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Stories by evelyn waugh

la europa moderna de scott-king (spanish)

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I
Veinte años llevaba Scott-King en 1946 como profesor de lenguas clásicas en Granchester. De hecho, era oriundo de esta localidad, a la que había vuelto recién salido de la universidad tras un intento frustrado de conseguir una beca. Y allí estaba todavía, perdiendo un poco de pelo y ganando un poco de corpulencia, conocido por generaciones de chavales primero como «Scottie» y, en años posteriores, si bien apenas era un hombre de mediana edad, como «el viejo Scottie»; toda una «institución» en la escuela, cuyas meticulosas y un tanto gangosas lamentaciones contra la decadencia moderna eran ampliamente parodiadas.
Granchester no es el más ilustre de los colegios privados de Inglaterra, pero sí es, o, como sostendría Scott-King, era, perfectamente respetable. Celebra cada año un campeonato de críquet en Lord’s; cuenta con una docena de hombres famosos entre sus ex alumnos, los cuales, por regla general, proclaman: «Yo fui a Granchester», a diferencia de los ex alumnos de escuelas de inferior calidad, que suelen decir: «Yo fui a un sitio que se llama —. Es que en esa época mi padre…».
Tanto cuando Scott-King era un muchacho como cuando regresó por primera vez en calidad de profesor, el colegio estaba dividido casi a partes iguales entre una sección Clásica y una sección Moderna, con un grupo de desdeñables y desdeñados especialistas llamados «los militares». Ahora las cosas habían cambiado y de 450 alumnos apenas 50 estudiaban griego. Scott-King había visto marcharse uno por uno a sus colegas de Clásicas, algunos a rectorías en zonas rurales, otros al British Council y la BBC, siendo sustituidos por físicos y economistas de las universidades provinciales, hasta que actualmente, en lugar de ser el único habitante de la rara atmósfera intelectual del Sexto de Clásicas, se veía obligado a degradarse muchas horas a la semana haciendo que chicos más pequeños empollaran Jenofonte y Salustio. Pero Scott-King no se afligía por ello, al contrario. Encontraba un placer especial en contemplar las victorias de la barbarie y se regocijaba verdaderamente con su escueto entorno, pues era de ese tipo de persona, desconocido en el Nuevo Mundo, pero bastante común en Europa, a quien fascinan la oscuridad y el fracaso.
«Tenue» sería el epíteto perfecto para Scott-King, y fue un compañerismo, una hermandad de sangre con lo tenue el primer motivo de que decidiera estudiar la obra del poeta Bellorius.
Nadie era tan tenue, salvo quizá el propio Scott-King, como Bellorius. Cuando, en 1646, el poeta falleció, pobre y un tanto desacreditado, en su ciudad natal de lo que entonces era un reino feliz dentro del imperio habsburgo y ahora es el turbulento estado moderno de Neutralia, dejó por toda obra un único infolio que contenía un poema compuesto por unos 1500 hexámetros en latín. En vida del autor, su publicación no tuvo más consecuencia que incordiar a la Corte, la cual decidió cancelar la pensión que cobraba. A raíz de su muerte, el poema quedó relegado al olvido hasta que, a mediados del siglo pasado, se volvió a imprimir en Alemania dentro de una antología de textos del renacimiento tardío. Fue en esta edición donde Scott-King lo encontró durante unas vacaciones en el valle del Rin, e instantáneamente su corazón latió con el reconocimiento de un alma gemela. El tema era irremediablemente tedioso: una visita a una isla imaginaria del Nuevo Mundo donde un pueblo virtuoso, casto y sensato subsistía en su primitiva simplicidad sin ser contaminado por tiranías ni dogmas. Los versos, además de ser correctos y musicales, estaban enriquecidos con numerosas y acertadas metáforas; Scott-King se puso a leerlo en la cubierta del vapor fluvial mientras viñedos y torreones, riscos y bancales y bosques, iban quedando lentamente atrás. En qué eran ofensivos aquellos versos —por qué sátira, deliberada o no, que las décadas habían suavizado; por qué arriesgada conjetura— no es fácil de ver ahora. Pero que se perdieran en el olvido es perfectamente comprensible para cualquiera que esté al corriente de la historia de Neutralia.
Es preciso conocer algo de dicha historia si queremos entender a Scott-King. No entremos en detalles y observemos que en los trescientos años transcurridos desde la muerte de Bellorius, el país ha sido víctima de todos los males concebibles en tanto que estamento político. Guerras dinásticas, invasiones, disputas de sucesión, colonias insurrectas, epidemias de sífilis, suelos empobrecidos, intrigas masónicas, revoluciones, restauraciones, complots, juntas, pronunciamientos, liberaciones, constituciones, coups d’état, dictaduras, asesinatos, reformas agrarias, elecciones populares, intervención extranjera, cancelación de empréstitos, inflación de la moneda, movimientos sindicales, matanzas, incendios provocados, ateísmo, sociedades secretas… Que cada cual complete la lista añadiendo tantas fobias personales como desee: de todo habrá en la historia neutraliana de los tres últimos siglos. De ello emergió la actual república, un típico estado moderno gobernado por un partido único, con un aclamado y todopoderoso mariscal, que mantiene a una extensa y mal pagada burocracia cuyo trabajo se ve humanizado y empañado por la corrupción. Que vaya esto por delante; y también que los neutralianos, como inteligente raza latina, son poco dados a venerar héroes y se ríen bastante de su mariscal. Sólo una cosa le ganó la genuina estima del pueblo: su decisión de mantenerse al margen en la Segunda Guerra Mundial. Neutralia se secuestró a sí misma y, de ser un reñidero de tendencias facciosas, pasó a volverse remota, intangible, «tenue»; tanto es así que, mientras la faz de Europa se tornaba áspera y la guerra, tal como aparecía en los periódicos y los aparatos de radio de la sala de profesores, se ponía su heroico y caballeroso disfraz y se convertía en un sudoroso tira y afloja entre bandos idénticos de saqueadores, Scott-King, que jamás había puesto el pie allí, se volvió neutraliano por lealtad y, como un acto de homenaje, reanudó con fervor la tarea en la que había estado trabajando de forma intermitente: la traducción de Bellorius a estrofas spenserianas. La obra —introducción, traducción, notas— quedó concluida cuando los desembarcos de Normandía. Scott-King envió el texto a la Oxford University Press y, cuando al cabo de un tiempo le fue retornado, lo guardó en un cajón del escritorio de pino bronco que tenía en su estudio gótico, siempre cargado de humo, sobre el patio de Granchester. No se afligió. Era su opus, su monumento personal a lo tenue.
Pero la sombra de Bellorius permanecía a su lado, exigiendo ver su cólera aplacada. Había asuntos pendientes entre los dos. No es posible establecer fuertes vínculos con un hombre (por más que haya muerto tres siglos atrás) sin incurrir en ciertas obligaciones. Así, coincidiendo con las celebraciones del armisticio, Scott-King hizo una síntesis de sus conocimientos y redactó un pequeño ensayo de cuatro mil palabras, titulado El último latinista, para conmemorar el inminente tricentenario de la muerte de Bellorius. Lo publicó una revista especializada. Scott-King cobró doce guineas por el fruto de quince años de trabajo y dedicación; seis de ellas se le fueron en el impuesto sobre la renta; con las seis restantes se compró un enorme reloj de color gris plomo que funcionó de manera irregular durante un par de meses y luego se paró del todo. Y ahí se podía decir que terminaba el asunto.
Éstas son, pues, grosso modo y vistas de lejos, las circunstancias —la historia personal de Scott-King; Bellorius; la historia de Neutralia; el año de gracia de 1946—, todas ellas bastante creíbles y bastante aburridas, circunstancias que, combinadas, dieron como resultado los extraños acontecimientos de aquellas vacaciones estivales. Acerquémonos ahora con la cámara y hagamos un primer plano de nuestro protagonista. Sabemos muchas cosas de Scott-King, pero todavía no lo conocemos en persona.
Helo aquí, pues, desayunando una mañana gris en el inicio del trimestre de verano. En Granchester los profesores solteros tenían a su disposición un par de salas en los edificios del centro y tomaban las comidas en la sala comunitaria. Scott-King venía del aula, donde acababa de dar una clase de primera hora, con la toga ondeando a su espalda y un fajo de palpitantes hojas de examen entre sus dedos entumecidos. Granchester no había experimentado ningún cambio en las privaciones de la guerra. El hogar siempre frío se usaba como cenicero y papelera y raramente lo vaciaba nadie. La mesa del desayuno estaba sembrada de potecitos, cada uno con el nombre de un profesor, que contenían raciones de azúcar, margarina y una mermelada espuria. El desayuno consistía en una bazofia de huevos «secos». Scott-King apartó tristemente la vista del aparador y dijo:
—Le regalo a cualquiera mi parte de este triunfo de la ciencia moderna.
—Tienes una carta, Scottie —dijo uno de sus colegas—. «Honorable catedrático señor Scott-King». Mi enhorabuena.
El sobre en cuestión era grande y rígido y llevaba un escudo de armas en la solapa. Dentro había una tarjeta y una carta. La tarjeta decía así: El rector magnífico de la Universidad de Simona y el Comité de la Asociación para la Celebración del Tricentenario de Bellorius solicitan el honor de la presencia del catedrático Scott-King en los actos a celebrar en Simona del 28 de julio al 5 de agosto de 1946. Se ruega respuesta. Su excelencia el doctor Bogdan Antonic, secretario internacional de la Asociación. Universidad de Simona, Neutralia.
La carta iba firmada por el embajador neutraliano ante la corte de St. James’s, y, en ella, se hacía saber que expertos y eruditos del mundo entero iban a reunirse para honrar al ilustre pensador político neutraliano Bellorius, dando a entender delicadamente que los invitados no tendrían que costearse el viaje.
La primera sensación que tuvo Scott-King al leerlo fue que se trataba de un engaño, una broma. Miró en derredor esperando cazar una mirada de complicidad entre sus colegas, pero al parecer estaban todos ocupados en sus propios asuntos. Pensándolo mejor, llegó a la conclusión de que aquellos suntuosos membretes en relieve no estaban al alcance de sus míseros sueldos. La carta debía de ser, pues, auténtica. Pero Scott-King no estaba contento. Tenía, antes bien, la sensación de que una prolongada intimidad entre él y Bellorius había sido violada. Se guardó el sobre en el bolsillo, comió su pan con margarina y acto seguido se dirigió hacia la capilla. Paró en la secretaría para comprar un paquete de folios con emblema de la escuela, donde pensaba escribir: «Lamentándolo mucho, el señor Scott-King…».
Pues, aunque parezca extraño, Scott-King sentía una gran desgana. Algo de ese estilo se ha apuntado ya antes, y, sin embargo, viéndole cruzar el patio hasta la capilla —un hombre de mediana edad, desaliñado, sin honores ni fama, con su redonda cara de intelectual contraída por el viento—, cualquiera habría podido decir: «Ahí va uno que se ha perdido todas las compensaciones de la vida, y que encima lo sabe». Pero eso es porque no conocemos todavía a Scott-King; ningún voluptuoso saciado de conquistas, ningún coloso teatral magullado y destrozado por adoradoras adolescentes, ningún Alejandro, ningún Talleyrand, podía haber sido más desganado que Scott-King. Él era una persona adulta, un intelectual, un estudioso de los clásicos, casi un poeta; estaba agotado de viajar por la gran periferia de su mente, saciado de las experiencias acumuladas en su imaginación. Era más viejo, se podría haber escrito, que las rocas en las que se sentaba; más viejo, en cualquier caso, que su banco en la capilla; había muerto muchas veces, este Scott-King, se había zambullido hasta lo más hondo, había traficado extraños tejidos con mercaderes orientales. Y todo eso no le había sonado más que a música de flautas y liras. Meditando de esta manera, dejó la capilla y se encaminó a su aula, donde durante las primeras horas tuvo al grupo de alumnos de menor edad.
Tosían y estornudaban. Uno de ellos, más ingenioso que los otros, intentó repetidas veces tirarle de la lengua, puesto que, se sabía, a veces él se dejaba tirar.
—Con permiso, señor, aquí mi compañero el señor Griggs dice que estudiar a los clásicos es perder el tiempo.
Pero Scott-King se limitó a contestar:
—Perder el tiempo sería venir a mi clase y no aprender nada.
Después de repasar gerundios en latín leyeron, o tartamudearon, media página de Tucídides.
—Estos últimos episodios del asedio han sido descritos como el tañido de una gran campana.
Rápidamente un coro surgió de la última fila.
—¿La campana? ¿Dice usted que ha sonado la campana, señor?
Hubo un tumultuoso cerrar de libros de texto.
—Quedan veinte minutos de clase. He dicho que el libro era como un tañido de campana.
—Disculpe, señor. Yo es que no acabo de entenderlo. ¿Cómo va a ser un libro igual que una campana?
—Ambrose, si desea usted hablar, puede empezar a hacer una interpretación de lo leído.
—Disculpe, señor, no pretendía decir nada más que eso, señor.
—¿Alguien ha hecho algo más? —(Scott-King seguía tratando de aplicar a esa clase la cortesía adulta del Sexto de Clásicas.)—. Muy bien, entonces pueden dedicar el resto de la hora a preparar las veinte líneas siguientes.
Se hizo el silencio, o algo similar. Hubo un murmullo al fondo del aula, hubo cambios de postura y algún resoplido, pero nadie dirigió la palabra a Scott-King. El profesor contempló el cielo plomizo más allá de los cristales emplomados. A través de la pared que tenía detrás le llegó el tono estridente de Griggs, y el profesor de educación cívica, ensalzando a los mártires de Tolpuddle. Scott-King metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y palpó los crujientes bordes de la invitación neutraliana.
No había salido del país desde 1939. Hacía un año que no probaba el vino y, de repente, se sintió invadido por una honda añoranza del sur. No había visitado a menudo, ni por tiempo prolongado, aquellos fascinantes países —quizás había estado una docena de veces y sólo unas semanas (en total, un año de los cuarenta y tres que tenía)—, pero allí estaban enterrados su tesoro y su corazón. Aceite caliente, ajo, vino derramado; luminosos pináculos sobre una pared en penumbra; fuegos de artificio por la noche, fuentes al mediodía; los impúdicos e inofensivos vendedores ambulantes de billetes de lotería yendo de mesa en mesa por la acera atestada; la pipa del pastor en la perfumada ladera: todo cuanto una agencia de viajes soñaría incluir en el lote acudió a la mente de Scott-King aquella insulsa mañana. Había tirado una moneda a las aguas de Trevi; se había casado con el Adriático; era un hombre mediterráneo.
