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Stories by evelyn waugh

la casa de mi padre (spanish)

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CAPÍTULO PRIMERO DE LA NOVELA INACABADA «TRABAJO PENDIENTE»
I
Cuando mi padre falleció yo me encontraba en Marruecos, en un hotelito francés fuera de las murallas de Fez. Llevaba allí seis semanas, haciendo poca cosa más que escribir, y a mi libro —Asesinato en el castillo de Mountrichard— le faltaban unas veinte mil palabras para el final. Debía entregarlo a la imprenta al cabo de tres semanas, o tal vez antes, pues casi había superado ese molesto período intermedio en que otros autores, menos escrupulosos, introducen al segundo cadáver. Yo contaba entonces treinta y un años y era un escritor serio. Siempre había sido hombre de un solo cadáver, y, dentro de lo posible, de un cadáver limpio, absteniéndome de las transfusiones de sangre a que la mayoría de mis rivales recurría para revitalizar sus lánguidas historias; es más, me abstenía de todo cuanto pudiera ser siquiera remotamente sórdido o salaz. Invariablemente mis cadáveres eran hombres, individuos solitarios, de elevada posición social y, en la medida de lo posible, exentos de sangre. Detestaba todo instrumento romo y eso de las «facciones completamente irreconocibles». Lord George Vanburgh, en Muerte en los ducados, era decapitado, sí, pero conviene recordar que llevaba muerto un tiempo por otras causas. Mis venenos eran indoloros; ningún personaje mío se retorcía ni vomitaba jamás. El cardenal Vascari, en Venganza en el Vaticano, mi primer y por varios motivos menos satisfactorio relato, encontraba la muerte a la manera de un modelo, entrando en coma sentado junto a la ventana una apacible tarde de otoño, contemplando el Tíber, con los dedos relajados sobre el regazo escarlata y el rosario, con una decena menos —la ingeniosa pista—, reposando sobre la alfombra. Así morían los personajes de John Plant.
Por el contrario, aun evitando la sangre, era bastante generoso con los truenos. Desdeñaba toda novela puramente funcional como desdeñaba la arquitectura contemporánea; las vigas y los puntales de la trama requieren ornamentación y ocultación. Siempre me encantaron los contrafuertes disimulados, las falsas cúpulas, las columnas superfluas, todos los subterfugios de la arquitectura narrativa y la escayola y los dorados de su decoración. Una décima parte de mi obra, si no más —y en general lo mejor de la misma—, se valía de efectos escénicos; súbitas corrientes de aire frío agitaban mis cortinas, las velas chorreaban, los caballos echaban espuma como locos en sus establos; los idiotas farfullaban; mis policías perseguían al sospechoso en un paisaje de peñascos, torrentes, ruinas y robles caídos. Y, de vez en cuando, si la secuencia de emociones que yo forjaba para el lector requería un momento de pánico y repugnancia, hacía morir a un animal en atroces circunstancias, como el spaniel de lady Belinda en El lacayo asustado.
Asesinato en el castillo de Mountrichard abundaba en detalles góticos y yo estaba moderadamente convencido de que tendría una buena acogida. El éxito, incluso en un primer momento, no me sorprendió. Me tomaba muchas molestias en mi obra y la consideraba excelente. Cada uno de mis siete libros se vendió más que el anterior. No sólo eso, sino que las ventas se produjeron en los tres primeros meses, a siete chelines con seis peniques. No tuve que cambiar el título de la edición especial para quiosco. La gente compraba mis libros y los conservaba, no en el cuarto trastero, sino en la biblioteca, los siete juntos en un mismo estante. El contrato me proporcionaba un anticipo por cada libro correspondiente a los ingresos totales del libro precedente. Al cabo de seis semanas, una vez pasado a máquina, revisado y entregado el manuscrito, recibía un cheque por valor de unas novecientas libras. Con esto liquidaba mi descubierto y los impuestos y me quedaban unas quinientas libras con las cuales, más otro descubierto, podía vivir hasta que terminaba el siguiente libro. Así gestionaba yo mis asuntos. De habérmelo propuesto, podría haber ganado bastante más dinero. Nunca intenté vender mis relatos para seriales; las delicadas fibras de un relato se resienten cuando éste es dividido en entregas semanales o mensuales, y nunca recuperan su tersura. Muchas veces, leyendo la obra de alguno de mis competidores, he dicho: «Esta autora escribe con la mirada puesta en las revistas. Ha tenido que cerrar el episodio prematuramente, se ha visto obligada a introducir este superfluo fragmento de melodrama para que cada entrega fuera legible por sí misma. Bueno —reflexionaba—, tiene un marido al que mantener y dos hijos que van a la escuela. No puede esperarse que haga bien dos trabajos, ser una buena madre y una buena novelista». Yo decidí vivir modestamente de las regalías de mis libros.
Ahorrar nunca me ha parecido un fastidio; todo lo contrario. Lo sé, mis amigos me consideraban un poco mezquino; hacían broma a mis expensas, pero a mí me parecía un deporte inofensivo, pues hay dos tipos distintos de tacañería: la que viene de amar el dinero y la que viene de detestarlo. Mi caso era el segundo. Yo ambicionaba erradicar el dinero de mi vida, en la medida de lo posible, y eso requería planificar. Compraba el mínimo de cosas. No me importaba pagar intereses a mi banco; lo prefería a tener que preocuparme por facturas de comerciantes. Decidía qué quería hacer y luego ideaba maneras de ponerlo en práctica de forma barata y limpia; dinero malgastado quería decir más dinero que ganar. El exceso siempre me hacía pensar en las noticias que publicaba el Daily Express sobre boxeadores profesionales y actores de comedia que morían en la penuria… Habían gastado doscientas libras a la semana, entre fiestas e ir prestando a uno y a otro; cada noche estrenaban un par de calcetines de seda negros; ningún viejo amigo se separaba de ellos con las manos vacías…; propinas de diez chelines a los conserjes… Unos bohemios, vaya.
A los veintiún años elegí cuál iba a ser mi carrera. Era de natural ingenioso y tenía una mente constructiva y buen gusto para escribir. Siendo joven, ansiaba la fama. Parecía haber pocas vías —de las que un escritor no hubiera de avergonzarse— para vivir decentemente de este oficio. Producir algo vendible en grandes cantidades y que no tuviera dentro absolutamente nada de mí mismo; vender algo que tuviese alguna utilidad para la clase de personas que yo respetaba y encontraba agradables. Eso era lo que perseguía, y las novelas policíacas satisfacían dicho objetivo. Eran un arte que admitía los cánones clásicos de la técnica y el buen gusto. Escribirlas resultaba duro —aunque cualquier otro género lo habría sido mucho más—, porque, lamentablemente, soy tan perezoso como exigente conmigo mismo. Era, en todo caso, un género inmune a los repelentes comentarios que suelen suscitar trabajos más ligeros. «Cómo debe usted de disfrutar escribiendo sus deliciosos libros, señor Fulano de Tal». Mi amigo Roger Simmonds, que estudió conmigo en la universidad y se estableció como humorista profesional por la época en que yo escribía Venganza en el Vaticano, sufre constantemente la plaga de este tipo de comentarios. A mí, en cambio, las mujeres me dicen cosas como: «Qué difícil debe de ser inventar todas esas complicadísimas pistas, señor Plant». Yo les respondo que sí, que es increíblemente difícil. «¿Y escribe sus libros aquí, en Londres?» «No, he comprobado que para escribir tengo que estar lejos». «¿Lejos de teléfonos, fiestas y todo eso?» «Exactamente».
Había probado como una docena de refugios tanto en Inglaterra como en el extranjero —posadas rurales, casitas de campo amuebladas, hoteles en la costa fuera de temporada—, y Fez era de largo el mejor de todos. La ciudad es espléndida y compacta y uno de los lugares más bellos del mundo a primeros de marzo, con flores por todas partes, tanto en las colinas circundantes como en los descuidados patios de las casas árabes. El hotelito me gustaba. Era barato y bastante frío: austeridad ante todo. La comida se podía digerir bien y tenía, una vez más, ese elemento de escasez que tan agradable me resulta. Ocupaba un lugar intermedio entre los esplendores seudoegipcios del palacio para turistas en el monte y los bulliciosos hoteles comerciales de la ciudad nueva, que quedaba a media hora andando. La clientela era exclusivamente francesa; esposas de funcionarios y parejas de edad con medios reducidos pasando el invierno al sol. Por las tardes, en el bar, oficiales sipahi jugaban una partida de bagatelle. Yo solía trabajar en la galería de mi habitación, que miraba a un barranco donde siempre había soldados de infantería senegaleses haciendo la colada. Tenía pocas y sencillas formas de esparcimiento. Una vez a la semana, al atardecer, tomaba el autobús hasta el Moulay Abdallah; una vez a la semana cenaba en el consulado británico. El cónsul permitía que fuera allí a darme un baño. Solía ir a pie resiguiendo las murallas, al caer la noche, con mi neceser. Él, su mujer y la gobernanta que tenían fueron los únicos ingleses que conocí; a decir verdad, las únicas personas con las que hice algo más que intercambiar frases hechas. De vez en cuando, iba al cine de la ciudad vieja, a ver películas mudas antiguas que proyectaban en medio de un caos de abucheos. Otras noches me tomaba una dosis de Dial y a las nueve y media ya estaba dormido. En estas circunstancias el libro avanzaba a buen ritmo. Posteriormente, algunas veces, he recordado todo aquello con envidia.
Como extraño vestigio de la era de las capitulaciones, había en aquel entonces en el consulado una oficina postal británica, utilizada (pensaban los franceses) por árabes desafectos con fines subversivos. Cuando había algo para mí, el cartero solía bajar en bicicleta hasta el hotel. Llevaba una gorra con insignia y un brazalete con el blasón real. Siempre me honraba con un marcial saludo que hacía crecer mi importancia a ojos del hotel en detrimento de mi reputación de inocente hombre de letras. Fue dicho cartero quien me trajo la noticia de la muerte de mi padre en una carta del hermano de éste, mi tío Andrew.
Por lo visto mi padre había sido atropellado por un automóvil hacía cosa de una semana y ya no había recuperado el conocimiento. Yo era su único hijo y, exceptuando a mi tío, su único pariente directo. «Todo» estaba «dispuesto». El funeral iba a tener lugar ese mismo día. «A despecho de las opiniones de tu padre, y a falta de instrucciones formales en sentido contrario —escribía tío Andrew— tu tía y yo hemos creído oportuno celebrar una ceremonia religiosa de carácter poco ostentoso».
«Podría haberme telegrafiado», pensé yo; y luego, más tarde: «¿Para qué?». En ningún caso habría podido ver a mi padre antes de que falleciera. Participar en una «ceremonia religiosa de carácter poco ostentoso» no iba con mi manera de ser ni con la de mi padre. Bien mirado, tampoco iba con la de mi tío Andrew, en honor a la verdad. Era sólo para complacer a los Jellaby.
