la balanza (spanish)
UNA HISTORIA DE AQUELLOS BUENOS TIEMPOS DE PANTALONES ANCHOS Y JERSÉIS DE CUELLO ALTO
Introducción
—Creo que no voy a leer el mío. Lo encuentro bastante cruel.
—Oh, Basil, no seas así.
—Por favor, Basil.
Era lo que siempre ocurría cuando Basil participaba en ese tipo de juegos.
—No, imposible. Es que está todo mal.
—Oh, Basil, sé bueno, léelo.
—Basil, por favor.
—Basil, cariño. Tienes que leerlo.
—No, me niego. Imogen se enfadará mucho conmigo.
—Qué va. ¿A que no, Imogen?
—Imogen, dile que no te enfadarás con él.
—Venga, Basil, haz el favor de leerlo.
—Está bien, pero prométeme que luego no me odiarás.
Alisó el pedazo de papel.
—Flor: cactus.
»Bebida: ron.
»Tela: paño.
»Mueble: caballito de balancín.
»Comida: venado.
»Domicilio: Dublín.
»Animal: boa constrictor.
—Oh, Basil, qué maravilla.
—Pobre Adam, nunca le habría puesto Dublín, es perfecto.
—¿Y por qué cactus?
—Es tan fálico, ya sabes, y tiene pinchos.
—Y unas flores de lo más vulgar.
—Lo de boa constrictor es genial.
—Lo he puesto por la digestión.
—Y no pica, sólo estruja.
—Y hechiza a los conejos.
—Tengo que hacer un dibujo de Adam hechizando a un conejo. —Y luego—: Imogen, no me digas que te marchas.
—No puedo más, me caigo de sueño… No te emborraches, que después me despiertas.
—Oh, ya veo que sí te has enfadado conmigo.
—Querido, estoy demasiado agotada para enfadarme con nadie. Buenas noches.
La puerta se cerró.
—Santo cielo, está furiosa.
—Lo sabía. Habéis hecho mal en obligarme a leer esto.
—Yo la he visto muy rara toda la noche.
—Me ha dicho que había almorzado con Adam antes de venir.
—Habrá comido demasiado. Con Adam siempre se come demasiado, ¿no os parece?
—Es la libido.
—Pues qué queréis que os diga, a mí me ha gustado mucho el personaje. No sé cómo a ninguno se nos había ocurrido lo de Dublín.
—Oye, Basil, ¿tú crees que Imogen ha tenido realmente una aventura con Adam?
Circunstancias
NOTA. — Aparte de leves retoques, no se ha hecho el menor intento de transcribir fonéticamente la manera de hablar de Gladys y Ada; se trata de la cocinera y la criada de una pequeña casa de vecindad en Earls Court, y hay que suponer que hablan tal cual.
Los diálogos de la película los deduce el buen aficionado al cine por los gestos y ademanes de los actores; sólo las partes que aparecen en mayúsculas son verdaderos «subtítulos».
EL COCKATRICE CLUB, 2:30 DE LA MAÑANA.
UN IMPORTANTE CENTRO DE LA NOCHE LONDINENSE.
Los «créditos» muestran un bodegón compuesto por una botella de champán, algunas copas, y una máscara cómica. ¿O está bostezando?
—Oh, Gladys, ya ha empezado; sabía que llegaríamos tarde.
—No pasa nada, veo por dónde voy. Oh, usted perdone. Pensaba que el asiento estaba vacío… en serio.
Risitas eróticas y un ligero forcejeo.
—Ya está bien, cochino, déjame pasar.
—Bueno, Gladys, por fin, aquí hay dos asientos.
—¿Será posible…?, pretendía que me sentara en sus rodillas.
—Déjalo. Oye, Gladys, ¿qué clase de película es?, ¿cómica o algo así?
La pantalla está prácticamente oscura, como si el celuloide hubiera sido demasiado sobreexpuesto. Una iluminación espasmódica, pero rutilante, deja ver una aglomeración de personas que bailan, charlan y comen.
—No, Ada… son relámpagos. Yo diría que es una tormenta en el desierto. El otro día vi una peli así con Fred.
EVERYBODY LOVES MY BABY
Primer plano: la cabeza de una chica.
—Es su novia o algo así. Ya lo verás.
La cabeza es bastante atractiva, corte de pelo a lo garçon y encaje perfecto en el cuello. Pero no bien empieza uno a apreciar su pose exquisita (la copia es demasiado mala como para que se puedan apreciar texturas), desaparece de la vista y un hombre mayor y rollizo que toca el saxofón ocupa su lugar. La película se vuelve un tanto enigmática, según el estilo de los estudios europeos modernos: el saxofonista se ha convertido en vórtice del movimiento; aparecen y desaparecen rostros otra vez; subtítulos fragmentarios se esfuman sin dar tiempo a ser leídos.
—Yo a esto lo llamo una peli floja.
Desde las localidades caras, una voz con acento de Cambridge dice: «Expressionismus».
Gladys le da un codazo a Ada:
—Es extranjero.
Tras varios cambios de perspectiva, de pronto se ve todo estereoscópicamente claro. La chica está sentada a una mesa y se inclina hacia un joven que le enciende un cigarrillo. Llegan tres o cuatro jóvenes más y se sientan. Visten todos de etiqueta.
—Pues no, no es una película cómica; va de alta sociedad.
—A veces la alta sociedad es cómica, Gladys.
La chica está diciendo que tiene que irse.
—En serio, Adam. Mamá piensa que he ido al teatro contigo y con tu madre. No sé qué pasará si se entera de que no he vuelto.
La gente se marcha, paga la cuenta.
—Oye, Gladys, él ha tomado una copa de más, ¿no?
El héroe y la heroína se marchan en un coche de caballos
Cuando van por Pont Street, la heroína le dice al cochero que pare.
—No dejes que se acerque más, Adam. Lady R. puede oírlo.
—Buenas noches, Imogen.
—Buenas noches, Adam.
Ella duda y luego le da un beso.
Adam se aleja en el taxi.
Primer plano de Adam. Es un joven de unos veintidós años, bien afeitado, con el pelo espeso y muy oscuro. Se le ve tan infinitamente triste que hasta Ada se conmueve.
¿Puede tener gracia?
—Buster Keaton, a veces, también pone esa cara de triste…, ¿verdad?
Ada se consuela un poco.
Buster Keaton pone cara triste; Buster Keaton es gracioso. Adam pone cara triste; Adam es gracioso. Más claro, el agua.
El cochero se detiene y Adam le da todo el dinero que lleva encima. El hombre le desea buenas noches y se pierde en la oscuridad. Adam abre la puerta de abajo.
Antes de subir a su habitación, coge las cartas que hay sobre la mesa del vestíbulo: dos facturas y una invitación a un baile.
Ya en su alcoba se desviste y se queda un rato sentado, contemplando miserablemente su imagen en el espejo. Después se mete en la cama. No osa apagar la luz, porque sabe que si lo hace, la habitación empezará a dar vueltas; tiene que concentrarse y pensar en Imogen hasta que se le pase la borrachera.
La película se vuelve más oscura. La habitación empieza a bambolearse y luego se queda quieta. Ahora casi no se ve nada. La orquesta toca, bajito, los primeros compases de «Everybody loves my baby». Está todo muy oscuro.
Primer plano: la heroína.
Primer plano: el héroe dormido.
Fundido en negro.
8:30 DE LA MAÑANA SIGUIENTE
El héroe sigue durmiendo. La luz eléctrica todavía encendida.
Entra una sirvienta de aspecto desagradable, apaga la luz y sube la persiana.
Adam despierta.
—Buenos días, Parsons.
—Buenos días, señor.
—¿Está libre el cuarto de baño?
—Creo que la señorita Jane acaba de ir para allá ahora mismo.
Recoge del suelo la ropa que Adam dejó tirada la víspera.
Adam, todavía en la cama, medita sobre el dilema de saltarse el baño o no encontrar sitio cuando llegue al estudio.
La señorita Jane bañándose.
Adam decidiendo si se levanta.
Muy cansado, pero sin ganas de seguir durmiendo, Adam se viste y luego baja a desayunar.
—No puede ser la alta sociedad, Gladys. Mira, no comen pomelo.
—Y además la casa es muy pequeña.
—Y no hay mayordomo.
—Ahí está la madre, pobrecita. Al final conseguirá enderezarlo, ya lo verás.
—Pues qué quieres que te diga, a mí ese vestido no me parece nada elegante.
—Oye, si no es cómica ni salen asesinatos y tampoco es la alta sociedad, entonces ¿de qué va?
—A lo mejor todavía matan a alguien.
—Pues yo a esto lo llamo una peli floja, ya ves lo que te digo.
—Mira, mira, en la tarjeta dice que una condesa le invita a un baile.
—No entiendo esta película.
La invitación de la condesa.
—No sé, Ada, ni siquiera lleva la típica corona.
La madre pobrecita sirve té y le comenta que el Times trae la noticia de la muerte de un amigo; cuando Adam ha bebido un poco de té y comido algo de arenque, ella le mete prisa para que se vaya.
Adam va hasta la esquina de la calle, sube a un autobús. Entonces se aprecia que ésa es la zona de Regent’s Park.