A media mañana, durante la pausa, sacó una de las hojas de papel con membrete de la escuela y aceptó la invitación. Aquella tarde, y muchas de las que siguieron, en la sala comunitaria se habló básicamente de planes para las vacaciones. Todos habían perdido la esperanza de salir al extranjero; todos salvo Griggs, que estaba contentísimo porque había conseguido apuntarse a un Simposio Internacional de Juventudes Progresistas en Praga. Scott-King no dijo nada, ni siquiera cuando Neutralia salió a colación.
—A mí me gustaría ir a algún sitio donde se pudiera comer como es debido —dijo uno de sus colegas—: Irlanda, Neutralia, algo así.
—En Neutralia no te dejarían entrar —dijo Griggs—. Demasiados secretos. Tienen a físicos alemanes fabricando bombas atómicas.
—Hay una guerra civil en marcha.
—La mitad de sus habitantes están en campos de concentración.
—Nadie como Dios manda iría a Neutralia.
—Bueno, a Irlanda tampoco —dijo Griggs.
Y Scott-King, mudo como una estatua.
II
Unas semanas más tarde, Scott-King se encontraba en la sala de espera del aeródromo, con el abrigo sobre las rodillas y su equipaje de mano junto a los pies. Un altavoz, situado fuera de peligro en lo alto de la pared de hormigón pardo, emitía música de baile y avisos oficiales. La sala, como el resto de las que ya había tenido que visitar durante la mañana, estaba más o menos limpia y su mobiliario era escaso; en las paredes, como única concesión a la curiosidad literaria, podían leerse elogios de los bonos de ahorro gubernamentales y medidas de precaución contra ataques con gas. Scott-King estaba hambriento, cansado y desanimado: los placeres del moderno viajar no eran para él.
Había salido de su hotel en Londres a las siete de la mañana; eran ya más de las doce y todavía estaba en suelo inglés. No es que se hubieran olvidado de él. Lo habían hecho subir y bajar de autocares, entrar y salir de oficinas como a un niño tonto; lo habían pesado y medido como si fuera una mercancía; lo habían registrado como a un delincuente; lo habían interrogado sobre su vida pasada y futura, su estado de salud y el de sus finanzas, como si estuviera solicitando trabajo permanente para alguna tarea de índole confidencial. Scott-King no se había criado entre lujos y privilegios, pero no era así como había viajado anteriormente. Por lo demás, no había comido nada desde la triste tostada con margarina en la habitación del hotel. El nuevo asilo en que se encontraba ahora lucía en la puerta la inscripción: «Sólo para VIP».
—¿VIP? —preguntó a la organizadora.
Era una mujer joven, pulcra e impersonal, con una actitud entre de comadrona, institutriz y amante de escaparates.
—Very Important Person —respondió sin engorro aparente.
—Ah, ¿y yo puedo estar aquí?
—Puede y debe. Es usted VIP.
¿Y cómo deben de tratar, se preguntó Scott-King, a la gente de a pie, a los del montón?
Había también un hombre y una mujer, objetos de similar distinción, ambos con destino a Bellacita, la capital de Neutralia; y ambos, como salió después a relucir, invitados por el Comité de Festejos Bellorius.
El hombre le sonaba de algo a Scott-King; su apellido —Whitemaid—, su profesión académica, que fuera también un hombre tenue y de una edad muy similar a la suya.
—Oiga —dijo Whitemaid—, con franqueza —(su expresión, como ocurre cuando alguien emplea ese término tan ambiguo, se tornó furtiva)—, ¿usted ha oído hablar alguna vez del ilustre Bellorius?
—Conozco su obra, pero raramente he oído hablar de ella.
—Bueno, por supuesto, en mi asignatura no sale. Yo hago Derecho Romano —dijo Whitemaid, y esta vez asumió un aire tan furtivo que su afirmación perdió todo el empaque—. Ellos querían al catedrático de Poesía, ¿sabe usted?, pero como no le era posible ausentarse probaron con el de Latín. Es comunista. Finalmente preguntaron si podía ir alguien en representación de la universidad. Como la idea no parecía entusiasmar mucho a nadie, me ofrecí yo. Encuentro que este tipo de expediciones resulta altamente entretenido. ¿Usted practica a menudo?
—No.
—Estuve en Upsala estas últimas vacaciones y comí un caviar más que pasable dos veces al día durante toda una semana. Parece que Neutralia no destaca porque allí se viva especialmente bien, pero seguro que habrá mucho de todo. Y vino, por supuesto.
—Esto es un tinglado, se mire por se mire —dijo la mujer.
No era ya joven. Según habían podido saber Scott-King y Whitemaid al oír repetidas veces su nombre por los altavoces y de verlo escrito en las pizarras, reclamándola en cada etapa del viaje para entregarle algún mensaje urgente, se llamaba señorita Bombaum. Era un nombre famoso para casi todo el mundo, salvo, curiosamente, para Scott-King y Whitemaid. No tenía nada de tenue, aquella mujer; antes de la guerra había sido corresponsal sin destino fijo (y muy atractiva, además), había viajado allá donde hubiera conflictos: Danzig, el Alcázar, Shanghai o Wal-Wal; ahora sus artículos semanales aparecían en la prensa popular de cuatro continentes. Scott-King no leía nunca este tipo de cosas, y a lo largo de la mañana se había preguntado más de una vez qué pintaba allí aquella mujer. No parecía una dama; ni siquiera tenía un aspecto respetable, pero Scott-King no conseguía hacer encajar su máquina de escribir con la vocación de actriz o cortesana; ni tampoco, para el caso, esa carita asexuada y puntiaguda que asomaba bajo el sombrero, demasiado femenino, y el fastuoso peinado. Se acercó bastante a la verdad al sospechar que se trataba de una novelista, espécimen que conocía de oídas, pero que nunca había visto en carne y hueso.
—Todo es un tinglado de la Oficina de Propaganda de Neutralia —dijo la señorita Bombaum—. Supongo que se sienten un poco desplazados ahora que la guerra ha terminado y quieren hacer nuevas y bonitas amistades entre la comunidad internacional. Nosotros sólo somos parte del tinglado. Han organizado una peregrinación religiosa, un congreso de cultura física, una convención internacional de filatélicos y sabe Dios qué más. Supongo que dará para un artículo… Me refiero a Neutralia, no a Bellorius, claro. Eso está hecho.
—¿Hecho?
—Sí. Tengo por aquí un ejemplar —dijo la señorita Bombaum, rebuscando en su bolso de mano—. Pensé que sería útil a la hora de los discursos.
—No creerá usted —dijo Scott-King— que corremos peligro de que nos pidan algún discurso, ¿verdad?
—Bueno, para qué habrían de invitarnos, si no.
—En Upsala hice tres largos discursos —dijo Whitemaid—, y la acogida fue muy entusiasta.
—Vaya por Dios, y yo voy y me dejo todos los papeles en casa.
—Si quiere, puedo prestarle esto —dijo la señorita Bombaum, sacando El conde Belisario, de Robert Graves—. Pero es un poco triste. Acaba ciego.
La música cesó de golpe y una voz dijo: «Pasajeros para Bellacita, diríjanse a la Salida D. Pasajeros para Bellacita, diríjanse a la Salida D», y, simultáneamente, apareció en la puerta la organizadora, diciendo: «Hagan el favor de seguirme. Tengan listos los papeles de embarque, la tarjeta médica, el recibo del despacho de aduanas, el comprobante del control de moneda, el visado, los billetes, las etiquetas de identificación, el pasaporte, el certificado de emigración, los resguardos del equipaje y la hoja de seguridad para pasar la inspección. Muchas gracias».
Los VIP siguieron a la organizadora, se mezclaron con los no tan VIP que habían estado esperando en otra sala, salieron a un vendaval de polvo detrás de los cuatro rotores del avión, subieron por la escalera de mano y pronto estuvieron en sus asientos con los cinturones abrochados como si esperaran a ser atendidos por el dentista. Una azafata les dio breves instrucciones para el caso de que hubieran de descender sobre el mar y luego anunció:
—Llegaremos a Bellacita a las dieciséis, hora neutraliana.
—Se me acaba de ocurrir algo tremendo —dijo Whitemaid—: no nos quedaremos sin almorzar, ¿verdad?
—Tengo entendido que en Neutralia comen muy tarde.
—¡Sí, pero las cuatro de la tarde…!
—Seguro que ya lo tendrán previsto.
—Ojalá.
Algo habían previsto, sí, pero no era un almuerzo. Cuando los VIP bajaron del aparato varias horas después y pusieron pie en el muy soleado aeropuerto de Bellacita, de inmediato se vieron estrechando manos en rápida sucesión a una delegación de sus anfitriones.
—Les doy la bienvenida al país de Bellorius —dijo el portavoz.
Se llamaba, les informó haciendo una venia, Arturo Fe y tenía el rango de doctor por la Universidad de Bellacita. Su aspecto, sin embargo, no era para nada el de un intelectual. A Scott-King le pareció más bien un actor de cine ligeramente entrado en años. Tenía un bigote fino, caligráfico, una sombra de patillas, el cabello ralo, pero bien arreglado, tres dientes de oro, y lucía un monóculo con el borde dorado y prendas oscuras, formales.
—Señora —dijo—, caballeros, no se preocupen por el equipaje. Los automóviles están esperando. Vengan conmigo. ¿Pasaportes? ¿Papeles? Olvídense. Está todo arreglado. Vengan.
En ese momento Scott-King reparó en la presencia de una joven que aguardaba imperturbable a unos pasos. Se había fijado ya en ella estando en Londres, porque descollaba unos quince centímetros por encima de la muchedumbre.
—Yo vengo —dijo la joven.
El doctor Fe hizo una venia:
—Fe.
—Sveningen —respondió ella.
—¿Es usted del grupo? ¿De la Asociación Bellorius? —preguntó el doctor Fe.
—Hablo un poco malo inglés. Yo vengo.
El doctor Fe probó en neutraliano, francés, italiano y alemán. Ella respondió en su remota lengua nórdica. El doctor alzó manos y cejas en un gesto de paródica rendición.
—Usted habla inglés mucho. Yo hablo inglés poquito. Entonces hablamos inglés, ¿sí? Yo vengo.
—¿Usted viene? —dijo el Dr. Fe.
—Vengo.
—Será un honor —dijo el doctor Fe.
Los condujo entre adelfas en flor y arriates de manzanilla, y pasaron junto a unas mesas a la sombra que Whitemaid miró con hambriento anhelo, hasta alcanzar la puerta acristalada que había al final del vestíbulo.
Surgieron complicaciones. Dos centinelas, mal uniformados, pero bien armados, hartos, al parecer, de la guerra, pero dispuestos a cumplir a toda costa con su deber, les cortaron el paso. El doctor Fe lo intentó con prepotencia, con simpatía, les ofreció cigarrillos y, de repente, reveló una nueva faceta de su personalidad: le entró como un ataque de cólera, blandió los puños, enseñó su criselefantina dentadura, convirtió sus ojos en dos tajos de odio mongol. Nada de lo que dijo pudo entenderlo Scott-King, pero la intención era a todas luces hiriente. Los centinelas, sin embargo, no daban su brazo a torcer.
Entonces, tan de golpe como habían empezado, los berridos cesaron y el doctor se volvió a sus invitados.
—Disculpen un momento. Este par de estúpidos no han entendido sus órdenes. El oficial lo arreglará todo. —Mandó a un subalterno.
—¿Pegamos a los malos? —sugirió la señorita Sveningen, avanzando con movimientos felinos hacia los guardias.
—No. Discúlpelos, por favor. Ellos creen que es su deber.
—Deberían ser más mejor educados, estos pequeños hombres —dijo la gigantona.
Llegó el oficial; las puertas se abrieron; los soldados hicieron algo con las metralletas a guisa de saludo. Scott-King se levantó el sombrero mientras el grupito salía al sol centelleante, camino de los coches que esperaban.
—Esta joven portentosa —dijo Scott-King—, ¿no le parece un personaje un poco incongruente?
—Yo la he encontrado de una congruencia trascendental, la verdad —dijo Whitemaid—. Gracias a ella estoy que salto de alegría.
El doctor Fe, muy galante, se ocupó de las damas. Scott-King y Whitemaid fueron con un subalterno. Recorrieron como bólidos los barrios periféricos de Bellacita; líneas de tranvía, chalets a medio construir, un viento cálido, un resplandor de hormigón blanco. Al principio, recién llegados del aire de las alturas, el calor había resultado agradable, pero ahora Scott-King empezaba a sentir un escozor y un cosquilleo por toda su piel, y comprendió que no iba vestido para la ocasión.
—Hace exactamente diez horas y media que no he probado bocado —protestó Whitemaid.
El subalterno, desde el asiento de delante, se inclinó hacia ellos y señaló diversos puntos de interés.
—Ahí —dijo—, los anarquistas dispararon contra el general Cárdenas. Ahí los sindicalistas radicales atentaron contra el obispo auxiliar. Ahí la Liga Agraria enterró vivos a diez Hermanos. Ahí los bimetalistas cometieron todo tipo de atrocidades con la esposa del senador Mendoza.
—Disculpe que le interrumpa —dijo Whitemaid—, pero ¿le importaría decirnos adónde vamos?
—Al ministerio. Están muy ilusionados por conocerles.
—Y nosotros a ellos, claro, pero es que ahora mismo mi amigo y yo estamos medio muertos de hambre.
—Sí —dijo el subalterno, compadeciéndose—, la prensa de aquí lo ha comentado. El racionamiento que tienen en Inglaterra, las huelgas… En Neutralia las cosas son muy caras, pero hay abundancia de todo si uno paga, por eso el pueblo se deja de huelgas y trabaja duro para hacerse rico. Así es mejor, ¿no creen?
—Quizá sí. Habrá que hablarlo en cualquier otro momento. Ahora mismo no es la cuestión económica general, sino una necesidad personal inmediata, lo que…
—Ya llegamos —dijo el subalterno—. Ahí está el ministerio.
