Stories 93 / Random

Stories by robert aickman

resuenan campanas (spanish)

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NUNCA HABÍA CREÍDO formar parte del gran grupo de personas que detestan las campanadas de las iglesias, pero esa tarde, el repiqueteo en Holihaven lo hizo cambiar de idea. Claro que las campanadas pueden alterar los nervios, pensó, aunque apenas había llegado al pueblo.
Ya estaba muy consciente de los peligros de casarse con una mujer veinticuatro años más joven que él como para añadirles una luna de miel convencional. La extraña fuerza del amor de Phrynne los había trastornado a ambos: en él, su forma descuidada y relajada de ver la vida se había convertido en un planear constante para no dejar huir la felicidad; y ella, que antes daba la impresión de ser fría y exigente, ahora aceptaba cualquier cosa, siempre y cuando fuera con él.
Él había dicho que, si se casaban en junio, no podrían irse de luna de miel sino hasta octubre. Si el noviazgo hubiera durado más, le explicó sonriendo con gravedad, se habrían podido hacer arreglos especiales; pero, como no había sido así, los negocios lo reclamaban. Eso era cierto, pues su puesto era mucho menos influyente de lo que le había hecho creer a Phrynne. Por último, hubiera sido casi imposible que tuvieran un noviazgo más largo, pues lo iniciaron desde el día en que se conocieron, menos de seis semanas antes de la boda.
—“Un pueblo —citó él mientras entraban a la vía secundaria en una intersección (bastante remota)— desde donde (se decía) la gente suficientemente longeva podría alcanzar un día la calle Liverpool.”
Para ese entonces ya podía hacer bromas sobre su edad, aunque quizá las hiciera demasiado seguido.
—¿Quién dijo eso?
—Bertrand Russell. —Ella lo volteó a ver con sus ojos grandes en una cara diminuta—. En serio —sonrió él para confirmar.
—No estoy discutiendo.
Ella lo seguía viendo. La romántica luz de gas del encantador compartimento de época no lo dejaba ver si también sonreía. Se dio el beneficio de la duda y la besó.
El guardia tocó el silbato y se internaron en la oscuridad. La vía secundaria se alejó de la principal en una vuelta tan pronunciada que Phrynne casi se cae del asiento.
—¿Por qué vamos tan despacio si está tan plano?
—Porque el ingeniero dejó que las vías subieran y bajaran por las colinas y los valles, tal como estaban, en lugar de cortar unas y hacer terraplenes sobre los otros —tuvo el gusto de informarle.
—¿Cómo sabes eso, Gerald? Dijiste que nunca habías ido a Holihaven.
—Eso aplica para la mayoría de las vías en East Anglia.
—¿Para que vaya más lento, aunque esté más plano?
—El tiempo importa menos.
—No me hubiera gustado ir a un lugar donde el tiempo importara ni al que tú ya hubieras ido antes. No tendrías nada por qué recordarme.
Él no estaba seguro de que sus palabras hubieran expresado sus pensamientos con exactitud, pero la idea le iluminó el corazón.
Era poco probable que la estación de Holihaven se hubiera construido en la época de esplendor del pueblo, la Edad Media, pero, aun así, sugería haber tenido funciones más importantes antaño. Los andenes eran lo bastante largos como para alojar a los expresos de Londres, que hacía mucho que ya no pasaban por ahí, y la arquitectura de las salas de espera hubiera bastado para el uso ocasional de miembros de la realeza extranjera. Las lámparas de aceite, sostenidas en perchas como las de las guacamayas, iluminaban al personal uniformado, el cual sumaba dos personas que, como todos los demás nativos de Holihaven, parecían marineros acostumbrados a las tormentas.
El jefe de estación y el maletero, según intuyó Gerald, lo vieron bajar al andén con una maleta pesada en cada mano y con Phrynne caminando deliciosamente a su lado. Vio que uno le dijo algo al otro, pero ninguno se ofreció a ayudar. Gerald tuvo que dejar las maletas en el suelo para darles sus boletos. Los demás pasajeros ya habían desaparecido.
—¿En dónde está el Hotel Campanario?
Gerald lo había encontrado en una guía. Era el único asignado para Holihaven. Pero mientras hablaba, y antes de que alguien le pudiera contestar, el repiqueteo repentino y profundo de una campana sonó en medio de la oscuridad. Phrynne se agarró de su manga.
El jefe de estación, si es que era tal, ignoró a Gerald y se volteó hacia su colega:
—Empezaron temprano.
—Más razón para estar a tiempo —dijo el otro.
El jefe de estación asintió y se guardó los boletos de Gerald en el bolsillo con un gesto de indiferencia.
—¿Me podría decir cómo llegar al Hotel Campanario, por favor?
La atención del jefe regresó a él:
—¿Reservaron una habitación?
—Por supuesto.
—¿Para hoy? —el jefe de estación se veía muy suspicaz.
—Claro.
Una vez más, el jefe volteó a ver al otro hombre.
—Es el de los Pascoe.
—Sí —dijo Gerald—. Así se llaman, Pascoe.
—No usamos el Campanario —explicó el jefe de estación—, pero lo encontrará en la calle Ruina —gesticuló con vaguedad y sin ser de mucha ayuda—. Todo recto por la calle de la estación. Luego, por la calle Ruina. Lo van a ver.
—Gracias.
Tan pronto como llegaron al pueblo, una enorme campana empezó a resonar con regularidad.
—¡Qué calles tan angostas! —exclamó Phrynne.
—Siguieron los trazos de la ciudad medieval. Antes de que el río se llenara de limo, Holihaven era uno de los puertos más importantes de Gran Bretaña.
—¿Dónde está todo el mundo?
Aunque apenas eran las seis de la tarde, el lugar parecía desierto.
—¿Dónde está el hotel? —contestó Gerald.
—¡Pobre Gerald! Te ayudo —puso la mano junto a la de él en el asa de la maleta que tenía más cerca, pero como él le llevaba unos cuarenta centímetros, no fue de gran ayuda. Ya debían de llevar más de medio kilómetro—. ¿Crees que estemos en la calle correcta?
—No, pero no hay nadie a quien preguntarle.
—Hoy deben de haber cerrado temprano.
Las notas profundas de la campana ya eran más frecuentes.
—¿Por qué tocarán la campana? ¿Habrá un funeral?
—Es un poco tarde para un funeral.
Ella lo miró con un poco de angustia.
—Lo bueno es que no hace frío.
—Considerando que estamos en la costa este, hace un clima sorprendente.
—No es que me importe.
—Espero que esa campana no vaya a sonar durante toda la noche.
Ella levantó la maleta. De cualquier forma, a él ya casi se le desprendían los brazos del cuerpo.
—Mira, ya lo pasamos.
Se detuvieron y voltearon hacia atrás.
—¿Cómo pasó eso?
—No sé, pero pasó.
Ella tenía razón. Él vio una enorme campana ornamental colgada de un soporte amarrado a una casa como a cien metros detrás de ellos.
Volvieron sobre sus pasos y entraron al hotel. Una mujer con saco y falda azul marino, de buena figura, pero con el pelo pintado de rojo y la cara atiborrada de maquillaje, avanzó hacia ellos.
—¿El señor y la señora Banstead? Soy Hilda Pascoe. Don, mi marido, no se siente muy bien.
Gerald se llenó de dudas. Sus planes no iban como debían. No hay que confiar nunca en las recomendaciones de las guías de viaje. El problema recaía en parte en la insistencia de Phrynne de ir a algún lugar que él no conociera.
—Lo siento —dijo él.
—Ya sabe cómo son los hombres cuando están enfermos —la señora Pascoe se dirigió claramente a Phrynne.
—Imposibles —dijo Phrynne—. O muy difíciles.
—¡Si vieran lo que nosotras sentimos en un día cualquiera!
—Sí —coincidió Phrynne—. ¿Qué tiene su esposo?
—Don siempre tiene lo mismo —dijo la señora Pascoe, luego se corrigió—. Es el estómago —aclaró—. Desde que era niño tiene problemas con las paredes del estómago.
