compasión (spanish)
I
La organización militar a la que el comandante Gordon fue destinado en la fase final de la guerra cambió varias veces de nombre cuando su función dejó de ser tan secreta. Al principio se llamó «Fuerza X», a continuación, «Operaciones Irregulares de Enlace en los Balcanes», y, finalmente, «Delegación Aliada en el Ejército Yugoslavo de Liberación». Su trabajo consistía en enviar observadores con cargo de oficial y radiooperadores a los partisanos de Tito.
En general eran misiones peligrosas e incómodas. Los grupos de enlace saltaban en paracaídas sobre bosques o montañas y vivían como bandoleros. Pasaban hambre a menudo, e iban siempre sucios y ojo avizor, listos para levantar campamento al menor movimiento del enemigo. El comandante Gordon fue enviado a uno de los puestos más seguros y tranquilos. Begoy era el cuartel general de un cuerpo de partisanos en el norte de Croacia. Ocupaba un área de quince por treinta kilómetros de lo que llamaban «territorio liberado», lejos de las líneas esenciales de comunicación. Los alemanes se estaban retirando de Grecia y la Dalmacia y sólo les preocupaban las carreteras principales y los puntos de suministro; no hacían ya el menor intento de administrar o patrullar el interior del país. Cerca de Begoy había un campo donde podían aterrizar aviones. Así lo hicieron casi todas las semanas durante el verano de 1944, procedentes de Bari, con dirigentes de la resistencia y pequeños suministros. Esta zona era lugar de encuentro de lo que ellos denominaban el Praesidium de la República Federal de Croacia. Tenían incluso un ministro de Bellas Artes. Los campesinos trabajaban sus tierras sin que les molestaran, salvo para requisarles productos para la manutención de los políticos. Aparte de la misión británica, había una casa grande llena de rusos invisibles, media docena de hombres de la R.A.F. que controlaban el aeródromo improvisado, y un inexplicable médico australiano que el año anterior había sido lanzado en paracaídas con órdenes de instruir a los partisanos en higiene de campaña y que ya no se había separado de ellos desde su primera clase práctica de primeros auxilios. Había también ciento ocho judíos.
El comandante Gordon los conoció al tercer día de su llegada. Le habían proporcionado una pequeña alquería a menos de un kilómetro del pueblo y los servicios de un intérprete que había vivido un tiempo en los Estados Unidos y hablaba algo parecido al inglés. El intérprete, Bakic, estaba en la policía secreta; su cometido era observar al comandante Gordon e informar cada noche al cuartel general del OZNA. El predecesor del comandante Gordon le había prevenido sobre las inclinaciones del intérprete, pero Gordon se mostró escéptico, pues tales cosas escapaban a su experiencia personal. En la casa había también tres viudas eslavas que dormían en un desván y ejercían de solícitas e incansables criadas.
Después de desayunar, el tercer día, Bakic le dijo al comandante:
—Los judíos fuera estar.
—¿Qué judíos?
—Dos horas, o más, están fuera. Esperando yo les digo.
—¿Y qué quieren?
—Son judíos ellos. Siempre quieren algo, ¿no? Quieren ver al comandante inglés. Esperar, yo les digo.
—Bien, pues hágalos entrar.
—No posible. Ellos son más de cien…
El comandante Gordon salió y se encontró el patio y el camino particular atestados de gente. Había algunos niños, pero los demás parecían demasiado viejos como para ser los padres, pues habían envejecido prematuramente como consecuencia de su condición. En Begoy todo el mundo, salvo las campesinas, vestía con harapos, pero los partisanos tenían barberos en su regimiento y sus raídos uniformes no carecían de dignidad. Los judíos, con sus vestigios de urbanidad burguesa, resultaban grotescos a la vista. Mostraban pocas trazas de similitud racial. Había semitas entre ellos, desde luego, pero la mayoría eran rubios, de nariz respingona y pómulos altos, descendientes de tribus eslavas judaizadas mucho después de la Diáspora. Probablemente, pocos de aquellos judíos veneraban al Dios de Israel a la manera de sus antepasados.
Hubo un murmullo general al aparecer el comandante Gordon. Tres personas se adelantaron: una mujer más o menos joven y de mejor aspecto que los demás, y dos viejos arrugados. La mujer le preguntó si hablaba francés, y cuando el comandante Gordon asintió con la cabeza, le presentó a sus compañeros, un colmadero de Mostar y un abogado de Zagreb, y luego se presentó a sí misma, natural de Viena y esposa de un ingeniero húngaro.
Bakic interrumpió bruscamente en serbocroata y los tres judíos permanecieron en humilde y cabizbajo silencio:
—Digo estas personas mejor hablan eslavo. Traducción me encargo yo.
La mujer dijo:
—Yo sólo hablo alemán y francés.
—Bien —dijo el comandante Gordon—. Hablaremos en francés. No puedo pedirles a todos que entren. Será mejor que pasen ustedes tres y que los demás esperen fuera.
Bakic puso mala cara. Entre la muchedumbre hubo comentarios. Luego, los portavoces cruzaron el umbral haciendo tímidas reverencias y restregándose cuidadosamente las deterioradas botas antes de pisar el suelo de tablas del interior.
—No le necesitaré, Bakic.
El espía salió al patio y, con palabras y gestos amenazadores, hizo que los judíos se retiraran hasta el camino.
En la salita había solamente dos sillas. El comandante Gordon cogió una e invitó a la mujer a utilizar la otra. Los hombres se situaron detrás y empezaron a apremiarla. Hablaban entre sí en una mezcla de alemán y serbocroata. El abogado sabía un poco de francés, el suficiente como para escuchar con mucha atención lo que decía la joven, y también para interrumpir. El colmadero, por su parte, miraba fijamente al suelo y no parecía que le interesara lo que se estaba hablando. Su presencia respondía al respeto y la confianza que inspiraba en la muchedumbre de fuera. Había tenido negocios con sucursales en todos los pueblos de Bosnia.