Con respecto a los Jellaby mi padre siempre confesó ser despiadado, cosa que no se ajustaba en absoluto a la verdad; de hecho, se había tomado considerables molestias para alojarlos, pero por principio aborrecía cualquier sugerencia de discreción o solicitud. Estaba convencido de que nadie más que él sabía tratar a la servidumbre. Dos actitudes le sacaban de quicio por igual: aquella payasada del «delante de los niños, no» típica de su infancia —el precepto según el cual en presencia de criados había que silenciar todo posible escándalo y toda alusión a cantidades exactas de dinero— y la idea más reciente de que los aposentos de los Jellaby debían estar bien decorados y ellos debían tener la oportunidad de desarrollarse culturalmente. «Jellaby ha estado conmigo durante veinte años —solía decir— y es plenamente conocedor de los hechos de la vida. Él y la señora Jellaby saben con toda precisión cuáles son mis ingresos y conocen al dedillo la historia de todos cuantos vienen a esta casa. Les pago pésimamente y ellos complementan su salario dando gato por liebre. Los criados lo prefieren así; eso preserva su independencia y el respeto hacia sí mismos. Los Jellaby comen a cada momento, duermen con las ventanas cerradas, van a la iglesia los domingos por la mañana y a la capilla al caer la tarde, y, cuando me ausento, aprovechan para recibir a cuenta de mi bolsillo. Jellaby es abstemio. La señora Jellaby toma oporto». Llamaba al timbre siempre que quería que le bajaran algo y se demoraba el tiempo que le daba la gana con una copa de vino. «Pobre Armstrong —solía decir de un colega suyo de la academia—. Vive como un hotentote. Mantiene a un montón de mujeres como camareras de estación ferroviaria. Después del primer oporto abren la puerta del comedor y asoman la cabeza. Después de la segunda copa vuelven a hacerlo. Y Armstrong, en lugar de arrojarles cualquier cosa, dice: “Me parece que quieren despejar la mesa” y tenemos que salir del comedor». Pero apreciaba mucho a los Jellaby, y creo que fue sobre todo por ella, por la señora Jellaby, que les permitió presentar su candidatura a la academia. A su vez, los Jellaby le servían con fidelidad. Habría sido una gran traición negarles un funeral, y estoy seguro de que mi padre los tuvo presentes cuando omitió cualquier provisión al respecto en su testamento. Era un perfeccionista y no se le habría olvidado una cosa así. Por otra parte, era un ateo dogmático de la vieja escuela y no habría estipulado nada susceptible de ser interpretado como apostasía. Había dejado esas cosas al criterio de tío Andrew. Y está claro, por lo demás, que fue criterio de mi tío el ahorrarme el engorro de hacer acto de presencia.
II
Estuve un buen rato sentado en la galería, fumando y analizando la situación en sus diversos aspectos. No parecía una buena razón para cambiar de planes. Mi tío Andrew se encargaría de todo. A los Jellaby se les pasaría un dinero. Aparte de ellos, mi padre no tenía otras obligaciones. Sus asuntos siempre fueron sencillos y estuvieron bien llevados. No necesitaba más libros de contabilidad que las matrices de sus cheques y su excelente memoria. Su única inversión había sido la plena propiedad de la casa de St. John’s Wood, que había adquirido con el pequeño capital que heredó de su madre. Vivía de acuerdo a sus ingresos y no ahorraba nada. En él, la tacañería que yo había heredado tomaba la forma de una aversión gala a pagar impuestos directos, o, como él gustaba de decir, a suscribir «la manutención de los políticos». Estaba asimismo convencido de que los radicales le birlarían cualquier suma que aportara. La subida al poder de Lloyd George fue el último suceso contemporáneo que logró impresionarle. Desde entonces mi padre creía, o profesaba creer, que la vida pública era una clara conspiración para destruirlos a él y a su clase. Esta clase, de la cual se consideraba único superviviente, y sus características fueron siempre por su parte objeto de una romántica lealtad. Mi padre hablaba de ella como de un clan jacobita proscrito y dispersado a raíz de la batalla de Culloden, lo que a veces provocaba en quienes no le conocían bien cierta vergüenza ajena. «Nos han desarraigado y hostigado —decía—. En Inglaterra ya sólo hay tres clases: los políticos, los comerciantes y los esclavos». Después concretaba. «Hace setenta años los políticos y los comerciantes formaron frente común; liquidaron a la aristocracia rural mediante la destrucción del valor de las tierras. Algunos de estos aristócratas se metieron en política, otros se hicieron comerciantes. Con lo que quedó crearon una nueva clase, la clase a la que yo pertenezco, es decir, la aristocracia culta, sin tierras y sin dinero, que ha venido gestionando el país. Mi abuelo fue canónigo de Christ Church, mi padre fue funcionario en Bengala. El capital que dejaron como herencia a sus hijos fueron su cultura y sus principios éticos. Ahora los políticos se han aliado con los esclavos para destruir a los comerciantes. De nosotros no tienen por qué preocuparse. Ya estamos extinguidos. Yo soy un dodo —añadía, mirando desafiante a su público—. Tú, pobre hijo mío, eres un huevo petrificado». Hay una caricatura de él, obra de Max Beerbohm, diciendo estas mismas palabras.
La profesión que elegí confirmó su punto de vista. «El chico de Marjorie Steyle trabaja bajo tierra, en un sótano, vendiendo artículos de mercería por cuatro libras a la semana. Dick Anderson ha casado a su hija con un tendero. Mi hijo John sacó muy buenas notas en Oxford. Se gana la vida escribiendo noveluchas baratas», solía decir.
Yo siempre le enviaba libros, y creo que se los leía. «Al menos la sintaxis es buena —me dijo una vez—. Tus libros se traducirán, lo cual es más de lo que puede decirse de tantos sujetos que se ponen a escribir Literatura». Su mente era jerárquica por naturaleza, y, en su manera de ver las cosas, las novelas policiacas estaban ligeramente por encima de los libretos de comedia musical y bastante por debajo del periodismo político. Una vez le enseñé una referencia del catedrático de Poesía a Muerte en los ducados, donde la calificaba de «obra de arte». Su único comentario fue: «A un profesor puede comprarlo cualquiera». Pero se sentía satisfecho de mi prosperidad. «El amor de la familia y la dependencia económica no son cosas que vayan de la mano —decía—. Mi padre me pasó una asignación de treinta chelines a la semana durante los tres primeros años que estuve en Londres y no me la perdonó nunca. Él no le había costado ni un penique a su padre una vez licenciado. Ni éste al suyo propio. Tú en la universidad contrajiste deudas. Eso es algo que a mí nunca me ocurrió. Tardaste dos años en mantenerte tú solo e ibas por ahí como un petimetre, cosa que yo no hice jamás mientras aprendía a dibujar. Pero las cosas te han ido muy bien. La otra noche vi a Etheridge en el club. Me dijo que ha leído todos tus libros y que le gustan. El viejo Etheridge, pobre hombre; le dio estudios a su hijo para que fuese abogado y a sus treinta y siete años todavía lo está manteniendo».
Mi padre acostumbraba a referirse a sus coetáneos anteponiendo el epíteto «viejo», generalmente «pobre viejo Fulano», a no ser que hubieran prosperado a ojos vistas cuando eran «ese viejo farsante». Por otro lado, llamaba a hombres apenas unos años más jóvenes que él «mocosos» y «cachorros». La verdad era que no podía soportar la idea de que alguien tuviese la misma edad que él. Todo formaba parte de esa actitud distante que era la preocupación dominante en su vida. Le bastaba enterarse de que una opinión suya contaba con el beneplácito de muchos para ponerla en cuestión y abandonarla. El ateísmo fue su respuesta a la simplona piedad y el confuso agnoticismo de su círculo familiar. No llegó a saber gran cosa del marxismo, de lo contrario, estoy seguro de que habría descubierto un puñado de pruebas de la existencia de Dios. En sus últimos años pude observar que se retractaba de dos opiniones como reacción a la moda imperante. Siendo yo pequeño, durante la época en que los judíos gozaban de eduardiana popularidad, los denunció sin ambages en todo momento, y, más tarde, les atribuyó la moda de la pintura postimpresionista. («Había un bobo, un tal Cézanne, una especie de tonto del pueblo al que le das una caja de pinturas para que se esté calladito. El tipo, muy adecuadamente, dejaba los lienzos tirados en los setos. Fue descubierto por judíos, que lo siguieron a escondidas para hacerse con sus cuadros, por aquello de conseguir algo a cambio de nada. Y cuando estuvo muerto y enterrado y ya no podía reclamar beneficios, contrataron a un montón de mercenarios chiflados para que lo pusieran por las nubes. Gracias a eso han ganado millones»). Hasta el final mantuvo que Dreyfus era culpable, pero cuando, a principios de los años treinta, el antisemitismo dio muestras de convertirse en una fuerza pujante, mi padre se limitó a señalar, en carta no publicada al director de The Times, que en aquel asunto la culpa la tenían sobre todo los prusianos gentiles.
Del mismo modo acostumbraba a profesar cierta estima por los católicos. «Sus opiniones religiosas son ridículas —decía—, pero también las de los griegos de la antigüedad. Pensemos en Sócrates, que pasó las últimas horas de su vida farfullando sobre la topografía del averno. Quitando lo absurdo primordial, los católicos son gente bastante razonable. Además, tienen hábitos bastante civilizados». Sin embargo, con el tiempo, cuando vio los primeros indicios de que su punto de vista ganaba aceptación, acabó convencido de la existencia de una conspiración jesuita para embrollar al mundo en la guerra y escribió varias cartas sobre el tema a The Times, que tampoco fueron publicadas. Pero en ninguno de estos períodos sus relaciones personales se vieron excesivamente afectadas por sus opiniones; judíos y católicos se contaron siempre entre sus mejores amigos.
Mi padre vestía como pensaba que debía hacerlo un pintor, con una indumentaria perfectamente reconocible que le daba un aspecto familiar y, en el tramo final de su vida, de hombre venerable cuando salía a hacer ejercicio por los alrededores. En sus ponchos, sus trajes a cuadros, sus sombreros mexicanos y sus corbatas de serie no había la menor ostentación. Consideraba que un hombre debía proclamar de manera inequívoca su clase social, y despreciaba a aquellos de sus colegas que parecían hacerse pasar por miembros de la Guardia Real o agentes de Bolsa. Le caían bien, en general, sus compañeros de la academia, aunque yo nunca le oí expresar más que desprecio por el trabajo que hacían. Para él la academia era como un club, se lo pasaba bien en las cenas y asistía con frecuencia a las escuelas porque eso le permitía manifestar sus ideas sobre el arte en términos johnsonianos. Nunca dudó de que la función de la pintura fuese representar la naturaleza. Criticaba a sus colegas por defectos tales como incorrecciones anatómicas, «trivialidad» y «falta de sinceridad». Por ese motivo se le tenía más o menos catalogado como conservador, cosa que él nunca fue en lo que respecta a su obra. Abominaba del arte entonces dominante. Debió de ser un joven intransigente y anticuado, pues creció durante el apogeo de la pintura decorativa whistleriana y la primera obra que expuso fue la ascensión de un globo aerostático en Manchester, un lienzo de grandes dimensiones repleto de detalles dramáticos, a la manera de Frith. Se dedicó sobre todo a hacer retratos —en muchos casos póstumos— que luego regalaba a colegas y gremios. Pocas veces acertaba con las mujeres, a las que dotaba de un absurdo aire de estatua más o menos intencionado, pero, ante los ropajes de un doctor en Música o un caballero de Malta, era capaz de pintar un cuadro digno de colgar en las mejores paredes del país; y, ante unos buenos bigotes, entonces era todo un maestro. «De joven me especialicé en pelos», decía, como diría un médico cuya especialidad fuera la nariz y la garganta. «Es una cosa que se me da incomparablemente bien. Hoy en día ya nadie tiene pelo que pintar», y fue esta aptitud suya la que lo llevó a esa larga y cada vez menos vendible serie de grupos históricos y bíblicos y a las escenas de melodrama casero por las que es conocido. Ambos eran ya temas un poco ridículos siendo él un crío, pero eso no le impidió seguir dedicándose a ello año tras año mientras los pintores experimentales pasaban sin pena ni gloria hasta que, hacia el final de su vida, de repente y sin darse cuenta de ello, se vio convertido en un pintor de moda. La primera señal se produjo en 1929, cuando su «Agag ante Samuel» se vendió en una exposición de provincias por 750 guineas. Era una tela grande en la que había estado trabajando, de forma intermitente, desde 1908. Incluso él, con un eufemismo consciente, se refería al cuadro como «una especie de elefante blanco». De hecho, los elefantes blancos eran casi la única especie de cuadrúpedo que no aparecía, aquí o allá, en esa elaboradísima composición. A la pregunta de por qué había incluido tan enorme variedad de fauna, mi padre respondía: «Estoy harto de Samuel. He compartido mi vida con él durante veinte años. Cada vez que el cuadro vuelve de una exposición, borro un judío y pongo en su sitio a un animal. Creo que si vivo lo suficiente, tendré toda un arca de Noé en segundo plano».
