Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

conspiración para asesinar (spanish)

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Fue durante la primera semana de curso cuando Guy me habló por primera vez de su vecino. Estábamos sentados en el banco de mi ventana contemplando el patio cuando reparé en un extraño individuo de mediana edad que salía sigilosamente de la sala de estudiantes arrastrando los pies. Iba mal vestido y bastante sucio, y miraba fijo al frente al andar.
—Ese tipo raro —dijo Guy— ocupa la habitación que hay enfrente de la mía.
Supusimos que iba a ser un aburrimiento para Guy, pues ya habíamos visto otras veces a este tipo de extraños hombres maduros y sabíamos que no ofrecían el menor interés, a no ser la dudosa curiosidad de preguntarles por qué habían venido a Oxford. Ellos casi siempre estaban dispuestos a contar una historia personal de mezquinos hábitos ahorrativos y sed de conocimientos. De ahí que cuando, al cabo de quince días, Guy se puso a hablar de él por segunda vez, me llevara una considerable sorpresa.
—Resulta que es un sujeto de lo más peculiar; mi criado me ha contado que no va nunca a comer o a cenar fuera y que no ha recibido ni una sola visita en su habitación. No conoce a ninguno de los otros nuevos y no sabe moverse por Oxford. No ha oído hablar de la mitad de los colleges. Creo que iré a charlar con él un día de éstos. ¿Por qué no vienes?
Así, una noche, a eso de las diez, Guy y yo fuimos hasta los aposentos del extraño personaje. Llamamos a la puerta y, al no obtener respuesta, abrimos. Estaba todo a oscuras, y, cuando ya nos disponíamos a dar media vuelta, Guy dijo:
—Echemos un vistazo a su cuarto.
Encendí la luz y me llevé un susto de muerte. El hombrecillo estaba sentado en su butaca con las manos en el regazo, mirándonos. Guy y yo balbucimos una disculpa, pero él nos interrumpió.
—¿Qué queréis? No deseo que me molesten.
—Éste es Guy Legge, y yo soy Barnes —dije—; pasábamos a verte, pero si estás ocupado… —Aquel hombre me producía una curiosa inquietud y no me había recuperado aún de la impresión de encontrarlo allí sentado a oscuras.
—Era innecesario venir a verme. No me apetece conoceros, ni a vosotros ni a nadie.
Una vez fuera, dije yo:
—¡Puñeta! Entre todos los seres abominables de… Pero Guy me cogió del brazo, diciendo:
—Dick, ese tipo me asusta.
Y así empezó la cosa.
Unos días después, cuando me encontraba yo enfrascado en un ejercicio escrito, oí que alguien aporreaba la puerta de fuera, la de roble.
—Largo, tengo trabajo.
—Soy yo, Guy. ¿Puedo pasar?
—Ah, eres tú. Oye, ¿te importa que lo dejemos para otra noche? He de entregar este trabajo mañana a las once.
—Déjame entrar, Dick. No te molestaré. Sólo quería saber si podía leer un rato en tu habitación.
Abrí la puerta y cuando Guy se puso a la luz, vi que estaba pálido y que parecía preocupado.
—No sabes cuánto te lo agradezco, Dick. Espero no incordiarte con mi presencia; es que en mi cuarto no podía estudiar.
Volví a lo mío y, unas dos horas después, terminé el trabajo. Al volverme vi que Guy no estaba haciendo nada: simplemente contemplaba la lumbre con la mirada fija.
—Bueno —dije—, ya he terminado esto y me voy a la cama.
Guy se puso de pie.
—Bien, supongo que tendré que irme. —Y, cuando ya estaba en la puerta, añadió—: Sabes, Dick, ese vecino mío me tiene obsesionado. Nunca he conocido a nadie que me odiara como él. Cuando coincidimos en la escalera, recula y gruñe como una fiera.
Y yo, muerto de sueño, me reí y fui a acostarme.
Durante la semana Guy vino cada noche a mi habitación, hasta que, el domingo, me dijo:
—Dick, no quiero volver a mi cuarto, no tengo sueño. ¿Puedo quedarme a leer toda la noche delante de la chimenea?
Le dije que no fuera tonto; parecía absolutamente agotado.
—Tú no lo entiendes —me dijo él—. Ese hombre me da miedo. Quiere matarme.
—Guy, vete a la cama y no seas capullo. Has estado trabajando demasiado.
