el pabellón: un anticlímax (spanish)
Jamás, en su variada y no siempre rotundamente exitosa trayectoria, había estado la escuela en un estado de desorganización y postración tan absoluto como en el trimestre de Pascua de 1917. En Francia y Flandes nuestras mal vigiladas e inadecuadamente pertrechadas líneas eran casi incapaces de resistir con éxito la temida ofensiva alemana; no había periódico que no llevara noticias de un nuevo fracaso o una nueva muestra de mala gestión, y no había carta que no trajera noticias de otro amigo o familiar muerto en combate. En la escuela, los diferentes pabellones habían sido casi totalmente tomados, en ausencia de los jóvenes profesores, por suplentes de tantos años como buenas intenciones e incompetencia; los prefectos eran jóvenes y, sabedores de que en cuestión de semanas, o a lo sumo unos meses, iban a ser llamados «a filas» y estar expuestos tal vez a la muerte y casi seguro a una mutilación, mostraban escaso interés por los asuntos de la escuela. El país entero estaba desquiciado. Téngase esto presente al leer un relato que, en cualquier otro momento histórico, habría sido del todo inviable.
Todo pabellón, cómo no, proclama ser el mejor, y muy probablemente acaba convencido de ello mediante un proceso de autohipnosis, pero hay un Pabellón que es más exclusivo que cualquier otro, más arrogante y seguro de sí mismo, más independiente. El Pabellón ostenta detalles de etiqueta exclusivos que las otras casas miran con desdén o con resentimiento. Tienen un argot en buena parte propio, muchas costumbres propias, y sobre todo un inquebrantable desdén por el Corps y sus maquinaciones. La oratoria del día de Inspección los deja impertérritos, e incluso cuando el militarismo se imponía a lo largo y ancho del país, cuando los patios del Christ Church en Oxford se llenaban de soldados haciendo instrucción, ellos mantenían su actitud desdeñosa con toda rotundidad. Y entonces llegó Ross. Prefecto, excelente deportista en todas las modalidades, con un lugar destacado en el sexto de Clásicas, había sido considerado poco menos que insignificante hasta que a su regreso, al inicio del trimestre de Pascua, lo nombraron jefe del Pabellón, en ese momento desmoralizado y desprovisto de su anterior dignidad.
Ross tuvo que hacerse cargo de toda la gestión y muy pronto se hizo notar. Cortó de raíz que algunos recibieran «pedidos» de golosinas de su profesor interino, que algunos consiguieran permisos para saltarse la asistencia al club o al desfile sin molestarse en consultar a la supervisora, consiguió devolver al Pabellón buena parte de su antiguo nivel y, en general, fue felizmente aceptado, pues es sabido que a los alumnos les gusta que haya un cierto orden siempre y cuando se haga de la manera adecuada.
Las primeras tres semanas todo fue bien… demasiado bien. Y llegó el desfile del lunes por la tarde, que era cuando el Corps empezaba a organizarse para el Campeonato de Pelotones de Pabellón. Ross pronunció un breve y vehemente discurso donde, como en casi todos sus discursos, dijo más de lo que tenía pensado decir. «Seguid en posición de descanso y prestad atención. Lo que acabo de ver no puede ser más monstruoso. Jamás había visto desfilar tan mal en toda mi vida: parecéis un hatajo de boy-scouts. Os voy a decir una cosa: si pensáis que porque este Pabellón ha sido durante mucho tiempo asquerosamente apático, vosotros vais a ser asquerosamente apáticos, estáis en un gran error, aunque sea por primera vez. Aquí vais a sudar la gota gorda, ¡y seré yo quien os obligue a sudarla! ¿Queda claro?», y acto seguido los hizo formar.
El Pabellón se lo quedó mirando con estupor y repulsa no disimulados y procedió a hacer la instrucción con la desgana de costumbre.
En el desfile con uniforme del martes siguiente, el Pabellón apareció con los botones deslustrados, las botas incrustadas de barro y los fusiles pringosos, igual que siempre. Al día siguiente el pelotón entero estaba haciendo instrucción de castigo.
Pasaron las semanas; poco a poco el Pabellón fue cediendo a la personalidad de Ross hasta el punto de alcanzar cierta malhumorada eficiencia, y de repente, unos días después de las pruebas de selección, se produjo un incidente que alteró por completo el cariz de las cosas.
Una tarde estaba Ross leyendo en los aposentos del capitán de pabellón cuando irrumpió Stewart, en ropa de deporte, bastante sucio, sin duda recién llegado de una carrera.
Stewart era capitán de Atletismo y, en opinión de casi todos, tenía asegurado, como mínimo, uno de los tres primeros puestos del Five Mile, por no decir el primero.
Fue a sentarse en el banco de la ventana y empezó a rascarse el fango endurecido que tenía en las rodillas. Luego levantó la vista y, arrastrando las palabras como solía hacer todo prefecto y todo capitán de pabellón, dijo:
—Ross, supongo que te das cuenta de que estás machacando al Pabellón con tu soldadomanía, ¿no?
