el hogar de un inglés (spanish)
I
El señor Beverley Metcalfe dio unos golpecitos al barómetro del vestíbulo y advirtió satisfecho que había bajado varios puntos durante la noche. Siempre había preferido el sol, pero estaba convencido de que el verdadero hombre de campo se distinguía por su eterna necesidad de lluvia. Había hecho un estudio y anotado las características de los hombres de campo. De haber tenido hábitos literarios y haber sido de una generación anterior, tal vez habría acabado componiendo un librito de aforismos con sus observaciones. El verdadero hombre de campo vestía traje oscuro los domingos, no como el excursionista de la ciudad, que usaba prendas de franela; sentía debilidad por el regateo y no escatimaba en gastos para hacer sus compras por vía privada y no por los canales habituales del comercio minorista; pese a ser ostensiblemente escéptico y conservador, se dejaba fascinar por los artilugios mecánicos; era jovial, pero poco hospitalario, podía pasarse horas de cháchara con un extraño apoyado en su cerca, pero se resistía a dejar entrar en casa a sus mejores amigos… Éstas y otras innumerables características las fue anotando el señor Metcalfe como modelo a imitar.
«Lluvia: eso es lo que necesitamos», se dijo a sí mismo, y, abriendo la puerta que daba al huerto, salió al agradable aire matinal. El cielo estaba despejado, ni una sola nube. Su jardinero pasó en aquel momento por allí empujando la carretilla de regar.
—Buenos días, Boggett. El cristal ha bajado, por suerte.
—¿Uh?
—Significa que lloverá.
—Bah.
—Está muy abajo.
—Pos bueno.
—Lástima, después de tanto regar.
—Si no, se secará todo.
—Pero si llueve…
—¡Nah! Aquí si no se ve hasta ’llabajo, no llueve.
—Hasta ’llabajo, ¿dónde?
—Pos allá. Siempre se ve el campanario de Pilbury cuando está por llover…
El señor Metcalfe aceptó con gesto serio esa afirmación. «Estos viejos siempre saben algo que los científicos ignoran», solía decir, fingiendo un aire de paternalismo que distaba mucho de ser sincero. Boggett, el jardinero, no era viejo y mucho menos sabio; las semillas que plantaba raramente medraban; dejarlo con las tijeras de podar en la mano era arriesgarse a grandes estragos; sus ambiciones en horticultura no iban más allá de cultivar la calabaza más grande posible. Pero el señor Metcalfe le miraba con esa sencilla reverencia que el campesino siente por el cura del pueblo. Y es que el señor Metcalfe se había iniciado muy recientemente en el culto al campo y todavía se embobaba ante cualquiera peculiaridad rural, ya fueran los procesos agrícolas, la estructura social, el vocabulario, las costumbres; el mero aspecto de la campiña, reluciente ahora bajo el tibio sol de mayo, los frutales en flor, el castaño con todas sus hojas, el arce echando brotes; el sonido y el olor del campo, el señor Westmacott llamando a sus vacas de buena mañana, el aroma de la tierra húmeda y Boggett chapoteando torpemente entre los alhelíes; sentir el corazón del campo (o lo que el señor Metcalfe tomaba por tal) vibrando por todas partes; su propio corazón latiendo al compás, pues ¿acaso no era él un auténtico hombre de campo, un hacendado?
Era, de hecho, un hacendado en muy pequeña escala, pero mientras contemplaba desde la terraza de su casa el valle sereno a sus pies, se congratuló de no haberse dejado engatusar por los agentes inmobiliarios y de haber evitado así los innumerables cuidados de un territorio más amplio. Era propietario de unas cuatro hectáreas, cantidad que le parecía ni más ni menos que ideal; comprendían los terrenos de la casa y un prado acotado. Otras treinta hectáreas estaban disponibles a la sazón, y durante un par de días acarició la casi embriagadora idea de comprarlas. Se lo podría haber permitido, desde luego, pero, según su manera de pensar, había algo de perverso y mucho de erróneo en una inversión que daba apenas un rendimiento del dos por ciento. Él quería una casa, un hogar, no una morada, y meditó sobre lo irónico de ese término; le vino a la cabeza su vecino lord Brakehurst, cuya propiedad «marchaba» (como a veces le gustaba pensar) con la suya propia: efectivamente, había unos cien metros de seto vivo entre su prado y uno de los pastos de lord Brakehurst. ¿Qué podía ser menos sedentario que la vida de lord Brakehurst, todos los días pendiente de los mil cuidados que suponía tener una extensa propiedad? No, cuatro hectáreas, bien elegidas, era la medida justa. Y el señor Metcalfe había sabido elegir con sentido común. El agente inmobiliario no dijo más que la verdad al describir Much Malcock como uno de los pueblos menos estropeados de Cotswold. Era exactamente el lugar con el que el señor Metcalfe había soñado durante sus largos años como comerciante de algodón en Alejandría. Su propia mansión, que fuera conocida durante generaciones por el curioso nombre de Grumps, había sido rebautizada por un propietario anterior como Much Malcock Hall; se podía decir que estaba a la altura del nuevo nombre. Era una «elegante casa georgiana de venerable piedra de Cotswold, con cuatro salones, seis dormitorios-vestidores principales y multitud de detalles arquitectónicos de la época». Los lugareños, según comprobó el señor Metcalfe para su pesar, raramente se decidían a llamarla «the Hall». Boggett, por ejemplo, siempre decía que trabajaba «allá en Grumps», pero el nombre no era cosecha del señor Metcalfe y como membrete en el papel de carta se veía bonito; sugería una primacía en el pueblo que nadie disputaba.
