el ganador se lleva el bote (spanish)
I
Cuando nació el hijo mayor de la señora Kent-Cumberland (en una cara clínica londinense) prendieron una hoguera en Tomb Beacon que consumió tres barriles de brea, un inmenso catafalco de madera y, como se vio más adelante —pues las llamas se extendieron rápidamente por las resecas aulagas, y los fieles arrendatarios estaban demasiado bebidos como para extinguir el fuego—, toda la vegetación que cubría Tomb Hill.
Tan pronto como les fue posible, madre e hijo se trasladaron con gran pompa a la campiña. En la calle mayor del pueblo había banderas colgadas, y un arco engalanado con ramas de hoja perenne oscurecía la palladiana verja de entrada a la casa. Hubo cenas de granjeros en Tomb y en la finca de los Kent-Cumberland en Norfolk, y se hizo una suscripción para comprar una bandeja con baño de plata, suscripción en la que nadie se negó a colaborar.
El bautizo se celebró junto al jardín, dispuesto para la fiesta. Una princesa hizo de madrina por poderes, y al niño le pusieron Gervase Peregrine Mountjoy St. Eustace, nombres todos ellos ilustres en la historia de la familia.
Durante el acto y en las subsiguientes presentaciones mantuvo una actitud de flemática dignidad que confirmó las grandes expectativas que todos se habían hecho ya respecto a sus posibilidades.
La fiesta concluyó con unos fuegos artificiales y a los fuegos artificiales siguió una semana de arduo trabajo para los jardineros que tuvieron que limpiar el jardín. La vida de los Kent-Cumberland retomó su habitual tranquilidad hasta que, casi dos años después, la señora Kent-Cumberland descubrió con fastidio que estaba encinta otra vez.
El segundo hijo nació un mes de agosto en una simple casa moderna de la costa oriental que habían alquilado para el verano a fin de que Gervase se beneficiara del aire del mar. La señora Kent-Cumberland fue atendida por el médico local, que la hizo enojar con su acento de clase media y que, llegado el momento de la verdad, resultó ser muchísimo más diestro que el especialista de Londres.
Durante los fastidiosos meses de espera, la señora Kent-Cumberland había intentado animarse con la esperanza de que esta vez sería una niña. Tener una hermana dos años más pequeña, guapa, simpática y agradable, sería para Gervase una influencia sosegadora, habida cuenta de que era un niño un poco apático. Ella se presentaría en sociedad justo cuando él fuera a estudiar a Oxford, y le salvaría de una de las dos terribles amenazas que se ciernen sobre esa etapa del desarrollo: el ratón de biblioteca y el gamberro. Llevaría chicas encantadoras a la semana de las regatas y al baile de la Conmemoración. La señora Kent-Cumberland lo tenía todo planeado. Cuando dio a luz a otro niño, le puso de nombre Thomas, y durante la convalecencia no hizo más que pensar en la inminente temporada de caza.
II
Los hermanos se convirtieron en dos niños robustos, comunes y corrientes; había poco que escoger entre ellos aparte de los dos años de diferencia en edad. Ambos tenían el cabello rubio, eran valientes y exhibían buenos modales cuando tocaba. Ninguno de los dos era especialmente sensible, artístico, nervioso o consciente de ser un incomprendido. Ambos aceptaban la importancia de Gervase, del mismo modo que aceptaban su superioridad tanto en conocimientos como en físico. La señora Kent-Cumberland era una mujer imparcial, y si se daba el caso de que los dos niños hacían una travesura, era siempre Gervase, el mayor, quien se llevaba el peor castigo. Tom fue descubriendo que su oscuridad era bastante ventajosa, pues le exoneraba de los pequeños e innumerables rituales que recaían en Gervase.
III
A los siete años de edad Tom se consumía de deseo por un automóvil de juguete, un modelo muy caro de un tamaño que permitía sentarse dentro y pedalear por el jardín. Cada noche y casi todas las mañanas durante semanas seguidas rezó para que se lo regalaran. La Navidad estaba al caer.
Gervase tenía un bonito poni y a menudo se lo llevaban de cacería. Tom pasaba muchas horas solo y aquel automóvil ocupaba gran parte de sus pensamientos. Finalmente decidió confiar sus desvelos a un tío suyo. Era éste una persona poco dada a hacer regalos caros y menos aún a niños (no le sobraba el dinero, aunque era indulgente consigo mismo), pero la intensidad de los sentimientos de su sobrino le impresionó.
«Pobrecillo —se dijo—, tiene que aguantar que sea su hermano mayor quien se divierta», y de vuelta en Londres encargó el automóvil para Tom. Llegó unos días antes de Navidad y lo guardaron en el piso de arriba, con los otros regalos. El día de Nochebuena la señora Kent-Cumberland fue a echar un vistazo. «Oh, qué detalle —dijo, mirando etiqueta tras etiqueta—, qué detalle».
