Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

antony, buscador de cosas que se perdieron (spanish)

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La revolución llegó a St. Romeiro tarde y de repente. Cuentan que fue Cazarin, el periodista que había estudiado en París, quien la proclamó. Mensajeros le comunicaron la noticia de que en Viena unos estudiantes habían expulsado, y quizás asesinado, al príncipe Metternich; que toda la Lombardía se había sublevado; que el papa había huido y también sus cardenales. Y desde la costa los pescadores llegaron con otras historias: que los extranjeros torturaban a hombres y mujeres en Venecia y que en Nápoles estaban pasando cosas; que cuando el papa abandonó Roma las columnas de San Pedro temblaron y que muchos campesinos decían que el autor de todo aquello era el emperador Napoleón, sin saber que estaba muerto.
De este modo la revolución llegó a St. Romeiro, y Cazarin y el pueblo se plantaron ante el palacio del duque cuando el calor más apretaba, Cazarin clamando por la libertad, y el pueblo, por la supresión del impuesto sobre la aceituna. Supieron entonces que el duque había huido, y, con él, toda su familia. En vista de ello el pueblo tiró abajo la enorme verja que el abuelo del duque había hecho traer expresamente de Milán e irrumpió en el palacio. Y resultó que dentro había sólo unos pocos soldados, muy jóvenes, y, en vista de que no parecían dispuestos a plantar cara, los mataron; luego, enardecidos por su propio valor, miraron qué otra cosa se podía hacer. Y gritaron: «¡Al castillo!», pues había gente presa y todo el mundo tenía algún pariente más o menos cercano encarcelado allí, ya fuera por un crimen o por una insensatez.
Y Cazarin se acordó del conde Antony, a quien diez años atrás habían encerrado con su dama en el castillo. Pero, una vez forzadas las puertas de la prisión, sólo encontraron a morosos y ladrones, y a una pobre loca que creía ser la Virgen María: ni rastro del conde Antony ni de su dama.
Pues bien, ésta es la historia de Antony, llamado por sus amigos «Antony, el buscador de cosas que se perdieron». Cazarin, el que había estudiado en París, la reconstruyó a partir de lo que ya sabía y de lo que le relató el carcelero.
Era un hombre muy alto, este conde Antony, y muy gallardo, y venía de familia de alcurnia. Sus predecesores habían sido grandes hombres de Italia que combatieron junto a los españoles contra los franceses y, al parecer, provenían nada más y nada menos que de un papa. El conde Antony poseía las tierras de sus progenitores y su misma galanura, pero había algo en el corazón de Antony que ninguno de sus progenitores había conocido nunca. Y por esta causa los amigos le llamaban «Antony, el buscador de cosas que se perdieron», pues siempre parecía buscar en el futuro lo que ya había quedado atrás.
Y Antony se prometió en matrimonio a lady Elizabeth, que era rubia y afable, y la contemplaba con sus tristes ojos asombrados, pues sus movimientos eran muy armoniosos; y en la mirada de ambos había un amor más grande del que los progenitores de Antony habían conocido jamás.
Pero aquella era una época de murmuraciones en St. Romeiro; tras los altos postigos, entre jarra y jarra de vino, los hombres hablaban de «Libertad» y de «Unidad» y de otras palabras necias; se juramentaban alrededor de la mesa y firmaban papeles, porque eran muy jóvenes y el vino los espoleaba. Todas estas cosas le parecían nobles al conde Antony.
Pero las murmuraciones subieron de tono y llegaron a oídos de Palacio. Y así fue como un día, cuando regresaba de una de sus visitas a lady Elizabeth, hombres de la guardia ducal que esperaban frente a su casa lo prendieron y lo llevaron al castillo. Al enterarse, y henchida de amor por él, lady Elizabeth acudió al duque clamando por la libertad de Antony. Y, en vista de que no conseguía nada, suplicó ser encerrada con su amado, pues, dijo, no se sentiría cautiva estando con Antony y no se sentiría libre apartada de él, y es que aún era doncella y su corazón rebosaba de amor. El duque, que en tiempos había sido un gran enamorado, había entregado su vida ala glotonería y, temeroso del amor que veía en los ojos de la joven, le concedió su deseo. Y lady Elizabeth, con sumo placer por su parte, fue llevada al castillo.
Estas cosas las había visto Cazarin con sus propios ojos antes de viajar a París; lo que fue de Antony y Elizabeth a partir de entonces lo supo por boca del carcelero, un hombre feo y tullido, antes de que el populacho de St. Romeiro lo matara.
Encerraron a los enamorados en una celda abierta en la piedra gris del castillo; era un lugar tenebroso donde goteaba agua desde el techo húmedo hasta el suelo húmedo, y bichos infames correteaban por las húmedas paredes. En el lado más alejado de la puerta había un escalón ancho levantado del suelo y cubierto de paja. Allí se sentaba lady Elizabeth cuando el carcelero les llevaba la comida; Antony se arrodillaba a su lado y le servía. Y, después de haber comido, entrelazaban las manos y hablaban; y, entre frase y frase, se besaban. E improvisaron un lecho de paja sobre el escalón y así, entre las infames alimañas, se consumó su matrimonio. Y el carcelero los envidiaba por ser tan felices en tan infame lugar.
