Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

amor en plena crisis (spanish)

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I
El casamiento de Tom Watch con Angela Trench-Troubridge fue, tal vez, uno de los eventos menos importantes de los que se tenga memoria. Tanto los antecedentes de ambos jóvenes, como su noviazgo, o incluso la misma ceremonia estaban cargados de detalles que los convertían en dos personajes representativos del aspecto más común y corriente de las condiciones sociales modernas. El periódico vespertino dijo:
«Ha sido una semana de mucho ajetreo en St. Margaret’s. Esta tarde ha tenido lugar allí la tercera boda elegante de la semana. Se casaban el señor Tom Watch y la señorita Angela Trench-Troubridge. El novio, que, como muchos jóvenes de hoy día, trabaja en la city, es el segundo hijo varón del difunto Wilfrid Watch de Holyborne House, en Shaftesbury; el padre de la novia, el coronel Trench-Troubridge, es un conocido deportista y ha sido candidato al Parlamento por el lado conservador en varias ocasiones. El hermano del señor Watch, el capitán Peter Watch de la guardia Coldstream, hizo de padrino de boda. La novia llevaba un velo de encaje de Bruselas propiedad de su abuela. Siguiendo la nueva moda de hacer las vacaciones en Gran Bretaña, los recién casados pasarán una patriótica luna de miel en el oeste de Inglaterra».
Y dicho todo esto, poco se puede añadir ya.
Angela tenía veinticinco años, era guapa, de buen carácter, vivaracha, inteligente y popular: la clase de chica a la que, por alguna misteriosa causa profundamente arraigada en la psicología anglosajona, le resulta difícil casarse bien. En los siete años anteriores había hecho todo cuanto es de rigor para las muchachas de su clase. En Londres había ido a bailar un promedio de cuatro noches por semana, los primeros tres años en casas particulares, los otros cuatro, en restaurantes y clubes nocturnos. En el campo había sido más o menos condescendiente con los vecinos y había llevado gente al baile de los miembros de una partida de caza confiando en que les resultaría chocante; había trabajado en un barrio pobre y en una sombrerería, había publicado una novela, y había hecho once veces de dama de honor y una de madrina; se había enamorado —eligiendo mal— en un par de ocasiones; había vendido una fotografía suya por cincuenta guineas al departamento de publicidad de una empresa de cosméticos; había pasado apuros al aparecer su nombre en las crónicas de sociedad; había actuado en cinco o seis espectáculos benéficos y en dos desfiles, había hecho campaña a favor del candidato conservador en dos elecciones generales, y, como cualquier chica de las islas Británicas, no era feliz en casa.
Las cosas se pusieron insoportables en los años de la crisis económica. Durante un tiempo su padre se había mostrado muy reacio a abrir la casa de Londres; ahora empezaba a hablar de un modo siniestro sobre el «ahorro», lo cual significaba retirarse de manera permanente al campo, reducir el número de sirvientes en la casa, no encender lumbre en las alcobas, reducir la paga de Angela y comprar milla y media de coto de pesca en los alrededores, algo que tenía en mente desde hacía varios años.
Enfrentada a la lúgubre perspectiva de residir por tiempo indefinido en el hogar de sus antepasados, Angela, como otras tantas sensatas chicas inglesas antes que ella, decidió que después de sus dos desdichados amoríos era improbable que volviera a enamorarse otra vez. Para ella no había romántica encrucijada entre amor y fortuna. Ese año escaseaban más que nunca los varones un poco mayores que ella y había una fortísima competencia por parte de Norteamérica y los dominios. Tenía que elegir entre pasarlo mal con sus padres en una casa señorial y pasarlo mal con un marido en una vivienda barata de Londres.
El pobre Tom Watch había sido moderadamente atento con Angela desde que ésta se iniciara en la vida de sociedad. Era su homólogo masculino en casi todo. Habiendo recibido la educación normal, y tras licenciarse en Historia con la nota más baja, había entrado a trabajar en una solvente firma de contaduría pública, donde continuaba aún. Y ni una sola de aquellas tardes londinenses sin sol había dejado de añorar sus tiempos de estudiante, cuando se había amoldado alegremente a la rutina de lo que se consideraba entonces el éxito universitario: montar un caballo de caza en la carrera de obstáculos del Christ Church, romper muebles con miembros del Bullingdon, colarse por la ventana al amanecer después de varios bailes en Londres y compartir sucios pero costosos alojamientos con estudiantes más ricos que él.