—¿Podríamos ver nuestra habitación? —interrumpió Gerald.
—Lo siento mucho —dijo la señora Pascoe—. ¿Se registrarían antes? —sacó un libro maltratado con cubierta imitación piel—. Sólo el nombre y la dirección —habló como si Gerald fuera a darle un resumen de su vida.
Era la primera vez que él y Phrynne se registraban en un hotel, pero su confianza en el lugar no aumentó al ver el lapso de tiempo que había pasado desde el último registro del libro.
—Siempre está así de tranquilo en octubre —señaló la señora Pascoe con los ojos fijos en él; Gerald vio que los tenía ligeramente enrojecidos—. Excepto a veces los bares, por supuesto.
—Preferimos venir en temporada baja —dijo Phrynne para calmarla.
—Por supuesto —respondió la señora Pascoe.
—¿Estamos solos en la casa? —preguntó Gerald. A fin de cuentas, la mujer probablemente estaba haciendo su mejor esfuerzo.
—Salvo por el comandante Shotcroft. No les molesta, ¿verdad? Es un cliente frecuente.
—Por supuesto que no —dijo Phrynne.
—La gente dice que la casa no sería lo mismo sin el comandante Shotcroft.
—Ya veo.
—¿Qué es esa campana? —preguntó Gerald. Independientemente de cualquier otra cosa, de verdad estaba demasiado cerca.
La señora Pascoe apartó la mirada. Él pensó que se veía sospechosa bajo el maquillaje. Pero ella sólo dijo:
—Están practicando.
—¿Eso quiere decir que habrá más después?
Ella asintió.
—Pero no se preocupen —dijo para animarlos—. Permítanme mostrarles su habitación. Disculpen que no haya un botones.
Antes de llegar al cuarto, el repiqueteo ya había comenzado de nuevo.
—¿Es el cuarto más silencioso que tiene? —preguntó Gerald—. ¿No hay algo del otro lado de la casa?
—Este es el otro lado de la casa. San Guthlac está allá —y señaló hacia la puerta de la habitación.
—Querido —dijo Phrynne, con la mano sobre el brazo de Gerald—, en un rato se detendrán. Sólo están practicando.
La señora Pascoe no dijo nada. Su expresión indicaba que era una de esas personas cuya amabilidad tiene un límite preciso que rara vez traspasa.
—Si a ti no te importa… —le dijo Gerald a Phrynne, dudoso.
—Son las costumbres de Holihaven —comentó la señora Pascoe.
El matiz militante en su voz implicaba, entre otras cosas, que si Gerald y Phrynne querían irse, estaban en todo su derecho. A Gerald también le molestó eso: pensó que la actitud de la mujer habría sido distinta si hubiera otro lugar adonde ir. Las campanadas lo estaban poniendo de mal humor.
—Es un cuarto muy bonito —observó Phrynne—. Me encantan las camas con dosel.
—Gracias —le dijo Gerald a la señora Pascoe—. ¿A qué hora es la cena?
—A las siete y media. Tienen tiempo para tomarse algo en el bar primero. —Y se fue.
—Por supuesto que tenemos tiempo —afirmó Gerald cuando se cerró la puerta—. Apenas son las seis.
—En realidad —dijo Phrynne, que estaba parada junto a la ventana viendo hacia la calle—, me gustan las campanas de iglesia.
—Está muy bien —dijo Gerald—, pero en tu luna de miel distraen la atención.
—A mí no —respondió simplemente Phrynne. Luego añadió—: Además, no hay nadie cerca.
—Yo creo que todos están en el bar.
—Yo no quiero ir al bar. Quiero explorar el pueblo.
—Como quieras. Pero, ¿no te conviene desempacar antes?
—Sí, pero no quiero. No hasta que vea el mar.
Esas muestras de independencia le encantaban a Gerald.
La señora Pascoe no estaba en el mostrador cuando pasaron por ahí, ni tampoco oyeron ningún rastro de actividad en el establecimiento.
Afuera, las campanas parecían sonar directamente encima de sus cabezas.
—Es como si hubiera guerreros luchando en el cielo —gritó Phrynne—. ¿Crees que el mar esté allá abajo? —señaló la dirección desde donde habían vuelto sobre sus pasos.
—Me imagino que sí. La calle parece no desembocar en ningún lado. Eso debe de ser el mar.
—Ven, vamos a correr.
Ella arrancó antes de que él pudiera incluso pensarlo. Luego, no hubo nada que hacer más que correr tras ella, esperando que no hubiera ojos tras las persianas.
Ella se detuvo y abrió los brazos para atraparlo. Su cabeza apenas le llegaba a la barbilla. Él sabía que ella le estaba diciendo tácitamente que su incapacidad de seguirle el ritmo no era razón para avergonzarse.
—¿No es precioso?
—¿El mar?
No había luna y se podía distinguir muy poco más allá del final de la calle.
—No sólo el mar.
—Todo menos el mar. El mar es invisible.
—Pero lo puedes oler.
—Definitivamente no lo puedo oír.
Ella lo dejó de abrazar y ladeó la cabeza.
—Las campanas resuenan mucho, como si hubiera dos iglesias.
—Estoy seguro de que son más de dos, como en todos los pueblos viejos.
De pronto lo golpeó la importancia de sus palabras en relación con lo que había dicho ella. Phrynne se inclinó hacia él y escuchó, tensa.
—Sí —gritó muy emocionada—. Es otra iglesia.
—Imposible —dijo Gerald—. Dos iglesias no ensayarían el mismo día.
—Estoy bastante segura. Escucho un conjunto de campanas con el oído izquierdo y otro conjunto de campanas con el oído derecho.
Seguían sin ver a nadie. La luz de las escasas lámparas de gas caía sobre el mobiliario de un muelle de piedra, pequeño, pero en uso.
—Todo el pueblo debe de estar tocando las campanas. —Gerald se incomodó con su propia afirmación.
—Bien por ellos —ella le tomó la mano—. Hay que bajar a la playa y buscar el mar.
Bajaron por unas escaleras de piedra que el mar había lamido y mordisqueado. La playa estaba tan empedrada como los peldaños, pero era más irregular.
—Sólo hay que seguir caminando hasta encontrarlo —sugirió Phrynne.
De haber estado solo, Gerald hubiera sido menos entusiasta. Las piedras eran muy grandes y resbalosas, y sus ojos no parecían estar acostumbrándose a la oscuridad.
—Tienes razón sobre el olor, Phrynne.
—Verdadero olor a mar.
—Exacto. —Aunque él lo tomó más bien como olor a plantas pudriéndose, a través de las cuales supuso que se estaban deslizando. No era un olor que hubiera percibido antes con tanta fuerza.
No podían gastar mucha energía hablando, y avanzar de la mano era imposible.
Después de varias observaciones aleatorias de ambos lados y de un lapso de tiempo que pareció muy largo, Phrynne volvió a hablar:
—Gerald, ¿en dónde está? ¿Qué tipo de puerto es este que no tiene mar?
Ella prosiguió, pero Gerald se detuvo y miró hacia atrás. Pensó que habían recorrido una distancia larga, pero se sorprendió al ver lo enorme que era. La oscuridad podía ser engañosa, pero las pocas luces del muelle parecían estar en un horizonte distante.
Con las manchitas de luz todavía centelleándole en los ojos, volteó y buscó a Phrynne. Apenas la podía ver. Quizás estaba avanzando más rápido sin él.
—¡Phrynne! ¡Querida!
Inesperadamente, ella lanzó un grito agudo.
—¡Phrynne!
No contestó.
—¡Phrynne!
Entonces ella habló más o menos en calma. Ya sin pánico:
—Perdón, querido. Pisé algo.
Él se dio cuenta de que sí había habido pánico; por lo menos en él.
—¿Estás bien?
—Creo que sí.
Llegó con trabajos adonde estaba ella.
—El olor está peor que nunca.
Era muy penetrante.
—Creo que viene de lo que pisé. Metí el pie completo y salió ese olor.