Lord Brakehurst era, por supuesto, harina de otro costal. Tenía propiedades en cincuenta parroquias y era representante de la Corona en el condado. Lady Brakehurst, de hecho, no había ido a visitar a la señora Metcalfe, puesto que vivía en un mundo en el que dejar la tarjeta de visita había perdido toda importancia, pero, entre los que sí visitaban a sus vecinos, había otras dos familias en Much Malcock, y un caso fronterizo (aparte del vicario, que tenía acento plebeyo y cierta propensión a predicar contra la banca).
La pequeña nobleza rival estaba constituida por lady Peabury y el coronel Hodge, ambos recién llegados para los oriundos del lugar, pero residentes en la zona veinte años antes que el señor Metcalfe.
Lady Peabury vivía en Much Malcock House, cuyas chimeneas, que la frondosidad del verano iba a ocultar muy pronto, eran visibles todavía entre los pujantes tilos que crecían en la ladera opuesta del valle. Dos hectáreas de prado separaban su propiedad de la del señor Metcalfe, y en ellas el rechoncho rebaño de Westmacott enriquecía el paisaje y servía de contrapeso al esplendor un tanto burgués de los jardines de lady Peabury. Ella era viuda y, al igual que el señor Metcalfe, había llegado al pueblo procedente del extranjero. Era rica, amable y un poco avariciosa; lectora habitual de novelas, tenía numerosos cairn terriers y cinco viejas criadas que nunca rompían la porcelana Crown Derby.
El coronel Hodge vivía en el Manor, una estupenda casa con tejado a dos aguas situada en la calle del pueblo y cuyos jardines daban asimismo al prado de Westmacott por la parte de atrás. Era un pobretón, pero estaba muy involucrado en la British Legion y en los boy scouts. El coronel aceptó la invitación del señor Metcalfe para cenar en su casa, pero en su círculo familiar se refería a él como «el algodonero».
La posición de estos vecinos era clara: los Hornbeam del Molino Viejo eran una pareja de mediana edad, sin hijos, dedicada a la artesanía. El señor Hornbeam padre era un auténtico alfarero de Staffordshire y los mantenía a regañadientes y de manera harto exigua, pero los cheques que les llovían del cielo cada trimestre los colocaban inequívocamente en el estrato superior de la sociedad local. La señora Hornbeam iba a la iglesia y su marido entendía bastante de hortalizas. De hecho, si en lugar de huerto hubieran preferido tener una pista de tenis, y si el señor Hornbeam hubiera tenido un traje de etiqueta, habrían podido encajar bien con sus vecinos en términos de ostensible igualdad. En 1935, en ocasión del Peace Ballot, la señora Hornbeam había hecho campaña por todas las casas de campo a tiro de bicicleta, evitando sin embargo el Women’s Institute, y, según lady Peabury, no arrimó suficientemente el hombro en el pueblo. El señor Metcalfe consideraba que el señor Hornbeam era un bohemio, y el señor Hornbeam consideraba que el señor Matcalfe era un ignorante. El coronel Hodge, por su parte, se había peleado con ellos tiempo atrás por algo relativo a su perro airedale y los denigraba, año sí, año no, tres o cuatro veces al día.
Bajo sus tejas de piedra, la gente del lugar vivía considerablemente bien gracias a toda esta gente de fuera. Los visitantes extranjeros, impresionados por los precios de los restaurantes de Londres y por el esplendor de los más accesibles palacios ducales, suelen hablar maravillas de la riqueza de Inglaterra. Pero no saben de la misa la mitad. Es en pueblecitos remotos como Much Malcock donde las grandes reservas de la riqueza nacional se filtran de nuevo a la tierra. Los del pueblo tenían su Memorial Hall y su club. No habían reparado en gastos para hacer exterminar la carcoma de las vigas de la iglesia; sus scouts tenían una tienda de campaña redonda y cornetas de plata; la enfermera del distrito conducía un coche propio; en Navidad los niños del pueblo disponían de árboles y fiestas a porrillo y los chalets estaban repletos de cestas navideñas; si alguno se sentía indispuesto, pronto había oporto, caldo, uva y billetes para la costa en abundancia; por la noche los hombres volvían del trabajo con una paga extra, y durante todo el año se daban un atracón de verduras de crecimiento acelerado. Al vicario le resultaba imposible conseguir que se interesaran por el Left Book Club.
«Dios dio a los hombres la tierra entera para que la amaran —citaba el señor Metcalfe, recordando vagamente la frase de un calendario que había tenido colgado en su despacho de Alejandría—, pero como nuestros corazones son pequeños, decretó que cada cual amara un solo lugar por encima de todos los demás».
Se entretuvo yendo a la cochera, donde su chófer estaba examinando unas baterías. Asomó la cabeza en otro de los edificios anexos y vio que el cortacésped no había sufrido ningún daño durante la noche. Se detuvo en el huerto para arrancar pimpollos de un grosellero recién plantado que ese verano no tenía que dar fruto. Luego, terminada la ronda, entró a desayunar.
