incidente en azania (spanish)
I
El club Union de Matodi contrastaba con las casitas de la ladera donde vivía la mayoría de sus miembros. Estaba ubicado en el centro de la pequeña ciudad, en la zona portuaria, y era una mansión árabe del siglo XVII con imponentes paredes encaladas en torno a un patio de reducidas dimensiones; las ventanas daban a la calle y, desde detrás de sus celosías, las esposas de un importante mercader habían contemplado en otros tiempos el ir y venir de gente y carruajes; por una puerta maciza, salpicada de tachones de latón, se accedía a la generosa sombra del patio, donde una pequeña fuente brotaba de las raíces de un mango descomunal; una escalera de madera de cedro taraceada, sin barandilla, conducía hasta el fresco interior.
Un portero árabe, cuya indumentaria se componía de toga blanca —almidonada y restregada cual sobrepelliz de obispo— y fajín y fez carmesíes, daba cabezadas sentado junto a la puerta. Se levantó con gesto reverente en cuanto el señor Reppington, magistrado, y el señor Bretherton, inspector de salubridad, hacían su majestuosa entrada y se dirigían al bar.
Como muestra de la cordialidad del Condominio, los oficiales franceses eran miembros honorarios del club, y en la sala de fumar, frente al retrato del príncipe de Gales, había una fotografía enmarcada de un ex presidente francés («No podemos cambiarla cada vez que a los franchutes les apetece un poco de follón», decía el mayor Lepperidge); sin embargo, raramente sacaban provecho de su privilegio, salvo en las noches de gala. El único diario francés a que el club estaba suscrito era La Vie Parisienne, que, justo en ese momento, estaba en manos de un hombre menudo de aspecto plebeyo, sentado aparte en un sillón de mimbre.
Reppington y Bretherton avanzaron a medida que iban saludando. «Buenas tardes, Granger». «Buenas tardes, Barker». «Buenas tardes, Jagger». Luego, en voz baja, pero audible, Bretherton preguntó:
—¿Quién es ése del rincón que está leyendo La Vie?
—Se llama Brooks. Petróleo o algo así.
—Ah.
—¿Pink gin?
—Oh, sí.
—¿Qué tal el día?
—Mal asunto, en general. Problemas para drenar el campo de críquet. No hay subsuelo.
—Ah. Mal asunto.
El barman goanés les llevó las copas. Bretherton echó una firma en el recibo.
—Bueno, salud.
—Salud.
El señor Brooks continuaba enfrascado en La Vie Parisienne.
En ese momento entró el mayor Lepperidge y el ambiente se tensó un poco. (Era comandante en jefe del contingente de tropas indígena, trasladado desde la India).
Los civiles dijeron: «Buenas tardes, mayor»; los militares: «Buenas tardes, señor».
—Buenas tardes, buenas tardes, buenas tardes… ¡Uf! Vengo de jugar un set endiablado con el joven Kentish. Menudo servicio, el suyo. Ginebra con lima. A propósito, Bretherton, el campo de críquet está hecho un desastre.
—Sí, ya sé. No hay subsuelo.
—Vaya, eso sí que es un mal asunto. Bien, haga usted lo que pueda. Ahora mismo da pena; todo pelado y con un gran lago en medio.
—El mayor cogió su combinado y se dirigió a una butaca, de pronto reparó en Brooks, y su porte autoritario adquirió una desacostumbrada afabilidad.
—Hombre, Brooks, hola —dijo—. ¿Cómo está usted? Me alegro de verle por aquí. Acabo de tener el placer de ver a su hija en el club de tenis. Mi señora preguntaba si les gustaría venir a cenar un día de éstos. ¿Qué tal el jueves? Fantástico. Ella estará encantada. Buenas noches a todos. Voy a pegarme una ducha.
La noticia era sensacional; Bretherton y Reppington se miraron completamente pasmados.
El mayor Lepperidge, tanto por rango como por carácter, era el hombre más destacado de Matodi, de toda Azania en realidad, con la única excepción del inspector jefe de Debra Dowa. Era inconcebible que Brooks fuera a cenar a casa del mayor Lepperidge. El propio Bretherton sólo había estado allí una vez, y eso que él era del gobierno.
—¿Qué tal, Brooks? —dijo Reppington—. No le he visto detrás del periódico. Venga a echar un trago.