—Nunca había olido algo así.
—Perdón, querido —dijo ella burlándose un poco de él—. Vámonos de aquí.
—Vamos de regreso, ¿no?
—Sí —aceptó Phrynne—. Pero te advierto que estoy muy decepcionada. Creo que las atracciones junto al mar deberían incluir el mar.
Él vio que, conforme retrocedían, ella tallaba el lado del zapato contra las piedras, como tratando de limpiarlo.
—Creo que todo este lugar es decepcionante —dijo él—. Me disculpo de verdad. Luego vamos a otro lado.
—Me gustan las campanas —contestó ella, con mucha cautela.
Gerald no dijo nada.
—No quiero ir a ningún lado que tú ya conozcas.
Las campanas sonaron sobre la playa desolada y nada atractiva. Ahora el sonido parecía venir de todos los puntos de la orilla.
—Supongo que todas las iglesias ensayan la misma noche para acabar pronto con esto —conjeturó Gerald.
—Lo hacen para ver cuál suena más fuerte —dijo Phrynne.
—No te vayas a torcer el tobillo.
El escándalo que sonaba cuando llegaron al muellecito pedregoso era tal, que parecía que la idea de Phrynne era cierta.
La Cafetería del hotel era tan baja que Gerald tuvo que agacharse para pasar por debajo de unas vigas gruesas.
—¿Por qué “La Cafetería”? —preguntó Phrynne cuando leyó el letrero de la puerta—. Vi un anuncio de que el café sólo se sirve en la sala.
—Es el principio de lucus a non lucendo.
—Eso lo explica todo. ¿Dónde nos sentamos?
Había una sola lámpara eléctrica encendida, producida en masa a partir de un patrón antiguo. Tenía uno de esos focos de un vataje particular que sólo se usan en los hoteles. No lograba penetrar las sombras.
—El principio de lucus a non lucendo es el de llamar algo por su contrario.
—Para nada —dijo una voz desde la penumbra—. Es a la inversa. El lucus o “bosque sombrío” toma su nombre de la luz.
Pensaron que estaban solos, pero entonces vieron a un hombrecillo sentado en una mesa esquinada sin luz. En la oscuridad, parecía un mono.
—Retiro lo dicho —respondió Gerald.
Se sentaron en la mesa bajo la lámpara.
El hombre del rincón volvió a hablar:
—¿Por qué están aquí?
Phrynne se veía asustada, pero Gerald contestó en voz baja.
—Estamos de vacaciones. Preferimos la temporada baja. Supongo que usted es el comandante Shotcroft.
—No hace falta suponer. —Inesperadamente, el comandante encendió la lámpara más cercana. Su mesa tenía platos sucios. Gerald pensó que seguro había apagado la luz cuando los oyó acercarse a La Cafetería—. De todas formas, ya me voy.
—¿Llegamos tarde? —preguntó Phrynne, quien era siempre la que apaciguaba las situaciones.
—No, no llegan tarde —dijo el comandante con voz profunda y malhumorada—. A mí me preparan la comida media hora antes de que llegue el resto de la gente. No me gusta comer acompañado. —Ya se había levantado—. Así que, por favor, discúlpenme.
Sin esperar respuesta, salió rápido de La Cafetería. Tenía el pelo blanco cortado a rape; ojos trágicos de párpados pesados, y una cara redonda, amarilla y arrugada.
Un segundo después reapareció su cabeza por la puerta.
—Toquen el timbre —sugirió y se volvió a ir.
—Ya hay demasiada gente tocando —dijo Gerald—. Pero no veo qué más podamos hacer.
Sin embargo, el timbre de La Cafetería sonaba como una alarma de incendios.
La señora Pascoe apareció. Se veía bastante entrada en tragos.
—No los vi en el bar.
—Quizá nos perdimos entre la multitud —dijo Gerald amablemente.
—¿Multitud? —preguntó la señora Pascoe, ebria. Después de una pausa difícil, les ofreció un menú escrito a mano.
Ordenaron y la señora Pascoe les sirvió cada plato. Gerald temía que su indisposición aumentara durante el transcurso de la comida, pero su falta de sobriedad, al igual que su afabilidad, parecía tener un límite exacto y definido.
—Tomando todo en consideración, la comida podría ser peor —señaló Gerald hacia el final. Era un alivio que algo saliera razonablemente bien—. No mucho, pero por lo menos los platillos están calientes.
Cuando Phrynne tradujo eso en un halago para el cocinero, la señora Pascoe dijo:
—Tengo que admitir que yo cociné todo.
A Gerald le sorprendió que la señora estuviera en condiciones de lograr tal cosa. Posiblemente, pensó alarmado, tenía mucha práctica en condiciones similares.
—El café se sirve en la sala —anunció la señora Pascoe.
Se retiraron. En una esquina de la sala había un biombo decorado con mujeres isabelinas en cuellos de lechuguilla y crinolinas. Atrás de él se asomaba un par de botitas negras. Phrynne le dio un codazo a Gerald y se las señaló. Gerald asintió. Se sintieron obligados a hablar de cosas aburridas.
El hotel era viejo, de paredes gruesas. En la sala vacía, el ruido de las campanas no impedía que se oyera la conversación, pero seguía viniendo de todos lados, como si el lugar fuera una fortaleza asediada por artillería.
Tras su segunda taza de café, Gerald dijo de pronto que no lo soportaba más.
—No nos hace daño, querido. Yo creo que es bastante acogedor.
Phrynne se dejó caer en la silla de madera con respaldo inclinado y cojines color lodo imitación terciopelo, y abrió sus hermosas piernas ante el fuego.
—Todas las iglesias del pueblo han de estar doblando las campanas. Llevan dos horas y media y nunca parecen tomar las pausas habituales.
—No nos daríamos cuenta, por todas las demás campanadas. Creo que es lindo que toquen para nosotros.
No dijeron nada más durante varios minutos. Gerald se estaba empezando a percatar de que tenían que desarrollar una rutina de vacaciones.
—Te voy a traer algo de tomar. ¿Qué se te antoja?
—Lo que quieras. Lo mismo que tú —Phrynne estaba inmersa en el gozo femenino del brillo del fuego sobre su cuerpo.
Gerald no se dio cuenta y dijo:
—No entiendo por qué tienen que mantener el lugar como invernadero. Cuando regrese, nos sentamos en otro lugar.
—Los hombres usan demasiada ropa, querido —dijo Phrynne, somnolienta.
Contrario a lo que había pensado, Gerald vio que el bar estaba igual de vacío que el resto del hotel y del pueblo. Ni siquiera había quien atendiera.
Un tanto molesto, Gerald tocó la campana de latón del mostrador. Sonó fuerte, como un balazo.
La señora Pascoe apareció por una puerta entre las repisas. Se había quitado el saco, y el maquillaje se le había empezado a correr.
—Un coñac, por favor. Doble. Y un Kümmel.
Las manos de la señora Pascoe temblaban tanto que no podía destapar la botella de brandy.
—Permítame —Gerald alargó el brazo por la barra.
La señora Pascoe lo miró con los ojos nublados.
—Está bien, pero yo lo sirvo.
Gerald extrajo el corcho y le devolvió la botella. La señora Pascoe sirvió una dosis muy poco precisa en una copa de balón.
Luego sobrevino la catástrofe. Incapaz de regresar la botella a la repisa donde pertenecía, la señora Pascoe la puso en otra al nivel de la cintura. Al tratar de alcanzar el alambique de Kümmel, derramó la botella de brandy, llena a tres cuartos, en el piso de baldosas. El sofocante aire se empañó con los vapores del alcohol detrás de la barra.
De la puerta de la que había surgido la señora Pascoe emergió un hombre desde el cuarto interior. Aunque todavía medio joven, estaba morado e hinchado, en tirantes y sin cuello de camisa. Mechones de pelo rubio le llenaban el vasto cráneo rojo. Rezumaba licor, como una calabaza podrida. Gerald entendió que se trataba de Don.
