y se saltan una farola; luego, están todo el día inquietos hasta que, después del té, parten abochornados para enderezar el error. Así me sentía entonces con respecto a Lucy; nuestra relación constituía un pequeñísimo trastorno en mi vida y era preciso arreglarlo.
Así era al menos como yo, en aquellos primeros días, me explicaba a mí mismo la obsesión que sentía, pero, mirándolo ahora, en el largo pasillo con espejos de las emociones acumuladas, no veo el comienzo de la perspectiva. En la percepción de la belleza femenina hay un temprano y exquisito presentimiento de hermosura cuando, al ver una cara, sea conocida o no, uno consigue entrever algo más y prevé, de entre un millar de futuros posibles, cómo ese rostro podría transfigurarse mediante el amor. Es una visión muchas veces momentánea y pasajera que no se repite en la vida de vigilia, o bien viene sucedida precipitadamente por la realidad y es relegada al olvido. Con Lucy —su apostura cada día más gravada por el embarazo; privada de sexo, como les ocurre a las mujeres, por la propia satisfacción del mismo—, esa visión fue prolongada y cada vez más clara hasta convertirse, sin transición perceptible, en la realidad. Pero no sabría decir cuándo surgió por primera vez. Quizás aquella noche, cuando ella, hablando de la Ermita al gusto chino, dijo: «No veo para que querría John una casa así», pero no me causó sorpresa. Lo había visto venir, igual que el animal, reinando todavía la más profunda oscuridad y rodeado de los sonidos de la noche, levanta la cabeza, olisquea, y sabe interiormente que el alba está cerca. Entretanto, como en un juego de salón, intenté sacar provecho.
Julia me trajo suerte. Nuestro encuentro, lejos de decepcionarla, intensificó su culto hacia mí y lo hizo más directo. Yo no tenía ninguna culpa, le aseguré a Roger cuando me vino refunfuñando por ese motivo. Mi actitud había sido todo menos agradable con ella; para ser sincero, en el último tramo de la velada me había portado como un salvaje.
—Esa chica es masoquista —dijo Roger, añadiendo en un tono aún más lúgubre—, y Lucy me ha dicho que es virgen.
—Tiene mucho tiempo por delante —dije—. Son dos problemas que suelen curarse simultáneamente.
—Sí, todo eso está muy bien, pero se va a quedar diez días más. Y no para de hablar de ti.
—¿Le molesta eso a Lucy?
—Claro que le molesta. Nos está volviendo locos a los dos. ¿Te escribe muchas cartas?
—Sí.
—¿Y qué pone?
—Ni las leo. Es como si estuvieran dirigidas a otro. Además, están a lápiz.
—Imagino que las escribe en la cama. A mí nunca me han ido detrás en ese plan.
—Ni a mí tampoco —dije—. Y no es en absoluto desagradable, la verdad.
—¡Cómo va a serlo! —dijo Roger—. Yo creía que eso sólo les pasaba a actores, escritores de novela erótica y clérigos.
—Te equivocas, cualquiera puede ser objeto de culto: científicos, políticos, ciclistas profesionales, todo aquel cuyo nombre salga en los periódicos. Las jovencitas suelen ser religiosas por naturaleza.
—Julia ya tiene dieciocho.
—Se le pasará pronto. Para ella ha sido increíble conocerme de repente en carne y hueso tras dos o tres años de devoción a distancia. Es una buena niña.
—Todo eso está muy bien —dijo Roger volviendo malhumorado al principio de la conversación—. No es Julia la que me preocupa, sino nosotros, Lucy y yo; la primita se queda diez días más. Lucy dice que te portes bien y salgas esta noche con nosotros, los cuatro. Qué se le va a hacer, lo siento.
Durante una semana fui con frecuencia a Victoria Square, lo que dio pie a un principio de broma privada entre Lucy y yo a expensas del fervor de Julia. Mientras yo me encontraba presente, mi admiradora estaba allí la mar de cómoda y alegre; era una niña preciosa y encantadora; en mi ausencia, me dijo Roger, estaba muy deprimida y se pasaba la mayor parte del tiempo en la cama escribiéndome cartas que luego destruía. Hablaba sobre todo de sí misma y de su hermana y su familia. El padre era comandante y vivían en Aldershot; ahora iban a tener que pasar allí todo el año, puesto que Lucy ya no necesitaba compañía en Londres. A Julia no le caía bien Roger. «No dice demasiadas cosas buenas de ti», me reveló.
—Roger y yo somos así, sabes —traté de explicarle—. Siempre hablamos pestes el uno del otro. Una manera como otra de divertirse. ¿Lucy habla bien de mí?
—Lucy es un ángel —dijo Julia—, por eso detestamos tanto a Roger.
Por fin llegó la noche de la fiesta de despedida. Éramos ocho y fuimos a bailar a un restaurante. Al principio Julia estaba muy contenta, pero su ánimo fue decayendo a medida que la noche avanzaba. Yo vivía entonces en Ebury Street y podía volver andando a casa desde Victoria Square, de modo que regresé con ellos para tomar una última copa.
—Lucy ha prometido que nos dejará a solas un ratito —me susurró Julia—, para que nos despidamos.
Llegado el momento, me dijo:
—Estas dos semanas han sido absolutamente maravillosas. No sabía que fuera posible ser tan feliz. Me gustaría que me dieras algo como recuerdo.
—Pues claro. Te enviaré un libro mío, ¿quieres?
—No —dijo ella—. Ya no me interesan tus libros. Oh, bueno, claro que sí, muchísimo, quiero decir que eres tú lo que me gusta.
—Bobadas —dije.
—¿Me das un beso, uno solo, como despedida?
—Ni hablar.
Y, de repente, Julia dijo:
—Tú estás enamorado de Lucy, ¿verdad?
—Cielo santo, no. ¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea?
—Lo noto. Será de quererte tanto, imagino. Tú quizá no lo sabes, pero estás enamorado. Y es inútil; ella ama a ese espanto de Roger. Cielos, ya vuelven. Iré a despedirme de ti mañana, ¿puedo?
—No.
—¡Por favor! Esto no es lo que yo había planeado.
Roger y Lucy entraron en ese momento, con cara de haber estado hablando de lo que pasaba y haber calculado el tiempo que debían darnos. Le estreché la mano a Julia y me marché.
A la mañana siguiente, sobre las diez, se presentó. La patrona, la señora Legge, la acompañó arriba. Julia se quedó en la puerta, balanceando un paquete pequeño.
—Tengo cinco minutos —dijo—. Hay un taxi esperando abajo. Le he dicho a Lucy que tenía que hacer unas compras de última hora.
—Tú sabes que esto no está bien.
—Había venido aquí otra vez, cuando sabía que no estabas. Me hice pasar por tu hermana, diciendo que me habías mandado a buscar algo.
—La señora Legge nunca me ha mencionado nada.
—Se lo pedí yo. Bueno, en realidad le di diez chelines. Es que me pilló con las manos en la masa.
—¿En qué masa?
—Bueno, te parecerá una tontería. Yo estaba en tu habitación repartiendo, repartiendo besos: que si una almohada, que si un peine, que si un pijama… Cuando me encontraba en el lavabo, besando tu navaja de afeitar, levanté la vista y allí estaba la señora como-se-llame plantada en el umbral.
—Dios mío. Nunca más podré mirarle a la cara.
—Oh, fue muy comprensiva. Debí de parecerle una oca comiendo hierbecita, o algo así de gracioso. —Julia soltó una risita medio histérica y añadió—: Oh, John, te quiero tanto…
—Tonterías. Si dices esas cosas, te echo de aquí.
—Es la verdad. Y te traigo un regalo. —Me entregó el paquete—. Ábrelo.
—No pienso aceptarlo —dije, procediendo a abrir una caja de puros.
—Tienes que aceptarlo. Además, a mí no me servirían de nada. ¿Son de los buenos?
—Sí —respondí, mirando la caja—. Sí, unos cigarros excelentes.
—¿Los mejores?
—Se podría decir que sí, pero…
—Es lo que me ha dicho el hombre de la tienda. Enciende uno.
—Julia, por Dios, ahora no podría. Acabo de desayunar.
Ella lo entendió.
—¿Cuándo te fumarás el primero? ¿Después de comer? Me gustaría pensar en ti fumándote el primer puro.
Julia, es muy amable de tu parte, en serio, pero no puedo…
—Ya sé lo que estás pensando, que es mucho dinero. No pasa nada. Verás, ayer Lucy me dio cinco libras para que comprara un sombrero. Yo contaba con eso… Lo hace a menudo. Pero tuve que esperar para estar segura. Ya tenía los puros a punto, escondidos, ayer por la noche. Pensaba dártelos entonces, pero no se presentó la oportunidad. Bien, aquí los tienes. —Y, en vista de que yo dudaba, añadió, alzando la voz—: ¿No ves que prefiero regalarte unos puros que comprarme un sombrero? ¿No ves que si no los aceptas volveré a Aldershot absolutamente desolada, con la sensación de que todos estos días en Londres se han echado a perder?