—Eso, Brooks —dijo Bretherton—. No sabía que hubiera vuelto. ¿Ha ido bien el permiso? ¿Algún espectáculo interesante?
—Son muy amables, pero debo irme ya. Llegamos el martes a bordo del Ngoma. No, no vi ningún espectáculo. Es que estuve en Bournemouth casi todo el tiempo.
—Una copa antes de marcharse.
—No, en serio, lo siento. Mi hija me está esperando. Gracias, de todos modos. Hasta la próxima.
¿Su hija?
II
En Matodi había ocho inglesas contando a la hija de dos años de la señora Bretherton; nueve si se incluía a la señora Macdonald (claro que nadie incluía a la señora Macdonald, que era de Bombay y revelaba indicios de sangre asiática. Además, nadie sabía quién o qué había sido el señor Macdonald. La señora Macdonald regentaba una pensión de escasa clientela —«La Bouganvilia»— en las afueras de la ciudad). Todas las inglesas que tenían edad de estar casadas lo estaban; vivían bajo una estrecha vigilancia mutua y cualquier aventura estaba descartada. En cambio, había siete ingleses no casados; tres al servicio del gobierno, tres en el ámbito mercantil y uno que había llegado a Matodi huyendo de acreedores en Kenia y que estaba sin empleo. (A veces hablaba en términos poco concretos de «plantar» o de «perforar», pero mientras tanto vivía de una pequeña suma que recibía cada mes y se dedicaba a rondar por el club y las pistas de tenis).
Se suponía que casi todos estos solteros tenían una novia u otra en Inglaterra; había fotos de «ella» en su cuarto, le escribían cartas con regularidad, y cuando partían rumbo a casa, solían insinuar que a la vuelta quizá vendrían acompañados. Pero nunca era así. Tal vez por un anhelo de sentirse compadecidos, hacían una descripción demasiado sombría de la vida en Azania; o tal vez era que los trópicos los volvían un poquito lerdos…
En cualquier caso, la llegada de Prunella Brooks fue como un maremoto para los círculos ingleses. Lo lógico, en su calidad de hija del señor Brooks, agente petrolífero, habría sido elegir pareja entre los tres del ámbito mercantil —el señor James, de la compañía de telégrafos Eastern Exchange, y los señores Watson y Jagger, del banco—, pero Prunella era una chica de evidente superioridad como persona y la primera tarde que apareció por las pistas de tenis, como se ha mencionado antes, traspuso la línea de sombra sin esfuerzo —de hecho, sin ser consciente de ello— y entró directamente al más recóndito de los santuarios: la casa de Lepperidge.
Era una muchacha menuda y sin ninguna afectación, tenía el pelo de un rubio iridiscente, la piel tersa y lozana, doblemente embriagadora en contraste con los quemados y resecos cutis tropicales de las demás; miembros elásticos como un cachorro, y una cara que se iluminaba ante la más insulsa cortesía; un aire de genuino interés por las opiniones y experiencias de cuantas personas le presentaban; era una confidante por naturaleza, en absoluto empeñada en ser el centro de atención y dispuesta en cambio a tratar una por una a sus amistades, cuando les fuera bien o la necesitaran; deferente y encantadora con las mujeres casadas; tierna, simpática y levemente coqueta con los hombres; aficionada a los deportes, pero no tan buena como para poner en peligro la superioridad masculina; hija perfecta que se negaba a sí misma cualquier placer que pudiese obstaculizar la buena marcha del hogar Brooks —«Lo siento, tengo que irme. No puedo dejar que mi padre vuelva del club y no esté yo allí para recibirlo»—; una chica, en suma, que habría sido una luz y una bendición en cualquier reducto del imperio. A los pocos días no había nadie en Matodi que no comentara la suerte que habían tenido.
