Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

basil seal cabalga de nuevo (spanish)

Save as PDF
(o La frenada de un libertino)
I
—Sí.
—¿Cómo que «Sí»?
—No he oído lo que decías.
—Decía que se ha largado con todas mis camisas.
—No estoy sordo. Es sólo que no me puedo concentrar cuando hay un montón de gente armando bulla.
—Ahora mismo hay bulla.
—Era una forma de hablar.
—Y un montón de gente diciendo: «Chist».
—A eso iba. No puedo concentrarme. ¿Qué era lo que decías?
—Que ese tipo se ha llevado todas mis camisas.
—¿El que va a hacer el discurso?
—No, no. Otro. Un tal Albright.
—Lo dudo mucho. Me contaron que había muerto.
—El que yo digo, no. Tampoco es que las haya robado exactamente. Mi hija se las regaló.
—¿Todas?
—Casi. Yo tenía unas cuantas en Londres y en la lavandería había unas cuantas más. No me lo podía creer cuando me lo dijeron. Miré yo mismo en todos los cajones, y nada.
—Mala cosa. Te aseguro que mi hija nunca haría una cosa así.
Las protestas de los comensales más próximos subieron de volumen.
—No es posible que quieran escuchar a ese orador. Menuda sarta de tonterías.
—Parece que estamos llamando la atención.
—No sé quiénes son todos estos. Sólo conozco de vista al viejo Ambrose. Pensé que debía hacer acto de presencia y respaldarlo.
Peter Pastmaster y Basil Seal raramente asistían a banquetes públicos. Estaban sentados en un extremo de la larga mesa bajo arañas de luz y espejos altos de pared, demasiado conspicuos, pese a la tradicional luminosidad del hotel, y demasiado reservados para el resto de los presentes. Peter era un par de años más joven, pero, al igual que Basil, se había negado a ordenar su vida con miras a la longevidad o la juventud espuria. Eran dos vejetes rollizos, rubicundos y engalanados que podrían haber pasado por coetáneos.
Las caras adustas que ahora los observaban eran de edades muy diversas, desde la de un bardo celta moribundo hasta la del crítico adolescente cuya cena estaba pagando el señor Bentley, organizador del evento. El señor Bentley había decidido, según su propia expresión, ampliar horizontes. Sentados a la mesa había políticos y periodistas, profesores universitarios y agregados culturales, becarios Fulbright, delegados del Pen Club, editores… El señor Bentley, nostálgico de la belle époque de la Gran Depresión, cuando en Inglaterra los mundos del arte, la moda y la acción se fundían armoniosamente, había solicitado su asistencia a algunos antiguos amigos del invitado de honor, y Peter y Basil, que se habían conocido unas semanas atrás por casualidad, habían decidido ir juntos. Se celebraba el sexagésimo cumpleaños de Ambrose Silk y su casi simultánea investidura con la Orden del Mérito.
Ambrose —pelo blanco, pálido, demacrado— estaba entre el doctor Parsnip, catedrático de Poesía Dramática en Minneapolis, y el doctor Pimpernell, catedrático de Drama Poético en St. Paul. Los dos eminentes expatriados se encontraban en Londres para el evento. No era el tipo de fiesta en que se lucen condecoraciones, pero mientras que Ambrose tendía a rechazar delicadamente las melifluas palabras que fluían a su alrededor, ninguno de los presentes podía dudar de su natural distinción. Era Parsnip el que estaba ahora de pie tratando de hacerse oír.
—Oigo gritar «silencio» —dijo con brusca espontaneidad. Su acento había adquirido tintes de su lugar de exilio, pero su dicción era ortodoxa, más aún: augusta. Se había despojado de los pacientemente adquiridos coloquialismos proletarios de treinta años antes—. Me parece de lo más apropiado, puesto que, ¿no es cierto?, esa dorada palabra tipifica a la persona que esta noche homenajeamos. La voz que en tiempos transmitió claramente el mensaje de lo que muchos de los presentes consideramos la década más gloriosa de las letras inglesas, los años treinta de este siglo —(aquí el juvenil crítico emitió un gruñido de protesta)—; esa voz, con tardanza quizás, pero al fin ilustremente honrada por el reconocimiento oficial, ha guardado silencio durante un cuarto de siglo. Callado en Irlanda, en Tánger, en Tel Aviv, Ischia y Portugal, y ahora callado en su Londres natal, nuestro invitado de honor ha significado para nosotros una severa reprimenda, una llamada a la integridad y a la moderación artística. Las imprentas siguen produciendo libros, pero ninguno de Ambrose Silk. No hay estrado ni pantalla de televisión para Ambrose Silk, para él sólo el enigmático y monumental silencio del genio…
—Me estoy meando —dijo Basil.
—A mí últimamente me pasa a cada momento.
—Pues vamos.
Despacio y envarados, salieron ambos del comedor.
Mientras se aliviaban uno al lado del otro en los servicios, Basil dijo:
—Me alegro de que a Ambrose le hayan dado una medalla. ¿Tú crees que el del discurso le tomaba el pelo?
—Es lo más probable. Y no me extraña. Ibas a explicarme algo de unas camisas.
—Ya te lo he explicado.
—¿Cómo has dicho que se llamaba el tipo ése?
—Albright.
—Ah, sí, ya me acuerdo; un tal Clarence Albright. Un tipo espantoso. Lo mataron en la guerra.
—De conocidos míos sólo sé que muriera Alastair Trumpington.
—Y Cedric Lyne.
—Cedric, es verdad.
—Y Freddy Sothill también.
—No llegué a conocerle muy bien —dijo Basil.
—Creo que ese Albright se casó, ¿verdad? ¿Con Molly Meadows, tal vez?
—Fui yo el que se casó con Molly Meadows.
—Hombre, claro. Si yo estuve en la boda. Bueno, pues alguien por el estilo, una de las chicas que nos rondaban entonces. Puede que Sally, la hermana de John Flintshire. Yo diría que tu Albright debe de ser hijo suyo.
—No parece hijo de nadie.
—Todo el mundo es hijo de alguien, no falla —dijo Basil.
Esta perogrullada tenía un significado secundario, anticuado y, para Peter, obvio, que era indicativo de hasta qué punto había cambiado Basil, de enfant terrible a «viejo Pobble», como lo conocían los amigos de su hija.
El cambio había sido rápido. En 1939 la madre de Basil, la hermana de Peter, Barbara Sothill, y Angela Lyne, su amada, habían visto la guerra como una oportunidad para que se redimiera. El país asediado, suponían ellas, encontraría un uso honorable para aquellas deplorables energías que tan a menudo habían llevado a Basil hasta las puertas de la cárcel. En el peor de los casos moriría en campaña; en el mejor, renacería como un segundo Lawrence de Arabia. Su destino fue otro.
Él mismo se lisió, a poco de iniciada su carrera militar, al volarse los dedos de un pie haciendo una demostración de un método de su propia cosecha para demoler puentes de ferrocarril, y fue dado de baja en el ejército. De ello derivaría, al cabo de los años, el apodo de «Pobble». Después, cojeando desde el hospital hasta la oficina de registro, se casó con la viuda Angela Lyne. La de ella fue una de las pocas, enormes y astutamente disipadas fortunas que ni las calamidades internacionales ni los experimentos locales con el socialismo consiguieron reducir sustancialmente. Basil aceptó la riqueza como había aceptado la pérdida de los dedos de un pie. Olvidó que alguna vez había andado sin bastón, que no siempre había cojeado, que había sido delgado y activo, y se había visto obligado a hacer cambios radicales por un poco de dinero. Si alguna vez rememoraba aquella década de aventuras, era como algo remoto y sin relación con la condición humana, algo así como andar escaso de dinero para gastos a final de curso.
