edward y su singular hazaña (spanish)
Cuento de sangre y alcohol en un college de Oxford
He vacilado durante mucho tiempo en contar esta historia sobre Edward. En las últimas seis semanas, desde que una noche Edward me interrumpió mientras yo trabajaba y se puso locuaz a expensas de mi whisky, me he portado como un hombre y no le he dicho nada a nadie; bueno, prácticamente a nadie. Pero estos últimos días el hecho de estar desperdiciando una «noticia» —así tienen por costumbre los buenos periodistas llamar a las desventuras de sus amigos— no ha dejado de pesarme hasta extremos intolerables; y ahora, con lo que Anne me ha hecho saber, «por una vía de la que no conviene dejar constancia», y de la que Edward y Poxe ignoran su mayor parte, me resulta del todo imposible permanecer callado. He difuminado la identidad de los principales actores hasta donde me ha sido posible. Considero que Edward, por lo menos, debe quedar a salvo de ser detectado.
Cuanto más pienso en la personalidad de Edward, más increíble me parece todo. De puertas afuera es un estudiante absoluta y abrumadoramente corriente. Cada tarde, casi sin excepción, se le puede oír encargando el té por teléfono al Carlton Club: «Té chino, tostada con mantequilla y pastel blanco para uno, por favor». Viste de tweed o de franela y suele llevar una corbata de ex alumno del Winchester College. Ningún examinador dudaría en identificarlo como miembro de la universidad.
Sin embargo, en esto Edward es único entre todos los otros jóvenes que llevan corbata de ex alumno del Winchester y van al Carlton Club. Hace unas pocas semanas, asesinó a su tutor, un tal Curtis. Tan pocas personas de fuera conocían la existencia del señor Curtis, que su repentina muerte no causó consternación. Simplemente se le dejó de ver, como de hecho desaparece todo profesor mediocre en un gran college. No en vano a todo el mundo le interesaba que no se aireara la cuestión —el único pariente del señor Curtis, un hermano que enseñaba desde hacía tiempo en Pangbourne, lo comprendió el día en que el rector le explicó lo ocurrido—. Creo que la policía no llegó ni a enterarse, o, si lo hizo, se olvidó pronto del asunto. Según cuenta Poxe —aunque no me aventuraría a juzgar la veracidad de sus palabras—, alguien presionó a Cockburn para que la noticia no fuera publicada en el Isis (había ciertas dudas sobre su currículum académico —el decano del college de Edward lo estaba examinando—, pero, como he dicho, yo no respondo de nada que pueda venir de Poxe).
Ignoro por qué Edward odiaba tanto al señor Curtis. Nunca tuve el privilegio de conocerle personalmente, pero cuando lo veía pasar por el patio, normalmente solo o en compañía de Anne, que está casada con el rector, me parecía, habida cuenta de que era tutor de historia, un joven bastante agradable. Sea como fuere, el caso es que Edward lo aborrecía con un absorbente e inconmensurable odio, y al final llegó a la conclusión de que la existencia del señor Curtis no era compatible con la suya. Era éste un estado mental en el que cualquier estudiante podría haber caído; Edward se distinguía de los demás jóvenes del Carlton Club con corbata de ex alumno de Winchester por su inmediata percepción de que la solución más conveniente no se llamaba suicidio, sino asesinato. Muchos estudiantes se quitarían tarde o temprano la vida si permanecieran toda la noche en vela; pocos matarían a otra persona.
Una vez tomada la decisión, el asesinato se llevó a cabo con la probada eficacia que uno esperaría de un gran aficionado al cinematógrafo, alguien que, hasta su segundo fracaso en Historia (por culpa de no saber dibujar mapas), había sido becario.
La habitación del señor Curtis estaba en la primera planta y daba justo encima de la entrada lateral. Esta puerta la cerraban siempre a las nueve y la llave estaba en la caseta del conserje. La otra llave la guardaban en Administración. Edward sabía que ésta última era la que tendría que coger. Entró en Administración durante la hora del almuerzo y encontró allí al administrador. Las llaves colgaban de un clavo junto a su mesa. El administrador estaba sentado a la mesa. Edward empezó a contar no sé qué de una alfombra quemada; el administrador se enfadó, pero permaneció donde estaba. Edward incluyó el sofá; el administrador se puso de pie, pero no se apartó de la mesa. Edward añadió una silla al siniestro y pasó a explicar que los tres extintores Minimax que él había prometido estaban vacíos, «puede que fuera durante el Bump Supper, ya sabe usted, señor». Eso fue suficiente: el administrador empezó a pasearse de una punta a otra, profundamente conmovido. Edward se hizo con la llave, corrió a su cuarto, quemó la alfombra y el sofá y la silla y vació los extintores por si al administrador se le ocurría investigar. El criado pensó que estaba borracho.