Naturalmente, Prunella hubo de ser examinada e iniciada en primer lugar por las matronas de la colonia, pero se sometió a ello con tanta gracia que es probable que no fuera consciente del peligro que corría. La señora Lepperidge y la señora Reppington se lo hicieron pasar mal. Lejos de allí, en lugares secretos sin sol del interior del país, donde un tallo retorcido en mitad de un sendero en plena selva, un trapo ondeando en una rama, un ave de corral sin cabeza y espatarrada junto a un tocón viejo señalaban la zona tabú donde ningún hombre podía entrar, las mujeres sakuya entonaban sus primigenios cánticos de iniciación; aquí en la colina, el no menos terrible ritual se celebró en torno a la mesa de té de la señora Lepperidge. Primero las preguntas: discretas y solapadas entre pasta y pasta de té, pero más apremiantes según aceleraba el ritmo tribal y bandeja y tetera eran retiradas de la mesa, cayendo una tras otra cada vez más rápido como manos exaltadas sobre el cuero de vaca tirante, en un crescendo que se elevó con el humo del primer cigarrillo; una serie de interpelaciones a cuál más perentoria… A las que Prunella respondió con la más dócil sencillez. Su vida entera, infancia y estudios, salió a relucir, fue examinada y juzgada finalmente ejemplar; la muerte de su madre, los cuidados de una tía, un colegio de monjas en las afueras que era el origen de sus encantadores modales, una buena disposición a buscar el hombre adecuado y establecerse allá donde la patria decidiera enviarle; su fe en una familia reducida y una educación europea, en el valor del deporte, en la bondad para con los animales, en la afectuosa protección de los hombres.
Después, una vez hubo demostrado que era digna de ello, vino la parte instructiva. Detalles sobre salud e higiene personal, cosas que toda joven tenía que saber, los peligros del sexo en general y de su práctica en los trópicos en particular; cómo tratar adecuadamente a los demás habitantes de Matodi, el protocolo respecto a damas de más alto rango, el ritual de las tarjetas de visita… «No dés nunca la mano a los indígenas por muy educados que se consideren. Los árabes son otra cosa, muchos de ellos podrían pasar por caballeros… De hecho no son peores que muchos italianos… Por suerte, no tendrás que conocer a nadie de la India… No permitas que un criado indígena te vea en bata… y no descuides correr la cortina del cuarto de baño: los indígenas espían siempre que pueden… No vayas nunca sola por las callejuelas, de hecho, allí no se te ha perdido nada… No salgas a montar a caballo sin compañía. Se han dado casos de bandidaje… sin ir más lejos el año pasado un misionero norteamericano (claro que él era una especie de inconformista)… Debemos hacerlo por nuestros hombres: nada de correr riesgos innecesarios… Una banda de forajidos al mando de un sayuka llamado Joab…, el mayor le dará su merecido en cuanto los reclutas estén un poco más a punto… Ahora dicen que las botas les resultan muy incómodas… Mientras tanto, como norma de seguridad, vayas adonde vayas lleva a un hombre contigo…»
III
Y Prunella nunca andaba escasa de acompañantes masculinos. Pasadas unas semanas, la comunidad pudo observar que las opciones se habían reducido a dos —el señor Kentish, subinspector nativo, y el señor Benson, alférez del contingente indígena—; no es que hubiera dejado de mostrarse encantadora con todos los demás (incluidos el sospechoso expatriado que vivía de no se sabe qué rentas y el repulsivo señor Jagger), pero diversos detalles pusieron en evidencia que sus preferidos eran Kentish y Benson. Y el estudio de estos inocentes romances dio a la vida social de la ciudad un súbito e inusitado interés. Hasta entonces, por supuesto, había habido mucha actividad en este terreno —gincanas, torneos de tenis, bailes, fiestas particulares, visitas y cotilleo, ópera de aficionados y ventas benéficas—, pero siempre sin alegría y como por obligación. Todos sabían lo que se esperaba de los ingleses en el extranjero; debían salvar las apariencias delante de los nativos y de sus camaradas de protectorado; tenían que tener algo sobre qué escribir a casa. De modo que se empecinaban en acudir a los recurrentes entretenimientos propios de su situación. Pero la llegada de Prunella había alegrado el ambiente; se celebraban más fiestas y más bailes y todo cobraba un nuevo sentido. El señor Brooks, que jamás había cenado fuera, descubrió que se había vuelto muy popular y, puesto que su anterior exclusión no le había causado el menor problema, lo tomó como un resultado natural de los encantos de su hija, cosa que le complacía, pero le resultaba un poco embarazoso. Se daba cuenta de que Prunella pronto querría casarse y afrontaba con ecuanimidad la perspectiva inevitable de quedarse solo otra vez.