Las semanas se fueron sucediendo; lady Elizabeth estaba cada vez más pálida, y sus cabellos, cada vez más mates y apelmazados, mientras que las cejas antaño blancas del conde Antony estaban sucias y su barba muy crecida; en sus ojos brillaba, sin embargo, la chispa del amor y de la búsqueda de cosas que se perdieron. Pero el carcelero, que tanto los había envidiado, vio que en los ojos de lady Elizabeth ya no había amor, sino una inmensa fatiga.
Cuando el carcelero les llevaba la comida, Antony se arrodillaba para servir a su amada como había hecho siempre. Y una parte del pan que les daba el carcelero estaba podrida y lady Elizabeth arrancaba lo que estaba bien con sus manos mugrientas y se lo comía; luego, con gesto hosco, se daba la vuelta en el banco y miraba a la pared; Antony comía lo que ella había dejado. Y, al cabo de poco tiempo, aquellos dos jóvenes, que tanto se habían amado, ya no dormían juntos sobre la paja; Antony yacía directamente en el suelo mojado; de día apenas se decían nada y ya no se besaban; y el carcelero vio en los ojos de Antony una profunda y desconcertada tristeza y un buscar lo que ya no había, pero en los ojos de su amada asomaba el odio.
El otoño dio paso al invierno y un nuevo año comenzó. Y el carcelero era tullido y tenía la cara picada de viruela y en su boca había un rictus de risa por el dolor que lo atenazaba; y cada día iba a la celda y él era el único hombre que lady Elizabeth veía a excepción de Antony, el que fuera su amado. Y a medida que el invierno se tornaba primavera y que el odio se abría paso en los ojos de lady Elizabeth, se abrió paso también el deseo de ser amada por aquel hombre que ya creía perdido. Y Antony, que dormía sobre la piedra húmeda y comía el pan podrido, tenía fiebres y devolvía y estaba demasiado débil como para moverse del rincón donde yacía; sólo sus ojos seguían los pasos de lady Elizabeth por el interior de la celda.
Un día, cuando le llevaron la comida, lady Elizabeth dijo: «Carcelero, ¿todavía soy hermosa?».
Y el carcelero le respondió:
—No tanto como la primera vez que os vi, lady Elizabeth, pues vuestras mejillas están pálidas y vuestros cabellos mates y apelmazados, y tiene toda la piel sucia y cubierta de manchas. Pero seguís siendo muy hermosa.
—Hace muchos meses que no veo mi imagen. Permite que me mire en tus ojos y compruebe si todavía soy hermosa.
El carcelero arrimó su cara picada de viruelas y su gesto burlón al rostro de lady Elizabeth… y en sus miradas hubo deseo. Ella le tocó los cabellos y apoyó sus senos en el pecho de él y así lady Elizabeth, que había conocido los blancos brazos de Antony, amó a este carcelero feo y de baja estofa. Antony no hizo ruido, permaneció en su rincón, postrado por la fiebre y la gran cadena que ya apenas podía mover; pero en sus ojos había dolor como pocas veces se haya visto.
Y dijo el carcelero:
—Iré a buscar vino y así celebraremos este amor que acabamos de descubrir.
Hablaron de aquella cosa nueva que había nacido entre los dos y qué harían al respecto, y el carcelero le prometió sacarla de la celda y llevarla a vivir con él a sus aposentos, donde tendría agua para lavarse y comida limpia para alimentarse e incluso un pequeño patio donde pasear un poco y desde donde se veían las copas de los árboles.
—¡Oh, mi amor! —exclamó ella—. No tardes en volver.
Y se quedó a solas con Antony.
Antony estaba débil y atado con la pesada cadena, pero el dolor que sentía por dentro le dio fuerzas para levantarse del rincón y, sin decir palabra, arrastrarse hasta Elizabeth, la que fuera su amada, en silencio, como las alimañas del calabozo. Y ella se puso de pie muy alarmada e hizo ademán de alejarse de él, pero Antony le asió un tobillo y la hizo caer. Tenía entre sus manos la cadena y la apoyó en la garganta de ella y luego se arrodilló sobre los dos extremos, entre sus propias muñecas, a fin de que los grandes eslabones se hincaran en su cuello. Y Elizabeth, que había sido su amada, forcejeó con él, pero el dolor daba fuerzas a Antony y consiguió resistir; y finalmente lady Elizabeth dejó de debatirse y expiró.
Así los encontró el carcelero a su regreso; y profirió un grito y la jarra de vino se escurrió entre sus dedos y el líquido se desparramó por el suelo húmedo. Corrió adonde yacía lady Elizabeth, le puso una mano en el pecho y supo que estaba muerta. No dijo una sola palabra, la dejó allí con Antony, cerró la enorme puerta, echó el candado y arrojó la llave al foso del castillo. Y jamás regresó a la celda para ocuparse del cadáver de Elizabeth, pues allí había conocido por primera vez el amor.
Estas cosas le contó a Cazarin, el que había estudiado en París, antes de que el populacho de St. Romeiro lo matara.