La mujer, la señora Kanyi, se deshizo con súbita vehemencia de sus asesores y empezó a contar la historia. La gente que estaba fuera procedía de un campo de concentración italiano de la isla de Rab. En su mayoría eran oriundos de Yugoslavia, pero algunos, como ella misma, eran refugiados de la Europa central. Su marido y ella iban camino de Australia en 1939, con todos los papeles en orden; a 61 le esperaba un empleo en Brisbane. Pero entonces estalló la guerra.
Al huir el rey, la Ustashi empezó a hacer matanzas de judíos. Los italianos los apresaron y los mandaron al Adriático. Con la rendición de Italia, los partisanos se adueñaron de la costa durante unas semanas. Llevaron a los judíos a tierra firme, reclutaron a todos aquellos que parecían capaces de hacer algún trabajo y al resto los encerraron. Su marido había sido asignado al cuartel general del ejército en calidad de electricista. Entonces llegaron los alemanes; los partisanos huyeron llevándose consigo a los judíos. Y aquí estaban ahora, ciento ocho personas padeciendo hambre en Begoy.
El comandante Gordon no era un hombre con mucha imaginación. Veía la situación histórica en la que participaba como una cuestión de amigos y enemigos, y consideraba de suma importancia los esfuerzos bélicos. No tenía nada contra los judíos ni contra los comunistas. Quería derrotar a los alemanes y volver a Inglaterra. Y ahora se enfrentaba a un montón de civiles agotados, y eso entorpecía su objetivo.
—Pues le doy mi enhorabuena —dijo alegremente.
La señora Kanyi le miró para ver si se estaba burlando de ella; vio que no y continuó mirándole, pero con una expresión entre pasmada y triste.
—Al fin y al cabo —prosiguió él—, están ustedes entre amigos.
—Sí —dijo ella, demasiado apenada para ironías—, parece que británicos y americanos son amigos de la resistencia. ¿Es cierto, entonces?
—Por supuesto que sí. ¿Por qué cree usted que estoy aquí?
—¿No es verdad que los británicos y los americanos han venido para adueñarse del país?
—Es la primera vez que oigo decir eso.
—Es bien sabido que Churchill es amigo de los judíos.
—Disculpe, señora, pero no veo qué tienen que ver los judíos con todo esto.
—Nosotros somos judíos. Del primero al último de los ciento ocho.
—Bien, ¿y qué espera que haga yo al respecto?
—Queremos ir a Italia. Varios de nosotros tenemos parientes allí. Hay una organización en Bari. Mi marido y yo teníamos los papeles para ir a Brisbane; consiga que lleguemos a Italia y no le causaremos más problemas. No podemos seguir como estamos ahora. Llegará el invierno y todos moriremos. Casi cada noche oímos pasar aviones; en tres cabríamos todos. No tenemos maletas ni nada.
—Mire usted, esos aviones que dice transportan material bélico imprescindible, aparte de evacuar heridos. Siento de veras que estén pasando un mal momento, pero ahora mismo no son los únicos en este país. La guerra no durará mucho. Los alemanes están en plena retirada. Para Navidad espero estar en Zagreb.
—¿No debemos decir nada contra los partisanos?
—A mí no, desde luego. Mire, les daré una taza de chocolate y luego tendrán que disculparme: estoy muy ocupado.
Se acercó a la ventana y llamó a Bakic para que consiguiera chocolate y galletas. Mientras esperaban, el abogado dijo: «En Rab estábamos mejor». Y de repente prorrumpieron los tres en una sarta de quejas en varios idiomas, que si la casa, que si las propiedades que les habían robado, que si el racionamiento… Si Churchill lo supiera, seguro que los mandaba a Italia.
—Es gracias a los partisanos —dijo el comandante Gordon— que no están ustedes en manos de los nazis.
Pero aquella palabra ya no los aterraba y se encogieron de hombros, impotentes.
Una de las viudas entró con una bandeja de tazas y una caja de galletas.
—Sírvanse —dijo el comandante Gordon.
—Oiga, ¿cuántas podemos coger?
—No sé, dos o tres.
Tensos, pero dominándose, cada cual cogió tres galletas, vigilando que los demás no lo echaran todo a perder por la codicia. El colmadero le susurró algo a la señora Kanyi y ésta tradujo:
—Pregunta si a usted no le importa que coja otra para un amigo suyo.
El hombre tenía lágrimas en los ojos mientras sorbía el chocolate; antiguamente había manejado sacos enteros de galletas.
Se levantaron para marcharse. La señora Kanyi hizo un último intento de suscitar su solidaridad.
—¿Podría usted venir a ver el lugar donde nos han metido?
—Lo siento, señora, pero ése no es asunto de mi incumbencia. Yo no soy más que un oficial de enlace.
Le dieron humilde y profusamente las gracias por el chocolate y salieron. El comandante Gordon los vio discutir en el patio. Los hombres parecían pensar que la señora Kanyi no había manejado bien el problema. Entonces llegó Bakic y los echó. El comandante Gordon vio cómo la muchedumbre formaba corro alrededor de los tres emisarios y procedía a alejarse por el camino en medio de un caos de explicaciones y reproches en distintas lenguas.
