Stories 93 / Random

Stories by robert aickman

ravissante (spanish)

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TUVE UN CONOCIDO que, antes de entrar en mi vida, había sido pintor, pero luego le dio por “compilar y editar” esos libros de arte caros y brillosos que dicen que se venden en cantidades sorprendentes, pero que nunca he visto a nadie comprar ni, en caso de que ya tuvieran uno, abrir jamás.
Lo conocí en una fiesta. La sala, muy moderna, sólo estaba iluminada a pedazos, con lámparas que resplandecían bajo estructuras de metal. Él estaba en uno de los rincones a oscuras; se veía tímido y fuera de lugar. Llevaba un traje azul claro, una camisa de un azul un poco más oscuro y una corbata de color negro azulado. Se veía muy maleable y delgado. Caminé hacia él. Vi que tenía la cabeza alta y estrecha, y el pelo oscuro y suave, cortado en la nuca por una línea horizontal brusca. Noté que lo acompañaba una mujer, antes invisible, aunque, en cuanto logré enfocarla, vi que estaba vestida de una manera bastante extraña. Sin embargo, hablé.
A fin de cuentas, pareció que mi presencia fue bienvenida. Él soltó el comentario obligado de que casi no conocía a nadie y me presentó a su esposa, la mujer casi invisible. Procedió a parlotear, pero de una forma un poco ansiosa, como si quisiera mitigar su presencia entre tantos desconocidos lúgubres. Me contó ahí mismo que había abandonado la pintura por la edición:
—No tardé en darme cuenta de que nunca vendería mis cuadros —dijo, o algo parecido—. Muy disparatados.
De ese epíteto suyo en particular sí estoy seguro. Se me grabó en la mente de inmediato. No me ofreció detalles, pero habló de los términos que conseguía en los contratos de sus chabacanos caravasares pictóricos. Yo escribo un poco de vez en cuando, y las cifras que mencionó me parecieron bastante buenas. Evité mencionar que los libros que no se leen son los que más regalías generan (a fin de cuentas, se dice que se venden cientos de miles de copias de las traducciones modernas de la Ilíada y la Odisea, y cada año que pasa, la Biblia se afianza de manera cada vez más definitiva en su puesto del libro más vendido de todos los tiempos); mejor comenté que sin duda tenía una vida interesante, con muchos viajes y, después de todo, con la oportunidad de contemplar mucha belleza. Asintió cálidamente y, después de tomar otro martini de una charola que pasaba cerca, describió con cierto detalle su última excursión de negocios hacia algún lugar de Centroamérica donde había unos muros con pinturas extrañas, perfectas para fotografías a color. Dijo que esperaba no estarme aburriendo.
—Ay, no —dije yo—, para nada.
Durante todo ese tiempo, su esposa no había hablado en absoluto. Lo comento como un simple hecho. No estoy insinuando que estuviera aburrida. Puede que incluso haya estado embelesada. A fin de cuentas, el silencio puede significar cualquiera de las dos cosas. En el caso de ella, nunca supe cuál.
Ella era aún más delgada que él, con pelo (hasta donde alcanzaba a ver) de un color como de trigo viejo, recogido en un chongo a la altura del cuello; una cara pálida, larga, como la de su esposo, y esa vestimenta oscura y un tanto extraña que ya mencioné. Noté que el tipo tenía una nariz más bien débil y subdesarrollada. Al final, me preguntó si querría visitarlos en su departamento de Battersea para cenar. Le prometí que iría.
Notarán que estoy siendo discreto con los nombres. Creo que es lo mejor, porque él mismo era muy discreto en ese sentido, como será evidente después. Además, en ningún momento me volví amigo cercano de la pareja. Sin embargo, hay una cosa que debe de haber tenido importancia.
En el departamento de Battersea (que no daba exactamente al parque) estaban expuestos algunos de sus cuadros. Podría compararlos, aunque de forma un poco distante, con las últimas obras del difunto Charles Sims, que alguna vez causaron controversia: a nivel superficial parecían confusos, hasta dementes, y al igual que con las obras de Sims, mientras los contemplabas te hacían dudar si acaso el pintor no había irrumpido en otro orden de cosas, uno profundo y terrible. También les hubieran quedado bien los títulos al estilo de Sims, como “Contemplad, estoy grabado en la palma de vuestra mano” o “¿Acaso no soy la luz en el abismo?”. De hecho, los de mi conocido ni siquiera tenían título, no creo que por obediencia a la moda de esos tiempos, sino más bien porque no parecía considerarlos obras de arte individuales y vendibles.
—Me di cuenta de que no podía pintar lo que le gusta comprar a la gente —dijo con una sonrisa bajo su nariz débil.
Su esposa, sentada en una silla dura y de nuevo con su extraña vestimenta, no dijo nada. De hecho, podía imaginarme bastante bien a los tentáculos ondulantes de la moda acaparando esos extraños cuadros, aunque, obviamente, por las razones totalmente equivocadas. Les dije que eran unos de los cuadros más poderosos y emocionantes que había visto en mi vida, y era una opinión sincera, a pesar de cierta falta de profesionalismo en la ejecución. No estoy seguro de que me hubiera gustado vivir rodeado de semejantes imágenes, como ellos, pero ese es otro asunto. Quizás exageré la cantidad: había, creo yo, tres de esas obras místicas en la sala, todas bastante grandes; cuatro en la recámara matrimonial, a la que me llevaron para admirarlas; una en el pequeño cuarto de visitas, y otra en el baño. Tenían marcos muy casuales, porque el pintor no se los tomaba muy en serio y los mezclaba en las paredes con pruebas de impresión de sus libros de arte, todas enmarcadas y todas perpetradas con la máxima capacidad de los procesos modernos de reproducción.
Fui varias veces a cenar, quizá seis o siete en total, y les correspondí invitándolos al Club Real de Automovilismo, que en ese entonces me parecía conveniente para esos menesteres, pues vivía solo en Richmond. Las cenas en Battersea seguían un patrón bastante claro: mi anfitrión era quien más hablaba; su esposa, con su ropa rara, parecía hablar cada vez menos; la comida, que ella cocinaba, no estaba mal, aunque fuera un poquito sosa; me trataban muy conscientemente como invitado. A partir de esto último, y de otras cosas, deduje que no recibían visitas muy seguido. Quizás el problema fuera que al lugar le faltaba magia. Uno sentía que el pintor de semejantes cuadros debería tener tema de conversación, pero todo lo que mencionaba, aunque fueran muchas cosas, era un tanto decepcionante. Parecía ansioso por recibirme y reacio a dejarme ir; completamente incapaz de abrir una brecha en los muros que parecían rodearlo, por mucho que los golpeara. Tampoco, como es obvio, puede decirse que su esposa ayudara demasiado. O, por lo menos, no hasta donde yo alcanzaba a ver. Las relaciones humanas son tan fantásticamente oblicuas que nunca se puede estar seguro.
En fin, me temo que nuestra relación fue muriendo poco a poco, o casi. La casi muerte fue lenta porque yo lo propicié. Sentí, prácticamente desde el principio, que una muerte más rápida hubiera implicado dolor, quizás incluso hasta una disputa. Consciente de lo que hacía (dentro de los límites inevitables y excesivamente estrechos), me temo que fui ahorcando la conexión muy despacio. Eso me entristecía de manera muy general, pero ni el hombre ni su esposa habían tocado realmente nada en mí, y es mejor amputar las relaciones que no están vivas de la manera más hábil posible, antes de que la gangrena infecte todos tus tejidos y disminuya innecesariamente el tono de tu vida. Si vas a fiestas o conoces a mucha gente nueva de cualquier otra manera, tienes que tomar acciones protectoras con bastante frecuencia, por mucho que te odies en el proceso, igual que los seres humanos estamos obligados a masacrar animales sin cesar, sencillamente porque somos incapaces de sobrevivir, por lo general, a base de manzanas y nueces.