El comprador de esta obra fue sir Lionel Sterne.
«El bueno de sir Lionel —dijo mi padre al ver que se llevaban la enorme tela bien envuelta hacia Kensington Palace Gardens—. Habría sido un enorme placer estrechar su peluda mano. Le estoy viendo: un hombre refinado, entrado en carnes, con una gran cadena de reloj de oro cruzándole la barriga de parte a parte, un hombre que ha trabajado honradamente toda su vida haciendo jabón o fundiendo cobre, sin tiempo para leer a Clive Bell. A lo largo de los siglos siempre ha habido hombres como él que han mantenido viva la pintura».
Intenté explicarle que Lionel Sterne era el joven y elegante millonario que había sido el rey de la moda esteta durante diez años. «¡Tonterías! —reaccionó mi padre—. Esos coleccionan negras mal pintadas por Gauguin. Sólo a los ignorantes les gusta mi pintura, y a mí sólo me gustan los ignorantes».
Había asimismo un aspecto bastante menos decoroso en la actividad profesional de mi padre. Recibía puntualmente cada año una cuota fija de Goodchild y Godley, los marchantes de Duke Street, en concepto de «restauración». Dicha cantidad era una parte muy importante de sus ingresos, sin la cual habrían sido imposibles las cenas en el club, los viajes al extranjero, los taxis para ir y venir de St. John’s Wood y el Ateneo, los leales y rapaces Jellaby y la orquídea en el ojal; en otras palabras, todas las comodidades y los refinamientos que le hacían soportable la vida y que le proporcionaban ese aire de caballerosa soltura. Lo cierto es que, aun destacando en Lely, mi padre sabía pintar, más que pasablemente, a la manera de casi todos los maestros ingleses del retrato, y las colecciones públicas y privadas del Nuevo Mundo eran testimonio de su versatilidad. De sus amigos, muy pocos estaban al corriente de ello, y ante éstos defendía su postura con absoluto candor. «Goodchild y Godley compran esos cuadros por lo que son: obra mía. Me pagan en función de mi destreza. Lo que puedan hacer después con las telas es asunto suyo. Mal podría yo recorrer extraoficialmente los mercados reivindicando obra como de mi autoría y soliviantando de pasada a otras tantas personas completamente satisfechas. Es muchísimo mejor que gocen de unos bellos cuadros aun teniendo una idea falsa sobre su fecha, que marearse intentando entender un Picasso auténtico».
Era en gran parte debido al trabajo que realizaba para Goodchild y Godley que su estudio estaba estrictamente dedicado a taller. Era un edificio independiente al que se accedía por el jardín y estaba excluido del uso general. Una vez al año, cuando mi padre se marchaba al extranjero, se hacía una «limpieza a fondo»; y, una vez al año, el domingo anterior al día de entregar obra en la academia, estaba abierto a los amigos. Mi padre, que disfrutaba mucho con aquellos melancólicos tés anuales, ponía tanto esmero en hacerlos deprimentes como otras veces en animar la reunión. Siempre había una especie de torta de alcaravea, de color amarillo subido, un dulce que cuando yo era pequeño solían llamar «pastel academia» y que sólo aparecía ese día en concreto, procedente de un colmado de Praed Street; había asimismo un enorme juego de té Worcester —regalo de boda— al que llamaban «las tazas academia»; y había «emparedados academia», triángulos diminutos y bastante insípidos. Todas estas cosas forman parte de mis primeros recuerdos. Ignoro en qué fecha estas pequeñas fiestas pasaron de ser una reunión francamente aburrida a lo que sin duda fueron para mi padre en sus últimos años: una macabra descomunal broma particular. Si yo me encontraba en Inglaterra, tenía que asistir a la fuerza y llevar conmigo a un amigo o dos. Hasta los dos últimos años, cuando, como ya he dicho, mi padre alcanzó cierto renombre, no fue fácil conseguir invitados. «Cuando yo era joven —decía él, mirando con gesto sarcástico a los reunidos— había más de veinte fiestas así solamente en St. John’s Wood. Entre las tres y las seis de la tarde acudían personas cultivadas, desde Campden Hill hasta Hampstead. Creo que hoy nuestra humilde asamblea es lo único que queda de aquella nociva tradición».
En estas ocasiones su obra de todo un año —exceptuando lo que hacía para Goodchild y Godley— podía verse distribuida por el estudio sobre caballetes de caoba; la parte más importante tenía una pared para ella sola contra un fondo de reps escarlata. Yo había estado presente el año anterior en la última de aquellas fiestas. Recuerdo que estaban allí Lionel Sterne, lady Metroland y una docena de entendidos. Al principio mi padre recelaba un poco de sus nuevos clientes y sospechaba de una impertinente intrusión en su broma privada, una puesta en evidencia de su pastel de semillas y sus emparedados de berro. Pero se tranquilizó con los encargos que le hicieron: la gente no lleva una broma hasta extremos tan extravagantes. La señora Algernon Stitch pagó 500 guineas por el cuadro del año, un retablo de vida contemporánea concebido y ejecutado con elaborada maestría. Mi padre daba mucha importancia a un buen título, y, después de barajar algunos como «El ídolo del pueblo», «Pies de barro», «No en la noche de estreno», «Su noche de triunfo», «Éxito y fracaso», «No invitados» o «También presentes», finalmente se decidió por el enigmático «La pista desaprovechada». El cuadro representaba el camerino de una actriz importante tras una triunfal noche de estreno. Ella está sentada frente al tocador, de espaldas a la compañía, y su rostro se refleja en el espejo, momentáneamente relajado de cansancio. Con extrema arrogancia, su protector está llenando copas para un círculo de admiradores. En segundo plano, la ayudante de camerino dialoga junto a la puerta entreabierta con una pareja de edad y aspecto provinciano; su atuendo revela que han visto la obra desde las localidades baratas, y, detrás de ellos, se ve a un acomodador con cara de no saber si ha hecho bien dejándolos pasar. No ha hecho bien; son los padres de la chica, que llegan en el momento más inoportuno. No cabía duda de que la señora Stitch se sentía embelesada por su adquisición.
No pude saber cómo habría reaccionado mi padre al hecho de estar de moda. Era capaz de pintar como le viniera en gana. Tal vez se habría embarcado en esas difusas colecciones de restos de merienda que cubrían las paredes de la Mansard Gallery en los primeros años veinte; o podría haber retrocedido a lo que era estándar en la Grosvenor Gallery a finales del diecinueve. Puede incluso que la popularidad no le hubiera resultado tan inaceptable como él suponía y que se hubiera permitido una vejez de lujo donde todos le mimaran. Murió con su cuadro de 1932 todavía por terminar. Yo vi la fase inicial de la pintura en la última visita que le hice; representaba a un viejo carpintero de barcos en actitud pensativa, en el astillero inactivo donde descansa el gran esqueleto del navío de la Cunard Line que luego sería conocido como el Queen Mary. Tenía que titularse «¿Demasiado grande?». Mi padre le había puesto al hombre una barba entrecana y estaba dedicado a ello con verdadera fruición. Fue la última vez que le vi.
Yo había renunciado a vivir en St. John’s Wood desde hacía cuatro o cinco años. No puede hablarse de un momento concreto en que me «marchara de casa». A todos los efectos seguía teniendo allí mi domicilio. Había en la casa un dormitorio que se consideraba el mío; guardaba allí varios baúles llenos de ropa y un par de estantes de libros. No me instalé por mi cuenta en ninguna otra parte, pero en los cinco últimos años de vida de mi padre dudo que durmiera ni diez noches bajo su techo. No es que se hubiera producido un distanciamiento. Me gustaba su compañía y a él parecía gustarle la mía. Si me hubiera instalado allí de forma permanente, con un sirviente propio y un número de teléfono independiente, es posible que las cosas hubieran ido bien, pero yo jamás estaba en Londres más de una semana seguida, dos a lo sumo, y veía que, en mi calidad de visitante ocasional, alteraba y truncaba el funcionamiento de la casa. Mi padre y el personal intentaban hacer demasiadas cosas, y a él le gustaba tener los planes claros con bastante antelación. «Hijo —me decía la primera noche—, no me interpretes mal. Espero que te quedes todo el tiempo que puedas, pero desearía saber si vas a seguir aquí el jueves día catorce y si vendrás a cenar». Así pues, decidí hospedarme en mi club o en casa de otro tipo de anfitriones e ir sólo de visita a St. John’s Wood siempre que me fuera posible, pero con los planes previamente arreglados.
A pesar de ello, la casa había significado mucho en mi vida. Se había mantenido intacta desde que yo alcanzaba a recordar. Era una casa correcta, edificada allá por el año 1840 siguiendo la moda suiza de entonces —estuco y tablas de chilla decorativas—, una más entre las varias casas no adosadas que había en esa calle cuando la vi por primera vez. A la muerte de mi padre, la transformación del barrio se apreciaba ya a simple vista, aunque aún habría de empeorar más. El horizonte desde el jardín se veía interrumpido en tres de sus lados por bloques de pisos. El primero de ellos provocó en mi padre un frenesí de indignación. Escribió una carta al director de The Times, pronunció un acalorado discurso ante una asamblea de contribuyentes, y, durante seis semanas, tuvo puesto un rótulo de «en venta» delante de la casa. Transcurrido ese tiempo recibió una generosa oferta por parte de la agrupación, que pretendía ampliar el bloque de pisos, e inmediatamente retiró el anuncio. «Eran judíos —dijo mi padre—. Lo he notado por el olor de sus billetes».