Durante el resto de la guerra y en los primeros grises años de paz, había constado en el registro nacional como «granjero», es decir, que llevaba una vida muy desahogada en el campo. Dos víctimas de la guerra, Freddy Sothill y Cedric Lyne, habían dejado abundantes bodegas. Basil las vació. En una ocasión había expresado su deseo de convertirse en «uno de los caraduras que se aprovecharon de la guerra». La cara de Basil, antaño francamente dura, se fue volviendo blanda y redonda. Entre sus sonrosados pliegues la cicatriz era casi invisible. La ropa, la poca que tenía, ya no le abrochaba bien, y cuando en plena época de escasez en Europa viajó con Angela a Nueva York, donde artículos así se podían conseguir todavía a través de gente bien informada, compró trajes, camisas y zapatos a docenas y todo un tesoro de relojes, broches de corbata, gemelos y cadenas, y, al regreso, tras declararlo todo escrupulosamente y pagar los debidos impuestos en la aduana —algo que jamás había hecho—, dijo de su hermano mayor, quien, tras una carrera aburridamente exitosa en la que había lucido galón de oro o lino almidonado, se permitió al jubilarse (y pasar estrecheces) cierta relajación en el vestir: «El pobre Tony va por ahí que parece un espantapájaros».
La vida campestre se volvió insípida al cesar el racionamiento. Angela cedió la casa que habían bautizado como «El Capricho de Cedric», incluidas las grutas, a su hijo Nigel cuando éste cumplió los veintiuno y compró una casa grande y bastante discreta en Hill Street. Tenía otros sitios donde vivir: un apartamento del siglo XVII en París con paneles por todas partes, una villa en Cap Ferrat, un bungalow con playa privada recientemente adquirido en las Bermudas, un palacete en Venecia que había comprado para Cedric Lyne y que nunca visitó en vida de éste… Y se fueron mudando de un sitio a otro con su hija común, Barbara. Basil adoptó la ordenada rutina de los ricos. Se convirtió en una persona de hábitos y opiniones fijos. Estando en Londres, como Bratt’s y Bellamy’s le parecían inquietantemente vulgares, se hizo socio de aquel sombrío club del Pall Mall que en tiempos había sido escenario de tantas y tan dolorosas entrevistas con su autoproclamado ángel de la guarda, sir Joseph Mannering, y allí solía sentarse en la butaca que había sido preceptiva de sir Joseph e, igual que había hecho sir Joseph, dictaba su veredicto sobre las noticias del día a todo el que se le pusiera por delante.
Basil dio media vuelta, se acercó a los espejos y se enderezó la corbata. Peinó sus abundantes cabellos grises. Se miró con aquellos ojos azules que tantas cosas habían visto, y esta vez no vio más que la cara redonda y sonrosada, las prendas de calidad y fabricación inglesa que habían sustituido a las improvisaciones norteamericanas, la almidonada camisa que casi nadie llevaba ya, los gemelos de cuello en perla negra, y el ojal.
Un par de semanas atrás había tenido una experiencia desconcertante en ese mismo hotel. Era un establecimiento que conocía de toda la vida y que había frecuentado más que nunca en los últimos años, y tenía un trato cordial con el encargado de recoger los sombreros de los hombres y depositarlos en un cubículo junto a la entrada de Piccadilly. A Basil nunca le daban un resguardo numerado y suponía que ya le conocían de nombre. Una tarde se demoró más de lo habitual después del almuerzo y se encontró con que el encargado ya no estaba. Levantó el mostrador, se adentró en las dos hileras de perchas y cogió su bombín y su paraguas. En la cinta del sombrero encontró una etiqueta para su identificación. En ella se leía una palabra sola, escrita a lápiz: «Florido». Al llegar a casa se lo contó a su hija Barbara, y ésta dijo: «Para mí estás bien como estás. Que no se te ocurra ir a un balneario de ésos. Te volverías loco».
Basil no era un presumido; ni en la pobreza ni en la fortuna le había importado gran cosa dar buena o mala impresión. Pero el epíteto le volvió a la mente al mirarse en el espejo.
—Oye, Peter, ¿tú dirías que Ambrose era «florido»?
—No es una palabra que yo utilice.
—Sólo significa recargado.
—Bueno, supongo que lo es.
—¿No gordo y colorado?
—¿Ambrose? No.
—En efecto.
—A mí me han llamado «florido».
—Tú estás gordo y colorado.
—Hombre, y tú.
—Bueno, qué más da. Casi todos los estamos.
—Menos Ambrose.
—Es que él es mariquita. Imagino que se cuida.
—Nosotros no.
—¿Para qué íbamos a cuidarnos?
—No nos cuidamos.
—En efecto.
Los dos viejos amigos habían agotado el tema.
—Volviendo a esas camisas —dijo Basil—, ¿cómo es posible que tu hija conociera a semejante individuo?
—Fue en Oxford. Me insistió en que quería estudiar Historia. Parece que eligió unas amistades muy raras.
—Supongo que cuando yo estuve debía de haber chicas allí. Nunca tuvimos tratos.
—Cuando yo estuve tampoco.
—Es lógico pensar que si un tipo se junta con estudiantillas es que algún tornillo le debe de faltar.
—A Albright le falta alguno, seguro.
—¿Qué aspecto tiene?
—No le he visto nunca. Mi hija lo invitó a King’s Thursday cuando yo estaba en el extranjero. Al ver que no tenía camisas, le dio las mías.
—¿Iba mal de dinero?
—Eso me dijo ella.
—Clarence Albright nunca tenía un penique. Dudo de que Sally le haya dejado mucho.
—Puede que no haya ninguna conexión.
—Tiene que haberla. Dos tipos sin dinero que se apellidan Albright; es lógico pensar que se trata del mismo individuo.
Peter se miró el reloj.
—Las siete y media. No tengo ganas de volver ahí dentro y aguantar más discursos. Hemos hecho acto de presencia. Ambrose se habrá alegrado.
—Seguro que sí. Pero no puede esperar que nos traguemos esas tonterías.
—¿Qué habrá querido decir ése con lo del «silencio» de Ambrose? Nunca he conocido a nadie que hablara tanto.
—Paparruchas, nada más. Bien, ¿adónde vamos?
—Ahora que lo pienso, mi madre vive en el piso de arriba. Podríamos ir a ver si está.
Subieron a la planta donde Margot Metroland llevaba viviendo desde la destrucción de Pastmaster House. La puerta que daba al pasillo no estaba cerrada con llave. Al entrar en el pequeño recibidor les llegaron voces, exaltadas y de baja ralea.
—Parece que está dando una fiesta.
Peter abrió la puerta del salón. Estaba a oscuras salvo por la luz espectral de un televisor. El rostro viejo y tirante de Margot, en cuclillas delante del aparato, se veía lívido en el reflejo.
—¿Podemos pasar?
—¿Quién es? ¿Qué quiere? No veo nada.
Peter pulsó el interruptor de la luz.
—¿Por qué enciend…? Ah, eres tú, Peter. Y Basil.
—Estábamos cenando abajo.
—Pues lo siento, estoy ocupada, ya lo ves. Apaga la luz ven a sentarte si quieres, pero no me distraigas.
—Más vale que nos marchemos.
—Sí. Ven a verme otro día que no esté tan ocupada.
Una vez fuera Peter dijo:
—Últimamente se pasa el día mirando ese trasto. Está encantada con él.
—Bueno, ¿y ahora?
—Pensaba dejarme caer por Bellamy’s.
—Yo me voy a casa. He dejado a Angela sola. Barbara está en una fiesta en casa de Robin Trumpington.
—Buenas noches, entonces.
—Oye, esos sitios donde lo matan a uno de hambre (ya sabes a qué me refiero), ¿sirven de algo?
—Molly les tiene una fe ciega.
—Ella no está gorda ni colorada.
—Ella va a sitios donde lo matan a uno de hambre.
—Bien. Buenas noches.