Era obvio que había llorado por la mañana, y ahora estaba al borde de las lágrimas otra vez.
—Claro que los acepto —dije—. Me parece un detalle estupendo de tu parte.
Su rostro se animó con una alegría contagiosa.
—Bueno. Ya podemos decirnos adiós.
Se quedó allí a la espera, esta vez no pidiendo su derecho, sino reclamándolo. Apoyé las manos en sus hombros y la besé una sola vez en los labios. Ella cerró los ojos, soltando un suspiro.
—Gracias —dijo, con la voz pequeña, y salió a toda prisa dejando la caja de puros sobre mi mesa.
¡Qué primor de muchacha!, pensé; era un regalo de lo más desinteresado, algo impersonal y sin sentimentalismo (no un recuerdo para conservar), algo que se evaporaría, literalmente, como el humo en menos de seis semanas; una cosa que ella ni siquiera había disfrutado eligiendo por sí misma; una vez en la tienda, se había puesto en manos del dependiente: «Quiero una caja de los mejores puros que tenga, por favor. Todo lo que den de sí cinco libras». Sólo necesitaba estar segura de que fuese algo que proporcionaba placer.
Y, en gran parte porque pensó que yo había sido amable con su prima, Lucy decidió ser amiga mía.
En el grabado de Roger se veía un pabellón, todavía rígidamente ortodoxo sobre el plano, pero, en alzado, se apreciaban adornos concebidos sobre la base de una absoluta ignorancia de las formas orientales; había balcones y balaustradas de dibujos geométricos; la cornisa describía una curva ascendente en las esquinas a la manera de una pagoda; coronaba el tejado una cúpula en forma de bulbo que podría haber pasado por rusa; de los capiteles de pilastras salomónicas colgaban campanillas; los ventanales estaban libremente inspirados en la Alhambra; y había un minarete. Como guinda, el grabador había añadido un pequeño grupo de militares turcos sometiendo a un bastinado a un malhechor curiosamente solícito, un camello árabe y un mandarín portando una jaula con un pájaro dentro.
—Caramba, menuda joya —dijeron—. ¿Y está igual que en el grabado?
—El minarete se vino abajo, y ahora todo está cubierto de maleza.
—Qué oportunidad. John tiene que hacerse con ella.
Era la primera vez que iba a Victoria Square desde que Julia se había marchado.
Y Lucy dijo:
—No veo para qué querría John una casa así.
II
Lucy era chica de pocos amigos; de hecho, en la época en que fui admitido como tal, sólo tenía dos: un tal Peter Baverstock, en los estados malayos, al que no llegué a ver, y la señorita Muriel Meikeljohn, a quien vi con más frecuencia de la que hubiera deseado. Peter Baverstock quería casarse con Lucy desde que ésta tenía siete años y así se lo había propuesto cada dieciocho meses, cuando venía de permiso, hasta que ella se casó con Roger. Peter le envió entonces un enorme y complicado regalo de boda consistente en una talla de madera, marfil y dorados que suscitó no pocas conjeturas respecto de su finalidad; más adelante, él mismo escribió dando la explicación, pero se me ha olvidado. Creo que era el regalo que, según costumbre local, hacían los hombres de alta cuna a sus nietas cuando daban a luz dos gemelos varones; sea como sea, tenía que ver con gemelos y nietos, una cosa de lo más rara y símbolo de alta estima en las regiones de las que procedía. Lucy le escribía a Baverstock largas cartas cada dos semanas. Yo la observaba a menudo cuando se ponía a redactarlas sentada a su mesa, con la cabeza gacha y la mano viajando fluidamente sobre el papel, tal como, según recordé haber leído en algún libro de memorias, habían visto hacer a sir Walter Scott cuando escribía las novelas de Waverley junto a una ventana iluminada. Era tradición que le habían inculcado de pequeña el que las cartas para Oriente fueran escritas siempre en papel fino y con renglones.
—Le estoy explicando a Peter lo de tu casa —decía.
—¿Crees que eso le va a interesar?
—Oh, a Peter le interesa todo. Como está tan lejos…
Me pareció un extraño motivo.
La señorita Meikeljohn era una chica pálida y posesiva que había coincidido con Lucy en Viena, en casa de una mujer de alcurnia venida a menos, cuando ambas habían sido enviadas allí para aprender canto. Habían compartido apasionada querencia por un famoso tenor, y, en una ocasión, habían conseguido colarse en su camerino del teatro de la ópera vestidas con sendos impermeables y haciéndose pasar por periodistas que iban a entrevistarlo. Lucy conservaba una foto de dicho tenor, vestido de gala, sobre el tocador, pero sus aspiraciones musicales habían seguido el mismo camino que su estilo de vida Pont Street. La señorita Meikeljohn cantaba todavía, una vez a la semana y para un tutor. Era después de estas clases cuando iba a almorzar con Lucy, y la tarde le pertenecía por derecho prescriptivo para ir de compras o al cine, o para lo que más le gustaba a ella: «una buena charla». Nadie podía interferir en aquellos martes, conocidos como «el día de Muriel».
Como si con eso quedara todo explicado, Lucía solía decir: «Son las únicas veces que viene a Londres. Sus padres están separados y son terriblemente pobres».
Cuando iban al cine o al teatro, cogían localidades baratas porque la señorita Meikeljohn se empeñaba en pagar la suya. Eso a Lucy le parecía una muestra de integridad; solía volver de aquellos entretenimientos con dolor de cabeza por haber tenido que sentarse demasiado cerca de la pantalla.
Era una amistad extraña en muchos sentidos, especialmente porque a la señorita Meikeljohn le encantaban las charlas íntimas —eso que la generación de mi padre llamaba con ordinariez «resollar por la herida»—, una exhibición que asqueaba a Lucy, quien en materia de amistad tenía todo el pudor de un salvaje desnudo.
No me queda más remedio que aceptar como genuino el pudor del salvaje desnudo, pues así lo afirman numerosos libros de viajes. Ahora bien, lo salvajes que yo he conocido por esos mundos iban todos exageradamente puestos. Si existía en alguna parte del globo terráqueo esa ágil, casta e inestudiada desnudez de la que tanto se habla en los libros, estaba allí, tan deslumbrante, en la mente de Lucy. Su amistad carecía de reservas, y que se me permitiera, por decirlo así, acceder por una puerta en el muro y vagar a mi gusto por tan lujosa finca era una experiencia para la que estaba poco cualificado. La idea de una jornada de puertas abiertas para ayudar al pequeño hospital rural, de jardineros extra trabajando con una semana de antelación para adecentar los senderos, de una criada sirviendo especialmente de guía, de cordón rojo en los brazos de los sillones, de objetos especiales de valor expuestos para ser apreciados, de «esa puerta conduce a los aposentos privados de la familia. No se enseñan nunca», de vigilancia en el invernadero por temor a que alguien se embolsara unas nectarinas, de «bien, ya lo han visto todo; ahora por favor dejen paso al siguiente grupo» y de la palma abierta…, la idea, en definitiva, de todo cuanto constituía el hábito de la intimidad para la señorita Meikeljohn, y para la mayoría de la gente, era inconcebible para Lucy.