Angela, siendo una de las chicas populares de su promoción, visitaba con frecuencia Oxford y las casas en las que se hospedaba Tom durante las vacaciones, y cuando la monótona sucesión de años en la oficina lo obligó a sentar cabeza y lo fue deprimiendo poco a poco, Tom empezó a considerar a Angela como uno de los pocos fragmentos llenos de vida que quedaban de su sofisticado pasado. Aún salía de vez en cuando, pues en Londres un joven sin compromiso no se desvaloriza del todo, pero las fiestas a las que iba a regañadientes, cansado tras la jornada de trabajo y poco al corriente de los temas con que las debutantes trataban de suscitar su atención, sólo servían para demostrar que el abismo que lo separaba de sus antiguas amistades era cada vez más profundo.
Angela, una chica muy agradable (nunca se insistirá lo bastante en ello), se mostraba encantadora con él en todo momento, y Tom le devolvía agradecido su interés. Ella, sin embargo, formaba parte de su pasado, no de su futuro. Había un vínculo sentimental, pero ninguna aspiración por parte de Tom. Angela era un objeto de su irrecuperable juventud; nada podría haber estado más lejos de su actitud que pensar en ella como una posible compañera para la vejez. En consecuencia, cuando ella le propuso matrimonio, Tom se llevó una gran sorpresa, pero lo recibió con absoluta frialdad.
Habían salido de un baile especialmente concurrido y tedioso y estaban comiendo arenque ahumado en un club nocturno. Aprovechando la situación de intimidad y cierta ternura que solía desarrollarse entre ambos, Angela dijo suavemente:
—Tú siempre te portas conmigo mucho mejor que nadie, Tom. ¿Por qué será?
Y antes de que él pudiera desviar la conversación (había tenido un día desacostumbradamente duro en la oficina y aún estaba medio atontado por el baile), ella le había soltado la pregunta.
—Bueno, por supuesto que sí —había tartamudeado él—. Quiero decir, nada me gustaría más, amiga mía. Ya sabes que siempre he estado loco por ti y eso… El problema es que el matrimonio está fuera de mis posibilidades; absolutamente descartado hasta dentro de varios años, ¿entiendes…?
—Pero, Tom, yo no creo que me importara ser pobre contigo; tú y yo nos conocemos tan bien… Seguro que todo iría como una seda.
Y, antes de que Tom supiera si eso lo complacía o no, ya estaban anunciando su compromiso.
Él ganaba ochocientas libras al año; Angela tenía doscientas. Tarde o temprano a los dos les irían «mejor» las cosas. La situación no era tan grave siempre y cuando fueran precavidos con la descendencia. Él tendría que renunciar a sus contadas partidas de caza; ella renunciaría a su doncella. Sobre esta base de sacrificios mutuos, hicieron planes de futuro.
El día de la boda llovía copiosamente y sólo los parroquianos más desesperados de St. Margaret acudieron a observar la melancólica sucesión de invitados saliendo de sus automóviles chorreantes y poniéndose a cubierto en el interior de la iglesia. Después hubo una fiesta en casa de Angela, en Egerton Gardens. A las cuatro y media la joven pareja tomó un tren en Paddington rumbo al oeste. Recogieron la alfombra azul y el toldo a rayas y los guardaron entre cirios y casullas en la sacristía. Apagaron las luces de las naves y echaron el candado a las puertas. Almacenaron flores y arbustos para su posterior distribución en las salas de un hospital para enfermos incurables donde la señora Watch tenía intereses. La secretaria de la señora Trench-Troubridge se puso a despachar paquetes de cartón de color blanco y gris plata con porciones de tarta nupcial para criados y arrendatarios del campo. Uno de los allegados corrió a Covent Garden a devolver su chaqué a la empresa de ropa de caballero donde lo había alquilado. Se avisó a un médico para que atendiera al sobrino pequeño del novio, que, después de haber llamado considerablemente la atención como paje en la ceremonia por no tener pelos en la lengua, tuvo mucha fiebre así como claros e inquietantes síntomas de intoxicación alimentaria. La doncella de Sarah Trumpery devolvió discretamente el reloj de viaje que la anciana se había embolsado sin querer de entre los regalos de boda. (Esta fobia suya era bien conocida y los detectives tenían órdenes terminantes de evitar una escena durante el banquete. Cada vez recibía menos invitaciones a bodas. Y, cuando la invitaban, los regalos robados eran devueltos la misma tarde o al día siguiente). Las damas de honor se juntaron para ir a cenar y teorizaron ansiosas sobre las intimidades de la luna de miel; en este caso las apuestas estaban tres contra dos a que la ceremonia no había tenido que anticiparse. Entretanto el expreso Great Western zangoloteaba por los anegados condados ingleses. Tom y Angela iban en un vagón de primera para fumadores, comentando cabizbajos los acontecimientos del día.
