Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

ejercicio táctico (spanish)

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John Verney se había casado con Elizabeth en 1938, pero no empezó a detestarla con constancia y ahínco hasta el invierno de 1945. Antes había experimentado incontables rachas de odio, a las que él tenía predisposición. No era lo que suele llamarse una persona de mal genio, más bien al contrario; un semblante fatigado y abstraído era la única señal visible de aquella pasión que lo dominaba, como a otros la risa o el deseo, varias veces al día.
Durante la guerra pasó como un tipo flemático entre sus compañeros. No tenía días buenos o días malos; fueron buenos y malos todos por igual: buenos en el sentido de que hizo lo que había que hacer, con prontitud, pero sin ponerse «como una fiera»; malos por los intermitentes y difusos, que no visibles, relámpagos de odio que restallaban en su fuero interno a cada obstáculo o contratiempo. En su oficina, cuando, en calidad de comandante de la compañía, se enfrentaba cada mañana a la procesión de rebeldes y enfermos imaginarios; en el comedor, cuando los subalternos ponían la radio y no le dejaban leer tranquilo; en la escuela militar superior cuando el «consejo» discrepaba de su solución; en el cuartel general de la brigada, cuando el sargento primera archivaba algo mal o el ordenanza confundía una llamada telefónica; cuando su chófer se pasaba de calle; más adelante, en el hospital, cuando le pareció que el médico examinaba demasiado someramente su herida y las enfermeras se ponían a cotillear con pacientes más simpáticos en vez de atenderlo a él como era su obligación: frente a todas las molestias de la vida militar que otros desdeñaban con un juramento y un encogerse de hombros, los párpados de John Verney se entornaban cansinamente, una minúscula granada de odio hacía explosión, y la metralla rebotaba ruidosamente en las paredes metálicas de su cerebro.
Las molestias habían sido menores antes de la guerra. Tenía dinero y la expectativa de una carrera política. Antes de casarse había hecho su aprendizaje con el partido liberal en dos elecciones para cubrir escaños vacantes en el parlamento. No hubo suerte, pero luego la dirección lo recompensó con una circunscripción en el área metropolitana de Londres que prometía mucho cara a las próximas generales. Durante el ario y medio anterior al inicio de la guerra se ocupó de dicha circunscripción desde su piso en Belgravia y, asimismo, viajó con frecuencia al continente para estudiar la situación política. Ello sirvió para convencerlo de que la guerra era inevitable; denunció con acritud el pacto de Múnich y se hizo con un grado de oficial en el ejército de reserva.
Elizabeth encajó sin dificultad en aquellos tiempos de paz. Era prima de John. En 1938 había cumplido veintiséis arios, cuatro menos que él, y jamás se había enamorado. Era una joven atractiva y serena, hija única, con dinero propio y más que había de llegar. De muchacha, recién iniciada su vida social, una observación poco juiciosa, dicha sin querer y oída por casualidad, le ganó fama de inteligente. Quienes la conocían a fondo la tildaban de «enigma andante».
Condenada así al fracaso en sociedad, Elizabeth languideció un ario más en los salones de baile de Pont Street para acomodarse a una vida de compras y conciertos en compañía de su madre, hasta que, para sorpresa de todos, se casó con John Verney. El noviazgo, como la consumación, fue tibio, armonioso, cosa de primos. En vista de la inminencia de la guerra, acordaron no tener hijos. Nadie sabía lo que pensaba o sentía Elizabeth; sus opiniones eran básicamente negativas, profundas o aburridas según se las tomara cada cual. Nada en su aspecto hacía pensar que fuese una mujer capaz de encender odios.
John Verney fue dado de baja en el ejército a principios de 1945 con una condecoración y una pierna, para el futuro, cinco centímetros más corta que la otra. Elizabeth estaba viviendo con sus padres, los tíos de él. Le había mantenido informado por carta sobre ciertos cambios en su estado, pero John, absorto en otras cosas, no se había hecho una idea clara. El piso les había sido requisado por orden gubernamental; los muebles y los libros, habían sido enviados a un depósito y se habían perdido para siempre, en parte quemados durante un bombardeo enemigo y en parte saqueados por los bomberos. Elizabeth, que tenía facilidad para los idiomas, había entrado a trabajar en una sucursal clandestina del ministerio de Asuntos Exteriores.
