fragmentos: cenando con el pasado (spanish)
Casi lo primero que me dijo Toby cuando nos encontramos fue: «Imogen está otra vez en Londres».
Aunque para él esto no podía significar de ninguna manera tanto como para el resto de nosotros, sí le pareció la única cosa de inmediata relevancia; para mí, más que un motivo de placer o de dolor, pues, naturalmente, era ambas cosas, fue sobre todo una irrupción de recuerdos cercanos.
Durante un lapso de tiempo la barra frente a la que estábamos de pie quedó congelada en el espacio: las jarras, la madera salpicada de pequeños charcos, el hombre pálido que había detrás, perdieron perspectiva; la leyenda «Si le gusta nuestra cerveza, dígaselo a sus amigos; si no, díganoslo a nosotros» parecía tallada en piedra, cosa de cuando existían reyes-sacerdote; los tres años o poco más que mediaban entre el presente y aquella deprimente tarde de abril encajaban, sin pena ni gloria, en el remoto pasado y no llegaba de la calle el menor sonido.
Luego, casi al instante, la máquina se puso a funcionar de nuevo y yo, como si nada se hubiese interpuesto entre su voz y la mía, dije:
—¿Sabes si estaba con él?
Pues incluso ahora, transcurridos tres años o algo más, no me resultaba fácil llamarlo por su nombre; hablaba de él de manera impersonal, como los sirvientes descuidados hablan de su señor. De hecho, era así como pensaba en él; su nombre era un insignificante aditamento, una etiqueta. Toby entendía algo de esto, como debió de entenderlo cualquiera que hubiese conocido a Imogen, incluido él, pues estaba vinculado a muchas cosas que le eran completamente ajenas; aquella extraña tarde de abril estuvo en Adelphi Terrace, cuando Hauban se pasó dos o tres horas seguidas mirando el río, sin decir apenas palabra.
Su respuesta a mi pregunta se abrió paso entre esta maraña de pensamientos; sí, ella estaba con «él»; iban en un taxi, Toby lo había visto desde el piso alto de un autobús en Regent Street.
Y así, con toda naturalidad, fui en busca de Hauban, a quien no se me había ocurrido localizar cuando había aterrizado por la mañana —¿o fue hace tres años y medio?—. Tan repentinamente había vuelto yo al pasado. Y cuando encontré a Hauban, él me dijo:
—O sea que también tú estás de vuelta en Inglaterra.
Y supe de este modo que él también había visto a Imogen, y sus siguientes palabras fueron para invitarme a cenar y así poder ver a muchos viejos amigos, que él reuniría para celebrar mi regreso. Mas tanto él como yo como sus invitados sabíamos que no era para eso para lo que estábamos reunidos, aunque en toda la velada no se dijo una sola palabra de Imogen.
Y ella estuvo presente en la cena, nos acompañó en forma de pensamiento; con qué tímida cortesía la tratamos, a ella que había sido reina, pues todos cuantos la habían amado estaban congregados allí y ninguno se atrevió siquiera a pronunciar su nombre.