Mientras tanto, Benson y Kentish iban a la par en cabeza del concurrido derbi social azanio, y nadie podía afirmar con seguridad cuál de los dos llevaba ventaja —las apuestas estaban ligeramente a favor de Benson, que había ido a cenar y a bailar con ella al Caledonian y al Polo Club—, pero entonces se produjo el incidente que trastocó a todo el país. Prunella Brooks fue secuestrada.
Ocurrió en circunstancias oscuras y un tanto turbias. Prunella, que aparentemente jamás había infringido una sola coma de los códigos locales, había salido a montar sola por las colinas. Eso quedó claro desde el principio, y después, al ser interrogado, su mozo de cuadra reveló que últimamente había adquirido esa costumbre y que la ponía en práctica dos o tres veces por semana. La sorpresa de semejante infidelidad a las normas fue casi tan grande como la de su desaparición.
Pero lo peor estaba por llegar. Una noche, en el club, al estar ausente el señor Brooks (su popularidad había menguado a raíz del suceso y su presencia constituía un doloroso freno), las excursiones secretas de Prunella fueron objeto de abierto debate, en mitad del cual una voz ligeramente achispada irrumpió en la conversación.
—Tarde o temprano se sabrá —dijo el expatriado de Kenia—, de modo que más vale que lo cuente. Era conmigo con quien Prunella salía a montar. Ella no quería que se hablara de nosotros, de manera que nos encontrábamos en la carretera de Debra Dowa, junto a las tumbas musulmanas. Voy a echar muchísimo de menos esas tardes —añadió, con un ligero temblor etílico en la voz—, y me considero en buena parte el responsable de lo sucedido. Verán ustedes, aquella mañana yo debía de haber bebido un poco más de lo aconsejable y hacía mucho calor, de modo que, entre una cosa y otra, cuando fui a ponerme los pantalones de montar me entró sueño y me quedé dormido hasta la hora de cenar. Puede que no volvamos a verla nunca más… —concluyó diciendo, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
Este poco viril espectáculo sirvió para calmar los ánimos, pues Benson y Kentish habían empezado ya a acercarse al expatriado con aire amenazador. Pero castigar a quien se encuentra ya en las simas de la autocompasión resulta escasamente satisfactorio, y el mayor Lepperidge los llamó rápidamente al orden con voz firme y seria:
—Benson, Kentish, muchachos: no diré que no entienda vuestra postura, y sé exactamente qué haría yo dadas las circunstancias. Lo que acabamos de oír puede ser verdad o no. En cualquier caso, creo saber lo que todos sentimos por quien acaba de hablar. No nos precipitemos. Habrá tiempo de sobra para ajustar cuentas una vez que hayamos rescatado a la señorita Brooks. Ése es nuestro principal deber.
Así exhortada, la opinión pública se volcó de nuevo en Prunella y lo apremiante de su caso cobró nuevos tintes dramáticos al cabo de dos días, con la llegada de la oreja derecha del misionero baptista del consulado estadounidense envuelta de cualquier manera en papel de periódico y cordel. Los hombres de la colonia —sin contar, por supuesto, al expatriado— se reunieron en casa de Lepperidge y formaron un comité de defensa, en primer lugar para proteger a las mujeres que todavía les quedaban, y, en segundo, para rescatar a la señorita Brooks a expensas de cualquier riesgo o inconveniente de índole personal.
IV
La primera petición de rescate llegó por mediación de la agencia del señor Youkoumian. El menudo armenio era ya un hombre querido y, en general, del agrado de la comunidad inglesa; les favorecía encontrar a un extranjero que se ajustaba a las mil maravillas a su idea de lo que debía ser un extranjero. Dos días después de crearse el Comité de Protección de Mujeres Británicas, en la oficina del mayor Lepperidge, compareció un individuo jovial, orondo y servil para solicitar audiencia luciendo un lustroso traje de alpaca, casquete en la cabeza y botas amarillas con elásticos a los costados.
—Mayor Lepperidge —dijo—, usted me conoce; todos los caballeros de Matodi me conocen. Los ingleses son mis favoritos, protectores natos de todas las razas inferiores por igual, como la Liga de Naciones. Verá, mayor, yo oigo cosas. Todo el mundo confía en mí. Que estos negros rapten a damas inglesas está muy mal hecho. Yo lo arreglo, OK?