El automóvil era con mucho el más voluminoso de los regalos. Era de color rojo buzón y tenía faros, una bocina y rueda de repuesto.
—Qué detalle, el bueno de Ted.
No bien había dicho esto cuando se fijó en la etiqueta.
—Pero será tonto… Ha puesto «Tom» en lugar de «Gervase».
—Para el señorito Gervase había este libro —dijo la niñera, entregándole un tomo con la etiqueta «Para Gervase con todo el cariño de tío Ted».
—Bueno, eso es que en la tienda se han equivocado —dijo la señora Kent-Cumberland—. Es imposible que el coche sea para Tom. ¡Si al menos habrá costado seis o siete libras!
Cambió las etiquetas y bajó a supervisar la decoración del árbol navideño, contenta de haber rectificado una evidente injusticia.
A la mañana siguiente, abrieron los regalos.
—Oh, Ger. Qué suerte tienes —dijo Tom, examinando el automóvil de pedales—. ¿Me dejas montar?
—Sí, pero ve con cuidado. Dice la abuelita que ha costado muchísimo dinero.
Tom dio dos vueltas en él por el salón.
—¿Me dejarás sacarlo al jardín alguna vez?
—Bueno. Cuando yo esté de cacería.
Unos días más tarde, escribieron sendas notas a su tío para dar las gracias por los regalos.
Esto escribió Gervase: «Querido tío Ted. Muchas gracias por el precioso regalo. Es precioso. El poni está muy bien. Iré a cazar otra vez antes de que empiece el colegio. Con mucho cariño, Gervase».
«Querido tío Ted —escribió Tom—, muchísimas gracias por el precioso regalo. Es justo lo que quería. Gracias una vez más. Con cariño, Tom».
—Vaya, y eso es todo lo que tiene que decir. ¡Mocoso desagradecido! —exclamó el tío Ted al leerlo, decidido a ser más ahorrativo en el futuro.
Pero luego Gervase, antes de reanudar las clases, le dijo a Tom:
—Puedes quedarte el automóvil, te lo regalo.
—¿Para mí solo?
—Sí. Total, es un juguete de niños.
Y, gracias a este acto de generosidad, multiplicó por cien el respeto y el amor que Tom le tenía.
IV
Llegó la guerra, que cambió profundamente las vidas de los dos muchachos. No engendró, empero, ninguna de las neurosis anunciadas por los pacifistas. Los ataques aéreos quedaron para siempre grabados en la memoria de Tom como momentos dichosos: en mitad de la noche despertaban a todos los chicos del colegio y los hacían bajar corriendo a los sótanos, donde, bien envueltos en edredones, recibían chocolate caliente y un pedazo de tarta de manos de la enfermera (hecha una facha con su camisón de franela). Una vez, la artillería alcanzó a un Zeppelin a la vista del colegio y todos se asomaron a las ventanas del dormitorio comunitario para ver cómo se iba desplomando envuelto en un globo de llamas rosadas. Un maestro muy joven, incapacitado para el servicio militar a causa de su mala salud, se puso a bailar en la pista de tenis gritando: «Allá van los asesinos de niños». Tom empezó a coleccionar «reliquias de guerra», entre las que había un casco alemán, esquirlas de metralla, el Times del 4 de agosto de 1914, botones, vainas de cartucho e insignias de gorra; los alumnos la votaron como la mejor colección del colegio.
El suceso que cambió radicalmente la relación entre los hermanos fue la muerte, a principios de 1915, de su padre. Ninguno de los dos le conocía bien ni le quería especialmente. Había tenido un escaño en la Cámara de los Comunes y pasaba la mayor parte del tiempo en Londres mientras los niños estaban en Tomb. Después de que se alistara en el ejército, sólo volvieron a verle en tres ocasiones. A Gervase y a Tom los hicieron salir del aula y la esposa del director les comunicó la mala noticia. Ambos lloraron, pues era lo que se esperaba de ellos, y, durante unos días, fueron tratados con especial deferencia por parte de los maestros y el resto de la escuela.
El cambio no se hizo aparente hasta las vacaciones. La señora Kent-Cumberland había ido volviéndose más sentimental y más parsimoniosa. A veces le daba por echarse a llorar —en su caso, algo sin precedentes— abrazada a Gervase, diciendo: «Mi pobre huérfano». Otras veces hablaba en tono pesimista de los «impuestos de sucesión».
V
Esos «impuestos de sucesión» fueron un leitmotiv familiar durante varios años.
