incursión en la realidad (spanish)
I
Se diría que el conserje del restaurante Espinoza’s tiene bajo su mando particular los taxis más decrépitos de todo Londres. Es un hombre que impresiona; a la vista de su poderoso tórax, el estudioso de las medallas militares puede construir toda una historia de heroísmo y experiencia; esa triple hilera de condecoraciones habla de granjas boer arrasadas, de hadendoas fanáticos arrojándose de motu propio al paraíso, de altaneros mandarines supervisando el destrozo de la porcelana y de la seda buena. Sólo tiene que bajar rápidamente los escalones de Espinoza’s para poner a tu disposición un vehículo tan extravagante como los enemigos del rey emperador.
Demasiado cansado para pedir cambio. Simon Lent depositó media corona en el guante blanco de algodón. Sylvia y él se acurrucaron sobre muelles rotos en la oscuridad, entre ventanas con corriente de aire. La velada no había ido bien. Habían estado en la mesa hasta las dos porque ese día había horario prolongado. Sylvia no pidió nada de beber, pues Simon había dicho que estaba arruinado. Así que no se movieron de allí durante cinco o seis horas, a ratos en silencio, a ratos discutiendo, cuando no intercambiando lánguidos saludos con las parejas que pasaban. Simon dejó a Sylvia en su casa —un beso, torpemente ofrecido y fríamente aceptado—, y regresó a la buhardilla (encima de un taller de reparaciones siempre abierto) por la que pagaba seis guineas semanales.
En ese momento estaban lavando una limusina delante de la puerta. Rodeó el coche para entrar y subió la estrecha escalera, donde en tiempos habían resonado silbidos de palafreneros bajando a la caballeriza de madrugada. (¡Desdichado el joven que vive en una antigua caballeriza! ¡Oh, desdichado el soltero medio enamorado que vive con Sao libras al año!) Sobre la mesa del tocador había un montoncito de cartas. Habían llegado aquella tarde mientras él se estaba vistiendo para salir. Encendió la estufa de gas y procedió a abrirlas. Factura del sastre 56 libras, calcetero 43 libras; una breve nota para recordarle que no había pagado aún la cuota anual de suscripción al club; su cuenta en Espinoza’s con el comentario de que los plazos eran estrictos, el pago mensual en metálico, y que no le ampliarían el crédito; «según los libros» del banco, su último cheque excedía en 10 libras y 16 chelines el descubierto autorizado de su cuenta; un requerimiento del recaudador de impuestos para que detallara sus empleados y el salario de los mismos (la señora Shaw, que hacía la cama y le preparaba un zumo de naranja a cambio de 4 chelines y 6 peniques diarios); pequeñas facturas de libros, espectáculos, cigarros, loción capilar, y los últimos cuatro regalos de cumpleaños para Sylvia. (¡Desdichadas las tiendas que sirven a jóvenes residentes en caballerizas!)
El resto de la correspondencia contrastaba mucho con lo anterior. Había una caja de higos confitados que había enviado un admirador de Fresno (California); dos cartas de señoritas que afirmaban estar escribiendo trabajos sobre su obra para sendas asociaciones literarias de la universidad, y si no les mandaría él una fotografía; recortes de prensa calificándolo de joven novelista «popular», «brillante», «envidiable» y de «éxito meteórico»; un periodista con parálisis que le pedía un préstamo de doscientas libras; una invitación de lady Metroland para almorzar; seis páginas de insultos muy concisos de un manicomio en el norte de Inglaterra. Y es que la verdad, que nadie que hubiera mirado en su corazón podría haber sospechado, era que a su modo y dentro de ciertos límites Simon Lent era un joven bastante famoso.
La última carta venía con la dirección escrita a máquina y Simon la abrió sin esperar nada agradable. El papel llevaba membrete de unos estudios cinematográficos ubicados en los alrededores de Londres. La carta era breve y de tono profesional.
Estimado Simon Lent (un tratamiento muy del gusto de la farándula, había advertido hacía tiempo):
Me pregunto si ha pensado alguna vez en escribir para el cine. Nos encantaría contar con usted para un film que estamos preparando. Si le parece, podríamos almorzar juntos mañana en el Garrick Club y así me da a conocer su opinión. Déjele un mensaje a mi secretaria de noche si es antes de las 8 de la mañana, o a mi secretaria de día a partir de esa hora.