Como tantos edificios modernos de Neutralia, el ministerio estaba por terminar, pero el estilo era típicamente adusto, de partido único. Un pórtico formado por columnas sin adornos, un vasto portal, un bajorrelieve alegórico de la Revolución, la Juventud, el Progreso Técnico y el Carácter Nacional. En el interior, una escalera. En la escalera había algo ya no tan predecible; dispuestos a cada lado como si fueran naipes, una esplendorosa «mano» compuesta enteramente de reyes y jotas, había filas ascendentes de trompetistas de edades comprendidas entre los sesenta y los dieciséis años, ataviados con tabardos de heraldo medieval. No sólo eso, sino que llevaban pelucas rubias y, más aún, las mejillas palpablemente retocadas con colorete. En el momento en que Scott-King y Whitemaid pusieron el pie en el primer escalón, estos personajes de fantasía se llevaron sus trompetas a los labios y tocaron una fanfarria, mientras uno que, por su avanzada edad, podría haber sido el padre de todos ellos marcaba débilmente el ritmo con un pequeño timbal.
—Si le digo la verdad —comentó Whitemaid—, no estoy con ánimos para estas cosas.
Ascendieron entre la charanga, fueron recibidos en el piso noble por un hombre vestido de sencilla etiqueta y conducidos después al gran salón, que con sus bancos y tronos tenía el aire de un tribunal de justicia y, de hecho, con cierta frecuencia era utilizado para condenar a políticos con aspiraciones al exilio en alguna de las inhóspitas islas próximas a la costa del país.
Había allí gente reunida. Bajo un dosel, en el trono central, estaba sentado el ministro de Descanso y Cultura, un joven taciturno que había perdido casi todos los dedos de las manos jugando con una bomba durante la última revolución. El doctor Fe le presentó a Scott-King y Whitemaid. El ministro enseñó su desagradable sonrisa y les tendió una mano tullida. De pie a su alrededor había una docena de notables. El doctor Fe los fue presentando. Títulos honoríficos, reverencias, sonrisas, apretones de manos, y, a continuación, Scott-King y Whitemaid fueron conducidos a sus puestos entre el resto de los invitados, que ahora eran unos doce. Sobre el asiento de felpa roja había una pequeña pila de material impreso. «Nada comestible, ya veo», observó Whitemaid. Fuera seguían sonando las trompetas y el tambor; un último grupo llegó al salón y, terminadas las presentaciones de rigor, dio comienzo el acto.
El ministro tenía una voz que, probablemente, nunca había sido suave, pero que ahora estaba endurecida por toda una carrera de arengas. Después de hablar extensamente fue sustituido por el venerable rector de la Universidad de Bellacita. Mientras tanto Scott-King se dedicó a examinar los libros y folletos que le habían proporcionado, lujosas muestras, cortesía del ministerio de Ilustración Popular, entre las que había discursos seleccionados del mariscal, una monografía sobre la prehistoria neutraliana, una guía ilustrada de las estaciones de esquí del país y el informe anual de la Corporación de Viticultura. Nada parecía estar relacionado con el acto en sí salvo una cosa: un programa políglota de las celebraciones. «17:00 horas —leyó—: Inauguración de las ceremonias a cargo del ministro de Descanso y Cultura. 18:00 horas: Recepción de delegados en la Universidad de Bellacita. Traje oficial. 19:30 horas: Vin d’honneur ofrecido a los delegados del Consistorio de Bellacita. 21:00 horas: Banquete ofrecido por el Comité del Tricentenario de Bellorius. Música a cargo de la Joven Filarmónica de Bellacita. Traje de etiqueta. Los delegados pernoctarán en el Hotel 22 de Marzo».
—Fíjese —dijo Whitemaid—, nada de comer hasta las nueve, y ya le digo yo que será tarde.
—En Neutralia —apuntó el doctor Arturo Fe—, en Neutralia cuando somos felices no miramos el tiempo. Y hoy somos muy felices.
22 de Marzo era el nombre provisional —derivado de algún olvidado evento en la subida al poder del mariscal— del principal establecimiento hotelero del lugar. Había tenido tantos nombres oficiales en su historia como la plaza en que estaba ubicado —el Real, el Reforma, el Revolución de Octubre, el Imperio, el Presidente Coolidge, el Duquesa de Windsor—, según el humor imperante, pero los neutralianos solían referirse a él invariablemente como «el Ritz». Se erguía entre vegetación subtropical, fuentes y estatuas, y era una estructura compacta en el recargado estilo rococó de cincuenta años atrás. Los neutralianos de clase alta se congregaban allí, paseaban por sus amplios pasillos, se sentaban en el confortable vestíbulo, utilizaban al conserje como lista de correos, pedían prestadas pequeñas cantidades a los encargados del bar, telefoneaban a veces, cotilleaban siempre, y de vez en cuando echaban un sueñecito. Nunca gastaban dinero en el establecimiento. No podían permitírselo. Los precios estaban fijados por ley —y eran elevados—; a ellos se añadían una serie de tasas: 30 por ciento por el servicio, 2 por ciento de timbres, 30 por ciento de impuesto de lujo, 5 por ciento para el Fondo de Ayuda Invernal, 8 por ciento en concepto de alojamiento por encima de los requisitos mínimos, 12 por ciento para los mutilados de la Revolución, 4 por ciento de cuotas municipales, 2 por ciento de impuesto federal, y algunos más por el estilo. Con tal acumulación, las habitaciones y los lujosos comedores quedaban fuera del alcance de todos, salvo de los clientes extranjeros.
En los últimos años había habido muy pocos. La hospitalidad oficial brillaba únicamente en el Ritz, pero la tétrica camarilla de la aristocracia masculina local —pues, a despecho de incontables revoluciones y de la flagrante diseminación del pensamiento libre, las señoras neutralianas seguían siendo modestas amas de casa— se aglutinaba allí; era su club privado. Vestían traje muy oscuro y cuello de camisa muy rígido, corbata negra, botas negras abotonadas; fumaban cigarrillos en largas boquillas de carey; tenían el rostro moreno y reseco; y hablaban de dinero y de mujeres con tosquedad y distancia, ya que nunca tenían bastante de una cosa ni de la otra.
Aquella tarde estival, cuando la tradicional temporada de Bellacita estaba en su última semana y todo el mundo se preparaba para irse a la costa o a la finca familiar, una veintena de estos descendientes de cruzados se acomodó al fresco del salón del Ritz. Primero disfrutaron con el espectáculo de la llegada de los profesores extranjeros tras su paso por el ministerio de Descanso y Cultura. Se los veía ya acalorados y fatigados; habían venido a buscar su indumentaria académica para la recepción en la universidad. Los últimos en llegar —Scott-King, Whitemaid, la señorita Sveningen y la señorita Bombaum— habían perdido sus respectivos equipajes. El doctor Arturo Fe peleaba enardecido ante el mostrador de recepción, amenazando, suplicando, telefoneando. Unos decían que el equipaje estaba retenido en la aduana, otros que lo había trincado el taxista. Al cabo encontraron las maletas en un ascensor de servicio, abandonado en la planta superior del hotel.
El doctor Fe consiguió por fin reunir a sus estudiosos, Scott-King con su toga y muceta de profesor de Humanidades, y Whitemaid a todas luces más vistoso con el atuendo de su último doctorado por Upsala. Entre tanta vestidura académica —unas recordaban a los tribunales de Daumier, otras al señor Will Hay y el music-hall— la señorita Sveningen se hizo notar por su atuendo deportivo, concretamente un pantalón corto rosa y blanco. La señorita Bombaum, aduciendo que tenía que entregar un artículo, rehusó ir al acto.
El grupo salió en fila india por la puerta de vaivén al polvoriento calor vespertino, dejando a los nobles hablando de las piernas de la señorita Sveningen. No habían agotado el tema cuando los otros volvieron; si hubiera surgido unos meses antes, sin duda habría sido tema recurrente entre la buena sociedad bellacitana.
La visita a la universidad había sido extremadamente rigurosa: una hora seguida de discursos y luego un repaso detallado a los archivos.
—Señorita Sveningen, caballeros —dijo el doctor Fe—. Vamos un poco retrasados. El Consistorio ya nos está esperando. Les llamaré para decir que tardaremos un poco.
Cada cual se fue a su habitación. A su debido tiempo volvieron ataviados en diferentes grados de elegancia. El doctor Fe estaba espléndido: chaleco blanco ceñido, botones de ónice, gardenia en el ojal, media docena de medallas de miniatura, una especie de fajín. Scott-King y Whitemaid, a su lado, tenían una pinta casi sórdida. Pero los pequeños y morenos marqueses y condes sólo estaban pendientes de que bajara la señorita Sveningen: si su atuendo académico había dejado al descubierto tales gracias no pactadas, tan soberbias e impredecibles extensiones y longitudes de carne, ¿qué no enseñaría ahora, en traje de noche?
Apareció ella.
Envuelta en seda color chocolate desde la clavícula hasta el húmero y hasta un palmo del suelo; zapatos bajos de raso negro cubrían unos pies que ahora parecían increíblemente grandes. Llevaba una cinta de tartán en el pelo, un cinturón ancho de charol, y un pañuelo graciosamente prendido de la muñeca junto a la correa del reloj. Durante un minuto entero aquellos ojos simiescos la contemplaron perplejos; luego, con la languidez propia de siglos de desilusión hereditaria, los Caballeros de Malta fueron levantándose de uno en uno y, respondiendo con repetidos gestos de cabeza a los lacayos que se inclinaban haciendo reverencias, desfilaron hacia la puerta, hacia la plaza asfixiada, hacia los palacetes subdivididos donde les aguardaban sus respectivas esposas.
—Vengan ustedes —dijo el doctor Fe—. Los coches están aquí. En el ayuntamiento nos esperan con impaciencia.
Ni tripa, ni papada, ni solemnidad propia de una contaduría o un ente municipal, ni de hecho el menor asomo de boato o bienestar económico, distinguía al señor alcalde de Bellacita. Era joven, flaco y se sentía claramente a disgusto; sus proezas revolucionarias le habían dejado múltiples cicatrices, llevaba un parche en un ojo y usaba un bastón-muleta.
—Su excelencia, lastimosamente, no habla inglés —se disculpó el doctor Arturo Fe al presentar a Scott-King y Whitemaid.
Se estrecharon las manos y el señor alcalde torció el gesto y susurró unas palabras al oído del doctor Fe.
—Su excelencia dice que es un enorme placer recibir a tan ilustres huéspedes. Dice que su casa es la de ustedes, como decimos en Neutralia.
Los ingleses se hicieron a un lado y avanzaron separadamente. Whitemaid había divisado un bufet al final del salón, adornado de tapices. Scott-King, inseguro y tímido, se quedó a solas. Un lacayo le llevó una copa de un vino dulce efervescente; el doctor Fe se le acercó con alguien con quien hablar.
—Permítame que le presente al ingeniero García; es un ardiente entusiasta de Inglaterra.
—Ingeniero García —dijo el aludido.
—Scott-King —dijo Scott-King.
—He trabajado siete años para la firma Green, Gorridge Wright Limited, de Salford. Usted sin duda los conocerá…
—Pues no, me temo que no.
—Es una empresa muy conocida, creo. ¿Va usted a menudo a Salford?
—Lo siento, no he estado nunca en Salford.
—Es una ciudad muy conocida. Dígame, ¿de qué ciudad es usted?
—Supongo que de Granchester.
—Granchester, no lo conozco. ¿Es una ciudad más grande que Salford?
—No, mucho más pequeña.
—Ah. En Salford hay mucha industria.
—Sí, eso creo.
—¿Qué opina usted del champán neutraliano?
—Es excelente.
—Dulce, ¿verdad? Eso es por nuestro sol. ¿Lo prefiere usted al champagne francés?
—Bien, son bastante diferentes, ¿no le parece?
—Veo que es usted un experto. En Francia no tienen sol. ¿Conoce al duque de Westminster?
—No.
—Yo le vi una vez en Biarritz. Excelente persona. Un hombre de grandes propiedades.
—¿De veras?
—Desde luego. Londres es propiedad suya. ¿Usted tiene alguna propiedad?
—No.
—Mi madre tenía una, pero la perdimos.
Había un tremendo barullo en el vestíbulo. Scott-King se encontró de repente convertido en el centro de un grupito de angloparlantes; caras y voces nuevas a su alrededor. Le llenaron varias veces la copa, una de las cuales en exceso, produciéndose un desbordamiento que le empapó el puño de la camisa. El doctor Fe pasó por allí y volvió a pasar después.
—Ah, veo que ya ha hecho amigos —dijo.
Le llevó refuerzos; le llevó más vino.
—Ésta es una botella especial —dijo en un susurro—. Especial para usted. —Y volvió a colmar la copa de Scott-King con el mismo líquido espumoso y azucarado. La barahúnda iba en aumento. Los tapices de las paredes, el techo pintado, los candelabros, el arquitrabe dorado, todo bailaba ante los ojos de Scott— King.
En un momento dado, se percató de que el ingeniero García pretendía llevarlo a un terreno más confidencial.
—¿Qué le está pareciendo nuestro país, profesor?
—Muy agradable, se lo aseguro.
—No era lo que usted esperaba, ¿eh? La prensa de su país no dice que sea agradable. ¿Cómo se les permite hablar mal de Neutralia? La prensa de su país cuenta muchas mentiras sobre nosotros.
—Y sobre todo el mundo.
—¿Perdón?
—Digo que cuentan mentiras sobre todo el mundo —gritó Scott-King.
—Mentiras, sí. Habrá comprobado que éste es un país perfectamente tranquilo.
—Perfectamente tranquilo.
—¿Cómo dice?
—¡Tranquilo! —gritó Scott-King.
—¿Le parece demasiado tranquilo, quizá? Esto se animará muy pronto. ¿Es usted escritor?
—No, un pobre profesor, nada más.
—¿Pobre? ¿Cómo es eso? Pero en Inglaterra son ricos, ¿no? Aquí tenemos que trabajar mucho porque somos un país pobre. El salario de un profesor universitario de primera clase es de 500 ducados al mes. El alquiler del piso costará unos 450 ducados. Los impuestos, 100 ducados más. El litro de aceite va a 30 ducados. El quilo de carne, a 45 ducados. Por eso trabajamos tanto.
