Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

estampa de época (spanish)

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Lady Amelia había sido educada en la creencia de que leer novelas por la mañana era el colmo de la incorrección. Ahora que estaba en el crepúsculo de su vida, y teniendo tan poca cosa con que ocupar las dos horas que mediaban entre comparecer abajo a las once y cuarto —con el sombrero puesto y perfumada con agua de lavanda— y el anuncio de que el almuerzo estaba listo, observaba estrictamente este principio. Sin embargo, después de comer, una vez servido el café en el salón; antes de que la leche que dejaba en el platillo para Manchu se hubiera enfriado lo suficiente; en invierno, mientras el fuego de carbón cuidadosamente apilado resplandecía en la chimenea de frontal curvo; mientras Manchu olfateaba y sorbía del platillo y lady Amelia extendía sobre sus rodillas los diversos tonos de lana con que su mala vista de ahora la obligaba a trabajar; mientras el señorial reloj estilo regencia proseguía su tic tac durante dos horas y media a la espera de la hora del té, la señorita Myers le leía en voz alta una novela.
Con los años lady Amelia se había ido aficionando mucho a las novelas, a un determinado tipo de novela. Le gustaban especialmente las que la encargada de la biblioteca solía llamar «fuertes» y guardaba escondidas debajo de su mesa. La señorita Myers tenía que ir a buscarlas y devolverlas una vez leídas.
—¿Tiene usted algo de lo que le gusta a lady Amelia? —preguntaba muy seria.
—Pues mire, acaba de llegar esto —respondía la encargada, sacando un tomo de algún sitio a la altura de sus pies.
En una época lady Amelia se había decantado por las historias de amor entre ricos irresponsables; más adelante había tenido una fase psicológica. Actualmente le interesaban sobre todo autores norteamericanos de la escuela del realismo brutal y el lenguaje soez. «Deme algo por el estilo de Santuario o Bessie Cotter», se veía obligada a pedir la señorita Myers. Y mientras la tarde languidecía sin más trastornos que su voz exquisitamente modulada leyendo el lenguaje apenas comprensible de aquellas historias de violaciones e infidelidades, no era raro que lady Amelia soltara alguna risita sin dejar de hacer calceta.
—Las mujeres de mi edad siempre se dedican a la religión o a las novelas —dijo—. He observado que entre las pocas amigas que todavía viven las lectoras de novelas gozan de mucha más buena salud.
El relato que estaban leyendo concluyó a eso de las cuatro y media.
—Gracias —dijo lady Amelia—. Ha sido muy entretenido. Tome usted nota del autor, señorita Myers. Después del té le dará tiempo a acercarse a la biblioteca para ver si tienen otro. Espero que le haya gustado.
—Pero era muy triste, ¿verdad?
—¿Triste?
—Ese pobre joven que lo escribió debe de haberse criado en una familia horrible.
—¿Por qué dice eso, señorita Myers?
—No sé, era todo tan rocambolesco.
—Qué curioso que piense usted eso. Yo, las novelas modernas, las encuentro todas de un discreto que exaspera. Claro que hasta hace poco nunca había leído novelas, no puedo decir cómo eran las de antes. En aquellos tiempos estaba demasiado ocupada viviendo mi vida y compartiendo las de mis amigos, gente toda ella que procedía de familias horribles —añadió, mirando de reojo a la señorita Myers; su mirada era tan punzante y seca como un baquetazo en los nudillos con una regla de marfil.
Quedaba media hora para el té; Manchu dormía sobre la alfombrilla, delante de la chimenea ahora apagada; el sol se colaba por las persianas dibujando largas tiras de luz sobre la moqueta de Aubusson. Lady Amelia fijó la vista en la pantalla heráldica de la chimenea y continuó, en tono soñador:
—Imagino que no sería posible, me refiero a escribir sobre las cosas que realmente pasan. La gente está tan acostumbrada a las novelas que no se las creerían. Los pobres escritores se desviven por hacer que la verdad parezca plausible. Santo cielo, muchas veces pienso, mientras usted está ahí sentada haciéndome el favor de leer en voz alta: «Si uno pusiera por escrito simplemente lo que sucede durante varios años en cualquier familia que uno conozca…, nadie se lo creería». Ya me la imagino a usted diciendo algo como: «Quizá sí que suceden estas cosas, muy de tanto en tanto, una vez cada cien años, en hogares horribles»; y, en cambio, ocurren constantemente, todos los días, aquí y en cualquier parte, o al menos ocurrían cuando yo era joven.