Cordialmente,
Al pie había dos palabras escritas a plumilla, aparentemente Jewee Mecceee, y debajo, la aclaración a máquina: sir James Macrae.
Simon volvió a leer el mensaje de cabo a rabo. Luego telefoneó a sir James Macrae para informar a la secretaria de noche de que acudiría a la cita para almorzar juntos al día siguiente. Apenas si había colgado cuando sonó el teléfono.
—Soy la secretaria de noche de sir James Macrae. Sir James estaría encantado de que el señor Lent fuera a verle esta misma noche a su casa en Hampstead.
Simon miró el reloj. Eran casi las tres.
—Creo que es un poco tarde para un trayecto largo…
—Sir James le va a mandar un coche.
Simon ya no estaba cansado. Mientras esperaba que llegase el coche, el teléfono volvió a sonar.
—Simon. —La voz de Sylvia—. ¿Estás durmiendo?
—No. De hecho estaba a punto de salir.
—Simon… Oye, ¿he estado muy mal esta noche?
—Fatal.
—Bueno, yo creo que tú también.
—Olvídalo. Ya nos veremos.
—¿No quieres hablar un rato?
—Es que no puedo. Tengo un asunto que resolver.
—Oye, Simon, ¿y eso qué quiere decir?
—Ahora no puedo explicártelo. Tengo un coche esperando.
—¿Cuándo te veré…? ¿Mañana?
—Mira, no lo sé. Telefonéame por la mañana. Buenas noches.
A cuatro manzanas de allí, Sylvia colgó el teléfono, se levantó de la alfombra que tenía frente al hogar y en la que se había instalado confiando en que le esperaban veinte minutos de explicaciones íntimas, y fue a acostarse muy desconsolada.
Simon partió hacia Hampstead a través de calles desiertas, sentado en el asiento de atrás en un estado de agradable excitación. Al poco rato empezaron a subir la empinada cuesta y salieron a un espacio abierto con un estanque y las copas de los árboles, que en la oscuridad eran negros y densos como una selva. Un mayordomo le franqueó el paso a la casa georgiana de una sola planta y lo condujo a la biblioteca, donde sir James estaba en pie junto al hogar, luciendo un pantalón bombacho de color jengibre. La mesa estaba puesta para la cena.
—Buenas noches, Lent. Me alegro de que haya venido. Tengo que aprovechar todos los momentos libres. ¿Chocolate o whisky? Hay un poco de pastel de conejo, está bastante rico. Lo primero que como desde el desayuno de esta mañana. Llamaré para que traigan más chocolate. Bien, ¿para qué quería usted verme?
—Creí que era usted el que quería verme a mí.
—¿De veras? Sí, es probable. La señorita Bentham lo sabrá. Ella concertó la cita. ¿Le importa llamar a ese timbre que hay encima del escritorio?
Simon llamó, y un instante después aparecía la secretaria de noche.
—Señorita Bentham, ¿qué era lo que quería yo tratar con el señor Lent?
—Me temo que no sabría decirle, sir James. La que se encarga del señor Lent es la señorita Harper. Cuando he llegado esta tarde sólo he encontrado una nota suya pidiéndome que arreglara una cita lo antes posible.
—Lástima —dijo sir James—. Tendremos que esperar a mañana, cuando venga la señorita Harper.
—Creo que era sobre algo de escribir para el cine.
—Muy probable, sí —dijo sir James—. Seguro que era algo por el estilo. Se lo haré saber sin demora. Gracias por venir. —Dejó la taza de chocolate y le tendió la mano con imparcial cordialidad—. Buenas noches, muchacho. —Luego llamó al timbre del mayordomo—. Sanders, dígale a Benson que lleve al señor Lent a su casa.
—Lo siento, señor. Benson acaba de salir para el estudio a buscar a la señorita Grits.
—Lástima —dijo sir James—. Bueno, señor Lent, confío en que podrá encontrar un taxi o algo así.