Eso fue en su etapa antisemita, que coincidió con su etapa menos afortunada en cuanto a ingresos, cuando sus cuadros de género no se vendían ni a tiros, la demanda de obras maestras sospechosas iba a la baja y los organismos estatales empezaban a buscar algo más «moderno» para sus cuadros conmemorativos; era, por lo demás, la etapa en que yo había dejado definitivamente la universidad y aún dependía de mi padre para los gastos diarios. Fue un período muy poco satisfactorio en su vida. Yo todavía no había aprendido a valorar las sólidas defensas de eso que la gente llama la «línea fronteriza de la cordura», y, en algunos momentos, temía realmente que mi padre estuviera perdiendo el juicio; sus fobias siempre habían tenido un toque de manía persecutoria, algo que, en momento de extrema tensión, podía írsele de las manos. Solía plantarse en la acera de enfrente para ver cómo crecía el nuevo edificio, mascullando vejámenes a la vista de todo el mundo. Recuerdo haber imaginado que aparecía un guardia y le pedía que se marchara de allí, y que mi padre le contestaba con una retahíla de exabruptos. En mi imaginación eran escenas muy vívidas: cómo se llevaban a mi padre entre un revuelo de capas, y él agitando el paraguas. No ocurrió nada parecido. Pese a todas sus rarezas, mi padre fue un hombre de indestructible cordura, y en sus últimos años halló un placer especial en contemplar el rápido deterioro de los odiados pisos. «Muy buenas noticias de Hill Crest Court —anunció un buen día—. Hay tifus y ratas». Y, en otra ocasión: «Jellaby me informa de la presencia de furcias en St. Eustace’s. No tardará en haber algún suicidio, ya verás». Hubo, efectivamente, un suicidio, y, durante un par de días, mi padre contempló embelesado el ir y venir de policías y reporteros. Después de aquello ya no se veían tantas cortinas de tela buena en las ventanas, los alquileres empezaron a caer y el ascensorista, a fumar en los trayectos. Mi padre tomaba buena y jubilosa nota de todo ello. Hill Crest Court cambió de dueños, aparecieron rótulos de decoradores, electricistas y fontaneros, y la puerta principal estrenó nuevo conserje. La última noche que cené con mi padre en su casa me contó que se había presentado en el edificio, haciéndose pasar por un inquilino en potencia. «Aquello es una pocilga abandonada —dijo—. Una especie de secretario patético y desastrado me enseñó varios pisos, todos vacíos. En las paredes había grandes grietas rellenadas con masilla. Las cañerías del agua caliente estaban frías. Las puertas cerraban mal. Empezó pidiendo trescientas libras al año por el mejor de todos, y, antes de que yo viera la cocina, ya me lo había bajado a ciento setenta y cinco libras. Luego lo dejó en ciento cincuenta. Al final me propuso lo que llamó un tipo especial de contrato “para personas de buena posición social”, o sea, instalarme allí por una libra a la semana a condición de que me marchara si aparecía alguien que estuviera dispuesto a pagar el alquiler real. “Así entre nosotros —dijo—, puedo asegurarle que nadie le molestará”. Pobre animal, casi le cojo el piso, era un individuo tan pintable…»
Yo me figuré que la casa se pondría a la venta. Algún otro especulador la haría pedazos; en su lugar aparecería otro de esos inhabitables barracones, como un barco de refugiados en el puerto; se llenaría, se vendería, se vaciaría, se volvería a vender, a llenar y a vaciar; a todo esto, el hormigón perdería color y el césped se marchitaría y habría ratas a millares salidas del túnel del metropolitano; los árboles y los jardines de alrededor desaparecerían uno a uno hasta que aquello se convirtiera en un barrio de clase obrera y por fin tuviera un poco de vistosidad y de vida… hasta que inspectores del gobierno lo condenaran y sus inquilinos fueran obligados a mudarse al campo y el proceso empezara desde cero una vez más. Pensé, apesadumbrado, en todo esto mientras contemplaba la buena mampostería de Fez, piedra tallada cuatro siglos atrás por presos portugueses… Debía volver pronto a Inglaterra para gestionar la destrucción de la casa de mi padre. Entretanto, no parecía haber motivo para un cambio de planes inmediato.
III
Era la noche en que solía visitar el Moulay Abdallah, el quartier toleré amurallado entre la ciudad vieja y el gueto. Había ido allí por primera vez en busca de aventuras y ahora formaba parte de mi rutina: era como ir al cine o al consulado, uno de los pasatiempos que daban color a mi actividad semanal y me ayudaban a despejar la mente de las enrevesadas vilezas de lady Mountrichard.
Cené a las siete y, poco después, subí al autobús en la puerta nueva. Antes que nada me quité el reloj y prácticamente me vacié los bolsillos: sólo dejé los pocos francos que me proponía gastar; era una precaución supersticiosa que seguía tomando desde la primera noche, cuando los recuerdos de Marsella y Nápoles me habían empujado incluso a llevar un salvavidas. El Moulay Abdallah era un lugar ordenado, especialmente a esa hora temprana de la noche en que yo lo frecuentaba. Le había cogido apego con el tiempo; que yo conociera, era el único barrio de esa clase que confería a sus actividades algo cercano a la fascinación. En aquel patio y su solitaria lámpara, había una objetiva reminiscencia de «Oriente», tal como los adolescentes lo imaginan: los centinelas negros a cada lado de la noble arcada morisca, el tenebroso callejón al otro lado entre los muros y la noria, donde resonaban contundentes las botas militares francesas y también el ligero correteo de los nativos; en el segundo arco que daba al iluminado bazar, las puertas abiertas y los patios embaldosados, las escuetas chozas de una sola habitación donde las mujeres aguardaban recostadas en la farola —sombras sin raza ni edad—, las casas más grandes con su mueble bar y su gramófono. Yo siempre visitaba la misma casa y a la misma chica, una bereber menuda y gordita con las mejillas marcadas según la costumbre de su pueblo y adornos tatuados —en azul o marrón— en la frente y la garganta. Hablaba el francés peculiar que había ido picoteando de los soldados y respondía al sencillo nombre profesional de Fatima. Otras chicas del barrio se hacían llamar «Lola» o «Fifi»; había incluso una arrogante sudanesa de piel negra como el carbón llamada «Whisky soda». Pero Fatima no se daba esos aires. Era una muchacha alegre y cariñosa que trabajaba duro para reunir la dote; aseguraba que todo el mundo le caía bien, incluidos la propietaria de la casa, una adusta judía de Tetuán, y el marido de ésta, un argelino que vestía a la europea, repartía el té con menta, ponía discos en el gramófono y cobraba el dinero. (Los moros son gente muy estricta y no tienen parte en las ganancias del Moulay Abdallah).
Para los clientes serios y habituales era un sitio barato: quince francos la entrada, diez para Fatima, cinco por el té con menta y unos cuantos sous para el viejo que limpiaba el cuarto de la chica y atizaba el brasero. Los soldados pagaban menos, pero tenían que hacer sitio a clientes más importantes; a menudo se trataba de hombres de la Legión Extranjera que no tenían un céntimo y que se pasaban por allí para escuchar la música no dejando tras de sí más que colillas. De vez en cuando aparecía algún turista acompañado de un guía del gran hotel, y entonces las chicas tenían que ponerse en fila y hacer una modesta representación de una supuesta danza tradicional que era un simple bailoteo de pies y batir de palmas. Estas expediciones parecían gustar sobre todo al contingente turista femenino, que llegaba a pagar hasta cien francos o más. Pero eran mal vistas por el resto de la gente, en especial las chicas, que lo consideraban de lo más indecoroso. En una ocasión llegué justo cuando Fatima participaba en uno de aquellos bailes y vi que estaba profundamente avergonzada.
En mi primera visita le dije que estaba casado y que tenía seis hijos; esto pareció realzar mi importancia a sus ojos, y a partir de entonces siempre me preguntaba por la familia.
—¿Has tenido carta de Inglaterra? ¿Los pequeños están bien?
—Sí, muy bien, gracias.
—¿Y tus padres?
—Bien, también.
Solíamos sentarnos en un vestíbulo embaldosado, dos peldaños más abajo del nivel de la calle, y tomábamos té con menta. Bueno, de hecho ella se bebía el suyo y yo dejaba que el mío se enfriara en el vaso. Era un bebedizo maloliente.
—Ayer Whisky soda me prestó unos cigarrillos. ¿Querrás dárselos?
Pedí que me trajeran una cajetilla del bar.
—Ayer me dolía el estómago y me quedé en la habitación. Por eso Whisky soda me dio de los suyos.
Preguntó cómo me iba el negocio.
Yo le había dicho que exportaba dátiles.
Le aseguré que el mercado de los dátiles seguía estable.
Cuando estaba en el Moulay Abdallah casi me creía esa faceta de mí mismo como frutero filoprogenitor. St. John’s Wood y el castillo Mountrichard me parecían igualmente lejanos. Ahí radicaba para mí el encanto del barrio: no en los sencillos placeres mundanos, sino en la privacidad y el anonimato, esa capacidad de escabullirnos de nuestra propia personalidad que es lo que redime al vicio de su tedio inherente.
Aquella noche se produjo una brusca interrupción. De pronto el gramófono dejó de sonar; se oyeron carreras entre las alcobas; dos sujetos desastrados con impermeable cruzaron a grandes trancos la habitación y empezaron a interrogar a la propietaria; un policía militar montaba guardia en la puerta de la calle. Redadas de este tipo, para apresar a delincuentes, eran bastante comunes en los protectorados franceses. Yo nunca me había encontrado en medio de una. Hicieron poner a las chicas en fila contra una pared mientras los inspectores verificaban sus certificados médicos. Luego, dos o tres soldados en posición de firmes dieron una explicación satisfactoria de su presencia allí. A mí me pidieron la carte d’identité. Debido a las capitulaciones, la policía francesa tenía poca autoridad sobre los ciudadanos británicos, y, como en Marruecos gran parte de los delincuentes tenía documentación maltesa, esta inmunidad era terreno abonado para las vejaciones. Aquellos inspectores eran tipos hoscos, nativos de África. Ni siquiera la sagrada palabra «turista» conseguía ablandarlos. ¿Dónde estaba mi guía?, preguntaron. Ningún turista iba solo al Moulay Abdallah. ¿Dónde tenía el pasaporte? En mi hotel. ¿El Jamai Palace? ¿Ah, no? Los turistas no se hospedaban en el hotel que yo decía. ¿Había ido a inscribirme en la comisaría de policía? Sí. Muy bien, pues que los acompañara. Mañana por la mañana tendría ocasión de identificarme. Cien francos, sin duda alguna, hubieran solventado el problema, pero mi dinero estaba en el hotel junto con el pasaporte. No me ilusionaba la idea de pasar la noche en una mazmorra en compañía de los indocumentados personajes del Moulay Abdallah. Dije que era amigo del cónsul británico, que él respondería por mí. De mala gana me contestaron que no tenían tiempo para hacer pesquisas de esa índole. El jefe se ocuparía de todo por la mañana. Y cuando yo ya desesperaba, ellos desesperaron también. Estaba visto que no iban a sacar ningún dinero. Llevaban el tiempo suficiente en este oficio como para saber que la satisfacción de molestar a un súbdito británico no solía quedar impune. Había un puesto de policía en el vecindario y consintieron en hacer una llamada telefónica desde allí. Minutos más tarde me dejaban en libertad previo lacónico recordartorio de que era aconsejable llevar encima el pasaporte cuando quisiera pasear de noche por la ciudad.
No volví con Fatima; me dirigí directamente a la parada del autobús, pero las molestias de aquella noche no habían terminado. Me detuvieron por segunda vez en el momento de salir y fui interrogado de nuevo. Les dije que ya había dado una explicación satisfactoria a sus colegas y que me habían soltado. La escena se repitió, con la esperanza de una propina como motivo recurrente. Finalmente también ellos llamaron al consulado y pude tomar el autobús de regreso.
En el hotel todavía estaban sirviendo la cena; la partida de billar era todavía la misma; no había transcurrido todavía una hora desde mi marcha. Pero había sido una hora decisiva: se acabó Fez para mí, su privacidad había sido violada. Ya no podría hacer mi visita semanal al consulado en las mismas condiciones. En un lapso de veinte minutos el cónsul había recibido dos llamadas informándole de que yo estaba a disposición de la policía en el Moulay Abdallah. Dudaba de que el cónsul pudiera censurarme por ello; la molestia había sido relativa y toda la situación un tanto absurda, eso era todo, pero nuestro próximo encuentro se produciría en otros términos. Hasta entonces habíamos tenido una relación serenamente distante, habíamos comentado las noticias de Inglaterra y hablado de antigüedades árabes; habíamos sacado a relucir muy poco de nosotros mismos. Ahora se imponía una súbita confianza que ninguno de los dos deseaba. Lo malo no era que el cónsul estuviera al corriente de mis pasatiempos privados, sino que supiera que yo sabía que él estaba al corriente. Era como un saliente en la línea defensiva establecida entre nosotros, un saliente que sólo se podía asegurar mediante una amplia rectificación de fronteras o una evacuación completa. No disponía de un territorio amigo al cual emprender mi retirada; estaba desplegado en las dunas, entre el mar y las estribaciones de las montañas. Mi única línea de apoyo la constituían los transportes que estaban fondeados.
En lo relativo a la Conciencia, yo era un hombre de escasas posesiones y, en consecuencia, les atribuía el valor correspondiente. Así como la solterona que vive de alquiler mima sus preciados objetos de refinamiento —un costurero de palisandro, una bandeja Spode, una tetera con emblema—, objetos que en una casa rica serían de uso general y, por tanto, susceptibles de maltrato, yo puse un precio al Recato que personas de mayores virtudes podrían considerar con justicia descabellado.