La casa de sus padres había sido antaño una villa georgiana de respetables dimensiones con vistas a Hampstead Heath. John Verney llegó allí muy de mariana tras una noche de incómodo viaje desde Liverpool. Las barandillas y verjas de hierro forjado habían sido arrancadas de cualquier manera por los chatarreros, y en el jardín principal, otrora tan cuidado, crecían hierbajos y matorrales formando una selva fétida que por la noche pisoteaban los soldados. El jardín de atrás era ahora un pequeño cráter; restos de cerámica, de estatuas, ladrillos y cristales de invernaderos destrozados, y tallos secos de adelfilla que crecían altísimos entre los escombros. No quedaba ninguna ventana en la parte de atrás: todas habían sido sustituidas por postigos de cartón, dejando las habitaciones principales en una oscuridad perpetua.
—Bienvenido al Caos y la Noche antigua —dijo cordialmente su tío, citando a Milton.
No tenían sirvientes; los viejos habían huido, los jóvenes habían sido llamados a filas. Elizabeth le preparó un té antes de marcharse a la oficina.
Allí vivió, afortunado, según le dijo Elizabeth, de tener un hogar. No había manera de conseguir muebles: los pisos amueblados estaban fuera del alcance de sus ingresos, que con los impuestos quedaban reducidos al salario pelado. Quizá habría sido posible encontrar algo en el campo, pero Elizabeth, al no tener hijos, no podía abandonar su trabajo. Además, él se debía a su electorado.
También aquí había habido una transformación. En los jardines públicos, rodeada de alambradas como un campo de concentración, había una fábrica. Las calles aledañas, antaño flanqueadas por las estilizadas viviendas de potenciales votantes del partido liberal, habían sido bombardeadas, apedazadas, confiscadas, y estaban ocupadas ahora por proletarios inmigrantes. Cada día le llegaba un montón de cartas con quejas de electores exiliados en posadas de provincias. Él había esperado que la medalla y la cojera le ganarían la simpatía de la gente, pero descubrió que los nuevos inquilinos se mostraban indiferentes a las vicisitudes de la guerra. En cambio, hacían gala de una escéptica curiosidad por la seguridad social.
—No son más que un hatajo de rojos —dijo el representante del partido.
—¿Quiere decir que no voy a salir elegido?
—Bueno, pelearemos hasta el final. Los tories presentan a un piloto de la Batalla de Inglaterra. Me temo que se llevará casi todos los votos de la poca clase media que queda.
A la hora de la verdad, John Verney fue estrepitosamente derrotado. El gato al agua se lo llevó un rencoroso maestro judío. La dirección pagó lo que tenía que pagarle, pero la campaña le había salido muy cara. Y después de aquello a John Verney no le quedó absolutamente nada que hacer.
En Hampstead ayudaba a su tía a hacer las camas cuando Elizabeth se marchaba al trabajo, iba al colmado y a la pescadería luciendo cojera y acumulando odio mientras esperaba en la cola. Por la noche ayudaba a Elizabeth a fregar los platos. Cenaban en la cocina, donde su tía lograba deliciosos resultados apañándose con las escuetas raciones. Su tío iba tres días por semana para ayudar a hacer paquetes para Java.
Elizabeth, el enigma andante, jamás hablaba de su trabajo, que de hecho tenía que ver con la creación de gobiernos hostiles y represivos en la Europa del Este. Una noche, estando en un restaurante, se acercó a hablar con ella un joven alto cuyo enjuto rostro aguileño irradiaba inteligencia y humor.
—El jefe de mi departamento —dijo ella—. Un hombre muy divertido.
—Parece judío.
—Creo que lo es. Es conservador de toda la vida y odia el trabajo —añadió apresuradamente, pues desde que perdiera las elecciones él se había vuelto un antisemita radical.
—No hay ninguna necesidad de trabajar para el Estado —dijo John—. Ya no estamos en guerra.
—No hemos hecho más que empezar. No van a dejar que ninguno de nosotros se marche. Tienes que entender en qué situación se encuentra este país.
A menudo le correspondía a Elizabeth explicarle a él la «situación». Poco a poco, hebra a hebra, le fue revelando a lo largo de aquel invierno sin carbón la extensa red de control gubernamental que había ido tejiéndose en su ausencia. John había sido criado en el liberalismo tradicional y todo aquello le asqueó. No sólo eso, sino que lo tenía a él atrapado, atado, entrampado; adondequiera que le apeteciese ir, fuera lo que fuese lo que deseara hacer, se encontraba perplejo y frustrado. Y Elizabeth, mientras le explicaba, se sentía a la defensiva sin poder evitarlo. Tal o cual normativa era necesaria para evitar tal o cual problema; ese o aquel país, a diferencia de Gran Bretaña, estaba sufriendo por no haber tomado esa o aquella precaución; y así sucesivamente, con serenidad y apelando a la razón.