A las preguntas del mayor, y con gran despliegue de evasivas y circunloquios, Youkoumian explicó que, por mediación de varios primos de su esposa, había establecido contacto con un árabe, una de cuyas mujeres era hermana de un sayuka perteneciente a la banda de Joab, que la señorita Brooks se encontraba en esos momentos sana y salva, y que Joab estaba dispuesto a negociar.
—Ese Joab pone un precio muy alto —continuó—. Quiere cien mil dólares, un coche blindado, dos ametralladoras, cien fusiles, cinco mil balas, cincuenta caballos, cincuenta relojes de oro, un aparato de radio, el indulto y el rango de coronel honorario del regimiento indígena.
—Eso, ni que decir tiene, está descartado.
El armenio se encogió de hombros.
—Ah, bueno, entonces le cortará las orejas a la señorita Brooks igual que al misionero. Mire, mayor, este país no tiene remedio. Vivo aquí desde hace cuarenta años, y sé que no importa que uno sea grande o pequeño: las reglas son iguales para grandes y pequeños. Si el indígena quiere algo, hay que dárselo enseguida; ya lo recuperará después sea como sea. Los indígenas están todos locos, pero son muy salvajes, igual que animales. Verá, mayor, yo hago el mejor whisky de Matodi: escocés, irlandés, todas las marcas; tengo en mi tienda muy buenos relojes que parecen de oro, y tengo una radio también. El coche blindado, los caballos, las ametralladoras y eso, se lo dejo a usted. Luego nos sacamos un buen pellizco al cincuenta por ciento, ¿qué le parece?
V
Dos días más tarde el señor Youkoumian se presentó en casa del señor Brooks.
—Es una carta de la señorita Brooks —dijo—. La traía un sayuka. Le he dado una rupia.
El mensaje estaba escrito de cualquier manera en el reverso de un sobre.
Querido papá:
Estoy a salvo y me encuentro bastante bien. Ni se te ocurra seguir al mensajero; Joab y los bandidos me torturarían hasta morir. Por favor, envíame el gramófono y unos discos. Llega a un acuerdo con ellos, de lo contrario no sé qué puede pasar.
Prunella
Era la primera de una serie de notas que, en adelante, fueron llegando cada dos o tres días por mediación del señor Youkoumian. En ella se solicitaban pequeñas posesiones personales…
Querido papá:
Esos discos no. Los de baile… Y por favor mándame un tarro de crema para la cara que hay en el cuarto de baño, y también revistas ilustradas…, el pijama verde de seda…, cigarrillos Lucky Strike…, dos faldas claras de dril y las blusas de seda sin mangas…
Fueron llevando todas esas cartas al club para que las leyeran en voz alta; y, con los días, la tensión fue menguando para dar paso a una impresión general de que el drama se había vuelto prosaico.
—Tarde o temprano bajarán el rescate. Mientras tanto la chica está más o menos a salvo —sentenció el mayor Lepperidge, expresando con autoridad algo que estaba en mente de todos.
La ciudad empezaba a recuperar su vida normal: administración, deportes, cotilleos; la llegada de la otra oreja del misionero norteamericano apenas causó revuelo, aunque el señor Youkoumian se sacó de la manga una trompetilla que intentó vender a los de la misión. Las damas de la colonia abandonaron la vida enclaustrada que se habían visto obligadas a adoptar tras el primer susto; los hombres, por su parte, ya no las protegían tanto y volvían a demorarse por la noche en el club.
Entonces sucedió algo que revivió el interés por la cautiva: Sam Stebbing descubrió la clave.
Era un joven discreto con un brillante historial académico que había llegado recientemente de Cambridge para trabajar en la oficina de inmigración con Grainger. Había mostrado desde el principio mucho más interés por el suceso que sus compañeros. Había estudiado a fondo los textos de los mensajes robando horas al sueño durante una quincena de calor sofocante, al cabo de la cual afirmó rotundamente que estaban en clave. El sistema por el que había hecho esta deducción distaba mucho de ser sencillo. Stebbing no tenía inconveniente en explicárselo a cualquiera, pero sus oyentes acababan perdiendo el hilo y se contentaban con la solución.