Pero un cuarto de hora más tarde pensé que no podía meterme en la cama y dejar colgado a Guy, de modo que subí a verle. Al pasar frente al cuarto del tipo raro, sentí una especie de escrúpulo de temor. Llamé a la puerta del dormitorio de Guy y dentro oí un gritito de pánico, y luego el rumor de pies descalzos. Hice girar el pomo, pero la puerta estaba cerrada con llave y del otro lado me llegó la respiración agitada de Guy; debía de estar con la oreja pegada a la puerta.
—¿Siempre cierras el dormitorio con llave? —pregunté, y, al oír que era yo, Guy soltó un suspiro de alivio.
—Hola, Dick. —Abrió la puerta—. Me has dado un buen susto. ¿Qué quieres?
Así que entré y hablé con él. Ahora dormía siempre con la puerta cerrada y la luz encendida; estaba verdaderamente asustado, pero pasados unos minutos se fue calmando y decidí marcharme. Cuando ya estaba fuera, le oí cerrar con llave otra vez.
Al día siguiente Dick procuró evitarme hasta que se hizo de noche; entonces se presentó en mi cuarto preguntando si podía quedarse a trabajar. Yo le dije:
—Oye, Guy, explícame lo que te pasa. —Y, casi al momento, deseé no habérselo pedido, porque se extendió sobre ello con afán.
—Dick, tú no te imaginas lo que he pasado en estos diez últimos días. Vivo ahí arriba separado únicamente por una puerta de ese loco que me quiere matar. No son imaginaciones mías, Dick, sé que me odia. Cada noche intenta abrir mi puerta y después se aleja otra vez. No puedo soportarlo. Cualquier día de estos me olvidaré de echar la llave y sabe Dios lo que hará ese individuo.
Las cosas siguieron igual y, un día, por la mañana, subí a ver a Guy. Él no estaba, pero sí su criado, al que encontré justo cuando estaba cogiendo la llave del dormitorio. Sabía que no tenía ningún derecho a preguntar, pero dije:
—Hola, Ramsey, ¿qué haces con la llave del señor Legge?
Ramsey dejó entrever, como sólo es capaz de hacerlo un criado, que yo había violado imperdonablemente los buenos modales y me contestó:
—La quería el caballero de al lado, señor. Ha perdido la suya y quería comprobar si ésta encajaba en la cerradura.
—¿Te ha dicho el señor Legge que podías cogerla?
—No, señor. No he juzgado necesario preguntárselo.
—Entonces haz el favor de dejarla ahora mismo donde estaba, y no toques cosas de su habitación diga lo que diga el caballero de al lado.
No tenía ningún derecho a decirle eso a Ramsey, pero estaba francamente asustado. De repente había comprendido que Guy podía tener motivos reales para temer algo. Aquella noche subí a verle y decidimos trabajar los dos en su habitación. A Guy no le importaba si estaba yo con él.
—Pero cierra la de roble, Dick —dijo.
Trabajamos hasta las once y de repente nos pusimos los dos alerta, a la escucha: alguien estaba hurgando la puerta de roble. Después llamaron flojo con los nudillos.
Guy estaba lívido y jadeaba.
—¿Ves como no te mentía? Viene a por mí. No le dejes entrar, Dick, te lo ruego.
Volvieron a llamar.
—Guy —dije—, voy a abrir esa puerta. Valor, hombre, entre los dos podemos con cualquiera. ¿No lo entiendes? Tenemos que abrir.
—Por el amor de Dios, Dick, no. No puedo soportarlo.
Pero me levanté y fui hacia la puerta. Abrí: entre el hombre y nosotros sólo quedaba la puerta de roble. De repente Guy me habló con voz áspera y un gesto de odio en la cara:
—Así que tú estás metido en esto. Me vas a entregar a ese demonio —dijo—. Te ha comprado como antes compró a Ramsey. No hay un solo hombre en el College al que no haya sobornado o intimidado, y yo no puedo luchar contra todos —añadió con una voz que era ya de desesperación absoluta.
Luego se metió corriendo en su dormitorio y cerró de un portazo. Dudé entre las dos puertas y, finalmente, agarrando un pesado candelabro, abrí la de roble.
En el umbral, parpadeando a la luz, estaba el tipo raro.
—Ah, Barnes, tú también estás —dijo despacio—, excelente. Lo que venía decir es tanto para ti como para Legge. Quería disculparme por ser tan grosero la otra noche, cuando vinisteis a verme. Es que estaba un poco nervioso. Pero ¿dónde está Legge?
Y desde el dormitorio nos llegaron unos sollozos histéricos, el llanto espantoso e irreprimible de un loco.