Cuando la señora Kent-Cumberland puso en arriendo la vivienda de Londres y cerró un ala de la casa de Tomb, cuando redujo la servidumbre a cuatro criados y los jardineros, a dos, cuando «abandonó los jardines a su aire», cuando dejó de pedirle a su hermano Ted que se quedara unos días, cuando vació las caballerizas y se volvió casi fanática en su resistencia a utilizar el coche, cuando el agua de la bañera estaba fría y no había más pelotas de tenis nuevas, cuando las chimeneas estaban sucias y el césped invadido de ovejas, cuando la ropa desechada de Gervase dejó de irle bien a Tom, cuando ella le negó el gasto «extra» de unas clases de carpintería en el colegio y un vaso de leche a media mañana…, la culpa era siempre de los «impuestos de sucesión».
—Lo hago por Gervase —solía explicar la señora Kent-Cumberland—. Cuando herede, debe tomar posesión libre de deudas, tal como hizo su padre.
VI
Gervase entró en Eton el año en que falleció su padre. Lo normal habría sido que Tom le siguiera dos años más tarde, pero la señora Kent-Cumberland, ciñéndose a sus nuevos hábitos ahorradores, canceló su ingreso y empezó a recabar la opinión de sus amistades acerca de centros de enseñanza menos exclusivos y más baratos. «La educación es igual de buena —decía—, y mucho más apropiada para un chico que tiene un camino propio que abrirse en la vida».
Tom lo pasó bastante bien en la escuela a la que lo enviaron. Era un sitio muy inhóspito y muy nuevo, salubre, progresista, próspero gracias al auge que la enseñanza secundaria gozó en los años inmediatamente posteriores a la guerra, y, bien mirado, «absolutamente apropiado para un chico con un camino propio que abrirse en la vida». Tom tenía varios amigos, que no le estaba permitido invitar a su casa durante las vacaciones. Logró menciones especiales en natación y fives, jugó un par de veces en el equipo de críquet y fue jefe de pelotón a su paso por los cursillos de instrucción militar; aprobó el examen final de secundaria, se convirtió en prefecto y gozó de la confianza de su tutor, para quien era «un muchacho con el sello de la buena persona». Dejó la escuela a los dieciocho años sin el menor deseo de volver algún día o de ver a ninguno de sus miembros.
Gervase estaba a la sazón en Christ Church. Tom fue a visitarle, pero los arrogantes etonianos que entraban y salían a trompicones de los aposentos de su hermano le dieron miedo y le deprimieron. Gervase estaba en el Bullingdon gastando dinero a espuertas y pasándoselo bien. Después dio una fiesta-cena en sus aposentos, pero Tom estuvo todo el rato callado, bebiendo sin parar para disimular su engorro; finalmente acabó vomitando a solas en una esquina del patio interior de Peckwater. Regresó a Tomb al día siguiente con el ánimo por los suelos.
—No es que Tom haya sido un chico muy estudioso —dijo la señora Kent-Cumberland—. Y yo me alegro, por supuesto. Ahora bien, si hubiera sido brillante en los estudios, quizás habría tenido que hacer el sacrificio de enviarlo a la universidad. Tal como están las cosas, cuanto antes empiece, mejor.
VII
Hacer empezar a Tom, sin embargo, resultó ser una tarea un tanto ardua. Durante el período Impuestos de Sucesión, la señora Kent-Cumberland se había alejado de muchas de sus amistades. Ahora se desvivía en vano por encontrar a alguien dispuesto a «meter a Tom en algo». Diversas propuestas —contaduría pública, aduana china, agencias inmobiliarias, «la City»— fueron abandonadas una tras otra.
—El problema es que Tom no tiene aptitudes concretas —explicaba su madre—. Es la clase de muchacho que sería útil en cualquier ámbito (el hombre para todo, vamos), pero carece de capital, claro está.
Pasó agosto, y luego septiembre y octubre. Gervase estaba de vuelta en Oxford, en un alojamiento muy elegante de High Street, pero Tom permanecía en casa y sin empleo. Su madre y él comían y cenaban juntos cada día, y la constante presencia del chico ponía seriamente a prueba la ecuanimidad de la señora Kent-Cumberland. Ella estaba siempre muy ocupada, y, más de una vez, en sus idas y venidas, le sorprendía desagradablemente encontrarse a su hijo pequeño arrellanado en el sofá, o recostado en el parapeto de piedra de la terraza contemplando con gesto apático el familiar paisaje.
—¿Y si buscaras alguna ocupación? —le apremiaba ella—. En una casa siempre hay algo que hacer. Fíjate en mí, yo no tengo un momento libre.
Y una tarde en que unos vecinos lo habían invitado a salir y no volvió a casa a tiempo de cambiarse de ropa para cenar, ella le dijo:
—La verdad, Tom, a mí me parece que para eso tenías tiempo de sobra. Tú, nada menos.