Al día siguiente, con el libro por terminar, puse rumbo a Londres.
IV
Viajé de la primavera al invierno; el suave oleaje peinado por el sol en el estrecho de Gibraltar cambió a oscura mar gruesa en el golfo de Vizcaya; niebla frente a Finisterre, niebla en el canal de la Mancha, tiempo gris en el estuario del Támesis y un horizonte de fábricas y árboles pelados. Atracamos en Londres y fui en coche por frías y sucias calles al encuentro de mi tío Andrew.
Me explicó con detalle los pormenores de la muerte de mi padre; el viajante de comercio, a quien habían demandado por conducción imprudente, había sacado de quicio a mi tío enviando una corona de flores al funeral. Al margen de esto, todo se había desarrollado satisfactoriamente. Mi tío me pasó la cuenta del sepulturero con el sello de pagado; había impugnado un par de puntos de la lista y obtenido un pequeño descuento. «Estoy convencido —me dijo— de que esta gente recurre a la astucia siempre que puede. Se aprovechan de que es un tema muy delicado. De hecho, es la única profesión que roba, literalmente, a la viuda y al huérfano». Le di las gracias por haberme ahorrado 3 libras y 18 chelines. Era una cuestión de principios, dijo mi tío.
Yo era el único heredero de mi padre, como ya esperaba. Aparte de la casa y de cuanto contenía, me tocaban dos mil libras por una póliza de seguros que mi padre había suscrito en el momento de casarse y que, sin yo saberlo, había mantenido al día desde entonces. La cláusula del breve testamento manifestando la voluntad de que los criados a su servicio recibieran una «asignación adecuada» ya se había tenido en cuenta. Los Jellaby habían cobrado 250 libras esterlinas. Estaba claro que mi padre no tenía una noción clara de lo que era una asignación adecuada. Tampoco la tenía yo, y sentí gratitud hacia mi tío por asumir la responsabilidad en esa cuestión. Por su parte, los Jellaby no se habían hecho ilusiones. Mi padre, desde que yo era pequeño, tenía por costumbre regodearse hablando del fin de sus días. Muchas veces le había oído amonestar a Jellaby: «Ha unido usted su vida a un pobre. Gane todo el dinero que pueda mientras yo conserve mis facultades. Mi muerte será sin duda ocasión para lamentaciones sin cuento». Y los Jellaby, típico de su condición, se lo tomaron al pie de la letra, no perdieron de vista cualquier posible fuente de extras e incentivos, y no se hicieron ilusiones. Mi tío me explicó que Jellaby había cogido el cheque sin la menor muestra de agradecimiento o de desengaño, murmurando como de mala gana que el dinero les vendría bien. Sin duda pensaba que no tenía que dar las gracias a mi tío, ya que el dinero no le pertenecía, ni a mi padre, puesto que no había sido su intención darlo. Era un último, y cuantioso, extra.
Durante mi viaje desde Fez había pensado a menudo en los Jellaby. Me inquietaba, y en cierto modo me inquieta, imaginar nuestro encuentro y una escena de embarazosas condolencias, plantearme si era correcto sacarlos inmediatamente, llegado el caso, del lugar donde habían pasado buena parte de sus vidas; me veía incluso a mí mismo, por el bien de los Jellaby, asumiendo el estilo de vida de mi padre, instalándome en St. John’s Wood, dando pequeñas fiestas, almorzando regularmente en mi club y haciendo tres semanas de vacaciones en el extranjero a principios de verano. No obstante, a la postre no volví a ver a los Jellaby nunca más. Habían hecho el equipaje antes del funeral y se fueron directamente a la estación de tren vestidos todavía de luto. Hacía años que lo tenían planeado. Habían ahorrado una importante suma de dinero y lo habían invertido en Portsmouth, no en una casa de huéspedes, como habría sido lo convencional, sino en un pequeño pero próspero comercio del barrio pobre dedicado a la venta de aparatos de radio de segunda mano. El cuñado de la señora Jellaby había mantenido el negocio en activo para ellos y allí se jubilaron con una presteza que, aun siendo un tanto chocante, resultó muy oportuna. Les escribí un tiempo después, cuando estaba examinando las posesiones de mi padre, para preguntar si deseaban tener algún pequeño recuerdo personal de él. Tal vez, sugería yo, les interesaría alguno de sus bocetos para las paredes de su nuevo hogar. La respuesta tardó un tiempo, y, cuando llegó, lo hizo en forma de una hoja de papel comercial con el membrete «T. JELLABY. Consiga sin demora una radio pagando a tocateja». Era la señora Jellaby quien firmaba la carta. No tenían mucho espacio para cuadros, me decía, pero agradecerían mucho unas mantas, pues en Portsmouth las noches eran muy frías; hablaba en concreto de dos de ellas, que mi padre había comprado poco antes de su muerte; estaban dobladas dentro del armario caliente…
Tío Andrew me dio las llaves de la casa. Fui directamente allí después de almorzar con él. Las persianas estaban subidas y las cortinas, echadas; habían cortado ya el agua y la luz eléctrica; de todo esto se había ocupado mi tío en unos pocos días. Anduve a tientas entre muebles cubiertos por sábanas hasta las ventanas y dejé entrar la luz del día. Repetí la operación en todas las habitaciones. La casa conservaba su olor peculiar, una atmósfera agradable y un tanto cargada de humo de puro y melón. Era un olor masculino; las mujeres siempre habían estado aquí fuera de su elemento, como en un club londinense el día de la Coronación.
La casa era sombría, pero de ninguna manera destartalada, de modo que supuse que de vez en cuando se habrían hecho reformas y renovaciones imperceptibles. Parecía lo que era: la casa de un artista de los años 1880 pasado de moda. Las cortinas y las fundas de las sillas y sillones eran de indestructible tapicería Morris; había azulejos alrededor de las chimeneas; alfombras orientales cubrían los suelos; en las paredes, grabados de Arundel, fotografías de cuadros antiguos y platos de mayólica. El mobiliario, ahora amortajado, tenía el inequívoco aire de haber estado en el mismo sitio durante toda una generación. Era un armonioso y discreto batiburrillo de piezas de palisandro y caoba heredadas, además de muebles baratos de roble alemán tallado, nogal español, cómodas y cofres ingleses, aguamaniles de cobre y candelabros de latón. Cada objeto resultaba familiar y al mismo tiempo tan integrado en su entorno que, más tarde, cuando hubo que moverlos, descubrí unas cuantas cosas que apenas si logré reconocer. Había libros —anticuados en su mayoría— por toda la casa, dispuestos en una gran variedad de estanterías adosadas, de pie y giratorias.
Abrí las puertaventanas del estudio de mi padre y salí al jardín. No había apenas rastro de la primavera. Los dos plátanos estaban desnudos, y, al pie de los laureles tiznados de hollín, yacían pudriéndose las hojas del año anterior. Nunca había sido un jardín con personalidad. En una época, antes de que levantaran los bloques de pisos, habíamos cenado allí algunas veces, extremadamente incómodos bajo la catalpa; desde hacía años venía siendo una especie de tierra de nadie que aislaba el estudio por uno de sus extremos; en un lado, detrás de un emparrado, había camas y arriates abandonados desde que mi padre intentara cultivar allí guisantes y judías. El hormigón moteado de los pisos, las sucias cañerías y salidas de incendios y el rosario de ventanas de bisagra con marco de hierro tapaban la mitad del cielo. Los inquilinos de aquellos pisos tenían prohibido por contrato hacer la colada, pero los propietarios habían renunciado hacía tiempo a que el bloque tuviera un aspecto agradable, y se podía adivinar qué habitaciones estaban ocupadas por las medias puestas a secar frente al alféizar.
Aun después de muerto, la intimidad de mi padre seguía siendo respetada; nadie había cubierto de sábanas los muebles del estudio. «¿Demasiado grande?» estaba en su caballete, tal como él lo había dejado. Había completado más de la mitad. Mi padre hacía numerosos y exhaustivos bocetos previos y trabajaba a gran velocidad cuando llegaba a la fase final; pintaba metódicamente sobre un esbozo monocromo, con todo detalle, de izquierda a derecha de la tela, como si estuviera despegando una calcomanía. «Las ideas hay que pensarlas antes —les decía a sus alumnos—. No hay que dejar que emborronen el lienzo. La composición tiene que estar perfectamente clara antes de empuñar los pinceles». Y si alguien objetaba que los grandes maestros raramente seguían ese método, mi padre replicaba: «Ustedes están aquí para ser miembros de la Academia Real, no grandes maestros. Así es como trabajaba Ford Madox Brown, y constituirá un hito para el arte inglés el día que alguno de ustedes sea la mitad de bueno que él. Si quieren escribir libros sobre arte, recorran los museos de Europa estudiando a Rubens. Si quieren aprender a pintar, obsérvenme a mí». El medio metro cuadrado ya terminado era un monumento al arte pictórico de mi padre. En una época yo había sentido escaso respeto por dicho arte, pero con el tiempo había visto que era más que una mera cuestión de destreza y determinación. Mi padre ocupaba una posición histórica porque culminó un período de la pintura inglesa que, por determinadas circunstancias, jamás había llegado a la madurez, hasta él. Me vinieron a la mente frases sueltas, como para un obituario: «… Cumplir la promesa rota del joven Millais… Winterhalter bañado por el espíritu de Dickens… La pintura inglesa como habría podido ser de no haber existido ningún movimiento esteta… La era del príncipe consorte en contraste con la de la reina Victoria…», y, con estas frases, la estima que sentía hacia mi padre cobró forma y la sensación de pérdida se tomó tangible y permanente.
Esta dependencia de las formas verbales no genera ningún bien. A la postre no te salva de nada. El sufrimiento no es menos agudo y sí mucho más duradero cuando se traduce a palabras. En la casa mis recuerdos habían estado a solas —recuerdos de los innumerables recibimientos y despedidas de treinta y tres años, de la adolescencia como un mantel con manchas—, pero dentro del estudio mis pensamientos se centraron en mi padre y, casi con una semana de demora, la pena se apoderó de mí y me abrumó. Había tardado en llegar, en parte por lo extraño del entorno al conocer yo la noticia y el ajetreo del viaje, pero sobre todo por este hábito literario: habían faltado palabras. Ahora las palabras acudían; empecé a llorar mentalmente a mi padre con cadencias de prosa y alusiones clásicas, como si estuviera dirigiendo una oración fúnebre a mis propios recuerdos literarios, y la tristeza, represada y canalizada, discurrió con rapidez.
Para el hombre civilizado no existe ninguna de esas veloces transiciones entre alegría y pena que poseen al salvaje; las palabras se forman lentamente alrededor del dolor como un pus; para él no hay heridas limpias; lo que primero queda como dormido, luego forma una llaga y, finalmente, una cicatriz que amenaza con volver a abrirse. Hasta que no adoptan los colores distintivos de la defensa, sus emociones no pueden traspasar las líneas. Unas veces llegan apretujadas en un caballo de madera, otras veces, como espías independientes, pero entre la guarnición siempre hay una quinta columna dispuesta a recibirlas. Sabotaje tras las líneas, una persiana que sube y baja en una ventana iluminada, un alambre cortado, un tornillo aflojado, una carpeta fuera de sitio: así es como encuentra su ruina el hombre civilizado.
Volví a la casa y puse de nuevo a oscuras todas las habitaciones, coloqué las fundas que había retirado y procuré dejarlo todo tal como estaba.