Edward fue entonces a hablar con el señor Curtis y acordaron una entrevista para aquella noche a las diez; luego envió una nota al presidente de la Union expresando su deseo de hablar aquella noche (esas cosas eran siempre los jueves) y, finalmente, con la sensación del trabajo bien hecho, almorzó tranquilamente en el Carlton Club.
Después de comer, Edward montó en su bici y fue hasta Abingdon tragando mucho polvo. Una vez allí, no en el primer anticuario, sino en el más pequeño que está al otro lado de la plaza, compró un puñal; en Radley compró después una piedra y, sentándose al pie de un seto, se puso a afilarlo. De regreso, con estas cosas en el bolsillo, se dio un largo baño muy caliente. Cuando se sentó a la mesa en el George estaba considerablemente satisfecho; todavía quedaban algunos detalles por resolver.
Esa noche la Union estaba más concurrida de lo habitual: un destacado político de Londres daba allí una conferencia. Edward, a título personal, hizo preguntas enérgicas e ingeniosas sobre las carteras, el reloj, las estufas de gas del techo y los bustos de los primeros ministros: todo el mundo se fijó en él. A las diez menos cinco se marchó diciendo al encargado de escrutar los votos que volvía enseguida; había más gente saliendo camino de la cafetería con la esperanza de que aún les sirvieran algo de beber. La bicicleta de Edward estaba en la entrada de St. Michael Street, junto con muchas otras, aglomeradas alrededor del aviso que prohibía dejarlas allí. Al cabo de ocho minutos estaba de vuelta en sus aposentos, repasando con absoluta satisfacción su hazaña vespertina. Casi de inmediato lo llamaron para hablar. Su discurso fue, posiblemente, más logrado en tanto que coartada que como ejemplo de buena oratoria, pero no quedaba ya mucha gente. Aquella noche, mientras volvía a pie, su corazón cantaba de alegría. Había sido un asesinato admirable. Todo se había desarrollado a la perfección. Primero había entrado por la puerta lateral, sin ser visto, y había ido hasta la habitación del señor Curtis. Su tutor tenía el hábito, poco propio de un profesor universitario, de continuar leyendo o escribiendo unas palabras una vez que la persona que iba a verle estaba ya dentro: de esta forma pretendía hacer hincapié en su superioridad. Fue mientras estaba terminando una frase cuando Edward le mató, quedando la frase diluida en un charco de sangre. De regreso, Edward había bajado por George Street hasta el canal y había arrojado el puñal al agua. Una velada redonda, pensó.
Hastings, el portero de noche del college de Edward, tenía costumbre de entretener a la gente charlando con ellos en el porche. A muchos eso les fastidiaba, pero Edward se sentía tan alborozado que fue él mismo quien inició la conversación.
—El debate de esta noche en la Union ha sido muy aburrido, Hastings.
—No me diga, señor. ¿Y ha hablado usted?
—Lo he intentado.
—Vaya, señor; pues si quería animación debería haberse quedado aquí esta noche. Han ocurrido cosas insólitas, señor. Creo que no recuerdo nada igual desde que empecé a trabajar en el College.
—Vaya por Dios, Hastings. ¿Y qué es lo que ha pasado?
—Hace usted bien en preguntar. Ya sabía yo que su señoría iba a acabar mal.
—Haz el favor de contarme lo que ha pasado, Hastings.
—Verá, señor, ya sabe cómo se pone lord Poxe cuando se emborracha, ¿verdad? No hay quien lo pare. Bueno, pues cuando ha llegado esta noche, señor, estaba como una cuba. Ni siquiera me ha visto cuando le he abierto la puerta; ha entrado corriendo y se ha caído de bruces en la hierba. Luego se ha levantado y ha empezado a despotricar, pero de qué manera, diciendo que los profesores no tenían derecho a poner hierba ahí para que un caballero tropiece, y que pensaba matarlos a todos.