Cuando empecé a comprender que disponía de libre acceso a todos aquellos espacios y tesoros, me sentí como un niño de los bajos fondos que alternativamente teme tocar o muestra una indecorosa curiosidad. O, mejor dicho, me sentí demasiado viejo. Años antes, cuando Lucy estaba en la cuna, yo había conocido esa clase de amistad. En mi colegio había un chico con el que disfruté de una semana de ilimitadas confidencias; una tarde, sentados en una especie de nido que era en sí mismo un secreto, hecho con una colchoneta del gimnasio y unos bancos apilados en un rincón del lugar donde jugábamos cuando llovía, le revelé mi mayor secreto: mi padre no era oficial de la armada, como había dado a entender, sino artista. A eso de la hora del té, la noticia estaba ya en boca de todos: el pater de Plant llevaba el pelo largo y no se lavaba. (El desquite llegó antes de lo que yo podía haber esperado, pues corría el trimestre de verano de 1914 y una de las tías de mi delator estaba casada con un noble austriaco; él siempre se jactaba de que había pasado temporadas en su castillo, y, cuando las clases se reanudaron en septiembre, yo fui uno de los cabecillas de la turba que lo acorraló en la habitación de la enfermera a los gritos de «espía alemán»). Fue la primera y, para mí, la más dramática de las traiciones normales de la adolescencia. Con los años me había vuelto prudente. Entre mis amigos había escaso amor y ninguna confianza. Diré más, estábamos aburridos; nos conocíamos mutuamente tan bien, que mantener más o menos viva nuestra relación dependía de convertirla en una especie de juego de salón. Todos nosotros habíamos abierto, de vez en cuando, sendas divergentes y acampado en territorio nuevo, pero siempre volvíamos, por así decir, a la misma base en busca de provisiones e intercambiábamos datos sobre lo explorado. Así entendía yo la amistad a mis treinta y tres años, y Lucy, viendo que carecía de preparación para estar entre personas como yo, se había sentido desconcertada. De ahí vino lo que, en un principio, atribuí a mojigatería por parte de ella. Su falta de timidez la apartaba de nosotros. Ella no podía encajar el trato que nos dábamos unos a otros, ahora atacando, ahora defendiendo, ahora engañando, ahora exhibiendo. Todo lo que no fuese la más absoluta intimidad le causaba engorro, de manera que se replegaba en la buena educación recibida, aquel arsenal de virtudes y modales escolares, y vivía, hasta donde le era posible, independientemente, un poco a la manera de esos caballeros chinos de la vieja escuela que, se dice, pueden proseguir con interminables, corteses conversaciones de receta tradicional teniendo la mente abstraída en reinos de remota belleza.
Pero no era suficiente. Lucy estaba sola. En concreto se sentía separada de Roger por el embarazo. Durante meses se había quedado sin sexo y las raíces de su amor por Roger hibernaban bajo tierra, desprovistas de hoja. De ahí que buscara a un amigo, y, como pensaba que yo había sido amable con Julia, y como yo, en cierta medida, había estado a la altura de su espíritu escolar, me escogió a mí. No había malinterpretado su cambio de actitud; a Lucy se le había metido entre ceja y ceja que yo iba a ser su amigo, y como quiera que este presentimiento lo había tenido hablando de mi casa, eso se convirtió en nuestro vínculo principal durante largas semanas. Casi enseguida, empecé a pasar la mayor parte del día en compañía de Lucy, y como a la sazón me obsesionaba encontrar una casa, esa búsqueda dio forma a nuestra amistad. Examinamos juntos una montaña de avisos de agencias inmobiliarias y en varias ocasiones fuimos juntos de expedición al campo para mirar casas. Una vez me llevó a casa de unos parientes suyos para pasar allí la noche. Hablamos de todo salvo de una cosa: de política. Sobre eso estábamos de acuerdo; yo, porque para mí era historia pasada; había hablado de política, hasta cansarme, desde que tenía diecisiete años; y ella, creo, porque pensaba que sus opiniones políticas formaban parte de su vínculo conyugal con Roger. He conocido a un sinfín de comunistas y ninguno de ellos era capaz de sentir algo remotamente parecido a la compasión. Para Lucy el atractivo del comunismo era doble. Estaba ligado al hecho de haber roto con Aldershot y Pont Street, y la exoneraba de la responsabilidad que creía tener en relación con su propia fortuna. El dinero, su dinero, era muy importante para ella. Si hubiera vivido entre la clase rica, habría sido diferente, habría encontrado normal tener aseguradas, de por vida, unas posesiones por las que otros se mataban a trabajar; habría pensado, sin duda, que su situación era todo menos holgada. Pero Lucy había crecido considerándose alguien bastante singular, fruto de tener trato con personas más pobres que ella. Cuando alcanzó la edad para ir a bailes, su tía le inculcó el peligro que corría ante los cazadores de fortunas, y, ciertamente, casi todos los jóvenes con quienes tuvo trato, y las madres de ellos, consideraron que 58 000 libras era un premio bastante gordo. «A veces —había dicho Basil—, por la forma como habla esa chica, se diría que es la heredera de Woolworth». Llevaba mucha razón. Lucy se creía en verdad extremadamente rica y responsable. Una de las ventajas, para ella, de casarse con Roger fue la creencia de que daba un buen uso a su dinero al rescatar de la esclavitud salarial a un genio de la literatura. Emplear mal su dinero le daba mucho más miedo que perderlo. Así, cuando estuvo convencida de que todas las fortunas privadas, como la suya, iban a ser abolidas en breve y que nadie que no lo mereciera destacaría por encima de los demás, se puso muy contenta. Es más, esa conversión había coincidido con su enamoramiento. Juntos, Roger y ella, habían ido a reuniones y juntos habían leído breviarios de filosofía marxista. Su fe, como la de los cristianos, era esencial para su matrimonio, y por eso, sabiendo que yo era hostil, la puso fuera de mi alcance convirtiéndola en una broma entre los dos. Cabe decir que esa defensa, al menos, la había aprendido observando a Roger y sus amigos.
A Roger le convenía que yo asistiera. No era hombre muy casero y aquellos meses tenían que ser por fuerza una especie de anticlímax después de la gran aventura de casarse. No se tomó a mal, como sí hacen algunos maridos, el embarazo de su esposa. Era como si hubiera comprado un caballo de caza al final de la temporada y lo hubiese retirado de la circulación; sabía que los amigos que entendían de caballos apreciarían la buena figura bajo el manto áspero, pero él hubiera preferido tener en el establo un reluciente ejemplar. Además, durante el verano estaba ocupado; el caballo debería esperar hasta finales del otoño. Así era como él veía la situación, a veces, pero la analogía tenía un fallo. Era él, Roger, quien había sido adquirido y temporalmente jubilado, y ese aspecto tampoco se le escapaba. Ahora se encontraba maneado, sin poder ejercitar la zancada que se requería de él, por la muy arraigada costumbre de considerar las relaciones sexuales en términos de propiedad y uso. Enfrentado al hecho nuevo del embarazo, de la propiedad compartida, esos términos fallaron. En consecuencia, estaba inquieto y ya no dominaba la situación; la tarea cotidiana de salir adelante se le hacía cada vez más onerosa, de ahí que mi adhesión le resultara placentera. Dicho crudamente, ello confirmaba su opinión sobre la valía de Lucy y, al mismo tiempo, se la quitaba a ella de las manos. Luego, un buen día, cuando me presenté como de costumbre en Victoria Square, Lucy, que no se había levantado aún y seguía en la cama rodeada de un caos de periódicos, cartas y utensilios de manicura, me recibió con estas palabras:
—Roger está escribiendo.
Embutida como estaba entre la mañanita guateada y un lío de sábanas —un brazo desnudo hasta el codo y mostrando así los puntos tiernos de la muñeca y el antebrazo, el otro perdido en las cálidas profundidades del lecho, con su pálida piel tomando color en contraste con el blanco exangüe de las sábanas y su sonrisa de confiada bienvenida matinal; así como yo la había saludado incontables veces y siempre con más entusiasmo, hasta aquella mañana no me pareció haber llegado al término de una investigación y tener por seguro algo que antes había sido una mera suposición—, su belleza vibraba en aquel dormitorio como un repique de campanas; así me quedé tieso, pasmado, en un jardín de Somerset, con el césped húmedo y reluciente de rocío bajo mis pies, cuando, del otro lado de los setos de boj, el campanario gris de la iglesia sembró repentinamente el cielo de desconcierto.
—Pobre —dije—. ¿Sobre qué escribe?
—Es culpa mía —respondió Lucy—, un relato policíaco.
Pasó a explicarme que, como yo le había hablado de mis libros, ella los había leído —«Llevabas razón. Son obras de arte. No tenía la menor idea»— y se lo había comentado a Roger hasta que, de repente, él dijo: «Vaya por Dios, otra Julia». Y luego Roger le había contado que tenía un argumento en la cabeza desde hacía muchos años, esperando el momento oportuno de trasladarlo al papel.
—Seguro que lo hará muy bien —dije yo—. Roger puede escribir lo que se proponga.
—Sí.
Pero, a todo esto, yo sólo tenía presente la nueva belleza de Lucy. Sabía que esa clase de belleza no era producto de una iluminación adecuada o de haber tenido suerte arreglándose el pelo o de ocho buenas horas de sueño, sino de un secreto interior; y aquella mañana supe que el secreto eran los celos de Roger. De este modo llegué a una nueva fase en mi enamoramiento de Lucy Simmonds, mientras ella estaba cada semana más gruesa y más lenta y menos apta para el amor, de modo que acepté el goce de su compañía sin pararme a razonar. Más adelante, rememorando aquellas insólitas semanas, pensé que Lucy y yo éramos como personajes de una típica intriga de comedia renacentista, donde la heroína sigue al héroe disfrazada de hombre y es cortejada por éste, que nada sabe, en los términos de una amistad entre machotes.