EN PLENO «QUARTIER LATIN» LONDINENSE
LA ACADEMIA DE ARTE MALTBY.
Los productores no han escatimado recursos para conseguir el ambiente perfecto. Cuando Adam llega, el estudio de la parte de arriba ya está lleno de jóvenes alumnos. Aún no se han puesto a trabajar, pero se palpa el trajín de los preparativos. Una chica que lleva puesto un guardapolvo —más que pintora, parece una corista— se está poniendo perdida limpiando su paleta; cerca de allí hay otra montando un caballete; una tercera chica afila un lápiz; una cuarta fuma un cigarrillo en una boquilla larga. Un joven, también con guardapolvo, sostiene un dibujo con el brazo estirado y lo elogia observándolo con la cabeza ligeramente ladeada; otro joven —éste de cabellos desgreñados— discrepa del anterior. Luciendo una raída bata de seda, el señor Maltby padre, todo un personaje, le está diciendo a una llorosa alumna que si se salta otra clase de composición, tendrá que dejar la academia. En éstas la secretaria, la señorita Philbrick, interrumpe la discusión entre los dos jóvenes para recordarles que ambos tienen pendiente el pago de la mensualidad. La chica que estaba montando el caballete quiere que alguien le preste un poco de «fijador», y la fumadora en boquilla acude al rescate. El señor Maltby se queja de que el carboncillo que hacen ahora tiene una textura arenosa. Esto es el Barrio Latino, ¿no?
También el «plató» ha sido planeado con toda minuciosidad. En las paredes hay cacerolas, cazos y cuadros —estos últimos, en su mayoría, desnudos de generosas carnes que el señor Maltby hijo no ha sido capaz de vender—. Al fondo, sobre la tarima, cuelga un esqueleto muy marrón:
—Oye, Gladys, ¿tú crees que veremos a las modelos?
—Córcholis, Ada, mira que eres.
Aparece Adam, se dirige al tablón para consultar el croquis con la colocación de los caballetes; la chica que acaba de prestar el «fijador» se le acerca, fumando todavía.
—A MI LADO HAY UN SITIO VACÍO, DOURE. PUEDES PONERTE ALLÍ.
Primer plano de la chica.
—Está enamorada de él.
Primer plano de Adam.
—Pero él no lo está de ella, ¿verdad que no, Ada?
El sitio que señala la chica resulta ser excelente. Está en la segunda fila; el otro que queda libre, sin contar la primerísima fila y la del fondo, está cerca de la estufa, un poco apartado.
—NO ES POR NADA… PERO CREO QUE DESDE TU SITIO LA LUZ NO ES MUY BUENA. HAY MUY POCAS SOMBRAS, ¿NO TE PARECE?
La chica no se desanima fácilmente; enciende otro pitillo.
—ANOCHE TE VI EN EL COCKATRICE…, PERO TÚ A MÍ NO ME VISTE.
—¿EL COCKATRICE?… ANOCHE… AH, SÍ… ¡QUÉ PENA!
—¿QUIÉNES ERAN TODOS ESOS QUE ESTABAN CONTIGO?
—OH, PUES NADIE, GENTE, QUÉ SÉ YO.
Hace ademán de alejarse.
—¿Y ESA CHICA CON LA QUE BAILABAS TODO EL RATO… UNA MUY GUAPA, RUBIA, QUE IBA DE NEGRO?
—OH, ¿NO LA CONOCES? YA TE LA PRESENTARÉ ALGÚN DÍA… OYE, LO SIENTO EN EL ALMA, PERO TENGO QUE BAJAR A PEDIRLE PAPEL A LA SEÑORITA PHILBRICK.
—SI QUIERES YO TE PRESTO.
Pero él se marcha.
Ada dice:
—En esta película hablan demasiado, ¿no, Gladys?
Y entonces se oye la voz con acento de Cambridge diciendo algo sobre la «supresión del subtítulo».
INFELIZ DE LA VIDA
Entra una joven encogida dentro de una bata. La precede el señor Maltby hijo.
—La modelo… córcholis… oye.
Está un poco acatarrada y se suena con un pañuelo hecho una pelota; sube a la tarima y toma asiento sin ninguna gracia. El señor Maltby hijo saluda con un gesto de cabeza a los alumnos que le están mirando; la chica que antes hablaba con Adam le está mirando; el joven Maltby sonríe.
—Está enamorada de él.
La chica responde con una sonrisa afectuosa.
El señor Maltby hijo agita la estufa, abre un poquito el tragaluz y se vuelve hacia la modelo, que se despoja de su bata y la deja sobre el respaldo de la silla.
—Esto es la monda, Ada. ¡Caray!
—Lo que hay que ver.
El joven de Cambridge continúa hablando resueltamente de Matisse como si estas cosas no le vinieran de nuevo. De hecho, está muy intrigado.
La modelo deja ver un cuerpo de un rosa mate con las piernas más bien cortas y los codos enrojecidos: como otras tantas modelos profesionales, tiene juanetes en los pies, por lo demás deformes. El señor Maltby hijo la hace sentar en una pose típica de academia de arte. Los alumnos se ponen a trabajar.
Adam regresa con varias hojas de papel y procede a colocarlas sobre su tablilla. Luego se queda allí de pie, mirando desafiante a la modelo, sin dibujar una sola línea.
—Está enamorado de ella.
(Pero, por una vez, Ada yerra).
… Y luego empieza a hacer un bosquejo de la pose.
Trabaja durante unos cinco o seis minutos, durante los cuales el calor que genera la estufa se hace cada vez más insufrible. El señor Maltby padre, exhalando humo, se le acerca por detrás.
—¿Lo ha situado ya? ¿Cuál es el centro? ¿Dónde va a quedar el pie? ¿Y la parte superior de la cabeza?
Adam no lo ha situado, de modo que lo borra todo y empieza otra vez.
En éstas el señor Maltby hijo y la chica que estaba enamorada de Adam escenifican un animado coqueteo. Él se inclina para indicarle algunos errores que ha cometido; apoya una mano en el hombro de ella; la chica lleva un jersey de cuello abierto; el pulgar de él le acaricia el cuello suavemente; ella se estremece de placer. Él le coge el carboncillo y empieza a dibujar en una esquina del papel; los cabellos de la chica le rozan la mejilla; ninguno de los dos hace el menor caso de lo que él está dibujando.
—Esos bohemios no se andan con chiquitas, ¿eh, Gladys?
En media hora Adam ha borrado tres veces su dibujo. Cuando parece que empieza a interesarse por alguna combinación de formas y volúmenes, la modelo se lleva la pelota de pañuelo a la nariz y, después de sorber un par de veces, retoma su pose, pero no exactamente. La estufa de antracita está al rojo vivo; Adam trabaja otra media hora.
LA PAUSA DE LAS ONCE
La mayoría de las chicas se pone a fumar; los hombres, cuyo contingente ha crecido gracias a los rezagados que han ido llegando, empiezan a congregarse lejos de ellas en un rincón. Uno se ha puesto a leer The Studio. Adam enciende una pipa y, retrocediendo varios pasos, examina su dibujo con aversión.
Primer plano: el dibujo de Adam. En realidad no está nada mal. No sólo eso: es con mucho el mejor de la sala. Hay uno que será mejor que el suyo dentro de unos días, pero ahora mismo se reduce a unas cuantas medidas y figuras geométricas. Su autor no se ha dado cuenta de que la modelo está descansando; se ha puesto a calcular la sección medial de su estatura en una esquina del papel de dibujo.
Adam sale al rellano, donde encuentra a un grupo de mujeres del estudio que hay abajo; comen bollos directamente de la bolsa. Vuelve al estudio.
La chica que ha recibido consejos del señor Maltby hijo se acerca a Adam y contempla su dibujo.
—Muy de lunes por la mañana…
Es exactamente lo que el señor Maltby hijo le ha dicho del suyo propio.
La modelo se coloca de nuevo, pero la pose es ligeramente distinta. Los alumnos guardan bolsas, vacían pipas; el que parece prometedor está calculando ahora el área de un rectángulo.
Cambio de escena a
LA RESIDENCIA LONDINENSE DEL SEÑOR CHARLES Y LADY ROSEMARY QUEST EN EL 158 DE PONT STREET.
Se ve un interior, en el que por fin los productores han hecho un intento de satisfacer las expectativas sociales de Gladys y Ada. Cierto que hay muy poco mármol y brillan por su ausencia los lacayos con peluca y bombachos, pero eso no obsta para que los techos altos y el mobiliario Luis XVI aporten un indudable aire de grandeza, y además sí hay un lacayo. El joven de Cambridge valora la casa en unas seis mil libras anuales; su estimación, si bien un tanto exagerada, es bastante razonable. De fondo puede verse la colección de Limoges de lady Rosemary.
Imogen Quest está arriba en su habitación, telefoneando.
—Qué preciosidad de kimono, Ada.
La señorita Philbrick entra en el estudio de arriba, donde Adam está empezando por fin a interesarse un poco por su dibujo.
