amor entre los escombros (spanish)
(IDILIO EN UN FUTURO CERCANO)
I
Pese a sus últimas promesas electorales, los políticos aún no habían podido cambiar el clima. El Instituto Meteorológico Estatal no había conseguido hasta el momento más que una nevada fuera de tiempo y dos pequeños rayos del tamaño de un albaricoque. El tiempo variaba de un día para otro y de un condado a otro, como había hecho siempre, de la manera más anómala.
La de ese día era una genuina y anticuada noche tennysoniana:
Notas de un cuarteto de cuerda escapaban por las ventanas del salón para perderse en medio del chapoteo y el murmullo de los jardines. En el estanque, los narcisos se habían cerrado y habían dejado sobre la superficie del agua un dulzor inquietante. No titilaban aletas doradas en la fuente de pórfido y los pavos reales que parecían desfallecer lácteamente bajo las sombras lunares eran en realidad fantasmas, pues, un par de días antes, todos habían sido hallados misteriosa y cruelmente masacrados coincidiendo con el primer y perturbador arrebol de aquel verano repentino.
Miles, que estaba dando una vuelta entre las flores dormidas, se sentía melancólico. La música no le decía gran cosa y ésa era su última velada en Mountjoy. Tal vez nunca volvería a gozar de libertad para recorrer aquellos senderos.
Mountjoy había sido diseñado y plantado en años de los que él nada sabía; generaciones de habilidosos y pacientes agricultores lo habían desbrozado, abonado y podado; generaciones de diletantes lo habían regado con cascadas y surtidores; generaciones de coleccionistas habían llevado allí estatuas; todo, al parecer, para su personal disfrute precisamente aquella noche y bajo aquella enorme luna.
Dieron las once en la caballeriza. La música dejó de sonar. Miles volvió y, al llegar a la terraza, los postigos empezaron a cerrarse y las arañas de luz se apagaron una detrás de otra. Bajo la luz de los apliques, que ardían todavía en sus paneles de raso descolorido y oro empañado, se sumó al grupo que se dispersaba entre islas de mobiliario antiguo para ir a acostarse.
Su cuarto no era una de las suntuosas habitaciones que daban al jardín delantero. Ésas estaban reservadas a los asesinos. Tampoco estaba en la planta de arriba, ocupada casi exclusivamente por delincuentes sexuales. Él se alojaba en un ala más humilde. De hecho, su ventana daba sobre la galería de los equipajes y la carbonera. En los viejos tiempos sólo se alojaban allí profesionales que acudían a Mountjoy de visita por asuntos profesionales. Pero a Miles le habían asignado esa habitación, que era la primera que jamás había considerado propia en sus veinte años de Progreso.
El vecino de al lado, un tal señor Sweat, paró a decir buenas noches. Ahora, después de veinte meses de proximidad y cuando el tiempo de Miles se agotaba, había empezado este veterano a ser amable. Él y uno al que llamaban Soapy, supervivientes de otra era, habían mantenido una actitud muy reservada, hablando en tono lastimero de robos y atracos, de joyas, de acogedores bares donde se reunían con sus peristas favoritos, de duros días de prisión en Scrubs y en Moor. La joven generación les importaba muy poco; sus intereses eran el crimen, el calvinismo y la música clásica. Pero últimamente el señor Sweat había empezado a saludar con la cabeza, o con un gruñido, y, finalmente, cuando ya era demasiado tarde para entablar una amistad, había decidido dirigirse a Miles.
—¿Qué tal las viejas cuerdas esta noche, amigo? —preguntó.
—No he estado por allí, señor Sweat.
—No sabes lo que te has perdido. Claro que para el viejo Soapy nada es lo bastante bueno. Yo al final acababa harto de oír a Soapy: que si la viola rascaba, que si tocaban Mozart como si fuera Haydn, que si no había sentimiento en ese pizzicato de Debussy…
—Soapy sabe demasiado.
—Soapy sabe mucho más que algunos que yo podría nombrar, con o sin estudios. La próxima vez creo que tocarán la Grosse Fugue como último movimiento del cuarteto en Si bemol. Promete ser interesante, aunque, claro está, Soapy dice que las obras finales de Beethoven nunca tienen éxito. Veremos. Por lo menos él y yo; tú no lo verás. Te marchas mañana. ¿Contento?
—No especialmente.
—No, claro, yo tampoco lo estaría. Es curioso, pero me he adaptado a este sitio la mar de bien. Nunca lo hubiera imaginado. Al principio lo encontraba todo demasiado elegante, tan distinto del viejo Scrubs. Pero es un sitio francamente agradable cuando te acostumbras. No me importaría instalarme aquí de por vida, si me dejaran. Lo malo es que hoy en día ya no hay seguridad en el crimen. Años atrás uno sabía qué le podía caer por cada cosa: seis meses, tres años, lo que fuera. Uno sabía qué terreno pisaba. Ahora, entre funcionarios de prisiones, Custodia Preventiva y Pedagogía Correctiva, pueden tenerte dentro o echarte cuando les venga en gana. No me parece bien.
»Te diré por qué pasa esto, amigo —continuó el señor Sweat—. La gente ya no entiende el crimen como se entendía antes. Recuerdo que cuando yo era un chiquillo, la primera vez que me trincaron, el juez me dijo: “Muchacho, te estás metiendo en un tipo de vida que sólo puede conducirte a la ruina y la degradación en este mundo, y a la condenación eterna en el otro”. Eso es hablar claro. Tiene sentido y además demuestra un interés personal, ¿no? Pero esta última vez, cuando me enviaron aquí, tuve que oírme decir que era un “fenómeno antisocial” y un “inadaptado”. A mí no me parece que ésa sea manera de hablar de un hombre que ya cumplía condena cuando ellos todavía iban en pantalón corto…
—Pues a mí me dijeron algo por el estilo.
—Sí, y ahora te expulsan, como si tú no tuvieras tus derechos. Te diré que a muchos les ha hecho sentir incómodos eso de que te vayas así de repente. ¿Quién será el próximo?, nos preguntamos todos.
»¿Sabes en qué te equivocaste, amigo? En no dar suficientes problemas. Se lo pusiste demasiado fácil para que pensaran que ya estabas curado. Soapy y yo hemos aprendido la lección. ¿Te acuerdas de esos pájaros que liquidaron? Fuimos Soapy y yo. Y no veas lo que nos costó matarlos; eran fuertes, los muy cabrones. Pero nos cuidamos de ocultar todas las pruebas, y si llegan rumores de que a Soapy o a mí nos van a “rehabilitar”, lo sacaremos todo a la luz.
»Bueno, amigo, hasta la vista. Mañana por la mañana me toca Reposo de Rehabilitación, o sea, que seguramente ya te habrás ido cuando yo baje. Vuelve pronto.
—Así lo espero —dijo Miles, y se metió en su habitación.
Contempló brevemente por última vez el patio adoquinado desde su ventana. Era un hombre con buena planta, pues venía de padres apuestos y toda su vida había sido bien alimentado y cuidado, y había hecho ejercicio; y siempre había ido bien vestido. Llevaba el triste uniforme de sarga que era el atuendo normal de la época —sólo los homosexuales declarados llevaban ropa de color—, pero había diferencias de talla y estado en esas prendas. Miles lucía un trabajo artesanal de sastrería; pertenecía a una clase privilegiada.
El Estado había hecho a Miles.
Él no era ningún caballero victoriano de vida limpia y temeroso de Dios; no era el hombre completo del Renacimiento; no era un caballero andante ni un pagano consciente de sus deberes; ni siquiera un buen salvaje. Toda esa sucesión de antiguas glorias había pasado de largo, contenta de servir de preludio a Miles. Porque él era el Hombre Moderno.
Su historial, presente en diferentes archivos de innumerables departamentos de Estado, era típico de otros varios millares de hombres. Antes de que naciera, los políticos habían conseguido reducir a su padre y a su madre a la penuria; ellos, indigentes, se habían embarcado en las sencillas diversiones de la gente muy pobre y, de este modo, entre una guerra y la siguiente, pusieron en marcha una reacción en cadena de divorcios que los dispersaron —a ellos y a sus diversos socios en olvidadas parejas— por todo el Mundo Libre. La tía a cuya casa había ido Miles a parar fue reclutada para trabajar en una fábrica y, al poco tiempo, murió de tedio en la cinta transportadora. El niño fue puesto a buen recaudo en un orfanato.
