ejercicio extraescolar: una historia natural (spanish)
Al cabo de media hora dije lo que había venido rumiando desde el inicio.
—Billy, esto me parece de locos. Estoy dispuesto a suspender la apuesta si tú también lo haces.
Pero él me contestó muy serio:
—Lo siento, amigo, no pienso perder la oportunidad de ganar cinco libras.
Se produjo un nuevo silencio hasta que Anderson, que estaba al volante, volvió la cabeza y dijo:
—Mira, Billy, paremos en ese pub y después nos vamos a casa. Yo puedo prestarte cinco libras o más, si las necesitas. No hace falta que me las devuelvas hasta que te vaya bien.
Pero Billy no dio su brazo a torcer.
—No, Dick, ya debo suficiente dinero. Por una vez me gustaría ganarme una comida decente.
De modo que Anderson siguió conduciendo y, al poco rato, tuvimos a la vista el lóbrego lugar que Graine había elegido para el experimento. Vi que Billy empezaba a perder arrestos porque tiritaba a pesar de su gruesa chaqueta y tenía los pies muy quietos, apretados con fuerza contra el piso del coche.
—Billy —le dije—, creo que lo mejor sería dejarlo; sólo será una pérdida de tiempo. Es evidente que has ganado tú la apuesta.
Y creo que habría accedido —de hecho, era apenas un niño—, pero la voz Graine respondió por él:
—Qué tonterías dices. Esto no ha hecho más que empezar.
—Donne ha apostado a que tenía agallas para ir hasta el final de la ceremonia del hombre lobo. Llegar al sitio no significa nada. Él todavía no sabe lo que tiene que hacer. Yo ya he llegado dos veces hasta este punto: la primera en Nigeria con un tipo de cuarenta años, pero no tuvo agallas de continuar, y la otra en Gales con la persona más valiente del mundo, una mujer abnegada; pero no fue capaz de hacerlo. Donne quizá lo consiga, porque es joven y no ha visto suficiente como para asustarse a la primera de cambios.
Pero Billy sí estaba asustado, mucho, lo mismo que Anderson y yo, y ése fue el motivo de que nos dejáramos apabullar por Graine; él sabía que estábamos asustados y sonrió triunfante como un Satanás de teatro a la luz de la luna.
Se hacía raro ser vencido así por Graine, a quien en el College todo el mundo consideraba un desastre y un tipo desagradable. Claro que la expedición en sí también era rara y Graine tenía treinta y tres años, casi un viejo, una edad incalculable para la inexperiencia de los veintiuno. Billy sólo tenía diecinueve.
Habíamos echado a andar por St. Aldate’s bastante alegres. Billy había dicho: «Me pregunto qué sabor tendrá la carne humana. ¿Qué creéis que habría que tomar para acompañarla?», y, cuando yo, de la manera más trivial, respondí: «Una bebida espirituosa, naturalmente», todos se rieron. Lo cual demuestra que estábamos de un excelente buen humor.
Pero una vez dentro del coche de Anderson, bajo aquella inmensa luna, un gran desasosiego se había apoderado de nosotros y cuando Graine dijo en aquel tono tan siniestro: «A propósito, Donne, en caso de que perdieras, ten en cuenta una cosa: si quieres recuperar tu virilidad, todo lo que tienes que hacer es sacarte un poquito de sangre y despojarte de la faja», Anderson y yo nos estremecimos. Lo había dicho con un sonsonete de burla en «virilidad» y nos sentó mal que hablara a Billy de esa manera, pero lo que nos dejó pasmados fue que la broma de pronto cobrara visos de realidad. Fue la primera vez que sentí verdadero miedo aquella noche, y, de camino, la cosa no hizo sino empeorar hasta que, al llegar al brezal, lóbrego y brillante al intenso claro de luna, estaba ya muerto de miedo y dije:
—Volvamos, Billy, por Dios.
Pero Graine intervino, diciendo:
—¿Estás preparado, Donne? Lo primero que tienes que hacer es quitarte la ropa; sí, toda.
Y, sin mirarnos a nosotros, Billy empezó a desnudarse con manos ligeramente temblorosas. Luego, de pie bajo la luna, junto al montón que formaba su ropa, dijo: «Espero que se me ponga pronto piel de lobo; hace un frío del demonio». Pero el patético chistecito cayó en saco roto y nos dejó a todos tiritando; es decir, a todos excepto a Graine, que estaba vertiendo algo en la taza de su termo.