—Ya sé que es desesperante, John, pero date cuenta de que a todo el mundo le ocurre igual.
—Eso es lo que queréis vosotros, los burócratas —dijo John—: Igualdad a base de esclavitud. Un estado con dos clases: proletarios y funcionarios.
Elizabeth formaba parte de ello. Trabajaba para el Estado y para los judíos; colaboraba con las fuerzas de ocupación extranjeras. El invierno fue transcurriendo mientras el gas ardía débilmente en la estufa y la lluvia se colaba por las ventanas remendadas, y, cuando finalmente llegó la primavera y salieron brotes nuevos en la obscena selva virgen que rodeaba la casa, Elizabeth, en la mente de John, se había convertido en algo más importante: en un símbolo. Del mismo modo que los soldados, cuando están lejos de casa, piensan en sus esposas con una ternura que raramente sentían antes, como en la encarnación de todo lo bueno que han dejado atrás, esposas que quizá fueran gruñonas y sosas, pero que en el desierto o la jungla se transfiguran de forma que sus banales cartas por correo aéreo devienen textos de esperanza, así también Elizabeth creció en la mente desesperada de John como la sacerdotisa y ménade del siglo del hombre corriente.
—No tienes buen aspecto, John —le dijo su tía—. Tú y Elizabeth deberíais cambiar un poco de aires. A ella le van a dar unos días de permiso por Pascua.
—Querrás decir que el Estado le concede una ración suplementaria de compañía conyugal. ¿Seguro que ha rellenado todos los formularios? ¿O acaso los comisarios políticos de su rango están exentos de esas cosas?
Sus tíos rieron incómodos. John decía sus gracias con tal aire de cansancio, con tal caída de párpados, que a veces dejaba helado a todo el círculo familiar. Elizabeth le miró muy seria y no dijo nada.
John no se encontraba nada bien. La pierna le dolía a todas horas y ya no hacía cola para comprar. Dormía mal, lo mismo que, por primera vez en su vida, le ocurría a Elizabeth. Ahora compartían habitación, pues las lluvias del invierno habían combado techos en numerosas partes de la ruinosa vivienda y las habitaciones del piso de arriba no se consideraban seguras. Tenían dos camas gemelas en la planta baja, en lo que antaño había sido la biblioteca del padre de ella.
Recién llegado a la casa, John se había mostrado cariñoso. Ahora raramente se acercaba a Elizabeth. Noche tras noche yacían a oscuras, a dos metros de distancia. En una ocasión él llevaba despierto un par de horas y encendió la lámpara que había sobre la mesita, entre las dos camas. Elizabeth estaba con los ojos completamente abiertos mirando al techo.
—Perdona. ¿Te he despertado?
—No me había dormido aún.
—Iba a leer un rato. ¿Te importa?
—No. Qué va.
Ella se dio la vuelta. John estuvo leyendo durante una hora y, cuando apagó la luz, no supo si ella estaba dormida o despierta.
En noches así, pasado un rato, le venían ganas de encender otra vez la luz, pero tenía miedo de encontrársela despierta mirando al techo. Y así como otros yacen abrazados en un éxtasis de amor, él se quedaba quieto y la odiaba.
No se le ocurrió la idea de abandonarla; mejor dicho, algunas veces sí, pero se la quitaba de la cabeza de pura impotencia. Sus vidas estaban íntimamente ligadas; la familia de uno era la familia del otro; sus finanzas estaban entrelazadas y sus expectativas iban por los mismos derroteros. Dejarla significaría empezar de nuevo, solo y desnudo en un mundo extraño. Y, a sus treinta y ocho años, tullido y cansado, John Verney no tenía ánimos para dar ese paso.
No quería a otra. No tenía adonde ir ni nada que hacer. Además, últimamente sospechaba que Elizabeth no sufriría si él se marchaba. Y, por encima de todo, la única cosa que deseaba con rotundidad era hacerle daño. «Ojalá se muriera», se decía a sí mismo durante sus noches en vela. «Ojalá estuviera muerta».