»Pongo por ejemplo las muy irónicas circunstancias de la sucesión del actual lord Cornphillip.
»Yo conocía muy bien a los Cornphillip de aquellos tiempos —explicó lady Amelia—. Etty era prima de mi madre, y de recién casados mi marido y yo solíamos pasar allí unos días cada otoño, para la caza del faisán. Billy Cornphillip era un hombre muy soso, increíblemente soso. Estaba en el regimiento de mi marido. De recién casada conocí a muchas personas sosas, muchísimas, pero Billy Cornphillip era célebre por ello incluso entre los amigos de mi esposo. Viven en Wiltshire. Tengo entendido que el chico está intentando vender la casa. No me extraña. Era muy fea y muy poco saludable. Yo lo pasaba muy mal allí.
»Etty, en cambio, era una joven vivaracha con unos ojos muy bonitos. La gente la tomó por una fresca. Naturalmente para ella era un muy buen partido; Etty tenía seis hermanas, y su padre, pobrecillo, fue el benjamín de la familia. Billy le llevaba doce años. Hacía mucho tiempo que Etty iba detrás de él. Recuerdo que lloré de felicidad cuando recibí su carta contándome que se habían prometido… Escribía en una clase de papel muy artístico, con bordes azul cielo y unos lazos de cinta azul en la esquina…
»La pobre Etty, siempre con su faceta artística. Quería cambiar el aspecto de la casa (poner plumas de pavo real y panderetas decoradas y unos estarcidos muy modernos), pero el resultado siempre fue deprimente. Se hizo un jardín para ella a cierta distancia de la casa, con un muro alto y una puerta con candado. Solía pasarse horas y horas allí, pensando (al menos eso decía Etty). Lo llamaba el Jardín de Pensar. Una vez, como un gran privilegio, entré con ella después de una de sus peleas con Billy. Las plantas no crecían bien, supongo que por culpa de los muros y de que era Etty quien cuidaba de todo. En mitad del jardín había un asiento cubierto de musgo. Imagino que era donde se sentaba a pensar. El pestazo a humedad era muy desagradable…
»El caso es que todos nos alegramos mucho de la suerte que había tenido Etty, y creo que al principio a ella le gustaba Bill y estaba dispuesta a portarse muy bien con él, a pesar de lo soso que era. La cosa sucedió cuando ya todos desesperábamos. Billy había sido durante un tiempo el amigo de lady Instow y todos nos temíamos que ella nunca lo dejara casarse, pero aquel año tuvieron una fuerte discusión en Cowes y Billy se marchó a Escocia de muy mal humor. La pequeña Etty se alojaba entonces en la casa, de modo que el compromiso salió adelante y yo fui una de las damas de honor.
»La única persona que puso mala cara fue Ralph Bland. Verá, Ralph era el pariente más próximo de Billy y le tocaba heredar si Billy moría sin descendencia, y, con el tiempo, había ido abrigando esperanzas.
»Acabó muy mal (bueno, de hecho, no sé exactamente qué fue de él), pero en la época de que estoy hablando era muy popular, sobre todo entre las mujeres… La pobre Viola Chasm estaba terriblemente enamorada de Ralph. Quería fugarse. Ella y lady Anchorage se tenían muchos celos por culpa de él. Las cosas se pusieron desagradables, sobre todo cuando Viola averiguó que lady Anchorage pagaba cinco libras semanales a su doncella para que le llevara todas las cartas que Viola recibía de Ralph, quiero decir antes de que Viola las hubiera leído, claro. Ralph era un hombre muy agradable y decía las cosas más ridículas que se pueda usted imaginar… Cuando Etty y Billy se casaron tuvo una gran desilusión; él era entonces padre de dos hijos. Ella tenía un poco de dinero entonces, pero Ralph se lo gastó todo. Billy no hacía muchas migas con él (tenían poco en común, por supuesto), pero le trataba bastante bien y siempre le estaba sacando de algún aprieto. De hecho, durante un tiempo, le pasó una asignación, y entre eso y lo que sacaba de Viola y de lady Anchorage Ralph vivía con cierta holgura. Pero, como decía él, tenía que pensar en el futuro de sus hijos, y de ahí que el matrimonio de Billy fuera una enorme decepción para él. Habló incluso de emigrar y Billy le adelantó una importante suma de dinero para comprar una granja ovina en Nueva Zelanda, pero al final todo quedó en nada, porque un amigo judío que Ralph tenía en la ciudad se pulió el dinero de Billy. Ocurrió de la manera más desafortunada, porque Billy le había pasado esa suma en el bien entendido de que Ralph no esperara recibir una asignación. Aparte de eso, Viola y lady Anchorage se enfadaron mucho al saber que pensaba marcharse e hicieron otros planes, con lo cual, por un lado y por otro, el pobre Ralph tocó fondo.