II
Simon se metió en la cama a las cuatro y media. A las ocho y diez el teléfono que tenía al lado de la cama se puso a sonar.
—¿Señor Lent? Aquí la secretaria de sir James Macrae. El coche de sir James pasará a recogerle a las ocho y media para ir al estudio.
—No creo que pueda estar preparado a esa hora.
Pausa de sorpresa al otro extremo de la línea.
—De acuerdo, señor Lent —dijo al cabo la secretaria de día—, veré si existe posibilidad de algún plan alternativo y le llamaré dentro de unos minutos.
Durante los cuales Simon se quedó dormido de nuevo. El timbre le despertó otra vez, y allí estaba la misma voz impersonal de antes.
—¿Señor Lent? Acabo de hablar con sir James. El coche pasará a buscarlo a las ocho cuarenta y cinco.
Simon se vistió a toda prisa. La señora Shaw no había llegado aún, de modo que no había desayuno. Encontró un resto rancio de plumcake en el armario de la cocina, y cuando se lo estaba comiendo, llegó el coche de sir James. Simon cogió un pedazo para el camino, sin dejar de masticar.
—No hacía falta que trajera eso —dijo una voz severa desde el interior del coche—. Sir James le ha enviado algo para desayunar. Suba, suba; llevamos retraso.
Acurrucada en un rincón, bajo mantas de viaje, había una joven tocada con un vistoso sombrero rojo; tenía los ojos brillantes y una boca muy firme.
—La señorita Harper, imagino.
—No. Soy Elfreda Grits. Creo que trabajamos juntos en esta película. He pasado toda la noche en vela con sir James; si no le importa, voy a cerrar los ojos un rato. En esa cesta que hay en el suelo encontrará un termo con chocolate y un poco de pastel de conejo.
—¿Sir James sólo se alimenta de chocolate y pastel de conejo?
—No; son los restos de lo que cenó anoche. Ahora no hable, por favor. Necesito dormir.
Simon descartó el pastel, pero se sirvió humeante chocolate en el tapón metálico del termo. Mientras, la señorita Grits se acomodó para dormir. Dejó el vistoso sombrero en el asiento, entre ellos dos, veló sus ojos con sendos párpados pigmentados de azul y permitió que sus firmes labios se relajaran y se entreabrieran un poco. Su melenita rubio platino ondeaba al viento y se mecía con el vaivén del automóvil mientras dejaban atrás Londres atravesando convergentes y divergentes vías de tranvía. El estuco dejó paso al ladrillo y las fachadas de las estaciones de metro cambiaron de azulejo a hormigón; aparecieron solares desocupados, avenidas sin nombre flanqueadas de árboles de reciente plantación. Exactamente cinco minutos antes de llegar al estudio, la señorita Grits abrió los ojos, se empolvó la nariz, se retocó los labios con carmín y, colocándose el sombrero al sesgo, se sentó muy erguida, lista para empezar una nueva jornada.
Cuando llegaron, sir James estaba ocupado en el plató. En medio de un infierno incandescente, dos jóvenes mantenían una conversación infinitamente tediosa sentados a lo que se suponía era una mesa de restaurante. Una docena de parejas macilentas vestidas de etiqueta bailaban sin gracia detrás de ellos. En el otro extremo del enorme cobertizo, unos carpinteros construían la fachada de una mansión Tudor. Hombres con visera entraban y salían a toda prisa. Había pequeños rótulos por todas partes: No fumar. No hablar. No pisar el cable de alto voltaje.
Desafiando las normas, la señorita Grits encendió un cigarrillo, apartó con el pie un artefacto eléctrico, dijo «Tiene trabajo. Supongo que nos verá cuando acabe con esta escena», y se metió por una puerta en la que se leía «Prohibido el paso».
Acababan de dar las once cuando sir James reparó en Simon.
—Me alegro de que haya venido. Ya no tardaremos mucho —le dijo a voces—. Señor Briggs, consígale una silla al señor Lent.
A las dos se fijó en él otra vez.
—¿Ha comido algo?
—No —respondió Simon.
—Estamos igual. Enseguida vengo.