A veces salían juntos. Hacia el final del invierno John tomó por costumbre ir a cenar a su club uno o dos días a la semana. Suponía que en tales ocasiones ella se quedaba en casa, pero una mariana salió a relucir que ella también había cenado fuera la víspera. John no preguntó con quién, pero su tía sí, y Elizabeth contestó:
—Ah, con uno de la oficina.
—¿El judío? —preguntó John.
—Pues ya que lo preguntas, sí.
—Supongo que te lo pasaste bien.
—Bastante bien, sí. La cena, un asco, claro, pero él es muy divertido.
Una noche, al volver él del club tras una mísera colación y dos trayectos en un metro repleto de pasajeros, se encontró a Elizabeth en la cama y profundamente dormida. No se movió para nada al entrar él. Y, cosa rara en ella, estaba roncando. John se quedó allí de pie, fascinado por esta nueva y desagradable faceta de su mujer, ahora con la cabeza media caída, la boca abierta, un brillo de saliva en la comisura. Luego la despertó. Ella murmuró algo, se puso de costado y siguió durmiendo sin ronquidos.
Media hora más tarde, mientras él se esforzaba por serenarse para conciliar el sueño, ella empezó a roncar otra vez. Él encendió la luz, la miró con más detenimiento y reparó con sorpresa (y enseguida con alborozada esperanza) en que, junto a ella, sobre la mesita de noche, había un tubo medio vacío de unas pastillas desconocidas.
«24 comprimés narcotiques, hypnotiques», ponía en el tubo; y, debajo, en grandes letras rojas, «NE PAS DEPASSER DEUX». Contó los comprimidos que quedaban: once.
Con un trémulo aleteo, la Esperanza empezó a agitarse dentro de su corazón y se transmutó en certeza. Sintió que un fuego prendía y se extendía dentro de su ser hasta envolver todos sus miembros y vísceras. Tumbado en la cama, escuchando los ronquidos, se sintió como un niño en la noche de Reyes. «Mañana cuando me despierte la encontraré muerta», se decía a sí mismo, del mismo modo que una vez había palpado el calcetín fláccido a los pies de su cama, diciéndose: «Mañana me despertaré y lo encontraré lleno». Igual que un niño, deseaba dormir para que la noche pasara más deprisa; e, igual que un niño, estaba arrebatadamente despierto, insomne. Al rato decidió tomarse él dos pastillas y, casi al momento, quedó inconsciente.
Elizabeth siempre se levantaba la primera y preparaba el desayuno para todos. Cuando estaba sentada al tocador, bruscamente, sin somnolencia, el recuerdo estereoscópicamente claro acerca de lo ocurrido la víspera despertó a John.
—Roncabas —dijo ella.
La decepción fue tan intensa que al principio no pudo hablar. Luego, dijo:
—Tú también roncabas, esta noche.
—Será por el somnífero que me tomé. La verdad es que he dormido muy bien.
—¿Sólo tomaste uno?
—Sí, dos es la dosis máxima.
—¿De dónde los has sacado?
—Me los dio un amigo de la oficina; ése al que tú llamas el judío. Se los recetó un médico para cuando trabaja demasiado. Como le dije que tenía insomnio, me dio la mitad de un frasco.
—¿No podría conseguirte más y así tomaría yo también?
—Supongo. Para esas cosas se las apaña muy bien.
De modo que Elizabeth y él empezaron a drogarse con regularidad y a pasar largas noches vacías. John, sin embargo, muchas veces lo demoraba, dejando la beatífica píldora junto a su vaso de agua, mientras, sabedor de que poner fin a la vigilia dependía de un simple gesto, aplazaba el goce de la inconsciencia, escuchaba los ronquidos de Elizabeth y la odiaba a cuerpo de rey.
Una tarde, cuando aún no tenían planes concretos para las vacaciones, John y Elizabeth fueron al cine. Era una película de asesinatos no demasiado ingeniosa, pero con unos decorados muy vistosos. Una recién casada mataba a su marido arrojándolo peñasco abajo desde una ventana. El hecho de que él hubiera alquilado un faro solitario para la luna de miel había facilitado las cosas. Él era muy rico y ella codiciaba su dinero. Sólo había tenido que explicarle al médico local y a unos cuantos vecinos que estaba asustada porque su marido era sonámbulo; le ponía una droga en el café, lo arrastraba desde la cama hasta el balcón (gesta que le suponía un gran esfuerzo), de donde previamente había arrancado una parte, y lo despeñaba. A la mañana siguiente daba la alarma y después, sobre el cuerpo hecho pedazos hallado entre las rocas, lloraba. Más tarde vendría el desquite, pero de momento la operación era un éxito.