En otra ocasión comentó:
—Que un joven de tu edad pierda el hábito de trabajar es una cosa muy grave. Hace tambalear sus principios éticos.
En vista de lo cual la señora Kent-Cumberland echó mano del viejo recurso campestre de catalogar la biblioteca. Constaba ésta de una extensa y polvorienta colección de libros, amasada por varias generaciones de una familia que nunca destacó por sus afanes literarios. Mediado el siglo XIX había sido catalogada, a mano y con trazo inseguro, por una pariente solterona que pasaba estrecheces; tanto los añadidos como las alteraciones posteriores carecían de la menor relevancia, pero la señora Kent-Cumberland adquirió un bufete de roble ahumado y varias cajas de fichas y dio instrucciones a Tom para que numerara de nuevo los estantes e hiciera una doble entrada de cada uno de los tomos, por tema y autor.
Con ese sistema, pensó, el muchacho estaría ocupado durante un tiempo, de ahí que, transcurridos unos días, en una visita sorpresa al escenario de su trabajo, le irritara encontrarse a Tom sentado, casi tumbado, en un sillón y con los pies sobre un travesaño de la escalerita de la biblioteca, leyendo tan tranquilo.
—Me alegro de que hayas encontrado algo interesante —le dijo, en un tono que transmitía escasa o ninguna alegría.
—Pues si quieres que te diga la verdad, así es —respondió Tom, mostrándole el libro.
Era el diario que un tal coronel Jasper Cumberland había escrito a mano durante la guerra de la Independencia española. Carecía de méritos literarios y sus críticas al Estado Mayor no aportaban ninguna luz nueva sobre la estrategia de la campaña, pero era un relato directo, realista, muy de su época: había aquí y allá graciosas anécdotas, vigorosas descripciones de la caza del zorro tras la línea de Torres Vedras, del duque de Wellington cenando en el comedor de oficiales, de un motín que no había cristalizado aún para los anales, de la ofensiva sobre Badajoz; había también referencias subidas de tono sobre las portuguesas y alguna que otra beata reflexión en torno al patriotismo.
—Estaba pensando si no valdría la pena publicarlo —dijo Tom.
—Lo dudo mucho —contestó la madre—. Pero se lo enseñaré a Gervase tan pronto como vuelva.
El hallazgo dio un nuevo interés a la vida de Tom; se dedicó a leer la historia de aquel período y la de su propia familia. Pudo establecer que Jasper Cumberland era el segundón y que había emigrado al Canadá años más tarde. Entre los archivos había cartas suyas, incluida una en la que anunciaba su matrimonio con una católica romana, cosa que había provocado el alejamiento de su hermano mayor. En un estuche con miniaturas sin catalogar, encontró el retrato de un apuesto soldado con grandes patillas a quien, tras un estudio de los uniformes de la época, pudo identificar como el autor del diario.
Con su letra redondeada e inmadura, Tom empezó a recopilar notas en un escrito. Su madre, que aprobaba sin condiciones todo este esfuerzo, se alegró de verle ocupado, pero también de que se interesara por la historia de su familia. Había empezado a temer que enviándolo a estudiar a un centro sin «tradición» hubiera podido convertir a su hijo en un socialista. Poco antes de las vacaciones de Navidad encontraron un puesto de trabajo para Tom, y ella se hizo cargo de sus notas.
—Estoy segura de que a Gervase le interesará mucho leer todo esto —dijo—. A lo mejor piensa que valdría la pena llevarlo a alguna editorial.
VIII
El empleo que le habían encontrado a Tom no era lucrativo a corto plazo, pero, como decía su madre, por algo se empezaba. Se trataba de ir a Wolverhampton y aprender desde cero el negocio del automóvil. Los dos primeros años tendría que pasarlos en la fábrica, y, a partir de ahí, si tenía talento para el negocio, podría quizá dar el salto a los concesionarios de Londres. Empezó cobrando un sueldo de treinta y cinco chelines semanales, aparte de lo cual recibía una asignación de una libra a la semana. Le buscaron alojamiento encima de una frutería, en las afueras de la ciudad, y Gervase le regaló su viejo automóvil de dos plazas, con el que podría ir y venir del trabajo e ir algún fin de semana a casa.
Fue durante una de estas visitas cuando Gervase le comunicó la buena noticia de que una editorial de Londres había leído el diario y le veía posibilidades. Seis meses más tarde aparecía bajo el título Diario de un oficial inglés de caballería durante la guerra de la Independencia. Edición, notas e introducción biográfica a cargo de Gervase Kent-Cumberland. El retrato en miniatura estaba muy bien reproducido como frontispicio, había una impresión en colotipia de una página del manuscrito original, más un grabado de Tomb Park en la actualidad y un mapa de la campaña militar. Se vendieron cerca de dos mil ejemplares a 12 chelines con 6 peniques y los periódicos del fin de semana publicaron un par de respetuosas reseñas.