Con el paso de los días nos volvimos unos expertos en interpretar la jerga de los agentes inmobiliarios. Sabíamos que «sólidamente construida» quería decir «horrible», «a punto para una modernización» significaba «cayéndose a pedazos», que «terrenos madurados» se traducía por una selva de laureles sin cuidar; todo lo que pertenecía al inframundo del humor tipo Punch. También aprendimos, y esto era mucho más valioso, a detectar omisiones; no se podía dar nada por sentado, y si el agente no especificaba que hubiese escalera, seguro que había desaparecido. Basil me explicó que era mucho más práctico comprar una mansión; las casas verdaderamente grandes se vendían más que nada por los árboles de la finca; él tenía un plan (muy vagamente elaborado) según el cual yo debía convertirme en empresa particular para la urbanización de 400 hectáreas, un coto privado de pesca, un castillo y dos residencias secundarias que él conocía en Cumberland y, mediante un sistema de hipotecas, subarriendos, honorarios de directores y pérdidas de explotación, vivir en el castillo, según lo expresó él, «gratis». En medio de estas maniobras legales, Basil tenía que haber comprado —para luego deshacerse de ella, con ganancia— una participación mayoritaria en la finca. Roger aportó una serie de abandonados «caprichos» arquitectónicos que consideraba mi deber salvar para la nación. Otros amigos preguntaron por qué no me instalaba en Portugal, donde, decían, era posible comprar un convento jesuita de estilo manuelino a precio de ganga. Pero yo tenía una idea clara de lo que necesitaba. De entrada no debía costar, todo incluido, una vez se hubieran marchado los decoradores y los fontaneros y se hubiera pagado a los abogados por la escritura, más de 3000 libras; tenía que ser en un país agrícola, preferiblemente a menos de ocho o diez kilómetros de una población con solera y mercado ambulante, debía tener como mínimo cien años de antigüedad y ser una «casa», por muy lúgubre que fuese, no un chalet, por muchos lujos que tuviera; tenía que haber una bodega, dos escaleras, techos altos, una repisa de chimenea de mármol en el salón, espacio frente a la entrada para que un coche pudiera girar, una cochera y una caballeriza, un huerto tapiado, un prado con valla y un par de árboles recios. Todas estas cosas me parecían requisitos mínimos del nivel de hidalguía que yo tenía en mente, un término medio entre el hacendado y el almirante en la reserva. Por su parte, Lucy tenía un amor femenino por el sol y una fe marxista en la belleza superior del hormigón y el acero. Es más, le tenía horror, fruto de una larga asociación, a la burguesía rural en la que yo estaba resuelto a alistarme. Ante los demás pude justificar mi predilección definiéndola como gala; los escritores franceses, explicaba yo, debían su tremenda fuerza —igual que los de la Inglaterra del diecinueve— a su estatus de clase media; los mejores eran dueños de casas blancas de planta cuadrada, ahorraban mucho, cenaban con el alcalde y se hacían cerrar los ojos al morir por fieles y repelentes amas de llaves; los escritores ingleses y norteamericanos despilfarraban sus energías por ir a la última moda o ser bohemios, cuando no, en el peor de los casos, alternando entre lo uno y lo otro. Todo esto le entró muy bien al señor Benwell, el cual, a la semana o semanas de que yo le expusiera mi teoría, ofendió gravísimamente a varios de sus autores exhortándolos a engrosar la clase media, pero no impresionó a Lucy en absoluto. Ella consideraba grotesco el objeto de mi búsqueda, pero me seguía la corriente con alegre y genuino espíritu deportivo, como uno iría a cazar zorros pese a no gustarle la carne.
Su última salida de Londres antes de ponerse de parto fue para ir conmigo a mirar una casa, al pie de las colinas de Berkshire. Era demasiado lejos para viajar cómodamente en un solo día y pernoctamos en casa de unos parientes que ella tenía cerca de Abingdon. Estábamos ya tan habituados a la mutua compañía que no veíamos nada extraño en que Lucy me propusiera como invitado. A nuestros anfitriones, sin embargo, les pareció muy improcedente y su palpable sorpresa reforzó aún más el vínculo entre ella y yo. Lucy estaba ya de siete meses, y, en el fondo, lo que más preocupaba a sus parientes era que pudiese dar a luz prematuramente. La trataron con una deferencia que constituía a todas luces un rechazo a la tranquilidad con que yo aceptaba la situación. En ningún momento me sentí impulsado a protegerla, por más que intentara comprender los riesgos que ella corría. Lucy, y en eso estábamos de acuerdo, parecía Tweedledum armado para la pelea, y aquellos días yo la encontraba de una solidez preternatural, protegida del mundo por una armadura de vida nueva. No cabe duda de que, biológicamente hablando, esto era una falacia, pero ambos lo habíamos aceptado así. De ahí que causáramos tan mala impresión cuando nos entró aquel ataque de fou rire a los cinco minutos de haber entrado en la casa, cuando la anfitriona nos comunicó en susurros que había preparado una alcoba para Lucy en la planta baja para que así no tuviese que subir y bajar escaleras.
La casa que habíamos ido a ver, como tantas otras, resultó ser del todo inhabitable. De hecho, el dueño vivía en su pabellón. «La encuentro ya demasiado grande», dijo de la casa, que, cuando la abrió para mostrárnosla, me dio la sensación de haber sido diseñada como una pequeña villa y ampliada a la buena de Dios, como si nadie se hubiera acordado de decir a los operarios cuándo había que parar y éstos hubieran ido añadiendo habitaciones como celdillas en un panal. «Yo nunca he tenido dinero suficiente para invertir en ella —dijo después, alicaído—; con poca cosa podría quedar bastante bien».
Subimos al piso de arriba y recorrimos un largo pasillo. El hombre dijo que venía enseñando la casa desde el año 1920 y que, con el tiempo, había acabado recitando de memoria sus características. «Aquí un cuartito muy agradable, en invierno se está la mar de bien… Desde este rincón se tiene una buena vista de las colinas… La casa es seca, eso se nota. Nunca he tenido el menor problema de humedad… Éstos eran los cuartos de los niños. Servirían la mar de bien como habitación para invitados, hay vestidor y cuarto de baño, en caso de que ustedes no…», y entonces, acordándose de Lucy, calló de golpe y se sintió tan avergonzado que apenas si habló hasta que nos fuimos.
—Le escribiré —dije.
—Bueno. —Era la viva imagen del pesimismo, sabía muy bien lo que yo quería decir—. A veces pienso que esto serviría como colegio. Es un sitio muy saludable.
Regresamos en coche a casa de los parientes de Lucy. Ellos querían que cenara en la cama o, en todo caso, que fuera a tumbarse a su habitación hasta la hora de la cena. Pero Lucy quiso salir conmigo y disfrutar del último sol, de modo que nos sentamos en lo que sus familiares llamaban el «jardín azul» e intentamos reconstruir la triste vida del hombrecillo que nos había enseñado la casa. Los parientes de Lucy juzgaban nuestra presencia, y la expedición en sí misma, como algo muy raro; pensaban que había gato encerrado, y Lucy y yo, contagiados de ese ambiente de sospecha, nos hicimos cómplices en aquella casa que ella conocía de toda la vida, en el jardín donde, de niña, según me explicó, había enterrado, deshecha en lágrimas, un estornino.
Posteriormente a esta expedición, Lucy ya no se movió de Londres, y salió cada vez menos. La casa que por fin me convenció la encontré sin su compañía.
—Podrías haber esperado —dijo Lucy. Me pareció natural que ella me lo reprochara. Lucy tenía parte en mi casa—. Maldito bebé —añadió.
III
La semana antes del parto Lucy empezó por primera vez a denotar impaciencia; en ningún momento se la vio nerviosa, pero sí aburrida, cansada y, una vez hubo dado a luz, molesta por la enfermera que se había instalado a vivir en su casa. Roger y la señorita Meikeljohn estaban completamente convencidos de que Lucy se iba a morir. «Es por culpa de tantos cuidados —decía Roger—. ¿Sabes que la mortalidad maternal en este país es más elevada que nunca? ¿Sabías que hay mujeres que se quedan completamente calvas después de dar a luz, o que enloquecen para siempre? Ah, y la cosa es peor entre ricos que entre pobres».
Y la señorita Meikeljohn dijo:
—Lucy se está portando de maravilla. Es que no se da cuenta.