El hombre estaba demasiado borracho como para articular. Se paró en el umbral de la puerta, deteniéndose de las repisas con las manos rojas, y trataba salvajemente de despedazar a su esposa con imprecaciones.
—¿Cuánto le debo? —le preguntó Gerald a la señora Pascoe. Parecía inútil tratar de conseguir el Kümmel. El hotel debía de tener otro bar.
—Tres chelines y seis peniques —dijo la señora Pascoe, bastante lúcida; pero Gerald vio que estaba a punto de llorar.
Tenía la cantidad exacta. Ella le dio la espalda y abrió la caja registradora. Cuando regresó al mostrador, se oyó el crujir del vidrio de la botella rota al pisarlo. Gerald miró de reojo al esposo. Ese andrajo de hombre, flácido y de boca suelta, lo hizo estremecerse. Algo lo conmovió.
—Siento mucho el accidente —le dijo a la señora Pascoe. Tomó la copa en una mano y dio media vuelta.
La señora Pascoe lo miró. Lentas lágrimas de desesperación le rodaron por la cara, pero ya se veía bastante sobria.
—Señor Banstead —respondió con voz plana y apurada—, ¿puedo sentarme con usted y su esposa en la sala? Sólo unos minutos.
—Por supuesto.
Claro que no era lo que él quería y se preguntó qué sería del bar, pero sintió pena por ella y le fue imposible decir que no.
Para llegar a la entrada de la barra tenía que pasar junto a su esposo. Gerald la vio dudar un segundo; luego avanzó resuelta y con la mirada al frente. Si el hombre se hubiera soltado de las repisas, se habría caído; pero cuando sintió que ella pasaba junto a él, le lanzó un escupitajo. Estaba demasiado ebrio como para atinarle, y el gargajo cayó junto a su propio pantalón. Gerald levantó la tapa de la barra para que la señora Pascoe pasara y se hizo a un lado para dejarla ir por delante. Mientras la seguía, oyó que el esposo rumiaba frases ininteligibles para sus adentros.
—¡El Kümmel! —la señora Pascoe se acordó en la puerta.
—No se preocupe —dijo Gerald—. Quizá pueda tratar en alguno de los demás bares.
—Hoy no. Están cerrados. Mejor me regreso.
—No. Ya se nos ocurrirá otra cosa.
Todavía no daban las nueve y a Gerald le preocupaba el inspector de licencias para vender alcohol.
Pero en la sala encontraron otra escena inesperada. La señora Pascoe se detuvo al entrar, y Gerald, atrapado entre dos sillones imitación cuero, se asomó sobre su hombro.
Phrynne se había quedado dormida. Tenía la cabeza un poco ladeada, la boca cerrada y el cuerpo apenas relajado con elegancia, por lo que se veía más hermosa y, en opinión de Gerald, un tanto sobrenatural, como una muchacha muerta en una de las primeras pinturas de Millais.
La calidad de su belleza también parecía haber impresionado al comandante Shotcroft, pues estaba de pie en silencio detrás de ella, viéndola transfigurado, ya sin tristeza en la cara. Gerald notó que una hoja del biombo seudoisabelino estaba doblada y dejaba ver una sillita forrada de cretona con un libro abierto bocabajo.
—¿No nos acompaña? —preguntó Gerald con valor. Había algo en la cara del comandante que no presagiaba amenaza—. ¿Le traigo algo de beber?
El comandante no volteó y parecía incapaz de hablar. Luego, en voz muy baja, dijo:
—Sólo un momento.
—Bien —dijo Gerald—. Siéntese. Y usted también, señora Pascoe. —La señora Pascoe se estaba frotando la cara. Gerald se dirigió al comandante—: ¿Qué le traigo?
—Nada de tomar —respondió el comandante con el mismo murmullo.
Gerald pensó que, si Phrynne se despertaba, el comandante se iría.
—¿Y usted? —Gerald miró a la señora Pascoe, esperando francamente que declinara.
—No, gracias.
Estaba viendo al comandante. Era evidente que no esperaba que él estuviera ahí.
Phrynne seguía dormida y Gerald se sentó también. Le dio un sorbo a su brandy. Era imposible romantizar el acto con un brindis.
Los sucesos del bar lo habían hecho olvidarse de las campanas. Entonces, sentados en silencio en torno a la durmiente Phrynne, la ola de sonido lo golpeó súbita y poderosamente otra vez.
—Debe de estar pensando —dijo la señora Pascoe— que él siempre es así.
Todos hablaban en voz muy baja, y todos parecían tener una razón. El comandante otra vez estaba contemplando sombríamente la belleza de Phrynne.
—Claro que no —contestó, pero era difícil de creer.
—Las licencias para vender alcohol ponen tentaciones en el camino del hombre.
—Debe de ser muy difícil.
—Nunca debimos haber venido aquí. Éramos muy felices en South Norwood.
—Debe de ser buen negocio en temporada alta.
—Dos meses —respondió la señora Pascoe con amargura, pero aún con suavidad—. Dos y medio en el mejor de los casos. La gente que viene durante la temporada alta no tiene idea de lo que pasa en la baja.
—¿Por qué dejaron South Norwood?
—Por el estómago de Don. El doctor dijo que el nivel del mar le haría bien.
—Hablando del mar, ¿no está demasiado alejado? Fuimos a la playa antes de cenar y no lo encontramos.
Desde el otro lado de la chimenea, el comandante dejó de ver a Phrynne y volteó hacia Gerald.
—No sé —dijo la señora Pascoe—. Nunca tengo tiempo de fijarme entre un fin de año y el siguiente. —Era una respuesta bastante normal, pero Gerald sintió que no revelaba toda la verdad. Se dio cuenta de que la señora Pascoe miraba nerviosa hacia el comandante, quien para entonces ya no veía ni a Phrynne ni a Gerald, sino hacia las ciudadelas derrumbándose en la chimenea—. Y ahora, debo seguir con mi trabajo —continuó la señora Pascoe—. Sólo vine un minuto —miró a Gerald a los ojos—. Gracias —dijo y se levantó.
—Por favor, quédese un momento más —pidió Gerald—. Espérese hasta que despierte mi esposa. —Al decir esto, Phrynne se movió un poco.
—No puedo —dijo la señora Pascoe sonriendo.
Gerald se dio cuenta de que todo el tiempo estaba viendo al comandante de soslayo y supo que, si él no hubiera estado ahí, se hubiera quedado.
Pero como sí estaba, se despidió:
—Lo más seguro es que los vea más tarde para darles las buenas noches. Disculpe que el agua no esté muy caliente. Es por no tener conserje.
Las campanas no daban señal de tregua.
Cuando la señora Pascoe cerró la puerta, el comandante habló.
—Antes era un buen hombre. No crea que no.
—¿El señor Pascoe? —El comandante asintió con seriedad—. No es mi tipo —confesó Gerald.
—Cruz de vuelo distinguido con barra y demás condecoraciones.
—Y ahora sólo la barra. ¿Por qué?
—Lo que ella dijo es mentira. No se fueron de South Norwood por el nivel del mar.
—Lo supuse.
—Se metió en problemas. Lo incriminaron. No era el tipo de hombre que conociera la naturaleza humana y su podredumbre.
—Qué lástima —dijo Gerald—. Pero quizás, aun así, este no sea el mejor lugar para él.
—Es el peor —dijo el comandante con una llama oscura en los ojos—. Para él y para el resto del mundo.
Phrynne se volvió a acomodar; esta vez más bruscamente, tanto que casi se despierta. Por alguna razón, los dos hombres se quedaron callados y sin moverse hasta que otra vez empezó a respirar en calma. Contra el silencio de adentro, las campanas sonaban más fuerte que nunca. Era como si el alboroto estuviera horadando el techo.
—Sin duda es un lugar muy ruidoso —continuó Gerald, todavía en voz baja.
—¿Por qué tenían que llegar precisamente esta noche? —preguntó el comandante en el mismo tono, pero con una vehemencia extrema.
—¿Esto no sucede con mucha frecuencia?
—Una vez al año.
—Nos debieron haber dicho.