Sin embargo, la conexión nunca murió por completo. Lo siguiente en suceder fue una carta de un despacho de abogados. Llegó más de cuatro años después de la última vez que vi a la pareja de Battersea —como descubrí al revisar mi vieja agenda después de leerla— y dos años, creo, después de la última tarjeta de Navidad que nos enviamos. Durante ese último periodo, me había mudado de Richmond a Highgate. La carta decía que mi conocido había muerto (“tras una larga enfermedad”, añadían los abogados) y que me había nombrado coalbacea de su testamento. La otra albacea era su esposa. Ni siquiera tengo que decir que era la primera vez que oía algo al respecto. Había una herencia que el testador “esperaba que aceptara”: la cifra era de cien libras, y lamento decir que de inmediato me pareció que había sido acordada en otra época de la historia financiera del Reino Unido. Por último, la carta solicitaba que me comunicara lo más pronto posible con los redactores o directamente con la esposa de su cliente.
Solté un leve quejido, pero cuando llegué a la oficina donde trabajaba antes de casarme, escribí una carta de pésame y en la posdata sugerí, con el mayor tacto posible, que se nombrara una fecha para hacer una primera reunión de albaceas. La respuesta llegó de inmediato. Con una cantidad de palabras mínima, me agradecía por el pésame y proponía la noche siguiente. Pospuse una cita con mi prometida y me dirigí de nuevo hacia Battersea.
Noté que mi coalbacea había abandonado el estilo inusual de vestimenta que antes prefería y llevaba un vestido nada especial, incluso ordinario, de alguna franquicia. Tal vez fuera su respuesta a ese impulso interno que hasta hace poco empujaba a los dolientes al negro. No noté otro cambio en ella en ningún otro aspecto.
No se veía destrozada por el duelo ni alterada siquiera, y tenía muy poco más que decir que antes. Traté de descubrir la causa de la muerte, pero no logré obtener una respuesta clara y di por sentado que había sido alguna de las amargas enfermedades de costumbre. Me dijo que no me molestara; ella haría todo lo necesario y yo sólo participaría al final.
Le mencioné que, como albacea, tenía que ver una copia del testamento. Me entregó el original en silencio: estaba por ahí, en ese mismo cuarto. Era muy sencillo: había que cremar el cuerpo y toda la herencia le correspondía a la esposa del testador, excepto mis cien libras, y todos sus cuadros debían ofrecerse a la Galería Nacional de Arte Británico; si los rechazaban, a una larga lista de galerías públicas —diez o doce en total—, y, si también los rechazaban, había que quemarlos. Yo había estado inquieto desde que me contactaron los abogados. De pronto, estaba aterrado.
—No se preocupe —dijo mi coalbacea con una débil sonrisa—, me encargué de esa parte mientras seguía vivo. Nadie los quiso ni regalados.
—Pero —dije—, como albacea, no lo puedo dejar así.
—Vea las cartas —me extendió un manojo de papeles—. Siéntese y léalas.
Acercó su silla dura de siempre y se sentó medio mirándome, medio que no, pero sin ocuparse en otra cosa.
Pensé que bien podría resolver el asunto en ese preciso instante. Cotejé las cartas con la lista del testamento. Todas las galerías estaban incluidas. Todas las cartas eran negativas; algunas sólo daban rodeos. La correspondencia cubría un periodo bastante más largo que los doce meses anteriores. Muchos servidores públicos son lentos para decidirse y aún peores para comprometerse.
—¿Él lo supo? —pregunté.
Esa fue otra pregunta para la que no logré obtener una respuesta clara, porque ella sólo sonrió, y apenas levemente. Me pareció difícil insistir.
—No se preocupe —dijo de nuevo—. Yo me encargo de la fogata.
—Pero, ¿usted no quiere conservar los cuadros? —exclamé—. Quizás haya vivido con ellos tanto tiempo que ya le parezcan familiares, pero de verdad que son impresionantes.
—¿No cree que como albaceas debemos obedecer el testamento?
—En lo que a la ley concierne, estoy seguro de que puede quedárselos.
—¿A usted le gustaría quedárselos? Tomando en cuenta que —añadió— hay unos cien más almacenados en Kingston.
—No tengo espacio, por mucho que me duela.
—Yo tampoco lo tendré en el futuro.
—Me gustaría llevarme uno, si me lo permite.
—Todos los que quiera. ¿Quiere también los manuscritos? Están todos en esa maleta.
Era un objeto verde y maltrecho, recargado contra la pared. Creo que fue su desagradable indiferencia lo que me hizo aceptarlos. Era bastante obvio cuál sería su destino si no me los llevaba, y no me gustaba pensar en la vida de un hombre desapareciendo entre llamaradas, como su cuerpo.
—¿Cuándo es el funeral? —pregunté.
—Mañana, pero será bastante privado.
Me pregunté dónde estaría el cuerpo. ¿En el cuarto matrimonial? ¿En el cuartito de visitas? ¿En una morgue?
—Ni él ni yo creíamos en Dios.
En mi experiencia con ella, era la primera vez que tomaba la iniciativa con una declaración tan general, por muy negativa que fuera.
Miré los cuadros, incluyendo el que había elegido mentalmente. Ella no dijo nada más. Por supuesto, los cuadros habían sido pintados hacía varios años, quizás antes de conocerla.
No me ofreció una taza de café ni me ayudó a bajar el cuadro ni la pesada maleta por las muchas escaleras del edificio de Battersea. De camino a mi casa, pensé que, por la cantidad de trabajo involucrada, mi herencia como albacea no resultaba tan inadecuada.
El cuadro ha viajado conmigo desde entonces. Ahora está en el cuarto junto al que solía ser el del bebé. Voy seguido a contemplarlo durante unos cinco o seis minutos cuando hay buena luz.
La maleta contenía los originales revueltos de los libros de arte, al parecer redactados directamente a máquina. Estaban tasajeados de correcciones en tintas de distintos colores, pero no me importó, porque nunca pensé en leerlos. De todos modos, no los he tirado. Ahora están en el ático, aún en la maleta verde con etiquetas de la Italia de Mussolini. Hasta ese pequeño punto, mi pobre conocido sigue vivo. Supongo que sintió que yo, más que la mayoría de la gente, tenía algo en común con él; de lo contrario, no me hubiera nombrado su albacea.
Pero la maleta contenía algo más: una narración más corta y personal, escrita en largas tiras de papel ondulante y extranjero, y enrolladas con una liga gruesa, ya podrida. Para presentar esa narración, tan extraña e íntima, para explicar cómo llegó a mis manos y cómo es que se publica, escribí todo lo anterior. Cada vez me parece más importante la pura extrañeza de la vida, porque cada vez está más extendido el supuesto de que la vida está trazada, de que es predecible y controlable. Y en vez de “extrañeza”, por supuesto, podría haber escrito “misterio”.
Según el testamento, le corresponde una tarifa de publicación a la viuda, depositaria de los derechos de autor. Por este medio le informo que sólo tiene que solicitarla. Sin embargo, al recordar aquella última noche, el día antes del funeral, no estoy seguro de que vaya a hacerlo. Pero ya veremos. El resto se lo dejo a las palabras de mi pobre conocido.
Ayer volví después de tres semanas en Bélgica. Mientras estaba ahí, tuve una experiencia que me impresionó mucho. Creo que hasta pudo haber cambiado toda mi forma de ver las cosas; afligió mi alma, como dicen. En fin, es poco probable que la olvide. Por otro lado, he aprendido que lo que recuerdas siempre está alejado de lo que sucedió. Así que estoy aprovechando esta primera oportunidad para escribir todos los detalles que pueda recordar y que me parezcan importantes. Sólo han pasado seis días desde que sucedió, pero sé que ya hay ciertas brechas cerradas por mi imaginación y que habré hecho algunas distorsiones inconscientes en aras de la consistencia y de un mayor efecto. Tal vez sea desafortunado no haber podido registrar esto mientras seguía en Bruselas, pero me fue imposible. Me faltó tiempo o, más bien, disciplina, como me dicen siempre. También sentí que estaba hechizado. Sentía que algo horrible y alarmante podía pasar mientras me sentaba a escribir en mi cuarto, solo. El canal de la Mancha disolvió bastante el hechizo, aunque aún sienta todas esas texturas en las manos y en la cara, aunque aún vea esas extrañas criaturas y oiga la voz cascada de madame A. Cuando pienso en eso, vuelvo a sentir miedo, pero también me atrae abrumadoramente, igual que en ese entonces. Creo que a eso se refiere en realidad la palabra “fascinación”.