V
El manuscrito de Asesinato en el castillo de Mountrichard estaba sobre la cómoda de mi habitación del club, como un reproche constante. Debía tenerlo listo para que saliera en junio, y yo jamás había decepcionado a mis editores. Sin embargo, este año iba a tener que rogarles que me ampliaran el plazo. Hice dos intentos, transporté el montón de pliegos a una sala que en el club llamaban «la biblioteca», donde solían retirarse los socios de más edad para dormir un poco entre el almuerzo y la hora del té. Pero me resultó imposible retomar la historia con un mínimo de interés; empezaba a desagradarme la secuencia temporal, y me entraron ganas de tacharlo todo y empezar de cero; la asesina había tenido demasiada suerte en la mañana del crimen y la policía se mostraba exageradamente lerda; la investigación había llegado a un punto en que, o descubrían la verdad antes de media docena de páginas, o se les escapaba para siempre. No podía seguir acumulando pistas y contratramas. ¿Y si, para variar, era un inocente el que acababa en la horca, o bien la asesina lo confesaba todo en un acceso de sonambulismo? Me había quedado anquilosado. Finalmente decidí ir a ver a mi editor.
—Llevo ocho años escribiendo sin parar —le dije— y estoy a un paso del climaterio.
—Creo que no le entiendo —contestó, nervioso, el señor Benwell.
—Hablo de un punto de inflexión en mi carrera.
—¡Cielo santo! No me diga que quiere pasarse a otra editorial.
—No, no. Me refiero a que corro el peligro de convertirme en el típico autor de éxito.
—Si me lo permite, yo diría que es un peligro inminente —dijo Benwell, y me dirigió una especie de pequeña reverencia desde su butaca giratoria, sonriendo con esa ironía que a veces adopta la gente cuando cree haber dicho algo retorcidamente cortés, una sonrisa que por lo general reservaba a sus autores del género femenino; sin duda la palabra «climaterio» le había chocado.
—Dicho de otro modo, corro peligro de convertirme en un mero experto técnico. Fíjese en mi padre, por ejemplo… —El señor Benwell soltó un deferente gruñido y al momento varió el gesto para adoptar un semblante de seriedad acorde con la mención de alguien recientemente fallecido—. Se pasó toda la vida perfeccionando su técnica. Tengo la sensación de que puedo acabar siendo un autor mecánico, entregando año tras año el tipo de libro que sé que puedo escribir bien. Creo que en este terreno de la escritura ya he llegado hasta donde podía llegar. Necesito conquistar nuevos mundos. —Esto último lo añadí por compasión hacia el señor Benwell, cuya seriedad había ido traduciéndose en genuina preocupación. Creí que se sentiría menos tenso con aquel comentario un poquito burlón, pero me equivocaba, puesto que Benwell ya había aguantado conversaciones similares, demasiado serias, con otros escritores.
—¿No habrá estado usted escribiendo poesía allá en Marruecos?
—No, no.
—Tarde o temprano casi todos mis novelistas vienen diciendo que han escrito poemas. Qué ocurrencia. Es muy perjudicial para ellos. Sin ir más lejos, la semana pasada vino a verme Roger Simmonds con una especie de obra de teatro. No se imagina usted qué bodrio. Todos los personajes eran piezas de un automóvil… No tenía la menor gracia.
—Descuide, la cosa no irá por ahí —dije—. Serán sólo unos experimentos de tipo técnico. Dudo que el lector medio llegue a detectarlos siquiera.
—Así lo espero —dijo el señor Benwell—. Hombre, ahora que había encontrado usted un público… Fíjese cómo ha terminado Simmonds: magneto, bujías y árbol de levas hablando en verso sobre comunismo. No sé qué voy a hacer con esa obra… Bueno, pero ¿puedo contar con que me entregará una nueva novela en otoño?
—Sí.
—¿Y será del género «negro»?
—Desde luego.
El señor Benwell subió conmigo la escalera y al despedirnos dijo:
—Un sitio interesante, Marruecos. Los franceses lo están haciendo muy bien.
Yo le leí el pensamiento: «Plant ha venido por cuestiones de dinero; eso es lo que le pasa».
No le faltaba razón. El dinero que mi padre me había legado, más lo que yo esperaba recaudar con la venta de la casa, me aliviaba de la necesidad de trabajar durante dos o tres años; suprimida esa necesidad, poca motivación quedaba para escribir. Seguir haciendo algo simplemente porque uno lo hacía bien no pasaba de ser pura gimnasia. Este tedio era el precio que debía pagar por la intimidad, por haber elegido —cosa que hasta hacía muy poco era motivo de especial orgullo para mí— un oficio que no tenía nada de mí mismo. La montaña de pliegos empezaba a repugnarme. La escondí, dos veces, debajo de mis camisas, y las dos veces el mozo del club la desenterró dejándola a la vista. Aparte del cuarto alquilado con vistas a la calle, no tenía ningún sitio donde guardar cosas.
El secretario del club me abordó cuando regresé de hablar con el señor Benwell. Según la Norma XLV, me recordó, los miembros del club no podían ocupar una habitación más de cinco noches seguidas. Él no tenía, dijo, inconveniente en hacer un poco la vista gorda, pero si un miembro de fuera de la ciudad solicitaba habitación y veía que estaban todas comprometidas y se quejaba al comité, ¿en qué situación le pondría eso a él, al secretario? Prometí mudarme tan pronto me fuera posible. Tenía muchos asuntos que resolver; ¿estaba él al corriente de que mi padre acababa de morir? Ambos sabíamos que era injusto sacar eso a relucir, pero sirvió para convencerlo. De momento disponía de alojamiento: cama, lavabo, una ventana que daba a St. James’s, teléfono, y espacio suficiente para la ropa de dos semanas. Pero tenía que ponerme a buscar algo más seguro.
La sensación de no tener casa era nueva para mí. Antes me mudaba constantemente de un sitio a otro; cada equis semanas bajaba hasta St. John’s Wood con un baúl, dejaba unos cuantos libros, recogía otros, guardaba ropa de verano si venía el invierno. Aunque raramente pernoctara allí, la casa de St. John’s Wood había sido mi cuartel general y mi hogar; esa madriguera había quedado taponada y la jauría de perros parecía estar cada vez más cerca.
Mis preocupaciones de aquella etapa quedaron simbolizadas en un problema concreto: qué hacer con mis sombreros. Poseía ya un amplísimo surtido de sombreros de todo tipo; tenía dos de seda, el de copa que me ponía para ir de boda y otro que había comprado unos años antes cuando pensé que quizá me dedicaría a la caza del zorro; había también un bombín, un panamá, tres sombreros blandos (uno negro, uno marrón y uno gris), un tirolés verde, uno mexicano, varias gorras de tweed para ir en barco y en tren… Se me habían ido acumulando con el tiempo, y todos ellos, quizá con la excepción del sombrero mexicano, eran más o menos indispensables. ¿Estaba condenado el resto de mi vida a viajar cargando con tan ridícula colección? A la sazón estaban casi todos en St. John’s Wood, pero la venta de la casa podía cerrarse en cualquier momento y el mobiliario sería retirado, vendido o enviado al almacén.
Un sitio donde colgar mi sombrero, eso era lo que necesitaba.
Lo consulté con Roger Simmonds, un día que almorzamos juntos. Me parecía conocerlo de toda la vida; de hecho, nuestro primer encuentro había sido durante el segundo año de estudios en Oxford. Él y yo dirigíamos un semanario estudiantil y desde entonces habíamos tenido siempre mucho contacto. Roger era una de las escasas personas con quienes me carteaba cuando estaba fuera del país; y, si estaba en Londres, nos veíamos muy a menudo. Había llegado incluso a dormir en su casa, pues él y otra media docena constituían una especie de grupo cerrado. Nos conocíamos todos íntimamente desde hacía muchos años, en alguna ocasión nos habíamos pasado chicas, en concepto de préstamo sin intereses. Cuando estábamos juntos, bebíamos más y hablábamos con más jactancia de lo que teníamos por costumbre. Habíamos acabado por no caernos demasiado bien; cuando dos o tres de nosotros estábamos solos, tratábamos de canallas a los demás, y si a mí me preguntaban por ellos en terreno neutral, negaba que fuésemos amigos. «¿Blades? —decía—. Sí, antes le veía mucho, pero ahora que es diputado casi nunca quedamos». O bien, «¿Jimmie Rendall? Sí, éramos amigos. Pero luego empezó a frecuentar mucho a lord Monomark y ahí se terminó nuestra amistad». De Roger solía decir: «Creo que ahora lo único que le interesa es la política».
Lo cual era más o menos verdad. A finales de los años veinte se estableció como escritor y publicó varias novelas realmente divertidas, a raíz de lo cual obtuvo una asombrosa sucesión de empleos en periódicos y empresas cinematográficas, pero recientemente se había casado con una heredera desconocida, se había afiliado al partido comunista y había adquirido cierta respetabilidad.
—Desde que estoy casado ya no uso sombrero —dijo Roger—. Lucy dice que son muy kulak. Además, empezaba a perder pelo…
—Por Dios, Roger, pero si hace diez años que estás calvo como una bola de billar. Y no se trata sólo de los sombreros. También hay abrigos.
—Sólo delante. Por detrás tengo tanto pelo como siempre. ¿Cuántos abrigos tienes?
—Me parece que cuatro.
—Demasiados.
Lo estuvimos hablando largo y tendido y decidimos que con tres se podía pasar.
—Los obreros empeñan el abrigo en junio y lo recuperan otra vez en octubre —dijo Roger. Quería hablarme de su obra, Combustión interna—. El problema con los dramas ideológicos —continuó— es que suelen ser demasiado mecánicos. Me explico: los personajes son estereotipos económicos, no individuos, y en tanto en cuanto parecen y hablan como individuos, es arte del malo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Sí, por supuesto.
—Seres humanos sin interés humano.
—Muy cierto. Yo…
—Lo que he hecho es prescindir por completo de seres humanos.
—Suena como a un ballet de los de antes.
—Ni más ni menos —dijo Roger con verdadero placer—. Es un ballet de los de antes. Sabía que tú lo entenderías. No como el pobre Benwell. La compañía de teatro Finsbury está estudiando la obra en este momento, y si es ortodoxa (yo creo que lo es), tal vez la representarán este verano si Lucy consigue el dinero.
—¿Ella también está entusiasmada?
—Para serte sincero, yo no diría tanto. Es que pronto va a dar a luz y parece que eso la tiene muy absorbida.
—Ya. Volviendo al asunto de mis sombreros…
—¿Por qué no haces una cosa? Cómprate una bonita casa en el campo. Yo voy a necesitar un sitio donde pasar unos días mientras nace el bebé.
Ahí estaba el obstáculo. Lo que me había estado rondando por la cabeza durante días era justamente ese temor, el de convertirme para el mundo en general en una especie de posadero. Ese temor estaba en la base del problema de la intimidad; la elección, que te atormenta casi hasta la obsesión, entre la huida perpetua y el asedio perpetuo; y la insoluble paradoja universal de perder cosas a fin de encontrarlas.
—¿No te parece un extraño consejo, viniendo de un comunista?
Roger se puso en guardia: acababan de pillarlo y de echarle en cara su palabrería.
—En una situación ideal, sí, por supuesto —dijo—. Pero en la práctica, al menos durante la primera generación, permitiremos un cierto margen de propiedad privada cuando su valor sea puramente sentimental. En fin, cualquier inversión que uno haga ahora no puede ser sino provisional. Por eso no siento la menor aversión a vivir del dinero de Lucy…
La ética marxista le dio fuelle para seguir hablando hasta que terminamos de almorzar. Mientras tomábamos café, calificó a Ingres de pintor «burgués». Después de que se hubo marchado, me quedé un rato en el sillón de piel, terminándome el puro. El club se iba vaciando a medida que los miembros más jóvenes volvían al trabajo y los más mayores se arrastraban hacia la biblioteca para echar una siesta. Yo no pertenecía a ninguno de los dos grupos. No tenía absolutamente nada que hacer. A las tres de la tarde todos mis amigos estaban ocupados, y, en cualquier caso, no tenía ganas de verles. Había llegado el momento de abrir nuevos horizontes. Subí a mi habitación, me puse a releer los primeros capítulos de Asesinato en el castillo de Mountrichard, aparté el manuscrito y me enfrenté el tedio de una tarde en Londres. Fue entonces cuando sonó el teléfono.