—… Primero hay que traducirlo al latín, luego formar un anagrama con la primera y la última palabras del primer mensaje, la segunda y la penúltima del tercero contando de la mitad en adelante. Los bandidos debieron de hacerse un buen lío…
—Y que lo digas. Aparte de que ninguno de ellos sabe leer…
—En el cuarto mensaje se vuelve al sistema original, cogiendo la cuarta palabra y la ante antepenúltima…
—Sí, sí, ya entiendo. No te molestes en seguir y suelta qué dice el mensaje en realidad.
—Dice: «AMENAZADA CADA DÍA PEOR QUE LA FUERTE».
»Algo ha fallado en el código, seguramente ella quería poner “muerte”; y luego hay una palabra que no logro entender: PLZGF. La pobre chica debía de estar muy nerviosa al escribirlo, y al final pone “CONFÍA EN MI REY”.
La opinión general fue laudatoria. Los maridos llevaron la noticia a sus respectivas esposas:
—… Francamente ingenioso cómo ha conseguido averiguarlo, ese Stebbing. No me molestaré en explicártelo; no lo entenderías. Bueno, el resultado está bastante claro: la señorita Brooks corre un grave peligro. Es preciso que nos movilicemos.
—Pero ¿quién iba a pensar que la pequeña Prunella era tan sumamente lista…?
—Oh, yo siempre dije que esa chica tenía cerebro.
VI
Las agencias de prensa hicieron circular la noticia del descubrimiento por todo el mundo civilizado. En la primera fase había habido una gran expectación; el suceso apareció en primera página, con foto, durante dos días, luego pasó a la página central con foto, después a la parte baja de la página central sin foto, y por último a la página tres del Daily Excess según el hecho en sí iba perdiendo su carácter preocupante. El asunto de la clave, sin embargo, hizo renacer el interés. Stebbing apareció en primera plana, con foto. El periódico ofreció diez mil libras para el rescate, y un periodista famoso descendió de los cielos en avioneta para dirigir e informar de las negociaciones.
Se trataba de un joven recio, australiano de nacimiento, y todo fue llegar él y empezar a ir las cosas como la seda. La colonia dejó a un lado su habitual hostilidad para con la prensa, lo hizo miembro del club y ocupó su tiempo libre con cócteles y torneos de tenis. El periodista desbancó incluso a Lepperidge como autoridad en temas de ámbito universal.
Su estancia, sin embargo, fue breve. El primer día entrevistó al señor Brooks y a toda la gente importante de Matodi, después de lo cual envió por telégrafo una emotiva crónica «humana» sobre el lugar que ocupaba Prunella en el corazón de la ciudad. Desde ese momento y para unos tres millones de lectores, la señorita Brooks se convirtió en Prunella. (Sólo hubo un famoso local que el famoso periodista no pudo conocer. El pobre señor Stebbing se había «hundido» por culpa del calor e iba ya rumbo a Inglaterra con baja por enfermedad en un estado de gran perturbación mental).
El segundo día entrevistó al señor Youkoumian. A las diez de la mañana se sentaron con una botella de mastika a una pequeña mesa redonda en la trastienda del armenio. Eran las tres de la tarde cuando el periodista salió de nuevo al inefable y polvoriento calor, pero había sacado partido de la visita. El señor Youkoumian había prometido conducirlo hasta el campamento de los bandidos. Ambos juraron guardar el secreto. Al atardecer todo Matodi hablaba sobre la inminente expedición, pero el periodista no tuvo que someterse a ningún interrogatorio; aquella noche se encontraba a solas, escribiendo una crónica de lo que esperaba que iba a suceder al día siguiente.