»El doctor Fe es catedrático. También es abogado, juez del Tribunal Inferior. Y director de la Revista Histórica. Tiene un cargo muy importante en el ministerio de Descanso y Cultura, también en el de Asuntos Exteriores y en la Oficina de Ilustración y Turismo. Habla muchas veces por la radio sobre la situación internacional. Es propietario de una tercera parte del Club de Caza. En toda la Nueva Neutralia no creo que nadie trabaje más que el doctor Fe, pero él no es tan rico como lo eran los señores Green, Gorridge y Wright, allá en Salford. Y casi no trabajaban nada. El mundo es muy injusto, profesor.
—Creo que deberíamos bajar la voz. El señor alcalde se dispone a pronunciar un discurso.
—Es un hombre sin cultura. Un político. Dicen que su madre…
—Silencio.
—Creo que no va a ser nada interesante.
Una especie de silencio se adueñó de la parte central del salón. El señor alcalde llevaba el discurso escrito a máquina en un fajo de papeles. Tras echarle una miradita con el ojo sin parche, empezó a leer entrecortadamente.
Scott-King se escabulló. Como si estuviera a mucha distancia, divisó a Whitemaid, solo, al lado del bufet, y fue trastabillando hacia él.
—¿Está borracho? —le preguntó Whitemaid en voz baja.
—Creo que no, sólo un poco mareado. El cansancio y todo este ruido.
—Yo sí estoy borracho.
—Sí, se le nota.
—¿Cómo de borracho?
—Borracho y nada más.
—Ah, mi querido Scott-King, está usted técnicamente en un error. A todos los niveles y según todos los criterios conocidos, estoy muchísimo más borracho de lo que usted cree, amigo mío.
—De acuerdo, pero no hagamos ruido mientras habla el alcalde.
—No presumo de saber mucho neutraliano, pero me da en la nariz que ese alcalde, como usted lo llama, está soltando las paparruchas de rigor. Es más, pongo en duda que sea alcalde. A mí me parece un gánster.
—Tengo entendido que es un simple político.
—Peor aún.
—Lo prioritario, ahora mismo, es encontrar un sitio donde sentarse.
Aunque sólo eran amigos de un día, Scott-King estaba muy unido a Whitemaid. Habían sufrido —estaban sufriendo— juntos; hablaban, fundamentalmente, el mismo idioma; eran compañeros de armas. Tomándolo del brazo se lo llevó a un discreto rellano fuera del salón, donde había un pequeño sofá de felpa con dorados cuya función era cualquier cosa menos servir de asiento. Allí se sentaron, dos hombres tenues, mientras por detrás les llegaban ecos de oratoria y aplausos.
—Se la metían en los bolsillos —dijo Whitemaid.
—¿La qué? ¿Quiénes?
—La comida. Los sirvientes. En los bolsillos de esas levitas largas que llevan. Para la familia. Yo he pillado cuatro macarrones. —Y, cambiando rápidamente de tema, dijo—: Está horrible, la pobre.
—¿La señorita Sveningen?
—Esa fuerza de la naturaleza. Ha sido un golpe terrible verla aparecer vestida de gala. Como una puñalada aquí —añadió, tocándose el corazón.
—No llore.
—No puedo evitarlo. ¿Ha visto bien ese vestido marrón?, ¿la cinta en el pelo?, ¿el pañuelo?
—Sí, sí, me he fijado. Y en el cinturón también.
—El cinturón —dijo Whitemaid— ya era más de lo que un ser humano puede soportar. Algo reventó aquí dentro. —Se tocó la frente—. Se acordará del aspecto que tenía en pantalón corto, ¿verdad? Una valquiria salida de la era mitológica. O una prefecta de colegio privado quasi divina e inconmensurablemente estricta, una supervisora de dormitorio —añadió, casi en éxtasis—. Imagínesela avanzando a zancadas entre las literas, cola de caballo, pies descalzos, blandiendo un cepillo para el pelo. Oh, y ¿usted diría que monta en bicicleta, Scott-King?
—Seguro que sí.
—¿En pantalón corto?
—Por descontado.
—Me imagino toda la vida pedaleando en tándem detrás de ella, cruzando interminables bosques de coníferas y, al mediodía, sentándonos sobre agujas de pino para comer huevos duros. Imagínese esos recios dedos pelando un huevo, Scott-King: la cáscara, la clara, la yema. Imagínesela hincando el diente…
—Sería un magnífico espectáculo.
—Y ahora imagínesela ahí dentro, con ese vestido marrón.
—Hay cosas que es mejor no imaginar, Whitemaid. —Y Scott-King derramó también unas lágrimas de solidaridad, de tristeza compartida por el inefable, cósmico disgusto propiciado por el vestido de la señorita Sveningen.
—Pero ¿qué veo? —dijo el doctor Fe, al llegar unos minutos más tarde—. ¿Lágrimas? ¿No lo están pasando bien?
—Es por el vestido de la señorita Sveningen, nada más —dijo Scott-King.
—Sí, una verdadera tragedia. Pero aquí en Neutralia nos tomamos estas cosas con valentía, con humor. No he venido a interrumpir, era sólo para preguntarle, profesor, si tenía usted listo el pequeño discurso para esta noche. Contamos con usted para que diga unas palabras en el banquete.
Para el banquete tuvieron que volver al Ritz. En el vestíbulo sólo estaba la señorita Bombaum, sentada fumando un puro en compañía de un individuo de aspecto repelente.
—Yo ya he cenado. Voy a salir en busca de noticias —explicó.
Eran las diez y media cuando se sentaron a una mesa con arabescos de capullos florales, pétalos, musgo, racimos colgando y ramilletes diversos: aquello parecía un parterre de André le Nôtre. Scott-King contó hasta seis copas de formas diversas puestas frente a él en medio de la vegetación. Una carta de descomunal longitud, impresa en oro, descansaba encima de su plato, al lado de una tarjeta donde decía: «Doctor Scotch-Kink». Como muchos exploradores antes que él, descubrió que la prolongada ausencia de comida destruye el apetito. Los camareros del hotel habían devorado ya los entremeses, pero cuando por fin apareció la sopa, la primera cucharada le provocó hipo. Eso mismo, recordó Scott-King, les había ocurrido en la Antártida al capitán Scott y su expedición.
—Comment dit-on en français «hipo»? —preguntó a su vecino.
—Plaît-il, mon professeur?
Scott-King hipó.
—Ça —dijo.
—Ça c’est le hoquet.
—J’en ai affreusement.
—Évidemment, mon professeur. Il faut du cognac.
Los camareros habían bebido y estaban bebiendo brandy en abundancia, y había por allí una botella. Scott-King se tragó un vasito lleno y el hipo se multiplicó por dos. Ya no paró de hipar hasta el final de la larguísima cena.
El vecino de mesa que tan mal le había aconsejado era, según rezaba la tarjeta que Scott-King pudo leer, el doctor Bogdan Antonic, secretario internacional de la Asociación, un hombre afable de mediana edad cuya cara parecía marcada a fuego con arrugas de preocupación y fatiga. Conversaron, hasta donde lo permitía el hipo de Scott-King, en francés.
—¿Usted no es neutraliano?
—Aún no. Espero serlo pronto. Cada semana presento mi solicitud al ministerio de Exteriores y siempre me dicen que será la semana próxima. Pero no es tanto por mí que estoy nervioso (aunque quién no teme a la muerte) cuanto por mi familia. Tengo siete hijos, nacidos todos en Neutralia y todos ellos sin nacionalidad. Si nos hacen volver a mi malhadado país, seguro que nos cuelgan a todos.
—¿Yugoslavia?
—Soy croata, nací bajo el imperio habsburgo, una verdadera Liga de Naciones. De joven estudié en Zagreb, Budapest, Praga y Viena; entonces había libertad, podías ir adonde quisieras; eras ciudadano de Europa. Pero nos liberaron y quedamos al mando de los serbios. Ahora nos liberan otra vez y los que mandan son los rusos. Y cada vez hay más policía, más cárceles, más ejecuciones. Mi pobre esposa es checa. Tiene los nervios destrozados. Cree que la están vigilando en todo momento.
Scott-King probó a emitir uno de esos breves e inarticulados gruñidos de solidaridad sin compromiso a los que recurre de manera innata todo inglés en situación embarazosa; mejor dicho, todo inglés que no esté en pleno ataque de hipo. El sonido que a la sazón salió de su organismo podría haber sido interpretado como de burla por una persona menos sensible que el doctor Antonic.
—Y yo también lo creo —continuó, muy serio—. Hay espías por todas partes. Se habrá fijado en ese hombre que estaba sentado junto a la mujer del puro, cuando hemos entrado. Es uno de ellos. Llevo aquí diez años y me los conozco a todos. Fui subsecretario de nuestra legación. Tenga usted en cuenta que para un croata era una gran victoria entrar en el servicio diplomático, todos los nombramientos iban a parar a serbios. Ahora ya no hay legación. No cobro mi salario desde 1940. Tengo unos cuantos amigos en Asuntos Exteriores; a veces me consiguen un trabajo, como esto de ahora. Pero en cualquier momento podrían pactar con los rusos y entregarnos a todos.
Scott-King intentó decir algo.
—Tome un poco más de más brandy, profesor. Es el único remedio. Me acuerdo de que en Ragusa me daban a menudo ataques de hipo, pero era de risa. Supongo que eso se acabó para siempre.
Había menos gente en el banquete que en el vino de honor, pero el ruido era más agobiante. El comedor privado del Ritz, aun siendo espacioso, era de un estilo de relumbrón peor que el del ayuntamiento. Así como en éste el altísimo techo parecía atraer las voces discordantes hacia la cerúlea perspectiva que en él había pintada y dispersarlas entre las flotantes deidades, las escenas de caza flamencas de los tapices parecían abrazarlas y amortiguarlas con sus millones de puntadas. En cambio, el ruido aquí rebotaba en los acabados dorados y en los espejos; por encima del bullicio de la mesa y de las discusiones entre camareros, un coro de gente joven cantaba canciones tradicionales capaces de hundir la más jovial fiesta popular. No era así como Scott-King, en su aula de Granchester, se había imaginado cenando.
—En la casita que tengo en el cabo de Lapad a veces nos reíamos tan fuerte, sentados en la terraza, que los pescadores que pasaban por delante nos llamaban desde cubierta para que les explicáramos el chiste. Navegaban muy ceñidos a la costa y se podía seguir sus luces según se alejaban hacia las islas. Cuando nos quedábamos en silencio, sus risas nos llegaban a través del agua cuando ya se habían perdido de vista.
El vecino de la izquierda de Scott-King no dijo nada hasta el postre, salvo para hablar con los camareros; se dirigía a ellos en voz alta y a menudo, unas veces con bravatas, otras engatusándolos, métodos gracias a los cuales consiguió doble ración de casi todo. Con la servilleta remetida por el cuello de la camisa, comía ávidamente y encorvado sobre el plato, para que los trocitos de comida que a veces le caían de la boca no se echaran a perder. Tomaba el vino con verdadero deleite, suspirando después de cada trago y dando unos toquecitos en la copa con el cuchillo para que el camarero supiera que estaba vacía. Con frecuencia se encajaba unas gafas sobre la nariz y estudiaba la carta, no tanto, al parecer, por temor a perderse algo cuanto para grabar en su memoria las fugaces delicias del momento. No es nada fácil tener un aspecto bohemio vestido de etiqueta, pero ese hombre lo lograba con su mata de pelo entrecano, el cordón de sus quevedos y una barba de tres días.
Al llegar el postre, se incorporó todo él, miró fijamente a Scott-King con sus grandes ojos inyectados ya en sangre, eructó suavemente y después habló. Lo hizo en inglés, con un acento que había sido moldeado en muchas ciudades desde Memphis (Missouri) hasta Esmirna. Lo que pareció decir fue:
—Shakespeare, Dickens, Byron, Galsworthy.
Este parto tardío de una complicada gestación pilló a Scott-King por sorpresa; soltó un hipido que no comprometía a nada.
—Todos ellos son grandes escritores ingleses.
—Ciertamente.
—¿Cuál es su favorito, por favor?
—Supongo que Shakespeare.
—Es el más dramático, el más poético, ¿verdad?
—Sí.
—Pero Galsworthy es el más moderno.
—Muy cierto.
—Yo soy moderno. ¿Usted es poeta?
—Oh, no. Sólo he hecho algunas traducciones.
—Yo soy un poeta original. Traduzco yo mismo mis poemas a la prosa inglesa. Los han publicado en Estados Unidos. ¿Lee usted el New Destiny?
—No, me temo que no.
—Es la revista que publica mis traducciones. El año pasado me mandaron diez dólares por correo.
—A mí nunca me han pagado las traducciones.
—Pues mándelas al New Destiny. En mi opinión —continuó el Poeta—, no es posible verter la poesía de una lengua a la poesía de otra. Yo a veces traduzco prosa inglesa a poesía neutraliana. He hecho una muy buena versión de algunos pasajes seleccionados del gran Priestley. Esperaba que la utilizarían en los institutos, pero no. Hay muchos celos e intrigas en todas partes, incluido el ministerio de Educación.
En ese momento un personaje de aspecto regio se levantó para proceder al primer discurso.
—Y ahora a trabajar —dijo el vecino de Scott-King, sacando una libreta y un lápiz y poniéndose a escribir en taquigrafía—. En la nueva Neutralia todos trabajamos.
El discurso fue largo, salpicado por abundantes aplausos. Cuando aún no había terminado, la mano de un camarero entregó una nota a Scott-King: «Le llamaré para que dé usted la réplica a su excelencia. Fe».
Scott-King escribió en respuesta: «Lo siento muchísimo. Esta noche imposible. Indispuesto. Pídaselo a Whitemaid». Abandonó disimuladamente su puesto y, sin dejar de hipar, se dirigió hacia la puerta del comedor.
El vestíbulo estaba casi desierto; la gran cúpula de cristal, que durante toda la guerra había resplandecido allá arriba por las noches, como una vela solitaria en un mundo de maldad, se cernía ahora oscura. Dos porteros de noche compartían un cigarro puro detrás de una columna; una enorme alfombra vacía, sembrada de sillas también vacías, se extendía ante Scott-King en la penumbra a la que una gerencia mezquina había reducido el resplandor de antes. No eran mucho más de las doce, pero en la Nueva Neutralia persistían recuerdos del toque de queda, de redadas policiales, de pelotones de fusilamiento en los parques públicos; a los neo-neutralianos les gustaba volver a casa temprano y echar el cerrojo.
