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Stories by evelyn waugh

el gerente de «el kremlin» (spanish)

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Esta historia me la contó de buena mañana en París el gerente de un famoso club nocturno, y estoy casi seguro de que es verídica.
No diré su nombre verdadero, ni tampoco el de su club, porque no es la clase de publicidad que a él le gustaría; los llamaré, en cambio, Boris y «El Kremlin».
«El Kremlin» ocupa una posición por derecho propio.
Un cosaco auténtico, de feroz apariencia, se encarga de cogerle a uno el sombrero y el abrigo nada más entrar; lleva botas de montar con espuelas, y las partes de su cara que no quedan ocultas por la barba tienen cortes y cicatrices como las de un estudiante alemán de antes de la guerra.
El interior del club está adornado con alfombras y tela roja para representar una gran tienda de campaña. Hay una muy buena orquesta tsigain que toca música zíngara, y una muy buena orquesta de jazz que toca cuando la gente tiene ganas de bailar.
Los camareros son elegidos por su estatura. Visten espléndidas libreas rusas y se pasean con brochetas al rojo en las que llevan espetados tacos de carne con cebollas intercaladas. La mayor parte son antiguos oficiales de la guardia imperial.
Boris, el gerente, es un hombre bastante joven; mide un metro y noventa y tres centímetros. Luce una típica blusa de seda rusa, pantalón holgado y botas altas, y va de mesa en mesa ocupándose de que todo esté bien.
Desde las dos de la mañana hasta el amanecer «El Kremlin» está siempre lleno, y los clientes norteamericanos, cuando miran la cuenta compungidos, suelen comentar que Boris debe de estar «sacando una buena tajada». Y es verdad.
Las modas cambian deprisa en Montmartre, pero si su popularidad actual dura una temporada más, Boris habla de retirarse a una villa en la Costa Azul.
Un sábado por la noche, o debería decir un domingo de madrugada, Boris me hizo el honor de venir a sentarse a mi mesa y tomar un vaso de vino conmigo. Fue entonces cuando me contó la historia.
Su padre era general, y cuando estalló la guerra, Boris era cadete en la academia militar.
No tenía edad para ir al frente y se vio obligado a presenciar, detrás de las líneas, la caída del gobierno imperial.
Vino después aquel período de confusión al término de la Gran Guerra; restos desperdigados del ejército monárquico, con el apoyo poco entusiasta de sus antiguos aliados, se vieron inmersos en un combate contra los bolcheviques con todas las de perder.
Boris tenía entonces dieciocho años. Su padre había muerto y su madre había huido ya a Norteamérica.
Iban a clausurar la academia militar y, junto con otros cadetes, Boris decidió unirse a las fuerzas monárquicas que, bajo el mando de Kolchak, mantenían a raya a los bolcheviques en Siberia.
Era un ejército muy peculiar. Había caballería desmontada y marinos que habían abandonado sus barcos, oficiales cuyos regimientos se habían amotinado, guardias fronterizos y ayudas de cámara, veteranos de la guerra ruso-japonesa y muchachos que, como Boris, entraban en combate por primera vez.
Aparte, había también unidades de las potencias aliadas, que parecían haber sido enviadas por sus caprichosos gobiernos y dejadas de la mano de Dios; había un cuerpo de ingenieros británicos y algo de artillería francesa; había asimismo oficiales de enlace y agregados militares del Estado Mayor.
Entre estos últimos se encontraba un oficial de caballería francés varios años mayor que Boris. Para la mayoría de los rusos cultos de antes de la guerra, el francés era una lengua tan familiar como la suya propia.
Boris y el agregado francés se hicieron muy amigos. Solían fumar juntos y hablar del Moscú y el París de antes de la guerra.
A medida que transcurrían las semanas, estaba cada vez más claro que la campaña de Kolchak sólo podía terminar en catástrofe.
Finalmente un consejo de oficiales decidió que la única salida era avanzar hasta la costa oriental e intentar la huida a Europa.
Había que dejar un contingente para cubrir la retirada, y Boris y su amigo francés fueron destinados a dicha retaguardia. En los combates que siguieron, la pequeña fuerza de cobertura fue completamente aniquilada.
Los únicos que escaparon con vida fueron Boris y su amigo, pero su estado era casi terminal.
Perdido todo su equipaje, se encontraron de pronto aislados en una tierra baldía patrullada por tropas enemigas y habitada por salvajes de tribus asiáticas.
Por sí mismo, las posibilidades que el francés tenía de escapar eran mínimas, pero en aquellas aldeas el uniforme de un oficial ruso llevaba todavía implícito un cierto prestigio.
Boris le prestó su gabán militar para que no se le viera el uniforme de agregado y, avanzando a duras penas por la nieve, se encaminaron hacia la frontera sobreviviendo a base de mendigar.
Finalmente consiguieron llegar a territorio japonés. Allí todo ruso era sospechoso, de modo que le correspondió al francés llevarlos sanos y salvos hasta el consulado de su país.
El principal objetivo de Boris era reunirse con su madre en América. Su amigo tenía que presentarse a sus superiores en París, de modo que se separaron.
En la cariñosa despedida prometieron que volverían a verse cuando sus respectivos asuntos quedaran resueltos. Mas, en el fondo de su corazón, ambos dudaban que el destino volviera a reunirlos algún día.
Dos años transcurrieron, y un buen día de primavera un joven ruso mal vestido llegó a París; tenía trescientos francos en el bolsillo y todas sus posesiones metidas en un petate.
Era muy distinto del gallardo Boris que había dejado la academia militar para unirse al ejército de Kolchak. América había resultado ser muuy diferente de la «tierra de las oportunidades» que él había imaginado.