Describió el comienzo de la aventura: «El alba grisácea despuntando ya sobre la afligida población de Matodi […] los camellos resoplando y tirando de las riendas […] los muchos apenados ingleses para quienes el sol significaba tan sólo la terminación de otra noche de desesperanzada vigilancia […] el amanecer irrumpiendo en la pequeña habitación donde estaba la cama de Prunella, la colcha retirada como ella la dejó aquella tarde fatídica […]». Describió el ascenso a las colinas: «[…] Exuberante vegetación tropical que daba paso a matojos y roca desnuda […]». Describía cómo le vendaba los ojos el mensajero de los bandidos y cómo luego, meciéndose sobre el camello sin ver nada, cabalgaba hacia lo ignoto. Finalmente, una eternidad después, la repentina parada; fuera venda de los ojos… el campamento de los bandidos. «[…] diez hombres de feroz mirada oriental armados con alarmantes fusiles […]», aquí sacó la hoja de la máquina de escribir e hizo una corrección; la guarida de los malhechores estaría en una cueva «[…] sembrada de huesos y pieles». Joab, el cabecilla, acuclillado en su bárbaro esplendor, con una espada tachonada de piedras preciosas sobre las rodillas. Por último, el clímax: Prunella maniatada. Barajó por momentos la idea de desnudarla y empezó a teclear un vívido retrato verbal de su cuerpo de muchacha encogido de miedo entre las sombras, como Andrómeda. Pero la prudencia le hizo contenerse y al final se contentó con escribir: «[…] hermosa y delgada, el cuerpo marcado por cuerdas de cáñamo que se cebaban en sus jóvenes extremidades […]». Los últimos párrafos referían el cambio en la mirada de Prunella, la chispa de esperanza cuando él se acercaba al jefe de los bandidos, le hacía entrega del rescate y «en nombre del Daily Excess y del Pueblo de la Gran Bretaña la restituía a su patrimonio de libertad».
Para cuando hubo terminado era ya muy tarde, pero se acostó con la sensación de haber hecho muy bien su trabajo. A la mañana siguiente, depositó el manuscrito en la oficina de telégrafos y partió para las colinas con el señor Youkoumian.
El viaje no tuvo absolutamente nada que ver con lo que él había escrito la víspera. Después de un buen desayuno se pusieron en marcha auspiciados por los buenos deseos de la gran mayoría de la colonia británica y buena parte de la francesa, pero, en vez de montar en camellos, lo hicieron en el pequeño Austin del señor Kentish. Tampoco llegaron a la guarida de Joab. Cuando apenas habían recorrido poco más de quince kilómetros vieron acercarse a una chica por el camino. Iba sola y no muy limpia —el cabello, sobre todo—, pero, por lo demás, se la veía robusta y con buena salud.
—La señorita Brooks, supongo —dijo el periodista, haciéndose eco sin querer de un famoso precedente—. Pero ¿dónde están los bandidos?
Prunella miró al señor Youkoumian como pidiendo ayuda, mientras el armenio, que estaba unos pasos más atrás, meneaba repetidamente la cabeza con brío.
—Este caballero inglés escritor de periódicos —explicó— conoce a todos los caballeros de Matodi. Tiene las mil libras para Joab.
—Ah, entonces que vaya con cuidado —dijo la señorita Brooks—, hay bandidos por todas partes. Bueno, uno no los ve, claro, pero apostaría algo a que ahora mismo hay cincuenta fusiles apuntándonos desde las rocas y los arbustos y qué sé yo. —Hizo un amplio gesto con un brazo desnudo y moreno englobando el aparentemente inocente paisaje—. Lo habrá traído en monedas de oro, ¿no?
—Está todo ahí, en la parte de atrás del coche, señorita.
—Espléndido. Bien, me temo que Joab no le dejará entrar en su guarida, de modo que usted y yo esperaremos aquí y Youkoumian seguirá en coche hasta las colinas para entregar el rescate.
—Pero, señorita Brooks, mi periódico ha invertido mucho dinero en esta historia. Tengo que ver la guarida.
—Yo se lo le explicaré todo —dijo Prunella, y así lo hizo.
»Había tres chozas —empezó diciendo, con la mirada baja, las manos entrecruzadas, y el tono apacible y claro, como si estuviera recitando de memoria una lección—, y la más pequeña y oscura era mi calabozo.
El periodista se rebulló inquieto.
—Chozas… Yo pensaba que serían cuevas.
—No, si son cuevas. Es que en esta región dicen «choza» para referirse a una cueva. De noche y de día dos leones encadenados me guardaban; echaban chispas por los ojos y su aliento era fétido. Si no me movía de sitio, las fieras no podían alcanzarme, porque la longitud de sus cadenas no se lo permitía. Pero sólo que hubiera movido la mano o el pie… —Se interrumpió, estremeciéndose un poco…
Para cuando volvió Youkoumian, el periodista tenía ya material de sobra para otra impactante crónica de primera plana.