Al entrar en aquel espacio de silencio, el hipo de Scott-King cesó misteriosamente. Cruzando la puerta de vaivén, aspiró con gusto el aire de la plaza, donde, a la luz de lámparas de arco, unos operarios provistos de mangueras limpiaban el polvo y los desperdicios del día; hacía rato que los últimos tranvías que traqueteaban alrededor de las fuentes habían vuelto a la cochera. Scott-King inspiró hondo, como si quisiera comprobar los límites de su milagrosa recuperación, y se convenció de que era completa. Después dio media vuelta, sacó la llave y, sin ser muy consciente de ello, subió.
Durante la primera y tumultuosa tarde-noche en Bellacita apenas si había habido oportunidad de contacto entre Scott-King y los otros invitados de la Asociación Bellorius. A decir verdad, casi no los había distinguido de sus anfitriones. Reverencias, apretones de manos, saludos escuetos en los archivos de la universidad, disculpas entre unos y otros mientras se daban empujones y codazos en el vin d’honneur; Scott-King no tenía datos sobre las posibles intimidades que pudieran haber surgido después del banquete. Recordaba a un norteamericano afable, a un suizo de superlativa estatura, y a un oriental que, en primera instancia, supuso que era chino. Ahora, transcurrida la noche, fue alegremente a reunirse con ellos en el vestíbulo del Ritz conforme al programa impreso. Tenían que salir para Simona a las 10:30. Tenía el equipaje preparado; el sol, que aún era moderado, brillaba con fuerza a través de la cúpula de cristal. Scott-King estaba de un humor excelente.
Ya se había despertado así, cosa rara, tras una noche de sueño apacible. Había desayunado fruta sentado en el balcón con vistas a la plaza, arrojando copiosas bendiciones a las palmeras, las fuentes, los tranvías y las estatuas patrióticas. Se aproximó al grupo reunido en el vestíbulo con la intención de mostrarse particularmente agradable y simpático.
De los festivos neutralianos del día anterior sólo quedaban el doctor Fe y el Poeta. Los demás estaban por ahí, trabajando para construir la Nueva Neutralia.
—¿Cómo se encuentra hoy, profesor Scott-King?
Hubo algo más que cortesía en el recibimiento del doctor Fe: una genuina preocupación.
—Estupendamente bien, gracias. Oh, vaya. Me olvidaba de lo del discurso de anoche. Siento haberle fallado; la verdad es que…
—No diga más, profesor. Me temo que su amigo Whitemaid no se encuentra muy bien.
—¿Ah, no?
—Ha mandado aviso de que no podía venir. —El doctor Fe alzó dos cejas exquisitamente expresivas.
El Poeta se llevó a Scott-King a un aparte y le dijo:
—No hay que alarmarse. Dígaselo así a su amigo. Nada de lo ocurrido anoche saldrá a luz. He hablado con la persona adecuada en el ministerio.
—Mire, yo no sé nada de nada.
—Tampoco la opinión pública. Asunto concluido. Ustedes suelen reírse, a su estilo democrático, de nuestras pequeñas masas, pero ya ve, a veces tienen su utilidad.
—Si es que no sé qué ha pasado.
—Por lo que respecta a la prensa de Neutralia, no ha pasado nada.
El Poeta se había afeitado, y había sido cruel. La cara que acercó a Scott-King estaba almohadillada con algodón hidrófilo. La apartó y fue hacia otro lado. Scott-King se unió al grupito de delegados.
—Caramba —dijo la señorita Bombaum—, parece que anoche me perdí toda la diversión.
—Parece que yo también.
—¿Cómo va el dolor de cabeza? —preguntó el norteamericano.
—Así que se lo pasó muy bien, ¿eh? —dijo la señorita Bombaum.
—Me acosté temprano —dijo Scott-King con frialdad—. Estaba absolutamente agotado.
—Bueno, he oído llamarlo de mil maneras distintas. Supongo que ésa también vale.
Scott-King era una persona adulta, un intelectual, un estudioso de los clásicos, casi un poeta; la Naturaleza, que siempre provee, dando un caparazón a la lenta tortuga y afiladas púas al puercoespín, ha proporcionado a esa clase de seres tiernos el blindaje apropiado. Una persiana metálica, un telón de acero, cayó entre Scott-King y los dos bromistas. Se volvió hacia los demás y comprobó, demasiado tarde, que la jocosidad ajena era el menor de los peligros a que se enfrentaba. El suizo, que no había sido cordial el día anterior, mostraba ahora una frialdad teatral; el asiático parecía haberse envuelto en un capullo de sedoso aislamiento. No es que los allí reunidos rechazaran claramente a Scott-King; en sus respectivos estilos nacionales daban a entender que no eran ajenos a su presencia. Pero no fueron más allá de eso. También ellos tenían sus persianas metálicas, sus telones de acero. Scott-King estaba siendo víctima del ostracismo. Algo terrible había tenido que suceder la víspera, algo en lo que él, vicaria, pero inextricablemente, estaba implicado. Una mancha negra, indecente, imposible de quitar había ensuciado a Scott-King de la noche a la mañana.
No deseaba saber nada más. Era una persona adulta, un intelectual; era todo lo que ya se ha explicado de él. No era ningún chovinista. Se había mantenido decididamente imparcial durante seis años de combates. Pero de repente estaba furioso; notó casi literalmente cómo se erizaban las raíces del poco vello que tenía. Como el heroico soldado de los Buffs, aguantó como un valiente; no ignorante, desde luego, tampoco tosco ni de humildísima cuna, pero sí pobre y, momentáneamente, temerario, desconcertado y solo: un corazón de preñado instinto inglés que aún podía considerar propio.
—Puede que les haga esperar unos minutos —dijo—. Debo ir a ver cómo sigue mi colega, el señor Whitemaid.
Lo encontró en la cama, con un aspecto más raro que enfermizo, casi como exaltado. Aún estaba medio borracho. Las ventanas, abiertas de par en par, daban al balcón y, en el balcón, escuetamente vestida con toallas de baño, estaba la señorita Sveningen tomando el desayuno.
—Me han dicho abajo que no viene con nosotros a Simona.
—Es que esta mañana no me veo con ánimos para eso. Además, tengo cosas que atender aquí. Se me hace difícil de explicar —añadió, con un gesto de cabeza en dirección al gigante carnívoro del balcón.
—¿Tuvo una velada agradable?
—No me acuerdo de casi nada, Scott-King. Sé que estaba con usted en una especie de recepción o acto similar. Y recuerdo un altercado con la policía, pero eso ocurrió mucho más tarde. Entre medio debieron de pasar horas.
—¿La policía, dice?
—Sí. En un local de ésos donde se baila. Ahí Irma estuvo espléndida, como salida de una película. Cayeron como moscas. De no ser por ella, supongo que en este momento estaría en un calabozo, y no consumiendo tranquilamente un Bromo-Seltzer mientras charlo con usted.
—Pronunció un discurso…
—Eso parece. Claro que nunca llegaremos a saber qué fue lo que dije. Con su acostumbrado estilo contundente, Irma me ha dicho que fue largo y apasionado, pero incomprensible.
—¿Iba sobre Bellorius?
—Me inclino a pensar que no. Mi cabeza estaba dominada por el amor, diría yo. Para serle franco, he perdido todo interés por Bellorius. De todos modos no era muy grande, quiero decir mi interés. Acabó por marchitarse del todo esta mañana, al saber que Irma no era de los nuestros. Ella viene para el Congreso de Educación Física.
—Le echaré de menos.
—Quédese con nosotros para ver la gimnasia.
Scott-King dudó un instante. El porvenir en Simona era turbio y un tanto amenazador.
—Habrá quinientas atletas. Oh, y quizá contorsionistas de las Indias.
—No —dijo finalmente Scott-King, con firmeza—. Tengo que ser fiel a Bellorius.
Y volvió a bajar. Los delegados esperaban impacientes dentro de un autocar estacionado frente a la puerta del hotel.
III
La ciudad de Simona se asienta a la vista del mar Mediterráneo, en las estribaciones de una cordillera que ocupa casi medio mapa de Neutralia. Bosques de nogal y alcornoque, pequeños huertos de almendros y limoneros cubren la campiña circundante y se extienden hasta los muros que surgen entre los árboles en una serie de baluartes ingeniosamente ideados en el siglo XVII que jamás, en una larga historia de conflictos, se han puesto a prueba…, por la sencilla razón de que lo que defienden tiene escasa importancia militar. La universidad medieval, la catedral barroca, veinte iglesias en cuyos delicados campanarios de caliza las cigüeñas construyen y se multiplican, una plaza de estilo rococó, dos o tres pequeños palacios destartalados, un mercado y una calle comercial es todo lo que se puede encontrar allí y todo cuanto el corazón del hombre puede debidamente desear. El ferrocarril pasa a bastante distancia de la ciudad y sólo algún que otro penacho de humo blanco entre las copas de los árboles delata su presencia.
A la hora del ángelus, Scott-King se encontraba en una cafetería de las murallas en compañía del doctor Bogdan Antonic.
—Imagino que Bellorius debió de contemplar casi exactamente el mismo panorama que estamos viendo nosotros ahora.
—Sí, los edificios al menos no cambian. Existe todavía una ilusión de paz, mientras que, como en tiempos de Bellorius, los montes que tenemos detrás son un nido de bandoleros.
—Si mal no recuerdo, el poeta alude a ellos en el octavo canto, pero ¿usted cree que hoy en día…?
—Sigue todo igual. Ahora los llaman de otra manera: guerrilleros, grupos de la resistencia, insurrectos, qué sé yo. La consecuencia es la misma: hace falta escolta policial para viajar por muchas de las carreteras.
Se quedaron callados. Durante el largo y tortuoso trayecto hasta Simona, había surgido cierta amistad entre Scott-King y el secretario internacional.
En las torres soleadas de veinte iglesias en sombras, tañeron deliciosas campanas. Finalmente Scott-King dijo:
—¿Sabe una cosa? Sospecho que usted y yo somos los únicos miembros del grupo que hemos leído a Bellorius.
—Por lo que a mí respecta, conozco su obra someramente. Pero el doctor Fe ha escrito sobre él con mucha emoción, tengo entendido que en cantonés demótico. Dígame, catedrático, ¿cree usted que estas celebraciones están siendo un éxito?
—Bueno, para empezar yo no soy catedrático, sólo profesor.
—Ya, pero a todos los considero así en este caso. Ustedes son más catedráticos y más profesores que algunos que aquí sí lo son. Me vi obligado a buscar en un radio muy amplio para que estuviesen representados todos los países. El señor Jungman, por ejemplo, es solamente un ginecólogo de La Haya y la señorita Bombaum es… no sé qué. El argentino y el peruano son meros estudiantes que casualmente se encontraban de paso. Le cuento estas cosas porque confío en usted y porque creo que usted ya lo sospechaba. ¿No ha detectado un cierto elemento de engaño?
—A decir verdad, sí.
—Es deseo del ministro. Verá, yo ejerzo de asesor cultural. Querían montar unos actos culturales este verano. Me dediqué a buscar un aniversario en los registros, y, cuando ya había perdido casi las esperanzas, di por casualidad con el nombre de Bellorius. En el ministerio no sabían quién era, claro, pero para el caso tampoco les habría sonado Dante, o Goethe. Les dije —continuó el doctor Antonic con una pequeña, triste, astuta y muy civilizada sonrisa— que era una de las grandes figuras de las letras europeas.
—¿Y por qué no?
—¿De veras lo cree? ¿No encuentra usted que todo esto es una farsa? ¿Le parece que está siendo un éxito? Así lo espero, porque mi situación en el ministerio no es nada segura. Hay muchas envidias. Imagínese, que alguien pueda sentir envidia de mí, nada menos. Pero en la Nueva Neutralia todo el mundo está ansioso por trabajar, me arrebatarían este humilde cargo a la primera de cambios. El doctor Fe no vería con malos ojos sucederme.
—¿Habla usted en serio? Si parece que no da abasto…
—Ese hombre colecciona cargos gubernamentales como antaño el clero coleccionaba privilegios. Tiene ya una docena y codicia también el mío. Por eso ha sido todo un triunfo contar con él. Si la celebración no es un éxito, él estará implicado. Hoy mismo, el ministerio ha expresado su descontento porque la estatua de Bellorius no estará lista para ser inaugurada mañana. La culpa no es nuestra, sino de la oficina de Descanso y Cultura. Es una conspiración tramada por un tal ingeniero García, que pretende desacreditar al doctor Fe y sucederle en varios de sus cargos oficiales. Pero el doctor Fe lo explicará todo; improvisará. Él es de aquí, del país.
Al día siguiente, el doctor Fe improvisó.
El grupo de sabios estaba acuartelado en el hotel principal de Simona, que aquella mañana tenía el aspecto de una estación de tren en tiempos de guerra debido a la llegada, poco después de medianoche, de cincuenta o sesenta filatélicos de todo el mundo para los que no habían previsto alojamiento. Habían tenido que dormir en los salones del hotel, y, de hecho, algunos de ellos dormían todavía cuando se reunió la delegación Bellorius.
Era el día programado para la inauguración de la estatua de Bellorius. Vallas y andamios en la plaza principal señalaban la ubicación del monumento, pero todos los delegados sabían ya que la estatua no había llegado todavía. Durante los tres últimos días habían vivido de rumores, pues nada en sus alborozadas experiencias se había ajustado a los planes previstos. «Dicen que el autocar ha vuelto a Bellacita para cambiar los neumáticos». «¿Sabe que según parece vamos a cenar con el señor alcalde?» «Yo le he oído decir al doctor Fe que no teníamos que marchar hasta las tres». «Creo que deberíamos estar todos en la sala capitular», y así sucesivamente. Éste era el ambiente que reinaba, y, gracias a ello, las barreras sociales que habían amenazado con dividirlos en Bellacita se habían venido rápidamente abajo. Nadie se acordaba ya de Whitemaid, y Scott-King comprobó que los demás volvían a ponerle buena cara, incluyéndolo en la camaradería del desconcierto general. Fueron dos días en la carretera durmiendo en sitios muy alejados de la ruta original; hubo vino y banquetes a horas insospechadas, inesperados recibimientos con banda incluida, inesperados abandonos en plazas desiertas. Se cruzaron con un grupo de peregrinos y, durante varias horas de locura, hubo intercambio de maletas con ellos; en otra ocasión cenaron dos veces con una hora de diferencia, mientras que en otra no les dieron de cenar. Pero aquí estaban, por fin, donde se suponía que debían estar: en Simona. El único ausente era Bellorius.