A las tres y media apareció la señorita Grits y le dijo:
—Bueno, hasta ahora ha sido un día tranquilo. No crea que esto está siempre tan aburrido. Al otro lado del patio hay una cantina. Venga a tomar un bocado.
Había un enorme buffet y montones de personas con los más variados atuendos y maquillajes. Actrices decepcionadas servían té y huevos pasados por agua con gesto lánguido. Simon y la señorita Grits pidieron emparedados y cuando ya se disponían a comer, de repente un altavoz anunció con alarmante claridad: «Sir James Macrae llamando al señor Lent y la señorita Grits. Diríjanse a la sala de reuniones».
—Vamos, deprisa —dijo la señorita Grits. Cruzaron varias puertas basculantes, luego el patio, se metieron en las oficinas y subieron un tramo de escaleras hasta una puerta de roble macizo donde decía «Reunión: No pasar».
Demasiado tarde.
—Sir James ha tenido que salir —les informó la secretaria—. Hagan el favor de pasar por la oficina del West End a las cinco treinta.
Otra vez camino de Londres, ahora en metro. A las cinco y media estaban en la oficina de Piccadilly listos para recibir una nueva pista en su búsqueda del tesoro. Esto los llevó a Hampstead. Por último, a las ocho, regresaron a los estudios. La señorita Grits no mostraba el menor indicio de fatiga.
—Un detalle por parte del viejo, habernos dado el día libre —comentó—. En ese sentido es fácil trabajar con él… después de lo de Hollywood. Vayamos a cenar algo.
Pero justo cuando abrían la puerta de la cantina y notaban ya el cálido aliento de los refrigerios, el altavoz volvió a hablar: «Sir James Macrae llamando al señor Lent y la señorita Grits. Diríjanse a la sala de reuniones».
Esta vez llegaron a tiempo. Sir James estaba sentado a la cabecera de la mesa ovalada, rodeado de los jefes de personal. Llevaba puesto un sobretodo y tenía la cabeza echada hacia adelante, los codos sobre la mesa y las manos juntas en la nuca. Los demás le miraban con respetuosa simpatía. Sir James alzó la cabeza, sacudió todo el cuerpo y sonrió agradablemente.
—Me alegro de que hayan venido —dijo—. Siento no haber estado disponible hasta ahora. En este negocio hay que atender un sinfín de pequeñas cosas. ¿Han cenado?
—Todavía no.
—Lástima. Hay que comer. No se puede trabajar de firme sin haber comido bien.
Simon y la señorita Grits tomaron asiento. Sir James explicó el plan.
—Damas y caballeros, quiero presentarles al señor Lent. Estoy seguro de que el nombre les suena y me atrevería a decir que algunos de ustedes conocen su obra. Bien, le he hecho llamar para que nos ayude, y confío en que cuando haya escuchado el plan se avendrá a trabajar con nosotros. Quiero producir una película sobre Hamlet. Probablemente más de uno pensará que no es una idea muy original, pero en el mundo del cine lo que más cuenta es el enfoque. Mi intención es hacerlo desde un enfoque totalmente novedoso. Por eso he hecho venir al señor Lent. Quiero que él escriba los diálogos.
—Sí, pero —dijo Simon— ¿no hay ya mucho diálogo en la obra?
—Eso es que no ha entendido mi enfoque. Se han hecho numerosas adaptaciones de Shakespeare con vestuario moderno; nosotros haremos una producción con lenguaje moderno. Cómo va el público a disfrutar de Shakespeare si no puede entender los diálogos, ¿eh? Fíjese, el otro día me puse a leer la obra y que me zurzan si conseguí entenderla. Y enseguida me dije: «Lo que el público quiere es un Shakespeare con toda su belleza de pensamiento y de personajes traducido al lenguaje cotidiano». Y lo primero que pensé fue que el señor Lent era el hombre adecuado. Muchos de los mejores críticos del país han elogiado sus diálogos. Bien, mi idea es que la señorita Grits actúe en calidad de asesora, que eche una mano para la continuidad y la parte técnica, y que el señor Lent tenga plena libertad con el argumento…
El discurso duró un cuarto de hora; los jefes de personal asintieron con sabios gestos de cabeza; luego hicieron pasar a Simon a otra sala y le dieron a firmar un contrato donde se estipulaba que recibiría una cuota fija de 50 libras a la semana y un adelanto de 250 libras.