La enfermera se dedicó a confeccionar extravagantes listas. «¿Y todo el mundo necesita tener tantas cosas?», preguntó Lucy, pasmada ante la multitud de artículos médicos y de la infancia que amenazaban con inundar la casa. «Todos aquellos que se las pueden permitir», dijo con brío la hermana Kemp, ajena a la ironía. Roger encontró cierto consuelo en generalizar: «Me parece antropológicamente muy interesante, toda esta acumulación puramente ceremonial de porquería; como las tórtolas que antiguamente llevaban a las puertas del templo. Todo el mundo, según sus medios, haciendo sacrificios al dios racial de la higiene».
Roger mostró una extraordinaria tolerancia para con la hermana Kemp, que trajo consigo una atmósfera de catástrofe inminente y que cada noche aceptaba un combinado, diciendo: «Bueno, todavía no estoy de servicio», o bien: «Después del gran día no me quedará tiempo».
Ella sólo esperaba que llegase el Gran Día, el de su apoteosis, cuando Lucy no necesitara de Roger, ni de mí, ni de la señorita Meikeljohn: sólo de la hermana Kemp.
«La llamaré señora Simmonds hasta que llegue lo que tiene que llegar —dijo un día—. A partir de ahí será usted mi Lucy». Se sentaba con nosotros en el salón y en el cuarto de Lucy, que era donde al final pasábamos la mayor parte del día; parecía un extranjero sentado en una cafetería, un extranjero anarquista con una bomba al lado, observando la vida cotidiana de una ciudad extranjera a la espera de una señal de las altas instancias, la contraseña que podía llegar enseguida o dentro de pocos días, quién sabe si susurrada por boca del camarero o si remetida en una esquina del periódico vespertino; la señal de que había llegado la hora de tomar posesión de todo aquello que estaba contemplando. «Los padres necesitan casi tantas atenciones como las madres —dijo la hermana Kemp—. No, gracias, señor Simmonds, otra copa no. Tengo que estar en condiciones, ¿sabe usted? No conviene que el bebé empiece a llamar a la puerta y se encuentre con que la hermana Kemp no es capaz de descorrer el pestillo».
—No, claro —dijo Roger—. Supongo que tiene razón.
La hermana Kemp pertenecía a un selecto y muy bien pagado cuerpo de niñeras. Un bebé llevado en cochecito por ella —como ocurriría a diario durante el primer mes— tendría acceso asegurado a ciertos senderos del parque donde niñeras de categoría inferior sólo podían aventurarse a riesgo de suscitar caras largas. De este modo, el cochecito de Lucy adquiriría su estatus social y la persona que sustituyera a la hermana Kemp se encontraría con que su pupilo era ya bien conocido y respetado. Así lo explicó esta última, añadiendo como una concesión a las ideas políticas de Lucy: «El esnobismo entre las niñeras es horrible. He visto a muchas chicas salir por Stanhope Gate y marcharse a casa llorando». Y, a continuación, por aquello del esprit de corps: «Tendrían que haberlo sabido, claro está. Para ellas siempre está Kensington Gardens».
Una vez, la hermana Kemp había sido llamada a una casa en Seamore Place, relativamente cerca de la realeza, pero los jardines, si bien sumamente espléndidos, le parecieron «sosos», en palabras textuales, de lo cual dedujimos que incluso para ella existían círculos cerrados. A Roger le encantó. «Parece sacado de Thackeray», dijo, y quiso conocer más detalles, pero Lucy ya no estaba para deleitarse con reliquias sociales; toda su atención estaba centrada en el mero hecho físico de su extenuación. «Aún no ha nacido y ya odio a este bebé —dijo—. Lo odiaré toda mi vida».
Fueron días de mucho trabajo para Roger; por la mañana escribía su relato policíaco y por la tarde iba al comité de ayuda a China. La señorita Meikeljohn y yo procurábamos tener entretenida a Lucy, cada vez con menos éxito. La señorita Meikeljohn la llevaba a conciertos y al cine, permitiendo, esta vez, que Lucy eligiera las localidades, pues era evidente que necesitaba el máximo de comodidad. Yo la llevaba al zoológico cada mañana a las doce. En la sección de los monos había un espécimen diabólico, negruzco —gibón de Humboldt, lo llamaban—, al que observábamos taciturnos durante una media hora. El simio parecía ejercer en Lucy una suerte de hipnótica fascinación: no había modo de convencerla para ir a ver otras jaulas.
—Si es niño le pondré Humboldt —dijo un día—. ¿Sabías que antes de nacer yo (eso explica la tía Maureen), mi madre se sentaba delante de un bajorrelieve de Flaxman como para darme un ideal de belleza? Pobrecilla, murió dando a luz.
Lucy podía decir aquello sin engorro porque no presentía el menor peligro en su futuro inmediato.
—No me importa lo desagradable que sea el parto —decía—. Sólo quiero que acabe pronto.
Yo aceptaba su postura porque confiaba en ella, y porque me disgustaban los escrúpulos posesivos de Roger y de la señorita Meikeljohn; como no podía ser menos, me llevé una sorpresa cuando llegó el momento de la verdad.
Roger me telefoneó a la hora del desayuno:
—La cosa está en marcha.
—Bien —dije yo.
—¿Cómo que bien?
—Es una buena noticia, ¿no? ¿Desde cuándo?
—Se puso de parto anoche. Una hora después de que tú te marcharas.
—Entonces ya no tardará.
—Imagino que no. ¿Quieres que vaya?
Vino, y no paró de bostezar tras toda una noche en vela.
—Estuve con ella un par de horas. Siempre me había imaginado que la gente estaba en la cama cuando daba a luz. Lucy no, no paraba de rondar por toda la casa. Fue horrible. Y ahora no me quiere allí.
—¿Qué ha pasado, exactamente?
Roger empezó a contármelo y enseguida lamenté haber preguntado.
—La enfermera parece que sabe lo que se hace —dijo al final—. El doctor no ha comparecido hasta hace media hora. Una visita de cinco minutos. Todavía no le han administrado cloroformo; lo reservan para cuando los dolores empeoren. Dudo mucho que puedan empeorar. No te imaginas cómo ha sido la cosa.
Estuvo conmigo alrededor de media hora, leyó los periódicos que yo tenía. Al marcharse a casa, dijo:
—Te llamaré cuando haya noticias.
Dos horas después sonó el teléfono.
—No, todavía no hay noticias —dijo—. Había dicho que te telefonearía si había novedad.
—Entonces ¿qué pasa?
—No sé. Una especie de tregua.
—Pero ella se encuentra bien, ¿no? Quiero decir, no están preocupados…
—No lo sé. Ha venido otra vez el doctor. Yo he entrado a verla, pero Lucy no decía nada. Sólo lloraba en voz baja.
—Supongo que no puedo hacer nada, ¿verdad?
—No, claro.
—Me refería a la comida o algo así. ¿No te apetece salir un rato?
—Es mejor que me quede.
La idea de la tregua, de Lucy callada, en la cama, llorando quedo, esperando a que el parto se reanudara, me traspasó como no lo habría hecho que me hablaran de sus muchos dolores. Pero, al margen de mi sentido de la compasión, ahora estaba asustado. Había estado fumando en pipa y la boca se me había quedado seca; cuando golpeé la pipa para expulsar el tabaco todavía humeante, el olor me dio náuseas. Salí a la calle como quien va a la cubierta de un barco e inspira aire a bocanadas para combatir la náusea, y, más por hábito que por sentimiento, tomé un taxi para ir al zoológico.
El hombre de la entrada me conocía de verme por allí tantas veces.
—¿Hoy no le acompaña la señora, señor?
—No, hoy no.
—Yo tengo cinco —dijo.
No entendí qué había querido decir y repetí como un tonto:
—¿Cinco?
—También estoy casado —añadió.
El gibón de Humboldt no parecía tener ganas de compañía. En cuclillas, al fondo de la jaula, no dejó de observarme fijamente con una mirada bastante nauseabunda. Ni en su mejor momento trataba de hacerse popular entre los visitantes. En la jaula de su izquierda vivía un arrugado y adulador mono gris de la India que saludaba a lo árabe para que le tiraran golosinas; a la derecha había una troupe de desiguales bufones que se columpiaban y daban volteretas por la jaula para llamar la atención. No así en el caso del gibón de Humboldt; los visitantes pasaban de largo, a menudo con supersticiosa aversión y comentarios tales como, «Qué horror»; no sabía trucos, o, de saberlos, los ejecutaba en solitario para su propia satisfacción, de noche, como un ritual, cuando, en ese exótico enclave entre terrazas de estuco, los prisioneros se despertaban y conmemoraban las selvas donde nacieron, igual que los negros en el exilio, cuando han terminado su trabajo, bailotean al son de la música africana en un solar vacío detrás de algún comercio.