II
Había en Begoy unas fuentes termales, que eran lo que había dado origen a esa pequeña población. Nunca había sido un balneario de moda; de hecho, lo frecuentaban verdaderos inválidos de medios escasos procedentes de todo el imperio habsburgo. Con el dominio serbio apenas se produjeron cambios. Hasta 1940 había conservado su estilo austriaco; ahora estaba saqueado. Partisanos y ustashis habían peleado allí, o, para ser más exactos, le habían prendido fuego entre todos y habían puesto luego tierra de por medio. La mayoría de las casas estaban destrozadas y sus ocupantes vivían en sótanos o en refugios improvisados. La rutina cotidiana del comandante Gordon no lo llevaba al pueblo, ya que funcionarios y militares estaban en casas de labranza de las afueras, como la suya, aunque sí frecuentaba a diario el pequeño parque y los jardines públicos. Estos últimos habían sido creados sesenta años atrás y, sorprendentemente, mantenían su bello estado original gracias a dos viejos jardineros que habían continuado podando y quitando hierbajos mientras las calles eran un caos de hogueras y fuego de ametralladoras. Había senderos sinuosos, árboles de muestra, estatuas, un quiosco de música, un estanque con carpas y patos exóticos, así como las jaulas ornamentales de lo que en otros tiempos había sido un pequeño zoológico. Los jardineros tenían conejos en una, en otra aves de corral, y en una tercera una ardilla roja. Los partisanos habían mostrado una singular preocupación con respecto a esos jardines; en el centro del césped principal habían recortado un arriate con la forma de la estrella soviética y habían fusilado a un hombre al que pillaron rompiendo una butaca rústica para proveerse de leña. Más arriba de los jardines había un talud poblado de castaños con muchos senderos especialmente escalonados para los convalecientes y quioscos en cada kilómetro, donde antiguamente vendían postales, café y agua medicinal. Era allí donde, una hora al día, disfrutando del suave sol otoñal, el comandante Gordon podía olvidarse de la guerra. Muchas veces, durante sus paseos, se encontraba a la señora Kanyi, la saludaba y le sonreía.
Luego, al cabo de una semana, recibió una señal telegráfica de su cuartel general en Bari: Equipo de investigación UNRRA necesita detalles personas desplazadas Yugoslavia stop informe si las hay en su zona. La respuesta del comandante Gordon fue: Ciento ocho judíos. Al día siguiente (sólo había comunicación vía telegráfica dos horas al día): Concrete nombres de judíos y nacionalidad. Cumpliendo con su deber, recorrió las calles del pueblo, donde los tilos florecían todavía entre los cascotes. Se cruzó con harapientos partisanos, todos ellos jóvenes, algunos poco más que niños; con chicas en traje de combate, cubiertas de vendas y medallas, cargadas de granadas de mano, menudas, castas, alegres, asexuadas, apenas humanas, chicas que habían crecido pernoctando en el monte, cantando canciones patrióticas, y que iban cogidas del brazo por las aceras donde, unos años antes, se arrastraban pacientes reumáticos con su parasol y su novelita rosa.
Los judíos vivían en un colegio cerca de la iglesia en ruinas. Bakic le llevó. Encontraron el edificio medio a oscuras, pues los cristales rotos de las ventanas habían sido sustituidos por trozos de madera y hojalata rescatados de entre las ruinas. No había muebles de ninguna clase. La gente estaba en su mayor parte apiñada en pequeños nidos de paja y harapos. Al ver entrar al comandante y a Bakic, se desperezaron, se pusieron de pie y fueron hacia las paredes y rincones más oscuros, unos saludando con el puño en alto, otros agarrados a hatillos con pequeñas posesiones. Bakic pidió a uno de ellos que se adelantara y lo interrogó rudamente en serbocroata.
—Dice que los otros buscan leña ahora. Estos de aquí enfermos. ¿Quiere que les diga algo?
—Que los americanos de Italia quieren ayudarlos. He venido para hacer un informe de lo que necesitan.
La noticia pareció resucitarlos. Se fueron acercando todos, también los que estaban en otras partes de la casa, hasta que el comandante Gordon se vio rodeado por una treintena de personas, todas pidiendo cosas, lo primero que les venía a la cabeza: una aguja, una lámpara, mantequilla, jabón, una almohada…, hasta cosas tan peregrinas como un pasaje a Tel Aviv, un avión para ir a Nueva York, noticias de una hermana que habían dejado de ver en Bucarest, una cama en un hospital.
—Todos quieren una diferente cosa, y éstos son la mitad solo.
El comandante Gordon soportó unos veinte minutos de agobio, medio asfixiado entre el corro de judíos, hasta que dijo:
—Bien, creo que ya hemos visto suficiente. No iré muy lejos con esta multitud. Lo primero que hay que hacer es organizarlos. Es preciso que hagan su propia lista. Lástima que no esté por aquí esa mujer húngara que hablaba francés.
Bakic hizo las preguntas pertinentes y luego le informó:
—No vive aquí. Su marido trabaja con la luz eléctrica y tienen una casa para ellos, en el parque.
—Pues salgamos de aquí y vayamos a ver si está.
Dejaron la casa y salieron al aire y el sol, a los cánticos de las jóvenes guerreras. El comandante Gordon inspiró hondo. Éste era el mundo que él entendía: armas, un ejército, aliados, un enemigo, heridas causadas o recibidas honrosamente. Allá en lo alto, muy arriba, una perfecta y numerosa formación de brillantes bombarderos cruzaba ronroneando el cielo en su ruta diaria desde Foggia hasta algún punto al este de Viena.
—Allá van otra vez —dijo—. No me importaría estar debajo cuando empiecen a descargar.
Uno de sus cometidos consistía en impresionar a los partisanos con el poderío de sus aliados, con su gran capacidad de destrucción y las carnicerías que llevaban a cabo en lejanos campos de batalla y que algún día, aunque pareciese extraño, traerían la felicidad a esta gente que parecía dejada de la mano de Dios. Le soltó un pequeño discurso a Bakic con estadísticas sobre bombas de demolición y bombardeo sistemático. Pero una parte de su cerebro estaba poniéndose lentamente en marcha. Había visto algo completamente nuevo, algo que requería nuevos ojos para ser visto con claridad: personas desesperadas, miseria a una escala que jamás habría podido imaginar. Todavía no era consciente de ningún sentimiento de terror o de piedad. Su firme mentalidad escocesa iba a necesitar un tiempo para asimilar la experiencia.