»Sin embargo, empezó a recobrar el ánimo transcurridos dos años, viendo que no había indicios de descendencia. Cuando yo era joven, la gente tenía hijos con mucha más regularidad. Todo el mundo esperaba que Etty se quedara encinta (era menuda, pero sana y fuerte), y que no fuera así desató un alud de murmuraciones. En este sentido el propio Ralph se portó de la peor manera. Según me contó mi marido, hacía chistes sobre ello cuando estaba en el club, y de muy mal gusto además.
»Recuerdo bien la última vez que Ralph estuvo en casa de los Cornphillip; era una fiesta de Navidad y se presentó con su mujer y sus dos hijos. El mayor tenía entonces seis años y hubo una escena lamentable. Yo no me encontraba presente en ese momento, pero estábamos cerca, en casa de los Lockejaw, y como es lógico nos enteramos de todo. Parece ser que Billy tenía uno de sus días pedantes; estaba alardeando de la casa cuando el hijo de Ralph soltó muy serio y en voz alta: “Papi dice que cuando yo ocupe tu puesto podré tirar la casa abajo. Lo único que importa es el dinero”.
»Eso ocurrió hacia el final de la fiesta, por lo demás muy concurrida y bastante anticuada, de modo que nadie estaba para ser tolerante. Se produjo una última brecha entre los primos. Hasta entonces, y a pesar del fracaso de Nueva Zelanda, Billy había estado manteniendo a Ralph a regañadientes. El incidente supuso el fin de la asignación y Ralph se lo tomó muy mal.
»Usted ya sabe qué pasa (o quizá tiene usted la suerte, mi querida señorita Myers, de no saberlo) cuando dos parientes próximos empiezan a discutir: las salvajadas de que pueden echar mano no tienen límite. Creo que debería avergonzarme de explicar cómo se comportaron durante los siguientes dos o tres años. Ninguno de los dos tuvo la menor compasión con el otro.
»Por ejemplo, Billy, cómo no, era del partido conservador. Ralph bajó de estatus y se presentó candidato por los radicales en las elecciones generales y salió elegido en su condado.
»Tenga usted en cuenta que hablo de cuando las clases bajas no habían empezado a meterse en política. Era de rigor que los candidatos de ambos bandos fueran hombres de recursos, y cabe decir que todo ello suponía un gasto considerable. En realidad, mucho más de lo que Ralph podía permitirse invertir, pero en aquellos tiempos los miembros del Parlamento gozaban de muchas oportunidades para mejorar su posición, y todos consideramos que Ralph había dado un paso muy sensato, la primera cosa en verdad sensata que le veíamos hacer. Lo que vino después fue realmente escandaloso.
»Naturalmente Billy no había querido saber nada del asunto (eso era de esperar), pero pasadas las elecciones y con todo el mundo plenamente satisfecho del resultado, hizo algo que siempre he considerado muy, pero que muy feo. Denunció a Ralph por métodos corruptos. Y total por tres libras que Ralph le dio a un jardinero a quien Billy había despedido por embriaguez. Me atrevería a decir que estas cosas ya no se dan en la actualidad, pero en la época de que hablo eran moneda corriente. Nadie simpatizaba con la causa de Billy, pero él llevó adelante la denuncia y el pobre Ralph hubo de renunciar a su escaño.