Su madre había vendido las joyas y unas pocas posesiones personales que había conseguido sacar de Rusia y había puesto un pequeño negocio de confección.
En vista de que en su caso conseguir un empleo fijo estaba descartado, y después de dos o tres meses de trabajos eventuales, Boris probó suerte en Inglaterra.
En los meses que siguieron trabajó temporalmente de chófer, camarero, pareja de baile profesional, estibador… y estuvo cerca de morir de inanición.
Un día se topó con un viejo amigo de su padre que había sido primer secretario en el cuerpo diplomático, y que ahora estaba trabajando de peluquero.
Este amigo le aconsejó que fuera a París, donde había ya una numerosa colonia rusa, y le costeó el pasaje.
Y fue así como una mañana, cuando los capullos empezaban apenas a abrirse en los Campos Elíseos y los coutouriers exhibían sus modelos de primavera, Boris se encontró de nuevo en una ciudad desconocida, sin amigos y mal vestido.
Su capital ascendía al equivalente de unos treinta chelines; sin saber muy bien qué sería de él, decidió ir a almorzar.
En semejante aprieto, no hay duda de que un inglés habría echado cuentas primero.
Habría calculado el tiempo máximo que podía durarle ese dinero y se habría atenido metódicamente a su presupuesto mientras procedía a buscar otro empleo.
Pero estando Boris allí de pie enfrascado en resolver tan deprimente suma, algo pareció quebrarse bruscamente en su cabeza.
Ni con las máximas privaciones iba a poder subsistir más de dos o tres semanas.
Al término de ese tiempo se encontraría en la misma situación que ahora, quince días más viejo, habiendo gastado todo el dinero y sin un mal empleo todavía.
¿Por qué no ahora en vez de dentro de quince días? Se hallaba en París, ciudad sobre la que había leído y oído decir muchas cosas. Así, decidió regalarse una buena comida y que el destino decidiera después.
Con frecuencia había oído hablar a su padre de un restaurante llamado Lame. Como no tenía ni idea de dónde estaba, fue en taxi.
Entró en el establecimiento y se sentó en uno de aquellos mullidos asientos rojos de felpa, mientras los camareros lanzaban ojeadas suspicaces a su indumentaria.
Boris miró a su alrededor sin la menor vergüenza. El restaurante era más tranquilo y discreto que los grandes locales que había conocido en Nueva York y Londres, pero le bastó un vistazo a la carta para comprender que no lo frecuentaba gente pobre.
Cuando se puso a pedir, la actitud del camarero cambió rápidamente al comprobar que el estrambótico cliente no necesitaba el menor consejo para elegir platos y vino.
Comió caviar fresco, ortolans al oporto y crepes suzettes; bebió una botella de excelente burdeos y una copa de excelente champagne añejo, y examinó varias cajas de cigarros antes de dar con uno en perfecto estado.
Al terminar pidió la cuenta. Subía a 260 francos. Dio al camarero 26 francos de propina y otros cuatro al hombre que le había cogido el sombrero y el petate al entrar. El taxi había costado siete francos.
Medio minuto más tarde se encontraba en la acera con tres francos por toda fortuna. Pero la comida había sido espléndida y Boris no lamentó el dispendio.
Estaba allí de pie, cavilando qué podía hacer, cuando alguien le tiró del brazo por detrás. Al darse la vuelta vio a un francés elegantemente vestido, que sin duda acababa de salir del mismo restaurante. No era otro que su amigo el agregado militar.
—Estaba sentado en la mesa de detrás —explicó—. Tú no te has dado cuenta, de tan concentrado como estabas en la comida.
—Puede que sea la última que hago en mucho tiempo —dijo Boris, y su amigo se echó a reír creyendo que lo decía en broma.
Se pusieron a andar mientras charlaban a toda velocidad. El francés le explicó que había dejado el ejército al expirar su período de servicio y que ahora era director de un próspero negocio de automóviles.
—Veo que a ti también te van bien las cosas —dijo—. Me alegro mucho.
—¿Que me van bien, dices? En este momento toda mi fortuna asciende a tres francos.
—Que yo sepa, amigo mío, la gente cuya fortuna asciende sólo a tres francos no suele comer caviar en Lame.
Fue entonces cuando reparó en los harapos de Boris. Sólo le había conocido vestido de uniforme en plena guerra, y al principio no le había extrañado su aspecto.
Comprendió entonces que aquéllas no eran las prendas que suelen llevar los jóvenes prósperos.
—Mi querido amigo —dijo—, perdona que me haya reído. No me había dado cuenta de… Ven a cenar esta noche a mi piso y hablaremos sobre lo que hay que hacer.
—Y así fue —concluyó ahora Boris— como me convertí en gerente de «El Kremlin». ¡Si no llego a entrar en Larne ese día, es casi seguro que no nos habríamos encontrado!
»Mi amigo me dijo que podía ofrecerme parte en su negocio de automóviles, pero que pensaba que alguien capaz de gastarse los últimos trescientos francos en un solo ágape estaba predestinado a tener un restaurante.
»Y así ha sido. Él me proporcionó el capital y yo reuní a algunos de mis viejos amigos para que trabajaran con nosotros. Como puede usted ver, ahora soy relativamente rico.
Los últimos clientes habían pagado la cuenta y se levantaban ahora, un tanto tambaleantes, disponiéndose a partir. Boris se puso de pie también y fue a despedirlos. El primer sol penetró en la sala cuando levantaron la cortina para salir.
De pronto, con la luz nueva, todos los decorados me parecieron cursis y falsos; los camareros fueron rápidamente a quitarse las libreas de imitación. Boris se dio cuenta de mi desconcierto.
—Ya lo sé —dijo—. Esto no es ruso. Y tampoco sirve ser propietario de un famoso club nocturno cuando uno ha perdido a su país.