La aparición del Diario coincidió a los pocos días con el vigésimo primer cumpleaños de Gervase. Hubo larguísimas y estrafalarias celebraciones que culminaron en un baile para el que se requirió la presencia de Tom.
Se puso en camino, al terminar su trabajo en la fábrica, y llegó justo a tiempo para la cena, encontrándose con una fiesta de treinta invitados y la casa completamente trasformada.
Su habitación estaba ocupada por uno de los invitados («como tú sólo vas a pasar aquí una noche…», le explicó su madre) y a Tom lo enviaron al Cumberland Arms. Se vistió a la luz de una mísera vela en una pequeña habitación mal ventilada, encima del bar, y llegó tarde y un poco despeinado a la cena. Le tocó sentarse entre dos chicas preciosas que ni le conocían ni se molestaron en preguntar quién era. El baile de después se celebró en la terraza, en un entoldado improvisado que una empresa londinense de servicio a domicilio había convertido en una réplica de un típico salón de Pont Street. Tom bailó un par de veces con hijas de familias del vecindario a las que conocía desde niño. Ellas le preguntaron por Wolverhampton y la fábrica. Tom tenía que levantarse temprano al día siguiente, y a eso de las doce se escabulló hacia la posada y se acostó. La velada le había resultado aburrida: porque estaba enamorado.
IX
Se le había ocurrido preguntar a su madre si podía llevar a su novia a la fiesta, pero, después de pensarlo bien, hechizado como estaba, comprendió que no funcionaría. Se llamaba Gladys Cruttwell y era dos años mayor que él. Tenía el cabello esponjoso y muy rubio, se lo lavaba en casa una vez por semana y se lo secaba delante de la estufa; el día después del champú lo tenía muy claro y sedoso; hacia el final de la semana más oscuro y un poco grasiento. Era una chica honesta, cariñosa, independiente, ecuánime, poco inteligente y llena de vida, pero Tom no podía ocultarse a sí mismo el hecho de que en Tomb no iba a caer bien.
Trabajaba en la sección administrativa de la empresa. Tom se había fijado en ella el segundo día, cuando Gladys estaba cruzando el patio, muy puntual, con la cabeza descubierta (era el día siguiente al champú) y vestida con abrigo y falda de lana que ella misma había tejido. Había entablado conversación con ella en la cantina con la excusa de hacerle sitio en la barra, un gesto caballeroso que era poco habitual en la fábrica. El hecho de poseer un coche le dio una clara ventaja sobre el resto de los jóvenes empleados.
Descubrieron que vivían a sólo unas calles el uno del otro, y eso facilitó que Tom fuera a buscarla cada mañana y la dejara en casa por la noche. Sin salir del dos plazas, tocaba la bocina frente a su puerta y ella bajaba corriendo por el camino particular. Cuando se acercó el verano, empezaron a dar paseos en coche al atardecer por pequeñas carreteras frondosas de Warwickshire. En junio ya estaban prometidos. Tom no cabía en sí de contento; a veces la experiencia casi le producía vértigo, pero dudaba sobre si decírselo a su madre. «A fin de cuentas —pensaba—, yo no es que sea Gervase». Pero, en el fondo, intuía que habría problemas.
Gladys procedía de una clase habituada a los noviazgos largos; el matrimonio parecía una cosa muy lejana; estar prometida significaba reconocer formalmente que Tom y ella pasaban el tiempo libre en mutua compañía. Su madre, con la que vivía, le aceptó en éstos y no en otros términos. En años venideros, cuando Tom hubiera conseguido un puesto de trabajo en los concesionarios de Londres, ya habría tiempo de pensar en casarse. Pero Tom venía de una tradición más impaciente, y llegado el otoño empezó a hablar de matrimonio.
—Sería estupendo —dijo Gladys, como si estuviera hablando de ganar la lotería.
Tom le había explicado muy poco de su familia. Ella entendió, vagamente, que vivían en una casa grande, pero ésa era una circunstancia que nunca había sido muy real para ella. Sabía que existían duquesas y marquesas en algo que se llamaba la «alta sociedad»; salían en la prensa y en las películas. Sabía que había directores que cobraban cuantiosos sueldos, pero el hecho de que existieran personas como Gervase o la señora Kent-Cumberland y que pudieran considerarse radicalmente distintos de ella era algo que no había experimentado nunca. Y cuando, finalmente, se produjo el primer encuentro, la señora Kent-Cumberland fue amabilísima y a Gladys le pareció una señora muy simpática. Tom, sin embargo, supo que la reunión estaba siendo catastrófica.