Como es posible que otras personas lean esto, aunque sea en un futuro distante, presento algunos hechos básicos. Soy pintor y tengo veintiséis años: la edad a la que murió Bonnington. Tengo ingresos de unas trescientas libras al año, así que puedo pintar lo que me interesa, por lo menos mientras siga solo. Hasta ahora he estado bastante feliz solo, aunque ese hecho parezca molestarles a casi todos mis conocidos. He tenido poco que ver con mujeres, sobre todo porque no se me ocurre que tenga nada que ofrecer que pueda atraerlas y porque detesto el aspecto competitivo de las relaciones entre sexos. Odiaría darle lástima a una mujer y, por otro lado, odiaría estar involucrado con una mujer a quien le tuviera lástima; una mujer, de hecho, que no fuera lo bastante atractiva como para participar en la guerra total entre los sexos y que, por lo tanto, estuviera disponible para un hombre como yo. No me gustaría involucrarme con una mujer que no fuera muy hermosa. Quizá sea el artista hablando. En realidad, no lo sé. Siento que sólo desearía a la clase de mujer que nunca podría desearme a mí. No puedo decir que ese problema no me moleste, pero a partir de lo que he leído y oído, me sorprende que no me moleste más.
También resulta que no me cuesta trabajo escribir estas cosas. Al contrario, me gusta. Se me ocurre que podría redactar una narración bastante larga sobre mis sentimientos, aunque obviamente esta no sea la ocasión adecuada, porque creo que ya dije todo lo necesario. Tengo que lograr un equilibrio entre aclarar mi mente e impartir datos duros a desconocidos. Me imagino que esta narración, si la termino, sólo la leeremos algunos desconocidos y yo. No me gustaría que una persona íntima en mi vida la leyera…, si es que llega a existir tal persona. Dudo que exista jamás. A veces eso me asusta, pero otras, me tranquiliza.
Ahora que me acuerdo, creo que es importante mencionar, para los desconocidos que lean esto, que mis padres murieron hace siete años en un accidente de avión. Mi madre fue quien insistió en viajar a París por aire. Yo estaba presente cuando se pelearon por eso. Esa era la costumbre entre ellos. De todos modos, yo quería mucho a mi madre, aunque fuera tan mandona conmigo como con mi padre. No dudo que eso también me ha afectado. Tengo miedo de que una mujer me robe mi independencia…, que quizás hasta me mate. Por lo que he visto, tampoco creo que sean miedos particularmente irreales.
En general, no me gusta la gente. Al parecer, soy incapaz de acercarme a las personas, pero cuando alguien se me acerca a mí, tengo bastante éxito (incluso más que mucha gente a la que no le cuesta trabajo irrumpir y dar el primer paso). Ya que empiezo, puedo seguir hablando de forma fluida y hasta entretenida (aunque por dentro creo que carezco de sentido del humor), y muchas veces —casi todas, de hecho— parezco causar una buena impresión. Supongo que eso debería complacerme, pero no creo ejercer nunca una verdadera influencia. Es casi como si alguien más estuviera hablando a través de mí impulsado por un extraño: mi interlocutor. No soy yo quien habla, y ciertamente no soy yo quien cae bien. De verdad sospecho que yo no hablo nunca, y estoy seguro de que, si lo hiciera, nunca le caería bien a nadie. Por supuesto, esa es otra razón por la que no sería sensato vivir con alguien.
Algo parecido pasa con mi arte. Mis cuadros son visionarios y simbólicos, y desde el primero hasta el último, parece que los pintó alguien más. De hecho, me cuesta muchísimo trabajo pintar cualquier cosa sobre pedido. Soy un inútil para los retratos, incapaz de pintar al aire libre y bastante indiferente ante los distintos tipos de pintura abstracta que han surgido tras la invención de la cámara. También soy poco hábil en el dibujo, lo cual, por supuesto, debería ser una incapacidad que me arrebatara toda esperanza. Tengo que estar solo para pintar, pero entonces a veces puedo pintar día y noche, veinte horas seguidas. Mi padre, quien era muy comprensivo con mi talento, me envió a estudiar a una escuela de arte en Londres. No tuvo ningún sentido. No logré nada y fui más infeliz que nunca en mi vida. Fue el único periodo en que me sentí realmente solo…, aunque, por supuesto, aún podrían venir cosas peores. Por lo tanto, soy casi totalmente autodidacta, o más bien me enseñó esa otra persona en mi interior. Estoy consciente de que a mis cuadros les falta técnica (si es que hay una técnica que pueda distinguirse de la inspiración y la invención). Hubiera dejado de pintarlos hace algún tiempo de no ser porque ciertas personas parecen haber opinado que eran impresionantes, y, por lo tanto, me identificaron con ellos y me hicieron sentir ligeramente importante. Si me rindiera, tendría que rendirme por completo. No podría pintar como pasatiempo o sólo los domingos, como hace tanta gente. Estoy seguro de que me rendiré pronto… o me rendirán. Cuando leí sobre el talento de médiums de Willi y Rudi Schneider, y de cómo el don abandonó primero a un hermano y luego al otro cuando ambos eran aún bastante jóvenes, sentí de inmediato que algo parecido me sucederá a mí y que sentaré cabeza, como Willi Schneider, y que me volveré peluquero o practicante de cualquier otro oficio. No es que quiera sugerir ningún elemento psíquico en mis obras; es sólo que contienen una gloria que definitivamente no le pertenece al pintor, como confirmarán los pocos que me conocen. Es un lugar común decir que suele haber más de un alma en un cuerpo.
También debo admitir ciertas “influencias”. Suena pretencioso, pero tengo que decirlo para explicar qué estuve haciendo en Bélgica y cómo llegué a visitar a madame A. Ciertas obras, o las obras de ciertos pintores, me afectan mucho, a veces casi hasta la agonía, pero sólo ciertos cuadros y ciertos pintores, realmente muy pocos. Lamento decir que el arte en general me deja bastante frío, sobre todo cuando está expuesto a las muchedumbres, la mayoría inevitablemente insensibles. Estoy convencido de que los cuadros deberían pertenecer siempre a individuos particulares. Incluso creo que el arte muere cuando se comparte entre demasiadas personas. También me desagradan los libros de arte, con sus horrendas “reproducciones”, repelentes cuando están a color y aburridas cuando no. Por otro lado, ante los pintores que sí me afectan, me ensimismo casi por completo: con sus vidas y pensamientos, hasta donde puedo averiguar o adivinar esas cosas, tanto como con sus obras. Creo que la apariencia de un pintor y la apariencia de los sitios donde pintó pueden ser muy importantes. No me sirve la teoría que dice que el cuadro y la manera en que se le aplicó la pintura son lo único que importa. Esa idea me parece al mismo tiempo perezosa e insensible. Quizá “mis” pintores sean mis verdaderos íntimos, ellos y sólo ellos. No puedo creer que alguna vez vaya a tener una relación tan cercana con alguien vivo como la que tuve con Magnasco la primera vez que lo busqué. Pero, de nuevo, debería enfatizar que esas “influencias” me parecen todo menos directas. Reconozco pocos manierismos ajenos en mis cuadros. La influencia es mucho más profunda. La gente que cree que sólo importa el cuadro no lo entendería en absoluto.