Lucy siempre le llevaba fruta al mono; yo no tenía nada que ofrecerle, pero, para engañarle, rasqué la alambrada y le tendí la mano vacía como si tuviera un regalo para él. El mono se incorporó, revelando una extraordinaria longitud de negras extremidades, y se acercó a mí, casi con delicadeza, caminando sobre las puntas de los dedos. Tenía el pecho ligeramente estrecho y salido y el pelaje denso y corto; su cabeza era esférica, sin el hocico de caniche de sus vecinos de jaula: tan sólo dos ojos y una línea de dientes dispuestos sobre cuero, como un trecho muy gastado en una alfombra. Recordaba menos a un hombre que sus congéneres y carecía de la vulgaridad humana de éstos. Cuando, a escasa distancia de mí, comprendió que yo no tenía nada en la mano, se encaramó de un salto a los barrotes y se quedó allí colgado, abierto de patas como una araña, gruñendo despectivamente, y luego se dejó caer al suelo, dio media vuelta, y regresó con los mismos andares al rincón del que yo le había sacado con mi gesto. Me lo quedé mirando y pensé en Lucy, y así fueron pasando los minutos.
En un momento dado reparé en alguien que pasaba detrás de mí, yendo del mono sociable a la troupe de saltimbanquis y vuelta otra vez, y que no miraba a los animales, sino a mí. Yo mantuve la vista fija en el gibón, confiando en que el otro dejara de observarme. Al rato una voz dijo: «Oiga».
Me di la vuelta y allí estaba Arthur Atwater. Iba vestido como le había visto la última vez, con su impermeable, pese a que hacía buen tiempo, y su gorro gris, sesgado con la evidente intención de tener aspecto de tunante o de pillo, aunque, en realidad, sólo parecía torcido y nada más. (Me explicó después el motivo de llevar impermeable, diciendo: «Ya sabe lo que pasa en las pensiones. Si uno se deja algo en la habitación y está todo el día fuera, seguro que otro se queda prendado y se lo apropia»).
—Usted es Plant, ¿verdad?
—En efecto.
—Ya me parecía a mí. Jamás olvido una cara. Lo llaman el don de la realeza, ¿lo sabía?
—No me diga.
—En serio, eso y la puntualidad. Yo soy puntual. Es curioso, porque, verá usted, en realidad, y aunque en mi situación no voy alardeando de eso, soy descendiente de Enrique VII. —Como quiera que, al no encontrar respuesta adecuada a aquella información, me quedé callado, él añadió de pronto—: Oiga, se acuerda de mí, ¿verdad?
—Desde luego.
Se acercó un poco más, inclinándose a mi lado sobre la barandilla que nos separaba de la jaula. Era como si estuviéramos a bordo de un barco mirando al mar, sólo que en vez de ver pasar las olas veíamos a la solitaria e inmóvil persona del gibón de Humboldt.
—No me importa confesarlo —dijo—. Desde la última vez que nos vimos las he pasado canutas.
—Supe que lo habían absuelto en el juicio. A mí me pareció que había tenido mucha suerte.
—¡Suerte, dice! Si hubiera oído usted las cosas que dijo ese juez. Cosas que no tenía ningún derecho a decir y que no se habría atrevido a decirle a un rico, dichas, además, con toda la maldad… y que no se me van a olvidar así como así. El juez Longworth, apañados estamos con jueces así. De acuerdo, ¡absuelto sin mancha!, ¡inocente! ¿Y con eso recupero yo mi empleo?
—Pero, de las pruebas presentadas en el proceso, me pareció entender que a usted lo habían despedido.
—Es verdad. ¿Y sabe por qué? Pues porque las ventas iban de capa caída. ¿Para qué iba yo a vender esas horribles medias, eh? Si es que lo único que le interesa a todo el mundo es el dinero, hombre. Y a mí me empieza a pasar lo mismo. ¿Cuándo cree usted que he comido por última vez, quiero decir una comida decente?
—No tengo la menor idea, lo siento.
—El martes pasado. Estoy hambriento, Plant, hambriento de verdad.
—Podría haber ahorrado los seis peniques de la entrada al zoo, ¿no le parece?
—Soy miembro numerario —dijo Atwater con sorprendente prontitud.
—Ah.
—No se lo cree, ¿eh?
—No tengo por qué no creérmelo.
—Se lo demostraré. Mire esto: entradas de socio, un par de ellas. —Me hizo mirar dos entradas para el zoológico firmadas con una letra muy femenina.
—Querido Atwater —dije—. Esto no quiere decir que sea miembro; se las puede haber dado alguien que sí lo es. Pero tampoco tiene la menor importancia.
—¡Que no tiene la menor importancia! Le diré una cosa, Plant: ¿sabe quién me las ha dado? Pues la madre de un tío que conozco; un tío al que conozco bien. El otro día fui a verlo a su casa, busqué la dirección en el listín de teléfonos. Resultó que era la casa de su madre. Mi amiguete estaba en el extranjero. En fin, que me puse a hablar con la madre, le expliqué la situación en que me encontraba y lo muy amigos que habíamos sido su hijo y yo. Parecía una ancianita buena persona. Al final me dijo: «Qué pena. Permítame que le dé una cosa», y empezó a revolver en el bolso. Yo pensé que al menos me caería una libra, ¿y qué es lo que me da? Estas malditas entradas para el zoo, ¡nada menos!
—Bueno —dije yo, tratando de ser lo más alentador posible, pues daba la impresión de que esta vez Atwater se había llevado una injusta decepción—, el zoológico es un lugar muy agradable.
Ante esto, Atwater mostró uno de aquellos volubles cambios de humor que luego me serían familiares, pero que, en esa fase temprana de nuestra relación, me desconcertó no poco: del resentimiento al mero entusiasmo.
—Es un lugar maravilloso —dijo—, no hay nada igual. Todos estos animales traídos aquí, a Londres, desde los lugares más remotos del planeta. Imagine lo que han visto, bosques y ríos donde probablemente no ha estado ningún hombre blanco. Le entran a uno ganas de viajar, ¿no es cierto? Imagínese remando en su canoa río arriba por una región inexplorada, con guirnaldas de orquídeas en lo alto y loros posados en los árboles y enormes mariposas, y criados indígenas, y luego tender la hamaca al fresco por la noche y ponerse en marcha a la mañana siguiente sin nadie que te moleste, viviendo de pescado y fruta… Eso sí que es vida —dijo Atwater.
Una vez más, me sentí empujado a corregir sus erróneas ideas sobre la vida en las colonias.
—Si todavía sigue con la idea de instalarse en Rodesia —dije—, debo advertirle de que las cosas allí son muy distintas de lo que acaba de describir.
—Rodesia está descartado —contestó Atwater—. Tengo otros planes.
Me habló extensamente de ellos, y como eso me distraía de pensar en Lucy, le escuché agradecido. Todo dependía, en primera instancia, de localizar a un viejo conocido suyo —un tal Appleby— que últimamente había desaparecido, como por lo visto les pasaba a otros muchos conocidos de Atwater, sin la menor indicación sobre su paradero. Appleby conocía una gruta en Bolivia donde los jesuitas habían guardado, años ha, sus riquezas. Al ser expulsados, echaron una maldición a la gruta de forma que los supersticiosos indígenas no violaran el tesoro escondido. Appleby guardaba unos viejos pergaminos donde lo explicaba con detalle. Pero, sobre todo, tenía una fotografía aérea de la localidad y, mediante un proceso especial de revelado que sólo él conocía, consiguió que el terreno aurífero saliera oscuro: la colina donde los jesuitas habían dejado su tesoro era casi negra del todo; los pocos puntos blancos correspondían a cofres con joyas y, posiblemente, platino en barras.
—La idea de Appleby era reunir a diez tipos robustos que aportaran cien libras por cabeza para cubrir los gastos de viaje y de excavación. Yo me habría apuntado sin pensarlo dos veces. Lo tenía todo arreglado. Lo que pasa es que en aquel momento no podía aportar cien libras ni que hubiera querido.
—¿La expedición llegó a ponerse en marcha?
—Creo que no. Es que la mayoría estaban en la misma situación que yo. Además, el viejo Appleby no habría arrancado sin mí. Es un buen elemento. Si al menos supiera por dónde anda ahora, todo iría mejor.
—¿Y por dónde solía andar?
—Antes siempre te lo encontrabas en el viejo Wimpole. Appleby era lo que nuestro barman solía llamar un habitual.
—Seguro que allí tendrán sus señas, ¿no? —Seguí hablando porque, mientras me enteraba de cosas sobre el tal Appleby, mi cabeza no pensaba tanto en Lucy.
—Bueno, verá, es que el Wimpole es un club de bastante manga ancha. Allí te aceptan mientras seas un buen tipo y nadie hace preguntas. La suscripción se paga una vez al mes; ya conoce usted el paño. Al que se escaquea de pagar la apuesta inicial, como lo llamábamos entonces, el portero no le deja entrar.