A partir de aquel momento se invirtieron en él grandes sumas de dinero, un dinero que, cincuenta años antes, habría servido para enviar a un puñado de muchachos a Winchester y New College y orientarlos hacia profesiones dignas. En salas decoradas con Picassos y Légers, Miles aguantó a bostezo limpio largas clases de Juego Constructivo. Jamás le faltó la imprescindible dosis de aire. Su dieta era equilibrada, y el primer viernes de cada mes se sometía a psicoanálisis. Cada detalle de su adolescencia fue grabado, microfilmado y archivado, y, cuando Miles alcanzó la edad necesaria, fue transferido a la Fuerza Aérea.
En el puesto al que lo destinaron no había aviones; era un centro donde adiestraban a monitores para adiestrar a monitores para adiestrar a monitores de Esparcimiento Personal.
Durante unas cuantas semanas atendió una máquina lavaplatos, cosa que, según testificó su ayudante en el juicio, hizo de manera ejemplar. El trabajo en sí carecía de todo atractivo, pero era un aprendizaje normal. El núcleo duro de las Fuerzas eran hombres salidos de los orfanatos, una casta aparte que aunaba las formidables cualidades del jenízaro turco y el junker alemán. Miles había sido elegido enseguida para el alto mando. Lo de la máquina lavaplatos era sólo el comienzo. El ayudante, huérfano también, había lavado no sólo platos, sino también ropa interior de oficiales, según su testimonio, antes de ascender a su posición.
Los consejos de guerra habían sido abolidos unos años atrás. Las Fuerzas entregaban a sus insubordinados al brazo civil para su tratamiento. Miles se presentó en la audiencia trimestral. Desde un principio, cuando Incendio y Daños Intencionados, Homicidio, Conducta Perniciosa y Traición fueron tachados de la Acusación y los cargos fueron reducidos a simple Actividad Antisocial, estuvo claro que las simpatías del Tribunal estaban con el preso.
El psicólogo del puesto aportó su opinión de que la adolescencia llevaba implícito un elemento incendiario. Y que, si se lo reprimía, podía dar lugar a neurosis mórbida. Él, por su parte, pensaba que el reo había cometido un acto perfectamente normal y que, además, lo había llevado a término con una inteligencia más que normal.
Fue entonces cuando algunas viudas, madres y huérfanos de los aviadores incinerados clamaron al cielo desde la tribuna pública, a lo que el magistrado tuvo que recordarles en tono muy serio que estaban en un Tribunal del Bienestar y no en una asamblea del Sindicato de Amas de Casa.
El caso se convirtió en un elogio concertado del reo. El fiscal intentó finalmente hacer hincapié en el alcance de los daños, pero fue reprendido por el juez.
—El jurado —dijo— deberá borrar de su memoria estos detalles sentimentales introducidos de manera tan inoportuna.
—Para usted será un detalle —dijo una voz desde la tribuna—, pero para mí era un buen marido.
—Arresten a esa mujer —ordenó el juez.
Una vez restablecido el orden, el panegírico pudo continuar.
Por último, el magistrado recapituló. Era principio fundamental de la Nueva Ley, recordó al jurado, que ningún hombre pudiera ser considerado responsable de las consecuencias de sus actos. El jurado debía renunciar a toda consideración sobre las valiosas propiedades y las muchas vidas valiosas que se habían perdido, así como al hecho de que la causa del Esparcimiento Personal hubiera sufrido un grave revés. Simplemente tenían que decidir si el preso había colocado material inflamable en diversos puntos sensatamente elegidos de la Institución y le había prendido fuego. En caso afirmativo, como todo parecía apuntar según las pruebas presentadas, habría quebrantado el Reglamento de la Institución y, en consecuencia, quedaría sujeto a las penas correspondientes.
Así las cosas, el jurado se pronunció por un veredicto de culpabilidad junto con la recomendación de clemencia para los diversos allegados que, en el transcurso de la vista, habían sido arrestados por desacato. El magistrado reprendió al jurado su presunción y su impertinencia en el asunto de los arrestados por desacato y condenó a Miles a residir indefinidamente, a discreción del Estado, en el castillo de Mountjoy (residencia ancestral de un héroe mutilado de la Segunda Guerra Mundial, que había sido enviado a un Hogar para Inválidos cuando el edificio fue reconvertido en mazmorra).
La discreción del Estado resultó ser harto caprichosa. Durante casi dos años, Miles gozó de sus favores particulares. Cada nuevo aparato de rehabilitación se le aplicaba a él, y cabe decir, según se proclamó después, que con éxito. Luego, sin previo aviso, mientras dormitaba al pie de una morera, llegó el golpe inesperado. El ayudante del Jefe Guía y el ayudante del ayudante habían ido a comunicarle, a bocajarro y con absoluta brutalidad, que estaba rehabilitado.
Era su última noche en Mountjoy y Miles sabía que al día siguiente tendría que enfrentarse a un mundo desapacible; a pesar de ello durmió bien y despertó tranquilamente, por última vez, con el familiar aroma del té chino sobre su mesita de noche, la fina tostada con mantequilla, las cortinas corridas sobre la galería de los equipajes, el soleado traspatio y el reloj de la caballeriza apenas visible tras el haya roja.
Desayunó tarde y a solas. Los demás habían acudido a la primera sesión de canciones comunitarias del día. Al cabo de un rato lo llamaron para que fuese a la Oficina de Orientación.
En su primer día en Mountjoy, Miles, junto al resto de participantes, escuchó al Jefe Guía hablar sobre los Fines y Logros de la Nueva Criminología; desde entonces apenas si habían coincidido. El Jefe Guía estaba casi siempre fuera impartiendo conferencias criminológicas.
La Oficina de Orientación era el antiguo aposento del ama de llaves, desprovisto ahora de sus lujosas y patrióticas fotografías, y tristemente adornado con un equipo funcionarial clase A.
Había mucha gente dentro.
—Les presento a Miles Plastic —dijo el Jefe Guía—. Siéntate, Miles. Podrás comprobar, por el número de visitantes, que ésta es una ocasión muy especial.
Miles tomó asiento y, en ese instante, se fijó en los ancianos que se sentaban al lado del Jefe Guía y cuyas caras le sonaba haber visto en la televisión: eran destacados colegas del Gobierno de Coalición. Llevaban camisas de franela abiertas, chaquetas con numerosos bolígrafos y lápices sobresaliendo del bolsillo de la pechera, y pantalones holgados. Era la indumentaria de los políticos muy importantes.
—El ministro de Bienestar y el ministro de Descanso y Cultura —continuó el Jefe Guía—. Las estrellas a las que hemos enganchado nuestro carro. ¿La prensa tiene el comunicado?
—Sí, Jefe.
—¿Están todos los fotógrafos listos?
—Sí, Jefe.
—Entonces ya puedo proceder.
Procedió como había hecho en tantísimos congresos, en tantísimos balnearios y ciudades con universidad. Concluyó como hacía siempre.
—En la Nueva Gran Bretaña que estamos construyendo, no hay criminales. Solamente hay víctimas de servicios sociales inadecuados.
El ministro de Bienestar, que no había alcanzado su cartera actual sin ayuda de un acentuado sentido de la discrepancia, observó:
—Pero tengo entendido que Plastic procede de uno de nuestros Orfanatos…
—Plastic está considerado un Caso Especial —aclaró el Jefe Guía.
El ministro de Descanso y Cultura, que en los viejos tiempos había cumplido también condena, dijo:
—Bueno, Plastic, muchacho, por lo que oigo aquí parece que ha sido usted extremadamente listo.
—En efecto —dijo el Jefe Guía—. Miles es nuestro primer éxito: la justificación del Método.