He podido viajar un poco en busca de cuadros particulares porque siempre he vivido de forma sencilla y casi no gasto. A Bélgica fui a ver cuadros: ni siquiera tengo que decir que no fue para ver los Memlings ni los Rubens, aunque no dudo que hayan estado bien en su época, sino la obra de los simbolistas y su estirpe, pintores como William Degouve de Nuncques, Fernand Khnopff, Xavier Mellery, quien dijo (¿y quién más ha dicho eso?) que pintaba el “silencio” y el “alma de las cosas”, y, sobre todo, por supuesto, a James Ensor, el barón encantador. Antes de partir, trabajé varios meses equipándome con una lista de direcciones, pues muchas de las mejores pinturas de esa escuela reposan felizmente en manos privadas. Casi todos los dueños fueron amables conmigo, aunque hablara muy poco francés, y durante los primeros quince días estuve completamente perdido y fui absolutamente feliz. No todos los dueños dieron indicios de apreciar sus distintas propiedades, pero, por supuesto, yo no lo esperaba. Por lo menos, la mayoría estaba preparada para dejarme solo y en paz, algo que rara vez viví con los coleccionistas privados que sobreviven en Italia. Muchos de ellos parecían creer que podrían venderme algo, la mayoría hacía mucho ruido y todos me negaron mi privacidad.
Una de las autoridades belgas con quienes intercambié cartas me dijo que la viuda de cierto pintor de la escuela simbolista seguía viva en Bruselas. Después de lo que pasó, no quiero escribir el nombre de ese pintor, ni siquiera para mis ojos. Sólo lo llamaré A., el difunto A. Los informados quizá logren identificarlo. Aunque lo consigan, ya no importará tanto cuando lleguen a leer este reporte. Si algún desconocido lo lee antes de lo esperado, sólo será porque estoy muerto, y la carga de la discreción recaerá en él, no en mí.
Aquella autoridad belga, sin ningún otro comentario, me dio una dirección en Bruselas a la que escribí desde Inglaterra en mi francés básico, sin esperar realmente una respuesta. Sin embargo, mi natural interés por la vida y personalidad de “mis” pintores tal vez haya hecho que escribiera de una manera más urgente y persuasiva de lo normal. Me parecía una oportunidad considerable. A pesar de mi gran interés, nunca había conocido a ninguno de mis pintores particulares, ni siquiera a una viuda o pariente. En todo caso, muchos de ellos habían vivido hacía demasiado tiempo como para que sucediera algo así. Si no recibía respuesta, estaba muy dispuesto a pararme afuera de la casa y considerar, a partir de lo que observara, cómo meterme. Eso resultó innecesario. En menos de tres días recibí noticias de madame A.
Tenía una letra suelta y curveada, y había confinado su escrito al centro de una gran hoja de papel azul oscuro. Su caligrafía se parecía a los resortes que saltan de un reloj en una caricatura decimonónica. Habría sido difícil de leer, incluso aunque hubiera estado en inglés, pero al final descifré casi todo. Madame A. decía que era muy vieja y no había salido de la casa ni recibido visitas en años, pero estaba encantada de que alguien se esforzara tanto por verla y me recibiría a las seis en punto de una tarde que fijó con exactitud. Yo le había dado las fechas de mi estancia en Bélgica, pero de todos modos me sorprendió su firmeza, porque no tenía precedentes. La gente con cuadros siempre me había permitido elegir cuándo hacer la visita, y casi siempre me había parecido una responsabilidad vergonzosa. Madame A. cerró preguntando qué edad tenía.
Al llegar el momento, pasé la tarde en el Musée Wiertz, porque parecía estar en la misma parte de la ciudad que la residencia de madame A. “La obra de Wiertz es más famosa por el carácter sensacional de sus temas que por su mérito artístico”, declaraba, al más puro estilo Beckmesser, la guía inglesa que había sacado de mi biblioteca pública. Es posible que, de cierta forma, fuera verdad. Para mí, no lo era. Me cautivaron sus enterrados vivos y sus decapitaciones inminentes, su visión sangrienta y lívida de aquel mundo “real” que, sin duda, es sangriento y lívido, aunque también sea aburrido y monótono, cosa que él omite. Su manera de pintar la realidad me parece la más apta para el carácter de la realidad misma. También me encantaron el silencio y el vacío de su estudio enorme y emocionante. Su falta oficial de mérito mantiene alejado al amante del arte que sólo sigue las guías.
De cualquier manera, me estaba poniendo ansioso por mi compromiso con madame A. Me había sentido más o menos confiado durante la mayoría de mis visitas a dueños de cuadros, incluso en Italia, pero ellos las habían aceptado como transacciones de negocios, y no me costó trabajo esconder que para mí eran estadios en un ascenso espiritual. Con madame A., quizá tendría que revelar muchas más cosas de mí mismo y encontrar palabras, incluso palabras francesas, para comentarios que no fueran meramente convencionales. Incluso podría estar muy enferma e intratable. Era muy probable. Esa tarde de septiembre, me senté en una banca ante Los griegos y troyanos peleando por el cuerpo de Patroclo. Estuve solo en el estudio de doble altura, salvo por el encargado que murmuraba en una esquina, mientras caía el crepúsculo, hasta que los muchos relojes repicaron para empujarme a mi ambigua reunión.
El poder de la soledad, que no es poca en el Musée Wiertz, me retrasó, de hecho, demasiado. Descubrí que había subestimado la distancia entre la rue Wiertz y la dirección cerca del bulevar de Waterloo donde vivía madame A. Caminé por calles hermosas, aunque modestas, calladas, bien proporcionadas y con esa calidez que da la sensación de tener historia. No he visto otra parte de Bruselas que me guste tanto. Me encantaron los ventanales abiertos, los cuales llenaban gran parte de las fachadas y eran tan distintos a los de Inglaterra. Incluso pensé que sería un distrito perfecto para pasar mi vida. Uno nunca duda que siempre sentirá lo que está sintiendo en ese instante, sea bueno o malo, y cuando la emoción es buena, por lo menos cree que siempre podría sentir lo mismo si preservara el marco y las circunstancias concomitantes. Caminar por esas calles sutilmente hermosas me tranquilizó. También he notado que, por lo general, durante el último tramo antes de llegar a esas visitas se me quita la ansiedad.
Madame A. vivía en otra casa igual: de sólo dos pisos, blanca y elegante, con espirales rococó en el montante de abanico sobre la bella puerta principal. Era una puerta de buen tamaño para una casa, lo bastante ancha para dejar pasar una crinolina y lo bastante alta para dejar entrar a un almirante, no una mera rendija para que un hombrecito se escurra por ella de camino al trabajo. Las casas a la izquierda y a la derecha repetían el mismo patrón con sutiles variaciones. Me alegra haber nacido a tiempo para haber visto semejantes casas antes de que las autoridades las demolieran o las restauraran: de momento todo estaba bien.
Había una luz encendida en una de las ventanas superiores. Era del color conocido como “oro frío”.
La casa tenía timbre y lo oí sonar. Esperaba alguna clase de sirviente o familiar, porque me imaginaba a madame A. casi confinada a su cama. Pero se abrió la puerta y fue obvio que se trataba de ella en persona. Se veía muy bajita y muy cuadrada, casi como un gnomo; pero sólo podía ver su silueta porque ya estaba oscureciendo, el alumbrado público era tenue (gracias a Dios) y no había luz alguna en el vestíbulo.
—Entrez —dijo madame A. con su distintiva voz cascada—. Entrez, monsieur. Fermez la porte, s’il vous plaît.
Aunque tuviera la voz cascada, era la de alguien acostumbrada, si acaso llegaba a hablar, a sólo hacerlo para dar órdenes. Sentí de inmediato que no le interesaba nada más en el contexto del discurso humano.
El vestíbulo daba a una escalera recta y sin alfombra, mucho más ancha que la de una casa inglesa del mismo tamaño y con una pesada balaustrada de madera apenas visible gracias a una luz en el rellano superior.
—Suivez, monsieur.