Y el doctor Fe improvisó.
—Señorita Bombaum, caballeros, un pequeño añadido a nuestro programa. Hoy iremos a rendir homenaje al Monumento Nacional.
Fueron en tropel hacia el autobús. Varios filatélicos estaban durmiendo allí y hubo que desalojarlos. Subieron también una docena de enormes coronas de laurel.
—¿Y todo esto?
—Nuestro homenaje.
Las cintas rojas en diagonal sobre cada corona llevaban los nombres de los países tan curiosamente representados.
Salieron de la ciudad hacia tierras de alcornoque y almendro. Al cabo de una hora los detuvieron y una escolta de coches blindados se formó delante y detrás del autobús.
—Una pequeña muestra de nuestra estima —dijo el doctor Fe.
—Es por temor a los guerrilleros —susurró el doctor Antonic.
El polvo que levantaban los militares enturbiaba la vista del paisaje desde el autobús. Al cabo de un par de horas, pararon. Sobre un promontorio pelado se erguía el monumento. Como toda la arquitectura moderna oficial, era un objeto desprovisto de adornos y de amor, insignificante de no ser por su magnitud: una gran pirámide truncada de piedra. Un pelotón de soldados estaba tratando con apatía de suprimir un mensaje pintarrajeado en rojo sobre la cara delantera del monumento: «Muerte al Mariscal».
El doctor Fe hizo como que no lo veía y condujo al grupo más hacia un lado, donde no había leyendas que ver, ni patrióticas ni subversivas. Allí, bajo un sol de justicia, depositaron las coronas, Scott-King en representación de la Gran Bretaña cuando le tocó el turno. El periodista-poeta puso una rodilla en tierra y registró el momento con su cámara. La escolta vitoreó. Los de la brigada de limpieza se asomaron para ver qué pasaba. El doctor Fe pronunció unas palabras en defensa del neutraliano. La ceremonia había terminado. Almorzaron en una población cercana, en lo que parecía una cantina de cuartel, una sala sin más decoración que una foto grande del Mariscal. La comida, abundante, pero en absoluto suntuosa, se sirvió en unas mesas estrechas y en gruesos platos de barro cocido. Scott-King bebió varios vasos de un vino cabezón de tono morado. El autobús llevaba mucho tiempo al sol y dentro hacía un calor asfixiante. El vino y el cocido provocaban sueño y Scott-King no paró de dar cabezadas durante el largo viaje de vuelta, ajeno al selvático susurrar que imperaba a su alrededor en aquel ambiente tropical.
Pero susurros, los hubo, y alcanzaron nivel de viva voz cuando el grupo llegó por fin a Simona.
Fue eso lo que despertó por completo a Scott-King cuando entraron en el hotel.
—Hay que convocar una reunión urgente —estaba diciendo el profesor norteamericano—. Tenemos que votar una resolución.
—Queremos un cara a cara —dijo la señorita Bombaum—. Pero no aquí —añadió, haciendo inventario de los coleccionistas de sellos que todavía andaban tirados por los bares—. Arriba.
Sería en extremo tedioso relatar todo cuanto se dijo en la habitación de la señorita Bombaum después de expulsar a dos filatélicos que se habían refugiado allí. Era tedioso estar allí sentado, pensó Scott-King, mientras las fuentes borboteaban en la plaza y la brisa agitaba el follaje de los naranjos junto a las murallas de la ciudad. Hubo alocuciones, que se repitieron, se tradujeron, se maltradujeron; hubo llamadas al orden y pequeñas explosiones privadas de cólera. No todos los delegados se hallaban presentes. El profesor suizo y el chino no estaban localizables; los estudiantes argentino y peruano se negaron a asistir, pero, aparte de la señorita Bombaum, había seis sabios en la habitación, y todos ellos, salvo Scott-King, estaban indignados por algo.
El motivo acabó surgiendo, tamizado entre un sinfín de palabras y humo de tabaco. Se trataba, sucintamente, de lo siguiente: la Asociación Bellorius había sido un mero pelele en manos de los políticos. Pero la insaciable curiosidad de la señorita Bombaum habría hecho innecesaria cualquier información adicional. Ella había husmeado la amarga verdad y la cosa estaba clara. El Monumento Nacional no era ni más ni menos que un fetiche de la contienda civil; conmemoraba la matanza, ejecución, exterminio —que cada cual elija—, en aquel soleado emplazamiento, de una cincuentena de líderes del partido ahora dominante en Neutralia, a manos de los que mandaban diez años atrás. No sólo habían engañado a los delegados haciéndoles depositar coronas de laurel, sino que, encima, los habían fotografiado en el acto. La foto de la señorita Bombaum, según sus propias palabras, estaba siendo enviada en aquel preciso momento a periódicos de todo el mundo. Es más, habían estado comiendo en las mismísimas mesas donde aquellos rufianes del partido fueron a tomar un refrigerio tras su orgía de sangre. Y aún había más, dijo la señorita Bombaum, pues acababa de enterarse por un libro de que Bellorius jamás tuvo la menor conexión con Neutralia: Bellorius fue un general bizantino.
Fue ahí donde Scott-King, enfurruñado, decidió intervenir. Se dijeron cosas muy fuertes de él: «Fascista asqueroso… Caníbal reaccionario… Escapista burgués…».
Scott-King abandonó la reunión.
El doctor Fe, que estaba en el pasillo, le tomó del brazo y lo llevó abajo sin hacer comentarios. Salieron a la calle porticada.
—No están satisfechos —dijo el doctor Fe—. Es una tragedia de primera magnitud.
—Usted no debería haber hecho eso —dijo Scott-King.
—¿Que no debería? Oiga, profesor, le aseguro que lloré cuando me lo propusieron. Aplacé dos días el viaje por carretera precisamente para impedir que pasara esto. Ah, pero ellos ni caso. Al ministro de Ilustración Popular le dije: «Excelencia, esto es un evento internacional, algo que pertenece única y exclusivamente al ámbito intelectual y académico. Estas personas no han venido a Neutralia con fines políticos». Y él me respondió de mala manera: «Nosotros corremos con los gastos de lo que comen y beben. Deberían mostrar respeto al Régimen. Todos los delegados de Educación Física han hecho el saludo al Mariscal en el Estadio de los Deportes. A los filatélicos se les ha entregado la chapa del partido y muchos de ellos la llevan puesta. También los profesores deben ayudar a la Nueva Neutralia». ¿Qué le iba a decir yo? Es una persona sin la menor delicadeza, de origen muy humilde. Fue él, estoy seguro, quien indujo al ministerio de Descanso y Cultura a retrasar el envío de la estatua. Usted no entiende de política, querido profesor. Le voy a ser franco: ha sido todo una conspiración.
—Eso dice la señorita Bombaum.
—Un complot contra mí. Hace ya algún tiempo que traman mi defenestración. No soy un hombre del partido. Usted, profesor, cree que soy de la Nueva Neutralia porque llevo la chapa y hago el saludo. Tengo seis hijos, dos de ellos chicas en edad casadera. ¿Qué va a hacer uno sino buscar lo mejor para los suyos? Pero ahora he tocado fondo.
—¿Tan mala es la situación?
—Ni se lo imagina, profesor. Vuelva a esa habitación, por favor, y convénzalos de que mantengan la calma. Usted es inglés, tiene mucha influencia. He observado durante el viaje cómo le respetaban todos.
—Me han llamado «fascista asqueroso».
—Oh, sí —dijo el doctor Fe—. Lo he oído por el ojo de la cerradura. Estaban muy enfadados.
Después del ambiente tan cargado en el cuarto de la señorita Bombaum, las calles eran una delicia de frescor, y la mano del doctor Fe en la manga de Scott-King tan liviana como una polilla. Caminaron en silencio. En un puesto de flores el doctor Fe escogió una flor para el ojal, regateó con insistencia, se la ofreció a Scott-King con pastoril delicadez y continuaron apesadumbrados el paseo.
—¿No va usted a volver?
—Es que no serviría de nada.
—Un inglés dándose por vencido… —dijo el doctor Fe con cierto desaliento.
—Eso me temo.
—Pero se quedará con nosotros hasta el final, ¿no?
—Desde luego.
—Bueno, entonces tampoco hemos perdido nada trascendental. Las celebraciones pueden continuar. —Dijo esto último con galantería, cortésmente, pero al despedirse dejó escapar un suspiro.
Scott-King subió los gastados escalones del baluarte y se sentó a contemplar la puesta de sol al pie de los naranjos.
Aquella tarde el hotel estaba en calma. Se habían llevado a todos los filatélicos, que partieron aturdidos y cabizbajos rumbo a un destino desconocido como personas desplazadas a merced de la maquinaria de la «ingeniería social». Los seis delegados disidentes partieron con ellos, a falta de otro medio de transporte. Sólo se quedaron el suizo, el chino, el peruano y el argentino. Cenaron juntos en silencio, por carecer de una lengua común, pero de buen humor. El doctor Fe, el doctor Antonic y el Poeta cenaron en otra mesa, también callados, pero tristes.
Al día siguiente la efigie errante llegó en una camioneta y la inauguración fue programada para el día después. Scott-King disfrutó de la espera; se dedicó a leer los periódicos, todos los cuales, como había pronosticado la señorita Bombaum, publicaban fotografías a toda página de la ceremonia en el Monumento Nacional. Reconstruyó el sentido de uno de los artículos sobre el evento, almorzó, hizo la siesta, visitó las frescas iglesias de la ciudad y redactó el discurso que —eso le habían dicho— tenía que pronunciar al día siguiente. Cuando se topó con el doctor Fe, éste mostró la reserva propia de un hombre de frágiles sentimientos que ha revelado demasiadas cosas de sí mismo llevado por la emoción. Fue un día perfecto para Scott-King.
No tanto para sus colegas. Dos catástrofes les sobrevinieron mientras él pasaba el rato. El profesor suizo y el chino salieron a dar una vuelta en coche por las colinas. El hecho de que fueran juntos se debía no tanto a que se cayeran bien como a motivos pecuniarios. Un guía insistente; falta de sensibilidad para los placeres contemplativos de la arquitectura occidental; un precio aparentemente ventajoso; la promesa de una brisa fresca, un amplio panorama, un pequeño restaurante: todas estas cosas los vencieron. Y cuando se vio que anochecía y la pareja no regresaba, quedó claro que su suerte estaba echada.
—Deberían haber consultado al doctor Fe —dijo el doctor Antonic—. Él les habría puesto una escolta y había elegido una ruta más adecuada.
—¿Qué les habrá pasado?
—Con los guerrilleros nunca se sabe. Muchos de ellos son buena gente, chapados a la antigua, seguro que los tratarían bien mientras esperan el rescate. Pero los hay que están metidos en política. Si nuestros amigos han caído en manos de estos últimos, mucho me temo que los asesinarán.
—A mí el suizo me caía mal.
—Lo mismo digo. El típico calvinista. Pero al ministerio no le va a gustar que lo asesinen.
El destino de los sudamericanos fue menos romántico. Agentes de policía los arrestaron durante el almuerzo.
—Por lo visto no eran ni de Argentina ni de Perú —explicó el doctor Antonic—. Y menos aún estudiantes.
—¿Y qué habían hecho?
—Supongo que alguien los denunció.
—La verdad es que tenían pinta de granujas…
—Cierto. Imagino que serían espías, bimetalistas, qué sé yo, gente desesperada. Hoy en día lo que cuenta no es lo que uno haga, sino quién te denuncia. Me inclino a pensar que alguien de las altas instancias debe de haber denunciado a esos dos. Si no, el doctor Fe podría haber hecho aplazar su detención hasta después de nuestra pequeña ceremonia. Aunque puede ser que el doctor Fe esté de capa caída.
De modo que al final, como sin duda era lo más adecuado, solamente una voz sonó en público para honrar a Bellorius.
La estatua, que, tras muchos e ineficaces tirones al cordón, quedó al descubierto pétrea e insolente bajo el feroz sol neutraliano, mientras el populacho prorrumpía en hurras y, de acuerdo con la tradición, lanzaba petardos a los pies de los notables, mientras alarmadas palomas revoloteaban en lo alto y la banda en pleno se sumaba a la introducción de las trompetas, era horrenda.
No existe ningún retrato contemporáneo de Bellorius. A falta de eso, el ministerio de Descanso y Cultura hizo un apaño. La figura que ahora quedaba expuesta a la vista con tanta franqueza había estado largos años en un taller de mampostería. Había sido encargada en una época de libre empresa para la tumba de un magnate del comercio cuyas propiedades, se supo a su muerte, resultaron ser ilusorias. El representado no era Bellorius; no era tampoco el fraudulento príncipe mercantil; ni siquiera podía considerarse inequívocamente masculina; era parcamente humana; representaba tal vez una de las virtudes teologales.
Scott-King estaba estupefacto ante la afrenta que, sin quererlo, había cometido contra aquella esbelta plaza. Pero ya había hablado y el discurso había sido un éxito. Lo había hecho en latín, desde el corazón. Había dicho que un mundo desgajado y lleno de rencor se unía ese día en torno al majestuoso concepto de Bellorius, unido también en su propia reconstrucción, primero en Neutralia y luego entre todos los anhelantes pueblos de Occidente, sobre los firmes cimientos que Bellorius puso en su momento. Había dicho que estaban encendiendo una vela en virtud de la cual la gracia de Dios no se extinguiría nunca.
Y después de la alocución vino un portentoso almuerzo en la universidad. Y después de la comida, Scott-King fue investido doctor en Derecho Internacional. Y después de la investidura lo metieron en un autocar con los doctores Fe y Antonic y el Poeta, y lo llevaron de vuelta a Bellacita.