—En general, no aceptan reservaciones. No tienen derecho a aceptarlas. Cuando Pascoe estaba a cargo, no las aceptaba.
—Supongo que la señora Pascoe sintió que no se podían dar el lujo de rechazarla.
—No es algo que deba decidir una mujer.
—Parece que no hay mucha alternativa.
—En el fondo, las mujeres son criaturas oscuras.
La seriedad y la amargura del comandante dejaron a Gerald sin respuesta.
—A mi esposa no le molestan las campanadas —dijo tras un momento—. De hecho, le gustan.
El comandante estaba convirtiendo una molestia, aunque aguda, en un melodrama. Volteó a ver a Gerald y éste se percató de que, de cierta forma, lo que había dicho también ponía a Phrynne en la categoría de los perdidos.
—Llévesela de aquí, hombre —lo instó el comandante con una ferocidad llena de desprecio.
—En uno o dos días, quizá —dijo Gerald con amabilidad y paciencia—. Admito que Holihaven nos decepcionó.
—Ahora. Mientras haya tiempo. En este instante.
Había una intensidad en la convicción del comandante que resultaba alarmante.
Gerald lo consideró. Incluso la sala vacía, con su deprimente decoración y sus muebles ordinarios, era hostil.
—No pueden seguir practicando toda la noche —se quejó, pero ahora era el miedo el que lo hacía murmurar.
—¡Practicando! —La sorna del comandante centelleó fríamente en el cuarto sobrecalentado.
—¿Qué más?
—Repican para despertar a los muertos.
Un viento estremeció momentáneamente el fuego que ya rugía. Gerald se había puesto muy pálido.
—Es una figura retórica —dijo casi para sus adentros.
—No en Holihaven. —La mirada del comandante había regresado hacia el fuego.
Gerald miró a Phrynne, que respiraba con menos fuerza. Su voz disminuyó hasta el murmullo.
—¿Qué pasa?
El comandante también estaba casi susurrando.
—Nadie sabe cuánto tiempo tienen que repicar. Varía de un año al otro. No sé por qué. No debería pasarles nada hasta antes de la medianoche. Tal vez incluso un poco después. Al final, los muertos despiertan. Primero uno o dos; luego, todos. Hoy hasta el mar se aleja. Ya lo vieron con sus propios ojos. En un lugar como éste, cada año hay varios ahogados. Este año han sido más que varios. Pero, de todas maneras, son sólo algunos. La mayoría no viene del agua, sino de la tierra. No es una escena agradable.
—¿Adónde van?
—Nunca los he seguido. Ni que estuviera loco. —El rojo del fuego se reflejó en los ojos del comandante. Hubo una larga pausa.
—No creo en la resurrección del cuerpo —afirmó Gerald. Conforme se hacía más tarde, el repiqueteo aumentaba—. No en la del cuerpo.
—¿Qué otro tipo de resurrección es posible? Todo lo demás es pura teoría. Ni siquiera lo podemos imaginar. Nadie puede.
Gerald no había discutido una cosa semejante en veinte años.
—Así que me aconseja irme. ¿Adónde?
—No importa adónde.
—No tengo coche.
—Entonces mejor empiece a caminar.
—¿Con ella? —señaló a Phrynne con los ojos.
—Es joven y fuerte. —Las palabras del comandante cargaban una ternura desolada—. Es veinte años menor que usted, y, por lo tanto, veinte años más importante.
—Estoy de acuerdo —dijo Gerald—. ¿Y usted? ¿Qué va a hacer usted?
—Yo ya llevo viviendo un tiempo aquí. Yo sé qué hacer.
—¿Y los Pascoe?
—Él está borracho. No hay nada que temer en el mundo si estás completamente borracho. Cruz de vuelo distinguido con barra y demás condecoraciones.
—¿Pero usted no está bebiendo también?
—No desde que llegué a Holihaven. Perdí la facilidad.
De pronto, Phrynne se enderezó.
—Hola —saludó al comandante; todavía no bien despierta. Luego dijo—: ¡Qué divertido! Siguen sonando las campanas.
El comandante se levantó y desvió los ojos.
—No creo que haya más que decir —subrayó dirigiéndose a Gerald—. Todavía tienen tiempo.
Se despidió de Phrynne con la cabeza y salió de la sala.
—¿Para qué tenemos tiempo todavía? —preguntó Phrynne estirándose—. ¿Te estaba tratando de convertir? Estoy segura de que es anabaptista.
—Algo así —le dijo Gerald, tratando de pensar.
—¿Nos vamos a dormir? Perdón, tengo mucho sueño.
—No te tienes que disculpar.
—¿O vamos a dar otra vuelta? Eso me despertaría. Además, tal vez ya haya subido la marea.
Gerald, aunque sintió un poco de desprecio por sí mismo, no fue capaz de explicarle por qué se tenían que ir de inmediato, sin transporte ni destino; caminar toda la noche si era necesario. Pensó que tal vez él tampoco se iría si estuviera solo.
—Quizá sea bueno que tengas sueño.
—¡Querido!
—Quiero decir, por las campanadas. Sabrá Dios cuándo se van a detener. —Al instante, sintió un nuevo pinchazo de miedo por lo que dijo.
La señora Pascoe había aparecido en la puerta que llevaba al bar, la opuesta de aquélla por la que había salido el comandante. Traía dos vasos humeantes en una charola. Echó un vistazo para confirmar si el comandante de verdad se había ido.
—Pensé que podrían querer tomar algo antes de dormir. Chocolate caliente con algo más.
—Gracias —dijo Phrynne—. No se me ocurre nada más agradable. —Gerald puso el vaso en una mesa de mimbre y se acabó rápido el coñac.
La señora Pascoe empezó a mover las sillas y a desempolvar los cojines a golpes. Se veía muy demacrada.
—¿El comandante es anabaptista? —preguntó Phrynne por encima del hombro.
Estaba orgullosa de su capacidad de empezar a beber algo caliente antes que Gerald.
La señora Pascoe dejó de golpear los cojines un momento.
—No sé qué sea eso —confesó.
—Dejó su libro —dijo Phrynne, cambiando de tema.
La señora Pascoe lo vio con indiferencia desde el otro lado de la sala.
—¿Qué estará leyendo? —continuó Phrynne—. Espero que El libro de los mártires de Foxe.
Parecía habérsele metido un diablillo poco común.
Pero la señora Pascoe sabía la respuesta.
—Siempre es el mismo —dijo con desdén—. Sólo lee uno. Se llama Las quince batallas decisivas del mundo. Lo ha estado leyendo desde que llegó aquí. Cuando termina, vuelve a empezar.
—¿Se lo subo a su habitación? —preguntó Gerald.
No era ni cortesía ni ganas, sino temor de que el comandante regresara a la sala: un deseo, tras esos cuantos minutos de reflexión, de investigar más a fondo.
—Muchas gracias —dijo la señora Pascoe, como aliviada de una aprehensión similar—. Habitación 1. Junto a la armadura japonesa.
Siguió limpiando y golpeando los cojines. Para los nervios inflamados de Gerald, su comportamiento sugería un esfuerzo demasiado consciente por parecer normal.
Recogió el libro y se dirigió hacia las escaleras. Estaba forrado de piel de verdad, y el borde de las páginas era dorado: al parecer, se trataba de una copia de exhibición. Fuera de la sala, Gerald leyó la guarda; en letras muy grandes, decía: “Para mi querido hijo, Raglan, al ser honrado por la reina. De su orgulloso padre, B. Shotcroft, comandante general”. Debajo de la inscripción había una cimera militar muy fea hecha por un estampador bastante primitivo.
La armadura japonesa lo acechaba desde un rincón oscuro como había hecho el propio comandante cuando Gerald lo vio por primera vez. La ancha visera del casco ocultaba los agujeros para los ojos; el bigote se erizaba con realismo. Era como si la figura estuviera en guardia junto a la puerta sin número, pero como no había ninguna otra a la vista, Gerald supuso que era la número 1. A poca distancia, en el sombrío pasillo desierto, había una ventana cuya hoja antigua temblaba con el estruendo de las campanadas. Gerald llamó a la puerta.