III
Encontraron la casa del matrimonio Kanyi. Era un alpende que quedaba oculto del parque por unos arbustos. Constaba de una sola habitación, el suelo era de tierra, había una cama, una mesa y un globo eléctrico que oscilaba colgado del techo; en comparación con el colegio, era el no va más del confort y la intimidad. Aquel día el comandante Gordon no vio el interior, porque la señora Kanyi estaba tendiendo la colada afuera y se lo llevó lejos de la cabaña, diciendo que su marido dormía.
—Estuvo levantado toda la noche y no ha vuelto hasta casi el mediodía. En la planta hubo un fallo eléctrico.
—Sí —dijo él—. Yo tuve que acostarme a las nueve, sin luz.
—Siempre falla. La instalación es muy defectuosa. Él no puede conseguir el combustible adecuado. Y los cables están medio podridos. El general no lo entiende y le echa la culpa de todo. Muchas veces no llega hasta que ha amanecido.
El comandante Gordon despidió a Bakic y se puso a hablar de UNRRA. La señora Kanyi no reaccionó igual que la pobre gente del colegio; era más joven, estaba mejor alimentada, y abrigaba menos esperanzas.
—¿Y qué pueden hacer por nosotros? —preguntó—. ¿Cómo nos ayudarán? ¿Por qué habrían de hacerlo? Nosotros no importamos a nadie. Usted mismo nos lo dijo. Tiene que ir a ver al comisario —dijo—, de lo contrario, pensarán que hay algún tipo de conspiración. Nosotros no podemos hacer ni aceptar nada sin la autorización del comisario. Sólo nos crearíamos más problemas.
—Pero usted al menos puede proporcionarme esa lista que quieren en Bari.
—Si lo dice el comisario, de acuerdo. A mi marido ya lo han interrogado sobre por qué hablé yo con usted. Se disgustó mucho. El general empezaba a confiar en él. Pero ahora creen que tiene algo que ver con los británicos, y anoche se fue la luz en medio de una importante conferencia. Es mejor que no hagan ustedes nada si no es por mediación del comisario. Conozco a esa gente; mi marido trabaja con ellos.
—Ustedes tienen una posición bastante privilegiada, en este sentido.
—¿Cree que por eso no quiero ayudar a mi pueblo?
Una idea parecida había pasado, en efecto, por la mente del comandante Gordon. Miró a la señora Kanyi y sintió vergüenza.
—No —dijo, tras una pausa.
—Imagino que sería lógico pensarlo —contestó ella, muy seria—. No siempre es cierto que el sufrimiento haga más generosas a las personas. Pero a veces sí.
El comandante Gordon regresó meditabundo a sus aposentos, cosa nada habitual en él.
IV
Los partisanos tenían costumbres nocturnas. Dormían hasta bien entrada la mañana, holgazaneaban al mediodía entre cigarrillo y cigarrillo, comían muy tarde y, más o menos al ponerse el sol, parecían revivir. La mayor parte de sus reuniones tenía lugar de noche.
Estaba ese día el comandante Gordon pensando ya en acostarse cuando recibió aviso de presentarse ante el general. Fueron Bakic y él dando tumbos por caminos de carro hasta la casa que servía de sede al estado mayor. Se encontraban allí el general, su segundo de a bordo, el comisario y el viejo abogado a quien llamaban ministro del Interior.
Las reuniones en aquella habitación solían versar sobre suministros. El general daba una pormenorizada y exorbitante lista de necesidades inmediatas: artillería, botas, material médico, aparatos de radio, etcétera. Trabajaban sobre la base de pedir de todo y, artículo a artículo, ir reduciendo sus exigencias hasta una magnitud factible. En estas tediosas negociaciones el comandante Gordon disponía de la ligera ventaja de ser el que daba, y el que tenía la última palabra; lo único que podían hacer los partisanos era disipar toda sensación que él pudiera tener de estar haciendo obras de caridad por delegación. Siempre salía de allí sintiéndose tacaño. Reinaba una cortesía formal y, a veces, incluso podía darse un atisbo de cordialidad.
Esa noche, sin embargo, el ambiente había cambiado por completo. El general y el comisario habían peleado juntos en España, el segundo de a bordo era un militar profesional del ejército monárquico yugoslavo, el ministro del Interior era un don nadie que estaba allí para dar cierta solemnidad a la reunión. Se sentaron alrededor de la mesa. Bakic permaneció de pie, un poco apartado. Esta vez el intérprete era un joven comunista de cargo indefinido con quien el comandante Gordon había intercambiado palabras un par de veces en el cuartel general. Hablaba un inglés excelente.
—El general desea saber por qué ha ido usted hoy a ver a los judíos.
—Cumplía órdenes de mis superiores.
—El general no entiende por qué la Misión Militar tiene que ocuparse de esos judíos.
El comandante Gordon intentó explicar los fines y el organigrama de UNRRA. No es que supiera gran cosa al respecto, y tampoco sentía mucho respeto por los miembros de la organización que había podido conocer, pero intentó esmerarse. General y comisario conferenciaron, y luego:
—El comisario dice que si esas medidas son para cuando termine la guerra, ¿qué están haciendo ahora?
El comandante Gordon explicó que era necesario planificar. UNRRA tenía que saber qué cantidades de trigo para sembrar, materiales para construir puentes, equipo rodante, etcétera, eran necesarias para poner en pie un país devastado.
—El comisario no entiende qué tiene que ver eso con los judíos.
Gordon habló de los millones de personas desplazadas que había por toda Europa, de la obligación de devolverlas a sus casas.
—El comisario dice que eso es un asunto interno.
—Igual que construir un puente.
—El comisario dice que construir puentes es bueno.
—También lo es ayudar a personas desplazadas.
Comisario y general conferenciaron:
—El general dice que para todo lo que sean asuntos internos debe dirigirse al ministro del Interior.
—Dígale que lo siento mucho si he actuado de manera incorrecta. Mi única intención era ahorrar problemas a todo el mundo. Mis superiores me hicieron una pregunta; yo he tratado de responder de la manera más sencilla. ¿Puedo solicitar ahora al ministro del Interior que me proporcione una lista de los judíos?
—El general celebra que haya entendido usted que su manera de actuar no ha sido la correcta.