Peter giró hacia el este, Basil, hacia el norte, en la templada y brumosa noche de octubre. A esa hora las calles estaban desiertas. Basil cruzó Piccadilly y subió por Mayfair, donde, de entre todas las casas particulares de sus años mozos, la de Angela era casi la única superviviente. ¡La de puertas que le habían cerrado en las narices y que ahora estaban abiertas a todo quisque como oficinas y comercios!
Las luces estaban encendidas. Dejó el sombrero y el abrigo sobre una mesa de mármol e inició la ascensión hasta la planta de la sala de estar, haciendo una pausa en el rellano para recuperarse.
—Oh, Pobble, maravilla sin dedos. Siempre apareces justo cuando te necesito.
Tal vez fuese florido, pero la cosa tenía sus compensaciones. No era así como le habían recibido muchas veces en su más o menos ágil juventud. Dos brazos le rodearon el cuello y tiraron de él hacia abajo, una figura esbelta se inclinó sobre su almidonada camisa, una mejilla se pegó a la suya propia y unos dientes le mordisquearon tiernamente el lóbulo de la oreja.
—Babs, pero ¿no estabas en una fiesta? ¿Se puede saber por qué vas vestida así?
Su hija llevaba puesto un pantalón corto muy ajustado, unas pantuflas y un jersey fino. Basil se desembarazó de ella y, acto seguido, le propinó una fuerte palmada en el trasero.
—Sádico. Es que es una fiesta de esas, un «happening».
—No hables con acertijos, criatura.
—Es un nuevo tipo de fiesta que han inventado los americanos, papá. Nada está planeado. Pasan cosas espontáneamente, sobre la marcha. Hoy a una chica le han cortado toda la ropa con unas tijeras de las uñas y luego la han pintado de verde. Llevaba puesta una máscara, o sea que no sé quién era. Puede que la hayan contratado para esto. Y luego, como Robin se ha quedado sin bebidas, hemos salido todos a dar una batida por ahí. Mamá está acostada y no sabe dónde guarda la llave el viejo Nudge, y no conseguimos que se despierte.
—¿Tú y tu madre habéis entrado en el cuarto de Nudge?
—No, yo y Charles. Es el chico que me acompaña en la batida. Ahora está abajo intentando saltar la cerradura. Creo que Nudge debe de haber tomado algo, porque al moverlo ha roncado y se ha dado la vuelta sin más.
Al pie de la escalera, una puerta comunicaba con los alojamientos de la servidumbre. La puerta se abrió y apareció un ser muy extraño cargado de botellas. Basil vio allá abajo a un joven flaco, de unos veintiún años, con una mata de pelo negro revuelto y una exigua y rala barba negra; formidables, desdeñosos ojos azules sobre unas bolsas grises; una boca ufana, tirando a infantil. Llevaba una camisa de seda blanca plisada, con el cuello abierto, pantalón de franela, una faja verde de esmoquin y sandalias. La aparición, si bien grotesca, no era especialmente plebeya, y cuando habló, lo hizo con un tono de voz puro y auténtico sin el menor asomo de acento.
—La cerradura ha sido fácil —dijo—, pero sólo he encontrado vino. ¿Dónde guardáis el whisky?
—Cielos, no lo sé —dijo Barbara.
—Buenas noches —dijo Basil.
—Oh, buenas noches. ¿Dónde guarda usted el whisky?
—¿Es una fiesta de disfraces? —preguntó Basil.
—No especialmente —dijo el joven raro.
—¿Qué lleva ahí?
—Champán, creo. No me he fijado en la etiqueta.
—Ha cogido el Cliquot rosé —dijo Basil.
—Tonto no es —dijo Barbara.
—Creo que nos apañaremos —dijo el joven—, aunque la mayoría prefiere whisky.
Basil intentó decir algo, pero no halló palabras.
Barbara citó:
Su tía Jobiska le dio a beber
Agua de lavanda color rosicler,
Pues como bien sabe el mundo en general
Para los deditos de un Pobble es colosal.
—Vamos, Charles, me parece que aquí no vamos a sacar nada más. Detecto una reticente hospitalidad.
Se escabulló escaleras abajo, hizo adiós con la mano desde el vestíbulo y salió a la calle. Basil permaneció allí de pie, estupefacto.
Al final, y con más dificultad aún de la que solía, continuó escaleras arriba. Angela estaba en la cama, leyendo.
—Llegas temprano.
Basil se plantó frente al espejo de cuerpo entero. Veía a Angela a sus espaldas, cómo se ponía las gafas y cogía otra vez el libro.
—Angela, últimamente no bebo mucho, ¿verdad?
—No tanto como acostumbrabas.
—¿Y comer?
—Eso más.
—Pero ¿dirías que llevo una vida moderada?
—En conjunto, sí.
—Es sólo la edad —dijo Basil—. Maldita sea, y todavía no tengo sesenta.
—¿Qué te preocupa, cariño?
—Es cuando me encuentro a hombres jóvenes. Una sensación de ahogo, como si estuviera a punto de darme un ataque. Una vez vi a uno que le daba una apoplejía; debía de tener la misma edad que yo ahora, el teniente coronel de los Bombarderos. Fue un espectáculo muy desagradable. Últimamente tengo la sensación de que cualquier día podría darme un ataque de ésos. Creo que me convendría hacer una cura.
—Te acompaño.
—¿De veras, Angela? Eres una santa.
—Cualquier sitio es bueno. Y parece que también va bien para el insomnio. Los sirvientes han pedido unas vacaciones. Últimamente se les ve cara de estar agotados.
—A Babs no tiene sentido llevarla. Podríamos enviarla a Malfrey.
—Bueno.
—Angela, esta noche he visto al sujeto más horripilante que te puedas imaginar, llevaba una especie de barba. Ha sido aquí, en casa, es amigo de Babs. Ella le ha llamado «Charles».
—Sí, es uno nuevo.
—¿Cómo se apellida?
—Lo sé porque casualmente lo oí el otro día; sonaba como una jauría de perros: Albrighton.
—¡Albright! —exclamó Basil, notando que la invisible soga le apretaba cada vez más—. Dios mío, Albright.
Angela le miró con genuina preocupación.
—¿Sabes lo que te digo? Que realmente no haces buena cara. Más vale que nos vayamos enseguida a uno de esos sitios donde lo matan a uno de hambre.
Y entonces, lo que había parecido un estertor de muerte, se transformó en carcajada.
—La camisa que llevaba era una de las de Peter —dijo, sin que Angela entendiera de qué estaba hablando.
II
Cualquier día a un pionero de la terapia se le puede ocurrir que la mayoría de quienes están dispuestos a pagar cincuenta libras a la semana por verse privados de comida y vino no buscan nada más que sufrir y se los puede alojar en mazmorras infestadas de ratas. Actualmente, los beneficios de las numerosas instituciones en alza que proveen servicios para los ascéticos se ven mermados por el mantenimiento del césped y las plantas y, en el interior, de un mobiliario como de casa particular y de aparatos que parecen los de un hospital.
Basil y Angela no pudieron reservar inmediatamente habitaciones en el sanatorio que les recomendó Molly Pastmaster. Había una lista de espera de personas aquejadas de una amplísima variedad de dolencias. Al final decidieron pujar más que sus rivales sufridores. Un hombre cuya obesidad hacía peligrar sus tobillos y una mujer que padecía constantes alucinaciones fueron informados de que sus reservas eran defectuosas, y, una cálida tarde, Basil y Angela fueron en coche a tomar posesión de sus aposentos.
En aquella muy acogedora casa había un médico de plantilla que entrevistaba a cada nuevo paciente y, en apariencia, estudiaba sus necesidades particulares.
Primero vio a Angela. Basil permaneció impasible en otra sala, con las manos sobre el puño de su bastón, mirando inexpresivamente al frente.