Madame A. empezó a trepar. Esa es la única palabra que se me ocurre para describirlo. Era perfectamente ágil, pero curiosamente burda en sus movimientos. En la penumbra, subió esas escaleras casi como un viejo del bosque, pero creo que no es poco común que la edad tenga ese efecto en todas las personas, salvo en las más altas. Debería decir que madame A. medía menos de metro y medio.
La luz del rellano resultó estar colgada de una gruesa cadena de oro, en un farol art nouveau de vidrio viejo salpicado de pizcas irregulares de carmesí. Seguí a madame A. a un cuarto que atravesaba todo el resto de la casa, con una ventana que daba a la calle y, en el extremo opuesto, otra en la parte trasera del edificio. La puerta ya estaba abierta. Parada bajo el gran umbral, madame A. se veía más chaparra que nunca.
El cuarto estaba alumbrado por faroles parecidos al del rellano. Eran más grandes que el de afuera, pero la vieja refulgencia dorada de la habitación se mantenía muy tenue, y las pizcas carmesíes proyectaban manchas rojas e irregulares en el papel tapiz de un dorado brillante. Los muebles también eran art nouveau. Todo, hasta los objetos de uso común, tendía a detenerse y reiniciar en lugares inesperados, a brotar hacia arriba en éxtasis, a hundirse melancólicamente o, sin más, a colgar y desprenderse. Se sentía como si todos los objetos estuvieran tensos. Los colores del cuarto se fusionaban en una armonía individual impresionante. Casi en cuanto entré, me percaté de que la coloración general tenía algo en común con mis propias obras. Era algo muy curioso. Las paredes doradas tenían muchos cuadros, la mayoría en marcos de oro: sobre todo, la obra del difunto A., como era de esperarse y sobre la cual no debo dar más detalles, pero también algunos dibujos esotéricos, a todas luces, de Félicien Rops, y más extraños que sus más extraños, pensé al sentarme entre ellos. Un fuego ardía en la considerable chimenea art nouveau y calentaba demasiado el cuarto, como sucede tan seguido en el continente. No obstante, volví a cerrar la puerta. Al hacerlo, vi que detrás de ella había una figura de mármol de tamaño natural de una mujer dando a luz. La identifiqué de inmediato como obra de un escultor simbolista bien conocido por figuras de ese tipo, pero, de nuevo, prefiero no nombrarlo porque algo en esa figura en particular era muy extraño, incluso para mí, que de partos sólo sé lo que he visto en obras de arte, sobre todo en las de ese hombre en especial.
—Mais oui —dijo Madame A., pues no podía retirar la mirada de la figura—. C’est la naissance d’un succube.
Pero por ahora creo que será mejor que deje de intentar recordar qué dijo madame A. en francés. En primer lugar, no podría lograrlo, aunque sus primeras palabras, las que ya registré, sigan conmigo con toda su claridad. En segundo lugar, madame A. no tardó en revelar que podía hablar inglés perfectamente… o, mejor dicho, como sentí con extrañeza, tan bien como podía hablar francés. Había algo en ella que sugería, incluso para un inculto como yo, que no era más nativa de Bélgica o de Francia que de Gran Bretaña. Estoy tratando de plasmar los sucesos y mis sensaciones tal como transcurrieron, o lo más cercano posible, y no voy a fingir que no sentí algo raro en madame A. desde el principio, porque no hay nada en toda esta historia de lo que esté más seguro.
Y ahí estaba, de pie ante el gran fuego brillante, extendiendo sus largos brazos desnudos casi como para abrazarme.
Sí, a pesar del otoño inminente, a pesar del fuego ardiente, tenía los brazos desnudos; y no sólo los brazos. Sus piernas peludas tampoco estaban cubiertas, y su vestido rojo y soso tenía un escote impresionantemente pronunciado para una mujer de su edad, que volvía demasiado visible su pecho arrugado. Mi impresión absurda fue que ese pedazo de tela rojo y sencillo era todo lo que traía puesto, aparte de las sandalias de oro en sus piececillos cuadrados.
Y, sin embargo, no cabía duda de que era vieja; muy vieja, como había dicho en su carta. Tenía vetas y surcos profundos en la cara; un cuello que había perdido toda forma; una postura jorobada y encorvada bajo el peso del tiempo; una voz senil, aunque imperiosa. Me imaginé que su pelo negro, un tanto escaso, pero hirsuto y parado, sólo podía estar teñido. Su cabeza era un viejo huevo pardo.
Me invitó a sentarme a sudar ante el fuego; me empujó sin tregua para que me acercara más a él y me atiborró de coñac y de agua. Ella se quedó de pie, y, aun así, sus pómulos cafés y corrugados y sus ojos negros extrañamente vagos estaban casi a mi altura. La silla en donde me había instalado tenía unas alas al nivel de la cabeza, lo que me dio aún más calor. De vez en cuando, mientras hablaba, se inclinaba al frente, ponía una mano en cada una de esas alas y, para hacer énfasis o para indicar una confidencia, me hablaba directo a la cara, casi tan cerca como para besarme. Pareció beber muy poco, pero a mí me hizo tomar mucho más de lo que quería, alabando la calidad del brandy y también (no tenía idea, pensaba yo) el poder y la fuerza de mi juventud. Su primera pregunta en cuanto nos acomodamos fue:
—¿Qué edad dijo que tenía? —Y continuó—: ¿Nacido en Escorpión?
—Sí —contesté sorprendido, pero no asombrado, porque mucha gente tiene ese don adivinatorio en particular, aunque los materialistas afirmen lo contrario—. ¿Y cómo lo interpreta? — continué, porque distintas personas enfatizan aspectos diferentes.
—Discreción y sensualidad —respondió con voz cascada.
—Sólo lo primero. —Sonreí.
—Entonces debo concentrarme en despertar lo segundo —contestó horriblemente.
“Y, sin embargo”, pensé, “qué duro soy, qué insensible; pero, al mismo tiempo, qué débil”.
No tardó en empezar a hablar de arte y de los pintores que había conocido hacía mucho, mucho tiempo. Quizá creyera que era el tema que me despertaría. Tendía a perderse en sus crónicas largas y antiguas, y a llenar o desbordar mi copa mientras recobraba el rumbo.
Era evidente que no sentía admiración ni agrado por ninguno de los hombres de los que hablaba, muchos de los cuales eran objeto de mi estima. Al menos espero que lo sigan siendo: un objeto de admiración queda afectado por la crítica hostil de cualquier tipo, por mucho que se haya emitido con mal juicio, y no hay nada que pueda hacer el admirador por curar la herida, aunque su razón le diga que el crítico no tiene fundamentos. Los comentarios de madame A. apenas parecían reflexionados, lo cual los hacía más molestos. Eran mofas, insinuaciones y rechazos categóricos.
—X. —decía— era un hombre absurdo, siempre muy elegante y con una voz de chivo. ¡Y.! —exclamaba—. Tuve una amistad muy estrecha con Y…, mientras pude soportarlo. Se suponía que los cuadros de Z. eran filosóficos, pero en realidad ni siquiera lograban ser pornográficos.
Todo el tiempo insinuaba que mis juicios entusiastas eran grotescamente inmaduros, y cuando se lo rebatía, a veces con éxito, porque no tenía mucha habilidad con la lógica ni tampoco mucha precisión con los hechos, me aplastaba con recuerdos de las circunstancias cómicas o turbias en que se habían pintado ciertas obras, o con anécdotas que, según ella, mostraban al pintor de cuerpo entero.
—J. —declaró— estuvo locamente enamorado de mí durante años, pero yo ni siquiera lo hubiera usado de pañuelo de bolsillo cuando me daba gripe, igual que ninguna otra mujer.