—Ha sido estupendo que ninguno de los dos llegara tarde.
—Mamá estaba preocupadísima…
—Yo no he visto a John, ¿y tú?
—Estaba. Se ha despedido de nosotros en el vestíbulo. —Oh, sí… Confío en que hayan hecho bien las maletas.
—¿Qué libros has traído?
Una boda completamente normal, sin incidentes.
Al cabo de un rato, Tom dijo:
—Supongo que demuestra cierta falta de iniciativa por nuestra parte, eso de ir a casa de tía Martha en Devon. ¿Te acuerdas de los Lockwood, que viajaron a Marruecos y unos bandoleros los capturaron?
—Sí, y a los Randall les nevó los diez días que estuvieron en Noruega.
—Me temo que nosotros no tendremos muchas aventuras en Devon.
—Bueno, Tom, no nos hemos casado para correr aventuras, ¿verdad?
Y, de hecho, fue justo a partir de ese momento cuando la luna de miel empezó a torcerse.
II
—¿Sabes si cambiamos de tren?
—Me parece que sí. Se me ha olvidado preguntarlo. Los billetes los compró Peter. Cuando lleguemos a Exeter iré a averiguarlo.
El tren entró en la estación.
—Enseguida vuelvo —dijo Tom, cerrando la puerta del compartimiento para que no entrara frío. Recorrió el andén, compró un vespertino galés, se enteró de que no era necesario hacer transbordo, y, cuando volvía ya hacia el vagón, alguien le agarró del brazo por detrás y una voz dijo:
—¡Hola, Watch, tú por aquí! ¿No me recuerdas? —Y, sin demasiada dificultad, Tom reconoció la cara risueña de un viejo conocido del colegio—. Veo que te acabas de casar. Enhorabuena, hombre. Pensaba escribirte; qué suerte que me haya topado contigo de esta manera. Vamos a tomar una copa, hombre.
—Ojalá pudiera. Debo subir al tren.
—Hay tiempo de sobra. Aquí para doce minutos. Tenemos que celebrar el encuentro.
Mientras seguía rebuscando en su memoria el nombre de su viejo amigo, Tom entró con él en la cantina de la estación.
—Vivo a quince millas de aquí, ¿sabes? He llegado hace un rato. Espero un envío de pienso procedente de Londres. De momento no ha aparecido… Bueno, qué más da.
Bebieron sendos vasos de whisky. A Tom le vino bien después del frío que había pasado en el vagón.
—Bueno —dijo después—, me alegro mucho de verte. Ahora tengo que volver al tren. Acompáñame y te presentaré a mi esposa.
Pero cuando llegaron al andén, el tren ya no estaba.
—Vaya, hombre, ésta sí que es buena. Menuda gracia. ¿Y qué vas a hacer ahora? Esta noche no hay otro tren. Ya sé, ven a mi casa a pasar la noche y tomas el de la mañana. Telegrafiaremos a tu mujer para que sepa dónde paras.
—Imagino que Angela estará bien, ¿no?
—¡Claro que sí! En Inglaterra nunca pasa nada. Además, ¿qué podrías hacer? Mira, dame su dirección y le mandaré un telegrama ahora mismo diciéndole dónde estás. Tú sube al coche y espera.