Cuando por fin le hicieron entrar, explicó sus molestias. El médico no hizo ningún tipo de reconocimiento. Era un caso muy claro.
—Nos abstendremos de tecnicismos: se queja usted de estupefacción, sensación de calor y estrangulamiento, mareo y temblores, ¿es correcto? —dijo aquel hombre de ciencia.
—Siento como si fuera a explotar —dijo Basil.
—Exacto. Y estos síntomas ¿sólo se dan cuando se encuentra usted con hombres jóvenes?
—En especial si son peludos.
—Ah.
—Jóvenes cachorros, por así decir.
—¿Con cachorros también? Vaya, muy interesante. ¿Qué reacción tiene delante de un gatito?
—No, me refiero a que los jóvenes son cachorros.
—Oh. ¿Y a usted le gustan los cachorros, señor Seal?
—Hasta cierto punto.
—Ah. —El hombre de ciencia releyó el papel que tenía sobre la mesa—. ¿Ha sido siempre consciente de esta preferencia por el propio sexo?
—No soy consciente de ello ahora.
—Tiene cincuenta y ocho años y diez meses. Ésa suele ser una edad crucial, una edad de cambio en la que surgen inclinaciones reprimidas e insospechadas. Yo le recomiendo que se ponga en manos de un psicoanalista. Aquí no damos esa clase de tratamiento.
—Sólo quiero que me curen de la sensación de que voy a reventar.
—No me cabe duda de que nuestra dieta le aliviará los síntomas. Aquí no va a encontrar a muchos hombres jóvenes que lo perturben. La mayoría de nuestros pacientes son mujeres maduras. Hay un monitor de gimnasia joven y extremadamente viril. Lleva el pelo bastante corto, pero le recomiendo que evite usted el gimnasio. Ah, leo aquí que tiene usted una minusvalía por heridas de guerra. Suprimiré todo ejercicio físico de su horario y lo sustituiré por períodos suplementarios de manipulación a cargo del personal femenino. Aquí tiene la hoja con su dieta. Verá que durante las primeras cuarenta y ocho horas no tomará más que jugo de nabo. Al término de ese período inicial pasará a las zanahorias. Transcurridas dos semanas, y si todo va bien, le pondremos a dieta de huevos crudos y cebada. No dude en venir a verme si tiene algún problema.
Los dormitorios de hombres y mujeres estaban separados por la longitud de la casa. Basil encontró a Angela en la sala de estar. Compararon sus respectivas dietas.
—Qué raro que sea el mismo tratamiento para el insomnio y para la apoplejía.
—Ese bobo cree que soy mariquita.
—Una cosa así sólo la detecta un médico. Todos estos años y yo sin saberlo. Siempre aciertan, ¿sabes? De modo que es por eso que siempre vas a ese club tan extraño.
—Mira, no estoy para bromas. Me veo venir dos semanas muy negras.
—Pues yo no —dijo Angela—. He venido bien provista. Sólo estoy aquí para hacerte compañía. Y resulta que en la habitación de al lado hay una señora Nosecuantos que conozco de hace tiempo. Tiene un escondrijo privado con todos los somníferos habidos y por haber. Ya nos hemos hecho muy amigas. Yo, desde luego, me lo pasaré bien.
Al tercer día de tortura —el peor según los habitués del establecimiento— recibió una llamada telefónica de Barbara.
—Pobble, quiero volver a Londres. Me aburro mucho.
—¿Aburrirte, con tía Barbara?
—No es por ella, es por el sitio.
—Tú te quedas donde estás, y punto.
—No, por favor… Quiero ir a casa.
—Tu casa es donde yo esté, y aquí no puedes venir.
—No. Quiero volver a Londres.
—Imposible. Los sirvientes están de vacaciones hasta dentro de quince días.
—Casi todos mis amigos viven sin sirvientes.
—Has caído en un mundo muy bajo, Babs.
—No digas bobadas. Sonia Trumpington no tiene servidumbre.
—Pues a ti no te querrá.
—Pobble, estás que ni te sale la voz.
—Y qué quieres, si en los tres últimos días sólo he comido una zanahoria.
—¡A eso le llamo yo ser valiente!
—Y que lo digas.
—¿Qué tal mamá?
—Tu madre no sigue un régimen tan estricto como el mío.
—Me lo imagino. En fin, venga, por favor, ¿me dejas volver a Londres?
—No.
—¿«No» quiere decir que no?
—Sí.
—Desalmado.
No era la primera vez que Basil pasaba hambre. De vez en cuando, en su variopinta juventud, en el desierto, la tundra, el glaciar y la selva, en buhardillas y sótanos, había soportado brevemente grandes privaciones. Ahora, en los períodos de reposo y soledad, después del baño de vapor y el mortificante diluvio de las duchas, después de los golpes y los pellizcos a manos de la descomunal masajista, cuando en su cuarto las cortinas de cretona estaban corridas y yacía envuelto en la toalla, boca arriba, contemplando el dibujo del empapelado del techo, olvidadas pero familiares punzadas le trajeron a la memoria viejas gestas personales.
Tras la primera semana a dieta le definió a Angela con estas palabras el estado en que se encontraba:
—No estoy rejuvenecido ni vigorizado. Estoy eterealizado.
—Sí, pareces un fantasma.
—Exacto. He perdido ocho kilos y diez gramos.
—Lo estás llevando demasiado a rajatabla. Nadie cumple estas absurdas normas, ni se espera que lo hagamos. Es como el rien ne va plus en la ruleta. La señora Comosellame ha descubierto un mercado negro en el gimnasio, lo lleva ese sargento monitor. Esta mañana hemos comido empanada de urogallo.
Estaban en los cuidados jardines de la institución. Un tañido de timbres anunció que el breve recreo había terminado. Basil regresó a la sala de masaje.
Más tarde, mareado y cojo, se tumbó en la cama y volvió a contemplar el papel del techo.
Basil, como el criminal que, en sus largas vigilias carcelarias, busca tal vez en su memoria la primera transgresión que lo puso en el camino de terminar entre rejas, examinó su conciencia. El ayuno, le constaba, era en todas las religiones el prólogo al autoconocimiento. ¿Cuándo había engañado él por primera vez a su destino? Después de concebir a Barbara; después de que naciera. Ella, en cierto modo, estaba en la raíz del problema. Aunque Basil no había empezado a mimarla hasta que la niña tuvo ocho años, había sido desde el primer momento consciente de su paternidad. En 1947, cuando Barbara tenía un año, Angela y él habían ido a Nueva York y California, una empresa vil en los tiempos que corrían. Complicadas leyes restringían el uso de moneda extranjera, pero ellos las habían desafiado echando alegremente mano de activos no revelados. Pero, a su regreso, Basil había declarado sin engaños en la aduana. Los funcionarios no tenían prisa por investigar las fuentes de aquellos baúles cargados a rebosar. Basil, mostrándose arrogante, había enseñado todo lo que llevaba y pagado sin demora. Si, allí estaba el origen de la desviación hacia la rectitud que en los últimos años había deformado su figura. Como si despertara de una noche de borrachera —experiencia bastante habitual en su juventud— y tratara de encajar inconexos recuerdos de actitudes ridículas e insultantes, contempló con tristeza el cambio que él había obrado en sí mismo. Su voz no era el mismo instrumento de antaño. La había adoptado primero como una impostura consciente; se había convertido en algo habitual en él; las anticuadas y supuestamente sabias máximas que, utilizando aquella voz, se había visto en la obligación de pronunciar se habían convertido en opiniones establecidas. Todo empezó haciendo payasadas para divertir a Barbara de pequeña; una parodia de sir Joseph Mannering; el entrañable y malhumorado Pobble representando el papel que se esperaba de él. Y ahora la parodia se había convertido en la persona.
Su reflexión se vio interrumpida por el teléfono. «¿Acepta usted una llamada de la señorita Sothill?»
—Hola, Babs.