—LA SEÑORITA QUEST QUIERE HABLAR CON USTED POR TELÉFONO, SEÑOR DOURE. Le he dicho que iba contra las normas que los alumnos utilicen el teléfono fuera de la hora del almuerzo —(en la academia de arte existe una patética fantasía, incansablemente propiciada por el señor Maltby padre y la señorita Philbrick, consistente en fingir que en alguna parte hay un reglamento que todos deben observar)—, pero dice ella que es muy importante. Le rogaría que pidiese a sus amistades que no le llamen por la mañana, señor Doure.
Adam deja el carboncillo y la sigue hasta la oficina.
Sobre el teléfono está la nota escrita por la pobre señorita Philbrick con el tipo de letra que aprendió en unas clases nocturnas en Southampton Row:
«Los alumnos tienen prohibido hacer uso del teléfono durante las horas de trabajo».
—Buenos días, Imogen.
—Sí, más o menos… pero estoy agotado.
—No puedo, Imogen. Para empezar no tengo dinero.
—Ya, tú tampoco te lo puedes permitir. En fin, hoy ceno con lady Rosemary. ¿Podrás decírmelo entonces?
—Por qué no.
—¿Allí quién vive?
—¿No será ese horrible Basil Hay?
—Pues quizá sí.
—En Oxford me lo encontraba a veces.
—BUENO, SI CREES QUE PODRÁS PAGAR, IRÉ A ALMORZAR CONTIGO.
—¿Y POR QUÉ ALLÍ? ¡SI ES CARÍSIMO!
—STEAK TARTARE; ¿Y ESO QUÉ ES?
Dice la voz de Cambridge: «La carne bastante cruda, con aceitunas y alcaparras y vinagre y demás».
—Te vas a convertir en una mujer lobo, querida.
—A mí me encantaría.
—Ya ves, creo que me estoy volviendo un poco morboso.
—Sobre la una. Por favor, no llegues muy tarde; sólo dispongo de tres cuartos de hora.
—Adiós, Imogen.
La señorita Philbrick capta buena parte de la conversación prohibida.
Adam regresa a la sala y dibuja unos cuantos trazos gruesos y sin la menor sensibilidad.
Luego los borra, pero queda un vestigio de líneas en los poros del papel. Adam rasga el dibujo; el señor Maltby padre le reprende; el señor Maltby hijo está explicando la construcción del pie y no levanta la vista.
Adam intenta hacer otro dibujo.
Primer plano del dibujo de Adam.
—Está pensando en ella. —¡La infalible Ada!
—Estas películas serían mucho más convincentes sólo con que contrataran a dibujantes buenos para que hicieran los dibujos del protagonista, ¿no te parece? ¡Bravo por la culta y refinada burguesía!
LAS DOCE EN PUNTO
Se repiten las excursiones de una hora antes.
El alumno prometedor está calculando la proporción entre dos cubos. La chica que estaba aprendiendo la construcción del pie se acerca a él y mira por encima de su hombro; el alumno prometedor se lleva un susto de muerte y pierde la cuenta.
Adam coge su sombrero y su bastón y sale.
Adam a bordo de un autobús.
Adam en la National Gallery estudiando a Poussin.
Primer plano de Adam con cara de estudiar a Poussin.
—Está pensando en ella.
El reloj de St. Martin-in-the-Fields da la una. Adam sale de la National Gallery.
LA UNA Y DIEZ. EN EL COMEDOR DEL RESTAURANT DE LA TOUR DE FORCE
Entra Adam, echa un vistazo y, como ya se temía, comprueba que Imogen no ha llegado aún. Se sienta a una mesa para dos y espera.
Aunque no está exactamente en el Soho, el Tour de Force tiene ni más ni menos ese aire medio cosmopolita, medio teatral, que Ada resumiría en la palabra «bohemio». Las mesas están bien espaciadas y los vinos son excelentes, pero extremadamente caros.
Adam pide un jerez y aguarda, pendiente de la puerta por la que ha de entrar Imogen y, a la vez, de un abogado maduro y de mucho renombre que, en la mesa de al lado, trata de entretener a una bellísima joven de dieciocho años que se muere de aburrimiento.
LAS DOS MENOS CUARTO
Entra Imogen.
La gente de las otras mesas dice: «Mira, ahí está Imogen Quest. No entiendo qué le ve la gente, ¿y tú?», o bien: «¿Quién será ésa? Atractiva, ¿verdad?».
—Oh, cielos. Llego tardísimo. Perdona. He ido de compras con lady R. y ha sido de lo más espantoso.
Se sienta a la mesa.
—No tienes que volver corriendo a la academia, ¿verdad? Mira, es que no voy a poder verte nunca más. Ha ocurrido una cosa horrible… Llama al camarero, Adam. Estoy hambrienta. Yo comeré steak tartare, y no voy a tomar nada de beber.
Adam pide.
—LADY R. DICE QUE TE VEO DEMASIADO A MENUDO. HORRIBLE, ¿NO?
Gladys se siente cómoda por fin. La película queda encasillada: padres ricachos desbaratan romance entre jóvenes.
Imogen desecha un carrito de hors d’oeuvre con un gesto de la mano.
—Hemos tenido una escena. Esta mañana entra en mi cuarto cuando yo aún estaba en la cama y empieza a preguntarme por anoche. Está visto que me oyó llegar. Y, oh, Adam, no te cuento las cosas desagradables que ha dicho de ti. Cielo santo, qué almuerzo tan raro… Has pedido justo las cosas que más detesto.
Adam toma sopa.
—ES POR ESO POR LO QUE ESTA MISMA TARDE ME MANDAN A THATCH. Y lady R. va a hablar muy seriamente contigo esta noche. Se ha quitado de encima a Mary y a Andrew para poder estar a solas contigo. Pero ¿cómo piensas que voy a comerme todo esto, Adam? Y no has pedido nada de beber para ti.
Adam come una tortilla a la francesa a palo seco. Imogen desmigaja pan y le habla.
—Pero, cielo, no digas nada en contra de Basil porque yo lo encuentro divino, y además tiene una madre de lo más adorable y de lo más vulgar: a ti te encantaría.
Llega el steak tartare en carrito de ruedas.
Primer plano; una fuente con carne pulverizada y sangrante: manos derramando condimentos sin mesura.
—Sabes una cosa, Adam, creo que al final no voy a tomar esto. Me recuerda tanto a Henry…
LAS DOS Y MEDIA
Adam ha terminado de comer.
—ASÍ QUE YA VES, QUERIDO, NO PODREMOS QUEDAR NUNCA MÁS… BUENO, QUIERO DECIR COMO DIOS MANDA. Qué típico de Lady R., ¿no te parece?
Imogen alarga el brazo por encima de la mesa y toca la mano de Adam.
Primer plano: la mano de Adam con una sortija de sello en el meñique y una manchita de pintura en la yema del pulgar. La mano de Imogen (muy blanca, manicura perfecta) se desplaza por la pantalla y la toca.
Gladys deja escapar un leve sollozo.
—NO TE IMPORTA MUCHÍSIMO, ¿EH, ADAM?
A Adam sí le importa, y más de lo que ella piensa. Ha comido suficiente como para haberse puesto sentimental.
El Restaurant de la Tour de Force está casi vacío. El abogado de renombre ha seguido su obstinado camino; los camareros rondan inquietos por allí.
Imogen paga la cuenta; se levantan de la mesa.
—Adam, tienes que venir a Easton a despedirme. No podemos separarnos así… para siempre. Hodges me espera allí con el equipaje.
Suben a un taxi.
Imogen apoya la mano en la de él y viajan en silencio durante unos minutos.
Al cabo, Adam se inclina hacia ella; se besan.
Primer plano: Adam e Imogen besándose. Hay una lágrima (que halla un adecuado eco en Ada y Gladys, ambas sollozando ahora sin remedio) en el ojo de Adam; la presión deja los labios de Imogen embriagadoramente expuestos.
—Igual que la Venus de Bronzino.
—TÚ NUNCA TE LO HAS TOMADO EN SERIO, ¿VERDAD, IMOGEN? DE LO CONTRARIO, NO TE MARCHARÍAS ASÍ. IMOGEN, DIME, ¿TE IMPORTABA LO NUESTRO?
—¿ACASO NO HE DEMOSTRADO MUCHAS VECES QUE SÍ? Ay, Adam, no sé por qué tienes que hacer siempre preguntas tan tediosas. ¿No comprendes que es imposible? Nos quedan sólo cinco minutos para llegar a Euston.
Se besan de nuevo.
Adam dice:
—Condenada lady R.
Llegan a Euston.
Hodges los está esperando. Ella se ha ocupado del equipaje; se ha ocupado de los billetes; ha comprado incluso unas revistas; no hay otra cosa que hacer.
Adam está al lado de Imogen esperando a que el tren se ponga en marcha; ella mira un semanario.
—Fíjate en esta foto de Sybil. Qué raro, ¿verdad? Me pregunto cuándo se la hicieron.
El tren está a punto de arrancar. Imogen sube al vagón y estira la mano.
—Adiós, cariño. Vendrás al baile que organiza mamá en junio, ¿eh? Lo pasaré muy mal si no vienes. Quizá nos veamos antes. Adiós.
El tren sale de la estación.
Primer plano: Imogen en el vagón examinando la extraña fotografía de Sybil.
Adam en el andén viendo cómo se aleja el convoy.
Fundido.
—Bueno, Ada, ¿a ti qué te ha parecido?
—Bien.