—Por supuesto —dijo después la señora Kent-Cumberland—, ya puedes ir quitándotelo de la cabeza. La señorita Como-se-llame me ha parecido una chica perfectamente agradable, pero tú no estás en situación de pensar en casarte. Además —añadió con gran determinación—, no debes olvidar que si algo le sucediera a Gervase, tú serías su heredero.
A Tom lo sacaron del negocio del automóvil y fue a parar al sur de Australia, donde le habían encontrado una vacante en una granja ovejera.
X
Sería injusto decir que en los dos años siguientes la señora Kent-Cumberland se olvidó de su hijo pequeño. Le escribía cada mes y por Navidad le enviaba pañuelos tipo bandana. Durante los primeros días de soledad, Tom le escribía muy a menudo, pero cuando, al irse acostumbrando a la nueva rutina, sus cartas se fueron espaciando, ella no las echó mucho de menos. Cuando llegaban, solían ser bastante largas; ella las dejaba aparte de la correspondencia normal para leerlas con tiempo, y más de una vez las extravió sin haber llegado a abrirlas. Ahora bien, siempre que sus conocidos le preguntaban por Tom, solía contestar: «Le va estupendamente. Y se divierte muchísimo».
La señora Kent-Cumberland tenía otras muchas cosas en la cabeza, algunas de las cuales la angustiaban. Gervase era toda una autoridad en Tomb y el prudente régimen de su minoría de edad había cambiado por completo. Seis costosos caballos de caza ocupaban los establos. Se cortó el césped, se habilitaron dormitorios, se instalaron más cuartos de baño; llegó a hablarse de construir una piscina. De sábado a lunes había siempre algún evento. Y se vendieron, a un mal precio, dos Romneys y un Hoppner.
La madre de Gervase asistía a todo esto con una mezcla de orgullo y ansiedad. Vigilaba con especial ahínco la sucesión de chicas que se quedaban a pasar la noche, sometida al irreconciliable y omnipresente temor de que su hijo mayor pudiera casarse o no. Cualquiera de ambas contingencias entrañaba un riesgo; la posible esposa de Gervase tenía que ser de buena cuna, bien educada, rica, con una reputación intachable y una buena disposición hacia la señora Kent-Cumberland, y no parecía fácil encontrar semejante pareja. La heredad estaba libre de las hipotecas requeridas por el impuesto de sucesión, pero los dividendos eran inciertos, y, aunque, como solía apuntar con frecuencia, ella «nunca interfería», simples cálculos aritméticos y su propia experiencia de administrar una casa la convencieron de que Gervase no iba a poder mantener por mucho tiempo el tren de vida que él había impuesto.
Con tantas cosas en la cabeza, era inevitable que la señora Kent-Cumberland pensara mucho más en Tomb que en Australia, y que se tomara casi como una afrenta la carta en la que Tom anunció que se proponía volver de visita a Inglaterra con una novia y un futuro suegro; que, de hecho, estaba ya navegando y calculaba arribar a Londres al cabo de quince días. De haber leído con más atención sus cartas anteriores, la señora Kent-Cumberland habría podido encontrar pistas de esta relación, pero no lo había hecho, y la sorpresa fue tan mayúscula como desagradable.
—Tu hermano vuelve a Inglaterra.
—¡Oh, estupendo! ¿Cuándo?
—Trae a la hija de un granjero con la que se ha prometido… y al granjero también. Quieren venir a casa.
—Vaya, qué lata. Podemos decirles que están limpiando las calderas.
—Creo que no te das cuenta de lo serio que es, Gervase.
—Bueno, ya lo arreglarás tú. Yo creo que si vinieran el mes próximo no habría problema. Hemos de invitar a los Anchorage tarde o temprano; podríamos hacer que coincidieran todos.
Al final se decidió que Gervase iría a recibir a los inmigrantes a Londres y que, tras someterlos a investigación, informaría a su madre de si eran o no adecuados para compartir estancia con los Anchorage. Una semana más tarde, cuando Gervase regresó a Tomb, su madre salió a recibirlo muy nerviosa.
—¿Qué? ¿Es que nunca escribes?
—¿Escribir? ¿Y para qué? Oye, ¿alguna vez me he olvidado de un cumpleaños o algo así, eh?
—No digas ridiculeces, Gervase. Estoy hablando del desafortunado noviazgo de tu hermano Tom. ¿Viste a la chica?
—Ah, era eso… Sí, fui a cenar con ellos. Tom no ha elegido del todo mal. Rubia, tirando a gorda, ojos como dos platos, y por la pinta yo diría que afable.
—Y esa chica… ¿Habla con acento australiano?
—No me fijé.
—¿Y el padre?
—Un viejo pedante.
—Crees que encajaría con los Anchorage?