Al día siguiente, Tom se despertó con una ligera sensación de nerviosismo. Desde la cama, inspeccionó con ojos soñolientos el mobiliario de la habitación. Tardó un poco en recordar. Oh, claro, se había casado. Angela había partido en el tren y, después de un largo trayecto en coche casi a oscuras, él había llegado a casa de un viejo conocido cuyo nombre todavía no lograba recordar. Era hora de cenar cuando llegaron. Habían tomado borgoña, oporto y brandy. Francamente, habían bebido mucho. Entre copa y copa habían rememorado numerosos escándalos, todo tipo de joviales insultos a profesores de química, escapadas ya de noche para ir al «43» en Londres. ¿Cómo se llamaba el tipo? Era demasiado tarde para preguntárselo, desde luego, y de todos modos tendría que alcanzar a Angela. Suponía que habría llegado sin novedad a casa de tía Martha y recibido el telegrama. Extraño comienzo para una luna de miel. Pero, bueno, Angela y él se conocían tan bien… No es que esto fuera un romance de un día para otro.
En aquel momento le llamaron.
—Los sabuesos se reúnen cerca de aquí esta mañana, señor. El capitán quería saber si le apetecería a usted ir de caza.
—¡No, no! He de irme tan pronto como haya terminado de desayunar.
—El capitán ha dicho que podía conseguirle una montura y la ropa adecuada.
—¡No, no! Imposible.
Pero cuando bajó a desayunar y encontró a su anfitrión llenando una cantimplora con una mezcla de jerez y brandy, unos hilos secretos empezaron a tironear del corazón de Tom.
—En realidad somos un grupo bastante cómico. Todo el mundo se presenta, el párroco, granjeros, animales de todas clases. Pero solemos echarnos una buena carrera por la linde del brezal. Qué pena que no puedas venir. Me gustaría que probaras mi yegua nueva, es un placer montarla… Tal vez un poquito fina para este tipo de terreno…
¿Y por qué no…? Después de todo, Angela y él se conocían tan bien… No era que…
Dos horas después, Tom se encontraba galopando en plena ventolera a través del peor terreno de caza de todas las islas Británicas —alternancia de brezo y tremedal con aderezo de baches, rocas, torrentes y graveras en desuso—, con los perros subiendo por el otro lado del valle, la yegua en todo momento perfecta, hijos de granjeros a lomos de ponis lanudos, mujeres de abogados a lomos de jacas, viejos capitanes de barco dando saltos como de dieciocho palmos de altura, veterinarios y vicarios corcoveando a su alrededor por los cuatro costados, y él sin la menor preocupación.
Dos horas más tarde aún, sus circunstancias eran menos felices; estaba sentado a solas en el brezal completamente rodeado por un horizonte uniforme de páramo desierto. Había desmontado para apretar una cincha y, después, galopando por un talud para dar alcance al resto de los jinetes, su montura había metido la pata en una madriguera, había dado una vuelta de campana, le había faltado poco para aplastarlo y, finalmente, de nuevo sobre sus cuatro patas, había puesto rumbo a su caballeriza a un brioso medio galope, dejándolo a él en el suelo y casi sin respiración. Ahora estaba completamente solo en una región que le era del todo desconocida. No sabía cómo se llamaba su anfitrión ni el nombre de la casa. Se imaginó vagando de aldea en aldea diciendo: «¿Podrían indicarme la dirección de un joven que esta mañana estaba cazando? ¡En Eton se alojaba en casa de Butcher!». Y, lo que es peor, Tom recordó de pronto que era un hombre casado. Claro que Angela y él se conocían tan bien… Pero la cosa tenía un límite.
Aquella noche, a las ocho en punto, un individuo entró con paso cansino en el salón iluminado a gas del hotel Royal George, en Chagford. Llevaba unas botas de montar empapadas y la ropa toda desgarrada y sucia de fango. Había vagado durante horas por el brezal y estaba muerto de hambre. Le dieron queso del Canadá, margarina, salmón en lata y una botella de cerveza negra y lo enviaron a dormir a una gran cama de latón que crujía a cada movimiento. Con todo y eso, durmió hasta las diez y media de la mañana.