Madame A. era buena con las palabras, pero como yo sabía (aunque no lo mencionara) que J., pintor de las fantasías orientales más exquisitas, se había colgado, sumido en la pobreza y la desesperación, lo que dijo me deprimió y desconcertó mucho. Sentí que, en demasiados casos, aunque estaba seguro de que no en todos, sus duros comentarios eran verdad, pero nunca toda la verdad. Sentí que, aunque no fueran ciertos para mis estándares, tanta gente (de entre la poca que pudiera estar interesada) coincidiría con ellos en que eso les otorgaba una suerte de verdad por mayoría. Lo más triste fue sentir que aquello que llamé “dureza” en madame A. era simplemente un estallido de la cualidad esencial de la vida que nos arrastra por entre las piedras, artistas incluidos, con todo y mis divinidades selectas.
Como sucede tan seguido, hubiera sido mejor no saber.
—¡K.! —exclamó madame A. con su voz cascada—. K. trabajó tres años como soplón de la policía y fue el periodo más feliz de su vida. Él mismo me lo dijo. Estaba borracho (o quizá drogado), pero era la verdad. Y, si se fija, se nota en sus cuadros. Son los cuadros de alguien que abusa de sí mismo. ¿Sabe por qué lo dejó su esposa? Porque era impotente con una mujer real, y siempre lo había sido. Lo sabía perfectamente bien cuando se casó con ella. Lo hizo porque ella había heredado un poco de dinero y él ya se metía cocaína y sabrá Dios cuántas cosas más. Cuando leo que el Musée Royal des Beaux-Arts compró sus cuadros, me río. Me río y escupo.
Y madame A. hizo ambas cosas. Tenía el hábito de darse tironcitos en el escote del vestido rojo al hablar, para bajárselo aún más. Parecía que se había convertido en un reflejo inconsciente o en un tic.
—L. —dijo— empezó como pintor de paisajes enormes. Eso era lo que de verdad le gustaba pintar. Le gustaba pasar días y semanas completamente solo en Noruega o Escocia pintando exactamente lo que tenía ante los ojos, cada vez más grande. El problema era que nadie iba a comprar esos cuadros. Eran competentes, pero aburridos, aburridos. Cuando los veías recargados contra las paredes de su estudio, no podías evitar bostezar. Y lo mismo pensaba la gente cuando él albergaba la esperanza de que los compraran. No podías imaginar que alguien pudiera comprar alguno. Sólo querías salir del estudio y olvidar esos cuadros tan aburridos. Todos esos cuadros de L. de los que hablas, su Salomé y su Puta de Babilonia, no eran para nada lo que le gustaba hacer. Recurrió a ellos porque sucedieron dos cosas a la vez: se le acabó el dinero y, más o menos en ese entonces, conoció a Maeterlinck. Sólo lo vio una vez, pero algo cambió en él. Maeterlinck parecía estar en boga y tener éxito, y L. no entendía por qué él no podía ser también así. Pero en realidad no tenía madera para eso y no tardó en rendirse y convertirse en funcionario, como ya sabes, aunque fuera un poco tarde.
—No, madame, no lo sabía.
—¡Pues sigue vivo! Tiene temblorina, algún tipo de enfermedad que te da temblorina. La Puta de Babilonia podría haberle dado lo que quería, pero él nunca se le acercó lo suficiente como para hacerlo posible. Claro que L. sigue vivo…, apenas. Antes lo visitaba, cuando todavía salía de aquí. Le gustaba tomar prestados mis viejos periódicos de arte. Tengo cientos, todos de antes de la guerra. Ah, les sales Boches —añadió sin sentido, como hace mucha gente en Bélgica y Francia por puro hábito.
A pesar de todo, supongo que se me iluminaron los ojos al oírla mencionar las revistas de arte de la preguerra. En esas publicaciones suele haber información que no se encuentra en ningún otro lado, y justo la clase de información que me parecía más valiosa e interesante.
—Ah —soltó con su voz cascada madame A., casi jubilosa—. Mucho mejor. Se está acostumbrando a mí, ¿eh?
Me tomó de las manos.
Para ese momento, ya fluía en inglés. Era un alivio. En cierto punto había dicho varias oraciones en un idioma que ni siquiera pude identificar. Sin duda se había olvidado de mí o me estaba confundiendo con alguien más.
—Pero se nota que tiene calor —exclamó madame A. y me soltó—. ¿Por qué no se quita la chaqueta?
—Quizá —contesté— pueda caminar por el cuarto y mirar los cuadros.
—Pero claro, si usted quiere —dijo como si fuera un deseo ridículo y hasta descortés.
Me alejé con trabajos de ella y procedí a recorrer los cuadros uno por uno. No dijo nada mientras me paseaba. Se quedó parada con la espalda al fuego y sus piernitas separadas; gnómica en más de un sentido. No puedo decir que sus ojos me siguieran con miradas irónicas, porque sus ojos eran demasiado vagos para lograrlo. La luz del cuarto, aunque pintoresca, era bastante inadecuada para inspeccionar pinturas. Apenas podía ver algo. El extremo de la habitación, lejos de la calle y de la chimenea, estaba casi a oscuras. Era absurdo persistir, aunque estaba muy decepcionado.
—Es una pena que mi hija adoptiva no esté —dijo madame A. desde la luz—. Ella lo atendería mejor que yo. La preferiría a ella que a mí.
Lo dijo con un tono de horrible coqueteo. No se me ocurrió una respuesta convincente.
—¿Dónde está su hija adoptiva? —pregunté débil y mansamente.
—Lejos. En el extranjero. Con alguna criatura, por supuesto. Quién sabe en dónde —soltó una risotada—. Quién sabe con quién.
—Lamento no haberla podido conocer —dije de forma poco convincente. Me indignaba que no me hubiera invitado a una hora en la que pudiera ver los cuadros a la luz del día.
—Regrese acá, monsieur —exclamó madame A., señalando mi asiento candente con el índice derecho.
Después se dio una palmada en la rodilla, como si llamara a un perrito travieso. Era exactamente ese gesto, pensé. Lo había visto muchas veces, aunque nunca haya tenido un perro propio. Contuve cualquier comentario y volví, reacio, hacia el fuego abrasador. Madame A., como ya dije, era tan impositiva como coqueta.
Y entonces sucedió algo extraordinario. Había un perro real en el cuarto. Aunque ahora ya no estoy seguro de qué tan real era. Sólo digamos que era un perro. Era como un pequeño poodle negro, rasurado, brillante y vivaz. Apareció en la esquina oscura que quedaba a la derecha de la puerta al entrar. Correteó alegremente hacia la chimenea, luego trazó varios círculos frente a madame A., a la derecha de donde estaba yo sentado, y después se fue hacia la sombra a mi izquierda, donde acababa de estar parado. Me pareció, mientras lo miraba, que tenía los ojos muy grandes y las patas muy largas, quizá más de araña que de poodle, pero sin duda era el mero efecto de la luz de las llamas.
En ese momento tuve que percibir muchas cosas bastante rápido, pero una de ellas fue que madame A., lo noté con claridad, pareció no ver al perro. Miraba hacia adelante, con los ojos negros tan inexpresivos como siempre. Incluso mientras yo observaba al perro adiviné que seguía pensando en su hija adoptiva y estaba cautivada por sus reflexiones. No parecía tan sorprendente que no hubiera visto al perro, porque el animal había sido bastante silencioso, y puede ser que estuviera tan acostumbrada a verlo por la casa que ya no lo notara. Lo que me desconcertó en ese momento fue dónde se habría escondido el animal todo el tiempo que llevábamos dentro de la habitación con la puerta cerrada.
—Qué lindo poodle —le dije a madame A., porque tenía que romper el silencio y porque se supone que a los ingleses les gustan los perros (aunque yo no sea el mejor ejemplo).
—Comment, monsieur?
Todavía la puedo ver, tal como lucía y como hablaba.
—Qué poodle tan bien cuidado —dije, manteniéndome firme en el inglés.
Volteó a verme, pero no se acercó como solía hacerlo.
—¿Así que vio un poodle?
—Sí —respondí, aún sin pensar que algo malo sucedía—. Justo ahora. Si no es suyo, debe de haber entrado de la oscuridad de afuera.