—De todas las prisiones nuevas creadas en la primera y gloriosa oleada de la Reforma, Mountjoy es la única que ha producido un ejemplo completo de rehabilitación —dijo el ministro de Bienestar—. No sé si saben que el Método ha recibido numerosas críticas tanto dentro como fuera del Parlamento. Hay muchos jóvenes exaltados que se sirven como inspiración de nuestro Gran Vecino Oriental. Ya les puede uno citar a las autoridades hasta ponerse morado, que ellos siempre insisten en los últimos artilugios de pena capital y corporal, en cuerdas de presos y celdas de castigo, pan y agua, azote de nueve nudos, soga y paredón, y toda clase de tonterías de nuevo cuño. Piensan que somos unos carcas. Gracias a Dios que todavía contamos con el sentido común del pueblo que nos apoya, pero ahora estamos a la defensiva. Tenemos que mostrar resultados. Ése es el motivo de nuestra presencia hoy aquí: mostrarles resultados. Usted, Plastic, es nuestro Resultado.
Eran palabras muy solemnes y, hasta cierto punto, Miles estuvo a la altura. Se lo quedó mirando fijamente con una expresión que podía parecer de temor reverencial.
—A partir de ahora, muchacho, ándese con pies de plomo —dijo el ministro de Descanso y Cultura.
—Fotografías —dijo el ministro de Bienestar—. Sí, estrécheme la mano. Mire a las cámaras. Intente sonreír.
Hubo múltiples flashes en la sombría habitación.
—Que el Estado le guarde —dijo el ministro de Bienestar.
—Choque esos cinco, muchacho —dijo el ministro de Descanso y Cultura, dándole también la mano a Miles—. Y mucho ojo con hacer cosas raras.
Después, los políticos se marcharon.
—El Subjefe se ocupará de todos los detalles prácticos —dijo el Jefe Guía, cansado—. Ve a verle ya.
Miles obedeció.
—Bueno, Miles, a partir de ahora debo llamarte señor Plastic —dijo el Subjefe—. En menos que canta un gallo vas a ser un Ciudadano. Este montoncito de papeles eres Tú. Una vez los haya sellado, se acabará el Problemático Miles y empezará el Ciudadano señor Plastic. Te mandamos a Ciudad Satélite, que es el Centro de Población más cercano, donde quedarás asignado como subfuncionario al ministerio de Bienestar. En virtud del adiestramiento especial recibido no se te va a clasificar como Trabajador. Por descontado que las recompensas materiales inmediatas no son tan grandes. Pero, eso sí, tienes un pie metido en el Funcionariado. Te hemos puesto en el nivel inferior del escalafón no competitivo.
El Subjefe Guía cogió el sello de goma y procedió a obrar la metamorfosis. Flip-pum, flip-pum, los documentos fueron entintados uno a uno.
—Listo, señor Plastic —dijo finalmente entregándole a Miles, por decirlo así, la criatura.
Miles abrió la boca, por fin:
—Para volver aquí, ¿qué debo hacer?
—Vamos, vamos, recuerde usted que ya está rehabilitado. Ahora le toca devolver al Estado parte del servicio que el Estado le ha prestado a usted. Debe presentarse esta mañana en el Área Progresiva. Se le procurará un medio de transporte. Que el Estado le acompañe, señor Plastic. Tenga cuidado, eso que se le ha caído es el Certificado de Personalidad Humana, un documento de importancia vital.
II
Ciudad Satélite, una de las cien ciudades con tan rimbombante nombre, no había cumplido aún diez años, pero la Cúpula de Seguridad mostraba ya señales de deterioro. Así se llamaba el gran edificio municipal en torno al cual se había diseñado la ciudad propiamente dicha. En la maqueta del arquitecto la cúpula era bonita; pequeña, desde luego, pero compensando ampliamente en circunferencia lo que le faltaba en altura, una osada muestra de algún nuevo truco de construcción. Pero, con el edificio ya terminado, y para sorpresa general, si uno miraba desde abajo, la cúpula desaparecía sin más, oculta para siempre entre los tejados y los prominentes hombros de las alas auxiliares, y ya nadie volvió a verla desde el exterior salvo aviadores y limpiachimeneas. Sólo quedó el nombre. El día de la inauguración, en medio de los políticos y los Coros Populares, aquel enorme grano de materiales de construcción resplandecía como una fábrica con todo su brillo de cristal y hormigón reciente. A posteriori, durante uno de los frecuentes fines de semana de pánico internacional, había sido camuflado y sus ventanas, ennegrecidas. Los pocos limpiadores especializados solían estar en huelga. Y así estaba aún la Cúpula de Seguridad: cochambrosa y sucia, único edificio indeleble de Ciudad Satélite. No había pisos para obreros, no había extrarradio ajardinado para funcionarios, no había parques infantiles todavía. Todo eso estaba en los tableros de dibujo del gabinete topográfico, con los bordes destrozados y marcas de tazas de té encima; su diseñador había sido incinerado tiempo atrás y sus cenizas se habían esparcido entre las acederas y las ortigas. Así, la Cúpula de Seguridad comprendía, incluso en mayor medida de lo planeado, todas las aspiraciones y servicios de la ciudad.
Los funcionarios subsistían en una penumbra permanente. Grandes placas de vidrio, pensadas para «atrapar» el sol, dejaban entrar algún que otro haz a través de rasguños en el revestimiento de alquitrán. De noche, cuando encendían la luz eléctrica, había aquí y allá un débil resplandor. Y cuando, como sucedía a menudo, la central eléctrica agotaba su potencia disponible, los funcionarios paraban de trabajar temprano y volvían a tientas a sus oscuras cabañas, dentro de cuyos inútiles frigoríficos se pudrían calladamente sus minúsculas raciones. En días laborables los funcionarios de ambos sexos tenían que subir y bajar, en callada, desarrapada y gris procesión, y dando vueltas y más vueltas sobre una alfombra de colillas, por lo que antaño fueran huecos de ascensor.
Entre estos peregrinos del crepúsculo, deambulaba el exiliado Miles Plastic las semanas que siguieron a su marcha de Mountjoy.
Lo habían asignado a un departamento clave.
Eutanasia no formaba parte del Servicio de Salud de 1945: fue una medida de los tories para conseguir el voto de ancianos y enfermos terminales. Gracias a la coalición Bevan-Eden, el servicio se puso en funcionamiento y, en cuestión de semanas, se hizo tremendamente popular. El sindicato de Maestros estaba presionando para su aplicación en niños díscolos. Llegaba tal cantidad de extranjeros con la idea de hacer uso del servicio, que ahora las autoridades de inmigración prohibían la entrada al país de todo aquel que no tuviera billete de vuelta.
Miles reconoció la importancia de su nombramiento incluso antes de empezar a trabajar. La primera noche en la pensión sus colegas subfuncionarios lo atosigaron a preguntas.
—¿Eutanasia? Vaya, has tenido suerte. Se suda la gota gorda, claro, pero si hay algún departamento que esté en auge, es ése.
—Te ascenderán antes de que le hayas cogido el tranquillo.
—¡Santo Estado! Debes de tener influencias o algo. Sólo a los muy espabilados los mandan a Eutanasia.
—Yo llevo cinco años en Anticoncepción, y es un callejón sin salida.
—Dicen que en cosa de un par de años Eutanasia absorberá Pensiones.
—Seguro que eres Huérfano.
—Pues sí, lo soy.
—Eso lo explica todo. Los Huérfanos siempre se llevan los chollos. Yo tuve una Vida Familiar Completa, que el Estado me asista.
Era gratificante, cómo no, este respeto y esta envidia. Tener excelentes perspectivas estaba bien, pero por el momento las obligaciones de Miles eran más que modestas.
Había en plantilla otra media docena de subfuncionarios jóvenes. El Director era un hombre de edad llamado doctor Beamish, una persona cuyo carácter se había formado en los agitados años treinta y que ahora, como muchos de sus coetáneos, se había vuelto un amargado al ver colmadas sus tempranas esperanzas. En su ardiente juventud había firmado manifiestos, levantado el puño en Barcelona y pintado cuadros abstractos para la revista Horizon; había estado junto a Spender en grandes manifestaciones de jóvenes y escrito «propaganda» para el último virrey de la India. Ahora le llegaba su recompensa. Tenía el cargo más envidiado de Ciudad Satélite e, ironías de la vida, le estaba sacando el peor partido posible. El doctor Beamish disfrutaba de lo lindo suavizando todo tipo de problemas oficiales.
Se decía que Ciudad Satélite era el Centro de Eutanasia peor administrado del país. Los pacientes del doctor Beamish tenían que esperar tanto, que a menudo fallecían de muerte natural antes de que él juzgara oportuno envenenarlos.