«Ojalá fuese tan sencillo», pensó John, y, en cuestión de horas, toda la trama había ido a parar a esos oscuros desvanes de la mente donde películas y sueños e historias curiosas acumulan telarañas durante años y años, a menos que, como sucede a veces, un intruso las saque a la luz.
Que fue lo que pasó unas semanas después, cuando John y Elizabeth se fueron de vacaciones. El sitio lo había encontrado ella. Era una casa situada en la costa de Cornualles, pertenecía a alguien de su oficina y llevaba por nombre Good Hope Fort.
—Estuvo requisada hasta hace muy poco —explicó—: imagino que estará todo patas arriba.
—No nos vendrá de nuevo —dijo él. En ningún momento se le ocurrió que ella pudiera pasar sus días de permiso en compañía de otro; Elizabeth formaba parte de él, lo mismo que la maldita pierna que no paraba de dolerle.
Llegaron a la costa una ventosa tarde de abril tras un viaje en tren con las incomodidades de rigor. Tomaron un taxi en la estación y recorrieron frondosos caminos rurales, dejando atrás chalets de granito y fundiciones de estaño en desuso. Al cabo de unos doce kilómetros llegaron al pueblo que daba a la casa su dirección postal, lo atravesaron y se metieron por una pista que salía repentinamente de sus elevados taludes hacia una zona de pasto al borde del acantilado; en lo alto, las nubes y las aves marinas se movían con rapidez, la hierba se extendía a sus pies formando un parterre de florecillas silvestres, el aire era salobre, abajo el rumor del oleaje atlántico rompía en los escollos, el mar picado se agitaba a media distancia combinando índigo y blanco, y, al fondo, una serena línea curva dibujaba el horizonte. Allí estaba la casa.
—Ahora —dijo John— tu padre diría aquello de «Vuestro castillo está en un lugar placentero».
—Y es verdad, ¿no?
Era un pequeño edificio de piedra situado al borde mismo del peñasco, construido hacía cosa de un siglo con fines defensivos, convertido en casa particular en tiempos de paz, ocupado una vez más por la armada durante la guerra como estación de señales, y ahora de nuevo en funciones más discretas. De sus anteriores dueños daban fe algún que otro rollo de alambre oxidado, un mástil y los cimientos de hormigón de una choza.
Llevaron el equipaje al interior de la casa y pagaron al taxista.
—Cada mañana sube del pueblo una mujer. Dije que esta tarde querríamos estar solos. Veo que nos ha dejado aceite para las lámparas. Y ha encendido lumbre, qué bien, y hay leña de sobra. Oh, y mira qué me ha regalado mi padre; le prometí no decirte nada hasta que llegáramos. Una botella de whisky. Qué detalle de su parte, ¿verdad? Ha estado ahorrando su ración durante tres meses… —Elizabeth hablaba muy animada mientras iba colocando las cosas—. Hay una habitación para ti y otra para mí. Ésta es la única sala de estar propiamente dicha, pero hay un pequeño estudio por si quisieras trabajar un poco. Creo que estaremos muy a gusto…
La sala de estar tenía dos robustos salientes, cada uno con su cristalera, que daba a un pequeño balcón sobre el mar. John abrió una de las puertas y la brisa marina inundó la estancia. Salió al balcón, inspiró hondo y, de repente, dijo:
—Caramba, esto es peligroso.
Entre las dos ventanas había un punto en que la balaustrada de hierro colado se había desprendido y el reborde de piedra quedaba abierto al precipicio. Miró por la brecha hacia las rocas cubiertas de espuma, allá abajo, y por un momento se sintió desconcertado. El poliedro irregular de la memoria se bamboleó un poco y quedó quieto.
Él había estado aquí antes, hacía unas semanas, en la galería del faro de aquella película rápidamente olvidada. Permaneció un rato mirando hacia abajo: era exactamente así como, en la película, las olas peinaban las rocas, rompían y luego retrocedían acompañadas de su propia rociada. Y el sonido era también el mismo, como el hierro desgajado y el precipicio.