—¿Y el viejo Appleby se escaqueaba de pagar la apuesta inicial?
—Pues sí. Tampoco pasaba nada. No era el primero, ni desde luego el último, al que ponían de patitas en la calle por impago de cuota. Imagino que en su club también ocurrirá. Después nadie te mira mal. Pero resulta que Appleby es un poco tiquismiquis y empezó a regañar al conserje llamándole de todo y entonces vino el secretario a meter las narices y, bueno, para resumir, se armó la de Dios.
—Oh —dije—. Entiendo. —Y mientras lo decía, mi interés por la que armó Appleby en su club se desvaneció por completo y pensé en Lucy llorando en la cama y esperando que volvieran los dolores—. Vamos, hombre, cuénteme más —dije.
—¿De qué? ¿De Appleby?
—De lo que sea. Hábleme de esos colegas suyos del Wimpole. Dígame cómo se llaman uno por uno y descríbame exactamente su aspecto. Hábleme de su familia de usted; cuénteme con detalle todos los empleos que ha perdido hasta ahora. Cuénteme todas las anécdotas graciosas que conozca. Dígame la buenaventura, lo que sea. ¿No ve que lo que quiero es que me hablen?
—No sé si le capto —dijo Atwater—, pero si está tratando de insinuar que le aburro…
—Atwater —le corté, muy serio—. Le voy a dar una libra sólo porque me hable. Mire, aquí la tiene, cójala. ¿Le parece que me aburre usted?
—Lo que me parece es que está un poco chiflado —dijo Atwater guardándose el billete—. De todos modos, se agradece. En este momento me viene de perlas, claro que sólo es un préstamo, ojo.
—Sólo un préstamo —repetí, y ambos nos quedamos callados, él pensando sin duda en mi chifladura, y yo, en Lucy.
El mono negro caminaba lentamente por su jaula rastrillando el serrín y las cáscaras de cacahuete con el dorso de la mano, buscando en vano una migaja olvidada. De pronto oímos carreras en la jaula de al lado: habían aparecido dos mujeres con un montón de plátanos. «Disculpen», dijeron, poniéndose delante de nosotros para ofrecerle comida al gibón de Humboldt, después de lo cual continuaron con el adulador mono gris y así de jaula en jaula hasta que la bolsa de plátanos quedó vacía.
—¿Y ahora adónde vamos? —dijo una de ellas—. No tiene gracia ver animales a los que está prohibido dar de comer.
Atwater oyó casualmente este último comentario y algo debió de agitarse en él, pues para cuando las mujeres abandonaron el recinto de los simios, su estado de ánimo ya había cambiado. Atwater el soñador, Atwater el buen elemento, Atwater el desvalido, aparecían según una secuencia más o menos regular. Mi preferido era el Atwater buen elemento, pero estaba claro que había que tomarlo tal como venía.
—Dar de comer a animales mientras hombres y mujeres se mueren de hambre… —dijo amargamente.
Era un tema; un tema reseco, sin aroma y sin color, como una flor prensada; un tema sobre el cual, en el círculo de debate estudiantil, uno ya desesperaba de encontrar algo nuevo que decir —«La moción que el señor John Plant, del Rectorado, presenta ante la Cámara es que se trata a los animales con excesiva bondad»—, lo que no quitaba que fuera un tema de conversación.
—Los animales se pagan por su valor de entretenimiento —dije—. No enviamos cestas con comida a los monos en sus propias selvas. —¿O sí? A saber de qué eran capaces las humanitarias damas de Inglaterra—. Traemos aquí a los monos para que nos diviertan.
—¿Qué tiene de divertido ese animal?
—Bien, yo diría que es muy hermoso.
—¿Hermoso? —Atwater miró la carita hostil del gibón tras los barrotes—. Pues no sé. —Y añadió, entre agresivo y malhumorado—: Seguro que diría que es más hermoso que yo.
—Bueno, a decir verdad, ya que lo plantea…
—A usted le parece hermoso ese bicho y le da de comer, y un techo, mientras que a mí me deja morir de hambre.
Me pareció injusto por parte de Atwater. Acababa de darle una libra. Además, no era yo quien había dado comida al simio, y así se lo hice ver.
—Ah —dijo él—, entonces me paga por mi valor de entretenimiento. Usted cree que soy una especie de mono.
Por incómodo que resultara, Atwater había dado casi en el clavo.
—Me interpreta usted mal —dije.
—Eso espero. Un comentario así daría pie a una batalla campal en el Wimpole.
Me vino a la cabeza una idea genial.
—Atwater —le dije, con cautela, pues era obvio que aún estaba deprimido—. No se ofenda usted por lo que voy a decir, pero, suponiendo que pagara yo (en calidad de préstamo, por supuesto), ¿cree que sería posible que fuéramos los dos a comer al Wimpole?
Se tomó bastante bien mi sugerencia.
—Le seré franco —dijo—. Este mes todavía no he pagado la cuota. Son siete chelines con seis peniques.
—Lo incluiremos en el préstamo.
—Buen elemento. Seguro que le gustará el Wimpole.
El taxista, cuando le dije «al Wimpole Club», se quedó perplejo.
—Pues me pilla usted en falta. Pensaba que los conocía todos. ¿Ése no era uno que antes se llamaba «Palm Beach»?
—No —dijo Atwater, y le dio la dirección exacta.
Fuimos hasta una travesía de Wimpole Street, un callejón de caballerizas convertidas en viviendas. («A los tíos de los concesionarios de Great Portland Street les queda muy a mano», dijo Atwater).
—A propósito, más vale que se lo diga. En el club me conocen como Norton.
—¿Y eso?
—Muchos socios utilizan otro nombre. Supongo que en el club al que usted pertenece pasa otro tanto.
—No me extrañaría nada —dije.
Pagué al taxista. Atwater abrió de un puntapié una puerta pintada de verde y me condujo hacia el vestíbulo. Un conserje estaba comiendo emparedados con una taza de té detrás del mostrador.
—He estado fuera —dijo Atwater—. Pasaba a pagar mi suscripción. ¿Hay alguien dentro?
—Todo está muy tranquilo —dijo el conserje.
La sala en la que Atwater me hizo entrar estaba completamente desierta. Era a la vez bar, salón y comedor, pero sobre todo bar, para lo cual habían levantado, al fondo de todo, una especie de decorado de cine con vigas de roble, techo de paja, un fanal de hierro forjado y un rótulo con heráldica de mentirijillas y botellas y jarras de cerveza pintadas.
—No se lo tome a mal, Atwater —dije—, pero me gustaría saber cuál fue el parecido que vio usted entre su club y la habitación del mío en donde estuvimos hablando.
—No hay punto de comparación, ¿verdad? Sólo pretendía darme aires de superioridad. ¡Jim!
—Señor. —Una cabeza apareció por encima de la barra—. Vaya, señor Norton, hacía tiempo que no le veíamos. Estaba aquí, cenando un poquito.
—Permíteme que interrumpa tan importante función y le dé a este amigo mío algo como para impresionarlo de verdad. —Era una nueva y muy ampliada versión del Atwater buen elemento—. Que sean dos de tus especiales, Jim. —Ahora a mí—: Los especiales de Jim son famosos. —A Jim—: Te presento al señor Plant, uno de mis mejores amigos. —A mí—: Jim me conoce a fondo. —A Jim—: ¿Dónde está la pandilla?
—Ya no vienen tanto por aquí como antes, señor Norton. No corre el dinero.
—Usted lo ha dicho. —(Jim puso dos combinados encima de la barra)—. Supongo, Jim, que por ser la primera vez que tenemos al señor Plant entre nosotros, y siguiendo la vieja costumbre del Wimpole, estas copas van por cuenta de la casa, ¿no?
Jim rió, un tanto nervioso, y dijo:
—Al señor Norton le gusta la broma.
—¿Broma? Me avergüenzas delante de mis amistades. Pero no te preocupes, Jim. He encontrado a un patrocinador rico; si no nos invitas a esta ronda, toma tú una copa con nosotros.
El barman se sirvió algo de una botella que guardaba a propósito en un estante debajo de la barra.
—La primera de hoy —dijo, mientras brindábamos.
—Eso que tiene Jim en esa botella —dijo Atwater— es uno de los grandes misterios del club.
Yo sabía lo que contenía, té frío, lo mismo que la gran mayoría de cantineros, pero me pareció que si se lo decía a Atwater le estropearía la jugada.
El «especial» de Jim resultó ser fuerte y agradable.
—¿Es correcto si pido una ronda? —pregunté.
