Stories 93 / Random

Stories by robert aickman

quien conoce al señor millar (spanish)

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ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE, registro los sucesos tal como los recuerdo.
Al parecer, los recuerdo muy bien, y no son de los que se olvidan fácilmente, pero sé que es más probable que la amnesia se entrometa en mi relato que la exageración. Por política personal, estoy decidido a acallar, a minimizar, a silenciar. Soy todo un hombre del siglo XX.
Claro que cuando se trata de lograr credibilidad, empiezo mal sólo por ser escritor. “¡Tenía que ser escritor!”, recuerdo que decía mi abuela cuando preguntaba ansioso por una historia particularmente improbable que me había contado Maurice Hewlett en su reunión de la tarde. Me atrevo a decir que es justo porque he llegado a ganarme un dinerito con mi pluma que no he querido contar antes esta historia, que es real.
Y en serio ha sido con mi pluma. Con esta misma pluma, de hecho. Y estaba usando la misma pluma cuando, uno o dos años después de la guerra (de la verdadera guerra, la primera), me instalé en el último piso de un edificio en la plaza Brandenburg. En ese entonces, se conseguían plumas fuente que estaban diseñadas para durar al menos una vida.
Disfracé un poco la dirección porque pueden acusarme de difamador por decir que un edificio está embrujado. Creo que mi narración trata más bien de un hombre embrujado que de un edificio, pero después de tantas demandas, aunque la mayoría hayan salido a mi favor, prefiero evitar hasta el riesgo más remoto de otra.
Yo tenía derecho de uso sobre un conjunto de tres cuartitos polvorientos, someramente amueblados, en el tercer piso. Calientes en verano y fríos en invierno, habían sido planeados como cuartos de servicio. En uno de ellos habían colocado hacía poco un equipo barato de cocina y lavado. En lo que alguna vez fue una alacena o bodega habían instalado una regadera y un excusado igual de baratos, a los que el suministro de agua llegaba de manera irregular.
Habían matado a mi padre. Mi madre casi no tenía más recursos que la pensión correspondiente. Yo era hijo único y sabía que estaba expuesto a las críticas si no conseguía trabajo, me quedaba en casa y entregaba mis ingresos. Pero mi madre nunca me criticó, y yo creía que por lo menos podía ganar lo suficiente como para pagar mi rentita y mantenerme solo. Fui demasiado optimista, pero, a fin de cuentas, funcionó. Nunca fui moroso, y nunca quedé reducido a vivir una semana o un mes o un año a base de pan y margarina, como tantos poetas. Eso, por supuesto, se debió en parte a que nunca me dediqué a escribir poesía: el grueso de mis ingresos provenía del extraño oficio de rumiar los manuscritos pornográficos de otras personas y convertirlos en libros vendibles. Como la pornografía ya no está tan mal vista como antes, puedo mencionar que mi empleador era el oficial Valentine. En todo caso, ya está muerto, pero mantuve contacto con él casi hasta el final, en parte porque le estaba agradecido por haberme mantenido con vida y permitido seguir mi propio camino durante un periodo tan crítico.
El oficial Valentine había sido compañero de mi padre en las trincheras. Lo conocí cuando fue a visitar a mi madre al terminar la guerra. Se apareció un día, aún con su gabardina de campaña, y durante la conversación comentó que la guerra había cambiado las ideas de mucha gente sobre el tipo de libros que quería leer, y que él iba a invertir la gratificación que había recibido por sus servicios en fundar una editorial. Yo en ese entonces tenía dieciocho años y estaba bastante seguro de que había una brecha insalvable entre la suma de la gratificación de un oficial y la montaña infinita de oro fantasma requerida por el editor más precavido. Sabía un poco al respecto porque ya estaba decidido a ser escritor, y me llevaba el Anuario de escritores y artistas a la cama todas las noches para que mi torrente sanguíneo absorbiera todo lo que tuviera que enseñarme o insinuarme. Pero, naturalmente, no dije nada, porque en ese entonces los muchachos no nos atrevíamos a criticar a los hombres maduros, mucho menos cuando eran héroes de guerra. Me recompensó ofreciéndome un trabajo de “editor-corrector” de vez en cuando, sin duda en parte como tributo a la memoria de mi padre y a las obvias cuitas de mi madre. En ese entonces, aún no existía el puesto de “editor-corrector” tal como se usa ahora, y el amigo de mi padre ya estaba demostrando cuán moderno quería ser. Antes de la guerra había sido periodista independiente. Incluso se presentó así conmigo, tal vez porque pensaba que le había ido muy bien, algo muy poco común.