—Hola Basil. Sólo quería saber cómo te iba.
—Están muy contentos conmigo.
—¿Delgado?
—Flaco. Y preocupado por mi alma.
—Tontorrón. Pues mira, yo estoy preocupada por el alma de Barbara.
—¿Qué se trae entre manos?
—Yo creo que se ha enamorado.
—Horror.
—Al menos, la veo muy melancólica.
—Será que me echa de menos.
—Y cuando no está melancólica, está colgada del teléfono o escribiendo cartas.
—No a mí.
—En efecto. Hay una persona en Londres…
—¿Robin Trumpington?
—No lo quiere decir.
—¿Por qué no la espías cuando hable por teléfono?
—No, si ya lo he probado. Desde luego, habla con un hombre. No acabo de entender lo que se dicen, pero suena como si estuvieran muy encariñados. A ti no te hará muchísima gracia que ella se escape, ¿verdad?
—La niña nunca haría una cosa así. No le metas ideas extrañas en la cabeza, por el amor de Dios. Dale una tanda de aceite de ricino.
—Si a ti no te preocupa, a mí tampoco. Sólo quería advertirte.
—Dile que pronto volveré.
—Eso ya lo sabe.
—Bueno, pues tenla encerrada a cal y canto hasta que yo salga.
Basil informó a Angela de la conversación:
—Barbara dice que Barbara está enamorada.
—¿Qué Barbara?
—La mía. La nuestra.
—A su edad es bastante normal, ¿no? ¿De quién?
—Supongo que de Robin Trumpington.
—No sería mala elección.
—Santo cielo, Angie, si es sólo una niña.
—Yo me enamoré a su edad.
—Sí, y mira en qué desastre acabó todo. Yo creo que es alguien que va detrás de mi dinero.
—Perdona, dirás mi dinero.
—Siempre lo he considerado mío. No permitiré que ella toque ni un penique. Al menos hasta que yo haya muerto.
—Por tu aspecto se diría que te falta poco.
—Nunca me he encontrado mejor. Lo que pasa es que aún no te has acostumbrado a mi nueva silueta.
—Te veo poco firme, delicado.
—La palabra exacta es «incorpóreo». Quizá necesite un trago. Bueno, de hecho lo necesito. Todo este asunto de Babs me ha pillado por sorpresa y en el momento más inoportuno. Creo que iré a ver al bobo del doctor.
Más tarde, enfiló el pasillo que iba hasta la oficina de administración. Lo enfiló, sí, pero, cuando apenas había dado seis cojos pasitos, sintió una puñalada de su nueva e incisiva conciencia. ¿Era posible que el eterealizado, renacido Basil correteara como un colegial en busca de un médico bobo a fin de solicitar permiso para darse un sencillo gusto de persona adulta? Se desvió y puso rumbo al gimnasio.
Encontró allí a dos matronas en albornoz a horcajadas de un potro. Al verle tragaron rápidamente y se limpiaron unas migas de los labios. Un joven correoso en camiseta y pantalón de deporte le dirigió muy serio la palabra:
—Un momento, caballero. No se puede entrar sin cita previa.
—La mía es una visita no profesional —dijo Basil—. Quiero hablar un momento con usted.
El joven pareció dudar. Basil se sacó el billetero del bolsillo y dio unos golpecitos con él sobre el puño del bastón.
—Bueno, señoras, creo que por hoy se ha terminado el ejercicio. Estamos yendo muy bien. No hay que esperar resultados inmediatos, que conste. Mañana seguiremos con lo mismo. —El monitor puso la tapa a un pequeño cubo esmaltado. Las dos mujeres miraron ávidamente, pero se marcharon sin protestar.
—Whisky —dijo Basil.
—¿Whisky? Demonios, no podría darle semejante cosa aunque la tuviera. Sería jugarme el puesto de trabajo.
—Yo diría que el puesto se lo está jugando ya.
—No le entiendo, señor.
—Esta mañana mi esposa ha comido empanada de urogallo.
Era un joven petulante muy admirado en el entorno por su vigor. No se amilanó. Una espantosa mueca de complicidad iluminó su cara.
—En realidad no era urogallo —dijo—, sino un paté medio rancio que tenían en el colmado. Las pacientes están tan famélicas que les da igual comer cualquier cosa, pobrecillas.
—Le prohíbo que hable de mi mujer en esos términos —dijo Basil, y añadió—: Yo sí voy a saber lo que bebo, a una libra el trago.
—No tengo whisky, en serio. Tal vez quede un dedo de coñac en el armario de primeros auxilios.
—Veamos.
La marca era buena. Basil echó dos tragos. Boqueó. Se le anegaron los ojos. Buscó un punto de apoyo en las espalderas que tenía detrás. Por un momento temió vomitar, pero de pronto notó arder en su interior un júbilo inmenso, una gran calidez. Esto era la juventud, por no decir la infancia. Igual exaltación había sentido aquella primera vez empinando el codo a escondidas en la despensa de su padre. Había bebido tanto brandy como ahora dos veces al día durante casi toda su vida adulta, tras un amplio surtido de pócimas preliminares, y jamás había sentido otra cosa que una ligera pesadez. En su actual estado eterealizado, sin embargo, le pareció que lo levantaban, por decirlo así, de la faz de la tierra, que lo sostenían en vilo y lo depositaban suavemente; una experiencia mística como bañarse en el Ganges o calzarse unos crampones en el Himalaya.
Junto a sus pies había una colchoneta gruesa, mullida, parecida a una cama. Allí se recostó en pleno éxtasis; fuera de su cuerpo anatómico, volando feliz, su espíritu se encumbró más y más; sus ojos se cerraron.
—Aquí no puede quedarse, señor. Tengo que cerrar.
—No se preocupe —dijo Basil—. Yo no estoy.
El gimnasta era muy fuerte, y no le supuso el menor esfuerzo depositar a Basil en una de las camillas que parecían formar parte del material del sanatorio; y así, yacente, aturdido, pero no inconsciente del todo, transportado con suavidad por el pasillo principal, se encontró con el médico en jefe.
—Vaya, sargento, ¿qué tenemos aquí?
—Pues no sé decirle. A este caballero no lo había visto antes.
—Parece el señor Seal. ¿Dónde estaba?
—Ha entrado en el gimnasio hace un momento, señor, miraba un poquito raro, y de repente va y se desmaya.
—¿Dice que le echaba miraditas? Claro.
—Girando en el aire con facilidad, el joven audaz en el trapecio está —canturreó Basil con un mínimo de melodía en la voz.
—Creo que se lo ha tomado demasiado a pecho, señor, no me extrañaría nada.
—Tal vez tenga usted razón, sargento. Más vale que se olvide de todo. El personal femenino se hará cargo de él. Ah, hermana Gamage, el señor Seal necesita ayuda para volver a su habitación. Parece ser que la dieta le ha pasado factura. Puede usted administrarle treinta mililitros de brandy. Más tarde pasaré a hacerle un reconocimiento.
Pero cuando compareció en el cuarto de Basil, se encontró al paciente durmiendo a pierna suelta.
El doctor se quedó allí de pie, contemplándolo. Aquel rostro hundido tenía una expresión de peculiar inocencia. Pero como médico sabía que había algo más.
—Vendré mañana por la mañana —dijo, y luego dio instrucciones a su secretaria de informar a los que habían solicitado plaza anteriormente de que se habían producido dos vacantes inesperadas.
III
—Me echan, me botan, me expulsan. Tengo una hora para salir de este sitio.
—Oh, Basil, esto es como en los viejos tiempos.
—Dice ese tipo que sólo un psicoanálisis profundo puede salvarme y que en mi estado actual soy un peligro para la institución.
—¿Adónde vamos a ir? La casa de Hill Street está cerrada. Allí no habrá nadie hasta el lunes próximo.
—Lo curioso es que no tengo resaca.