—¿El ministro del Interior podrá conseguirme esa lista?
—El general no entiende para qué hace falta una lista.
Y vuelta a empezar. Estuvieron hablando durante una hora. Al final el comandante Gordon, perdida la paciencia, dijo:
—Muy bien. Entonces, ¿debo informar de que se niegan ustedes a cooperar con UNRRA?
—Cooperaremos en todo aquello que sea de necesidad.
—¿Y con respecto a los judíos?
—El gobierno central deberá decidir si eso es un asunto de necesidad o no.
De regreso, Bakic dijo:
—Me parece que están enfadados, comandante. ¿Qué le importan a usted esos judíos?
—Cumplo órdenes —respondió el comandante Gordon, y, antes de acostarse, aquella noche redactó un telegrama: Situación judíos problemática será desesperada en invierno stop Autoridades locales no cooperan stop Única esperanza negociar a alto nivel.
Quince días después tres aviones aterrizaron, dejaron su cargamento y despegaron. El hombre de la RAF dijo: «No va a haber muchos vuelos más. Las primeras nevadas empiezan a finales de octubre».
Los partisanos examinaron minuciosamente todos los suministros y, como siempre, protestaron por la cantidad o la calidad.
El comandante Gordon no se olvidaba de los judíos. Su difícil situación le obsesionaba durante el paseo diario por el parque, donde ahora las hojas caían en abundancia y echaban humo en el aire neblinoso. Los judíos, de manera muy especial, se contaban entre sus aliados, mientras que su amistad con los partisanos se había enfriado. Ahora los veía como una parte del motivo por el que decidió pelear en los tiempos en que el conflicto entre el bien y el mal era claro e inequívoco. Le dominaba un sentimiento de rencor contra el general y el comisario por haberlo reprendido. Así de extrañas son las puertas por las que la compasión se cuela a veces, disfrazada, en el corazón humano.
El telegrama que recibió al término de la quincena le llenó de júbilo: «Gobierno central aprueba en principio evacuación judíos stop despache a dos repito dos en el próximo vuelo háblelo con UNRRA».
Fue con el mensaje a ver al ministro del Interior, que estaba tumbado en la cama bebiendo té flojo. Bakic le explicó:
—Está enfermo y él no sabe nada. Mejor hablar con comisario.
El comisario confirmó que había recibido instrucciones.
—Sugiero que enviemos al matrimonio Kanyi.
—Dice, ¿y por qué ellos?
—Porque me parece lo más sensato.
—¿Perdón?
—Porque me parecen las dos personas más responsables.
—Dice comisario que responsables para qué.
—Son los que mejor sabrán exponer la situación en que se encuentran.
Siguió una larga charla entre el comisario y Bakic.
—No quiere enviar Kanyis.
—¿Por qué no?
—Kanyi tiene trabajo mucho con la dinamo.
De modo que eligieron a otros dos y los enviaron a Bari: el colmadero y el abogado que habían acompañado a la señora Kanyi el primer día. El comandante Gordon fue a despedirlos. Durante la larga espera los elegidos permanecieron muy juntos, visiblemente estupefactos, entre fardos y mantas. Y sólo cuando vieron llegar el avión, iluminado por la larga fila de hogueras que lo guiaban, rompieron ambos a llorar. El comandante les tendió la mano; ellos se inclinaron para besársela.
Dos días más tarde Bari telegrafió: «Reciba vuelo especial 11.30 esta noche cuatro Dakotas stop despache a todos los judíos».
Verdaderamente dichoso por la noticia, el comandante Gordon puso manos a la obra.
V
La pista de aterrizaje distaba unos trece kilómetros del pueblo. La procesión se puso en marcha antes del atardecer. Algunos, a saber cómo, se las habían apañado para alquilar carromatos. Casi todos iban a pie, encorvados y cargados. A las diez en punto el comandante Gordon salió en coche y se encontró a aquella masa oscura en el andén de lo que antaño fuera una estación de ferrocarril. La mayoría dormía. La niebla peinaba el suelo. Preguntó al jefe de escuadrón:
—¿Cree que despejará?
—Se ha ido espesando en la última hora.
—¿Cree que podrán tomar tierra?
—Imposible.
—Será mejor que llevemos a esta gente a casa.
—Sí, ahora mismo envío mensaje de cancelación.
El comandante Gordon fue incapaz de esperar allí. Volvió a casa a solas, pero no pudo descansar. Unas horas más tarde salió y aguardó bajo la niebla en el cruce del camino particular con la carretera, hasta que la fatigada comitiva pasó miserablemente camino del pueblo.
La triste escena se repitió dos veces en las tres semanas siguientes. La segunda vez encendieron las hogueras y pudieron oír los aviones, girando y girando en círculo allá arriba hasta poner rumbo al oeste de nuevo. Aquella noche el comandante Gordon oró: «Dios, por favor, arréglalo. Tú has hecho cosas así otras veces. Haz que despeje la niebla. Ayuda a esa pobre gente, por favor». Pero el sonido de los motores se fue perdiendo hasta extinguirse y los desesperanzados judíos se pusieron en marcha otra vez para volver por donde habían venido.
Aquella semana cayó la primera nevada fuerte. No habría más aterrizajes hasta la primavera.
El comandante Gordon desesperaba de poder hacer algo por los judíos, pero en Bari había poderosas fuerzas trabajando en el problema. Al poco tiempo recibió un mensaje telegráfico: «En breve lanzamiento suministros de socorro para judíos stop Explique partisanos que suministros sólo repito sólo para distribución entre judíos». Fue con este comunicado a ver al general.
—¿Qué clase de suministros son?
—Imagino que alimentos, ropa y medicinas.
—Yo llevo tres meses pidiendo eso mismo para mis hombres. El Tercer Cuerpo no tiene botas. En el hospital están operando sin anestesia. La semana pasado tuvimos que retirarnos de dos posiciones avanzadas porque no había raciones.