La oscuridad seguía en mi mente por los cuadros, pero en cuanto hablé sentí un escalofrío, a pesar del fuego ardiente. Quise pararme y buscar al perro que, a fin de cuentas, debía de seguir en el cuarto; pero al mismo tiempo me dio miedo hacer algo semejante. Me dio miedo moverme siquiera.
—Es común que aparezcan animales aquí —dijo madame A., con voz ronca—. Perros, gatos, sapos, changos. Y a veces especies menos ordinarias. Supongo que ya se fue. —Creo que sólo me le quedé viendo—. A veces mi esposo los pintaba.
Era la única referencia que había hecho a su esposo, y fue una que me pareció difícil continuar. Se jaló el frente del vestido como hacía compulsivamente.
—Voy a contarle —dijo madame A.— de Chrysothème, mi hija adoptiva. ¿Sabía que Chrysothème es la chica más hermosa de Europa? No como yo. Ay, en absoluto.
—¡Qué pena que no haya tenido el placer de conocerla! —dije, otra vez tratando de igualar su entusiasmo, pero preguntándome cómo podría escapar, sobre todo tras lo que acababa de ocurrir.
En ese instante, y por segunda vez, me arrepentí de lo que dije.
Pero madame A. simplemente habló con su voz cascada y soñadora, mirando al vacío:
—Se aparece por aquí. Se queda muy seguido. Durante bastante tiempo, ¿me entiende? No puedo esperar que se quede más tiempo. A fin de cuentas, yo no soy su madre.
Asentí, aunque no supiera bien a qué estaba asintiendo.
—¡Chrysothème! —gritó madame A., juntando las manos en éxtasis—. ¡Mi Chrysothème! —se detuvo con la cara iluminada, pero no los ojos. Luego se volvió hacia mí—. Si pudiera verla desnuda, monsieur, lo entendería todo. —Me reí nervioso, como suele suceder—. Le repito, monsieur, que lo entendería todo.
Me di cuenta de que ella estaba insinuando más de lo que yo había pensado en un primer momento.
El problema era que yo definitivamente no quería entenderlo todo. Una vez hasta se lo había dicho a una adivina, una mujer narizona pero hermosa en una carpa, cuando era estudiante.
—¿Le gustaría ver su ropa? —inquirió madame A., con suavidad—. Tiene un poco de ropa aquí para ponerse cuando se queda.
—Sí —respondí—. Debería.
No puedo analizar por completo por qué dije eso, pero lo dije. Al ser madame A. como era, podría decir que no me dio mucha voz en el asunto. Quizá no. Pero en ese momento fue distinto. No cabe duda de que tomé una decisión.
Madame A. me tomó ligeramente de la muñeca y me jaló de la silla. Le abrí la gran puerta y luego otra que me indicó. Había dos en el lado opuesto del rellano, y señaló la de la derecha.
—Yo duermo en el cuarto de al lado —dijo madame A. en el umbral, haciendo que el muro mismo sonara como una invitación—. Cuando logro dormir.
La habitación estaba revestida de madera oscura casi hasta el techo. El rincón a la izquierda, detrás de la puerta, estaba ocupado por una cama de tablones con una colcha de brocado rojo. Parecía llenar más espacio que una cama individual, pero no tanto como una matrimonial. A partir del pie de la cama, la madera sencilla y oscura de la pared continuaba sin decoraciones hasta el final del cuarto. En el centro del muro opuesto había un tocador con brocado rojo y toda la apariencia de un altar, sobre todo porque no tenía una silla enfrente. A la derecha había una ventana cubierta con cortinas de color rojo oscuro, de las pesadas que mi madre decía que juntaban el polvo. A cada lado de esa ventana, se erguía contra la pared un gran baúl oscuro. Varios de los faroles art nouveau colgaban de los muros, pero tenían el vidrio tan oscurecido que el cuarto apenas parecía más iluminado que el rellano en penumbras de afuera. El único cuadro de la habitación estaba colgado sobre la cabecera de la cama, en el rincón tras la puerta.
—¡Qué cuarto tan bello! —exclamé cortésmente.
Pero me estaba asomando por encima del hombro para ver si el perro negro había surgido por la puerta abierta al otro lado del rellano.
—Es porque mucha gente ha muerto aquí —reveló madame A.—. Las dos cosas bellas son el amor y la muerte.
Entré directo al cuarto.
—Cierre la puerta —ordenó madame A.
La cerré. Seguía sin haber señales del perro. Traté de posponer cualquier otro pensamiento al respecto.
—Casi toda su ropa está aquí —dijo madame A.
Jaló los paneles a los pies de la cama y se abrieron dos puertas; luego otro par; luego una tercera. Toda esa sección del muro escondía armarios profundos.
—Venga a ver —lo instó madame A.
Sintiéndome tonto, me acerqué a ella. Los tres armarios estaban llenos de vestidos colgados de un tubo central, como en las tiendas. No me hubiera sorprendido que fueran andrajos de anticuario o prendas de embarazada, pero era ropa de mujer normal, y parecía de muy alta calidad. Había prendas para toda ocasión: vestidos de invierno, vestidos de verano y una gran cantidad de esos largos vestidos de noche que cada vez se ven menos. Todos parecían estar muy cuidados, como si los fueran a vender. Pensé que esa afirmación se acercaba a la verdad, que quizás esos vestidos no se habían usado nunca. Sin duda, la habitación se veía totalmente desocupada. Aparte de los vestidos, parecía más una capilla que un dormitorio. Más bien una capilla mortuoria, pensé de pronto, con una secuencia de cadáveres descansando entre flores en esa cama como féretro detrás de la puerta, como había insinuado de una forma tan deprimente madame A.
—Toque la ropa —dijo, leyéndome la mente—. Sáquela y vea las marcas del cuerpo de Chrysothème.
Dudé. A menos que uno sea sastre, por instinto rehuimos tocar la ropa ajena, no importa de quién sea, y la de desconocidos, sobre todo.
—Sáquela —repitió madame A. con su manera de ordenar.
Descolgué con cuidado un vestido al azar de su gancho. Era una prenda de diario, de lana. Incluso en la mala luz, las señales de uso eran evidentes.
Dejando claro ese punto en silencio, Madame A. demostró que le impacientaba mi tímida elección. Ella sacó un vestido de noche de satín pálido.
—Maravilloso, exquisito, incomparable -exclamó con estridencia.
Creo que, si hubiera sido más alta, se habría sostenido el vestido contra el cuerpo, como tienen la curiosa costumbre de hacer las vendedoras, pero, en su situación, sólo pudo extenderlo al final de sus largos brazos, de modo que la mayor parte se vertió por la alfombra color rojo oscuro como un tren.
—Hínquese y examínelo. —Vacilé—. ¡Hínquese! —chilló madame A. imperiosamente.
Me hinqué y recogí el dobladillo del vestido. Ya que estaba en el suelo, noté una gran mancha en la alfombra, que no era tan oscura como para esconderla.
—Acérquese el vestido a la cara —me ordenó madame A.
Obedecí. Fue una sensación maravillosa. Me sentí envuelto en una compleja nébula sedosa. La dueña, la que usaba esa prenda elegante, empezó a estar mucho más presente para mí que madame A., aunque no estuviera definida en absoluto.
Madame A. dejó caer el vestido y al instante sostenía otro de la misma forma. También era un vestido largo. Estaba hecho de algo que creo que se llama georgette, y el color era una suerte de naranja y rojo moteado.
El vestido de satín pálido yacía en el suelo entre nosotros.
—Hínquese sobre él. Píselo —mandó madame A., al verme intentar rodearlo—. Chrysothème estaría de acuerdo.
No pude hacer semejante cosa, y rodeé a gatas el vestido de satín para acercarme al de georgette. En cuanto lo alcancé, madame A. me lo tiró hábilmente encima, de modo que pasé uno o dos minutos ridículos liberándome de él. No pude evitar notar, e incluso sentir, que el vestido de georgette conservaba un aroma hechizante. Su olor hizo que su dueña fuera más real que nunca.