El tercer día de luna de miel empezó con mejores augurios. Brillaba, un poco, un tímido sol. Rígido y con todo el cuerpo dolorido, Tom se puso las prendas de montar todavía húmedas de su desconocido anfitrión e hizo averiguaciones sobre cómo llegar a la aldea donde la tía Martha tenía su casa, y donde Angela debía de estar nerviosa esperándole. Le mandó un telegrama: «Llego esta noche. Ya te explicaré. Muchos besos», y luego preguntó por trenes. Había uno que salía a primera hora de la tarde, y, después de tres transbordos, se bajó en una estación cercana al anochecer. Un nuevo inconveniente: no había ningún vehículo de alquiler en todo el pueblo. La casa de su tía estaba a ocho millas. El teléfono dejaba de funcionar a partir de las siete. El largo trayecto con la ropa húmeda lo tenía aterido y estornudando. Sin duda iba a pillar un buen catarro. No quería ni pensar en recorrer ocho millas a pie y de noche. Decidió pernoctar en la posada.
Llegado el cuarto día, Tom despertó mudo y casi sordo. En estas condiciones fue conducido en coche hasta la casa que tan amablemente le había sido prestada para la luna de miel. Lo primero que supo fue que Angela había partido esa misma mañana.
—La señora Watch recibió un telegrama donde decía que había sufrido usted un accidente en plena cacería, señor. Se ha molestado mucho porque hoy esperaba a unos amigos a almorzar.
—Pero ¿dónde está? ¿Adónde ha ido?
—A la dirección que constaba en el telegrama, señor. Era la misma del primero de los telegramas… No, señor, no hemos conservado el telegrama.
De modo que Angela había ido a casa de su viejo amigo cerca de Exeter; bueno, estaba visto que sabía cuidarse sola. Tom se encontraba demasiado mal para pensar en nada más y se fue directo a la cama.
El quinto día transcurrió en un sopor de infelicidad. Tom se quedó acostado hojeando con desgana los libros que su tía había reunido en cincuenta años de vigorosa vida al aire libre. El sexto día empezó a tener remordimientos de conciencia. Quizá debería haber hecho algo con respecto a Angela. Fue entonces cuando el mayordomo sugirió que el nombre que podía leerse en el bolsillo interior de la chaqueta de caza debía de ser el del antiguo anfitrión de Tom y actual de Angela. El problema quedó solventado tras investigar en el listín.
Tom mandó un telegrama: «¿Estás bien? Te espero aquí. Tom», y la respuesta que recibió fue:
«Aquí todo bien. Tu amigo es divino. Por qué no vienes tú. Angela».
«En cama. Fuerte catarro. Tom».
«Qué mal me sabe. Nos vemos en Londres o quieres que vaya. Quizá no vale la pena. Angela».
«Ya nos veremos en Londres. Tom».
Angela y él se conocían muy bien, naturalmente…
Dos días después se reunían en el pisito que la señora Watch les había estado decorando.
—Espero que habrás traído todo el equipaje.
—Sí, querido. ¡Qué estupendo estar en casa!
—Mañana a la oficina.
—Sí, y yo tengo que telefonear a cientos de personas. Todavía no les he dado las gracias por la última remesa de regalos.
—¿Te lo has pasado bien?
—No ha estado mal. ¿Qué tal tu resfriado?
—Mejor. ¿Qué vamos a hacer esta noche?
—Le he prometido a mamá que iría a verla. Luego he quedado para cenar con tu amigo de Devon. Me acompañó para ver si le había llegado el pienso. Creí correcto llevarlo a dar una vuelta, teniendo en cuenta que me había hospedado en su casa.
—Sí, está bien. Pero creo que me quedaré.
—Es lo más aconsejable. Seguro que te aburrirías, con la de cosas que tengo que contarle a mamá.
Esa noche la señora Trench-Troubridge dijo:
—He encontrado a Angela con un aspecto excelente. La luna de miel le ha sentado bien. Tom fue muy sensato de no llevársela a Europa, con lo que agotan esos viajes. Se la ve que ha vuelto muy descansada. Y eso que la luna de miel suele ser un momento difícil, después de todo el trasiego de la boda…
—¿Y dices que van a comprarse una casita en Devon? —preguntó su esposo.
—No la compran, querido, es que se la regalan. Parece ser que está cerca de la casa de un amigo soltero de Tom. Angela ha dicho que sería un sitio estupendo para cuando tenga ganas de cambiar un poco de aires. No pueden hacer vacaciones debido al trabajo de Tom.
—Oh, muy bien pensado, en efecto —dijo el señor Trench-Troubridge, quedándose medio dormido como era habitual en él a las nueve de la noche.