Su mujer estaba ya allí.
—He hecho la ronda —dijo el señor Metcalfe.
—Sí, querido.
—Todo va la mar de bien.
—Sí, querido.
—Pero no se ve el campanario de Pilbury.
—Santo Dios, Beverley, ¿y para qué querrías verlo?
—Cuando se ve es que va a llover.
—Qué tontería. Ya has estado escuchando otra vez a Boggett. Se levantó de la mesa y lo dejó a él con sus periódicos. Tenía que ir a ver a la cocinera. En Inglaterra los sirvientes te absorbían mucho tiempo; añoró a los muchachos bereberes de blancos guantes que chapaleaban por los frescos suelos embaldosados de su casa en Alejandría.
El señor Metcalfe terminó el desayuno y se retiró al estudio con su pipa y los periódicos. La Gazette acababa de llegar. Un genuino hombre de campo siempre lee primero la prensa local, de modo que el señor Metcalfe se tragó pacientemente los artículos sobre las actividades del Women’s Institute y una reseña sobre un pleno del ayuntamiento en el que se discutía el tema del alcantarillado. Sólo después se permitió abrir el Times.
¡Inicio tranquilo para un día de ira!
II
A eso de las once, el señor Metcalfe dejó el crucigrama. En el recibidor, al lado de la puerta que daba al jardín, guardaba herramientas especialmente diseñadas para personas de edad. Seleccionó una que había llegado hacía pocos días, salió tranquilamente al sol y se dirigió hacia los llantenes que crecían en el césped. La herramienta tenía una hermosa empuñadura en cuero repujado, una esteva de caña y una punta de acero inoxidable; funcionaba de maravilla, y, sin grandes esfuerzos, el señor Metcalfe pronto tuvo una amplia zona salpicada de pequeños y pulcros hoyos.
—Sophie, Sophie, ven a ver lo que he hecho —gritó hacia la casa, haciendo una pausa en su labor.
La cabeza de su mujer asomó por una ventana del piso de arriba.
—Muy bonito, querido —dijo.
Animado por el elogio, el señor Metcalfe continuó trabajando. En ese momento pasó Boggett.
—Qué herramienta tan práctica, Boggett.
—Uh.
—¿Habría que sembrar unas semillas en los trechos donde no hay nada?
—No.
—¿Cree que la hierba lo acabará tapando todo?
—Qué va. Crecerán llantenes otra vez.
—Entonces no he matado las raíces…
—No. Mocharlos de esa manera hace que las raíces se vuelvan más fuertes todavía.
—Entonces ¿qué debería haber hecho?
—No hay nada que hacer con los llantenes. Siempre vuelven a salir.
Boggett siguió su camino. Metcalfe contempló la herramienta con repentino disgusto, la apoyó enfurruñado en el reloj de sol y, hundiendo las manos en los bolsillos, miró hacia el valle. Pese a la distancia, las aubrecias de lady Peabury destacaban como nota discordante. Fue bajando la vista y reparó, primero con indiferencia y enseguida con creciente curiosidad, en unas siluetas desconocidas entre las vacas de Westmacott. Eran dos jóvenes con ropa oscura, de ciudad, y parecían muy atareados. A cada momento consultaban unos papeles que tenían en la mano; iban de acá para allá a grandes zancadas, como si estuvieran midiendo el campo; se agachaban como si estuvieran deslindando el terreno; señalaban al aire, al suelo, al horizonte…
—Boggett —dijo bruscamente el señor Metcalfe—, venga aquí un momento.
—Eh.
—¿Ve a dos individuos en el campo del señor Westmacott?
—No.
—¿Cómo que no?
—Que digo que no es el campo del señor Westmacott. Se lo ha vendío.
—¡¿Vendido?! Santo Dios, ¿y a quién?
—Pos ahora mismo no sabría decir a quién se lo ha vendío. Son unos de la capital que paran en el Brakehurst. Pero m’han contao que han pagao un bonito precio.
—¿Para qué, digo yo?
—Pos ahora mismo no sabría decirle, pero me huele que será para construir una casa.
«Construir». La palabra en sí era tan espantosa que en Much Malcock todo el mundo la pronunciaba en susurros. «Complejo habitacional», «Urbanización», «Desmonte», «Viviendas protegidas», «Planificación»: todas estas obscenas palabras habían sido expurgadas del comedido léxico del distrito, y sólo se utilizaban ocasionalmente, con la autorización dispensada a los antropólogos, en relación con las tribus salvajes allende los límites de la parroquia. Y ahora tenían el horror en su propia casa, la marca de la peste en tiempos del Decamerón.
No bien se hubo repuesto del sobresalto, el señor Metcalfe se aprestó a tomar medidas; a punto de lanzarse colina abajo y retar al enemigo en su propio terreno, optó finalmente por no hacerlo: había que actuar con circunspección. Primero iría a consultar a lady Peabury.