Ross guardó silencio y dejó el libro sobre la mesa no sin antes colocar esmeradamente el punto. Stewart aguardó unos segundos y luego continuó:
—El Pabellón no tiene tiempo ni deseos de hacer esos bestiales ejercicios tácticos y actúa en consecuencia. Sé que con el fútbol no tenemos la menor oportunidad, pero sí, y muchas, en el Five Mile. Y no vamos a desperdiciarlas por jugar a las guerras.
Ross continuó sin decir nada, aunque en las comisuras de su boca se apreció un ligero movimiento.
—Te pondré un ejemplo. Hoy le he dicho al joven Merrivale que lo quería para una carrera de entrenamiento y me ha contestado que tenía que limpiar la bayoneta y enseñártela antes de Comedor, porque ayer la tenía medio oxidada. Le he dicho que me ocuparía yo de hablar contigo, claro está, pero no puedo entrenar bien a un equipo si tus malditas bayonetas constituyen un obstáculo a cada momento.
Ross se decidió a hablar:
—Siento decepcionarte, pero Merrivale tendrá que limpiar esa bayoneta antes de ir a correr.
Stewart no cabía en sí de asombro.
—¿Me estás diciendo que pones esa tontería de trofeo de pelotones por delante de la gran carrera? —inquirió.
—Lo expresas con bastante grosería —dijo Ross, arrastrando las palabras—, pero sí, creo que en el fondo se reduce a eso.
Ahí fue cuando Stewart perdió los nervios.
—Creo que olvidas una cosa —dijo—, no pienso entrenar a un equipo si te interpones en mi camino cada dos por tres. Soy el capitán y no tengo que correr si no me da la gana. O abandonas tu soldadomanía o no participaré en el Five Mile.
Stewart, por supuesto, planteaba una amenaza sobre la que no había discusión posible; la idea de que el otro pudiese tomarle la palabra era impensable, como sin duda lo habría sido para Ross en un momento menos crispado. Pero no podía hacer oídos sordos.
—Muy bien, entonces habrá que echar mano de Caven; es el primer suplente para la carrera, ¿no?
Cada cual había tomado una decisión a todas luces catastrófica, pero ninguno de los dos quiso echarse atrás.
Stewart, dotado de un gran sentido teatral, fue directamente al tablón de avisos y se tachó él mismo de la cabeza de lista en medio de un silencio tenso.
La noticia se extendió por el Pabellón y por toda la escuela a velocidad oriental. Las otras casas estaban exultantes; el Pabellón, deprimido. Que los Forzudos se pelearan, ¿era motivo para perder una copa? Surgieron diferentes facciones que discutían entre sí. Ross no había estado en las pruebas de los dos años anteriores y nadie sabía cómo se le daban estas cosas, pero él empezó a entrenarse con ahínco y la gente pudo comprobar que estaba empeñado en ganar la copa para el Pabellón sin Stewart. Éste, con el conocimiento de un experto en la materia, se dio cuenta de que Ross era muy buen corredor. El Five Mile, pues, se anunciaba como la resolución de la disputa.
Stewart, muy arrepentido, bajó a presenciar la final envuelto en un gran abrigo. El Pabellón no quedó primero.
El carácter y la voluntad son capaces de todo eso que proclama el pelmanismo y más, pero no de forzar el ritmo subiendo la cuesta de Cow-Top y de aguantar luego un sprint de cuatrocientos metros hasta Combs. Todo lo que quedó del entrenamiento de Ross fue un guiñapo pasado el terraplén.
Una semana más tarde se celebraba la Competición de Pelotones, y un muy abrigado y blanquísimo Ross bajó del Sanatorio para verla. Consciente de su fracaso, se preguntaba si sería capaz de aguantar un trimestre más la fría superioridad de Stewart y la vehemente antipatía de todo el Pabellón.
Pero, para su sorpresa, vio que estaban haciendo instrucción como jamás lo habían hecho (ni, gracias a Dios, lo han vuelto a hacer). La opinión pública es una de las cosas más volubles que existen; el fracaso de Ross había ido acompañado de una popularidad que, de haber triunfado él en la carrera, no habría llegado a gozar. El Pabellón, a lo grande como era su estilo, expresaba de este modo su cambio de opinión. Todos llevaban los pertrechos limpios, y al mando de Stewart hacían gala de un entusiasmo que contrarrestaba con creces el efecto del amodorramiento de sus anteriores intentos.
Que el Pabellón conquistara el trofeo sería un espléndido final, pero este relato habla de la vida escolar, y todo aquel que conozca el Pabellón sabe que eso está completamente descartado. Baste decir, no obstante, que quedaron terceros y que aquella tarde, cuando Ross bajó por la ladera para ir a Capilla, del brazo de Stewart, casi parecía que hubiera perdonado él al Pabellón, y no el Pabellón a él. Eso es la grandeza, a fin de cuentas.