—Sí, lo sé. He enviado varios comunicados en este sentido.
—¿Por qué hay ropa y comida para los judíos y para mis hombres no?
—Lo ignoro. Yo sólo he venido a preguntarle si puede usted garantizar la distribución.
—Ya veremos.
El comandante Gordon envió este mensaje: «Respetuosamente considero imprudencia discriminación a favor judíos stop Intentaré asegurar parte proporcional para ellos de suministros generales», y recibió como respuesta: «Tres aviones lanzarán suministros judíos punto C 11.30 día 21 stop Suministros proceden fuente particular no militar stop Distribuya conforme mensaje anterior».
La tarde del 21 el jefe de escuadrón fue a ver al comandante Gordon.
—¿Qué pasa aquí? —dijo—. Acabo de tener una bronca con el Enlace Aéreo sobre el envío de esta noche. Quiere que el material quede bajo fianza o algo así hasta que reciba órdenes de más arriba. Suele ser un tipo bastante razonable. Es la primera vez que le veo pontificar así. Quiere que se verifique todo en presencia del ministro del Interior y que quede bajo vigilancia conjunta. Jamás había oído decir tantas tonterías. Imagino que, para variar, en Bari alguien está jugando a la política.
Aquella noche el aire se pobló de paracaídas que descendían silbando como bombas. Las Juventudes Antifascistas fueron a recoger los suministros y lo cargaron todo en carromatos para llevarlo a un granero cercano al cuartel general partisano, donde se incautaron oficialmente del material.
VI
La guerra en Yugoslavia tomó un nuevo rumbo. La primera fase de la retirada alemana había concluido; se encontraban ya en tierras de Croacia y Eslovenia. El mariscal Tito llegó en avión desde Vis para unirse a las columnas rusas y búlgaras en Belgrado. Las zonas «liberadas» vivieron un proceso de represalias. Los alemanes permanecían a unos treinta kilómetros al norte de Begoy, pero nada excepto la nieve cerraba el paso a la Dalmacia. El comandante Gordon tomó parte en numerosas celebraciones de la victoria aliada. Pero no se olvidaba de los judíos, como tampoco sus compañeros en Bari. Un día, a mediados de diciembre, Bakic le dijo: «Otra vez los judíos», y al salir al patio el comandante Gordon lo encontró repleto de gente, sólo que sus antiguos visitantes se habían transformado en una especie de ejército de sainete. Todos, hombres y mujeres, vestían gabanes militares, pasamontañas y guantes de lana. Se habían recibido órdenes de Belgrado y el reparto de los suministros había tenido lugar de forma repentina. Los beneficiados venían a darle las gracias. Esta vez los portavoces eran otros. El colmadero y el abogado habían desaparecido para siempre. La señora Kanyi no hizo acto de presencia por motivos personales; un anciano pronunció un largo discurso que Bakic se ocupó de resumir: «El viejo dice todos muy felices y contentos».
Durante unos cuantos días los judíos se vieron poseídos por una especie de deplorable exhibicionismo. Era como si se hubieran salvado de una maldición. Se los veía por todas partes, arrastrando los faldones de sus gabanes por la nieve, yendo de acá para allá con aquellas enormes botas nuevas, gesticulando con sus manos enguantadas. Llevaban la cara reluciente de jabón y estaban ahítos de carne de cerdo en conserva y fruta deshidratada. Eran un salmo viviente. Pero luego, con la misma prontitud, desaparecieron.
—¿Qué les ha pasado?
—Creo que los llevan a otra parte —dijo Bakic.
—¿Por qué?
—La gente causa problema.
—¿Qué gente?
—Partisanos que no tienen abrigo ni botas. Se quejan al comisario y el comisario manda los judíos a otra parte.
El comandante Gordon tenía que hablar con el comisario. El Grupo Antifascista de Teatro estaba organizando un Concierto de la Liberación y le había pedido educadamente que les proporcionara letra y música de canciones antifascistas inglesas, para que todos los países aliados estuvieran representados por igual. El comandante Gordon hubo de explicar que en su país no tenían canciones antifascistas ni tampoco canciones patrióticas. El comisario se mostró lúgubremente satisfecho ante esta nueva prueba de la decadencia occidental. Por una vez no hubo necesidad de dar más explicaciones. El comisario lo entendía. Era lo que le habían contado años atrás en Moscú. En España había ocurrido lo mismo: la Brigada Attlee nunca cantaba canciones.
Cuando terminaron de tratar este asunto, el comandante Gordon dijo:
—Veo que han trasladado a los judíos.
Últimamente Bakic se quedaba siempre fuera, y el joven intelectual hacía de intérprete. Sin consultar a su superior, dijo:
—La casa fue requisada por el ministerio de Economía. Se les ha buscado otro alojamiento a unos cuantos kilómetros de aquí.
El comisario preguntó de qué estaban hablando, gruñó y se levantó de la mesa. El comandante Gordon hizo el saludo militar y la entrevista tocó a su fin. El intérprete lo abordó cuando ya se marchaba.
—Sobre el asunto de los judíos, comandante. Era necesario que se fueran. Nuestro pueblo no acaba de entender por qué reciben un trato especial. Hay partisanas que trabajan de sol a sol y no tienen botas ni abrigo. ¿Cómo vamos a justificar que esos viejos que no hacen nada por nuestra causa disfrutan de cosas así?
—Prueben a decir que son, efectivamente, viejos y que no tienen causa ninguna. Están más necesitados que cualquier joven entusiasta.
—Además, comandante, parece que intentaban sacar provecho, hacer trueque con las cosas que les regalaron. Mis padres son judíos y yo entiendo a esta gente; siempre quieren hacer algún tipo de negocio.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—La guerra no es momento para negocios.
—En fin, confío en que les hayan dado un alojamiento decente.
—Tienen lo adecuado.