Su pequeña plantilla sentía respeto por él. Pertenecían todos a la clase funcionarial, pues ahorrar hasta extremos insospechados formaba parte del juego a que el doctor Beamish jugaba con las altas instancias. Según sostenía, el departamento, en sus actuales circunstancias, no podía permitirse el lujo de tener trabajadores. Incluso el encargado de la caldera y la chica que enviaba dientes falsos no solicitados al Centro de Redistribución Dental eran subfuncionarios.
Los subfuncionarios abundaban y eran baratos. Cada año las Universidades producían millares de ellos. En efecto, desde la ley de Incitación a la Industria de 1955, que eximía de impuestos a los trabajadores —esa importante y muy popular medida reformista que había ayudado a consolidar el ahora indestructible Gobierno de Coalición—, se había producido un nefasto trasvase unilateral de funcionarios (cuya preparación le suponía al Estado mucho dinero) a las filas de la clase trabajadora.
Las obligaciones de Miles no requerían una habilidad especial. Cada día a las diez el servicio abría sus puertas a ciudadanos hartos de bienestar. Miles era el encargado de abrirles, frenar la avalancha y dejar entrar a la primera media docena; después cerraba la puerta en las narices de la multitud hasta que un Funcionario de Alto Rango daba la señal para que entrara la siguiente remesa.
Una vez dentro, quedaban, por unos momentos, bajo la tutela de Miles Plastic. Él los ponía por orden, controlaba que nadie se colara y ajustaba el televisor para tenerlos entretenidos. Un Funcionario de Alto Rango los entrevistaba, verificaba sus documentos y ordenaba la confiscación de sus bienes. Miles nunca cruzaba la puerta por la que, al final, iban pasando de uno en uno. A veces le llegaba un tufillo de cianuro que le daba una pista de los misterios que se desarrollaban al otro lado. Mientras tanto barría la sala de espera, vaciaba la papelera y hacía té: un trabajo muy sencillo que no estaba a la altura del sofisticado aprendizaje recibido en Mountjoy.
En la pensión las mismas reproducciones de Léger y Picasso que lo habían perseguido durante su niñez seguían mirándole desde las paredes. En el cine, al que podía permitirse el lujo de ir, como mucho, una vez por semana, echaban las mismas películas que había visto gratis en el Orfanato. Era un hijo del Bienestar, educado estrictamente para una vida de tedio, pero él había conocido cosas mejores. Había conocido la serena melancolía de los jardines de Mountjoy; había conocido el éxtasis cuando la Academia de la Fuerza Aérea se elevó hacia las estrellas en un tornado de llamas. Y, mientras caminaba a paso lento entre la Cúpula y la pensión, resonaban en sus oídos las palabras del veterano recluso: «Tú no has dado suficientes problemas».
Y entonces, un día, en el lugar más imprevisible, su propio aburrido departamento, surgió una brizna de esperanza.
Miles recordaría después cada detalle de lo ocurrido aquella mañana. Todo había empezado con normalidad, mejor dicho, algo por debajo de la normalidad, pues el servicio abría tras una semana de inactividad forzosa. Se había producido una huelga de mineros y Eutanasia había quedado paralizada. Una vez firmadas las necesarias capitulaciones, los hornos volvían a funcionar y la cola de pacientes daba media vuelta a la Cúpula. El doctor Beamish observó por el periscopio a la multitud que aguardaba y dijo con un tono satisfecho:
—Ahora nos va a costar mucho reducir la lista de espera. Tendremos que empezar a cobrar por el servicio. Es la única manera de que no aumente la demanda.
—Pero el Ministerio no va a acceder a eso, ¿verdad, señor?
—Malditos sentimentales. Mis padres se ahorcaron en el patio de su casa con su propia cuerda de tender. Ahora, en cambio, nadie levanta un dedo para hacerse un favor a sí mismo. Algo falla en el sistema, Plastic. Sigue habiendo ríos en los que ahogarse, trenes (bueno, de vez en cuando) bajo los que poner la cabeza, cocinas de gas en algunas cabañas. El país está lleno de recursos naturales para la muerte, pero todo el mundo acude a nosotros…
No solía hablar con tanta franqueza delante de sus subordinados. Había gastado más de la cuenta durante la semana de vacaciones, había bebido demasiado en su pensión con otros colegas en paro. Después de una huelga, los funcionarios de más antigüedad siempre se reincorporaban al trabajo con la moral por los suelos.
—¿Dejo entrar a la primera tanda, señor?
—Todavía no —dijo el doctor Beamish—. Tenemos que atender primero un caso prioritario: nos lo envían de Drama con un resguardo rosa. La mujer está en la sala de espera privada. Vaya a buscarla.
Miles entró en la sala reservada para pacientes importantes. Toda una pared era de cristal. Pegada al mismo, de espaldas a él, había una chica que estaba mirando la cola que se formaba abajo. Miles se quedó allí plantado, con la luz en los ojos, consciente apenas de una sombra que se movió al sonido del pestillo y que luego se volvió —sombra todavía, pero de exquisita gracia—, para mirarle. Él permaneció en la puerta, momentáneamente mudo ante aquella ciega mirada de la belleza. Luego dijo:
—Estamos listos para que pase, señorita.
La chica se acercó. Los ojos de Miles fueron ajustándose a la luz. La sombra se concretó. La visión completa mostró todo lo que esa primera mirada había dado a entender; no, mostró aún más, pues el menor movimiento revelaba perfección. Solamente una cosa rompía el canon de la belleza pura: una larga y sedosa barba, rubia como el maíz.
Ella, con una voz honda y dulce, en absoluto acorde con la monotonía convencional de la edad avanzada, dijo:
—Quiero dejar bien claro que no deseo que se me haga nada. Consentí en venir aquí porque el director de Drama y el director de Salud se pusieron tan patéticos que me pareció que era lo menos que podía hacer. Les dije que estaba dispuesta a informarme sobre este servicio, pero repito que no quiero que me hagan nada.
—Será mejor que lo explique dentro —dijo Miles.
La condujo al despacho del doctor Beamish.
—¡Por todos los Estados! —exclamó el doctor, fijándose solamente en la barba.
—Sí —dijo ella—. Causa impacto, ¿verdad? Con el tiempo me he acostumbrado, pero comprendo cómo se siente la gente cuando me ve por primera vez.
—¿Es auténtica?
—Tire usted.
—Es recia, sí. ¿Y no pueden hacer nada?
—Han probado todo lo imaginable.
El doctor Beamish estaba tan sumamente interesado que se olvidó de la presencia de Miles.
—La operación de Klugmann, supongo —dijo.
—Así es.
—Ocurre de vez en cuando. En Cambridge tuvieron dos o tres casos.
—Yo no quería operarme. Nunca quiero que me hagan nada. Fue el director del Ballet, que quiere que todas las chicas sean esterilizadas. Parece ser que una vez has parido ya no puedes bailar bien. Y yo quería bailar bien. Pero ya ve usted las consecuencias.
—Sí —dijo el doctor Beamish—. Son muy chapuceros. A esas chicas de Cambridge también tuvieron que sacrificarlas. No había cura posible. Bien, señorita, la atenderemos con gusto. ¿Tiene alguna disposición que formular o me pongo directamente en faena?
—Si es que yo no quiero que me sacrifiquen. Ya se lo he dicho a su ayudante. Consentí en venir aquí, nada más, porque el director de Drama insistió mucho, y es un encanto de persona. Pero no tengo la menor intención de permitir que usted me mate.
Mientras ella hablaba, la simpatía del doctor Beamish se esfumó. Ahora la miraba con odio, en silencio. Finalmente cogió el formulario rosa y dijo:
—¿O sea que esto ya no vale?
—No.
—Entonces, por el amor del Estado —dijo él, casi furioso—, ¿para qué me hace perder el tiempo? Tengo más de cien casos urgentes esperando ahí fuera y usted viene aquí a decirme que el director de Drama es un encanto de persona. Yo le conozco. Vivimos pared por pared en el mismo asco de hotel. Es un pelmazo de tomo y lomo. Pienso escribir un informe al ministerio sobre esta tomadura de pelo, y ya verá como él y el chiflado que cree que puede hacer una Klugmann vienen a suplicarme que los extermine. Y entonces yo los pondré al final de la cola. Plastic, llévesela de aquí y haga pasar a alguien que esté bien de la cabeza.