—Como un guante. Pero no pueden venir. Están con los Chasm.
—¡Qué me dices! No me lo puedo creer. Claro que Archie Chasm fue gobernador general, hace años. Pero bueno, eso significa que son bastante respetables. ¿Dónde se hospedan?
—En Claridges.
—Entonces es que además son ricos. Muy interesante. Les escribiré esta noche.
XI
Llegaron tres semanas después. El padre, el señor MacDougal, era un hombre alto y delgado que usaba quevedos y tenía interés por la estadística. Era un terrateniente a quien la finca de Tomb le pareció una mera parcela. No llegó a expresarlo con el menor asomo de jactancia, pero su celo estadístico le impulsó a dar a la señora Kent-Cumberland unas cuantas cifras.
—¿Tiene más hijos además de Bessie? —inquirió ella.
—No. Es hija única, y mi heredera —respondió él, yendo directamente al grano—. Si no me equivoco, se habrá preguntado usted qué clase de acuerdo prematrimonial estoy en condiciones de hacer por lo que respecta a la dote. Bien, pues lamento decir que no puedo responder con exactitud a esa pregunta. Mire, señora Kent-Cumberland, nosotros tenemos años buenos y años malos. Depende…
—Pero, si no me equivoco, incluso en los años malos sus ingresos son considerables, ¿no es cierto?
—En un año malo —dijo el señor MacDougal—, uno muy malo como el de ahora, los beneficios netos una vez deducido lo necesario para cubrir gastos, seguros, impuestos y el deterioro, están entre —(la señora Kent-Cumberland esperó ansiosa)— las cincuenta y las cincuenta y dos mil libras. Ya sé que eso es muy vago, pero no se puede precisar más hasta que no llegan los últimos datos.
Bessie era sosa y voluble. Todo le parecía encantador. «¡Y qué antiguo que es!», comentaba con fruición, estuviera mirando la iglesia normanda de Tomb, los victorianos paneles de la sala de billar, o la calefacción central que Gervase había hecho instalar recientemente. A la señora Kent-Cumberland le cayó muy bien.
—Se la puede educar, sin ninguna duda —declaró—. Pero me pregunto si realmente le conviene a Tom… No sé, no sé…
Los MacDougal se quedaron cuatro días, y, en el momento de la despedida, la señora Kent-Cumberland insistió en que volvieran para una visita más larga en otra ocasión. Bessie había quedado más que encantada con todo cuanto había visto.
—Ojalá pudiéramos vivir aquí —le había dicho a Tom la primera noche—, en esta casa tan antigua y tan pintoresca.
—Sí, cielo, a mí también me gustaría. Naturalmente, todo esto pertenece a Gervase, pero siempre he considerado que también es mi hogar.
—Sí, como los australianos consideramos a Inglaterra.
—En efecto.
Bessie se había empeñado en verlo todo; la vieja casa solariega, en tiempos hogar de la familia, relegada ahora a la función de casa de campo desde que la mansión actual fuera levantada en el siglo XVIII, un edificio de medianas proporciones y poco prácticas dependencias donde la señora Kent-Cumberland, en sus momentos de depresión, se imaginaba viviendo los últimos años; el molino y la cantera; la granja, que a los MacDougal les pareció tan diminuta y formal como un arca de Noé. Fue Gervase quien hizo de guía en estas expediciones, pues, como explicó la señora Kent-Cumberland, «él sabe mucho más de eso que Tom».
A decir verdad, Tom apenas pudo estar a solas con su novia. En una ocasión, estando todos reunidos después de cenar, había salido a relucir el asunto del matrimonio. Tom preguntó a Bessie si, ahora que había visto el pueblo y la finca, le gustaría más casarse en la pequeña iglesia de Tomb que en Londres.
—Oh, es pronto todavía para tomar decisiones —había dicho la señora Kent-Cumberland—. Dejemos que Bessie conozca un poco más todo esto.
Cuando los MacDougal partieron, lo hicieron para ir a Escocia a ver el castillo de sus antepasados. El señor MacDougal había localizado a varias ramas de su familia y mantenido una intermitente correspondencia con ellas, y ahora deseaba conocer en persona a esos parientes.
Bessie escribió a todos los Kent-Cumberland; a Tom diariamente, pese a que en el fondo de su corazón, mientras yacía desvelada en la cama atroz que le proporcionaron sus allegados escoceses, fue consciente por primera vez de una leve sensación de incertidumbre y desilusión. En Australia Tom le había parecido completamente distinto de los demás, tan gentil y circunspecto y culto. Pero aquí daba la impresión de que su brillo se empañaba. En Inglaterra todo el mundo parecía ser como Tom.