—Es curioso que nunca consigan hacer hablar a los héroes y las heroínas como damas y caballeros… especialmente en momentos de mucha emoción.
UN CUARTO DE HORA MÁS TARDE
Adam sigue en Euston, mirando distraídamente un quiosco. Los folletos que tiene delante aparecen ahora in la pantalla.
Academia Maltby. La estufa de antracita, la modelo, la estudiante enamorada («la vampi»), el alumno matemático, su dibujo.
Cena en casa. Su padre, su madre, Parsons, su hermana con su granujienta cara de tonta y sus estúpidos celos de lo que Imogen ha dicho, hecho o llevaba puesto.
Cena en Pont Street, tête-à-tête con lady Rosemary.
Cena a solas en un restaurante muy barato de Soho. Y siempre, al final, la Soledad y pensar en Imogen.
Primer plano: Adam viendo cómo la desesperación se torna poco a poco en determinación.
Adam en un autobús camino de Hanover Gate.
Va andando hasta su casa.
Parsons. Parsons abre la puerta. La señora Doure no está; la señorita Jane no está; no, Adam no quiere té.
La habitación de Adam. Es bastante bonita, en lo más alto del edificio, con vistas a los árboles. Desde aquí, cuando hay luna llena, se oyen los animales en el parque zoológico. Adam entra y cierra con llave.
Gladys está ya allí.
—Se va a suicidar, Ada.
—Sí, pero ella llegará a tiempo de impedirlo, me juego algo.
—No estés tan segura. Piensa que es una película muy rara.
Adam va hasta el buró y saca de un casillero un frasco de color azul.
—¿Qué te decía yo? Veneno.
—Hay que ver lo fácil que resulta en el cine tener a mano los instrumentos para la muerte…
Deja el frasco y, sacando una hoja de papel, escribe.
—El último mensaje para ella. Así le da tiempo a que venga a salvarlo. Ya verás.
«AVE IMPERATRIX IMMORTALIS, MORITURUS TE SALUTANT».
Exquisitamente escrito.
Dobla el papel, lo mete en un sobre, escribe la dirección.
Se detiene, dudando.
Aparece una visión:
La puerta del cuarto de Adam. La señora Doure, vestida para la cena, se acerca y llama con los nudillos; lo intenta varias veces, y finalmente llama a su marido. El profesor Doure prueba de abrir, sacude la puerta. Acuden Parsons y Jane. Al cabo de un rato consiguen abrir la puerta; mientras el profesor Doure forcejeaba con ella, la agitación de la señora Doure ha ido en aumento. Jane hace vanos intentos de calmarla. Finalmente irrumpen todos en la habitación. Se ve a Adam tendido en el suelo, muerto. Escena de inenarrable vulgaridad, con mucha lágrima, histeria general, el teléfono, la policía. Fundido.
Primer plano. Adam con un semblante de indignación.
Otra visión:
Un poblado en África a un paso de la selva; de una de las chozas de paja sale un hombre desnudo y moribundo, seguido de sus dolientes esposas. El hombre se arrastra a duras penas en la selva para morir en soledad.
—Ay, señor, Gladys. La moraleja.
Otra visión:
Roma en tiempos de Petronio; un joven patricio reclinado en medio de sus invitados. Los productores no han escatimado esfuerzos para recrear un ambiente de lujo y suntuosidad. El salón, como si fuese fruto de la febril imaginación de Alma Tadema, es todo de mármol y está generosamente iluminado por cristianos en llamas. Entran jóvenes esclavos bárbaros desde derecha e izquierda, portando fuentes con pavo asado. En el centro de la estancia una joven esclava baila con un puma. Salen varios invitados camino del vomitorio. Lechales cocidos en miel y rellenos de trufas y lengua de ruiseñor siguen al pavo. Inflamado de súbita pasión, el puma salta sobre la bailarina y la tira al suelo; se pone encima de ella y planta una pezuña sobre sus senos, que dejan escapar un hilillo de sangre. La muchacha yace inmóvil sobre el mármol de Alma Tadema, con la mirada fija en el anfitrión, suplicando por su vida. Pero él está toqueteando a uno de los sirvientes y no repara en ella. Más invitados camino del vomitorio. El puma devora a la chica. Al final, cuando el banquete está en su apogeo, los esclavos traen un lavamanos de mármol verde y lo llenan de humeante agua perfumada. El anfitrión sumerge una mano, y una mujer negra, que durante todo el festín ha estado agachada cual ángel de la muerte al lado del diván, extrae un cuchillo de su taparrabos y se lo clava a él en la cintura. El agua se torna roja en el mármol verde. Los invitados se levantan para marcharse y el anfitrión, con grave cortesía, aunque sin levantarse del diván, se despide de cada uno de ellos. Pronto queda a solas. Los esclavos se apiñan en los rincones, hombro desnudo con hombro desnudo. Movida por un deseo salvaje, la negra empieza a besar y a mordisquear el brazo inerte. Él, lánguidamente, le indica que se aparte. Los mártires van perdiendo llama y, al final, apenas si queda un fulgor en el gran salón. El olor a comida escapa hacia la terraza y se pierde en el aire de la noche. En la tiniebla se adivina al puma lamiéndose las garras.
Adam enciende una pipa y da unos golpecitos nerviosos en la mesa con el canto del sobre. Luego se guarda el frasquito en el bolsillo y va abrir la puerta.
Da media vuelta, camina hasta la estantería de los libros y se pone a buscar. La librería de Adam; para un hombre de su edad y sus recursos, es más que respetable. La mayoría de los libros tiene alguna rareza y muchos de ellos están suntuosamente encuadernados; hay también libros antiguos de valor considerable que su padre le da de vez en cuando.
Hace una pila en el suelo con los mejores.
LA LIBRERÍA DEL SEÑOR MACASSOR
La librería del señor Macassor tiene un aire parecido al de la biblioteca privada de un antiguo y nada metódico erudito. Libros por todas partes: en las paredes, el suelo, los muebles, como dejados allí a causa de alguna interrupción y olvidados a renglón seguido. Primeras ediciones y antiquísimos libros ilustrados yacen ocultos entre sermones y almanaques para que los encuentre el bibliófilo aventurero. El señor Macassor esconde sus tesoros con escrupulosidad.
Un hombre mayor investiga una pila de tomos polvorientos mientras el señor Macassor, doblado con ansia sobre la mesa, está absorto en un tratado de alquimia. De repente, la espalda del aventurero se yergue; ha hallado la recompensa a sus esfuerzos y ahora emerge a la luz exhibiendo un ejemplar manoseado, pero indudablemente auténtico, de la primera edición de «Hidriotafia». Le pregunta el precio al librero. El señor Macassor se ajusta las gafas, sacude una brizna de rapé de su chaleco y, llevando el libro hasta la puerta, lo examina como si fuera la primera vez.
—Ah, sí, una obra deliciosa. Desde luego, sí, maravilloso estilo. —Va pasando páginas con gesto afectuoso—. Las grandes estaciones de los muertos. —Qué noble frase. Mira la cubierta, le pasa la manga por encima—. Había olvidado que tenía este ejemplar. Perteneció a Horace Walpole, pero algún granuja ha robado el ex libris. Claro que sólo era el de Oxford, ya sabe, el heráldico. Bueno, bueno, caballero, puesto que lo ha encontrado usted, supongo que tiene derecho a reclamarlo. Pongamos cinco guineas. Y no se imagina lo mal que me sabe perderlo de vista.
El comprador es un hombre con criterio. De haber visto aquel mismo libro descrito sin rodeos en un catálogo, no habría pagado ni la mitad en su estado actual, pero, más incluso que las leyendas de Strawberry Hill, la excitación de la búsqueda y el orgullo del hallazgo han trastocado su sentido del valor. No se puede regatear con el señor Macassor como si fuera un simple comerciante de Charing Cross Road. El comprador paga y se marcha tan contento. Es así como el hijo del señor Macassor, que vive en Magdalen, puede mantener sus habitaciones llenas de flores y, cuando es temporada, salir de caza dos días a la semana.
Entra Adam cargado de libros recién apeado de un taxi. El señor Macassor le ofrece rapé de una vieja cajita de carey.
—ES MUY TRISTE TENER QUE VENDER LIBROS, SEÑOR DOURE.
Recuerdo como si fuera ayer cuando entró el señor Stevenson para venderme los suyos, y ¿puede usted creer, señor Doure, que cuando llegó el momento, después de habernos puesto de acuerdo sobre la venta, el hombre se hizo atrás y decidió llevárselos todos otra vez? Un gran amante de los libros, el señor Stevenson.
Se ajusta las gafas y empieza a examinar los tomos, como si los acariciara, pero fijándose con glotonería, cual amante morboso, en cada una de sus imperfecciones.
—Bien, ¿y cuánto quiere usted por ellos?
Adam se arriesga:
—Diecisiete libras.
El señor Macassor menea la cabeza.
Cinco minutos más tarde, Adam sube al taxi con diez libras en el bolsillo.
ESTACIÓN DE PADDINGTON
Adam en el tren camino de Oxford; está fumando, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo.
—Ahora está pensando en ella.
OXFORD
«Know you her secret none can utter; hers of the book, the triple crown?» Subtítulo mostrando Libro y Triple Corona; también Ox in ford.