—Será mejor que concrete con la señorita Grits el horario de trabajo que más le convenga. En principio espero una primera entrega a finales de esta semana. Yo de usted iría a cenar algo. Hay que comer, amigo mío.
Ligeramente mareado, Simon se dirigió a la cantina, donde dos lánguidas rubias estaban ya recogiendo las cosas para cerrar.
—Estamos aquí desde las cuatro de la mañana —dijeron— y la gente se lo ha comido todo salvo el turrón. Lo sentimos.
Chupando una barrita de turrón, Simon entró en el ahora desierto estudio. En tres de sus lados y hasta dos metros y medio se elevaban contundentes las paredes de mármol del restaurante de la escena anterior; al alcance de la mano una botella de champán de imitación permanecía en su cubo de hielo derretido; en lo alto y hacia el fondo se extendía la enorme penumbra de las vigas y el techo.
—Veamos —dijo Simon para sí—: el mundo de la acción… El pulso de la vida… Dinero, hambre… O sea, la realidad.
A la mañana siguiente lo llamaron con estas palabras: «Dos señoritas desean verlo».
—¿Dos?
Simon se puso la bata y, zumo de naranja en mano, entró en su sala de estar. La señorita Grits le recibió con un simpático gesto de cabeza.
—Habíamos quedado en empezar a las diez —dijo—, pero no tiene importancia. De entrada no le voy a necesitar mucho. Le presento a la señorita Dawkins, una de las taquígrafas de plantilla. Sir James ha pensado que necesitaría usted una. La señorita Dawkins estará a su disposición hasta nuevo aviso. Sir James le envía también dos ejemplares de Hamlet. Cuando termine de bañarse, le leeré mis notas para el primer borrador.
Pero la realidad fue otra: Simon no se había vestido todavía cuando reclamaron a la señorita Grits para un asunto urgente en el estudio.
—Le telefonearé para avisarle de cuándo estoy libre —dijo.
Simon pasó la mañana dictando cartas dirigidas a todo el que le vino a la cabeza. Empezaban así: «Pido disculpas por dictar esta carta, pero ahora mismo estoy tan ocupado que apenas dispongo de tiempo para la correspondencia personal…». La señorita Dawkins lo iba anotando todo en su libreta. Simon le dio el número de teléfono de Sylvia.
—Llame usted a este número, salude de mi parte a la señorita Lennox y dígale que la invito a almorzar en Espinoza’s… Oh, y reserve mesa para dos en el restaurante para la una menos cuarto.
—Cariño —dijo Sylvia cuando se encontraron—, ¿por qué estuviste fuera todo el día de ayer?, y ¿quién era la que me ha llamado esta mañana?
—Ah, la señorita Dawkins, mi taquígrafa.
—Simon, ¿se puede saber de qué me hablas?
—Verás, es que ahora trabajo para la industria del cine.
—Oh, cariño. ¡Consígueme un empleo!
—Bueno, de momento todavía no he pensado en el reparto…, pero te tendré en cuenta.
—Cielo santo. ¡Cómo has cambiado en dos días!
—¡Y que lo digas! —Simon estaba muy satisfecho—. Verás, por primera vez en mi vida entro en contacto con el Mundo Real, con la Vida misma. No voy a escribir más novelas. De todos modos era una idiotez. La palabra escrita está muerta: primero fue el papiro, luego el libro impreso, ahora la película. El artista ya no debe trabajar solo. Pertenece a la época en la que vive; debe compartir (lógicamente, mi querida Sylvia, en proporciones muy diferentes) el salario del proletariado. Para que el arte sea vital necesita sus correspondientes vínculos sociales. Cooperación…, coordinación…, el impulso de colmena de la comunidad dirigido a un único fin…
Simon se extendió un poco más en esta línea mientras daba cuenta de un almuerzo de proporciones dickensianas, hasta que Sylvia, con la voz pequeñita y compungida dijo:
—A mí me da que te has pirrado por alguna de esas horripilantes estrellas de cine.