—¿Todavía etéreo?
—Ni más ni menos. Bien, habrá que ir a un hotel.
—Podríamos llamar a Barbara y decirle que se reúna con nosotros. Tenía muchas ganas de marcharse de allí.
Pero cuando Angela telefoneó a su cuñada, lo que oyó fue:
—Pero ¿Barbara no estaba contigo en Londres? Ayer me dijo que tú la hacías volver. Se marchó en el tren de la tarde.
—¿Crees que puede haber ido a casa de ese joven?
—Apuesto lo que sea.
—¿Se lo cuento a Basil?
—Mejor que no.
—Me parece muy egoísta por parte de Barbara. Él no se encuentra nada en forma. Le va a dar un soponcio si se entera. Ayer mismo tuvo una especie de ataque.
—Pobre Basil. Igual no se entera nunca.
Basil y Angela pagaron la pantagruélica cuenta. Su coche estaba esperando en la puerta principal. Condujo el chófer. Angela se sentó al lado de Basil, que a ratos se arrimaba a ella canturreando fragmentos mal recordados del «joven audaz en el trapecio». Llegando a Londres se encontraron con el tráfico que salía de fin de semana. En el sentido de la ciudad no había atasco. Basil fue directo a la cama no bien llegaron al hotel —«Creo que no volveré a darme un baño mientras viva», dijo— y Angela encargó para él una cena ligera a base de ostras y cerveza negra. Al caer la tarde, se sintió lo bastante animado como para fumarse un puro.
A la mañana siguiente Basil se levantó temprano y dijo que quizá iría al club.
—¿A ese tan cochambroso?
—No, cielos, a Bellamy’s. Aunque un sábado por la mañana dudo que haya mucha gente.
No había nadie. El barman le preparó un cóctel de huevo con oporto y brandy. Después, pensando en ir a recoger unos libros, Basil tomó un taxi a Hill Street. No eran todavía las once. Entró en lo que debería haber sido una casa vacía y silenciosa. De la habitación de la planta baja donde se reunían grupos reducidos antes de almorzar o de cenar, salía música. Era una habitación oscura, con tapices en las paredes y mobiliario con marquetería. Entonces vio a su hija, que llevaba puesto un pijama y uno de los abrigos de pieles de su madre, sentada en el suelo con la cara pegada a una radio de transistores. Detrás de ella, en el hogar, grandes pedazos de carbón descansaban sobre las cenizas de las astillas y el papel que no habían logrado encenderlos.
—Querido Pobble, llegas en el momento más oportuno. No os esperaba hasta el lunes y creo que para entonces ya me habría muerto. No consigo entender cómo funciona la calefacción central. Pensaba que la cosa se reducía a ponerla en marcha y que no hacía falta un hombre. Tampoco consigo que prenda el fuego. Y ahora no me vengas con «Babs, ¿qué estás haciendo aquí?». Morirme de frío, eso es lo que hago.
—Apaga ese maldito trasto.
Hecho el silencio, Barbara observó a su padre con más detenimiento.
—¿Se puede saber qué te han hecho? Casi no te reconozco. Si parece que te vas a caer de un momento a otro… No eres el rollizo Pobble que yo conozco. Ven, siéntate. Pobrecillo, estás encogidito como una momia. ¡Cerdos!
Basil tomó asiento y Barbara giró sobre sus posaderas hasta apoyar el mentón en las rodillas de su padre.
—Niño famélico —dijo. En la cara aniñada, unos ojos de zafiro ocultos tras negros cabellos alborotados miraron fijamente a otros ojos de zafiro hundidos en bolsas vacías—. Víctima de Bergen-Belsen —añadió con ternura—. Espectro. Esqueleto andante. Querido cadáver desenterrado.
—No sigas. Vamos a ver, explícate.
—Te dije que me aburría, ¿no? Sabes perfectamente cómo es Malfrey. ¡Por qué inventarían el National Trust! En verano, con los autocares, no se está tan mal. Ahora sólo hay franceses expertos en arte, media docena cada semana, y todas las habitaciones tienen todavía alfombras de hule y andariveles; tía Barbara está en el piso que hay encima de la caballeriza y esos ridículos Sothill, en el ala de los solteros, y lo más excitante de todo es una partida de caza con almuerzo en la cabaña y luego, claro, sólo faisán para comer y… Bueno, yo presenté una queja formal, ¿no?, pero no me hiciste el menor caso porque estabas muy ocupado matándote de hambre, y si la felicidad de tu adorada hija única cuenta menos que la vanidad senil… —Hizo una pausa, extenuada.
—No es eso sólo.
—Sí, hay algo más.
—Habla.
—Mira, Pobble, procura tomártelo con calma. Lo digo por tu bien, no por el mío. Dios sabe que estoy habituada a la violencia. Si hubieras sido pobre, la poli te habría perseguido por la manera como me has maltratado todos estos años. Yo puedo aguantarlo, pero a tu edad, Pobble, la cosa entraña un cierto riesgo. O sea que mantén la calma y te lo contaré. Estoy prometida y me voy a casar.
No hubo conmoción; no hubo sorpresa siquiera. Era lo que Basil se esperaba.
—Paparruchas —dijo.
—Resulta que me he enamorado. Eso te tiene que sonar. Alguna vez has debido de estar enamorado, de mamá o de quien sea.
—Paparruchas. Y no lloriquees, Babs, haz el favor. Si piensas que eres lo bastante mayor para enamorarte, también lo eres para no lloriquear.
—Eso es una sandez. Lloriqueo porque estoy enamorada. Tú no lo entiendes. Aparte de que es el hombre perfecto y un chico divertidísimo, tiene genio de artista y todo el mundo le va detrás: me considero afortunadísima de haberlo pillado y a ti te encantará también cuando dejes de ser tan creído. Nos prometimos por teléfono o sea que me vine a Londres y él no estaba y que yo sepa puede que otra lo haya pillado y casi me muero congelada y ahora te presentas tú que más pareces un vampiro que mi padre y empiezas a decir «paparruchas».
Apretó la cara en el muslo de él y lloró.
Pasado un rato, Basil dijo:
—¿Qué te hace pensar que Robin pinta?
—¿Robin? ¿Robin Trumpington? No supondrás que me he prometido nada menos que a Robin, ¿verdad? Él ya tiene novia y además está loco por ella. Ya veo que no te enteras mucho de lo que pasa, ¿eh, Pobble? Si la única pega que pones es Robin, entonces todo va bien.
—Muy bien, entonces ¿con quién crees tú que estás prometida?
—Con Charles, naturalmente.
—Charles a secas. Ni idea.
—No te hagas el sordo. Sabes muy bien a quién me refiero. Le conociste aquí la otra noche, sólo que no creo que te fijaras en él.
—¡Albright! —dijo Basil. Una prueba de los efectos beneficiosos del sanatorio fue que no se pusiera lívido de ira, que no farfullara. Se limitó a preguntar quedamente—: ¿Te has ido a la cama con ese hombre?
—A la «cama», no.
—¿Has dormido con él?
—¿Dormir? No.
—Ya me entiendes. ¿Has tenido una relación sexual con ese joven?
—A lo mejor; no en la cama. En el suelo y bien despiertos, supongo que se le podría llamar así.
—Habla claro, Babs. ¿Eres virgen?
—No es algo que a una chica le guste que digan de ella, pero me parece que sí.
—¿Sólo te lo parece?
—No sé. Bueno, sí, creo que sí. Pero eso lo podemos cambiar pronto. Charles, bendito sea, está empeñado en casarse. Dice que es más fácil casarse con una chica si es virgen. Vete a saber por qué. No me refiero a una boda por todo lo alto. Charles es poco sociable, huérfano de padre y de madre y no cae bien al resto de su familia, o sea que nos casaremos discretamente dentro de un par de días y luego imagino que si mamá y tú no la queréis, podríamos ir a la casa de Bermudas. Tranquilo, no os vamos a causar ningún problema. Si vosotros queréis ir a Bermudas, nos conformaremos con Venecia, pero Charles dice que aquello es un poco pijo y en noviembre hace frío, de modo que sería preferible las Bermudas.