—¿Y bien?
—Pues que eso ha hecho, señor.
—¡Cómo! ¿Los ha matado a todos, Hastings?
—No, señor, a todos no; sólo al señor Curtis. El decano ha ido a buscarlo para decirle que se fuera a la cama y se lo ha encontrado en la habitación del señor Curtis, durmiendo en el suelo, y al señor Curtis —con gran regocijo— chorreando sangre, señor. Bueno, más bien despacito, como gotas de lluvia, señor.
—¡Diantre!
—Sí, eso mismo ha dicho el decano. Ahora está hablando con el rector.
El cielo se colmó de tañidos; eran las doce de la noche.
—Bien, Hastings, he de ir a acostarme. Qué asunto más extraño.
—Y que lo diga, señor; buenas noches, señor.
—Buenas noches, Hastings.
Y Edward se fue a la cama con un tremendo desasosiego
Era una lástima que Poxe hubiera hecho aquello, sí, era una verdadera lástima. Pero según le entraba el sueño se fue convenciendo de que quizá era lo mejor que podía haber pasado. Pensó en Poxe: un tipo patético. Su padre había tenido que dimitir del cuerpo diplomático tras aquel desgraciado incidente con la hija pequeña del ministro montenegrino; luego se había casado con su prima hermana y, tras concebir un heredero, se había matado a beber a los cuarenta y dos años. Se decía que Poxe nunca podría concebir un heredero y que, a buen seguro, no llegaría a los cuarenta y dos. Casi siempre estaba medio sobrio. Y así, los pensamientos de Edward derivaron hacia la decadencia de las grandes familias, hacia la Italia renacentista, y, después, más allá del campanario de St. Mary, donde estaban dando las doce y media. Una velada redonda y a dormir…
A la mañana siguiente todo el College lo sabía. Yo me enteré por mediación de mi criado, cuando me llamó diciendo: «Las siete y media, señor, y lord Poxe ha asesinado al señor Curtis». Encontré a Poxe en el cuarto de baño, muy blanco y muy abatido. Le pregunté por el asesinato.
—Bien, me parece que esta vez la he metido hasta el fondo. No me acuerdo de nada salvo de que estaba furioso por algo de la hierba, y que dos personas me metieron en la cama. Es cosa de la melancolía. Por eso no me van a colgar, ¿verdad?
Le sugerí un centro para beodos y tomé un baño. Lo sentía sinceramente por el pobre Poxe, pero pensaba que como mejor iba a estar sería encerrado. No se podía tener a alguien que hacía cosas así rondando por el College; tampoco es que sólo se emborrachara de vez en cuando. Fui a desayunar a la tetería de Old Oak y me encontré allí a Edward. Se le veía en plena forma, y a mí sentó especialmente mal que estuviera en plena forma a la hora del desayuno; no obstante, sus comentarios sobre lo que ya se conocía como «el caso Poxe» fueron francamente divertidos.
Me preguntó si podría trabajar en mis aposentos (sabía que yo no los utilizaba nunca), ya que en los suyos había habido un pequeño incendio. Yo le dije que esa mañana los necesitaba y le aconsejé que fuera a la Union. Después volví.
A eso de las once, desde mi ventana, vi abrirse la puerta lateral del rector y salir por ella a Poxe, feliz y contento. Le llamé para que viniera y me explicó lo que había pasado. Sin duda alguna debió de ser una entrevista muy alentadora para él.
Se había presentado a su cita con el rector con todo el nerviosismo propio de un joven de la nobleza que de repente se enfrenta a la posibilidad de ser ahorcado. El viejo estaba sentado a un costado de la mesa, y el decano, a su lado. Le pidieron a Poxe que se sentara. El rector tomó la palabra:
—Le he pedido que viniera a verme, lord Poxe, habida cuenta de que para ambos, o al menos, desde luego, para mí, se trata de una situación peliaguda. Anoche, encontrándose en estado de embriaguez, como quizá le habrán informado ya, entró usted en la habitación de su tutor, el señor Curtis, y lo mató a puñaladas. Imagino que esto no lo negará…
Poxe guardó silencio.