—Toma, bébete esto. No es venenoso, hombre. Es un preparado mío, a base de raíces y cosas.
Y así empezó el ritual. Primero Billy hubo de trazar una circunferencia en el suelo, a su alrededor; él obedeció en silencio. Luego Graine le pasó otra poción.
—Aplícate esto en las manos, los párpados, el ombligo y los pies. Sólo un par de gotas. Así, muy bien.
Yo para entonces temblaba ya sin poder controlarme y no me atrevía a mirar a Anderson porque sabía que él también estaba temblando. Graine prosiguió:
—Ahora viene una parte menos agradable. Lo siento, pero tienes que probar sangre humana. —Y dirigiéndose a nosotros como un prestidigitador que pide un reloj al público—: ¿Alguno de vosotros se ofrece voluntario?
Anderson y yo nos miramos, muy alarmados.
—Oye, Graine, esto es una animalada.
—No sigas, Graine.
Pero Graine dijo:
—Bueno, Donne, ¿tú qué quieres hacer?
Y Billy, sin alterarse, respondió:
—Seguir adelante, Graine.
Era lo primero que decía desde que había dibujado la circunferencia y ahora se le veía bastante sereno y también increíblemente indefenso.
—Bueno, si vosotros que sois amigos suyos no queréis darle un poco de sangre, imagino que tendré que ofrecerle yo la mía.
Una intuición repentina nos hizo saber a Anderson y a mí que debíamos evitarlo a toda costa; tuve perfecta conciencia de un peligro inminente y grandioso, pero creía estar soñando y no me moví. Anderson había dado unos pasos al frente.
—Si Billy quiere seguir con esto, entonces que sea la mía.
Y Graine, muy tranquilo, dijo:
—Como quieras, amigo. No entres en el círculo, y haz un buen corte, porque va a necesitar bastante sangre. Es todo lo que te pido. —Pero él, Anderson y yo, sin saber muy bien cómo, teníamos la certeza de que ahora estaba en jaque.
Anderson se remangó y se hizo un corte en el brazo, y Billy, sin dudar un momento, aplicó sus labios a la herida. Al cabo de unos momentos Graine dijo:
—Creo que será suficiente.
Anderson se vendó de cualquier manera con un pañuelo y Billy se enderezó; un hilillo de sangre le bajaba por el mentón. Hubo de repetir unas frases complicadas en una lengua extranjera y, a continuación, Graine sacó un trozo de piel de animal.
—La faja. Pónsela a Donne —dijo—. Bien, ahora tienes que arrodillarte y decir un padrenuestro pero al revés. Será mejor que lo repitas conmigo.
Y entonces ocurrió una cosa que, me temo, no olvidaré mientras viva. Billy no se puso de rodillas; se agachó sobre sus ancas como un animal y echó la cabeza atrás; sus rubios cabellos vibraron a la luz de la luna, pero en su rostro apareció una mirada salvaje, de total alerta, al tiempo que sus labios se separaban para dejar expuestos los dientes. Yo estaba allí, medio paralizado de terror, y lo vi con mis propios ojos.
—Amen, saeculorum saecula in gloria.
Y entonces aquella Cosa respiró bruscamente. No me atrevo ahora ni a pensar qué clase de sonido debió de ser. Me niego en redondo a considerar la posibilidad de que pudiera no haber sido la voz de Billy; que la Cosa no fuera Billy, el rostro crispado por un efecto óptico debido a la luz. Tampoco entonces, en aquel momento de pánico, me permití considerarlo siquiera, pero por aversión innata, animal, a lo Desconocido supe que si no queríamos perder la cordura, era preciso acallar aquel sonido; que, sólo con oírlo, nuestras vidas iban a cambiar para siempre. Anderson lo intuyó también y, siempre más rápido que yo a la hora de actuar, penetró en el círculo trazado en el suelo mientras yo permanecía inmóvil de puro terror. Anderson era fuerte y sacó a Billy del círculo con un fuerte empujón, arrancándole la faja. Billy cayó hecho un ovillo y se golpeó el codo contra una piedra; una gota de sangre se filtró a la tierra. Luego se puso de pie y, agarrándose el codo herido, dijo:
—Pero Dick, ¿te has vuelto loco? ¿Se puede saber qué te pasa? Me has hecho mucho daño.
Y, de pronto, le sobrevino un ataque de llanto histérico y se tiró al suelo, temblando de pies a cabeza, y mientras nosotros tres le mirábamos. Craine, claro, fue el primero en hablar.