—Después de aquello, creo que el pobre Ralph se trastornó un poquito. Es una cosa muy triste, señorita Myers, ver que un hombre de mediana edad se obsesiona con sentirse víctima de una injusticia. Recordará usted lo que pasó cuando el vicario pensaba que el mayor Etheridge le estaba acosando. De hecho, a mí me explicó que el mayor le había metido agua en el depósito de la motocicleta y que pagó a seis niños del coro para que cantasen desafinado; bueno, pues con el pobre Ralph pasó algo así. Quiso convencerse a sí mismo de que Billy le había destrozado la vida a propósito. Se mudó a una casita del pueblo y empezó a poner en apuros a Billy presentándose en todos los actos y festejos del pueblo y mirando fijamente a su adversario. Y el pobre Billy no sabía qué cara poner cuando tenía que pronunciar un discurso. Ralph se reía irónicamente en el momento inoportuno, pero no tan fuerte como para que Billy lo hiciera expulsar. Y además frecuentaba las tabernas y bebía mucho. En dos ocasiones lo encontraron dormido en la terraza. Por supuesto, nadie quería causarle la menor afrenta, porque en cualquier momento podía convertirse en el nuevo lord Cornphillip.
»Billy debía de estar medio desquiciado. Con Etty se llevaban peor que mal; de hecho, ella pasaba cada vez más tiempo en el Jardín de Pensar e incluso publicó un librito de sonetos, la mayoría sobre Venecia y Florencia, aunque nunca pudo convencer a Billy para que la llevara de viaje. Él siempre decía que la cocina extranjera le sentaba mal.
»Billy le prohibió hablar con Ralph, un verdadero problema, puesto que se cruzaban cada dos por tres en el pueblo y antiguamente habían sido grandes amigos. De hecho, Ralph solía hablar con enorme desdén sobre la virilidad de su primo y decía que ya iba siendo hora de que alguien le quitara a Etty. Pero no era más que una de sus bromas, porque Etty había adelgazado muchísimo y le había dado por vestirse en plan muy artístico, mientras que a Ralph siempre le gustaron elegantes y rollizas, como la pobre Viola Chasm. Al margen de sus posibles defectos —concluyó lady Amelia—, Viola siempre fue elegante y rolliza.
—La crisis coincidió con el sesenta aniversario de la coronación de la reina. Hubo una gran fogata y juerga por todo lo alto y Ralph se emborrachó como nunca. Le dio por amenazar a Billy de la manera más tonta, y Billy hizo que lo llevaran a magistratura y al final dictaron una orden de alejamiento en virtud de la cual no podía residir a menos de quince kilómetros de Cornphillip. Y Ralph, delante de todo el tribunal, dijo: «Muy bien, me marcharé, pero no será solo». Y puede usted creerse, señorita Myers, que aquella misma tarde él y Etty partieron juntos para Venecia…
»Pobre Etty, ella siempre había querido ir a Venecia y había escrito muchos poemas sobre la ciudad, pero fue una grandísima sorpresa para todos. Por lo visto hacía algún tiempo que se veía con Ralph en el Jardín de Pensar.
»No creo que a Ralph le gustara ella, porque, como he dicho antes, Etty no era su tipo en absoluto, pero al parecer lo consideró una estupenda manera de vengarse de Billy.
»Al final la fuga no salió nada bien. Se alojaron en un palacio muy insalubre y alquilaron una góndola y fueron acumulando un sinfín de facturas. Luego Etty sufrió una infección de garganta, y, mientras estaba en cama, Ralph conoció a una estadounidense que era mucho más de su tipo. Total, que al cabo de unas seis semanas Etty estaba de vuelta en Inglaterra. Naturalmente no volvió con Billy enseguida. Quería alojarse en nuestra casa, pero, lógicamente, eso no podía ser. Fue una situación muy incómoda para todos. Que yo sepa, en ningún momento se habló de divorcio. Faltaba mucho para que eso se pusiera de moda. Pero dejar que se hospedara en casa nos parecía una gran falta de consideración para con Billy. Al poco tiempo, y esto seguro que le va a sorprender, señorita Myers, nos enteramos de que Etty estaba de nuevo en Cornphillip y a punto de dar a luz. Fue un varón. Billy se puso muy contento, y dudo mucho que el chico llegara a saberlo hasta que, hace relativamente poco, almorzando un día con lady Metroland, mi sobrino Simon se lo dijo, y con bastante mala intención.
»En cuanto al chico del pobre Ralph, mucho me temo que no ha hecho nada en la vida. Debe de ser ya un hombre maduro. Nadie tiene noticias de él. Quizá lo mataron en la guerra, no me acuerdo.
»Aquí viene Ross con la bandeja. Oh, y veo que la señora Samson ha hecho más bollitos de esos que a usted parece que le gustan tanto. Estoy convencida, mi querida señorita Myers, de que tendría usted menos ataques de migraña si evitara esos bollitos. Pero como se cuida usted tan poco, señorita Myers… Déle uno a Manchu.