—Ha sido una insensatez, lord Poxe, y además gratuita, pero no quiero ser duro con usted, pobre muchacho —la voz del rector se quebró de emoción—; usted es el decimoquinto lord Poxe, y, como le he recordado en más de una ocasión, tiene un ligero parentesco con mi propia familia. Su tía abuela, lady Emily Crane, se casó, usted lo recordará, con mi abuelo, el señor Arthur Thorn. En consideración a su posición, lord Poxe, creo que el College debe tratar este asunto con la mayor discreción posible.
Poxe asintió entusiasmado. Había podido ya comprobar que comerciantes y profesores tenían en muy alta estima su título nobiliario.
—El decano y yo hemos hablado a fondo del tema y hemos llegado a la conclusión de que no hay el menor motivo para comunicar este asunto a las autoridades estatales competentes. Como usted sin duda sabe, esta Universidad se ha regido siempre, hasta donde ello era posible, por dificultar e incluso anular los manejos de los tribunales de justicia ordinarios. En este caso, parece muy aconsejable, puesto que existen muchas probabilidades de que los juzgados de lo penal estén poco dispuestos a tratar este asunto con la clemencia que nosotros consideramos deseable.
»Y, desde luego, tampoco existe un precedente cercano. En el siglo quince un plebeyo de este College le arrancó la cabeza al administrador; de acuerdo, fue en una pelea abierta y el joven había recibido ya un serio castigo, pero entonces era todo mucho más tosco, naturalmente. En aquella ocasión el distinguido académico que, a la sazón, ocupaba el cargo que yo, indignamente, tengo ahora el privilegio de ocupar, impuso al delincuente una multa de dos peniques pagaderos a la familia del administrador.
Poxe se fue animando.
—Naturalmente, como usted sabe, el valor del penique ha decrecido sustancialmente desde entonces, pero, calculando con la máxima aproximación posible en estos tiempos de contabilidad más bien incierta, el decano y yo hemos concluido que la multa debió de rondar los treinta chelines actuales.
»Ni que decir tiene, lord Poxe, que todo este asunto ha sido tremendamente angustioso para el decano y para mí mismo. Esperamos y confiamos en que no vuelva a suceder. Cabe la posibilidad de que, en el caso de una reincidencia, el College no estuviera en condiciones de tratar el asunto con la misma generosidad. Esto es todo. Gracias, lord Poxe.
Y así terminó la entrevista. Poxe salió de allí alborozado y fue a celebrarlo de la manera que primero se le ocurrió. Por su parte, Edward, desde su ahumada habitación, pensó que todo estaba saliendo la mar de bien.
No hubo dificultad para sacar de su agujero en St. Ebbs, donde vivía en la miseria con un sirviente del College, a un añoso y disoluto médico que se ganaba irregularmente la vida realizando operaciones quirúrgicas en North Oxford; convencieron al desgraciado para que redactara un certificado de defunción por causas naturales. El funeral fue breve y poco concurrido. El rector se pasó tres días intentando componer un epitafio en griego, y, al tercero, persuadió al decano para que escribiera uno en latín. Y así terminó el asunto, para Poxe y para Edward.
Hay algo que creo preciso añadir. Se trata de un simple incidente que tal vez carezca de importancia, pero que podría explicar buena parte de lo más inverosímil. Me lo contó Anne, que está casada con el rector y de quien se cuentan muchas cosas, en un momento de intimidad. Me dijo que la noche en que el señor Curtis murió, ella se apresuró a ver a su marido en un estado de gran agitación y dijo, gritando: «Pero ¿por qué? ¿Por qué le has matado? Si yo en realidad no le quería…».
Calló de repente al ver que estaba allí también el decano. Éste, todo un caballero, se levantó para salir, pero el rector lo detuvo. Y entonces Anne, postrándose de rodillas, vomitó las más monstruosas e insospechadas transacciones entre ella y el señor Curtis.
—Suponiendo que hubiera un juicio —preguntó el rector—, ¿podría mantenerse esto en secreto?
El decano expresó todas sus dudas respecto a que tal cosa fuera posible.
Y fue entonces cuando el rector tuvo plena noción de que un precedente obliga a perpetuidad, del recuerdo del administrador descabezado, de la grandeza de familias no carentes de relación con la suya propia.
—Bueno, me parece que fue entonces —dijo Anne al apagar la luz.