Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

el deporte nacional (spanish)

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Mientras desayunábamos mi hermano me dijo:
—Oye, la última vez que jugaste al críquet, ¿cuántas carreras hiciste?
Y yo respondí, en honor a la verdad:
—Cincuenta.
Recuerdo bien aquel día porque eso fue lo que pasó. En la escuela, hace muchísimos años, ay, me había quedado sin mis privilegios de alumno de sexto debido a una impuntualidad o alguna que otra falta insignificante, y el capitán de críquet de mi clase, un chico que casi nunca había despertado mis simpatías, se aprovechó de mi degradación para hacerme encargado de un partido, muy apropiadamente llamado «el de los Sobrantes». Yo, claro está, me lo había tomado de la peor manera, pero debo reconocer que la tarde fue menos deprimente de lo que me imaginaba. Sólo se presentaron veintiún chicos, y, como nadie me llevó la contraria, elegí jugar por ambos bandos mientras ellos bateaban. De este modo me aseguraba el descanso, y, durante cosa de una hora, me dediqué tranquilamente a leer tras haber salido de apertura y no pasar del primer lapso. Cuando, por diversos medios, todos los miembros de un equipo hubieron quedado eliminados (el árbitro era siempre el siguiente bateador y, ansioso por hacer entradas, era proclive a mostrarse comprensivo con las más extravagantes apelaciones), me abroché los protectores que un chico nuevo acababa de traer, pese a que el guardián los reclamó con vehemencia, y salí a batear. Este otro equipo lanzaba menos bien y, después de un par de fallos por mi parte, de pronto, y para mi gran sorpresa, golpeé la pelota con mucha fuerza. Esto me animó tanto, que ya no paré. Los jugadores de campo eran poco entusiastas y yo iba acumulando carreras. Pregunté al anotador cuántas tenía ya y me dijo que treinta y seis. Como seguía siendo capitán del bando que cubría campo, a ratos cambiaba a los lanzadores, recusando a aquellos cuya actuación en el campo era ostensiblemente relajada. Pronto detecté cierta inquietud en ambos equipos y mucho mirar el reloj.
—Este partido —ordené— no termina hasta que llegue a las cincuenta carreras.
Casi de inmediato, alguien gritó: «¡Cincuenta!» y, entre aplausos generalizados, permití que retiraran las estacas.
Tal es la historia de mi único logro deportivo. Al enterarse de ello, mi hermano dijo:
—Pues más vale que juegues hoy. Anderson acaba de fallar. Me han encargado que lleve a un equipo a un pueblo de Hertfordshire, ya no recuerdo el nombre.
Yo pensé en lo mucho que había oído hablar del críquet de pueblo y de esa vida en la que jamás había participado, de modo que, con gran espíritu aventurero, acepté.
—El tren sale de King’s Cross a las nueve y veinte. Más vale que vayas a por tus cosas: el taxi estará aquí dentro de cinco minutos.
A las nueve y cuarto estábamos en la estación, y, poco antes de las once, llegaron los últimos miembros de nuestro equipo. Supe que el pueblo al que íbamos a jugar se llamaba Torbridge. A las doce y media estábamos todos, con un montón de bolsas, en el andén de Torbridge. Había dos automóviles Ford disponibles para alquilar; el hombre que había llegado el último y yo tuvimos la suerte de encontrar a los chóferes en el «Horse and Cart»; estaban casi sobrios y parecía que todo iba a ir sobre ruedas.
—Llévennos al campo de críquet.
—Aquí no hay ningún campo de críquet —repusieron a lo bruto—, ¿verdad, Bill?
—Me parece que en el prado de Beesley sí juegan al críquet.
—Qué va, dirás al fútbol, hombre.
—Ah —con mucha picardía—; pero eso es en invierno. A lo mejor en verano juegan al críquet, digo.
—Me contaron que este año Beesley ha plantado heno en ese campo.
—Caramba, ¿no me digas?
—Pues no, oiga, que no hay campo de críquet, jefe.
Entonces reparé en un poste indicador; en un lado decía «Lower Torbridge, Great Torbridge, Torbridge St. Swithin», en el otro «Torbridge Heath, South Torbridge, Torbridge Village», y, en el tercero, solamente «Estación de Torbridge», este último señalando hacia mí.