Por la ruta directa el trayecto duró apenas cinco horas. No era todavía medianoche cuando enfilaron el iluminado bulevar de la capital. Poco se había hablado durante el viaje. Una vez llegaron al ministerio, el doctor Fe dijo:
—Bien, aquí termina nuestra pequeña expedición. Confío, profesor, que haya disfrutado usted una mínima parte de lo que hemos disfrutado nosotros.
Le tendió la mano y sonrió bajo las lámparas de arco. El doctor Antonic y el Poeta recogieron su modesto equipaje.
—Buenas noches —dijeron—. Nosotros seguiremos a pie. Los taxis son demasiado caros; la tarifa doble empieza a partir de las nueve.
Echaron a andar. El doctor Fe subió los escalones del ministerio.
—Al trabajo otra vez —dijo—. He recibido un aviso urgente de mi superior. En la Nueva Neutralia trabajamos hasta muy tarde.
No hubo en su ascensión nada furtivo, pero fue rápida. Scott-King lo alcanzó cuando estaba a punto de entrar en un ascensor.
—Oiga, pero ¿y yo adónde voy?
—Profesor, nuestra humilde ciudad está a su disposición. ¿Adónde le gustaría ir?
—Bueno, supongo que a un hotel. Antes nos hospedábamos en el Ritz.
—Estoy seguro de que allí estará cómodo. Dígale al portero que le consiga un taxi y procure que no intente cobrarle más de la cuenta. Tarifa doble, pero no más.
—Ya, pero ¿nos veremos mañana?
—Espero que muy a menudo.
El doctor Fe hizo una venia y la puerta del ascensor se cerró dejando tras de sí la venia y la sonrisa de despedida.
Hubo en su actitud algo más que la reserva propia de un hombre de delicados sentimientos que había revelado demasiadas intimidades llevado por la emoción.
IV
—Oficialmente —dijo el señor Horace Smudge— ni siquiera sabemos que está usted aquí.
Escrutó a Scott-King a través de unas gafas hexagonales por encima de su carpeta de Asuntos Pendientes y jugueteó con una moderna estilográfica; del bolsillo de la pechera sobresalían multitud de lápices y su rostro parecía dar a entender que esperaba que de un momento a otro sonara uno de los teléfonos de su mesa para recibir un mensaje mucho más importante que lo que estaban hablando; era, pensó Scott-King, igual que el encargado de la oficina de alimentos en Granchester.
La vida de Scott-King había transcurrido lejos de los tribunales, pero, en una ocasión, en Estocolmo, hacía ya muchísimos años, había sido invitado por error a almorzar en la embajada británica. Sir Samson Courtenay era a la sazón chargé d’affairs y Scott-King recordaba agradecido el aire de despreocupada benevolencia con que había recibido a un imberbe estudiante cuando en realidad esperaba a un ministro. Sir Samson no había llegado lejos en su profesión, pero, al menos para un hombre —para Scott-King— seguía siendo la quintaesencia del diplomático inglés.
Smudge no se parecía en nada a sir Samson; era producto de circunstancias más duras y de una más reciente teoría del funcionariado; ningún tío carnal había intercedido por él ante las altas esferas; mucho esfuerzo e hincar de codos, una mente clara en los exámenes y un entusiasmo genuino por la Geografía Comercial lo habían llevado a su actual cargo de segundo secretario.
—No se imagina usted —dijo Smudge— el trasiego que hemos tenido con las prioridades. Me he visto obligado a hacer bajar dos veces del avión a la embajadora, en el último momento, para dejar sitio a miembros del I.C.I. Fíjese, tengo a cuatro ingenieros eléctricos, dos conferenciantes del British Council y un sindicalista esperando obtener pasajes. Oficialmente no sabemos nada de ese Bellorius. Fueron los neutralianos quienes le trajeron aquí; es responsabilidad suya mandarlo de vuelta a casa.
—He acudido a ellos dos veces al día en los últimos tres días. Al parecer, el hombre que lo organizó todo, el doctor Arturo Fe, ya no está en el ministerio.
—Siempre hay la opción del tren, claro. Se tarda bastante, pero puede que al final resulte más rápido. Imagino que tendrá usted todos los visados necesarios…
—No. ¿Cuánto tiempo tardaría en conseguirlos?
—Unas tres semanas, tal vez más. Es culpa de la Comandancia Interaliada, que todo lo entorpece.
—Pero yo no puedo permitirme el lujo de estar aquí tanto tiempo. Sólo me autorizaron a traer setenta y cinco libras y los precios son altísimos.
—Sí, tuvimos un caso parecido el otro día. Un tal Whitemaid. Se había quedado sin dinero y quería cambiar un cheque, pero, claro, eso va específicamente en contra de la normativa monetaria. El cónsul se hizo cargo de él.
—¿Ha conseguido volver a Inglaterra?
—Lo dudo. Mire, antes los despachaban por vía marítima como Súbditos Británicos en Dificultades y, al llegar, eran puestos a disposición de la policía, pero desde la guerra que ha dejado de hacerse. Creo que también estaba metido en todo ese asunto de Bellorius, que por cierto nos ha dado mucho trabajo por una cosa o por otra. Claro que los suizos lo tienen más crudo. Les han asesinado a un profesor, y eso siempre entraña un informe especial a nivel de abogado. Siento no poder hacer más por usted. Yo sólo me ocupo de prioridades de vía aérea. Su problema es problema de consulado. Debería pasarse por allí dentro de un par de semanas y explicarles cómo está la situación.
El calor era difícilmente soportable. En los diez días desde la llegada de Scott-King al país, el verano parecía haber empeorado de humor para mostrar su cara más antipática. La hierba de la plaza se había vuelto parda. Seguían regando las calles con mangueras, pero la piedra volvía a secarse al cabo de nada. La temporada había terminado; la mitad de los comercios estaban cerrados y los pequeños nobles morenos habían abandonado sus butacas del Ritz.
No es que hubiera mucho trecho desde la embajada hasta el hotel, pero Scott-King llegó a la puerta giratoria tambaleándose de cansancio. Había ido a pie, pues estaba obsesionado con ahorrar; ya no comía a gusto, contando lo que le costaba cada bocado más el servicio, los timbres, el impuesto de lujo y, encima, con aquel achicharrante calor, el impuesto para el Fondo de Ayuda Invernal. Había tomado la decisión de dejar el Ritz sin demora, pero no acababa de hacerlo; metido en una modesta pensión, en alguna callejuela donde jamás sonara un teléfono ni pusiera el pie alguien venido del mundo exterior, ¿no estaría irremediablemente perdido, sumergido, irreconocible de tan tenue, olvidado de todos? ¿Enseñaría quizá, dentro de unos cuantos años, una tarjetita descolorida anunciando clases de conversación en lengua inglesa?, ¿se volvería más descuidado, canoso y gordo con los aditamentos de la desesperación y la indigencia y acabaría muriendo allí anónimamente? Era una persona adulta, un intelectual, un estudioso de los clásicos, casi un poeta, pero no podía afrontar ese futuro sin pánico. Así que se aferró al Ritz —ahora medio vacío y pese a que notaba que lo miraban con desprecio— como el único lugar en Neutralia donde aún podía encontrar la salvación. Si se marchaba, sería para siempre. Le faltaba la confianza de la nobleza indígena, que podía pasarse el día entero allí sentada como si la amparase un derecho. El único derecho que amparaba a Scott-King era el de sus cheques de viaje. Cada dos por tres calculaba el monto de su factura. Tenía casi cuarenta libras en mano; cuando le quedaran sólo veinte, decidió, se marcharía del hotel. Mientras tanto, en el comedor, lanzaba miradas nerviosas antes de ponerse a calcular de qué manera podía salirle barato el almuerzo.
Y aquel día obtuvo su recompensa. Le tocó el premio. Sentada a menos de dos mesas de él, a solas, estaba la señorita Bombaum. Se levantó para saludarla. Todos los duros epítetos con los que se habían despedido estaban ya olvidados.
—¿Puedo hacerle compañía?
Ella levantó la vista, primero sin reconocerle, y en seguida con placer. Tal vez hubo algo en el aspecto de Scott-King, un cierto desamparo, un cierto retraimiento, que lo exoneró a ojos de la señorita Bombaum. El hombre que estaba allí de pie no era ningún fascista asqueroso ni un caníbal reaccionario.
—Cómo no —dijo—. El tipo que me había invitado a comer no ha comparecido.
Un miedo cerval, gélido en el bochornoso comedor, se apoderó de Scott-King pensando que pudiera tener que pagar la consumición de la señorita Bombaum, quien —observó mirando de reojo— estaba comiendo langosta y bebiendo blanco del Rin.
—Bueno, cuando haya terminado —dijo él—. Podemos tomar un café en el salón.
—Tengo una cita dentro de veinte minutos —dijo ella—. Siéntese.
Así lo hizo Scott-King y, de inmediato, en respuesta a la inocente pregunta de la señorita Bombaum, relató con detalle toda su odisea. Hizo especial hincapié en sus apuros financieros y, harto significativamente, pidió el plato más económico de la carta.
—Es engañoso no comer cuando el calor aprieta —observó la señorita Bombaum—. Hay que conservar las fuerzas.
Y cuando él hubo terminado el recital, ella dijo:
—No creo que sea muy difícil salir del aprieto. Vaya por el Subterráneo.
Pero el gesto de angustia y desesperación en la cara de Scott-King le hizo ver que no se había expresado con claridad.
—Habrá oído hablar del Subterráneo, ¿verdad? Es —citó de uno de sus recientes artículos sobre el particular— un mapa alternativo de Europa, como un calco que recubre todas las fronteras establecidas y las rutas de comunicación. Es el nuevo mundo tomando forma bajo la superficie del viejo; la nueva ciudadanía ultranacional.
—Vaya por Dios.
—Mire, ahora no puedo quedarme. Venga aquí esta noche y le presentaré al hombre clave.
Aquella tarde, que, como se vio luego, iba a ser la última que había de pasar en Bellacita, Scott-King recibió una primera visita. Había subido a su cuarto para echarse un rato hasta que pasara el calor, cuando sonó el teléfono y una voz anunció al doctor Antonic. Preguntaba si podía subir a verle.
El croata entró en la habitación y se sentó al lado de la cama.
—Veo que ha adquirido la costumbre neutraliana de la siesta. Yo ya soy demasiado viejo para adaptarme a nuevas costumbres. En este país todo me resulta tan raro como la primera vez que vine.
»Esta mañana estaba en el ministerio de Asuntos Exteriores preguntando por mis documentos de nacionalización y me he enterado casualmente de que estaba usted aquí. He venido enseguida. No quiero ser entrometido, pero yo pensaba que a estas alturas ya se habría marchado. ¿Está al corriente de nuestras desventuras, profesor? El pobre doctor Fe ha caído en desgracia; le han quitado todos los cargos. Además, parece que hay problemas con sus cuentas. Según dicen gastó más de lo que Hacienda había autorizado para las celebraciones. Como ya no tiene ningún cargo oficial, no puede acceder a los libros y hacer los ajustes necesarios. Dicen que va a ser juzgado y que quizá lo manden a las islas.
—¿Y usted, doctor Antonic?
—Yo nunca tengo suerte. Dependía del doctor Fe para conseguir la nacionalidad. ¿A quién voy a acudir ahora? Mi mujer ha pensado que quizá usted podría hacer algo por nosotros en Inglaterra, para convertirnos en súbditos británicos.
—No hay nada que yo pueda hacer.
—Me lo suponía. ¿En América tampoco?
—Allí todavía menos.
—Es lo que le he dicho a mi mujer. Pero ella, como es checa, nunca pierde la esperanza. Los croatas no tenemos esperanzas. Sería un gran honor si quisiera usted venir y explicarle todo esto a mi mujer. Ella no me creerá si le digo que no hay nada que hacer. Le he prometido que lo llevaría conmigo.
Así pues, Scott-King se vistió para salir y fue con el doctor Antonic, soportando el intenso calor, hasta un bloque de pisos en un barrio nuevo casi en las afueras de la ciudad.
—Vinimos aquí por el ascensor. Mi mujer estaba harta de las escaleras neutralianas. Pero, por desgracia, el ascensor ya no funciona.
Subieron penosamente hasta la última planta y de allí pasaron a una sala de estar repleta de niños donde olía mucho a café y tabaco.
—Me da vergüenza recibirlo en una casa sin ascensor —dijo la señora Antonic en francés; luego se dirigió a sus hijos en otro idioma. Los niños saludaron haciendo reverencias y salieron de la sala. La señora Antonic preparó café y puso sobre la mesa una bandeja con galletas del aparador.
—Estaba segura de que vendría —dijo—. Mi marido es demasiado tímido. Usted nos llevará a América, ¿verdad?
—Pero si jamás he estado allí, señora.
—Pues a Inglaterra. Tenemos que marcharnos de este país. Aquí no estamos a gusto.
—Mire usted, yo mismo estoy encontrando serias dificultades para volver a mi país.
—Somos gente respetable. Mi marido es diplomático. Mi padre tenía una fábrica en Budweis. ¿Conoce al señor Mackenzie?
—No, creo que no.
—Es un señor inglés muy respetable. Él le explicaría que venimos de buena familia. Estuvo muchas veces en la fábrica de mi padre. Si puede localizarlo, estoy segura de que el señor Mackenzie nos ayudará.
La conversación fue languideciendo.
—Si pudiera usted dar con él —repitió la señora Antonic—, todos nuestros problemas se acabarían.
En ese momento volvieron a entrar los niños.
—Me los llevo a la cocina —dijo la señora Antonic—. Les daré un poco de mermelada. Así no molestarán.
—Ya lo ve —dijo el doctor Antonic al cerrarse la puerta—, no pierde nunca las esperanzas. Yo en cambio no espero nada. ¿Cree usted que en Neutralia podría renacer la cultura occidental? —preguntó—, ¿que este país ha sido preservado de los horrores de la guerra a fin de erigirse en faro de esperanza para el mundo?
—No —respondió Scott-King.
—¿No? —dijo nervioso el doctor Antonic—. ¿De veras no lo cree? Pues yo tampoco.
Al anochecer la señorita Bombaum y Scott-King fueron en taxi a los suburbios y entraron en una cafetería donde se encontraron con un hombre que había estado con ella en el Ritz la primera noche. No hubo presentaciones.
—¿Quién es éste, Martha?