Si es que hubo respuesta, las campanadas la ahogaron; volvió a llamar. Al tercer golpe sin efecto, abrió un poco la puerta. De verdad necesitaba estar seguro de que todo estaría bien si Phrynne y él se quedaban en su cuarto hasta el amanecer. Miró hacia adentro y recobró el aliento.
No había luz artificial, pero las cortinas, si es que las había, dejaban ver la única ventana, cuya hoja inferior estaba forzada lo más posible hacia arriba. En el suelo junto al lóbrego vacío, en medio de la vorágine de sonido, estaba arrodillado el comandante. Su blanca cabellera a rape reflejaba un tenue destello sin luna mientras recargaba la cabeza en el marco de la ventana, como si estuviera a punto de ser guillotinado. Tenía la cara entre las manos, pero un poco de lado, de modo que Gerald pudo formarse una idea vaga y distorsionada de su expresión. Algunos la hubieran llamado eufórica, pero a él le pareció de agonía. La escena lo asustó más que todo lo que había sucedido hasta entonces. Dentro del cuarto, las campanadas eran como leones que se abalanzan rugiendo sobre su presa.
Estuvo ahí parado un tiempo considerable, incapaz de moverse. No podía determinar si el comandante sabía o no que estaba ahí, pues no dio una señal clara de ello, pero más de una vez se retorció y tembló vuelto hacia él, como alguien que duerme inquieto y se inquieta aún más por un intruso. Gerald dudó si debía dejar o no el libro; y decidió dejarlo sobre todo porque le desagradó la idea de seguir en contacto con él. Entró con sigilo y lo dejó en un baúl de madera apenas visible que había a los pies de la cama de metal. No parecía que hubiera más muebles en el cuarto. Cuando salió, los dedos colgantes de la armadura japonesa le rozaron la muñeca.
No había estado mucho tiempo fuera de la sala, pero sí lo suficiente como para que la señora Pascoe hubiera empezado a beber de nuevo. Había dejado su limpieza a medias, o más bien, la sala medio desarreglada, y estaba recargada en la cornisa de la chimenea, apurando deprisa un vaso opaco de whisky. Phrynne todavía no se acababa su chocolate.
—¿En cuánto tiempo se detendrán las campanas? —preguntó Gerald apenas abrió la puerta de la sala. Ahora había decidido que, pasara lo que pasara, se tenían que ir de ahí. La imposibilidad de conciliar el sueño le serviría de excusa.
—No creo que la señora Pascoe sepa mucho más que nosotros —dijo Phrynne.
—Nos debieron haber advertido sobre este evento anual antes de aceptar nuestra reservación.
La señora Pascoe bebió más whisky. Gerald sospechó que lo tomaba solo.
—No siempre es la misma noche —dijo con voz gutural, mirando al suelo.
—No nos vamos a quedar —dijo Gerald impulsivamente.
—¡Querido! —Phrynne lo tomó del brazo.
—Déjame esto a mí, Phrynne. —Se dirigió a la señora Pascoe—: Le pagaremos la noche, por supuesto. Por favor, pídame un coche.
La señora Pascoe lo veía sin inmutarse. Cuando él le pidió el coche, ella soltó una risa muy breve. Luego, le cambió la cara. Hizo un esfuerzo y dijo:
—No debería de tomarse tan en serio al comandante, ¿eh? —Phrynne le echó una mirada rápida a su esposo. La señora Pascoe se terminó el whisky. Puso el vaso vacío en la cornisa plástica de la chimenea con un golpe demasiado fuerte—. Nadie se toma en serio al comandante Shotcroft —dijo—. Ni siquiera sus seres más queridos y cercanos.
—¿Tiene? —preguntó Phrynne—. Se ve muy solo y patético.
—Es mascota de Don y yo —dijo. La bebida ya interfería con su gramática, pero ni siquiera el alcohol disimulaba su encono.
—Pensé que tenía carácter —confesó Phrynne.
—Eso y mucho más, sin duda —confirmó Airs Pascoe—. Pero de todas formas lo echaron.
—¿De dónde?
—Lo destituyeron, lo enjuiciaron, le arrancaron las insignias, le partieron la espada en dos, ahogaron los tambores; todo el numerito.
—Pobre tipo. Estoy segura de que fue una injusticia.
—Porque no lo conoce.
La señora Pascoe parecía estar esperando a que Gerald le ofreciera otro whisky.
—Es algo que nunca pudo superar —dijo Phrynne cabizbaja y doblando las piernas por debajo—. No me sorprende que sea tan raro si todo el tiempo fue un error.
—Le acabo de decir que no fue un error —dijo la señora Pascoe con insolencia.
—No podemos estar seguras.
—Usted no. Yo sí. Mejor que nadie. —Se veía agresiva y triste al mismo tiempo.
—Si quiere que le pague —gritó Gerald, metiéndose a la fuerza en la plática—, hágame la cuenta. Phrynne, vamos a empacar.
Si tan sólo no la hubiera hecho desempacar entre el paseo y la cena.
Despacio, Phrynne se desenroscó y se levantó. No tenía intenciones ni de empacar ni de irse, pero tampoco quería discutir.
—Voy a necesitar que me ayudes —dijo—, si tengo que empacar.
La señora Pascoe sufrió otra alteración. Ahora se veía aterrada.
—No se vayan. Por favor, no se vayan. Ahora no. Es demasiado tarde.
Gerald la confrontó:
—¿Demasiado tarde para qué? —le preguntó con dureza.
La señora Pascoe se veía más pálida que nunca.
—Dijo que quería un coche —titubeó—. Ya se les hizo demasiado tarde. —La voz se le fue apagando.
Gerald tomó a Phrynne del brazo:
—Vamos al cuarto.
Antes de que llegaran a la puerta, la señora Pascoe hizo otro intento.
—Van a estar bien si se quedan. De verdad.
Su voz, que por lo común era un tanto estridente, sonaba tan débil que las campanas la anulaban. Gerald se percató de que había sacado la botella de whisky de algún lado y se estaba rellenando el vaso.
Tomando a Phrynne del brazo, fue primero hacia la robusta puerta principal. Para su sorpresa, no estaba cerrada con llave ni atrancada, sino que se abrió con medio giro del picaporte. Fuera del edificio, el cielo entero estaba lleno de campanas, el aire era un infierno de repiqueteos.
Pensó que por primera vez Phrynne también se veía estresada y alicaída.
—Llevan mucho tiempo sonando —dijo ella y se acercó más a él—. Ojalá se callaran.
—Empacamos y nos vamos. Necesito saber si podemos salir por este lado. Hay que cerrar la puerta en silencio.
Las bisagras rechinaron un poco, y dudó a medio camino si era mejor apurar el rechinido o atenuarlo. De pronto, algo oscuro y sin silueta definida, que parecía estar sosteniendo una prenda negra con el brazo sobre la cabeza, revoloteó en ángulos rectos como un murciélago por la estrecha calle mal iluminada, y el sonido de sus pasos no fue audible para nadie. Era el primer ser que alguno de los dos veía en las calles de Holihaven, y Gerald sintió un gran alivio por haberlo visto sólo él. Le tembló la mano y cerró la puerta con demasiada fuerza.
Pero nadie podía haberse percatado, aunque se detuvo un segundo fuera de la sala. Oyó a la señora Pascoe llorar histérica, y, una vez más, sintió alivio de que Phrynne estuviera uno o dos pasos delante de él. Arriba, la puerta del comandante estaba justo enfrente de ellos: tenían que pasar junto a la figura japonesa para tomar el pasillo que estaba a la izquierda.
Pero pronto llegaron a su cuarto y se encerraron con llave.
—Ay, Dios —gritó Gerald mientras se hundía en la cama matrimonial—. Es un pandemonio.
No fue la primera vez esa noche en que la inesperada exactitud de sus propias palabras lo asustaba más que nunca.
—De verdad que sí —respondió Phrynne, casi en calma—. Y no vamos a salir en medio del pandemonio.