Miles la condujo a la sala de espera pública.
—Qué desgraciado —dijo la chica—. Qué ser tan odioso. Nunca en la vida me habían hablado así, ni siquiera en la academia de ballet. Y eso que de entrada parecía amable…
—Es muy sensible en lo profesional —dijo Miles—. Lógicamente le duele perder a una paciente tan atractiva.
Ella sonrió. La barba no era tan espesa como para oscurecer del todo el delicado óvalo que formaban las mejillas y el mentón. Era como si le estuviera observando desde detrás de una pila de cebada madura.
Su sonrisa empezaba en los grandes ojos grises. Sus labios, bajo el dorado mostacho, estaban sin pintar y eran táctiles. Una línea de vello pálido brotaba debajo de ellos y bajaba por el centro de la barbilla, extendiéndose y espesándose y cobrando color hasta encontrarse con las exuberantes patillas, pero dejando a cada lado, claras y tiernas, dos zonas simétricas, tan desnudas como provocativas. Así tal vez habría sonreído algún despreocupado diácono en las columnatas de una escuela de Alejandría en el siglo y, dejando mudos a los herejes.
—Yo opino que su barba es hermosa.
—¿De veras? A mí también me gusta, la verdad, no puedo evitarlo. Me gusto toda yo, ¿a usted le pasa?
—Sí. Y que lo diga.
—Eso no es normal.
La conversación se vio interrumpida por un alboroto en la puerta exterior. Como gaviotas alrededor de un faro, las impacientes víctimas mantenían un frenético aleteo y palmeteo contra los paneles.
—Estamos a punto, señor Plastic —dijo un funcionario de nivel superior—. ¿Qué pasa esta mañana?
¿Qué pasaba? Miles no pudo contestar. Turbulentas aves marinas parecían estar lanzándose contra el faro interior de su corazón.
—No se vaya, por favor —le dijo a la chica—. Enseguida vuelvo.
—Oh, si tampoco tengo cómo volver. En mi departamento ya me estarán dando por muerta.
Miles abrió la puerta y dejó entrar a media docena de indignados candidatos. Los acompañó a sus sillas, al registro. Después volvió adonde la chica, que se había apartado un poco del gentío y ahora llevaba puesto un pañuelo en la cabeza, al estilo campesina, para esconder la barba.
—Todavía no me gusta que me miren —dijo.
—Nuestros pacientes tienen otras cosas en la cabeza como para fijarse en nadie —dijo Miles—. Además, si hubiera seguido con el ballet, habría tenido que aguantar que la miraran mucho.
Miles ajustó la televisión, pero en la sala de estar pocas cabezas se volvieron hacia el aparato; todos estaban pendientes de la mesa del secretario de admisiones y la puerta que había al fondo.
—Fíjese, toda esta pobre gente que viene aquí… —dijo la chica barbuda.
—Les damos el mejor servicio que podemos —dijo Miles.
—Sí, desde luego, me consta. No piense que estaba buscando defectos. Simplemente me refería a que es curioso que deseen morir.
—Hay uno o dos que tienen buenos motivos.
—Imagino que en mi caso diría usted lo mismo. Desde la operación, todo el mundo ha intentado convencerme. Lo peor fueron los funcionarios médicos; temen meterse en líos por no haber sabido hacerlo bien. Claro que los del ballet no se privaron de nada. Les interesa tanto el Arte que te dicen: «Eras la mejor de tu promoción. No podrás volver a bailar. ¿Qué sentido tiene seguir viviendo?». Lo que intento explicar es que precisamente porque era buena bailarina sé que la vida merece la pena vivirla. Eso es lo que significa para mí el Arte. ¿Le parece una estupidez?
—Me parece poco ortodoxo…
—Oh, pero es que usted no es artista.
—Eh, que yo también he bailado. Dos días a la semana durante todo el tiempo que pasé en el Orfanato.
—¿Danza terapéutica?
—Así lo llamaban, sí.
—Ah, pero el Arte es otra cosa, ¿comprende?
—No. ¿Por qué?
—Oh —exclamó ella cariñosamente, con un repentino deje de intimidad—. Oh, cuántas cosas ignora usted.
La bailarina se llamaba Clara.
III
En esa época el noviazgo era gratuito y sin complicaciones, pero Clara no se había enamorado nunca hasta entonces. Los fatigosos ejercicios de adiestramiento, la austeridad propia del corps-de-ballet y la absoluta dedicación a la danza habían mantenido su cuerpo y su alma libres de peso.
Para Miles, hijo del Estado, el Sexo había sido materia obligada de estudio a lo largo de toda su educación; primero en diagramas, luego en demostraciones prácticas, después en su aplicación, Miles había dominado todos los trucos del acto de procrear. La palabra «amor» sólo la empleaban los políticos, y eso en momentos de necedad absoluta. Lo que le habían enseñado no le servía para esta nueva experiencia.
Por matar el gusanillo, Clara se pasaba el día remendando zapatillas de ballet y ayudando a novatas en los ejercicios de barra. Tenía un cubículo en un refugio prefabricado y era allí donde ella y Miles pasaban muchas tardes. El sitio no se parecía a ningún otro alojamiento de Ciudad Satélite.
Había en las paredes dos pequeños cuadros, diferentes de todo cuanto Miles había visto hasta entonces y extraños al tipo de pintura sancionada por el ministerio de Arte. Uno de ellos representaba a una diosa de la antigüedad, desnuda y sonrosada, acariciando a un pavo real sobre un parterre; el otro, un lago bordeado de árboles y un grupo ataviado con vaporosas prendas de seda zarpando en yate bajo un arco partido. Los marcos estaban muy deteriorados, pero en lo que quedaba de ellos se apreciaban complicadas florituras.
—Son franceses —dijo Clara—. Tienen más de doscientos años. Los heredé de mi madre.
Todas sus posesiones eran herencia materna. Había casi suficiente como para amueblar el cuartito, desde un espejo enmarcado con flores de porcelana hasta un reloj de pared defectuoso. Clara y Miles bebían el triste café de mezcla oficial en tazas brillantes con el asa remachada.
—Me recuerda a la cárcel —dijo Miles la primera vez que entró allí.
Era el mayor elogio que conocía.
En medio de aquellas delicadas chucherías, la primera noche los labios de Miles buscaron los espacios gemelos desprovistos de pelo en el mentón de Clara.
—Sabía que era una equivocación permitir que ese odioso doctor me envenenara —dijo ella con suficiencia.
El verano se impuso. Otra luna creció sobre aquellos insólitos amantes. Una vez buscaron frescor e intimidad entre la pequeña jungla de perifollo y adelfilla que crecía en los solares abandonados. El resplandor de medianoche dio a la barba de Clara un tono plateado patriarcal.
—Una noche como ésta —dijo Miles, supino, contemplando la faz de la luna—, una noche como ésta prendí fuego a un puesto de la Fuerza Aérea y a la mitad de sus ocupantes.
Clara se incorporó y empezó a alisarse perezosamente las patillas; después, con más brío, tiró de la peineta que llevaba en lo más intricado de su cabeza, se la bajó a la frente y se ajustó las prendas que habían quedado mal puestas entre los abrazos. Estaba llena de femenina satisfacción y lista para volver a casa. Miles, sin embargo, en pleno y viril post coitum tristis, no podía quitarse de encima una gran sensación de pérdida. Ninguna demostración, ningún ejercicio lo había preparado para aquella extraña y nueva experiencia de la repentina soledad que sigue al amor correspondido.
De regreso charlaron de manera informal, un tanto crispados.
—Ya nunca vas al ballet.
—No.
—¿No te dan localidades?
—Supongo que me las darían.
—Entonces ¿por qué no vas?
—No creo que me gustara mucho. Los veo ensayar a menudo, y no me gusta.
—Pero antes era tu pasión.
—Tengo otros intereses.
—¿Yo, por ejemplo?
—Naturalmente.
—¿Me quieres más que al ballet?
—Soy muy feliz.
—¿Más que si estuvieras bailando?
—Cómo lo voy a saber. Tú eres todo lo que tengo.
—Pero ¿si pudieras cambiar?
—No puedo.
—He dicho «si».
—No hay «si» que valga.
—Maldita sea.