La casa distaba algo más de un kilómetro. Tomó la pequeña carretera que discurría paralela al campo de Westmacott, cuya entrada era una precaria cancela de madera de olmo, y, mirando aquella extensión de barro pisoteado por las vacas, el señor Metcalfe se la imaginó cubierta de doradas alheñas y gravilla roja. Más allá del seto se veía moverse las testas de los dos intrusos, con sus decididos sombreros negros de ciudad. Siguió conduciendo, abatido.
Lady Peabury estaba leyendo una novela en la salita del desayuno. Era éste un entretenimiento revestido de culpa, puesto que había sido educada en la creencia de que leer una novela antes del almuerzo era uno de los más graves pecados que una mujer de buena familia podía cometer. Lady Peabury remetió el libro bajo un cojín y se levantó para recibir al señor Metcalfe.
—Ahora mismo me disponía a salir —dijo, a modo de explicación.
El señor Metcalfe no estaba para urbanidades.
—Lady Peabury —dijo al punto—. Tengo que comunicarle una terrible noticia.
—¡Cielo santo! No me diga que el pobre señor Cruttwell tiene problemas otra vez con la cuenta del Wolf Cub.
—No; bueno, sí; se han extraviado otros cuatro peniques; esta vez en el haber, lo cual es más preocupante todavía. Pero no es por eso por lo que he venido. Se trata de algo que pone en peligro nuestras vidas. Van a edificar en el campo de Westmacott. —Breve, pero apasionadamente, explicó a lady Peabury lo que había visto.
Ella le escuchó con el semblante serio. Después, el silencio reinó unos segundos en la salita mientras seis pequeños relojes hacían tictac entre los calicós y los tiestos de azaleas. Al cabo, lady Peabury dijo:
—Westmacott se ha portado muy mal.
—Supongo que no se le puede culpar…
—Pues yo sí le culpo, señor Metcalfe, y lo digo en serio. No puedo entenderlo. Siempre me pareció una persona como Dios manda. Fíjese que había pensado en nombrar a la señora Westmacott secretaria del Women’s Institute… No tenía ningún derecho a hacer una cosa así sin consultarnos. ¡Si la ventana de mi dormitorio mira justo a ese campo! Nunca he logrado entender cómo fue que no compró usted mismo ese terreno.
Estaba entonces en arriendo por 3 libras con 18 chelines y pedían por él 170 libras; aparte había que pagar el diezmo y el impuesto sobre la propiedad. Lady Peabury lo sabía.
—Cualquiera de nosotros podría haberlo comprado cuando se puso a la venta —dijo el interpelado con cierta brusquedad.
—El campo iba incluido con la casa.
El señor Metcalfe tuvo la impresión de que, en cualquier momento, aquella mujer le acusaría también a él de haberse portado muy mal, diría que siempre le había tenido por una persona como Dios manda.
Y, de hecho, eso era precisamente lo que ella estaba pensando.
—Yo diría que todavía está a tiempo de hacer una oferta —declaró.
—La amenaza pende sobre todos por igual —contestó el señor Metcalfe—. Creo que deberíamos actuar en equipo. Hodge no se pondrá muy contento, que digamos, cuando se entere.
El coronel Hodge se había enterado ya y, en efecto, muy contento no estaba. A su regreso, el señor Metcalfe se lo encontró esperando en el Hall.
—¿Sabe usted lo que ha hecho ese canalla de Westmacott?
—Sí —dijo con cierta dejadez el señor Metcalfe—, estoy al corriente. —La entrevista con lady Peabury no había ido como él esperaba; su interlocutora había mostrado escaso entusiasmo por la acción conjunta.
—Ha vendido ese campo a unos constructores de pacotilla.
—Ya lo sé.
—Es curioso, yo siempre había pensado que ese campo era de usted.
—Pues no —dijo el señor Metcalfe.
—Siempre iba incluido con la casa.
—Sí, ya, pero resulta que yo no lo quería.
—Bien, pues todo esto nos pone en un auténtico aprieto. ¿Cree usted que ahora se lo revenderían?
—Primero tendría que querer comprarlo, y no es el caso. Además, seguro que pedirían precio de terreno edificable, unas ciento cincuenta libras la hectárea.
—Yo diría que más. Pero, hombre de Dios, eso para usted no iba a ser un impedimento. Piense en cómo se devaluará su finca teniendo a dos palmos de sus ventanas toda una colmena de bungalows…
—Vamos, vamos, Hodge. No hay motivos para suponer que construirán bungalows.
—Bueno, pues chaletitos. No estará sacando la cara por esos tipos, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Todos sufriremos las consecuencias, sea lo que sea que vayan a edificar. Yo creo que por medios legales se podría parar; tenemos la Asociación para la Defensa de la Inglaterra Rural. Podríamos notificarles lo que está pasando. Se puede hablar también con el consejo del condado, escribir cartas a la prensa y apelar a la oficina de obras públicas. La cosa es estar unidos, hacer frente común.
—¡Tendrían que cambiar muchas cosas para salir bien parados de ésta! Piense en lo que se ha construido en Metbury…
Así lo hizo el señor Metcalfe, y no pudo evitar un estremecimiento.
—Yo diría que fue una de esas veces en que el dinero impone su palabra. ¿Ha tanteado a lady Peabury?
Por primera vez desde que se conocían, el señor Metcalfe detectó un claro toque de ordinariez en el coronel Hodge.