Él no tenía idea de qué tanto sabía, adivinaba o se imaginaba ella, y cualquier cosa que dijera para iluminarla sería sumamente peligrosa. Pero era consciente de su capacidad de resistirse y él no tenía fuerzas para luchar contra ella.
Phrynne estaba asomada por la ventana hacia la calle principal.
—Les podríamos pedir que paren —dijo con poca energía.
A Gerald ahora le asustaban menos las campanadas que la posibilidad de que se detuvieran. Pero parecía imposible que siguieran sonando hasta el amanecer.
Entonces, un repiqueteo se detuvo. No podía haber otra explicación para la obvia disminución del sonido.
—¿Ya ves? —arguyó Phrynne.
Gerald se sentó con la espalda recta en un lado de la cama.
Casi de golpe empezaron a acallarse otras secciones del sonido, una tras otra, muy rápido, hasta que quedó un solo repiqueteo, el que había iniciado todo el alboroto. Luego ese también fue disminuyendo hasta quedar una sola campana. La única campana dobló sola, desarticulada, seis o siete veces. Luego se detuvo, y ya no hubo nada.
La cabeza de Gerald era una caverna de ecos que subían amortiguados por la ruidosa corriente de su torrente sanguíneo.
—Ay, Dios mío —dijo Phrynne mientras volteaba a verlo desde la ventana y se llevaba los brazos a la cabeza—. Mañana hay que irnos a otro lado. —Y se empezó a desvestir.
Más temprano de lo habitual estaban entrelazados en la cama. Gerald había tenido cuidado de no asomarse por la ventana, y ninguno de los dos sugirió abrirla, como hacían siempre.
—Como la cama tiene dosel, ¿no deberíamos cerrar las cortinas? —preguntó Phrynne—. ¿Para que esté más acogedor después de las malditas campanadas?
—Nos vamos a sofocar.
—¿Se sofocaba la gente cuando todas las camas tenían dosel?
—Sólo cerraban las cortinas cuando había gente que pasara por el cuarto.
—Querido, estás temblando. Yo creo que deberíamos cerrarlas.
—Mejor quédate quieta y hazme el amor.
Pero se le estaban crispando más los nervios en el silencio. No se escuchaba absolutamente nada, ni dentro ni fuera del hotel; ni un rechinido de la duela ni un gato merodeando ni un búho distante. Le había dado miedo ver el reloj cuando se detuvieron las campanadas, y después también; la cantidad de horas oscuras antes de que pudieran irse de Holihaven pesaban sobre él. Ante sus ojos estaba clara la visión del comandante arrodillado junto a la ventana oscura, como si las paredes que los separaban fueran un telón de gasa, y la cosa que había visto en la calle recorría su memoria, de ida y vuelta, en carreras angulosas.
La pasión empezó a abrir sus pétalos dentro de él, capa tras capa; como la flor roja de un ilusionista que, sin tierra ni sol ni savia, crece expuesta a todos. La languidez de la ternura empezó a llenar el cuarto húmedo con su textura y su aroma. Las paredes transparentes se volvieron otra vez opacas, y los vaticinios del viejo, mera obsesión. Seguro que la calle había estado vacía, como ahora; sus ojos lo habían engañado.
Pero quizás era la obediencia ciega del amor lo que engañaba, sobre todo con respecto al tiempo que había pasado desde que las campanas dejaron de sonar, pues de pronto Phrynne se acercó mucho a él, y él escuchó pasos en la calle y una voz gritando. Eran pasos muy fuertes, audibles desde lejos a pesar de las ventanas cerradas, y la voz tenía la estridencia posesa de un predicador callejero.
—¡Despertaron los muertos!
Ni siquiera el marcado acento bucólico, la vibración gutural de la emoción, podían alterar o esconder el significado. De inicio, Gerald se quedó acostado, escuchando con todo el cuerpo y concentrándose cada vez más conforme aumentaba el sonido; luego saltó de la cama y corrió hacia la ventana.
Un hombre corpulento de extremidades largas que llevaba un saco de marinero corría por la calle, dejándose ver por un segundo bajo cada lámpara, y entre ellas, degradándose a un espectro tosco que se bamboleaba.
Mientras gritaba su gozoso mensaje, cruzaba de un lado a otro y agitaba los brazos como negro. Gracias a los destellos, Gerald vio que su rostro desgastado por la intemperie estaba desfigurado.
—¡Despertaron los muertos!
Detrás de él, la gente salía de sus casas y bajaba de los departamentos que había sobre las tiendas. Eran hombres, mujeres y niños. La mayoría de ellos estaban completamente vestidos y debían de haber estado esperando el llamado en silencio y en la oscuridad; pero otros tantos estaban desaliñados, en ropa de noche o con las primeras prendas que habían tenido a la mano. Algunos formaron grupos y avanzaron hombro con hombro, como hacia el final de una juerga en Blackpool. Otros más iban solos, eufóricos y moviendo los brazos por encima de la cabeza, como había hecho el primero. Todos gritaban una y otra vez sin cohesión ni armonía: “¡Despertaron los muertos!” “¡Despertaron los muertos!”.
Gerald se dio cuenta de que Phrynne estaba parada detrás de él.
—El comandante me lo advirtió —exclamó, deshecho—. Debimos habernos ido.
Phrynne movió la cabeza y le tomó el brazo.
—No hay adónde ir —dijo. Pero su voz estaba teñida de miedo, y sus ojos, en blanco—. No creo que nos molesten.
Rápidamente, Gerald corrió las gruesas cortinas afelpadas y se quedaron en una oscuridad total.
—Lo vamos a soportar —dijo, un poco histriónico en su miedo—. Pase lo que pase. —Fue a tientas hasta el interruptor, pero cuando lo apretó, no se encendió la luz—. No hay corriente. Mejor hay que regresar a la cama.
—¡Gerald, ven a ayudarme!
Se acordó de que ella se volvía extrañamente vulnerable en la oscuridad. La encontró y la guio hacia la cama.
—Ya no más amor —dijo ella con remordimiento, pero cariñosa; le castañeaban los dientes. Él la besó en los labios con toda la dulzura que esa noche permitía—. Iban hacia el mar —añadió, tímida.
—Hay que pensar en otra cosa.
Pero el sonido seguía aumentando. Toda la comunidad parecía estar pasando por la calle, gritando las mismas terribles palabras una y otra vez.
—¿Crees que podamos?
—Sí —contestó Gerald—. Es sólo una noche.
—No pueden ser tan peligrosos —dijo Phrynne—. Ya lo hubieran prohibido.
—Sí, por supuesto.
Para entonces, como siempre sucede, las voces de la multitud se habían amalgamado y empezaban a gritar al unísono. Eran como agitadores gritando consignas, o buscapleitos en un partido de futbol. Pero, al mismo tiempo, el sonido se estaba empezando a alejar. Gerald sospechó que toda la población del lugar participaba en la marcha.
Muy pronto quedó claro que estaban siguiendo una ruta de procesión. Se oía que el alboroto viajaba de una zona a otra; a veces se acercaba, Gerald y Phrynne volvían a sobresaltarse con el primer escalofrío de pánico, y luego otra vez casi se desvanecía. Tal vez haya sido esa gran variación en el volumen lo que llevó a Gerald a creer que había pausas claras en los gritos en masa, periodos en que los sustituían aclamaciones lejanas y desordenadas. También empezó a parecerle que las palabras habían cambiado, pero no lograba descifrar el nuevo grito, aunque se esforzara involuntariamente.
—Es impresionante lo asustados que podemos estar —dijo Phrynne—, a pesar de que no estamos directamente amenazados. Eso ha de demostrar que, a fin de cuentas, todos nos pertenecemos los unos a los otros, o lo que sea.
Ante muchos comentarios similares discutían el asunto sin rodeos. La experiencia demostraba que eso era mejor que no hablarlo en absoluto.