Vista general de Oxford desde el tren: se ve el embalse, la fábrica de gas, parte de la prisión. Llueve.
La estación; dos estudiantes indios han perdido las maletas. Resistiendo la romántica llamada de varios coches de caballos (incluida la de un conductor tocado con un bombín de color gris), Adam monta en un taxi Ford. Queen Street, Carfax, la calle mayor y, a lo lejos, Radcliffe Camera.
—Mira, Ada, la catedral de San Pablo.
King Edward Street. El taxi se detiene y Adam baja.
LOS APOSENTOS DE LORD BASINGTOKE.
KING EDWARD STREET
Interior de los aposentos de lord Basingstoke. Sobre la repisa de la chimenea hay fotografías de la madre de lord Basingstoke y de dos amigos de éste, con aquella sonrisa peculiarmente serena e idiota que sólo se da durante el último curso en Eton, y encima únicamente en foto. Morrocotudos pisapapeles de cristal y tarjetas de invitación.
En las paredes hay grandes caricaturas a color de Basil Hay que él mismo dibujó en Eton, un grabado de comienzos del siglo XIX de la casa de lord Basingstoke, dos dibujos inacabados de Ernest Vaughan con el rapto de las Sabinas y una pintura sobre lana de dos perros y un gato.
Contrariamente a lo que cabía esperar, lord Basingstoke no está bebiendo, ni jugando, ni peleándose con sus botas de montar, sino enfrascado en la redacción de un trabajo de repaso para su tutor.
El trabajo de lord Basingstoke, escrito con su agradable e infantil caligrafía.
«BRADLAUGH CONTRA GOSSETT. UN CASO CÉLEBRE QUE SENTÓ JURISPRUDENCIA Y ESTABLECIÓ FINALMENTE QUE LA LEY MARSHAL ES DESCONOCIDA EN INGLATERRA».
Tacha «marshal» y pone «marcial»; luego mordisquea el lapicero con aire tristón.
—Adam, qué alegría; no sabía que estuvieras en Oxford.
Charlan un ratito.
—¿PODEMOS CENAR JUNTOS HOY, RICHARD? HAZME ESE FAVOR. ESTOY EN UN CALLEJÓN SIN SALIDA.
Richard mira compungido su trabajo y niega con la cabeza.
—Me es del todo imposible. He de tener esto acabado antes de mañana. Y encima lo más probable es que me expulsen. Adam regresa al taxi.
LOS APOSENTOS DEL SEÑOR SAYLE EN MERTON.
Flores, grabados «Medici» y ediciones de Nonesuch Press. El señor Sayle le ha puesto «L’après-midi d’un faune» en el gramófono a una tía suya norteamericana. No puede cenar con Adam.
APOSENTOS DEL SEÑOR HENRY QUEST EN LA PARTE MÁS FEA DE MAGDALEN.
Pocos cambios en el mobiliario proporcionado por el college salvo el añadido de unos cojines bastante repulsivos. Hay fotografías de Imogen, lady Rosemary y el hijo del señor Macassor ganando la carrera de obstáculos. El señor Henry Quest acaba de servir té a dos estudiantes de primero; es secretario de la Unión de Estudiantes. Su rostro, distorsionado por la cámara, parece casi negro; de hecho, forma una patriótica combinación con su corbata Bullingdon; tiene un bigote rubio.
Adam entra y le invita a cenar. Henry Quest no aprueba las amistades de su hermana; Adam no soporta al hermano de Imogen; son siempre escrupulosamente educados el uno con el otro.
—LO SIENTO MUCHO, ADAM, ESTA NOCHE TENEMOS UNA REUNIÓN DEL CHATHAM. LÁSTIMA, ME HABRÍA ENCANTADO CENAR CONTIGO. Quédate y fumamos un cigarrillo, ¿quieres? ¿Conoces a los señores Trehearne y Bickerton-Gibbs?
Adam no puede quedarse; tiene un taxi esperando.
Henry Quest se disculpa ante los señores Trehearne y Bickerton-Gibbs por la intrusión.
APOSENTOS DEL SEÑOR EGERTON-VERSCHOYLE EN PECKWATER
El señor Egerton-Verschoyle ha tenido invitados a almorzar. Adam lo sacude un poco con el pie; él otro se vuelve y dice:
—Queda una botella en el aparador… El sacacorchos está detrás de esa cosa, ya sabes…
Lo que añade no tiene ya ninguna coherencia.
APOSENTOS DEL SEÑOR FURNESS EN LA SIGUIENTE ESCALERA
Todo está vacío y a oscuras. El señor Furness ha sido expulsado.
APOSENTOS DEL SEÑOR SWITHIN LANG EN BEAUMONT STREET
Mobiliario de color blanco y verde. Acuarelas pintadas por el señor Lang: Wembley, Mentone y Thatch. Porcelana de valor y un gran número de revistas. Una licorera de Cointreau —historiada y con vidrio de color— sobre la repisa de la chimenea y unas cuantas copas con borde dorado. Restos de té esparcidos por la habitación; humo de cigarrillo flotando estancado en el aire.
Swithin, vestido completamente de gris, está leyendo el Tatler. Entra Adam; saludos efusivos.
—Adam, fíjate en esta foto de Sybil Anderson. Graciosa, ¿verdad?
Adam ya la ha visto.
Se sientan y conversan un rato.
—Swithin, tendrías que venir a cenar conmigo esta noche… Hazme ese favor.
—Oh, Adam, no va a ser posible. Gabriel da una fiesta en Balliol. ¿Tú no vas a ir? Ah, claro, si no le conoces, ¿verdad? Vino el último trimestre. Es un encanto… y además riquísimo. Y antes tengo invitados a cenar en Crown. Te diría que vinieras, pero, la verdad, dudo que te caigan bien. Una pena. ¿Qué tal mañana? Ven a cenar mañana a Thame.
Adam niega con la cabeza.
—Me temo que ya no estaré aquí.
Sale.
UNA HORA MÁS TARDE
Todavía solo, Adam camina por la calle mayor. Ha dejado de llover y las luces brillan en el asfalto mojado. La mano que tiene metida en el bolsillo juguetea con el frasco de veneno.
Aparece de nuevo la visión del poblado africano con las esposas dolientes.
El reloj de St. Mary da las siete.
De repente, Adam apresura el paso: acaba de tener una idea.
APOSENTOS DEL SEÑOR ERNEST VAUGHAN
Están en el patio interior delantero de uno de los colleges más feos y menos conocidos, a medio camino entre las letrinas y la capilla. La persiana ha quedado atascada a medio subir, de modo que durante el día reina una tiniebla como del averno, mientras que de noche la lámpara de Ernest ilumina todo el patio poniendo al descubierto interiores de indescriptible disipación. Una vez Swithin había dicho que los aposentos de Ernest, lo mismo que su ocupante, eran un pilar de nube por el día y un pilar de fuego por la noche. En las paredes no hay más decoración que un dibujo a medio terminar de sir Belcebú reclamando su ron; clavado ahí con chinchetas desde el trimestre anterior, empieza a vencerse por las esquinas y, con el aditamento de múltiples salpicaduras y el roce de los muchos hombros que se han apoyado en él, ha empezado a adquirir casi la misma pátina que las paredes. Dedicatorias y dibujos que van de la caricatura casi inspirada hasta el garabato obsceno o simplemente absurdo dan fe de las diversas fases de embriaguez.
La frase «¿Quién es ese Bach? No me suena de nada. E.V.» recorre la puerta del dormitorio en una franja irregular de tiza roja; «UT EXULTANT IN COITU, SIC RICARDUS» remata un hábil dibujo del bueno de Basingstoke.
Sobre el hogar se adivina una composición de gran tamaño del nacimiento de la reina Victoria. Botellas rotas, vasos sucios y galeradas sin corregir encima de la mesa; en la esquina de la repisa, una bonita licorera cuyo tapón roto ha sido sustituido por uno de corcho. Ernest está sentado en la rota butaca de mimbre remendando con inusitada destreza las plumas de unos dardos. Es un joven bajo y fornido con unos ojillos de mirada feroz y una frente bien moldeada. Su traje de tweed, manchado de licor y de pintura, conserva todavía cierta distinción que da fe de sus buenos orígenes. Muchas estudiantes, cuando hacen acto de presencia en las disertaciones, cosa poco habitual, suelen enamorarse de él.
«Bolxevique». Un error lógico, pero error al fin. Hasta su expulsión por impago de cuotas, Ernest era un destacado miembro del Canning.
Adam traspone la verja del college de Ernest; dos o tres jóvenes están mirando con aire ausente los tablones de anuncios. Al pasar Adam, se dan la vuelta y ponen mala cara.
—Otro amigo de Ernest…
Lo siguen con la mirada mientras cruza el patio y se dirige a los aposentos de Ernest Vaughan.
A Ernest le sorprende un tanto la vista de Adam, quien, a decir verdad, nunca ha mostrado por él un verdadero afecto. Sin embargo, Ernest sirve whisky.