—Tranquilízate, cariño. Es la luna, nada más.
Y se separaron en silencio.
Llegó noviembre, época de huelgas; para Miles, tiempo de ocio no buscado ni valorado; períodos de soledad cuando la academia de ballet reanudó sus clases y la casa de la muerte estaba fría y desierta.
Clara empezó a decir que se encontraba mal. Cada vez estaba más corpulenta.
—Es de satisfacción —dijo al principio, pero el cambio la tenía preocupada—. ¿Puede ser la maldita operación? —preguntó—. Alguien me dijo que a una de las chicas de Cambridge la eliminaron porque cada vez estaba más gorda.
—Pesaba 120 kilos —le dijo Miles—. Se lo oí mencionar al doctor Beamish. Pone muchos reparos de tipo profesional a la operación Klugmann.
—Iré a ver al director de Medicina. Ahora hay uno nuevo.
Cuando ella volvió de la consulta, Miles, todavía mano sobre mano a causa de las huelgas, la estaba esperando entre sus cuadros y su porcelana. Clara se sentó junto a él en la cama.
—Bebamos algo —dijo.
Habían empezado a tomar vino juntos, pero sólo lo hacían de vez en cuando debido al gasto. El Estado elegía y ponía nombre a la cosecha. El de aquel mes se llamaba «Oporto Progreso». Clara lo tenía en un botellón rojo de cristal tallado de Bohemia. Los vasos eran modernos, irrompibles y feos.
—¿Qué te ha dicho el médico?
—Ha sido muy amable.
—¿Y…?
—Es mucho más inteligente que el de antes.
—¿Ha dicho que tenía algo que ver con la operación?
—Oh, sí, sí. Absolutamente.
—¿Podrá arreglarlo?
—Dice que le parece que sí.
—Estupendo.
Bebieron.
—Ese primer médico te hizo una chapuza, ¿eh?
—Chapuza y media. El nuevo me ha dicho que soy un caso único. Verás, es que estoy embarazada.
—¡Clara!
—Qué sorpresa, ¿eh?
—Vaya, esto hay que meditarlo —dijo Miles.
Meditó.
Escanció más oporto.
Dijo:
—Qué pena que el pobrecillo no sea Huérfano. No va a tener muchas oportunidades. Si sale niño, habría que registrarlo como trabajador. Claro que podría ser niña. Entonces —alegremente—, podríamos hacerla bailarina
—Olvídate de eso —dijo Clara, rompiendo súbitamente a llorar—. No quiero que me hables de baile.
Las lágrimas cayeron profusamente. No era una rabieta, sino un desconsuelo profundo, imparable.
Y al día siguiente desapareció.
IV
Pronto llegaría la Papanoelidad. Las tiendas se llenaron de muñecas de mala factura. En los colegios los niños cantaron cancioncitas de paz y buena voluntad. Los huelguistas volvieron al trabajo para poder optar a la segunda paga extra; las coníferas se adornaron con bombillas eléctricas y, en la Cúpula de Seguridad, funcionaron de nuevo las calderas. A Miles lo habían ascendido. Ahora ayudaba al ayudante del secretario a sellar y archivar la documentación de los muertos. Era un trabajo más duro del que estaba acostumbrado a hacer y suspiraba por estar con Clara. Las luces de la Cúpula y las del Árbol de Buena Voluntad que había en el aparcamiento se fueron apagando. Recorrió a pie la docena de bloques cabañales hasta la vivienda de Clara. Varias chicas esperaban a sus consortes o se ponían ya en camino para reunirse con ellos en el Recreatorio, pero la puerta de Clara estaba cerrada con llave. Había una nota allí prendida: Miles, me marcho unos días. C. Molesto y perplejo, Miles regresó a la pensión.
A diferencia de él, Clara tenía tíos y primos repartidos por el país. A raíz de la operación no se había atrevido a visitarlos. Miles supuso que ahora buscaba guarecerse en casa de alguno de ellos. Era su manera de huir, tan impropia de su mesurado temperamento, lo que le atormentaba. Se pasó toda una semana pensando en ello. Los reproches sonaban en su cabeza como un ostinato a todas las actividades de su jornada laboral, y, por la noche, insomne, rememoraba mentalmente cada palabra que se habían dicho y cada momento de intimidad.
Pensar en ella, al término de una semana, se volvió algo espasmódico y constante. Miles no podía soportar el tedio que le causaba y se esforzó por cortarlo como uno intentaría dominar un acceso de hipo, pero con el mismo escaso éxito: la idea de Clara, espasmódica y mecánicamente, volvía a su cabeza. Descubrió que reaparecía cada siete minutos y medio. Se iba a dormir pensando en ella, se despertaba pensando en ella. Pero, entre medio, dormía. Fue a ver al psiquiatra del departamento y éste le dijo que le pesaba la responsabilidad de ser padre. Pero quien lo obsesionaba no era la Clara madre, sino la Clara infiel.
La siguiente semana pensó en ella cada veinte minutos. Una semana más tarde lo hizo de manera muy irregular, aunque con frecuencia, sólo cuando algo exterior a él se la recordaba. Empezó a mirar a otras chicas y decidió que ya estaba curado.
Miraba mucho a otras chicas cuando se cruzaba con ellas en los penumbrosos pasillos de la Cúpula, y ellas le devolvían osadamente la mirada. Un día una lo paró y le dijo: «Yo a ti te he visto con Clara», y a la mera mención de ese nombre todo interés por la otra chica se desvaneció dolorosamente. «Ayer fui a visitarla».
—¿Adónde?
—Pues al hospital. ¿No sabías nada?
—¿Y qué tiene?
—No quiere decirlo, pero tampoco nadie del hospital suelta prenda. Clara es un caso de alto secreto. Para mí que ha sufrido un accidente y algún político debe de estar metido. No sé a qué viene, si no, tanto misterio. Estaba toda vendada y la mar de contenta.
El día siguiente, 25 de diciembre, era Papanoel. En el departamento de Eutanasia no hacían fiesta, siendo un servicio básico. Al salir del trabajo Miles fue andando al hospital, uno más de los edificios sin terminar, todo hormigón, acero y cristal en la fachada y un barullo de cabañas en la parte de atrás. El conserje estaba absorto mirando la televisión, que en ese momento emitía una vieja y extraña obra de teatro popular que generaciones anteriores solían representar el día de Papanoel, y que ahora se reponía por su interés histórico-antropológico.
Al conserje le interesaba desde el punto de vista profesional, pues la obra trataba de servicios de maternidad anteriores al Bienestar. Le dio el número de la habitación de Clara sin levantar la vista del extraño espectáculo de un buey y un asno, un viejo con un farol y una madre joven.
—Aquí la gente se queja por todo —dijo—. Deberían pensar en cómo eran las cosas antes del Progreso.
En los pasillos sonaba música de radio. Miles encontró el pabellón que buscaba. El rótulo decía «Cirugía Experimental. Sólo Funcionarios de Salud». Encontró el cubículo. Encontró a Clara dormida, con la sábana subida hasta los ojos y el cabello desparramado sobre la almohada. Se había traído algunas de sus cosas. Un viejo chal descansaba sobre la mesita de noche. Un abanico estaba apoyado en el televisor. Clara despertó. En sus ojos había una franca bienvenida, y se subió aún más la sábana, hablando a través de la tela.
—No deberías haber venido, cariño. Quería que fuese una sorpresa.
Miles se sentó junto a la cama y lo único que se le ocurrió decir fue:
—¿Cómo estás?
—Estupendamente. Hoy me han quitado el vendaje. Todavía no dejan que me mire a un espejo, pero dicen que la operación ha sido un gran éxito. Es algo muy especial, ¿sabes?, se trata de un paso más en el progreso quirúrgico.
—Pero ¿qué te ha pasado? ¿Tiene algo que ver con el embarazo?
—No, no. Bueno, en parte sí. Eso fue la primera operación. Pero ya ha terminado todo.
—¿Te refieres a nuestro hijo?
—Sí, era necesario. De otro modo no habría podido volver a bailar nunca más. Ya te lo dije. Por eso fue que me sometí a la operación Klugmann, ¿no te acuerdas?
—Pero si habías renunciado a bailar.
—En eso han estado magníficos. Creo que te hablé de aquel nuevo director médico, tan dulce e inteligente, ¿no? Él me lo ha curado.