Mi educación formal había sido barata e indiferente, con el telón de fondo de un hogar estresante y pobre. Por fortuna, la educación formal le sirve de poco a la mayoría de los artistas (y, según mi experiencia, menos de lo que se cree a la mayoría de la gente en general). Aunque quisiera “escribir”, no tenía idea de cómo ganar dinero haciéndolo, y mi mente quedaba totalmente en blanco, con desagradables huellas de pánico, cada vez que pensaba en tratar de ganar dinero haciendo cualquier otra cosa. Valentine me dejó claro que todavía no tenía los medios para ofrecerme un sueldo suficiente como para mantenerme, pero me aferré con alegría y alivio a su oferta de una miseria regular; se lo expliqué a mi madre esa misma noche (el oficial Valentine no pudo quedarse a cenar, y fue lo mejor), y en menos de un mes estaba instalado en la plaza Brandenburg.
Valentine nunca tuvo los medios para pagarme mucho más de lo que me pagaba en un inicio, pero trabajé como hormiga por aquí y por allá, y escribí cartas cada vez más persuasivas para conseguir más trabajitos, cuya variedad quizá me resultó útil a la hora de escribir mi primera novela.
Podríamos ahorrarnos el resto de la carrera del oficial Valentine: la pornografía nunca —creo que puedo decir que, de verdad, nunca— es tan lucrativa como parece (me refiero a la pornografía reconocida como tal), y en menos de tres o cuatro años Valentine se convirtió en director de escuela y luego volvió al ejército como instructor. Al final se casó. Fue más bien tarde en su vida, según los estándares comunes, pero de todos modos se casó con una mujer mayor que él, y al parecer lo hizo muy feliz…, o quizá lo mantuvo muy feliz, pues siempre tuvo pinta de ser feliz por naturaleza. Fui a visitarlos varias veces, y sin duda Valentine vivía mucho mejor que nunca desde que yo lo conocía. Además, ya era teniente coronel. Supongo que se había unido a las Fuerzas Territoriales. Hasta tuvo suerte en su forma de morir: sucedió en un incidente de pesca; me contaron que fue instantáneo.
Cuando tomé posesión de mi ático en la plaza Brandenburg, había dos inquilinos abajo de mí. En el segundo piso estaba la oficina de un semanario político llamado Freedom. Aunque se publicara en inglés, al parecer lo producía un personal conformado totalmente por extranjeros, a algunos de los cuales les costaban trabajo hasta los comentarios trillados sobre el clima o la limpieza de las escaleras cuando nos encontrábamos en el rellano de su piso. Conocí a una cantidad y variedad sorprendente de ellos durante los seis meses que compartimos edificio. Me preguntaba cómo hacía el periódico para mantenerlos a todos, en especial porque costaba trabajo creer que se vendiera mucho. De vez en cuando extraía copias de las bolsas de basura que abandonaban por las noches.
En el sótano del edificio vivía una pareja joven de aspecto medianamente intelectual. Sin embargo, en ese entonces él trabajaba en la sucursal local de una cadena de abarrotes bien conocida, y ella tenía un trabajo de medio tiempo con un corredor de apuestas. Era comprensible que tuvieran esas ocupaciones, pues tenían cuatro hijos y, por lo tanto, poco margen de maniobra.
Hasta el más pequeño, ni más ni menos, había alcanzado ya cierta edad escolar, y la joven esposa revoloteaba hacia mi ático por la tarde para tomarse un cafecito y platicar cuando regresaba del establecimiento del corredor de apuestas, antes de ir a recoger al niño.
Al principio, no me agradaba mucho la idea. Sentía escrúpulos porque era una mujer casada que vivía en el mismo edificio que yo. Además, sus visitas no tardaron en volverse cada vez más frecuentes, casi diarias, aunque, al mismo tiempo, siempre se negaba a comprometerse para el día siguiente, lo que me parecía un tanto siniestro. Yo creía que tenía el deber de resistirme a ser interrumpido mientras estaba redactando (o editando). No es necesario decir que mis reservas no sirvieron de mucho ni duraron tampoco. No era nada más que la lentitud o protesta inicial y subjetiva del macho joven y bien criado. Muy pronto, las visitas de esa mujer me empezaron a emocionar tanto que mi trabajo matutino sufrió sobremanera, y me lamentaba de una forma completamente distinta por sus constantes negativas a decir si volvería al día siguiente.