—¿Y a ninguno de los dos se os ha ocurrido que para casaros necesitáis mi autorización?
—Eh, no te me pongas legalista. Sabes que te quiero demasiado como para hacer algo que pueda disgustarte.
—Más vale que te vistas y que vayas a ver a tu madre al Claridges.
—No puedo vestirme. No hay agua caliente.
—Pues te bañas allí. Será mejor que hable con a ese joven.
—Va a venir a las doce.
—Le esperaré.
—Te vas a helar.
—Levántate y ve pasando.
A esto siguió uno de aquellos altercados que persistían entre padre e hija pese a tener ella dieciocho años y que terminó con Barbara chillando y siendo expulsada.
Basil se sentó a esperar. El timbre no se oía desde la antesala. Se sentó junto a la ventana y estuvo atento a la puerta; vio llegar un taxi, a Barbara que montaba todavía en pijama y abrigo de pieles, con una pequeña maleta. Más tarde vio llegar a su enemigo paseando tranquilamente desde Berkeley Square. Basil le abrió la puerta.
—¿No esperaba verme?
—No, pero me alegro de que esté aquí. Tenemos muchas cosas de que hablar.
Fueron juntos a la antesala. El joven iba vestido de manera menos extravagante que la vez anterior, pero sus cabellos eran igual de abundantes y la barba proclamaba su nocivo, y voluntario, estatus. Se observaron el uno al otro en silencio, y luego Basil dijo:
—Las camisas de lord Pastmaster le vienen grandes.
No fue una buena entrada.
—Yo no hubiera sacado el tema —dijo Albright—, pero permítame decirle que a usted le va grande todo lo que lleva.
Basil disimuló su retirada encendiendo un puro.
—Barbara me ha contado que estuvo usted en ese sanatorio de Kent —continuó tranquilamente el joven—; por si no lo sabía, hay un sitio mucho mejor en Sussex; es nuevo.
Basil tuvo conciencia de un rápido reconocimiento. Una vaga y odiosa insinuación de parentesco; ¿no había conocido él, hacía muchos años, a alguien que hablaba así a sus mayores? Dio una intensa calada y miró detenidamente a Albright. Los ojos, la cara en general, le resultaban vagamente familiares, el reflejo de un reflejo visto hacía muchos años al afeitarse.
—Barbara dice que le ha propuesto usted casarse.
—Bueno, en realidad fue ella quien me lo planteó. Yo acepté de muy buen grado.
—¿Es usted hijo de Clarence Albright?
—Sí, ¿le conocía? Yo casi no tuve oportunidad. He oído decir que era bastante horrible. Si le interesa la genealogía, un tío mío es duque. Pero a él tampoco le conozco apenas.
—Y dígame, ¿es usted pintor?
—¿Barbara le ha dicho eso?
—Ha dicho que tenía genio de artista.
—Hay que ver qué leal es. Imagino que lo dice por mi música.
—¿Compone usted?
—Improviso, a veces. Toco la guitarra.
—¿Profesionalmente?
—De vez en cuando. En bares y eso, ya sabe.
—Pues no, no sé. ¿Y se gana la vida?
—Tanto como ganármela…
—Entonces, déjeme preguntarle una cosa: ¿cómo piensa mantener a mi hija?
—Oh, no va la cosa por ahí; es al revés. Yo hago lo que hizo usted: casarme por dinero. Ya sé lo que está pensando. «Sobórnale», piensa ahora. Le aseguro que no surtirá efecto. Barbara está muy encaprichada de mí, y yo de ella. Estoy convencido de que no querrá usted una de esas bodas románticas en Gretna Green y fotógrafos de prensa siguiéndolo a todas partes. Además, Barbara no quiere causarle ninguna molestia. Es una chica muy leal, como he dicho antes. Yo creo que se puede arreglar todo con calma. Piense en los impuestos que se ahorrará su esposa gracias a un buen acuerdo matrimonial. Usted ni siquiera lo va a notar en su asignación.
Y Basil continuó allí sentado, sin experimentar ni un solo temblor de la volcánica senilidad que dos semanas atrás habría hecho explosión y derramado su cegadora, abrasadora lava. Estaba haciendo una mala actuación en un primer encuentro que él mismo había provocado a la ligera. Era preciso meditar, trazar un plan. No estaba en la plenitud de sus facultades. Apenas ayer se hallaba postrado. Hoy empezaba a recuperar fuerzas. Mañana la experiencia se impondría. Se enfrentaba a un digno antagonista, lo cual le llevó a pensar en el júbilo que debía de experimentar un valiente del siglo XVI cuando en plena reyerta reconocía en el chocar de espadas a un digno espadachín.
—La madre de Barbara está muy bien asesorada en materia financiera —dijo.
—A propósito, ¿y Barbara? Habíamos quedado aquí.
—Está tomando un baño en el Claridges.
—Pues tendré que ir a buscarla. Me la llevo a comer fuera. Oiga, ¿podría prestarme cinco libras?
—Sí —dijo Basil—. Cómo no.
Si Albright le hubiera conocido mejor, se habría alarmado ante tanta contención y tan buenos modales. Lo que pensó fue: «El viejo cascarrabias ha resultado ser mucho más blando de lo que me habían dicho». Y Basil: «Espero que se las gaste todas en el almuerzo. De mí no va a conseguir ni un solo billete más. Él se merecía un mejor trato».
IV
Sonia Trumpington no se había vuelto a casar. Compartía un piso con su hijo Robin, pero le veía muy poco. Se pasaba casi todo el día sola con su labor, conectada por correspondencia con un par de organizaciones benéficas en las que colaboraba. Estaba cosiendo cuando Basil fue a buscarla después de comer (ostras otra vez, dos docenas, acompañadas de media botella de champán: estaba recuperando fuerzas de hora en hora), y continuó bordando su punto de cruz mientras él le contaba el problema.
—Sí, me presentaron a Charles Albright. Robin y él son bastante amigos.
—Entonces quizá podrás decirme qué ve Barbara en ese joven.
—¿Qué ve? A ti, por supuesto —respondió Sonia—. ¿No te has fijado? Es tu viva imagen: el aspecto, el carácter, los modales, todo.
—¿Aspecto? ¿Carácter? ¿Modales? Tú deliras, Sonia.
—¿Yo? ¿Es que no te acuerdas de cómo eras a su edad? A ver si el que está delirando eres tú, a pesar de tanta cura.
—Pero si es un monstruo…
—Y tú eras un santito, ¿verdad? ¿Te has olvidado? Está más claro que el agua. Vosotros los Seal sois muy incestuosos. Por qué te gusta tanto Barbara, ¿eh? Porque es clavadita a Barbara Sothill. ¿Por qué a Barbara le gusta tanto Charles? Porque es igual que tú.
Basil reflexionó sobre esta hipótesis a la luz de su renovada inteligencia.
—Esa barba…
—Yo a ti te he visto con barba.
—Pero fue al volver del Polo Norte, y yo jamás he tocado la guitarra.
—¿Charles toca la guitarra? Primera noticia. Hace un montón de cosas…, igual que tú a su edad.
—Prefiero que no sigas metiéndome en eso.
—¿En serio te has olvidado de cómo eras? Echa un vistazo a mis viejos álbumes.
Como muchas otras de su generación, Sonia había dedicado parte de su juventud a llenar gruesos álbumes con recortes de prensa y fotografías, tanto de ella como de sus amistades. Ahora los tenía mal apilados en un rincón de la salita.