—La barba que tanto querías.
—Adiós barba. Ha sido una operación que el propio director se inventó. La bautizarán con su nombre, creo, o puede que con el mío. Es tan generoso, el doctor, que quiere que se llame Operación Clara. Me ha arrancado toda la piel y ha aplicado una sustancia nueva, maravillosa, es como un caucho sintético que admite el maquillaje teatral sin ningún problema. El color no ha quedado perfecto, dice, pero en el escenario no se notará. Mira, ya verás, toca.
Se incorporó en la cama, contenta y orgullosa.
De su hermosa cara sólo quedaban los ojos y la frente; más abajo había algo no humano, una máscara prieta y resbaladiza de color salmón.
Miles se quedó boquiabierto. En el televisor colocado junto a la cama acababan de aparecer nuevos personajes: Trabajadores de la Cadena de Alimentación. Al parecer declaraban una huelga salvaje; abandonando allí a sus ovejas, echaban a correr al antojo de una especie de enlace sindical ataviado de manera extravagante. El aparato empezó a emitir una vieja y olvidada cancioncilla tradicional: «Campanas de Belén, que los ángeles tooocan, ¿qué nuevas me traéis?».
A Miles le dieron arcadas. Aquel rostro fantasmal le estaba mirando con afecto y orgullo. Finalmente acudieron a él las palabras oportunas, la trillada y típica frase pronunciada por innumerables labios de generaciones de perplejos y fervientes ingleses:
—Creo que voy a dar una vuelta.
Pero primero sólo fue a la pensión. Una vez allí se tumbó en la cama hasta que la luna asomó por la ventana e iluminó su rostro insomne. Después volvió a bajar y se adentró en la campiña, cada vez más lejos de la Cúpula de Seguridad, sin parar de caminar durante dos horas hasta que la luna empezó a ponerse.
No había seguido un rumbo fijo, pero de pronto vio ante él un letrero que decía: «Mountjoy, 1,2 km». Siguió andando sin otra guía que la luz de las estrellas hasta que llegó a la verja del castillo.
Estaba, como siempre, abierta, símbolo refinado de la Nueva Criminología. Se adentró en el camino particular. La oscura faz del viejo edificio le miró en silencio, sin reproches. Miles supo qué había que hacer. Llevaba en el bolsillo un encendedor que a menudo funcionaba. Esta vez funcionó.
No hubo necesidad de petróleo. La seda vieja y reseca de las cortinas del salón prendió como el papel. Pintura y paneles, yeso, tapicerías y dorados se entregaron al abrazo de las llamas en ascenso. Salió. En la terraza pronto hizo tanto calor que hubo de apartarse un poco más, hasta el templo de mármol que había al final del sendero. Los homicidas saltaban desde las ventanas del primer piso, pero los delincuentes sexuales, atrapados más arriba, chillaban de pánico. Oyó caer las arañas de luz y vio precipitarse desde el tejado una cascada de plomo al rojo. Esto era mucho más excitante que estrangular a unos cuantos pavos reales. Lleno de júbilo, se quedó mirando cómo el espectáculo iba desgranando nuevas maravillas visuales. En el interior se partían las vigas; afuera el estanque siseaba con las teas que iban cayendo; un inmenso techo falso de humo tapaba las estrellas y, bajo el mismo, lenguas de fuego trepaban a las copas de los árboles.
Dos horas más tarde, cuando llegó el primer coche de bomberos, la fuerza de la furiosa tormenta se había ya agotado. Miles abandonó su trono de mármol e inició el largo camino de vuelta. Sin embargo, no estaba cansado en absoluto; caminaba a alegres zancadas mientras su sombra, fruto del incendio menguante, se extendía ante él sobre el pavimento.
Al llegar a la carretera principal un automovilista lo paró.
—¿Qué es eso de allá? —preguntó—. ¿Se quema una casa?
—Se quemaba —dijo Miles—. El fuego está casi extinguido.
—Parece un edificio muy grande. Propiedad gubernamental, me imagino.
—En efecto —dijo Miles.
—Pues si quiere que le lleve, suba.
—Gracias —dijo Miles—. Camino por gusto.
V
Miles pasó dos horas en la cama y se levantó. En la pensión se oía el ajetreo normal de cada mañana. Sonaba la radio; los subfuncionarios tosían sobre sus lavabos; el pestazo de salchichas estatales friéndose en grasa estatal inundaba el cubículo de amianto. Miles se sentía un poco rígido después de la larga caminata y le dolían un poco los pies, pero su mente estaba serena y vacía como el sueño del que acababa de despertar. La política de tierra calcinada había tenido éxito. Había creado en su imaginación un desierto al que quizá podía llamar «paz». En una ocasión había prendido fuego a su infancia. Ahora su breve vida adulta era sólo cenizas; los encantos que vinculaba a Clara se fundían con los esplendores de Mountjoy; su exuberante barba, con las lenguas de fuego que habían expirado entre las estrellas; sus abanicos, cuadros y retazos de puntilla vieja, con las cornisas doradas y las colgaduras de seda, todo negro, frío y empapado. Comió la salchicha con buen apetito y se fue a trabajar.
También en Eutanasia estaba todo tranquilo.
El siniestro de Mountjoy había salido en las noticias de primera hora; su proximidad a Ciudad Satélite le daba una gravedad especial.
—Es muy significativo —dijo el doctor Beamish— que toda mala noticia tenga un efecto inmediato en nuestro servicio. Se nota, por ejemplo, cuando hay una crisis internacional. He llegado a pensar que la gente acude a nosotros sólo cuando no tiene nada de que hablar. ¿Se ha fijado en la cola que tenemos esta mañana?
Miles fue a mirar por el periscopio. Sólo había un hombre esperando fuera, el viejo Parsnip, un poeta de los años treinta que iba cada día a Eutanasia, pero que solía acabar zarandeado hasta el final de la cola. El veterano poeta era un personaje cómico en el departamento. En dos ocasiones, durante el poco tiempo que Miles llevaba trabajando allí, había conseguido que le dejaran pasar, pero en ambas le había entrado miedo una vez dentro y había salido a toda prisa.
—Hoy Parsnip está de suerte —dijo Miles.
—Sí. Se lo merece, pobre hombre. Yo los conocía bien, a él y a su amigo Pimpernell. New Writing, el Club Izquierdista del Libro… Entonces causaban sensación. Pimpernell fue uno de mis primeros pacientes. Haga pasar a Parsnip y acabaremos con él.
De modo que llamaron al viejo poeta, y ese día supo estar a la altura de las circunstancias. Pasó por la cámara de gas con bastante serenidad y fue a reunirse con Pimpernell.
—Creo que por hoy podríamos dejarlo —dijo el doctor Beamish—. En cuanto pase toda esta agitación, que será pronto, volveremos a tener trabajo.
Pero al parecer los políticos no querían que disminuyera la agitación. El incendio de Mountjoy provocó un completo reajuste de la programación televisiva. Aparecieron supervivientes en pantalla, entre ellos Soapy, quien explicó que había logrado huir gracias a su larga experiencia como ladrón escalador de paredes. El señor Sweat, añadió con respeto, había escapado sin dejar rastro. Las ruinas fueron inspeccionadas por el gobierno. Un maníaco sexual con las dos piernas rotas hizo declaraciones desde su cama del hospital. El ministro de Bienestar tenía prevista una aparición especial esa noche a fin de aclarar aspectos del siniestro.
Miles dormitó al lado del televisor de la pensión y, al anochecer, se levantó, todavía libre y calmado, y tan vacío de sentimientos que se encaminó de nuevo al hospital para visitar a Clara.
Ella había dedicado la tarde al espejo. La nueva sustancia de su cara cumplía todas las promesas hechas por el cirujano; aceptaba los cosméticos a la perfección. Clara se había maquillado como si hubiera de exponerse a los focos de un escenario: un fondo uniforme de blanco lechoso en el que destacaban las cumbres carmesíes de los pómulos, unos labios enormes y agresivos del mismo rojo, las cejas alargadas y vueltas hacia arriba como una gata, los ojos sombreados de azul ultramar y con puntitos carmesíes junto al rabillo.
—Eres el primero que me ve así —dijo—. Tenía miedo de que no vinieras. Ayer te marchaste enfadado.