MEDIA HORA MÁS TARDE
Ha empezado a llover otra vez. Están a punto de servir la cena en el college de Ernest, y el porche ofrece una miserable aglomeración de jóvenes togados mirando con aire ausente los tablones de anuncios. Aquí y allá, un deslumbrante traje con pantalón de golf proclama la generosidad del Rhodes Trust. Adam y Ernest se abren camino entre el nutrido grupo de hombres que murmuran como campesinos al paso de un nigromante.
—NO VALE LA PENA QUE ME LLEVES A NINGÚN CLUB, DOURE, ME HAN HECHO EL VACÍO EN TODOS ELLOS.
—Debí imaginarme que eso podía pasar… Incluso en Oxford.
UNA HORA MÁS TARDE, EN EL CROWN
Adam y Ernest están terminando de cenar; ambos muestran claros indicios de embriaguez.
El comedor del Crown guarda escaso parecido con el epicúreo sueño de Adam. Las paredes, patéticamente pintadas al fresco con vistas de Oxford, resuenan con el ajetreo de platos sucios. El grupito de Swithin acaba de marcharse, dejando la sala inconmensurablemente más silenciosa. Las tres féminas que hasta ahora han estado tocando selecciones de Gilbert y Sullivan en un rincón han terminado el trabajo y se ponen a cenar. Un universitario firma la cuenta con majestuoso ademán y se pone a discutir con el gerente. En una mesa próxima a la de Adam se han instalado tres jóvenes con la toga enrollada al cuello y han pedido cafés y tarta; hablan sobre las elecciones de la Unión de Estudiantes.
Adam pide más whiskies dobles.
Ernest insiste en enviar una botella de ginebra al grupito de la mesa de al lado. La botella es rechazada con cierto rencor, y pronto se levantan y se van.
Adam pide más whiskies dobles.
Ernest empieza a dibujar un retrato de Adam en el mantel.
Lo titula «Le vin triste», y, efectivamente, a lo largo de la cena Adam se ha ido entristeciendo cada vez más al tiempo que su compañero se ponía más contento. Bebe, y, con mecánico hastío, pide otra ronda.
Al final, tambaleantes, se levantan de la mesa.
De aquí en adelante la película se reduce a una serie de escenas fragmentarias intercaladas entre metros y metros de confusión.
—Otra vez no se entiende nada. ¿Tú crees que está hecho aposta, Ada?
Una taberna en los bajos fondos. Adam, recostado en el sofá, invita sucesivamente a cerveza a todo un ejército de desharrapados. Ernest está enfrascado en una discusión sobre el control de la natalidad con un pedigüeño a quien acaba de ganar a los dardos.
Otra taberna: Ernest, acosado por dos alcahuetes, defiende en voz alta la anormalidad de sus gustos. Adam mete la mano en el bolsillo, encuentra una botella de ginebra e intenta dársela a un hombre; la esposa se interpone; finalmente, la botella cae al suelo y se rompe.
Adam y Ernest en un taxi; van de un college a otro y no los admiten en ninguno.
Fundido.
La fiesta que ha organizado Gabriel en Balliol está teniendo un éxito clamoroso. Prima el decoro y, en general, la sobriedad. Hay botellas de champán y licoreras de whisky y coñac, pero la mayoría de los invitados opta por bailar. Otros charlan sentados. Las salas son amplias y están bien amuebladas; el efecto de conjunto es tan pintoresco como agradable. Hay pocas personas con disfraz: una reina Victoria, una sáfica y dos generales Gordon. Un actor de comedia musical que ha venido a pasar el fin de semana con Gabriel está junto al gramófono rebuscando entre los discos. Como corresponde a un invitado, se aburre soberanamente.
Henry Quest se ha escapado del Chatham y está hablando de compromisos diplomáticos mientras bebe whisky y mira a todo el mundo con gesto de desaprobación. De pie, lord Basingstoke le habla, pero interiormente sigue preocupado por la constitución de la Commonwealth de Australia. Swithin derrocha encanto con el invitado de honor. El señor Egerton-Verschoyle está sentado, con la cara muy blanca y no deja de quejarse del frío.
Entra el señor Sayle de Merton.
—GABRIEL, FÍJAJE A QUIÉN ACABO DE ENCONTRARME EN EL PATIO. ¿PUEDO HACERLE PASAR? —Tira del brazo de Adam, que se queda allí de pie mirando estúpidamente a su alrededor, con una botella rota de ginebra en la mano.
Alguien le sirve una copa de champán.
La fiesta continúa.
Se oye una voz que ruge: «ADAM» desde fuera de la ventana. De pronto aparece Ernest con aspecto de estar borracho perdido. Tiene el pelo revuelto, los ojos vidriosos, y el cuello y la cara colorados y grasientos. Se sienta, inmóvil, en una silla; alguien le pasa un trago; él lo coge mecánicamente, luego lo derrama sobre la alfombra y continúa mirando al frente.
—ADAM, ¿ESTE IMPRESENTABLE ES AMIGO TUYO? HAZ EL FAVOR DE LLEVÁRTELO DE AQUÍ. GABRIEL SE PONDRÁ FURIOSO.
—ES UN HOMBRE DE LO MÁS MARAVILLOSO, HENRY. LO QUE PASA ES QUE NO LE CONOCES. VEN Y HABLA CON ÉL.
Y, con inmenso disgusto, Henry se ve obligado a cruzar la habitación para que le presenten a Ernest. Al principio, Ernest parece no oír nada, pero luego sus ojos van subiendo hasta mirar fijamente a Henry; haciendo un esfuerzo más, consigue enfocar la cara.
—¿QUEST? ¿ALGO QUE VER CON LA MUJER DE ADAM?
Se avecina una escena. El actor de comedia musical piensa que eso es justo lo que haría falta para completar la melancolía de esa velada. Henry es todo un espectáculo de indignación y desdén.
—IMOGEN QUEST ES MI HERMANA, SI TE REFIERES A ESO. ¿QUIÉN DIABLOS ERES Y QUÉ PRETENDES HABLANDO DE ELLA EN ESE TONO?
Gabriel revolotea inútilmente en segundo plano. Richard Basingstoke se interpone con un cordial «Vamos, Henry, ¿no ves que este horrendo individuo está como una cuba?». Swithin le suplica a Adam que se lleve a Ernest. Todo el mundo está muy agitado.
Pero Ernest, a su manera, consigue ahorrarles a todos un mayor nerviosismo.
—¿SABÉIS QUÉ? ME PARECE QUE VOY A VOMITAR.
Y se dirige al patio, muy digno él, sin que nadie se lo impida. En el gramófono empieza a sonar «Everybody loves my baby». Fundido.
BAILE DE LA ASOCIACIÓN LIBERAL DE LA CIUDAD DE OXFORD EN EL AYUNTAMIENTO
La entrada cuesta 1 chelín y 6 peniques; las venden en la puerta.
Arriba hay una mesa con jarras de limonada, y los jóvenes liberales están bailando. Una de las camareras del Crown está sentada junto a la puerta abanicándose la cara con un pañuelo.
Ernest, todo sonrisas, recorre el perímetro interior de la sala ofreciendo plum cake a las parejas que están sentadas. Unos ríen y aceptan; otros ríen y dicen que no; otros, en fin, dicen que no con superlativa altivez.
Adam le observa recostado en la jamba de la puerta.
Primer plano: Adam tiene ahora la misma expresión de absoluta desdicha que la noche anterior, en el taxi.
LE VIN TRISTE
Ernest ha pedido a la camarera del Crown que baile con él. Su estilo no puede ser más torpe; todavía en las nubes de su contento, choca con varias parejas, pierde el equilibrio y, si no cae, es sólo gracias a su acompañante. Un maestro de ceremonias con traje de etiqueta pide a Adam que se lo lleve de allí.
Amplios escalones de piedra.
Hay varios automóviles estacionados frente al ayuntamiento. Ernest monta en el primero de ellos —un Ford decrépito— y pone en marcha el motor. Adam intenta impedirlo. Un agente de policía se aproxima. Hay un ronquido de engranajes y, finalmente, el coche arranca.
El policía hace sonar su silbato.
Cuando va por St. Aldates el auto choca contra el bordillo, se sube a la acera y se incrusta en un escaparate. Aparecen residentes de St. Aldates; se asoman cabezas a las ventanas; llegan agentes de policía. La multitud parece que quiere dirigirse hacia algo que está pasando.
Adam da media vuelta y echa a andar hacia Carfax.
El reloj de St. Mary da las doce.
Otra vez llueve.
Adam está solo.
MEDIA HORA MÁS TARDE. EN UN HOTEL
Adam tumbado de través y boca abajo en la cama, completamente vestido. Gira y se incorpora. De nuevo la visión del poblado africano; el salvaje ha conseguido arrastrarse casi hasta donde comienza la selva. Su espalda reluce al sol poniente tras este último esfuerzo. Se pone de pie y, con paso rápido e inseguro, alcanza los primeros arbustos; poco después, se pierde de vista.
Adam logra mantener el equilibrio a los pies de la cama y camina hasta el tocador; está allí un rato, inclinado, mirándose en el espejo.
Va hasta la ventana y contempla la lluvia.
Por último saca del bolsillo el frasco azul, lo destapa, lo huele y sin más preámbulos se bebe el contenido. El amargor le hace arrugar la cara. Se queda allí de pie durante un minuto y luego, movido por algún extraño instinto, apaga la luz y se acurruca bajo la colcha.