VII
Los jardines parecían más pequeños en invierno que cuando los árboles tenían toda la hoja. Ahora se podían ver de punta a punta; la nieve borraba parterres y arriates; los senderos sólo se adivinaban por las huellas de pisadas. El comandante Gordon llevaba cada día un par de galletas partidas y se las daba a la ardilla por entre los barrotes. En eso estaba un día, viendo cómo el animalito hacía su número habitual de esconderse, volver con cautela, coger la comida, dar un salto y repetir una vez más el proceso de ocultación, cuando vio aproximarse a la señora Kanyi por el sendero. Iba cargada con broza, medio encorvada por el peso, de ahí que no le viera hasta que estuvo muy cerca.
El comandante Gordon estaba ese día muy desanimado, pues acababa de recibir orden de regresar. La misión cambiaba nuevamente de nombre e iba a sufrir una reorganización; debía presentarse en Bari lo antes posible. Él estaba seguro de que Belgrado habría hecho saber a sus superiores que era persona non grata.
Saludó con genuino afecto a la señora Kanyi:
—Permita que le lleve eso.
—No, por favor. Es mejor que no.
—Insisto.
Ella miró en derredor. No había nadie a la vista y dejó que el comandante Gordon se echara la broza a la espalda camino de la cabaña.
—¿Cómo es que no se ha marchado con los demás?
—Mi marido hace falta aquí.
—Y veo que no lleva el abrigo.
—Fuera de casa, no. Sólo por la noche, dentro de la cabaña. Todo el mundo nos odia por esos abrigos y esas botas, incluso los que antes eran amables con nosotros.
—La disciplina de los partisanos es muy severa. No había riesgo de reacciones violentas, supongo.
—No, el problema no era ése. Se trata de los campesinos. Los partisanos les tienen miedo. Después les ajustarán las cuentas, pero por ahora dependen de ellos para comer. Nuestra gente empezó a intercambiar cosas con los campesinos. Les daban agujas, hilo, hojas de afeitar, artículos que es imposible conseguir, a cambio de pavos o manzanas. Nadie quiere dinero. Los campesinos prefieren hacer trueque con nosotros a aceptar los billetes de los partisanos. Fue eso lo que provocó el traslado.
—¿Y adónde han ido los demás?
Ella dijo un nombre que no le sonó al comandante Gordon.
—¿No ha oído hablar de ese sitio? Está a unos treinta kilómetros de aquí. Es donde los alemanes y la Ustashi montaron un campo de concentración. Allí tenían encerrados a judíos, gitanos, comunistas y monárquicos, los hacían trabajar en el canal. Antes de marcharse mataron a los pocos prisioneros que quedaban. Ahora los partisanos han encontrado nuevos inquilinos.
Habían llegado a la cabaña y el comandante Gordon entró para dejar la carga en un rincón, cerca de la pequeña estufa. Fue la primera y única vez que cruzó el umbral. Tuvo una fugaz impresión de ordenada pobreza, y luego volvió a salir.
—No se desanime, señora Kanyi —dijo—. Me reclaman en Bari y tengo que volver. Partiré tan pronto la carretera esté despejada. Cuando llegue a Bari le aseguro que armaré un escándalo. Usted tiene muchos amigos allí, les explicaré la situación. Los sacaremos a todos, se lo prometo.
Antes de partir el comandante Gordon tuvo un último pensamiento para la señora Kanyi. Una noche había caído del cielo un enorme paquete con libros, regalo de una de las muchas organizaciones que había en Bari. Ésta en concreto tenía el absurdo propósito de reeducar los Balcanes a base de distribuir Fortune, The Illustrated London News y manuales de anticuado agnosticismo popular. Durante la estancia del comandante Gordon, habían llegado varios de aquellos paquetes, que él había depositado acto seguido en el despacho vacío del director de Descanso y Cultura. Sin embargo, esta última vez había pensado en la señora Kanyi. Ella tenía por delante un largo y solitario invierno. Tal vez encontraría algo entretenido que leer. Así pues, le hizo llegar el paquete a través de una de las viudas, la cual, viendo que la señora Kanyi no estaba, lo había dejado a la entrada, sobre la nieve. Unos días después declararon abierta la carretera de la costa y el comandante Gordon consiguió llegar a duras penas hasta Split, y de allí, a Bari.
VIII
Bari no sólo era el lugar donde reposaban los restos de san Nicolás. Los que estaban acuartelados allí se quejaban, pero eran el Parnaso de las fuerzas aliadas. En aquella fase final de la guerra, uno se encontraba a más extraños viejos amigos en los comedores y los clubs de Bari que en ninguna otra parte del mundo, y para los que venían de permiso desde los Balcanes sus modestos servicios eran casi el colmo del lujo. Pero el comandante Gordon, durante sus quince días de «informar al cuartel general», tenía otros y más serios intereses que en anteriores permisos. Estaba decidido a sacar a los judíos de Croacia, y, a fuerza de explorar los vericuetos de la vida semioficial, de visitar comisiones y unidades con denominaciones ambiguas en deprimentes oficinas, consiguió suscitar interés, suministrar información pormenorizada y, de hecho, poner a trabajar la maquinaria oficial. Ello se tradujo finalmente en un convoy de camiones Ford nuevos haciendo el trayecto de ida y vuelta entre la costa y Begoy con el único propósito de rescatar a los judíos.
Para cuando ellos llegaron a Italia, el comandante Gordon estaba otra vez de vuelta en Yugoslavia para una breve misión como oficial de enlace en un campo de prisioneros de guerra huidos, pero le llegó noticia del traslado y, por primera vez, pudo saborear la dulce y embriagadora victoria. «Al menos —se dijo— he hecho algo que valía la pena en esta maldita guerra».
La siguiente vez que pasó por Bari fue camino de Inglaterra, ya que la misión militar tocaba a su fin y era sustituida por una delegación diplomática y consular. Él, sin embargo, no había olvidado a sus judíos y, tras complicadas pesquisas, se enteró de su paradero y viajó en coche hasta un campamento cerca de Lecce, en una región llena de olivos y almendros y blancas chozas tipo colmena. Allí estaban, entre otros tres o cuatrocientos, todos viejos y todos desconcertados, todos con gabanes militares y pasamontañas.