—Quería ver la televisión —dijo Miles—. En la pensión hay demasiada gente.
—Hoy es una lata. Sólo dan lo del incendio de ese castillo.
—Es donde estuve yo preso, ¿no te acuerdas? Te he hablado de ello bastantes veces.
—¿De veras? —dijo Clara—. Quizá sí. Tengo muy mala memoria para las cosas que no me tocan de cerca. Oye, ¿en serio quieres oír al Ministro? Sería más entretenido si charláramos…
—Es por él que he venido.
Al poco rato apareció el Ministro, con la camisa abierta, como siempre, pero sin la sonrisa habitual; parecía a punto de echarse a llorar. Su alocución duró veinte minutos. «… El gran experimento debe continuar… Los mártires de la inadaptación no habrán muerto en vano… Un nuevo y más grande Mountjoy nacerá de las cenizas el antiguo…» Al final brotaron lágrimas —eran de verdad, porque en la mano tenía una invisible cebolla pelada— y resbalaron por sus mejillas. Eso puso punto final al discurso.
—Sólo he venido para eso —dijo Miles, y dejó a Clara atareada con su manteca de coco y su toalla de mano.
Al día siguiente todos los órganos de información general seguían aireando el asunto de Mountjoy. Dos o tres pacientes, hartos ya del mismo entretenimiento, se presentaron para ser exterminados y fueron despachados con presteza y sana alegría. Más tarde llegó un mensaje del Director Regional, funcionario en jefe de Ciudad Satélite, requiriendo la inmediata presencia de Miles en su oficina.
—Tengo una orden de traslado para usted, señor Plastic. Queda a las órdenes de los ministros de Bienestar y de Descanso y Cultura. Se le entregará sombrero, paraguas y maletín de primera calidad para el viaje. Enhorabuena.
Equipado con esos símbolos de tan súbito y vertiginoso ascenso, Miles viajó a la capital dejando atrás un enjambre de subfuncionarios muertos de envidia.
En la estación de término fue recibido por un funcionario y, juntos, en coche oficial, se dirigieron a Whitehall.
—Permita que le lleve el maletín, señor Plastic.
—Dentro no hay nada.
El hombre que lo acompañaba rió servilmente el atrevido chiste de Miles.
Los ascensores del ministerio sí funcionaban. Fue una nueva e inquietante experiencia penetrar en la reducida jaula y subir hasta lo alto del gran edificio.
—¿Siempre trabajan aquí?
—Bueno, siempre no, pero muy a menudo.
Miles se dio cuenta de que estaba en el verdadero centro de decisiones.
—Espere aquí. Le llamaré cuando los ministros estén a punto.
Miles contempló el lento tráfico rodado desde la ventana de la sala de espera. Allá abajo había un extraño obstáculo de piedra que no parecía cumplir ninguna función. Un anciano, al pasar por delante, se quitó el sombrero como si saludara a un conocido. A Miles le pareció muy raro. Entonces le avisaron de que ya podía pasar.
En la oficina, aparte de una joven de aspecto patibulario, no había más que los dos políticos. El ministro de Descanso y Cultura dijo:
—Póngase cómodo, muchacho. —Le indicó una butaca grande de cuero sintético.
—Lástima que esta vez el motivo no sea tan feliz como en nuestra anterior entrevista —intervino el ministro de Bienestar.
—Pues no sé qué decirle —contestó Miles, que estaba disfrutando con todo esto.
—La tragedia de Mountjoy ha sido una terrible pérdida para la causa de la criminología.
—Pero la obra de la Rehabilitación seguirá adelante —dijo la patibularia.
—Mountjoy renacerá, mejorado, de sus cenizas —dijo el ministro.
—Esas nobles vidas criminales no se han perdido en vano.
—Su memoria nos inspirará a todos.
—Sí —dijo Miles—. Ya oí el discurso.
—En efecto —dijo el ministro—. Por eso precisamente. Entonces es posible que entienda usted hasta qué punto ha cambiado su posición en virtud de lo ocurrido. De ser, como nosotros esperábamos, el primero de una serie continuada de éxitos, pasa a ser el único. No sería exagerado decir que en sus manos está todo el futuro de la criminología. La destrucción del castillo de Mountjoy no fue, en sí misma, más que un contratiempo. Una verdadera pena, por supuesto, pero es algo que forma parte de las dificultades iniciales de todo gran movimiento. Hay, sin embargo, un aspecto menos halagüeño. Si mal no recuerdo, le dije que nuestro gran experimento había salido adelante pese a una considerable oposición. Ahora (y esto es confidencial) esa oposición ha ganado voz y ha perdido escrúpulos. De hecho, hay una campaña de rumores de que el incendio no fue fortuito, sino obra de uno de esos mismos hombres a los que pretendíamos rehabilitar. Bien, debemos poner fin a esa campaña.
—No acabarán con nosotros tan rápido como se piensan —dijo el ministro de Descanso y Cultura—. Viejos, pero no tontos.
—Exacto. Contrapropaganda. Usted, muchacho, es nuestra mejor pieza de exposición: la prueba irrefutable del triunfo de nuestro sistema. Le vamos a mandar por todo el país dando conferencias. Mis colegas le han preparado ya un discurso. Irá acompañado de la señorita Flower, aquí presente, que se encargará de mostrar y explicar la maqueta del nuevo Mountjoy. Tal vez le gustará verla. Señorita Flower, por favor, la maqueta.
Durante toda la conversación, a Miles no le había pasado por alto un objeto voluminoso, cubierto por una sábana, que había sobre una mesa junto a la ventana. La señorita Flower se acercó para descubrirlo. Miles quedó sobrecogido.
El objeto en cuestión era una caja de embalar normal y corriente, puesta de pie.
—Las prisas —se disculpó el ministro de Bienestar—. Para la gira contará usted con una maqueta más elaborada.
Miles no dejaba de contemplar la caja.
Era perfecta. Ajustaba con precisión en el vacío que se había abierto en su mente, satisfaciendo todas las necesidades para las que su adiestramiento le había preparado. La personalidad condicionada identificó el entorno preordenado que le correspondía. Todo lo demás era inconsistente; los jardines de Mountjoy, el astillado juego de té de Clara y su envolvente barba eran trofeos de un sueño que se desvanecía.
El Hombre Moderno estaba en su elemento.
—Otra cosa —prosiguió el ministro de Bienestar—. Es un asunto de tipo doméstico, pero no carente de relevancia. ¿Por casualidad ha entablado usted alguna relación sentimental en Ciudad Satélite? Así parece indicarlo su expediente…
—¿Problemas con mujeres? —añadió el ministro de Descanso y Cultura.
—Oh, sí —respondió Miles—. Un problema gordo. Pero ya pasó.
—Verá usted, el matrimonio forma parte de la rehabilitación perfecta, de la ciudadanía completa.
—No es mi caso —dijo Miles.
—Eso habría que rectificarlo.
—El pueblo quiere que la gente se matrimonie —dijo el de Descanso y Cultura—. Y que produzca un par de críos.
—Para esto último no va a haber tiempo —dijo el de Bienestar—, pero pensamos que psicológicamente resultará usted más atractivo con una esposa al lado. La señorita Flower está más que cualificada para ello.
—Y las apariencias engañan, muchacho —dijo el de Descanso y Cultura.
—De modo que si no tiene ninguna otra preferencia…
—Ninguna —dijo Miles.
—¡Así habla un Huérfano! Les vaticino una espléndida carrera.
—¿Cuándo podremos divorciarnos?
—Vamos, vamos, Plastic. No vaya usted tan deprisa. Lo primero es lo primero. ¿Su Director le ha concedido ya el permiso necesario, señorita Flower?
—Sí, señor Ministro.
—Bien, entonces pónganse en marcha. Y que el Estado los guíe.
Con el corazón henchido de paz, Miles siguió a la señorita Flower hasta la Oficina del Secretario del Registro.
Allí su humor experimentó un cambio.
Miles, sintiéndose incómodo durante la ceremonia, se puso a toquetear una cosa pequeña y dura que encontró en el bolsillo. Resultó ser su encendedor, un aparato muy poco fiable. Presionó el cierre y, de inmediato, sorprendentemente, brotó una llamita: como una joya, epitalámica, prometedora.