Y luego estaba la casa. Era ni más ni menos como ella había imaginado la casa inglesa, con su jardincito encantador —menos de 500 hectáreas, una nadería—, su hierba mullida y sus venerables piedras. Tom cuadraba muy bien con la casa, tan bien que se había fundido con ella hasta convertirse en parte del decorado. El lugar de honor le estaba reservado a Gervase, que se parecía mucho a su hermano, pero en más guapo; tan encantador como Tom, pero con más personalidad. Angustiada por estos pensamientos, siguió dando vueltas en el lecho tosco y duro hasta que la primera claridad empezó a asomar a la ventana ojival de la torrecilla estilo baronial-victoriano. Con todo y sus incomodidades, aquella torrecilla le encantaba. Era tan antigua…
XII
La señora Kent-Cumberland era una mujer activa. Apenas habían transcurrido diez días de la visita de los MacDougal, regresó con aire triunfal tras haber pasado el día en Londres. Después de cenar, a solas con Tom en el saloncito, dijo:
—No te imaginas a quién he visto hoy en Londres. ¡A Gladys!
—¿Gladys?
—Sí, Gladys Cruttwell.
—Cielo santo. ¿Y dónde diablos te la has encontrado?
—Ha sido de casualidad —dijo ella vagamente—. Ahora trabaja allí.
—¿Qué tal está?
—Guapísima. Más que antes, si cabe.
Hubo una pausa. La señora Kent-Cumberland siguió dando puntadas a un cojín que estaba bordando.
—Ya sabes, hijo, que nunca interfiero en nada, pero muchas veces me he preguntado si fuiste considerado con Gladys. Ya sé que en parte la culpa fue mía, pero ambos erais demasiado jóvenes y las perspectivas no estaban nada claras. Pensé que un par de años de separación serviría para ver hasta qué punto os queríais.
—Oh, seguro que ella ya ni se acuerda de mí.
—Pues te equivocas, Tom. Me ha parecido que era muy desdichada.
—Pero ¿cómo lo vas a saber, madre, si sólo has cruzado cuatro palabras con ella?
—Hemos comido juntas —dijo la señora Kent-Cumberland—. En un A.B.C.
Otra pausa.
—Bueno, mira, yo ya no pienso nunca en Gladys. Ahora sólo me interesa Bessie.
—Hijo mío, ya sabes que yo nunca interfiero. Bessie me parece una muchacha deliciosa, pero ¿tú te sientes libre?, ¿libre en tu fuero interno? Sólo tú sabes, porque yo no, de qué manera se cortó lo tuyo con Gladys.
Y así, tras una larga ausencia, la escena que Tom no había podido quitarse de la cabeza durante los primeros meses de su aventura australiana volvió a su memoria: una despedida con lágrimas y muchas promesas desaforadas. Fue su madre la que habló:
—No le he dicho a Gladys que te habías prometido. Es justo que eso lo hagas tú, como lo juzgues más oportuno, a tu manera. Pero sí le he dicho que estabas en Inglaterra y que tenías ganas de verla. Vendrá mañana a pasar un par de días. Pobrecilla, creo que necesita unas vacaciones.
Cuando Tom fue a buscar a Gladys, permanecieron unos minutos en el andén de la estación inseguros respecto a la identidad del otro, hasta que sus mutuas tentativas de reconocerse concordaron. Gladys había estado prometida dos veces en los últimos dos años y ahora salía con un vendedor de automóviles. Le había sorprendido mucho que la señora Kent-Cumberland hubiera dado con ella y saber que Tom había vuelto a Inglaterra. Ella no le había olvidado, porque era una chica fiel y de buen corazón, pero se sentía avergonzada y emocionada de saber que él la hubiera tenido siempre en su pensamiento.
La boda se celebró dos semanas más tarde y la señora Kent-Cumberland asumió la delicada misión de «explicárselo todo» a los MacDougal.
Una vez en Australia, el señor MacDougal fue tan magnánimo como para ofrecerles un puesto administrativo en una de sus propiedades más apartadas. Estaba satisfecho con el trabajo de Tom. Gladys tiene un bungalow grande y soleado y un panorama de pastos y cercas de alambre. No ve a muchas personas y las que ve no le caen especialmente bien. Los rancheros de las granjas vecinas la encuentran muy inglesa y muy distante.
Bessie y Gervase se casaron a las seis semanas de prometerse. Viven en Tomb. Bessie tiene dos hijos y Gervase seis purasangres. La señora Kent-Cumberland vive con ellos en la casa. Bessie y ella casi siempre están de acuerdo, y, en caso de que no, la que se sale con la suya es la señora Kent-Cumberland.
Han alquilado la casa pequeña por tiempo indefinido a un fabricante aficionado a la caza. Gervase se ha hecho cargo de la jauría y gasta dinero a espuertas. En el vecindario todo el mundo está contento.