Elizabeth continuaba hablando dentro, aunque su voz llegaba amortiguada por el viento y el mar. John volvió a la sala y cerró el balcón. Ella estaba diciendo:
—… Los muebles no estuvieron listos hasta la semana pasada. Le dijo a esa mujer del pueblo que se ocupara de todo. No cabe duda de que la pobre tiene ideas de bombero. Fíjate dónde ha puesto el…
—¿Cómo dijiste que se llamaba esta casa?
—Good Hope.
—El nombre está bien.
Aquella noche John se bebió un vaso del whisky de su suegro mientras fumaba una pipa y hacía planes. Siempre había sido buen estratega. Hizo una pausada «valoración de la situación» para sus adentros. Objetivo: asesinato.
Cuando se levantaron para ir a la cama, preguntó:
—¿Has traído las píldoras?
—Sí, un tubo nuevo. Pero creo que esta noche no voy a necesitar somnífero.
—Ni yo —dijo John—. Este aire es una delicia.
En los días que siguieron John se dedicó a analizar la estrategia. Era de lo más sencillo. Ya tenía la «solución del alto mando». La estudió mentalmente en los términos y la forma que había empleado en el ejército. «… Posibilidades del enemigo… Efecto sorpresa… Consolidación del objetivo». La solución del alto mando era ejemplar. Al comienzo de la primera semana, empezó a llevarla a la práctica.
Se había dejado ver ya, discreta y gradualmente, en el pueblo. Elizabeth era una amiga del propietario de la casa; él un héroe de guerra que aún se sentía un poco raro de paisano. «Las primeras vacaciones que hemos tenido mi mujer y yo en seis años», informó en el club de golf, y, poniéndose un poco más confidencial en el bar, insinuó que estaban pensando en recuperar el tiempo perdido y crear una familia.
En otra velada habló sobre la presión de la guerra, que en esta guerra los civiles lo habían pasado aún peor que los soldados. Su mujer, sin ir más lejos; teniendo que aguantar mecha durante el blitz; por el día en la oficina, y por la noche las bombas. Ella necesitaba un respiro, estar a solas durante largo tiempo en alguna parte; sus nervios se habían resentido, nada grave, pero lo cierto era que él estaba francamente preocupado. A decir verdad, en Londres la había sorprendido un par de noches sonámbula.
Sus compañeros de tertulia conocían casos similares; no era como para preocuparse, pero requería vigilancia, más que nada para que no degenerase en algo más grave. ¿Había ido ella al médico?
Todavía no, les dijo John. Es que en realidad ella no sabía nada de su sonambulismo; él la había llevado hasta la cama sin despertarla. Confiaba en que el aire del mar le sentaría bien. De hecho, se la veía ya mucho mejor. Si al regresar volvía a las andadas, él conocía a un especialista muy bueno.
El club de golf se mostró muy comprensivo. John preguntó si había algún doctor en los alrededores. Le dijeron que sí, el viejo Mackenzie, gran persona y excelente médico, una pena que no saliera de este sitio tan pequeño; y nada chapado a la antigua. Estaba al día de lecturas: psicología y todo eso. Lo raro era que el viejo Mack no se hubiera especializado, porque sin duda habría hecho carrera.
—Pues creo que iré a hablar con ese Mack —dijo John.
—Claro, hágalo. No encontrará a nadie mejor.
Elizabeth tenía quince días de permiso. Quedaban todavía tres para regresar cuando John bajó al pueblo para ir a la consulta del doctor Mackenzie. Se encontró a un simpático soltero de pelo entrecano en un despacho que más parecía de abogado que de médico; libros por todas partes, en penumbra, impregnado de humo de tabaco.
Una vez sentado en la destartalada butaca de piel, amplió con lenguaje más preciso la historia que había contado en el club. El doctor le escuchó sin hacer comentarios.
—Es la primera vez que me encuentro con una cosa así —concluyó.
Finalmente, el doctor Mackenzie dijo:
—¿Resultó usted muy mal herido en la guerra, señor Verney?
—La rodilla. Todavía me causa problemas.
—¿Fue duro estar en el hospital?
—Pasé allí tres meses. Un lugar asqueroso cerca de Roma.
—Las heridas de esas características van acompañadas de una importante conmoción nerviosa, que suele persistir incluso después de que uno recibe el alta.
—Sí, pero no acabo de entender…
—Querido señor Verney, su esposa me pidió que no le contara nada, pero creo que debo decirle que ella ya estuvo aquí para hablarme del problema.
—¿Del sonambulismo? Pero eso es… —John calló de repente.