—Dios mío —exclamó Simon—, sólo una virgen podría ser tan vulgar.
Estaban a punto de iniciar una de sus interminables peleas cuando el chico del teléfono le llevó el mensaje de que la señorita Grits deseaba proseguir el trabajo de inmediato.
—Conque se llama así… —dijo Sylvia.
—Si supieras qué gracioso ha sido eso —dijo Simon, escribiendo sus iniciales en la cuenta y levantándose de la mesa, mientras Sylvia recogía aún los guantes y el bolso.
Después, sin embargo, resultó que antes de terminar la semana Simon y la señorita Grits se habían hecho amantes. La idea partió de ella. Una noche, en el piso de él, se la propuso mientras corregían el texto mecanografiado de la última versión del primer borrador
—Pero no —dijo Simon, casi aterrado—. En serio. Sería del todo imposible. Lo siento, pero…
—¿Y por qué? ¿Es que no te gustan las mujeres?
—Sí, claro, pero…
—Oh, vamos —dijo con determinación la señorita Grits—. No tenemos mucho margen para el entretenimiento… —Y, más tarde, metiendo ya los manuscritos en su cartera, dijo—: Si hay tiempo, deberíamos repetir. Además, encuentro que es mucho más sencillo trabajar con un hombre si se tiene una aventura con él.
III
Simon y la señorita Grits (mentalmente seguía llamándola así pese a las intimidades subsiguientes) trabajaron juntos en perfecta armonía durante tres semanas. Su vida había cambiado de rumbo, transformada por completo. Ya no remoloneaba en la cama demorando enfrentarse al nuevo día; ya no decía cada mañana «tengo que ir al campo y terminar de una vez ese libro», para volver por la tarde a su urbano piso de siempre con el rabo entre las piernas; ya no alargaba las sobremesas con Sylvia discutiendo por pasar el rato; se acabaron las apáticas explicaciones por teléfono. Ahora, en cambio, su rutina diaria era de una infinita variedad, a todas horas era convocado por vía telefónica a reuniones que raramente tenían lugar; unas veces en Hampstead, otras en los estudios; una en Brighton. Pasaba largos períodos de trabajo caminando de un lado a otro de la sala de estar, con la señorita Grits paseándose arriba y abajo junto a la pared opuesta y miss Dawkins aposentada obedientemente entre ambos mientras los dos dictaban, corregían y redactaban de nuevo el argumento. Había almuerzos o cenas a horas inverosímiles y también intermedios de amor sin sentimiento con la señorita Grits. Comía cosas inverosímiles de manera irregular, en el coche de sir James, cruzando a toda pastilla los suburbios, o paseándose por la alfombra mientras dictaba, aposentado en platós desiertos sobre decorados que parecían hechos para sobrevivir al fin de la civilización. Caía, al igual que la señorita Grits, en breves períodos de inconsciencia casi absoluta, despertando a menudo, sobresaltado, al descubrir que una calle o un desierto o una fábrica habían cobrado vida a su alrededor mientras dormía.
La película, mientras tanto, crecía rápidamente: hacían tomas a diario y todo iba cambiando visiblemente de mil maneras distintas. Cada nueva reunión se saldaba con un cambio radical en la historia. La señorita Grits leía en alto, con voz precisa e inalterable, los frutos de su trabajo en común. Sir James escuchaba con la cabeza apoyada en una mano, meciéndose ligeramente y soltando de vez en cuando un gemido o un sollozo; a su alrededor, los expertos —encargados de producción, de reparto, de continuidad, de montaje y de presupuesto— estaban en todo momento al quite, ávidos de llamar la atención del gran hombre con alguna interrupción oportuna.
—Bueno —decía sir James—, creo que podemos dar el visto bueno. ¿Alguna sugerencia, caballeros?
Se producía un breve silencio, hasta que uno a uno los expertos iban haciendo sus aportaciones…
—Yo estaba pensando, señor, que situar la escena en Dinamarca no funcionará. La gente no está para folletos de viaje. ¿Y si se desarrollara en Escocia? Así podríamos hacer salir algunos kilts y reuniones de clanes…
—Una sugerencia muy sensata, sí. Tome nota de eso, Lent…
—Yo estaba pensando en suprimir el personaje de la reina. Sería mucho mejor que estuviera muerta antes de que empiece el tomate: esa reina es una rémora para la acción. Además, el público no va a aguantar que él se aproveche de su madre.