Lo echamos a cara o cruz y, al revés de lo que había salido, decidimos probar en Torbridge Village. Paramos en el pub e hicimos las preguntas pertinentes. No, no habían oído hablar de que hubiera un partido. Sin embargo, parecía haber algún tipo de festejo en Torbridge St. Swithin, aunque debía de ser la feria de las flores. Continuamos la peregrinación y, en cada pub, tomamos media pinta por cabeza. Tres cuartos de hora más tarde encontramos en el «Pig and Hammer» de Torbridge Heath a once hombres desconsolados. Estaban esperando a un equipo que no llegaba, el «Reverendo Mister Bundles». Les preguntamos si querrían jugar contra nosotros. La cosa quedó arreglada después de una pinta para todos. Eran más de la una y decidimos almorzar enseguida. A las tres menos cuarto, el amodorrado equipo contrario se situó sobre el terreno de juego. A las cuatro y cuarto, cuando paramos para tomar té, el marcador estaba treinta y una carreras a siete, de las cuales mi hermano había hecho veinte en dos lapsos antes de ser eliminado; yo había hecho sólo una, y encima de manera ignominiosa. Había golpeado con mucha fuerza, la pelota me había dado en la punta del pie y había salido rebotada hasta la mitad del campo. «Sí, una», gritó el hombre alto que estaba en el otro extremo; él quería lanzar; recorrí el trecho cojeando de mala manera. Tuve la suerte de que lo eliminaran en el siguiente lanzamiento. Por lo que respecta al equipo contrario, un solo hombre hizo el trabajo por todos, un tipo menudo de brazos muy morenos y bigote erizado.
A las cinco menos cuarto volvimos al campo, y, a las siete, cuando regresamos agotados a la caseta, sólo había caído una puerta de las izo posibles. El tipo de los brazos morenos seguía en pie. Yo no había cubierto campo ni siquiera el día de mi gran triunfo; esta vez, a pesar de mi pie magullado, no pude sentirme orgulloso. Al cabo de un rato, el lanzador, cada vez que alguien bateaba una pelota cerca de mi posición, me quitaba de inmediato para poner a otro en mi lugar, cosa que le agradecí interiormente.
En el cobertizo que había al fondo del campo no podía uno lavarse. Tuvimos que cambiarnos todos juntos en un cuartito, cada cual con su montón de ropa; todos perdimos calcetines, gemelos y hasta chalecos; aquello parecía el colegio. Por fin, una vez cambiados y sintiéndonos tan pegajosos como exhaustos, supimos por el risueño capitán de brazos morenos que no había ningún taxi en Torbridge Heath y tampoco teléfono desde el que pedir uno. La estación de Torbridge estaba a casi cinco kilómetros y el último tren pasaba a las ocho y media. No iba a haber tiempo para cenar; nuestras bolsas pesaban mucho.
El último disgusto lo tuvimos cuando ya parecía que todo había terminado; estábamos llegando ya a King’s Cross cuando descubrí que, en medio del barullo de cambiarnos, había extraviado el billete de vuelta. A mi pobre hermano le tocó pagar, pues yo no llevaba nada encima. Y al pagar se dio cuenta de que no le quedaba dinero para un taxi. Tendríamos que tomar el metro y luego ir a pie hasta casa. Viajar en el metropolitano con una bolsa pesada no es cosa fácil. Y, una vez en casa, esto fue lo que pensé: hoy me he cansado hasta lo indecible; no he visto nada ni a nadie interesante; he padecido incomodidades de todo tipo y en todos mis miembros; he sufrido dolor agudo en el dedo gordo del pie; he caminado un montón de kilómetros; no he podido sentarme durante horas; he bebido varias pintas de una cerveza más o menos buena; me he gastado casi dos libras; podría haber gastado ese dinero en una cena suculenta y en ir al teatro después; podría haber ganado esa cantidad invirtiendo la mañana, tan ricamente, en escribir o dibujar.
Pero mi hermano sostuvo que había sido un gran día. El críquet de pueblo, me dijo, siempre era así.