Al final, no quedaba duda de que los gritos se habían detenido ni de que ahora la multitud estaba cantando. No era una canción que Gerald conociera, pero algo en la forma de entonarla lo convenció de que era una especie de himno o de cántico sobrepuesto en una tonada popular anticuada. Una vez más, la multitud se acercaba, esta vez a paso firme, pero con una extraña lentitud interminable.
—¿Qué demonios están haciendo? —preguntó Gerald en la oscuridad, con los nervios tan alterados que no pudo contener la pregunta tonta.
Era palpable que la multitud había terminado su peregrinación y regresaba hacia la calle principal desde el mar. Los cantos ya se oían cansados y fluctuaban como si se les estuviera acabando la energía después de tanta actividad feliz, como a los niños en una fiesta. Había una corriente de pleitos y altercados subyacentes. Pasó más y más tiempo.
Phrynne habló:
—Yo creo que están bailando.
Se movió un poco, como para ir a ver.
—No, no —le dijo Gerald y la agarró con fuerza.
Se oyó un golpe seco en el piso de abajo. La puerta principal había sido derribada con violencia.
Escucharon que el hotel se llenaba de una muchedumbre que daba pisotones y cantaba. Las puertas se sacudían y los muebles caían conforme la multitud beatífica irrumpía y chocaba entre la oscuridad del viejo edificio. Cayeron vasos y vajillas y sartenes de latón de Birmingham. En un instante, Gerald oyó que la armadura japonesa chocaba contra los tablones. Phrynne gritó. Luego, un potente hombro, fortalecido por la arremetida del mar, embistió los paneles y derribó su puerta.
Los muertos llegaron a bailar con la gente.
Esta es la hora. Este es el lugar. Este es el ambiente.
Por fin, Gerald logró descifrar las palabras. Los acentos de la tonada estaban aplanados de tanto repetirlos.
Tomados de la mano, a través del tenue hueco gris de la puerta, los danzantes daban tumbos y arrastraban los pies hacia el interior, cantando frenéticos pero entrecortados; eufóricos pero agotados. Se balanceaban y avanzaban entre la sofocante oscuridad, cada vez en mayor cantidad, hasta que el cuarto estuvo atiborrado.
Phrynne gritó otra vez.
—¡El olor! ¡Ay, Dios, ese olor!
Era el olor de la playa, ahora en el cuarto repleto. Ya no era meramente ofensivo, sino obsceno, atroz.
Phrynne estaba histérica. Perdido cualquier resto de autocontrol, arañaba y lloraba y gritaba una y otra vez. Gerald trató de retenerla contra su pecho, pero uno de los danzantes en la oscuridad le dio un golpe tan fuerte que la arrancó de sus brazos. Al instante, pareció como si ya no estuviera ahí.
Los danzantes se amontonaban por todas partes, con las extremidades girando y los pulmones estallando al ritmo de la canción. Gerald no podía ni siquiera llamarla. Intentó buscarla, mas de inmediato un codazo lo tiró al suelo; un abismo de pisotones invisibles.
Pero pronto los danzantes se empezaron a retirar; no sólo del cuarto, sino, al parecer, del edificio entero. Aunque apaleado y atormentado, Gerald oyó los cánticos en la calle conforme los grupos frenéticos salían y se reunían. Adentro, muy pronto no quedó nada más que el caos, la oscuridad y el olor putrefacto. Gerald se sintió tan mal que hubo de luchar por no quedar inconsciente. No podía pensar ni moverse, a pesar de la urgencia.
Luego consiguió sentarse y hundir la cabeza en las sábanas deshechas de la cama. Durante un lapso incierto, fue insensible a todo, pero al final oyó pasos acercándose por el pasillo oscuro. La puerta se abrió y entró el comandante con una vela encendida. Parecía no percatarse del hilo de cera caliente que ya se le había secado en gran parte de la mano hinchada.
—Ella está bien. No gracias a usted.
El comandante miraba con frialdad a la indigna figura de Gerald. Él trató de levantarse. Estaba tan lastimado y mareado que pensó que podía tener una contusión. Pero el alivio lo reanimó.
—¿Fue gracias a usted?
—La arrastraron al baile con todos los demás.
Los ojos del comandante brillaban a la luz de la vela. Los cantos y bailes se habían extinguido casi por completo.
Gerald no pudo hacer más que sentarse en la cama. Su voz sonaba muy baja y confusa, como si viniera de fuera de su cuerpo.
—¿Eran…? ¿Algunos de ellos eran…?
El comandante contestó con un desdén mayor hacia su debilidad.
—Estaba entre dos de ellos. Cada uno le sostenía una mano.
Gerald no lo podía voltear a ver.
—¿Qué hizo usted? —le preguntó con la misma voz remota.
—Hice lo que tenía que hacer. Espero que haya sido a tiempo. —Tras la pausa más corta posible, continuó—. Está allá abajo.
—Estoy muy agradecido. Es muy tonto, pero, ¿qué más puedo decir?
—¿Puede caminar?
—Creo que sí.
—Lo alumbro hasta abajo. —El tono del comandante era tan inflexible como siempre.
Había otras dos velas en la sala, y Phrynne, con un abrigo y un cinturón de mujer que no eran suyos, estaba sentada entre ambas, bebiendo. La señora Pascoe, completamente vestida pero con los ojos apartados, se ocupaba sin mucho empeño del desastre. Era como si no estuviera haciendo mucho más que terminar la labor que había dejado inconclusa hacía rato.
—¡Querido, mírate nada más! —Las palabras de Phrynne seguían sonando histéricas, pero su voz era tan amable como siempre. Gerald, olvidando los moretones y la contusión, la abrazó con fuerza. Estuvieron así en silencio mucho tiempo; luego, él la vio a los ojos—. Aquí estoy —dijo ella y miró hacia otro lado—. No te preocupes.
En silencio y sin que nadie lo notara, el comandante ya se había ido.
Sin devolverle la mirada, Phrynne se acabó su trago mientras seguía ahí parada. Gerald supuso que era uno de los brebajes de la señora Pascoe.
Estaba tan oscuro donde trajinaba la mujer que seguramente conseguía arreglar muy poco, pero no les dijo nada a sus huéspedes, ni ellos tampoco. En la puerta, Phrynne se quitó el abrigo de pronto y lo echó a una silla. Tenía la ropa de noche tan desgarrada que casi estaba desnuda. Por más oscuro que estuviera, Gerald vio a la señora Pascoe mirando el hermoso cuerpo de Phrynne con resentimiento.
—¿Nos podemos llevar una vela? —preguntó; estaba recobrando los modales de costumbre.
Pero la señora Pascoe seguía mirando en silencio, y ellos alumbraron el camino entre el caos de muebles rotos hasta las ruinas de su dormitorio. La armadura japonesa seguía tirada, y la puerta del comandante, cerrada. El olor se había ido casi por completo.
Para las siete de la mañana del día siguiente, sorprendentemente, el orden se había restaurado casi por completo. Pero nadie parecía estar por ahí, y Gerald y Phrynne se fueron sin decir una palabra.
En la calle Ruina, un lechero estaba repartiendo sus productos, pero Gerald notó que su vehículo traía placa de otro pueblo. Un niñito al que se encontraron después cumpliendo un mandado misterioso tal vez haya sido local; y cuando llegaron a la calle de la estación, vieron un pedacito de tierra en donde había hombres trabajando en silencio, palas en mano. Eran tantos como moscas en una herida, e igual de negros. Con la oscuridad de la noche anterior, Gerald y Phrynne no habían podido apreciar el lugar. Un letrero decía: Nuevo Cementerio Municipal.
A la suave luz de una mañana de otoño, la escena de los trabajadores negros y silenciosos era terrible, pero a Phrynne no parecía disgustarle. Al contrario, se sonrojó y su boca se volvió aún más voluptuosa por un instante.
Parecía haber olvidado a Gerald, así que él pudo examinarla más de cerca un momento. Era la primera vez que lo hacía desde la noche anterior. Entonces, de nuevo, se volvió ella misma. En esos instantes previos, Gerald se había percatado de que algo los separaba, algo que ninguno de los dos mencionaría ni olvidaría jamás.