—Lo he hablado con ella, sí. Naturalmente, está muy preocupada.
—A ese campo siempre lo han llamado el Grumps de abajo —dijo el coronel, volviendo a su anterior y muy insultante planteamiento—. El pollo no es de esa señora.
—Son los pollos de todos nosotros —dijo el señor Metcalfe, sin saber a qué atenerse.
—Bien, pues no sé qué espera que haga yo —dijo el coronel—. Ya sabe cuál es mi postura al respecto. Todo esto es por culpa de ese párroco que predica el bolchevismo domingo sí y domingo también.
—Deberíamos convocar una reunión para hablarlo a fondo.
—Oh, por hablar que no quede: dudo mucho que se hable de otra cosa en los próximos tres meses
A nadie afectó tanto la crisis como a los Hornbeam. La noticia les llegó al mediodía por mediación de la mujer de la limpieza, que pasaba por allí dos veces a la semana para saquear la despensa. Les comunicó la noticia con cierto orgullo, suponiendo ingenuamente que todo caballero de ciudad (pues como tal seguía considerando al señor Hornbeam, a pesar de la barba y de sus prendas artesanales) se alegraría de tener por vecino a otro de los suyos.
Un nervioso pesimismo se adueñó del Molino Viejo. No hubo una explosión de cólera como la había habido en el Manor; no hubo condena moral como en la House; no hubo llamada a la acción como la que propugnaban desde el Hall. Lo que predominaba era una tristeza inconsolable. La cerámica de la señora Hornbeam se hizo añicos, mientras que el señor Hornbeam se quedaba sentado ante el telar sin mover un dedo. Era hora de trabajo para ambos; ocupaban extremos opuestos del granero con techo de vigas. Otras tardes solían cantarse estribillos de música popular mientras sus ajetreados dedos se afanaban con la arcilla y la lanzadera, pero ese día ambos guardaban silencio en un intento de apartar el nuevo peligro hacia el Mundo del No Ser. Era ésta una práctica del misticismo japonés que les había funcionado bastante bien con el coronel Hodge y su airedale, con la guerra de Abisinia y con la visita anual del señor Hornbeam padre, pero se puso el sol y el nuevo peligro seguía siendo obstinadamente concreto.
La señora Hornbeam sirvió una sencilla comida a base de leche, uva y nabo crudo. El señor Hornbeam retiró su fuente de madera de olmo y dijo:
—No hay lugar para el artista, en el mundo moderno. Nosotros, a esa burda civilización, no le pedimos más que una cosa: que nos dejen en paz, que nos den un poco de terreno, un cachito de cielo donde vivir a nuestro aire y dedicarnos a hacer cosas bellas y correctas. Yo no creo que sea mucho pedir; a cambio, les dejamos todo el planeta para sus máquinas. Pues no, no tienen bastante. Tienen que venir a hostigarnos aquí. Saben que el más mínimo rincón donde reine la belleza y la cordura constituye un permanente reproche hacia ellos.
Estaba anocheciendo. La señora Hornbeam prendió un pedernal y encendió las velas de junco. Caminó hasta el arpa y tocó un puñado de notas dolorosas.
—A lo mejor el señor Metcalfe podrá impedirlo —dijo.
—Y que para lo esencial de la vida hayamos de depender de un sujeto tan ordinario…
Y en este estado de ánimo les llegó la invitación del señor Metcalfe para reunirse con los vecinos al día siguiente por la tarde en Much Malcock House.
Elegir el punto de reunión había sido delicado, puesto que lady Peabury se resistía a abdicar de su posición de liderazgo o a aparecer como líder en aquel asunto en particular; por otro lado, le afectaba demasiado directamente como para poder hacer caso omiso. Quedaron, pues, en que sería el señor Metcalfe quien se encargaría de las invitaciones, y de este modo él aceptaba la responsabilidad de la orden del día, mientras que la presencia de los vecinos en la salita de lady Peabury tenía un aire de consejo de ministros en el palacio real.
Las opiniones se habían radicalizado a lo largo del día y parecía haber un acuerdo tácito en torno al juicio del coronel Hodge: «Metcalfe nos ha metido en un brete por no comprar el campo cuando tocaba; es él quien debe sacarnos de este apuro». Aunque en ningún momento se dijo nada tan inexorable delante del señor Metcalfe, éste pudo notarlo en el ambiente. Fue el último en llegar. La bienvenida de lady Peabury a sus invitados había sido simplemente tibia: «Muy amables por venir. A mí no me parece que sea realmente necesario, pero el señor Metcalfe ha insistido en que nos reuniéramos. Imagino que tiene intención de explicarnos lo que piensa hacer». Y al señor Metcalfe le dijo: «Estamos muertos de curiosidad».
—Siento llegar tarde. No he parado en todo el día, se lo aseguro. He ido a todas las oficinas locales, he visitado todas las asociaciones, y más vale que lo diga de entrada: por ese lado no vamos a conseguir nada. Ni siquiera estamos registrados como zona rural.
—Claro. Yo mismo me ocupé de eso —dijo el coronel Hodge—. De lo contrario, la propiedad pierde la mitad de su valor potencial.
—Vaya —rezongó el señor Hornbeam—, ya ven en qué nos hemos convertido: hemos de estar «registrados» para vivir la vida con libertad.