—Le comprendo bien, mi querido amigo. Ella pensaba que usted no sabía nada. Últimamente se ha levantado usted un par de veces de la cama y ella ha tenido que acostarlo de nuevo. Su esposa está al corriente.
John no sabía qué decir.
—No es la primera vez —prosiguió el doctor Mackenzie— que un paciente acude a mi consulta y me cuenta sus síntomas diciéndome que viene en nombre de un familiar o un amigo. Normalmente son chicas que creen estar en estado. En su caso es muy curioso, por no decir el factor decisivo, que haya querido usted adjudicar ese problema a otra persona. Le he dado a su esposa el nombre de un especialista que creo que podrá ayudarle. Mientras tanto lo único que puedo aconsejar es mucho ejercicio, cenar ligero…
John Verney regresó cojeando a Good Hope Fort en un estado de profunda consternación. La operación ya no era segura; habría que proceder a cancelarla; ya no contaba con la iniciativa: frases de la escuela de estrategia acudían a su mente. Pero el inesperado revés lo tenía medio aturdido. Tuvo que hacer un esfuerzo para apartar de su mente el inmenso horror que lo atenazaba.
Cuando llegó, Elizabeth estaba poniendo la mesa. John abrió una contraventana y contempló la brecha en el balcón sintiendo en los ojos un escozor de puro desengaño. Aquella tarde reinaba una calma exasperante. La pleamar subía y bajaba y volvía a subir silenciosa entre las rocas. Se quedó allí, mirando hacia abajo, y finalmente regresó a la sala.
En la botella de whisky quedaba para un buen trago. Se sirvió y apuró el vaso de golpe. Elizabeth entró con la cena y se sentaron a la mesa. Poco a poco, John empezó a serenarse. Normalmente comían en silencio. Al cabo de un rato él preguntó:
—Elizabeth, ¿por qué le dijiste al doctor que yo era sonámbulo?
Ella dejó sobre la mesa el plato que tenía en la mano y le miró con curiosidad.
—¿Que por qué? —dijo, despacio—. Pues porque estaba preocupada, naturalmente. Creía que tú no estabas al corriente.
—¿Pero es verdad que ando dormido?
—Sí, sí. Ha pasado varias veces, en Londres y aquí también. Al principio no quise darle importancia, pero luego, hace un par de noches, te encontré en el balcón, muy cerca de ese horrible boquete. Me asusté muchísimo. Pero no te preocupes, el doctor Mackenzie me ha dado el nombre de un…
Sí, podía ser, pensó John Verney; nada era más probable. Había estado diez días seguidos, con sus noches, pensando en aquel boquete, en el mar y las rocas de abajo, en la obra de hierro maltrecha y el borde vivo. Y de repente se sintió vencido, harto, estúpido, igual que aquel día en una ladera italiana con la rodilla destrozada. En ambas ocasiones el cansancio había superado al dolor.
—¿Café, cariño?
Él se levantó de golpe:
—No —gritó casi—. No, no, no.
—Cariño, ¿qué te pasa? No te pongas nervioso. ¿Te encuentras mal? Túmbate en el sofá junto a la ventana.
Así lo hizo él. Estaba tan fatigado que apenas si pudo moverse de la silla.
—¿Crees que el café te desvelará, cielo? Si parece que estás a punto de quedarte dormido. Ven, échate.
Él se tumbó en el sofá y, como la marea que subía lentamente abajo entre las rocas, el sueño lo fue cubriendo hasta inundar su mente. Dio una cabezada y despertó sobresaltado.
—¿Quieres que abra la ventana, cariño, para que te dé el aire?
—Elizabeth —dijo él—, noto como si me hubieran drogado. —Como las rocas al pie del ventanal, ora cubiertas de agua, ora limpias y recién bañadas; ora cubiertas ya del todo, ora visibles apenas, retazos entre la espuma arremolinándose despacio, su cerebro se estaba ahogando. Volvió en sí, como los niños en medio de una pesadilla, todavía asustado y medio dormido—. Pero no puedo estar drogado, de ninguna manera —dijo en alta voz—. No he probado el café.
—¿Drogas en el café? —dijo afablemente Elizabeth, como la niñera que intenta calmar a un niño quisquilloso—. ¿En el café? Qué idea tan absurda. Esas cosas sólo pasan en el cine, cariño.
John Verney no la oyó. Estaba profundamente dormido, roncando estentóreamente junto a la ventana abierta.