—Ésa es de cuando Peter cumplió veintiuno, en King’s Thursday. Creo que fue allí donde tú y yo nos conocimos. Al menos fue allí donde conocí a Alastair. Él entonces era novio de Margot, ¿te acuerdas? Lo contenta que se puso ella de quitárselo de encima… Esa otra es de mi boda. Seguro que tú estuviste. —Pasó varias páginas con fotos de la novia, el novio y las damas de honor, y llegó a las instantáneas tomadas en la entrada de la iglesia de St. Margaret—. Sí, mira, ahí estás.
—Sin barba, e impecablemente vestido.
—Bueno, más adelante hay algunas más comprometedoras. Mira ésa… y esa otra.
Fueron abriendo álbumes. Basil salía a menudo.
—Yo no veo un gran parecido en ninguna foto —dijo Basil—. Por ejemplo, ahí acababa de volver de la guerra de España y, claro, mi aspecto es un poco desaliñado.
—No estamos hablando del vestir. Fíjate en la expresión de la cara.
—Una mirada vivaz —dijo Basil.
—Año 1937. Otra fiesta en King’s Thursday.
—Qué cosa tan espantosa eso de sacar fotos en plan de broma. ¿Qué diablos le estoy haciendo a esa pobre chica?
—Tirarla al lago. Acabo de recordar el incidente. La foto la hice yo.
—¿Quién era?
—Ni idea. Quizá lo pone en el reverso. «Basil y Betty», nada más. Debía de ser mucho más joven que nosotros, y no de nuestro círculo. Me suena como que era hija de un duque o algo parecido. Ah, sí, los Stayle, ahora me acuerdo.
Basil examinó la foto y se estremeció.
—¿Qué pudo inducirme a hacer semejante cosa?
—El espíritu juvenil.
—Pero, por Dios, si yo tenía treinta y cuatro años… La chica es bastante fea.
—Te voy a decir quién es, mejor dicho, quien era: la madre de Charles Albright. Digamos que es una curiosa coincidencia. Buscaré información para estar segura.
Sonia fue a por un Peerage y leyó:
—Quinta hija del difunto duque. Elizabeth Ermyntrude Alexandra, su padrino fue S.A.R. el duque de Connaught. Nacida en 1920. Casada en 1940 con Clarence Albright, muerto en combate (1943). Dejando descendencia. Falleció en 1956. Sí, lo recuerdo… Un cáncer, muy joven. Y la «descendencia» es Charles.
Basil siguió mirando la fotografía. Era una chica rolliza y parecía que estaba retorciéndose en brazos de él, más enfadada que divertida por la broma.
—Hay que ver cómo se olvida uno de todo. Supongo que éramos bastante amigos.
—No, qué va. A esa chica la trajo Margot pensando en Peter.
Acuciada por la necesidad, la imaginación de Basil, en tiempos tan fértil para las diabluras y últimamente tan entumecida, empezó a ponerse en marcha.
—Esa foto me ha dado una idea.
—Basil, ya estás poniendo otra vez aquella cara de malandrín. ¿Qué estás tramando?
—Es sólo una idea.
—¿No pensarás tirar a Barbara al Serpentine…?
—Algo bastante parecido, Sonia.
—Vayamos a sentarnos junto al Serpentine —le propuso Basil a su hija aquella tarde.
—¿No hará frío?
—Estará muy tranquilo. Tú abrígate bien. Tengo que hablar seriamente contigo de una cosa.
—¿Estás de buen humor?
—Inmejorable.
—¿Y por qué no aquí?
—Podría entrar tu madre. Lo que tengo que decir no le incumbe a ella.
—Oh, entonces es sobre lo mío con Charles.
—En efecto.
—¿No va de bronca?
—En absoluto. Puro afecto paternal.
—Eso bien vale pillar un catarro.
En el coche no cruzaron palabra. Basil le dijo al chófer que volverían andando. A aquella desapacible hora del té, con las hojas secas cayendo a su alrededor, no hubo la menor dificultad para encontrar un banco vacío. La luz tenía un tono suave; era uno de esos días en que Londres parece Dublín.
—Charles me dijo que estuvisteis hablando, y que no estaba seguro de haberte gustado.
—¿Gustado? Me encanta.
—Venga, Pobble.
—No me tocó la guitarra, pero está claro que es un genio.
—Pobble, ¿se puede saber qué tramas?
—Sonia me ha preguntado lo mismo. —Basil apoyó la barbilla en su bastón—. Tú ya sabes que lo único que deseo es que seas feliz.
—Uy, esto me huele a chamusquina. Tú tienes algún plan…
—En absoluto. Quiero que no cuentes nunca ni a él ni a tu madre nada de lo que voy a decirte. Los padres de Charles murieron, así que a ellos no les afecta. Su madre y yo fuimos amigos; es probable que él no sepa hasta qué punto. Mucha gente se ha preguntado por qué se casó ella con Albright. Fue una boda relámpago, ¿sabes?; él estaba de permiso y cada noche había bombardeos. Fue cuando a mí me dieron de alta la primera vez, antes de casarme con tu madre.
—Pobble, cielo, hace mucho frío y yo no acabo de ver qué pintamos Charles y yo en todo esto.
—La cosa empezó —dijo Basil, inexorable— cuando ella…, ¿cómo se llamaba?, sí, cuando Betty era más joven que tú ahora. Un día la tiré al lago de King’s Thursday.
—Empezó ¿qué cosa?
—Su amor por mí. Es curioso cómo reaccionan las chicas; tú por una guitarra, Betty por un chapuzón.
—A mí me parece bastante romántico. En cierto modo hace que tú y Charles os parezcáis un poco.
—No sabes hasta qué punto. Pero hubo algo más que simple romanticismo. Ella entonces era demasiado joven, fue un simple enamoramiento infantil. Pero luego, estando yo herido, Betty venía a verme a diario al hospital, y el día que yo salí… No puedes entender el júbilo que siente uno en ese momento, ni el atractivo que en ciertas mujeres ejerce un hombre tullido, como tampoco la sensación general de irresponsabilidad que tuvimos todos durante el blitz, y conste que no intento justificarme… Betty se había hecho mayor, desde aquel chapuzón en el lago. La cosa duró sólo una semana. En rigor quizá debería haberme casado con ella, pero en esa época yo no me andaba con muchos rigores y al final acabé casándome con tu madre. De eso no te puedes quejar. Si yo no me hubiera casado con tu madre, ahora no existirías. Betty tuvo que buscar en otra parte y, por suerte, ese imbécil de Albright apareció justo a tiempo. Sí, Barbara, Charles es hermano tuyo, así que ¿cómo no me iba a gustar?
Ella se levantó sin decir nada, echó a andar en el crepúsculo a paso rápido, tropezó con sus tacones de aguja en la arena del Row y se perdió de vista tras las estatuas de Edinburgh Gate. Basil la siguió, a su ritmo. Paró un taxi, lo tuvo esperando mientras entraba en Bellamy’s con la esperanza de encontrar una cara amistosa, se tomó otro ponche de huevo en la barra y siguió camino hasta el Claridges.
—¿Se puede saber qué le ha pasado a Barbara? —preguntó Angela—. Aparece con cara de tragedia griega, no me dice nada, y ahora se ha encerrado bajo llave en tu dormitorio.
—Creo que ha tenido una pelea con ese sujeto que le gustaba tanto. Ese… Albright, se llamaba, ¿no? Y es una suerte, porque el chico era agradable, pero en absoluto idóneo para ella. Creo que a Babs le convendría un cambio de aires. Angie, si te parece bien, propongo que nos marchemos los tres a Bermudas mañana mismo.
—¿Podremos conseguir billetes?
—Todo arreglado. Volviendo de casa de Sonia he parado en la agencia de viajes. Me temo que esta noche Babs no va a querer cenar. De momento es mejor que la dejemos en paz. Creo que yo sí tomaría una buena cena. ¿Qué tal si vamos abajo?