—… Lo cual —prosiguió el señor Metcalfe en su tono de salón de juntas— nos pone en la tesitura de buscar la solución por nuestros propios medios. Bien, supongo que ese joven no tiene un motivo concreto para preferir este distrito a cualquier otro del país. Las obras no han empezado; él no tiene ninguna responsabilidad. Me da la impresión de que si se le aborda con el debido tacto y se le ofrece un beneficio razonable por la transacción, es probable que se avenga a revender.
—No me cabe duda —dijo lady Peabury— de que todos le estaremos muy agradecidos al señor Metcalf.
—Muy solidario de su parte —dijo el coronel Hodge.
—Beneficios, el cáncer del siglo…
—Yo estoy totalmente dispuesto —dijo el señor Metcalfe— a asumir mi parte de la carga… —A la palabra «parte», todo el mundo se puso rígido—. Propongo que hagamos un fondo común en proporción a las tierras que cada cual posee en este momento. A ojo de buen cubero yo calculo que la cosa sería del orden del uno por el señor Hornbeam, el dos por el coronel Hodge, el dos por mí mismo y el cinco por nuestra anfitriona. Las cifras se podrían ajustar —añadió, al notar que su propuesta no era muy bien recibida.
—Conmigo no cuente —dijo el coronel—. No me alcanza para eso.
—Lo mismo digo —añadió el señor Hornbeam.
Quedaba lady Peabury, y su mano no era fácil de jugar. Por delicadeza no podía reconocer el hecho trascendental de que el señor Metcalfe era mucho más rico (delicadeza sazonada de orgullo). Había que salvar el campo de Westmacott, pero un sistema de compra conjunta no le iba a permitir escabullirse con honra de aportar la parte del león. El deber llamaba a la puerta del señor Metcalfe, de nadie más. Mostró las cartas y pasó la puja.
—No me cabe duda —dijo— de que como hombre de negocios verá usted muchas objeciones a una propiedad compartida, señor Metcalfe. ¿Propone que partamos el campo, o vamos a repartirnos entre todos el arriendo, el diezmo y los impuestos? Sería de lo más inconveniente, aparte de que tal vez ni siquiera sea legal.
—Desde luego, desde luego. Solamente quería dejar claro que estoy dispuesto a cooperar. El campo de Westmacott, como tal, carece de interés para mí, se lo aseguro. Yo abandonaría con mucho gusto.
Hubo un deje de amenaza, casi de falta de educación, en sus palabras. El coronel Hodge detectó peligro.
—¿Y no sería mejor —dijo— averiguar primero si ese individuo está dispuesto a revender? Ya decidirán después quién de los dos se queda el campo.
—Estoy segura de que a todos nos interesará mucho conocer el resultado de sus negociaciones, señor Metcalfe —dijo lady Peabury.
Cosa que no debió haber dicho. De buena gana se habría tragado sus palabras. En realidad, su intención había sido decir algo desagradable, castigar al señor Metcalfe por la incómoda situación en que le había puesto. No quería enemistarse con él, y, sin embargo, era evidente que lo había hecho.
El señor Metcalfe abandonó la casa bruscamente, casi precipitadamente, y el enfado le duró toda la tarde. Había sido durante quince años presidente de la Cámara de Comercio. Toda la comunidad empresarial le había tenido en la más alta estima. Nadie podía echarle nada en cara y él jamás metía la mano en algo que no fuera legítimo. Comerciantes egipcios y orientales que habían intentado suscitar su interés por negocios turbios fueron echados con cajas destempladas. Era inútil tratar de exprimir a Metcalfe. Ésa era su fama en el Union Club, y hete aquí que ahora, nada menos que en su propio pueblo, una anciana había querido cogerle desprevenido. El cambio fue súbito. Ya no era el hombre de campo con espíritu cívico; ahora era Metcalfe el de las-cartas-sobre-la-mesa-lo-que-cuenta-son-los-hechos-una-libra-veinte-chelines-trátalo-bien-o-ándate-con-ojo, Metcalfe el que se cabreaba, una vez más Metcalfe el peleón, Metcalfe el que tiraba piedras sobre su propio tejado, el que hundiría un barco por medio penique de brea de procedencia ilegal, Metcalfe el león de los rotarios.
—Esa mujer debería habérselo callado —le comentó el coronel a su esposa durante la cena, relatando el incidente—. Ahora Metcalfe no moverá un dedo.
—¿Por qué no vas tú mismo a hablar con el hombre que ha comprado el campo? —sugirió la señora Hodge.
—Quizá… Sí, creo que lo haré… ¿Sabes lo que te digo? Que voy a verle ahora mismo.
Y eso hizo.
No tuvo dificultad para dar con él, pues ningún otro visitante se hospedaba en el Brakehurst Arms. Sólo tuvo que preguntar al dueño de la posada para saber su apellido. El señor Hargood-Hood, que así se llamaba, se encontraba a solas en el salón, haciendo el crucigrama del Times con un whisky con soda al lado.
El coronel dijo:
—Hola. Me llamo Hodge.
—Usted dirá.
—Creo que ya me conoce.
—Lo siento, me temo que…
—Soy el dueño del Manor. Mi jardín linda por la parte de atrás con el campo de Westmacott, el que usted ha comprado.