—No veo qué sentido tiene que estén aquí —le dijo el oficial al mando—. Los alimentamos, los atendemos y les damos un techo. No podemos hacer más. Nadie los quiere. A los sionistas sólo les interesan los jóvenes. Supongo que se quedarán aquí hasta que se mueran.
—¿Ellos están contentos?
—No paran de quejarse por todo, claro que también es verdad que motivos no les faltan. Es un sitio infame, para estar aquí metido todo el día.
—Tengo un interés especial por el señor y la señora Kanyi.
El oficial miró la lista.
—Aquí no hay nadie con ese apellido.
—Bien. Será que consiguieron viajar a Australia.
—Desde aquí lo dudo, amigo. No se ha marchado nadie y llevo en este sitio desde el principio.
—¿Podría usted comprobarlo? Cualquiera de los que vinieron de Begoy sabrá algo de ellos.
El oficial envió a su intérprete a investigar mientras llevaba al comandante Gordon hasta el cobertizo que llamó «comedor», donde le ofreció un trago. Al cabo de un rato el intérprete volvió.
—Todo correcto, señor. El matrimonio Kanyi no llegó a salir de Begoy. Se metieron en líos y los juzgaron.
—¿Puedo ir con el intérprete y hacer unas preguntas?
—Adelante, amigo. Pero, oiga, ¿no está usted exagerando la cosa? ¿Qué importan dos más o dos menos?
El comandante entró en el recinto acompañado por el intérprete. Varios de los judíos le reconocieron y se acercaron a él con quejas y peticiones. Lo único que sacó en claro sobre los Kanyi fue que la policía partisana los había hecho bajar del camión justo antes de que el convoy se pusiera en marcha.
Le quedaba un día de estar en Bari antes de tomar el avión a Inglaterra, y lo dedicó a visitar las mismas oficinas que cuando había iniciado su campaña en favor de los judíos. Esta vez, sin embargo, encontró escasa solidaridad.
—No queremos incordiar más a los yugoslavos. Ellos cooperaron mucho en toda la operación. Además, en esa zona la guerra ha terminado. No hay una razón de peso para sacar a gente de allí. Ahora mismo, en cambio, estamos trabajando para que otros vuelvan.
De hecho, aquel hombre estaba enviando a oficiales monárquicos a una ejecución segura.
En la oficina judía no mostraron el menor interés por la cuestión cuando vieron que no había ido a venderles armas ilegales.
—Antes que nada hemos de crear el Estado —dijeron—. Luego habrá refugio para todos. Lo primero es lo primero.
El comandante Gordon regresó a Inglaterra insatisfecho, y podría no haberse enterado de nada más de no ser porque tenía un primo en la recién reabierta embajada en Belgrado. Al cabo de unos meses recibió noticias suyas: «Me he complicado mucho la vida y me he ganado la antipatía de mucha gente buscando información sobre ese matrimonio que tanto te interesa. Los yugoslavos son muy cerrados, pero al final me hice compinche del jefe de policía, que quiere que les devolvamos unos refugiados que están en la zona de Austria que nosotros controlamos. Me enseñó el expediente: los Kanyi fueron declarados culpables por un tribunal popular y luego ejecutados. El marido había cometido sabotaje en la central eléctrica; la mujer era espía de una “potencia extranjera”. Por lo visto fue amante de un agente extranjero que frecuentaba la casa mientras el marido estaba ocupado destruyendo la dinamo… Encontraron en su vivienda gran cantidad de publicaciones propagandísticas extranjeras que sirvieron como prueba incriminatoria. Qué amigos tan poco recomendables te buscaste».
La carta llegó casualmente el día en que los aliados estaban celebrando el final de la guerra en Asia. El comandante Gordon se había reintegrado a su regimiento. Aquella noche no tuvo ganas de salir para sumarse a la fiesta. En el comedor no había nadie más que el misántropo segundo al mando y el capellán (aunque el regimiento era originario de las Highlands, había muchos irlandeses de Glasgow y contaba con un monje benedictino).
El segundo al mando habló como lo venía haciendo casi cada noche desde las elecciones generales.
—… Yo no sé qué entienden por «victoria». Empezamos la maldita guerra para defender a Polonia. Muy bien, eso ya se acabó. Peleamos en Birmania y en Egipto, y pueden apostar las botas a que dentro de unos meses los dejaremos a merced de los mismos tipos contra los que hemos combatido. Gastamos millones en arrasar Alemania y ahora vamos a gastar millones en reconstruirla…
—Pero ¿no cree usted que la gente está mejor que en 1938?
—No —respondió el segundo al mando.
—¿No se han librado de ese nocivo sentimiento de culpabilidad que tenían?
—No —dijo el comandante Gordon—. Yo nunca lo había tenido, y ahora lo tengo.
Les relató la historia del matrimonio Kanyi.
—Ésos son los verdaderos horrores de la guerra, no sólo que uno pueda acabar lisiado por la metralla —dijo al terminar—. ¿Cómo explica usted eso, padre?
No hubo respuesta inmediata. El segundo al mando dijo:
—Hizo usted todo lo que pudo; muchísimo más de lo que habría hecho la mayoría de la gente.
—Ahí tiene la respuesta —dijo el capellán—. No hay que juzgar los actos por su éxito aparente. Todo cuanto usted hizo era bueno en sí mismo.
—Pues a los Kanyi no puede decirse que les hiciera ningún bien.
—De acuerdo, pero ¿no cree que ellos quizá sí le hicieron un bien a usted? Los sufrimientos jamás caen en saco roto. La caridad no consiste sólo en dar, sino también en recibir de buen grado.
—Mire, padre, si va a soltarnos un sermón —dijo el segundo al mando—, yo me voy a acostar.
—Me gustaría que ampliara un poco eso de la caridad —dijo el comandante Gordon.