—Más que eso: es perfecto.
Jim agitó otra coctelera y llenó de nuevo su vaso.
—¿Te acuerdas de cuando me bebí doce especiales antes de cenar con el señor Appleby?
—Me acuerdo, señor.
—Aquella noche estaba un poquitín ajumado, ¿eh, Jim?
—Un poquitín, señor.
Tomamos más rondas; Jim cobró las bebidas, tres chelines cada vez. Después de la primera ronda, cuando Atwater echó mano del billete de una libra, pagué yo. Las otras veces él dijo: «Anótelo en la deuda nacional» o alguna alusión similar a la ficción del préstamo. No pasó mucho rato antes de que Jim y Atwater se pusieran a recordar momentos del pasado de este último.
Mis pensamientos tomaron otra deriva y, a al cabo de un rato, fui a telefonear a Victoria Square. Contestó Roger.
—Parece que la cosa va más o menos normal —dijo.
—¿Cómo está Lucy?
—No he entrado a verla. Está aquí el doctor, lleva una bata blanca, parece un árbitro de críquet. No para de decir que no me preocupe.
—Pero ¿ella corre peligro?
—Naturalmente que sí, esto es un lance peligroso.
—Ya, quiero decir, ¿más peligro que la mayoría?
—Sí. O no. No lo sé. Han dicho que todo era bastante normal, pero a saber qué significa eso.
—Querrá decir que no corre más peligro que la mayoría.
—Sí, supongo.
—¿Te molesta que llame para preguntar?
—No, de veras que no. ¿Tú dónde estás?
—En un club. Se llama el Wimpole.
—No me suena de nada.
—Ya te contaré luego. Es muy interesante.
—Estupendo. Luego me lo cuentas.
Volví a la barra.
—Creía que nuestro viejo camarada se nos había desmayado —dijo Atwater—. ¿Ha estado vomitando?
—Cielos, no.
—Tiene muy mal color, ¿verdad, Jim? Yo creo que lo que necesita es un especial. Yo vomité la noche en que el amigo Grainger vendió su Bentley, devolví hasta la primera papilla…
Cuando yo llevaba gastados unos treinta chelines, Jim empezó a cansarse de su té frío.
—¿Por qué no se sientan a una mesa y permiten que les encargue un buen asado? —dijo.
—Todo a su tiempo, Jim, todo a su tiempo. Primero el señor Plant desearía otro de esos especiales a modo de aperitivo, y como no me gusta ver beber solo a un viejo camarada, tomaré otro yo también.
Más tarde, estando ya muy borrachos los dos, llegaron unos filetes que no recordábamos haber pedido. Los comimos en la misma barra con grandes cantidades de salsa Worcester, por consejo de Jim. Creo que la conversación versó mayormente sobre el tal Appleby y la necesidad de dar con él. Telefoneamos a dos o tres con ese apellido según los encontramos en el listín de teléfonos, pero todos dijeron no saber nada de tesoros escondidos.
Serían más de las cuatro de la tarde cuando salimos del Wimpole, Atwater más borracho que yo; al día siguiente yo recordaba casi palabra por palabra nuestra conversación. Cuando pasábamos frente a las antiguas caballerizas, le pregunté:
—¿Dónde vive?
—En una pensión. Menudo cuchitril. Pero como ahora tengo dinero… si quiero puedo dormir en el dique. La poli no te deja dormir en el dique a menos que tengas dinero. Vagos y maleantes: una ley para los ricos y otra para los pobres. ¡Qué injusticia!
—Podría venirse a vivir conmigo. Tengo una casa de campo y hay sitio de sobra. Quédese el tiempo que quiera. Hasta que estire la pata.
Y nos separamos, temporalmente, él haciendo eses por Wimpole Street, dejando atrás las placas de latón, y yo metido en un taxi camino de mis aposentos en Ebury Street. Al llegar me desvestí, dejé la ropa bien doblada y me metí en la cama. Desperté horas más tarde, ya de noche, y no tenía ni idea de dónde estaba ni de cómo había llegado hasta allí.
Sonaba el teléfono en mi salita. Era Roger. Me dijo que Lucy había dado a luz un varón hacía un par de horas; que él no había parado de llamar a familiares desde entonces; que ella estaba bien, que lo primero que había pedido al volver en sí del cloroformo era un cigarrillo.
—Me apetece salir y pillar una buena borrachera —dijo Roger—. ¿A ti no?
—No —dije—. Me temo que no. —Y volví a la cama.
IV
Cuando yo me emborrachaba, normalmente se me pasaba durmiendo y al día siguiente me despertaba en relativa buena salud; Roger no. Habíamos hablado antiguamente de su insomnio etílico sin hallar otro remedio que la abstinencia. Después de llamarme a mí, Roger había salido con Basil; a la mañana siguiente estaba hecho una pena.
—Es extraordinario —me dijo—. No siento absolutamente nada por esa criatura. Estos últimos meses no he dejado de repetirme que cuando la viera en carne y hueso, todos esos sentimientos atávicos y profundamente arraigados surgirían de pronto. Estaba preparado para una experiencia espiritual profunda. Me trajeron al niño para que lo viera, lo miré y esperé… y no pasó nada de nada. Como la primera vez que fumas hashish, o como cuando te «confirman» en el colegio.
—Conocí a uno que tenía cinco hijos —dije— y le ocurrió lo mismo hasta que llegó el quinto. De repente se sintió abrumado de amor hacia la criatura. Compró un termómetro y cada vez que la niñera salía de la habitación, iba él y le tomaba la temperatura. Se podría decir que es un hábito, como el hashish.
—No creo tener absolutamente nada que ver con ese niño. Es como si me hubieran enseñado el apéndice de Lucy o una muela que le hubieran sacado.
—¿Y cómo es? Quiero decir, no ha salido un monstruo ni nada de eso…
—No, ya lo he comprobado: dos brazos, dos piernas, una cabeza… Es un bebé, vaya. Naturalmente, hasta que no pasa un tiempo no se sabe si está bien o no. Creo que la primera señal es que sepa coger cosas con las manos. ¿Sabías que a la abuela de Lucy la encerraron?
—No tenía la menor idea.
—Pues sí. Lucy no llegó a verla, por supuesto. De ahí que esté tan nerviosa por Julia.
—¿Está nerviosa por Julia?
—¿Y quién no?
—¿Cuándo se sabe si están ciegos o no?
—Hay que esperar varias semanas, me parece. Se lo pregunté a la hermana Kemp y me dijo: «Pero cómo se le ocurre», y me arrancó el bebé de las manos como si yo quisiera hacerle daño a la pobre criatura. ¿Sabes cómo llama Lucy a la hermana Kemp…? Kempy.
—No me lo puedo creer.
Era verdad. Entré a verla cinco minutos y la oí decir Kempy en dos ocasiones. Cuando nos quedamos un momento a solas le pregunté la razón.
—Me lo ha pedido ella —respondió Lucy—, y la verdad es que es un sol.
—¿Un sol?
—Ayer se portó de maravilla conmigo.
Yo había llevado unas flores, pero la habitación de Lucy estaba a rebosar. Ella sonreía, extenuada, en la cama. Me senté a su lado y le cogí la mano.
—Todo el mundo se ha portado de maravilla —dijo—. ¿Has visto al bebé?
—No.
—Pídele a Kempy que te lo enseñe.
—¿Estás contenta con él?
—Lo amo. De veras. Jamás pensé que sería así. Es tan… persona.
Esto me dejó desconcertado.
—No te has quedado calva —dije.
—No, pero fíjate qué pelos. ¿Qué hiciste ayer?
—Coger una turca.
—El pobre Roger también. ¿Estuvisteis juntos?
—No —dije—, fue bastante divertido. —Empecé a contarle lo de Atwater, pero noté que ella no me escuchaba.
Entonces entró la hermana Kemp con más flores: eran del señor Benwell.
—Es un sol —dijo Lucy.
Esto ya era demasiado: primero la hermana, ahora el señor Benwell. Sentí que me ahogaba con tanto empalago.
—He venido a despedirme —dije—. Me vuelvo al campo para atender los asuntos de la casa.
—Me alegro muchísimo por ti. Iré a verte tan pronto como me encuentre en condiciones.
Ella no me quiere, pensé; el gibón de Humboldt y yo habíamos cumplido con nuestra parte.
—Serás mi primera invitada —dije.
—Dentro de unos días.
La hermana Kemp salió conmigo al rellano.
—Ahora venga a ver esta preciosidad —dijo.
En el vestidor de Roger había una cuna forrada de tela blanca con cintas, y dentro, un bebé.
—¿A que es todo un hombrecito?
—Espléndido —dije—, un verdadero sol… Kempy.