—Ah —dijo el señor Hargood-Hood—, entonces ¿se llama Westmacott? No lo sabía. Estas cosas se las dejo a mi abogado. Yo sólo le pedí que me buscara un lugar adecuado para mi trabajo. La semana pasada me dijo que había encontrado algo en esta zona. En efecto, creo que es muy adecuado. Pero no me dijo nombres.
—¿No ha elegido usted este pueblo por alguna razón en concreto?
—¿Yo? No, pero me parece un sitio encantador —añadió educadamente.
Hubo una pausa.
—Quería hablar con usted —dijo, sin que hiciera falta, el coronel Hodge—. Le invito a una copa.
—Gracias.
Otra pausa.
—Temo que no le parezca muy saludable —dijo el coronel—. Hablo de esa hondonada.
—Esas cosas me tienen sin cuidado. Lo único que necesito es aislamiento.
—Será escritor, claro.
—No.
—¿Pintor?
—No, no. Digamos que soy científico.
—Entiendo. ¿Y piensa utilizar la casa para los fines de semana?
—No, justo lo contrario. Mi equipo y yo trabajaremos aquí toda la semana. Y tampoco es que vaya a construir una casa, exactamente, aunque por supuesto habrá alojamientos anexos. Se me ocurre una cosa: ya que vamos a ser vecinos, tal vez le gustaría a usted ver los planos…
—… Jamás ha visto nada parecido —le dijo el coronel al señor Metcalfe a la mañana siguiente—. Él lo llamó un laboratorio industrial experimental. Dos grandes chimeneas (no le quedaba más remedio, dijo, porque así lo quiere la ley; es por los humos tóxicos), un gran depósito de agua para disponer de mucha presión, seis bungalows para su personal… Un espanto. Lo curioso es que parece muy buena persona, ese tipo. Me dijo que en ningún momento pensó que alguien pudiera poner objeciones, que supuso que a todos nos interesaría. Y cuando saqué el tema de la posible venta (bueno, con mucho tacto, ya me entiende), simplemente me dijo que de todo eso se ocupaba su abogado…
III
Much Malcock Hall
Querida lady Peabury:
En seguimiento de nuestra conversación de hace tres días, me permito comunicarle que me he puesto en contacto con el señor Hargood-Hood, el comprador del campo que separa nuestras dos propiedades, y con su representante legal. Como el coronel Hodge le ha informado ya, el señor Hargood-Hood se propone edificar un laboratorio industrial experimental que será fatídico para este pueblo. Estará usted al corriente de que las obras no han dado comienzo todavía, y de que el señor Hargood-Hood está dispuesto a vender la propiedad siempre y cuando se le compense debidamente. El precio propuesto incluye la recompra del campo, los gastos legales y una indemnización para el arquitecto. Ese joven canalla nos tiene entre la espada y la pared. Pide 500 libras. Es un precio excesivo, pero yo estoy dispuesto a pagar la mitad si usted accede a pagar la otra media. En caso de que no aceptara usted mi generosa oferta, tomaré medidas para salvaguardar mis intereses cueste lo que le cueste al vecindario.
Atentamente,
Beverley Metcalfe.
PD: Me refiero a que venderé el Hall y convertiré la propiedad en solares edificables.
Much Malcock House
Lady Peabury se permite comunicar al señor Metcalfe que ha recibido su nota de esta mañana, para el tono de la cual no encuentra la menor explicación. Se permite comunicarle asimismo que no tiene el menor deseo de incrementar sus ya extensas responsabilidades en la comarca. No puede aceptar el principio de igualdad de obligaciones con el señor Metcalfe ya que éste tiene muchas menos tierras de las que cuidar, y el campo en cuestión debería por derecho formar parte de su propiedad. Lady Peabury no cree que el proyecto de urbanización que menciona el señor Metcalfe tenga probabilidades de éxito si el laboratorio del señor Hargood-Hood es realmente tan antiestético como lo pintan, cosa que lady Peabury pone en duda.
—Muy bien —dijo el señor Metcalfe—. Pues ahora verá.
IV
Diez días transcurrieron. El precioso valle, que pronto iba a ser mancillado sin remedio, resplandecía en el ocaso. Dentro de un año, pensó el señor Metcalfe, todo este verde follaje estará asfixiado de hollín, marchito por culpa de los humos; estos venerables tejados y chimeneas que han enriquecido el paisaje durante dos siglos, o más, quedarán tapados por funcionales monstruosidades de acero, cristal y hormigón. En el campo condenado, el señor Westmacott estaba reuniendo, quizá por última vez, a sus vacas; la semana próxima empezaban las obras y tendrían que buscar otros pastos. Lo mismo que, por decirlo de alguna manera, tendría que hacer el señor Metcalfe. Su mesa estaba ya sembrada de avisos de agencias inmobiliarias. Todo por 500 libras, se dijo a sí mismo. Habría gastos de decoración; el coste y las pérdidas de una mudanza. Los especuladores a quienes había suplicado con ahínco no mostraron el menor interés por el terreno. Iba a perder mucho más que quinientas libras con el traslado. Pero bueno, se consoló a duras penas, también lady Peabury saldrá perdiendo. Así aprendería que nadie hacía una jugarreta a Beverley Metcalfe.