—El señor Thurston desea verle —me dijo el portero—. Está abajo esperando.
—¿Quién?
—El señor Thurston. Dice que está citado.
—No sé nada de ese individuo. ¿Quiere usted preguntarle qué es lo que quiere?
Una pausa, y luego:
—El señor Thurston dice que se trata de un asunto muy privado.
—Está bien, ahora bajo.
En el vestíbulo había un individuo alto y joven; llevaba puesto un impermeable y tenía el pelo castaño rojizo y una frente extremadamente estrecha y cóncava. Parecía que hubiese venido a vender algún artículo anacrónico y tuviera la certeza de no poder colocar ninguno.
—Señor Thurston? —Me agarró la mano con fuerza salvaje—. Dice usted que está citado conmigo. Pues me temo que no lo recuerdo.
—Bueno, verá, he pensado que necesitaría una excusa, ya sabe lo suspicaces que son estos porteros de club. Sabía que a usted no le iba a importar que forzara un poquito las cosas. —Hablaba con una mezcla de garbo y virulencia—. Tuve que renunciar a mi club; el bolsillo no da para tanto.
—Si no le importa decirme qué puedo hacer por usted…
—Verá, yo pertenecía al Wimpole. Imagino que lo conocerá.
—No estoy muy seguro.
—Oh, pues le habría gustado. Podría haberle presentado a algunos de los colegas.
—Deduzco que eso es ya imposible.
—En efecto. Una verdadera pena. Hay algunos buenos elementos allí. Imagino que conocerá usted el Batchelors.
—Sí. ¿También era miembro de ese club?
—Bueno, no exactamente. Un gran amigo mío lo era y… Jimmie Grainger. Seguro que alguna vez se habrá topado con Jimmie.
—Pues no, creo que no.
—Qué curioso, porque Jimmie conoce a casi todo el mundo. Estoy seguro de que le caería bien. Tengo que presentárselo algún día. —Fracasados sus intentos de establecer un contacto, Thurston parecía pensar ahora que era en mí en quien recaía la responsabilidad de la conversación.
—¿Quería usted decirme algo en particular, señor Thurston? —pregunté—. Porque de lo contrario…
—A eso iba —contestó—. ¿No podríamos hablar en un sitio más privado?
La propuesta me pareció razonable. Dos botones estaban sentados en un banco cercano, el conserje nos observaba con curiosidad desde detrás de su biombo de cristal, dos o tres miembros que pasaban por allí se detuvieron brevemente junto al teletipo para mirar con más detenimiento a mi peculiar acompañante. Yo estaba pasablemente convencido de que no era uno de los entusiastas admiradores que de vez en cuando me asediaban; tenía que tratarse de un mendigo o de un loco, si no ambas cosas. En otra ocasión me habría desembarazado de él, pero aquella tarde, no teniendo nada mejor qué hacer, dudé.
—Pórtese como un buen elemento —me apremió.
En mi club hay un cuartucho de aspecto deprimente donde a veces los miembros conceden entrevistas a la prensa, repasan cifras con el contable y se ocupan de asuntos que a su parecer llamarían la atención en las salas comunitarias. Me llevé a Thurston allí.
—Un cuartito muy mono —dijo, contemplando aquel lúgubre reducto—. ¿Le importa que fume?
—Adelante.
—¿Quiere uno?
—No, gracias.
Encendió un cigarrillo, dio una profunda calada, miró hacia el techo y, como si por fin fuera al grano, dijo:
—Muy parecido al viejo Wimpole.
Me desanimé de golpe.
—Oiga, señor Thurston. Espero que no se haya tomado la molestia de venir aquí sólo para hablarme de su club.
—Oh, no. Pero es que se me hace extraño; no sé muy bien por dónde empezar. Pensaba que todo iría rodado. Descuide, señor Plant, me doy cuenta de que su tiempo es muy valioso, así que más vale que le confiese ahora mismo que le debo una disculpa.
—¿Y eso?
—Verá. Mi presencia aquí responde a un subterfugio. Yo no me llamo Thurston.
—¿Ah, no?
—No. Sería mejor que le dijera quién soy, ¿verdad?
—Como usted quiera.
—De acuerdo, allá va. Soy Arthur Atwater.
Pronunció su nombre con tal aire de jactancia, tan seguro de que iba a provocar alguna reacción, que me sentí realmente desconcertado. No me sonaba absolutamente de nada. ¿Dónde y cómo se suponía que tenía que haber oído yo ese nombre? ¿Era un escritor, un primo lejano, un famoso atleta? ¿Atwater?, ¿Atwater?, repetí para mis adentros. Nada, su nombre no me sugería nada. A todo eso, el tal Atwater no parecía consciente de que su revelación habrá caído en saco roto, y continuaba hablando con gran ímpetu.
—Comprenderá por qué no podía darle mi nombre. Es muy amable de su parte tomándoselo así. Debí imaginar que era usted un buen elemento. Desde que sucedió, le aseguro que he vivido un auténtico infierno. No he pegado ojo. Ha sido horrible. Ya sabe lo que pasa cuando a uno le falta el coraje. Ahora no estaría en situación de trabajar aunque me hubieran guardado el empleo. En fin, eso es lo de menos. Era un asco de trabajo, por mí se lo pueden quedar. Así se lo dije al gerente. A mí no me educaron para vender medias. Debí marcharme al extranjero hace ya tiempo. En Inglaterra ya no hay oportunidades, a no ser que uno tenga influencias o esté dispuesto a hacerle la pelota a un hatajo de esnobs. En cambio, en las colonias es otra cosa: un hombre sirve tanto como cualquier otro y nadie hace preguntas.
Soy de los que no puede pasar por alto una afirmación errónea.
—Créame, señor Atwater —dije—. Tiene usted una idea totalmente equivocada de las colonias. Encontrará personas tan exigentes y tan preguntonas como aquí.
—Donde yo pienso ir, no —dijo él—. Me largo de aquí. No puedo más. Este asunto pendiendo sobre mi cabeza y nada que hacer en todo el día salvo darle vueltas al accidente. Porque fue un accidente, claro. No se me puede echar a mí la culpa y quedarse tan ancho. Yo estaba en mi lado de la calle y toqué dos veces la bocina. No era un paso de cebra. Era mi calle. Pero el viejo no quiso moverse de sitio. Me vio venir y se me quedó mirando a la cara, como si me retara a atropellarlo. Y yo pensé, bueno, le voy a dar un susto. Ya sabe lo que ocurre cuando uno lleva todo el día conduciendo, acabas harto de que la gente te obligue a apartarte de tu camino. A mí me gusta despertarlos de vez en cuando, si no hay polis a la vista, y que se lleven un buen susto. Ahora me parece que duró una hora, pero fue cosa de segundos. Yo seguí adelante, esperando que el viejo me esquivara, y él también siguió adelante, cruzando la calle tan pancho como si la hubiera pagado él de su bolsillo. Y hasta que no estuve prácticamente encima, no me di cuenta de que no tenía intención de moverse. Demasiado tarde para parar. Metí el freno y di un volantazo. Aun así podría haberlo esquivado si él se hubiera quedado quieto, pero no, siguió caminando hacia mí y el guardabarros se lo llevó por delante. Así fue como pasó; yo no tuve la culpa.
Era exactamente como me lo había explicado mi tío Andrew.
—Oiga, señor Atwater —dije—, ¿debo entender que usted es el hombre que mató a mi padre?
—No lo diga de esa manera, señor Plant. Bastante tengo con lo mío. Su padre era un gran artista, lo leí en el periódico. Lo cual empeora todavía más la cosa. ¡Hay tan poca belleza en este mundo! A mí me habría gustado mucho ser artista, ¿sabe?, pero mi familia se quedó sin blanca. Mi padre me sacó del colegio cuando yo estaba por empezar onceavo. Desde entonces no he hecho más que pequeños trabajos. Nunca me han dado una verdadera oportunidad. Quiero empezar de nuevo, en otra parte.
Le interrumpí con lo que me pareció absoluta frialdad.
—¿Y por qué ha acudido a mí, precisamente?
Pero nada podía sacarle del error de que yo estaba dispuesto a colaborar.
—Sabía que podía confiar en usted —dijo—. Y le aseguro que no lo olvidaré mientras viva. Está todo pensado. Tengo un colega que se marchó a Rodesia; bueno, creo que era Rodesia. Que está en África, eso seguro. Ese amigo me facilitará un catre hasta que yo pueda volar por mi cuenta. Es un gran tipo. ¡La sorpresa que se va a llevar cuando me presente en su casa! Todo lo que necesito es dinero para el pasaje (en tercera clase, me da igual, ya me he acostumbrado a pasar sin comodidades), y algo para no ir con las manos vacías. Me arreglaría con cincuenta libras.
—Señor Atwater —dije—, ¿le he entendido mal o me está usted pidiendo que quebrante la ley ayudándole a eludir un juicio y que le dé además una gran suma de dinero?
—Se lo devolveré, hasta el último penique.
—Y el único vínculo que tenemos es que usted, por pura insolencia, mató a mi padre.
—Hombre, si quiere verlo así…
—Creo que sobrevalora usted mi buen carácter.
—Mire, le voy a hacer una oferta generosa. Me da usted cincuenta libras ahora y yo se las devuelvo dentro de un año, más otras cincuenta para la obra de beneficencia que a usted más le guste. Qué me dice, ¿eh?
—Me temo que no tiene sentido seguir hablando del asunto. Haga el favor de marcharse.
—Descuide, me iré. Si es así como se lo toma, entonces lamento haber venido. Típico del mundo en que vivimos —dijo, levantándose de mal talante—: todos te ponen buena cara hasta que te ves metido en un lío. Mientras tienes dinero eres «el bueno de Arthur», y luego, cuando necesitas un amigo, viene lo de «sobrevalora usted mi buen carácter, señor Atwater».
Crucé la habitación detrás de él, pero, al llegar a la puerta, su ánimo ya había cambiado.
—Usted no lo entiende —dijo—. Podría acabar con mis huesos en la cárcel. Es lo que pasa en este país por tener que ganarse uno las lentejas. Si hubiera estado conduciendo un Rolls-Royce propio, todo el mundo se habría llevado la mano a la gorra. «Un lamentable accidente», habrían dicho todos, «Espero que no le haya afectado, señor Atwater»… Pero conduciendo un dos plazas y siendo pobre… Señor Plant, su padre no habría querido mandarme a la cárcel.
—A menudo expresó su opinión de que todos los automovilistas, sin excepciones, deberían ser tratados como criminales.
Atwater acogió mi comentario con desconcertante entusiasmo.
—Y tenía toda la razón —manifestó elevando la voz como nunca se había hecho en ese cuartito, salvo durante la limpieza general en primavera—. Estoy hasta la coronilla de coches. Estoy hasta la coronilla de la civilización. Quiero trabajar la tierra, es la única vida digna de un hombre.
Señor Atwater, ¿es que nada de lo que diga le convencerá de que sus aspiraciones no me conciernen?
—Eh, tampoco hace falta recurrir al sarcasmo. Si no soy bienvenido, sólo tiene que decirlo claro.
—No es usted bienvenido.
—Gracias. Es lo único que quería saber.
Le hice franquear la puerta, pero, cuando iba por la mitad del pasillo, se detuvo otra vez.
—Me gasté los últimos diez chelines en una corona de flores.