Hacia mi izquierda, madame A. extendió un tercer vestido largo; esa vez de tafetán azul oscuro, muy delgado y revelador.
—Casi podría ponérselo usted —se rio madame A.—. Le gusta usar azul y está todo flaco.
Por supuesto que yo no le había dicho que me gustaba vestirme de azul, pero supongo que era obvio.
Madame A. hizo girar una silla con el pie y puso el vestido sobre ella, con el escote colgando con abandono sobre el respaldo.
—¿Por qué no lo besa? —preguntó madame A. con una ligera sonrisa burlona.
Hincado al pie de la silla, me di cuenta de que tenía los labios apenas encima del borde del asiento. Negarme hubiera sido más tonto que obedecer. Incliné la cara y presioné los labios contra el vestido. Es posible que madame A. se estuviera mofando de mí, pero sentía que lo que en realidad me concernía era la dueña de los vestidos.
Al alzar la vista, noté que madame A. ya estaba parada en otra silla (sólo había dos en el cuarto, las dos originalmente en las esquinas; las dos pesadas, oscuras y elaboradas). Sostenía un vestido corto de terciopelo negro. No dijo nada y admito que, sin que me lo pidiera, corrí hacia ella y presioné la maravillosa tela contra mi cara.
—La luna —borboteó madame A., apuntando al vestido de satín pálido en el piso—. Y la noche.
Agitó el terciopelo de arriba abajo y de izquierda a derecha. También tenía un olor adorable. Lo agarré para mantenerlo quieto y descubrí que estaba flácido e inerte entre mis manos.
Madame A. había bajado saltando de la silla, como un duende.
—¿Le gusta la ropa de mi hija adoptiva?
—Es preciosa.
—Chrysothème tiene un gusto perfecto —el tono de madame A. era completamente convencional. Yo seguía olisqueando el vestido de terciopelo—. Tiene que ver la lencería —añadió, como si sólo quisiera confirmar lo que acababa de decir.
Cruzó el cuarto hacia el baúl que había a la izquierda de la ventana encortinada y levantó la tapa sin candado.
—Venga —dijo.
El gran arcón estaba lleno de ropa interior suave de varios colores; no estaba ordenada como los vestidos, sino embrollada al azar.
Supongo que me quedé ahí parado, mirando. El mismo aroma hipnotizante se elevaba del baúl.
—Quítese su saco azul —ordenó madame A., casi con solemnidad—. Arremánguese esa camisa azul y hunda sus brazos blancos en la ropa. —Hice lo que dijo sin dudarlo—. Hunda la cara.
Apenas necesité instrucciones. El aroma era intoxicante por sí mismo.
—Ámela, rómpala, poséala —exhortó madame A.
Me atrevo a decir que hice todo lo mejor posible. Sin duda pasó el tiempo.
Empecé a temblar. A fin de cuentas, había salido de una habitación demasiado caliente.
Descubrí que todos mis músculos se sentían tiesos por estar hincado, y supongo que también por la concentración. Apenas pude ponerme de pie para rescatar mi saco. Al desenrollar las mangas de mi camisa, me volví consciente de que tenía erizado el vello de los brazos. Se veía bastante punzante y afilado.
—¡Azulito! —exclamó madame A., esperando que yo diera el siguiente paso. Lo di. Cerré la tapa del baúl—. El otro arcón contiene recuerdos —dijo madame A. mientras se jalaba el escote del vestido.
Negué con la cabeza. Seguía temblando y ya no percibía ese maravilloso aroma. Cuando tienes mucho frío, el olfato te abandona.
En ese momento, por vez primera, aprehendí en serio el único cuadro que había en el cuarto, colgado sobre la cama del rincón. A pesar de la mala luz, me pareció familiar. Me acerqué a él y, con una rodilla sobre la cama, me incliné hacia el frente. Entonces estuve seguro. Era uno de mis cuadros.
Pero había dos cosas particularmente extrañas. Aunque estuviera bastante seguro de que sólo podía ser uno de mis cuadros (puede que mi talento esté circunscrito, pero es distintivo), no podía recordar haberlo pintado nunca, y había cosas en él que en ningún momento hubiera podido incluir yo. En sus últimos años, los artistas olvidan sus propias obras, pero yo estaba seguro, y lo sigo estando, de que eso nunca podría suceder en mi caso. Mis cuadros no son del tipo que pueda olvidar un pintor. Aún peor era el hecho de que, por ejemplo, el personaje central, que yo hubiera pintado como un ángel, de alguna forma se había transformado más bien en payaso. Era difícil explicar por qué sucedía eso, pero, mientras lo miraba, lo sentí de una forma irresistible.
Mi ataque de escalofríos se estaba convirtiendo en náuseas, como suele suceder. Sentí que corría el peligro de quedar en un ridículo irredimible, vomitando en el piso.
—Tiene toda la razón —dijo madame A. mientras contemplaba el cuadro con sus ojos vagos, hablando como había hablado en el otro cuarto—. Ese ni siquiera es pintor. Le hubiera ido mejor como limpiador de oficinas, ¿no lo cree? O como mandadero y cargador en un mercado de carne de caballo. Lo guardamos aquí porque Chrysothème no tiene tiempo para los cuadros, nada de tiempo.
Hubiera resultado absurdo e indigno discutir. Tampoco podía estar seguro de que ella tuviera claro quién era yo.
—Gracias por recibirme, madame —dije—. No la entretengo más.
—Un recuerdo —chilló—. Al menos déjeme un recuerdo.
Vi que sostenía unas tijeras plateadas bastante grandes.
No tenía la menor intención de dejar siquiera un mechón de pelo en manos de madame A.
Abrí la puerta del cuarto y emprendí la retirada. Estaba tratando de pensar en una frase o dos que revistieran mi precipitación con un esmalte de convenciones, pero entonces vi que, sentado sobre el farol dorado que colgaba de una cadena dorada del techo dorado del rellano, había un diminuto animalillo esponjado, tan chiquito que casi podría haber sido un oscuro insecto peludo con ojos inusualmente pálidos y nítidos. Además, la puerta que daba al gran cuarto caliente a mi izquierda, por supuesto, seguía abierta. Todo me superaba. Simplemente puse pies en polvorosa y bajé dando tumbos idiotas por la escalera desnuda y resbaladiza. Tuve suerte de no irme de bruces.
—Mais, monsieur!
Yo estaba luchando a oscuras con todas las manijas, cadenas y pestillos de la puerta principal. Parecía probable que no lograra abrirla.
—Mais, monsieur!
Madame A. bajaba atropelladamente detrás de mí. Pero, de pronto, la puerta se abrió. Ya que podía estar seguro de no estar atrapado, era posible hacer una pequeña concesión a las buenas costumbres.
—Buenas noches, madame —dije en inglés—. Y gracias de nuevo.
Dio un vago tijeretazo hacia donde yo estaba con las hojas grandes y plateadas, que resplandecieron bajo la luz del farol de la calle. Era como una abuelita corriendo hacia un niño con un gesto de agresión fingida. “Fuera de aquí”, pudo haber dicho, o, alternativamente, “Regresa ahora mismo”, pero no esperé a oírla decir nada más. De pronto descubrí que caminaba por la tumultuosa Chaussée d’Ixelles, aún temblando y mirando sobre el hombro de vez en cuando.
Antes de que transcurrieran veinticuatro horas, percibí con claridad que no podía haber un perro ni un animalillo sentado sobre el farol, ni un cuadro sobre la cama y, muy probablemente, tampoco una hija adoptiva. Ni había que decirlo. El problema era, y sigue siendo, que esa verdad obvia sólo empeora las cosas. De hecho, ahí es donde inicia el verdadero problema. ¿Qué será de mí? ¿Qué me ocurrirá ahora? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué soy?