—Sí, tome nota de eso, Lent…
—¿Y qué le parecería, señor, si el fantasma fuese la reina en lugar del rey…?
—Sí, tome nota de eso, Lent…
—Podríamos hacer que Ofelia fuera hermana de Horacio, ¿no le parece, señor? La historia sería más conmovedora, más patética.
—Sí, tome nota de eso…
—A mí me parece que en la última secuencia se pierde un poco la esencia de la historia. Al fin y al cabo, por encima de todo es una historia de fantasmas, ¿no…?
Y así, granito a granito de arena, la historia fue tomando fastuosas proporciones. Durante la segunda semana y, dicha sea la verdad, tras un intenso debate, sir James aprobó la idea de incorporar la historia de Macbeth. Simon se opuso en un principio, pero el aliciente de las tres brujas resultó definitivo. A raíz de ello la película cambió de título para convertirse en La dama blanca de Dunsinane, y Simon y la señorita Grits dedicaron una semana entera de prodigioso trabajo a reescribir todas las escenas.
IV
El final llegó tan repentinamente como todo lo demás en este extraordinario episodio. La tercera reunión se celebró en un hotel del New Forest donde sir James se hospedaba a la sazón; los expertos, que habían acudido en tren, automóvil y motocicleta sin apenas plazo de aviso, estaban cansados y apáticos. La señorita Grits leyó el último argumento; no fue tarea breve, pues estaba ya prácticamente en fase de guión listo para el rodaje. Sir James se demoró más de lo habitual en reflexionar, cabizbajo como siempre. Cuando levantó la cabeza, no dijo más que una palabra:
—No.
—¿No?
—No, esto no va a funcionar. Hay que hacer una revisión de arriba abajo. Nos hemos alejado demasiado de la historia original. Me parece fuera de lugar que salgan también Julio César y el rey Arturo.
—Pero, señor, si lo sugirió usted mismo en la última reunión…
—¿Ah, sí? Qué le voy a hacer. Estaría muy cansado y no presté la debida atención… Además, no me gustan los diálogos; les falta la poesía del texto original. El público quiere Shakespeare, todo Shakespeare y nada más que Shakespeare. Vaya por delante que este argumento está muy bien escrito, pero no es Shakespeare. Les diré lo que vamos a hacer. Trabajaremos a partir de la obra tal como la escribió su autor. Tome nota de eso, señorita Grits.
—Entonces ¿ya no me va a necesitar? —preguntó Simon.
—Yo diría que no. De todos modos, me alegro de haberlo tenido por aquí.
A la mañana siguiente, Simon despertó alegre y animado como de costumbre, y se disponía a saltar de la cama cuando de pronto recordó lo ocurrido la noche anterior. No tenía nada que hacer; le esperaba un día vacío. Ni señorita Grits, ni señorita Dawkins, ni salir pitando para una reunión, ni dictar diálogos… Telefoneó a la señorita Grits para proponerle que almorzaran juntos.
—No, me temo que va a ser imposible. Antes de que termine la semana he de tener lista la continuidad de un argumento sobre el evangelio según san Juan. Va a ser duro. La acción se desarrolla en Argelia para darle un toque de autenticidad. El mes que viene me marcho a Hollywood. Dudo que volvamos a vernos. Adiós.
Simon se quedó en la cama notando cómo la energía lo abandonaba lenta e inexorablemente. Nada que hacer. Bueno, se dijo, ahora es el momento de ir al campo y seguir con la novela. ¿Y un viaje al extranjero? Buscar una terraza tranquila, al aire libre, donde ponerse a trabajar en esos intratables capítulos finales. Sí, eso haría… Más adelante… Tal vez hacia el final de la semana.
Entretanto, se acodó en la cama, levantó el auricular del teléfono y, después de pedir el número de Sylvia, se preparó mentalmente para veinticinco minutos de enconada reconciliación.