—Joab ha dado orden de retirar los francotiradores —dijo Prunella tras un breve conciliábulo con el armenio—. Podemos irnos sin peligro.
Subieron pues al pequeño automóvil y volvieron a Matodi sin el menor contratiempo.
VII
Poco queda que contar de esta historia. Hubo gran entusiasmo en la ciudad con la vuelta de Prunella, y el martes siguiente se le organizó un recibimiento oficial. El periodista hizo muchas fotografías, redactó una escena de bienvenida que conmovió profundamente a la opinión pública británica y, poco después, despegó en su avioneta para recibir felicitaciones y un ascenso en la redacción del Excess.
Se esperaba que Prunella se decidiría por fin por uno de los dos candidatos —Kentish o Benson—, pero la colonia se vio privada de tal acontecimiento. Corrió en cambio el inquietante rumor de que iba a regresar a Inglaterra. Fue como si una luz se hubiera extinguido en la vida azaní; pese a los buenos deseos expresados, hubo una cierta contención —por no decir rencor— la víspera de su partida, como si marchándose, Prunella hubiera incurrido en deslealtad a la colonia. El Excess insertó un suelto anunciando su llegada (COROLARIO A UN SECUESTRO, rezaba el titular), pero en general se podía afirmar que el caso ya no interesaba a nadie. El pobre Stebbing hubo de renunciar a toda actividad laboral. Sus desórdenes mentales parecían permanentes, y en adelante ya no saldría de una casa de reposo, dedicado a la inofensiva y nada rentable tarea de descifrar mensajes ocultos en la guía de ferrocarriles Bradshaw. En el propio Matodi apenas se comentaba nada del secuestro.
Seis meses después, Lepperidge y Bretherton se encontraron en el club para tomar su acostumbrado pink gin vespertino. Los bandidos volvían a ser tema de conversación, pues aquella misma mañana el tronco sin miembros del misionero había sido hallado a la puerta del recinto baptista.
—Ése es uno de los problemas que tendremos que solventar —dijo Lepperidge—. Hay que tomar medidas. Voy a hacer un informe completo sobre el asunto.
El señor Brooks pasaba en aquel momento por allí, camino de cenar a solas en su mesa de siempre; ahora comparecía muy raramente en el club; la agencia petrolífera iba viento en popa y le suponía muchas horas de trabajo. No recordaba ya ni se arrepentía de su fugaz popularidad, pero Lepperidge seguía tratándolo con una cordialidad teñida de culpa cada vez que se encontraban.
—Buenas noches, Brooks. ¿Alguna noticia de la señorita Prunella?
—Pues sí, precisamente hoy he sabido de ella. Se acaba de casar.
—Vaya, cuánto me alegro… Estará usted contento, imagino. ¿Es el novio alguien que conozcamos?
—Sí, en parte estoy contento, aunque la voy a echar de menos. Se trata de ese individuo venido de Kenia que estuvo aquí una vez, ¿se acuerda?
—Oh, sí, conque él, ¿eh? Vaya, vaya… Salúdela de mi parte cuando la escriba.
El señor Brooks bajó los escalones y salió a la tranquila y perfumada noche. Lepperidge y Bretherton estaban completamente a solas. El mayor se inclinó hacia el otro y le habló con un tono de confidencia:
—Oiga, Bretherton, hay una cosa que me he preguntado muchas veces, pero que quede estrictamente entre nosotros, por supuesto. ¿Usted no ha pensado nunca que hubo gato encerrado en aquel secuestro?
—¿Gato encerrado?
—Eso mismo.
—Me parece que entiendo lo que me quiere decir. Bueno, es cierto que últimamente algunos hemos pensado que…
—En efecto.
—Nada específico, desde luego; tal como usted dice, pudo haber gato encerrado.
—En efecto… Mire, Bretherton, creo que debería usted correr la voz de que es mejor no hablar mucho de ello, ¿me entiende? Mi señora también ha empezado a comentarlo con las mujeres y…
—Desde luego, señor. No es cosa de suscitar habladurías… por los árabes, quiero decir, y los franchutes.
—En efecto.
Tras una larga pausa, Lepperidge se levantó finalmente de la mesa.
—La culpa es mía —dijo—. Cometimos un gran error con esa chica. Debí imaginármelo. A fin de cuentas, y antes que nada, Brooks es todo un señor comerciante.