Al pie de una pequeña higuera de Bengala yace muy quieto el salvaje. Una mosca grande se detiene en su hombro; dos aves de rapiña están posadas en una rama, a la espera. El sol tropical empieza a ponerse, y, en el breve crepúsculo, numerosos animales dan comienzo a sus obscenas búsquedas. Oscurece rápidamente.
Una fotografía de su majestad el rey, en uniforme de la marina, resplandece en la noche.
DIOS SALVE AL REY
El cine se vacía en un instante.
El joven de Cambridge se marcha a tomar una pilsen a Odenino’s.
Ada y Gladys desfilan entre hileras de encargados con librea.
Por quincuagésima vez a lo largo de la noche, Gladys dice:
—Pues yo a eso lo llamo una película floja.
—Quién iba a pensar que ella no saldría otra vez.
Afuera hay toda una multitud esperando para ir hacia Earls Court. Ada y Gladys pelean virilmente a fin de asegurarse un sitio en la plataforma superior del autobús.
—¡Eh, tú! A ver si no empujamos. Mira por dónde pisas.
Cuando lleguen a casa, tomarán sin duda un tazón de chocolate antes de acostarse, y quizá un poco de pan con pasta de arenque. En conjunto ha sido una velada bastante decepcionante. Pero, como dice Ada, en esto de las películas o lo tomas o lo dejas.
La semana que viene puede que echen una de divertida.
Larry Semon o, a lo mejor, Buster Keaton…
Conclusión
I
El té se enfriaba sobre el aparador de la habitación y Adam Doure miraba fijo al vacío.
La lluvia del día anterior había dejado paso a un sol radiante que ahora iluminaba la pequeña habitación con sus rayos afables, pero inoportunos. El inquietante sonido de un arranque automático bregando infructuosamente con un motor frío se coló desde abajo por la ventana. Por lo demás, todo estaba en calma.
Pensaba: luego existía.
Entre el deprimente surtido de dolencias a que se enfrentaba y los borrosos recuerdos que quedaban atrás, esta proposición se impuso con devastadora insistencia. Cada una de sus percepciones sensoriales le aportaba pruebas renovadas de su existencia; estiró brazos y piernas totalmente vestido bajo el cubrecama y contempló el techo con atónita desesperación, mientras los recuerdos de la víspera —Ernest Vaughan con el cuello hinchado y la mirada ida, el bar cochambroso y las caras de ansia de los dos proxenetas, Henry colorado y virtuoso, dependientas con blusa de seda comiendo plum cake, el Ford destrozado contra la luna del escaparate— pugnaban por ocupar un lugar preferente en su conciencia poco a poco más despierta, hasta quedar establecidos en un orden cronológico bastante coherente; pero al final siempre estaba el frasco azul y aquel sentido de finalidad tan toscamente frustrado. Ahora mismo descansaba encima del tocador, desprovisto de todo su poder de indulto, mientras el té seguía enfriándose sobre el aparador.
Después de todo este caos de impresiones que, de manera dolorosa e imperfecta, había conseguido poner en orden, vio con absoluta claridad los minutos previos a haber apagado la luz. Vio la cara pálida y desconsolada que le había mirado desde el espejo; notó en la lengua el sabor salobre y amargo del veneno. Luego, a medida que la imagen del sabor se iba agrandando en el campo de su conciencia, como por efecto de haber echado abajo repentinamente alguna barrera intermedia, le sobrevino otro recuerdo que borró todos lo demás. Le vino a la memoria, como en una pesadilla, algo remoto y, sin embargo, infinitamente claro: el momento de despertar a oscuras con el frío de la muerte en el corazón. Se había levantado de la cama y había conseguido llegar a la ventana, quedando allí recostado no sabía cómo ni por cuánto tiempo, con el aire frío en la cara y el monótono golpeteo de la lluvia batiéndose contra el tamborileo de la sangre en sus sienes. Poco a poco, mientras estaba allí inmóvil, había notado que le acometía la náusea; valiéndose de toda su fuerza de voluntad, había logrado vencerla en un primer momento; había reaparecido; sus embriagados sentidos aflojaron toda resistencia y, abandonándose por completo a los impulsos de su cuerpo, había vomitado al patio de abajo.
Lenta e imperceptiblemente, el té se enfriaba sobre el aparador.
II
Siglos atrás, en su atemporal infancia, Ozymandias se había subido de un salto al armario de los juguetes, cansado del juego de Adam. Era un juego muy de ellos dos, que Adam había perfeccionado y que únicamente ponían en práctica las pocas veces en que lo dejaban a solas. Primero había que buscar a Ozymandias por todas las habitaciones y, cuando por fin daba con él, llevarlo al cuarto de los niños y encerrarlo allí. Él observaba durante unos minutos a Ozymandias yendo de un lado para otro de la habitación, inspeccionándola y expresando, con sólo la puntita del rabo, su inconmensurable desprecio hacia la civilización europea. Después, armado de espada, pistola, raqueta de badminton, o unos cuantos ladrillos como arma arrojadiza, y gritando como un sádico, Adam lo perseguía por toda la habitación, dando vueltas y más vueltas, sacándolo de un refugio para obligarlo a meterse en otro, hasta que, fuera de sí de pánico y rabia, se ponía en cuclillas a lo selvático con las orejas gachas y el pelo como un puercoespín. Llegado a este punto Adam se tomaba un respiro, y, al cabo de un rato, empezaba el juego ya totalmente en serio. La cosa consistía en hacer que Ozymandias volviera a sentirse contento consigo mismo y afectuoso. Adam se sentaba en el suelo a unos pasos de él y empezaba a llamarlo en susurros, seductoramente. Se tumbaba boca abajo con la cara tan cerca de Ozymandias como éste le permitiera y empezaba a soltarle peripatéticos elogios sobre su belleza y su gracia de movimientos; lo consolaba como haría una madre, evocando a algún ficticio torturador como chivo expiatorio, asegurándole que se sentía ya impotente para hacerle ningún daño; Adam lo protegería, Adam se ocuparía de que ese niño horrendo no se le acercara nunca más. Lentamente, las orejas de Ozymandias empezaban a erguirse de nuevo y sus ojos a cerrarse, y aquel delicioso ejercicio terminaba invariablemente en caricias de apasionada reconciliación.
Sin embargo, aquella tarde en concreto, Ozymandias se había negado a jugar y tan pronto Adam lo llevó al cuarto de los niños, se había instalado en inexpugnable fortaleza encima del armario de los juguetes. Allí estaba, sentado entre el polvo y los juguetes rotos, y Adam, frustrado en sus propósitos, se quedó abajo llamándolo melancólicamente. Pero, a sus siete años, no se dejaba desanimar con facilidad, y, al poco rato, ya estaba arrimando al armario la mesita del cuarto de los niños. Después puso encima la caja de los soldaditos y sobre ésta colocó una silla. Por más que la moviera, no había sitio encima de la caja para apoyar las cuatro patas, pero, contentándose con un equilibrio precario, Adam la acomodó sobre tres de las patas y se subió a ella. Cuando sus manos estaban a sólo unos centímetros del suave pelaje de Ozymandias, un paso mal calculado sobre la parte no apoyada de la silla los mandó a ambos, él y silla, primero sobre la mesa y después al suelo, con estruendo y un grito.
Adam había sido criado demasiado bien como para recordar gran cosa de su vida antes de ingresar en el colegio privado, pero este incidente permaneció en su memoria con gran claridad (una claridad que aumentaría a medida que el tiempo lo separaba del aquél), como la primera ocasión en que fue consciente del mal en tanto que entidad subjetiva. Hasta entonces su vida había estado tan constreñida por advertencias de peligro, que al principio le pareció inconcebible haber irrumpido con tanta facilidad en el reino del dolor corporal. En efecto, tan incompatible le parecía con todas sus experiencias previas, que tardó un tiempo considerable en convencerse de la continuidad de su existencia; pero, pese a la profusión de imágenes hebraicas y medievales con las que se había simbolizado la idea de una vida fuera del cuerpo, en aquel momento habría podido creer sin reservas en su propia extinción corporal y en la irrealidad de todos los objetos sensibles que lo rodeaban. Con el tiempo aprendió a considerar estos períodos entre su caída y el consternado advenimiento de la ayuda exterior como las primeras insinuaciones de esa lucha por la impasibilidad en la que, no sin empeño casi frenético, había reconocido finalmente la derrota en la habitación del hotel de Oxford.
La primera fase de impasibilidad había quedado atrás, seguida de otra de metódica investigación. Casi simultáneamente a su aceptación de que continuaba existiendo, había hecho su aparición el concepto de dolor; primero fue algo vago, como una melodía tocada por otro que sus sentidos sólo captaran fielmente a intervalos, pero después se fue concretando gradualmente a medida que los objetos sensibles fueron cobrando realidad, hasta que por fin adquirió visos de cosa externa, pero íntimamente ligada a su persona. Adam, como quien persigue mercurio con una cuchara, fue capaz de darle caza entre los muros de su conciencia hasta que logró acorralar el dolor en un rincón para examinarlo a placer. Yaciendo aún completamente inmóvil, tal como había quedado al caer, abrazado a las patas de madera de la silla, Adam, concentrándose alternativamente en cada una de las partes de su cuerpo, fue capaz de excluir las desordenadas sensaciones a que había dado lugar su caída y recorrer los vibrantes canales donde se manifestaba el dolor, hasta llegar a su respectivo origen en las múltiples lesiones físicas. El proceso había casi concluido cuando la llegada de su niñera le provocó el llanto y dio al traste con sus perplejos razonamientos.