—Lamento que lo hiciera. Se los reembolsaré.
Entonces se dio la vuelta y me dirigió una mirada de soma.
—Plant —dijo Atwater—, eso sí que no me lo esperaba. Aquellas flores fueron una cosa sagrada. Pero eso usted no lo puede entender, ¿verdad? Habría pasado hambre por mandarlas. Puede que haya caído bastante bajo, de acuerdo, pero todavía me queda cierta dignidad, y eso es más de lo que algunos pueden decir, aunque pertenezcan a clubs de postín y miren por encima del hombro a tíos que se ganan la vida honradamente. Que usted lo pase bien. No volveremos a vernos. Espero que me disculpe por no darle la mano.
Dicho esto se marchó, pero no fue lo último que supe de él. Aquella noche vinieron a avisarme de que un tal señor Long estaba al teléfono. Otra vez el mismo tono desenfadado:
—¿Es usted, Plant? Aquí Atwater. Perdone por usar un seudónimo. Oiga, espero que no se haya enfadado por la manera como me he despedido hace un rato. ¿Sabe?, he estado pensando y creo que tiene toda la razón. ¿Puedo venir a charlar otro ratito con usted?
—No.
—¿Mañana, entonces?
—No.
—Bueno, ¿cuándo le parece que venga?
—Lo siento, no podemos vernos más.
—No, hombre, si yo ya lo entiendo. A mí me pasaría igual. Es sólo que, teniendo en cuenta las circunstancias, creo que le aceptaré su muy generoso ofrecimiento de pagarme las flores. ¿Quiere que pase por ahí a recoger el dinero, o me lo hará llegar?
—Se lo haré llegar.
—Vale. Mándelo a mi nombre a la oficina de correos de Holborn. Eran quince chelines.
—Esta tarde ha dicho diez.
—¿En serio? Pues quería decir quince.
—Le enviaré diez chelines. Adiós.
—Buen elemento —dijo Atwater.
Así pues, metí un billete dentro de un sobre y lo mandé al hombre que había matado a mi padre.
VI
Transcurrió el tiempo, lentamente: abril, mayo, principios de junio. Abandoné el club y estuve una semana (no fue fácil) en casa de mi tío Andrew. Luego regresé al club. Me llevé el manuscrito de Asesinato en el castillo de Mountrichard a un hotel de la costa donde anteriormente había pasado tres meses muy satisfactorios escribiendo El lacayo asustado: conseguí la mejor suite, dada la época del año, por cinco guineas a la semana. El ambiente de abandono típico de fuera de temporada era justo como lo recordaba: el salón de baile con las persianas bajadas, la lluvia correteando por el tejado del «solarium», el negro malecón, los muchachos de colegio privado en fila de a dos camino del partido de fútbol, los fanáticos bañistas soltando tacos como palafreneros mientras saltaban sobre los guijarros hacia donde rompían las olas; la iglesia para turistas anglicanos estrictos y la iglesia para turistas anglicanos de manga ancha y la iglesia para los residentes: todas vacías. Todo estaba como hacía tres años, pero, al cabo de una semana, volví a Londres sin haber escrito una sola línea. Era inútil, me dije a mí mismo, mientras no tuviera las cosas solucionadas. Claro que «solucionar las cosas» significaba sobre todo esperar a que saliera un comprador para la casa y que los abogados terminaran con el testamento. Alquilé habitaciones amuebladas en Ebury Street y me dispuse a esperar, cada vez más convencido de que lo mejor sería tener una casa en el campo, una casa propia como domicilio permanente. Empecé a mirar los anuncios de agencias que publicaba The Times en la última página. Finalmente di con dos o tres que me convenían y pronto tuve a mi disposición los detalles y la autorización para verlas.
Unos días después recibí una visita del señor Godley, hijo, de Goodchild Godley, quien por cierto no tenía absolutamente nada de artístico. Su aspecto y su manera de hablar eran los de un vendedor de automóviles, sus galerías eran su «tienda» y lo que contenían, meramente «cosas» o «material». Si nos hubiéramos encontrado de casualidad no se lo habría notado, pero el largo preámbulo de trivialidades —alusiones a conocidos mutuos, centros de vacaciones en el extranjero, deportes, política, el típico especialista en dar gato por liebre— dejó en evidencia su incertidumbre: el joven Godley trataba de calarme.
—Su padre, sabe usted —dijo, yendo finalmente al grano—, hizo unos cuantos trabajos para nosotros.
—Lo sé.
—Sobre todo restauraciones. De vez en cuando hacía también algún facsímil para clientes que querían vender un cuadro a Norteamérica y necesitaban otro en su lugar, esa clase de trabajos.
—A menudo eran composiciones suyas.
—Sí, creo que hubo más de una, en efecto. Lo que en el oficio solemos llamar pastiche, ¿sabe usted?
—Yo vi algunas —dije.
—Tenía muchísimo talento.
—Y que lo diga.
Una pausa. El señor Godley se ajustó su corbata de antiguo alumno de la Harrow School.
—Lo que hacía para nosotros era altamente confidencial.
—Por supuesto.
—Me pregunto, bueno, la empresa se preguntaba si ha revisado usted ya los papeles. Concretamente, ¿llevaba su padre algún registro de su trabajo o algo así?
—Lo siento, pero todavía no he echado un vistazo a sus cosas. Yo diría que es muy probable que llevara algún tipo de registro; para según qué cosas era muy metódico.
—Y esos papeles, ¿están todos en su poder?
—Que yo sepa, sí.
—Si saliera a relucir algo de eso, supongo que podríamos contar con su discreción. Verá, no sería bueno para nadie que… Quiero decir, usted querría que su padre fuera recordado por la obra expuesta…
—No tiene de qué preocuparse.
—Espléndido. Sabía que usted lo entendería. Tuvimos un pequeño y desagradable contratiempo con ese hombre.
—¿Jellaby?
—Sí. Vinieron los dos a vernos, marido y mujer, inmediatamente después del accidente. Se podría decir que intentaron chantajearnos.
—¿Les dieron ustedes algo?
—No. Hablaron con Goodchild, y estoy seguro de que él les tiró de las orejas como merecían.
—Una extraña pareja, esos Jellaby.
—No creo que tengamos que preocuparnos más por ellos.
—Y por mí tampoco. El chantaje no es mi estilo.
—Oh, por Dios, mi querido amigo, claro que no. No pretendía sugerir que… Ja, ja, ja.
—Ja, ja, ja.
—Pero si saliera algo a relucir…
—Seré de lo más discreto.
—O, qué sé yo, algún boceto de los cuadros que hizo para nosotros.
—Algo comprometedor.
—Secretos comerciales —dijo el señor Godley.
—Secretos comerciales —repetí yo.
Ése fue prácticamente el único incidente divertido de mi estancia en Londres.
La venta de la casa de St. John’s Wood resultó más complicada de lo que yo había esperado. Diez años atrás, la St. John’s Wood Residential Amenities Company, constructores de los pisos del vecindario, había ofrecido 6000 libras a mi padre por la plena propiedad. Él había conservado la carta, firmada por «Alfred Hardcastle, presidente». Sus sucesores, la Hill Crest Exploitation Co., me ofrecían a mí 2500 libras; su carta iba también firmada por el señor Hardcastle. Rechacé la proposición y puse la casa en manos de una agencia. Al cabo de dos meses me informaron de una oferta: 2500 libras, de un tal señor Hardcastle, director ejecutivo de St. John’s Wood Residential Estates Ltd. «Dadas las circunstancias —decían en la carta—, lo consideramos un precio satisfactorio». Las «circunstancias» eran que nadie que pudiera interesarse por esa casa iba a tolerar el entorno; dominado ya todo el barrio, los pisos estaban en situación de fijar su propio precio. Acepté y fui a firmar los documentos a la oficina del señor Hardcastle, esperando encontrarme un ambiente ruidoso y de altos vuelos. Resultó que eran sólo dos habitaciones modestas en la planta superior del edificio, uno de los pisos que no estaban alquilados. En la puerta se veían los nombres de media docena de empresas inmobiliarias y la madera mostraba rastros de otros nombres pintados allí y borrados posteriormente. Fue el propio presidente quien me abrió la puerta. Tal como mi padre había supuesto, era judío, un individuo corpulento y pulcro, de mediana edad, tristón y simpático, que antes de entrar en materia elogió la obra de mi padre con lo que juzgué absoluta sinceridad.
No había más personal a la vista, solamente el señor Hardcastle sentado entre sus carpetas y archivadores, explicándome cómo se había sentido él al morir su padre. Este hombre había controlado los pisos y vivido exclusivamente para ellos a través de todo tipo de vicisitudes; pequeñas empresas habían entrado en liquidación; pequeñas empresas (mancomunadas) habían empezado a cotizar en bolsa; diferentes nombres de sobrinos y yernos habían adornado la cabecera del papel de carta, mientras las acciones subían y bajaban, bonificaciones y dividendos eran declarados, hipotecas transferidas y ejecutadas, pequeños bloques de cifras pasados de una hoja de balance a otra, y todo en esa misma habitación. En los últimos diez años un capital de varios millares de libras había ido pasando de una cuenta a otra en concepto de préstamos, y, de alguna manera, trabajando dieciséis horas diarias, ocupándose él mismo de la mecanografía y la contabilidad, el señor Hardcastle se había mantenido a flote, había podido mantener lustrados sus zapatos y planchados sus pantalones, hacerse cortar el pelo con frecuencia y regularidad, comprar de vez en cuando una entrada para un concierto en aniversarios familiares y pagar los estudios, añadió, a un hijo en Estados Unidos y a una hija en Bélgica. La compañía a la que finalmente traspasé mi plena propiedad era de muy reciente creación, registrada de manera exclusiva para esta transacción y, sin duda, condenada a perder su identidad en el caleidoscópico marasmo de las pequeñas finanzas. El cheque, con la firma del señor Hardcastle, fue aceptado como era de esperar, y, cuando lo tuve en mi cuenta (diezmado, cómo no, por mi abogado), me di cuenta de que, añadido el dinero del seguro y restado el descubierto, por primera vez en mi vida disponía de un saldo positivo superior a las 3500 libras. Con ese dinero me dispuse a emprender una nueva vida.
El señor Hardcastle había estado dispuesto a esperar muchos años para comprar. Sin embargo, una vez hecha la transacción, sus planes se desarrollaron con asombrosa rapidez. Llegaron operarios a cortar los árboles y colocar una valla publicitaria, mientras camiones de mudanzas se llevaban los muebles al almacén; una semana más tarde, fui a ver la casa: estaba en ruinas, como si la hubieran bombardeado. Se supone que hay un cierto método en esto de la demolición, pero ninguno que fuera apreciable para este lego: el tejado había desaparecido, la fachada estaba derrumbada, y el sótano expuesto por uno de sus lados; por el otro, las paredes seguían todavía orgullosamente en pie, y las habitaciones, de sólo tres lados, como un decorado, dejaban ver su papel Morris ondeando al viento allí donde habían sido arrancadas las chimeneas y los marcos de ventana. Del estudio no quedaba otro rastro que un perímetro de escombros, y nuevos brotes habían aparecido aquí y allá en el muy pisoteado jardín. De la docena larga de obreros que había en el lugar, dos o tres estaban escarbando con pausados ademanes mientras que los demás charlaban apoyados en sus herramientas. Parecía imposible que trabajando a aquel ritmo hubieran hecho tanto en tan poco tiempo. Se respiraba arena y fragmentos de cascotes. No era un sitio donde quedarse mucho tiempo. La siguiente vez que pasé, una gran ala de hormigón ocupaba el solar; tenía un aspecto más limpio que el resto del bloque y, por un error de cálculo de los arquitectos, las ventanas estaban sucesivamente un palmo o dos por debajo de la línea general. Pero, como las demás, carecían de cortinas.