Y ella, desde la ladera opuesta, contemplaba la escena con acorde melancolía. El césped estaba invadido por las grandes sombras de los cedros; apenas habían cambiado durante el tiempo que llevaba viviendo allí, pero el seto de boj lo había plantado con sus propias manos; era ella quien había pensado en poner el estanque con sus lirios y sus flamencos de plomo; había hecho levantar las piedras sueltas que había al pie de la pared oeste para plantar allí unas coníferas; los arbustos floridos eran suyos, pero no se los podía llevar. ¿Adónde iría? Era demasiado vieja para empezar otro jardín, para hacer nuevas amistades. Iría de hotel en hotel, como tantos de sus coetáneos, un tiempo en Inglaterra y otro en el extranjero, se embarcaría en algún crucero, se conformaría con hacer prolongadas y poco interesantes visitas a sus parientes. Y todo por 250 libras, por 12 libras y 10 chelines al año, menos de lo que daba a obras caridad. No era cuestión de dinero, sino de principios. Ella quería saber nada de la injusticia, y menos aún de aquel mal acido de la loma de enfrente.
Pese al esplendoroso atardecer, un ambiente de desdicha oprimía a Much Malcock. Los Hornbeam estaban alicaídos, mustios; el coronel Hodge, inquieto, no paraba de pasearse por la raída alfombra de su salita de fumar.
—Es para hacerse bolchevique —dijo—, como ese párroco. ¿Qué más le da a Metcalfe? Él es rico, puede mudarse adonde le dé la gana. ¿Qué más le da a lady Peabury? Aquí quien paga el pato es el pobre hombre que intenta llegar a fin de mes.
Hasta el propio señor Hargood-Hood parecía afectado por el pesimismo general. Su abogado había ido a verle al Brakehurst y el día había transcurrido entre consultas, no por intermitentes menos nerviosas. «Me parece que iré a hablar otra vez con ese coronel», dijo, y enfiló la calle del pueblo, en la creciente penumbra, camino de Manor House. Y de aquel dramático gesto de última hora buscando la conciliación surgiría el gran Plan Hodge de apaciguamiento y «paz para nuestros tiempos».
V
—… Los boy scouts necesitan urgentemente otra cabaña —dijo el coronel Hodge.
—A mí no me cuente nada —contestó el señor Metcalfe—. Yo me marcho del pueblo.
—Es que estaba pensando —dijo el coronel— que el campo de Westmacott sería el lugar ideal…
Y llegaron a un acuerdo. El señor Hornbeam puso una libra, el coronel Hodge una guinea, lady Peabury 250 libras. Gracias a la venta de artículos de segunda mano —en casa particular o en mercadillo—, una rifa, un espectáculo al aire libre y una colecta puerta por puerta, consiguieron treinta libras más. El señor Metcalfe puso el resto. Entre una cosa y otra, le costó algo más de 500 libras. Que dio de buen corazón. No hubo que valerse de maniobras para convencerlo. En su papel de benefactor público aportó el dinero con verdadero regocijo, y, cuando lady Peabury propuso reservar el campo para terreno de acampada y posponer la construcción de la cabaña, fue el señor Metcalfe quien presionó para llevar adelante la edificación y quien consiguió las tejas de piedra procedentes de un establo desmantelado. Dadas las circunstancias, lady Peabury no pudo poner reparos cuando la cabaña fue bautizada como Metcalfe-Peabury Hall. El señor Metcalfe lo encontró muy estimulante y, al poco tiempo, ya estaba negociando con la fábrica de cerveza para cambiar el nombre del Brakehurst Arms. Es cierto que Boggett lo continúa llamando «el Brakehurst», pero el nombre nuevo puede verse claramente en el rótulo: The Metcalfe Arms.
Y así fue como el señor Hargood-Hood desapareció de la historia de Much Malcock. Él y su abogado se marcharon en coche a su casa más allá de los montes: el abogado era hermano del señor Hargood-Hood.
—Creo que nos ha salido bastante bien, Jock. Por una vez, pensé que tendríamos que cargar con el mochuelo.
Llegaron a la casa, un doble cuadrilátero de venerable ladrillo que era famosa allende el condado. Los días en que los jardines estaban abiertos al público, acudían multitudes a admirar los arbustos y setos podados en caprichosas formas, tejos y bojes de prodigiosas proporciones que daban trabajo permanentemente a tres jardineros. Los antepasados del señor Hargood-Hood habían hecho construir la casa y plantar los jardines en una época en que no existía el impuesto de la propiedad ni se importaba grano del extranjero. Tiempos más duros exigían esfuerzos más denodados para su conservación.
—Bien, con esto queda solucionado el Plan A un año más y nos queda algo para la limpieza de los estanques. Pero ha sido un mes de muchos nervios. No me gustaría tener que pasar por eso otra vez. Habrá que tener más cuidado en adelante, Jock. ¿Y si nos fuéramos al este?
Los hermanos desplegaron el grueso mapa de Norfolk del servicio oficial de cartografía, lo extendieron sobre la mesa del Salón Grande e iniciaron la búsqueda preliminar y experta de un posible pueblecito bien conservado en la campiña.