Fue en un estado mental similar como, al cabo de una hora de haber vuelto en sí, Adam se alejó de Oxford por el camino de sirga. Llevaba puesta todavía la ropa con la que había dormido, pero, intelectualmente desmelenado como estaba, el aspecto externo le importaba poco. A su alrededor las sombras empezaban a disiparse, dando lugar a imágenes más claras. Había desayunado entre fantasmas, en una gran sala repleta de miradas atónitas, de ojos saltones y grotescos en cabezas monstruosas que subían y bajaban entre el vapor de las gachas de avena; camareros como marionetas habían pirueteado en torno a él con burdos ademanes. Una danza macabra de sombras palpitantes se había arremolinado a su alrededor y Adam se había abierto paso, atento a una sola e insistente necesidad (que sentía filtrarse desde el mundo exterior), la de huir cuanto antes de la escena en la que se representaba esa incorpórea arlequinada y entrar en una tercera dimensión.
Por fin, mientras caminaba por la margen del río, las formas del dibujo empezaron a avanzar y a retroceder en torno a él, las sombras de la víspera se tornaron planos y volúmenes y se dispusieron en una perspectiva; y, como el niño que había caído de la silla, Adam empezó a sentir las contusiones.
En algún punto entre los tejados rojos de la otra orilla unas campanas tañían discordantes.
Dos hombres pescaban en la ribera. Miraron a Adam con curiosidad y volvieron a su estéril deporte.
Un niño pequeño pasó junto a él chupándose el dedo gordo en freudiano éxtasis.
Y, al cabo de un rato, Adam dejó el sendero, se tumbó al pie de un talud y, por la gracia de Dios, se quedó dormido.
III
No fue un sueño prolongado ni tampoco ininterrumpido, pero Adam despertó como nuevo y, al poco rato, reanudó su trayecto.
Se detuvo en una pasarela pintada de blanco y, encendiendo la pipa, contempló su imagen alterada. Un gran cisne pasó deslizándose con spenseriano garbo, y, cuando las partículas desperdigadas de su reflejo empezaron a juntarse de nuevo, más grotescas que nunca en contraste con la impecable excelencia del ave, empezó a hablar en voz alta casi sin darse cuenta:
—Así que, ya ves, al final estás empezando un nuevo día.
Y mientras hablaba sacó del bolsillo el sobre dirigido a Imogen y lo rompió en pedacitos. Como pájaros heridos cayeron dando tumbos y revoloteando hasta que, al llegar al agua, quedaron atrapados en su movimiento para perderse de vista más allá del recodo, camino de la ciudad que Adam acababa de abandonar.
El reflejo respondió:
—Sí, creo que eso ha estado bien. Después de todo, «imperatrix» no es un epíteto especialmente afortunado para Imogen, ¿verdad? Oh, a propósito, ¿estás seguro de que entiende latín? ¡Imagínate que hubiera tenido que pedirle a Henry que se lo tradujera!
»Pero dime una cosa: ¿significa este gesto tuyo un tanto pintoresco que has decidido seguir viviendo? Ayer parecías tan inquebrantablemente resuelto a terminar de una vez por todas, que me cuesta creer que hayas cambiado de opinión.
ADAM: A mí me cuesta creer que fuera yo quien ayer estaba tan decidido a terminar de una vez por todas. No lo sé explicar, pero tengo la impresión de que el ser que sobrevive, debo confesar, con gran claridad de memoria, nació de un sueño, bebió y murió en un sueño.
EL REFLEJO: ¿Y amó también en sueños?
ADAM: Ahí me confundes, pues yo diría que ese amor sí que participa de la realidad. Claro que quizá sólo estoy sucumbiendo a la potencia del recuerdo. Sí, creo que sí. Por lo demás ese ser no tenía más sustancia de la que tienes tú, que puedes desdibujarte con el tránsito de un pájaro.
REFLEJO: Una conclusión lamentable, pues me temo que tratas de desdeñar como sombra un ser que es en todo tan real como puedas serlo tú. Pero, dado tu estado, sería inútil convencerte de ello. Y dime, ¿qué secreto es el que has conocido, mientras dormías sobre la hierba?
ADAM: Secreto, ninguno. Sólo he hallado una cierta fortaleza corporal.
REFLEJO: ¿Con tanta facilidad oscila la balanza de la vida y la muerte?
ADAM: No, es la balanza del apetito y la razón. La razón permanece constante; el apetito varía.
REFLEJO: ¿Y no existe un apetito de muerte?
ADAM: Ninguno que no pueda aplacar el sueño, el cambio o el mero curso del tiempo.
REFLEJO: ¿Y en el otro platillo nada de razón?
ADAM: Nada en absoluto.
REFLEJO: ¿Ningún honor que poner en conocimiento de los amigos? ¿Ningún tipo de interpenetración, para que uno no pueda zarpar sin llevarse algo que forma parte de otro?
ADAM: No. Ninguno.
REFLEJO: ¿Y tu arte?
ADAM: Otra vez con el apetito de vivir, de preservar en la forma de las cosas una personalidad cuya disolución inevitablemente prevés.
REFLEJO: La balanza queda equilibrada, pues. Y al final quien decide es la circunstancia.
ADAM: Sí, al final la circunstancia.
Continuación
Han ido todos a pasar el día a Thatch; nueve en total, tres en el Morris de Henry Quest y los otros en un coche enorme y destartalado que pertenece a Richard Basingstoke. La señora Hay sólo esperaba a Henry Quest y a Swithin, pero agita su regordeta mano con gesto benévolo y los criados se ocupan de conseguir más comida. Es estupendo vivir tan cerca de Oxford, y los amigos de Basil siempre lucen muy bien en la casa, pese a que sus modales sean a veces un poquito raros. Hablan todos tan deprisa que ella nunca consigue enterarse de lo que dicen, y tampoco suelen terminar las frases, pero da igual, porque casi siempre hablan de gente que ella no conoce. Qué chicos éstos, pues claro que no pretenden ser maleducados, todos ellos son de buena familia, y es un placer ver que se sienten como en su casa. ¿De quién están hablando ahora?
—Pero Imogen, en serio, se está poniendo de lo más insoportable.
—No te cuento cómo se portó la otra noche.
—La noche que tú te viniste para acá.
—Gabriel daba una fiesta.
—Y él no conocía a Gabriel ni había sido invitado.
—Y Gabriel no quería tenerlo allí, ¿no es verdad, Gabriel?
—Porque nunca sabes con qué te puede salir.
—Y vino acompañado de la persona más horrenda que te puedas imaginar.
—Borracho es decir poco.
—Un tal Ernest Vaughan, no creo que le conozcas. La persona más espantosa que te puedas imaginar. Gabriel fue sumamente correcto con él.
Estos chicos, tan jóvenes ellos, tan poco tolerantes.
Ahora bien, si es preciso que fumen entre plato y plato, podrían tener un poco más de cuidado con la ceniza. El chico moreno del fondo —Basil siempre se olvida de presentarle a sus amigos— estaba poniendo la mesa perdida.
—Edwards, déle otro cenicero al caballero que está al lado de lord Basingstoke.
¿Qué estaban diciendo?
—Mira, Henry, yo creo que eso fue una tontería de tu parte. ¿Qué podría importarme lo que diga de mí un borracho?
Imogen Quest sí que era una delicia de chica. Mucho más tratable que su padre. La señora Hay le tenía bastante miedo al padre de Imogen. Y se temía que Henry iba a salir a él. Qué atractiva está Imogen. No comprende cómo no se enamoran todos de ella. Cuando la señora Hay era joven, todos se habrían enamorado. Pero ninguno de los amigos de Basil tenía «pinta» de pasar por el altar. Ah, ojalá que Basil se casara con una chica como Imogen Quest…
—No, pero sí creo que conozco a Ernest Vaughan. O al menos alguien me lo señaló una vez. ¿No fuiste tú, Swithin?
—En efecto. Y tú dijiste que lo encontrabas bastante atractivo.
—¡Imogen!
—¡Cielos!
—Y me lo parece. ¿No es uno bajito y sucio, con muchísimo pelo?
—Y siempre borracho.
—Ya me acuerdo, sí. Un encanto de chico. Me gustaría conocerle mejor.
—Imogen, no estarás hablando en serio. Es un ser horripilante.
—¿No es el que pintó esos cuadros que tiene Richard en su habitación? Richard, ¿me invitarás un día y así le conozco?
—No, lo siento, Imogen. No puede ser.
—Pues alguien tendrá que hacerlo… Gabriel, sé bueno, venga. Insisto en conocerle.
Estos niños, tan jóvenes ellos, tan chic.
—Sois todos muy malos, ¿sabéis? Pero he dicho que quiero conocerle y lo haré. Adam me echará una mano.
La mesa se echó a perder.
—Edwards, creo que lo mejor será servir el café fuera.