—Un inglés amigo mío al que quiero que ayudes.
—¿Va lejos?
—A Inglaterra. ¿Podría entrevistarse con el jefe?
—Iré a preguntar. ¿Tiene el nivel?
—Por descontado.
—Bueno, quédate por aquí mientras pregunto.
El hombre fue a llamar por teléfono y volvió diciendo:
—El jefe dice que bueno. Podemos dejarlo allí y luego hablamos de lo nuestro.
Tomaron otro taxi y dejaron atrás la ciudad para adentrarse en una zona de mataderos y curtidurías, reconocibles en la cálida oscuridad por el olor. Se detuvieron frente a un chalet iluminado.
—Es ahí. No llame. Sólo tiene que empujar la puerta.
Scott-King no era lector de novelas populares y, en consecuencia, le resultaba extraña la frase «todo sucedió tan deprisa que cuando…». Sin embargo, nada expresaba mejor su situación. El taxi se alejó mientras él caminaba todavía por el sendero del jardín. Empujó la puerta, penetró en un vestíbulo desierto y sin luz, oyó una voz que decía: «Pase» desde otra estancia, entró, y de repente se encontró en una oficina frente a un neutraliano vestido con uniforme de comandante de la policía.
El hombre le habló en inglés.
—¿Es el amigo de la señorita Bombaum? Tome asiento. No se inquiete por el uniforme. Algunos de nuestros clientes se alarman muchísimo. Un necio intentó pegarme un tiro la semana pasada al verme vestido así: pensaba que le habían tendido una trampa. Usted quiere ir a Inglaterra, creo. Eso va a ser muy difícil. Si hubiera dicho México, Brasil, Suiza, sería más sencillo. ¿Tiene motivos para preferir Inglaterra?
—Los tengo.
—Qué curioso. He vivido allí muchos años y siempre me ha parecido un país con escaso atractivo. Las mujeres carecían de pudor, la comida me sentaba mal. Tengo a un grupito que va camino de Sicilia. ¿No le serviría eso?
—Me temo que no.
—Está bien, veamos qué se puede hacer. ¿Tiene usted pasaporte en regla? Qué bien. Los pasaportes ingleses van muy buscados ahora mismo. Espero que la señorita Bombaum le habrá explicado que yo no dirijo una organización sin ánimo de lucro. Estamos aquí para sacar beneficio y nuestros gastos son muy elevados. Constantemente vienen a molestarme personas que suponen que lo hago por amor al arte. Me gusta mi trabajo, por supuesto, pero de eso no se come. El joven que le mencionaba antes, el que intentó pegarme un tiro (está enterrado ahí mismo, al pie de la pared), pensaba que éramos una organización política. Ayudamos a gente sin distinción de clase, raza, partido, credo o color… a cambio de dinero por adelantado. Es cierto que cuando yo me hice cargo existían asociaciones de aficionados que habían surgido durante la guerra mundial: prisioneros en fuga, agentes comunistas, sionistas, espías y cosas así. Lo primero que hice fue cerrarles el negocio. Comprenderá por qué es tan útil mi posición dentro de la policía. Ahora mismo se puede decir que ejerzo prácticamente un monopolio. Nuestro volumen de trabajo aumenta de día en día. Es increíble la cantidad de gente sin los requisitos necesarios que parece desesperada por cruzar fronteras. Dispongo también de una valiosa conexión con el gobierno neutraliano. Por mis manos pasan muchos individuos problemáticos que el gobierno quiere ver lejos lo antes posible. ¿Cuánto dinero tiene?
—Unas cuarenta libras.
—A verlas.
Scott-King le pasó sus cheques de viaje.
—Pero si aquí hay setenta.
—Sí, es que la factura del hotel…
—No habrá tiempo para eso.
—Disculpe —dijo Scott-King con firmeza—. De ninguna manera me marcharía de un hotel sin pagar la cuenta, y menos todavía en un país extranjero. Tal vez le pareceré ridículamente escrupuloso, pero es algo que un granchesteriano no puede hacer bajo ningún concepto.
El comandante no era persona dada a debatir sobre principios fundamentales. Aceptaba a la gente tal como era, y en su humanitaria vocación trataba con gente de todo tipo.
—Yo, desde luego, no pagaré esa cuenta —dijo—. ¿Conoce a alguien más en Bellacita?
—A nadie.
—Piense un poco.
—En la embajada británica había un tal Smudge.
—Smudge se ocupará de la cuenta. Estos cheques necesitan firma.
Pese a su alta capacitación, Scott-King hizo lo que le pedían y los cheques desaparecieron en un cajón del buró.
—¿Y mi equipaje?
—No tocamos equipaje. Partirá esta noche. Tengo a un grupito que va hacia la costa. Nuestro principal centro de intercambio está en Santa María. Desde allí viajará en un barco de vapor, probablemente no muy lujoso, pero ¿qué más da eso? Siendo usted inglés, a buen seguro será un buen marinero.
Pulsó el timbre que había sobre la mesa y dijo unas rápidas palabras en neutraliano al secretario que contestó.
—Este hombre se hará cargo de usted y le dará lo necesario. ¿Habla neutraliano? ¿No? Quizá mejor así. En este negocio preferimos que se hable lo mínimo; y debo advertirle que impera la más estricta disciplina. Los que desobedecen jamás llegan a su destino. Adiós y que tenga buen viaje.
Unas cuantas horas más tarde un voluminoso y anticuado turismo iba dando tumbos hacia el litoral. Dentro viajaban siete hombres, vestidos de monjas ursulinas y extremadamente incómodos. Entre ellos estaba Scott-King.
El pequeño puerto mediterráneo de Santa María estaba muy cerca del corazón de Europa. Una colonia ateniense había prosperado allí en tiempos de Pericles y levantado un santuario a Poseidón; esclavos cartagineses habían construido el rompeolas y ahondado la dársena; los romanos habían traído el agua potable desde los manantiales; frailes dominicos habían levantado la gran iglesia que daba su nombre actual a la localidad; un mariscal de Napoleón había establecido allí su base y dejado en herencia unos jardines clásicos. Las huellas de todos estos moderados conquistadores eran claramente visibles todavía, pero Scott-King no vio nada cuando, con las primeras luces, recorrieron a toda mecha las calles adoquinadas hasta el muelle.
El centro de distribución Subterráneo era un almacén: tres espaciosas plantas, sin tabiques y con las ventanas tapiadas, accesibles por una escalera de hierro. Había una sola puerta, y, a poca distancia de ella, la guardiana había colocado una cama metálica de grandes dimensiones. La mayor parte del día se la pasaba reclinada bajo una colcha sembrada de alimentos varios, armas de fuego, tabaco y un pequeño cabezal en el que a veces tejía encaje milanés. Su rostro era el de una tricoteuse del Terror.
—Bienvenidas a la Europa Moderna —dijo cuando entraron las siete ursulinas.
El lugar estaba abarrotado. En los seis días que duró su estancia allí Scott-King consiguió identificar por el idioma a la mayoría de los grupos. Había un destacamento de eslovenos monárquicos, unos cuantos argelinos, restos de una sociedad anarquista siria, diez pacientes prostitutas turcas, cuatro millonarios franceses partidarios de Pétain, unos cuantos terroristas búlgaros, media docena de ex agentes de la Gestapo, un teniente general italiano y su séquito, una compañía de ballet húngara y varios trotskistas portugueses. La tropa angloparlante consistía principalmente en desertores armados de los ejércitos de liberación americano y británico. Repartidas por el forro de sus prendas de ropa llevaban grandes sumas de dinero, producto de muchos meses de tráfico por los muelles del mar central.
Si había alguna actividad, era siempre en la hora previa al amanecer. Entonces el oficial al mando, que, por lo visto, era el marido de la bruja en funciones de guardiana, comparecía con un puñado de pasaportes. Se pasaba lista a los elegidos y éstos desfilaban para no volver. Durante el día los soldados jugaban al póquer: apuesta inicial, cincuenta dólares, y la subida, cien. A veces, por la noche, llegaba gente nueva. La cifra de personas congregadas en el centro se mantenía más o menos estable.
Finalmente, al sexto día, se produjo un gran revuelo. Todo empezó hacia el mediodía con la visita del jefe de policía. Apareció con espada y charreteras y habló en neutraliano, muy enfadado, con el custodio.
Uno de los norteamericanos, que en el tiempo que llevaba en el Viejo Mundo había aprendido más idiomas que muchos diplomáticos, hizo la explicación.
—El tío del disfraz dice que tenemos que largarnos perdiendo el culo. Según parece un nuevo oficial va a hacer una redada a este tugurio.
Cuando el policía se hubo marchado, el custodio y la guardiana debatieron el asunto. Traducción: «La parienta le dice que por qué no nos entrega y así les darán una recompensa. Él le dice que qué diablos, la recompensa más probable sería acabar en la horca. Parece que hay algunos fiambres plantados por los alrededores…».
Apareció entonces un capitán de navío que hablaba griego. Todos los viajeros del Subterráneo se quedaron quietos y callados, escuchando, pillando alguna que otra palabra. «Este tío dice que puede llevarnos en su barco».
—¿Adónde?
—A cualquier sitio. Me parece que les interesa menos la geografía que las finanzas.
Llegaron a un acuerdo. El capitán salió y el jefe del Subterráneo explicó por turnos en los diversos idiomas que había habido un ligero cambio de planes.
—No se preocupen —añadió—. Conserven la calma y no armen ruido. Todo va a salir bien. Cuidaremos de ustedes. A su debido tiempo llegarán todos adonde querían ir. Lo único que deben hacer ahora es moverse rápido y en silencio.
Y así, sin protestar, al caer la noche, hicieron subir al variopinto grupo a bordo de una goleta. Los animales de Noé probablemente no embarcaron con menos conocimiento del objeto de su viaje. El pequeño navío no estaba pensado para semejante cargamento. Los metieron en una oscura bodega; cerraron las escotillas; el inequívoco sonido de las amarras al ser soltadas llegó hasta su mazmorra de madera; un motor diésel auxiliar se puso en marcha; se izó el velamen. Y, al poco rato, se encontraban en alta mar en medio de una borrasca.
Ésta es la historia de unas vacaciones de verano, un cuento ligero. Versa, en el peor de los casos, sobre grandes incomodidades y sobre dudas intelectuales. No sería adecuado hablar aquí de esas honduras del espíritu humano, la agonía y la desesperación, de los días que siguieron en la vida de Scott-King. Incluso para la Musa de la Comedia, la inquieta callejera, la temeraria de esas hermanas celestiales, a quien apenas se le escapa nada que sea humano, que es capaz de departir casi con cualquiera y es bien recibida casi en cualquier hogar, hasta para ella existen lugares prohibidos. Dejemos pues a Scott-King en alta mar y recuperémoslo cuando, tristemente cambiado, arriba por fin a puerto. Se abren las escotillas, el sol de agosto parece hasta fresco, la brisa mediterránea casi primaveral cuando finalmente sube a cubierta. Hay soldados; hay alambradas; hay un camión esperando; hay un trayecto por un paisaje arenoso, más soldados, más alambrada. Todo lo cual lo percibe Scott-King solamente a medias, aturdido. Recobra la plena conciencia en una tienda de campaña, sentado en una silla completamente desnudo, mientras un hombre vestido de caqui le da golpecitos en la rodilla con una regla.
—Oiga, doctor, yo a este hombre le conozco. —(Scott-King levanta la cabeza y ve una cara conocida)—. Porque usted es el señor Scott-King, ¿verdad? ¿Se puede saber qué hace con todos esos elementos, señor?
—¡Lockwood! Dios del cielo, usted estaba en mi grupo de Griego, ¿verdad? ¿Dónde estoy?
—En el Campamento de Inmigrantes Ilegales Judíos número 64, Palestina.
Granchester reanudó la actividad la tercera semana de septiembre. La primera noche del nuevo curso, Scott-King estaba sentado en la sala de profesores y oyó casualmente a Griggs hablando de su viaje al extranjero.
—Te da una perspectiva diferente, eso de salir un poco de Inglaterra. ¿Tú qué hiciste, Scottie?
—Bah, poca cosa. Me encontré a Lockwood. Te acuerdas de él, ¿no? Un caso triste; optaba a una beca Balliol, pero luego tuvo que alistarse en el ejército.
—Yo pensaba que seguía allí. ¡Qué típico de nuestro Scottie, no tener otra cosa que contar después de ocho semanas fuera aparte de que se encontró a un alumno! No me extrañaría que encima hubieras aprovechado para trabajar un poco, esquirol.
—Si he de serte franco, me siento un poquito désoeuvré. Necesito buscar un tema nuevo.
—¿Por fin has terminado tu idilio con el amigo Bellorius?
—Definitivamente.
Más tarde, el director mandó llamar a Scott-King.
—¿Sabía usted —le dijo— que este año empezamos el curso con quince especializados en Clásicas menos que el último trimestre?
—Es lo que calculaba que pasaría.
—Como ya sabrá, soy un amante de los clásicos. Me sabe tan mal como a usted, pero ¿qué le vamos a hacer? A los padres ya no les interesa el concepto de «hombre completo»; quieren que sus hijos salgan preparados para el moderno mundo laboral. No se les puede culpar por eso, ¿verdad?
—Claro que sí —replicó Scott-King—. Yo sí puedo, y les culpo.
—Siempre digo que usted es mucho más importante aquí que yo. Granchester es inimaginable sin Scott-King. Pero, dígame, ¿se le ha ocurrido alguna vez que llegará el día en que ya no haya muchachos que estudien a los clásicos?
—Desde luego que sí. Bastante a menudo.
—Lo que quería proponerle era… ¿Ha pensado en la posibilidad de dar otra asignatura además de los clásicos? Podría ser historia, por ejemplo, y mejor aún historia de la economía.
—No, señor director.
—Pero es que, verá, puede que se avecine una crisis…
—Sí, señor director.
—Entonces ¿qué planes tiene?
—Si usted no tiene inconveniente, seguiré dando mi materia mientras haya un solo chico que quiera estudiar Clásicas. Creo que sería una maldad hacer algo con el fin de capacitar a un muchacho para el mundo moderno.
—Considero que eso es tener poca visión de futuro, Scott-King.
—Mire, señor director, con todos mis respetos, discrepo profundamente. Yo creo que es tener la máxima visión de futuro posible.