—No te puedo decir —contestaba—. Tenemos que aprovechar el presente.
Pero que lo dijera así lo volvía más difícil. Se llamaba Maureen. Su esposo era Gilbert. Una vez me invitó a visitarlos después de la cena, pero no había forma de que eso saliera bien. El esposo se quedó ahí sentado, agotado por un día de calor en la tienda, leyendo el New Statesman, y dos o tres de los niños ya tenían edad de quedarse despiertos y hacer preguntas y partirse de risa. Creo que nunca volvimos a intentarlo.
Al principio, la planta baja y el primer piso del edificio estaban vacíos, pero no podíamos esperar que eso siguiera así mucho tiempo, ya que el país se estaba recuperando. Todas las puertas que daban al vestíbulo y a las escaleras estaban cerradas con llave, y Maureen se quejaba de que el lugar se viera deprimente. Yo le decía que generaba paz y silencio, pero apreciaba que ella no estuviera buscando precisamente paz y silencio, a pesar del escándalo de cuatro niños pequeños en un departamento no muy grande. Un día la vi platicar con los limpiavidrios que salpicaban y enjuagaban una vez al mes el exterior de las ventanas que nadie nunca abría. Claro que estaban felices de hablar un rato con una linda mujer con tiempo de sobra entre las manos.
—Dicen que adentro sólo hay vacío —me explicó ella después.
No comenté nada, pero en cambio la besé en el pelo o algo por el estilo. En ese entonces tenía el pelo bastante alicaído, seguramente por la falta de vitaminas durante la guerra, y se lo mantenía fuera de la frente con una gran diadema de carey. Tenía una frente y unos ojos hermosos, con esa pinta gentil de ser ineptos para la vida, lo que después descubrí que siempre me atrae en una mujer.
Una noche, el numeroso personal del Freedom no partió a su hora acostumbrada, y a eso de las diez o las once, vi desde mi barandal que seguían cargando y rodando paquetes grandes por el rellano. Lo hacían muy callados, sin hablar: casi como si no fueran extranjeros. Obviamente había una crisis, pero justo por eso sentí que sería incivil preguntar. Ya en la cama, no sólo me mantuvieron despiertos los golpes secos de los paquetes al bajar, sino también la posibilidad de que la crisis afectara a todo el edificio y el estilo de vida inofensivo y neutral que habíamos logrado establecer. Es posible que, por primera vez, estuviera aprehendiendo la verdad claramente, lo que forma las bases de la sabiduría: que los cambios de ese tipo siempre son para peor; el meñique (o el pulgar prensante) de la fría garra de la muerte.
Y los albañiles entraron al día siguiente, puntuales. De hecho, me despertaron con sus canturreos, silbidos, empujones, peleas y demás ruidos de costumbre. Estuvieron ahí tres semanas eternas (aunque hoy día hubieran sido seis o nueve), y como el trabajo serio se volvió imposible, regresé un rato a la casa de mi madre, donde permanecí, por primera vez desde que me mudé a Londres, durante más de una noche o dos. El día de mi partida también fue la primera vez, si recuerdo bien, que besé a Maureen con pasión en los labios. Sinceramente, no me había atrevido a comprometerme tanto hasta entonces: su esposo y sus hijos vivían justo debajo de mí, sin mencionar mis estrechas circunstancias. Pero mi cambio temporal de residencia parecía atenuar el compromiso. Quizá no fuera una forma muy considerada de ver las cosas, pero uno tiene muchas menos opciones de lo que la gente cree.
Cuando llegué a la casa, me resultó imposible trabajar en el cuartito que siempre me tenía reservado mi madre, pues estaban poniendo grava en el sendero de afuera para ampliarlo. Incluso en la pequeña sala de estar que daba al otro lado me molestaba el ruido, y tenía que echar el Daily Chronicle encima del trabajo que me mandaba Valentine cada vez que oía los pasos de mi madre, cosa que sucedía con bastante frecuencia, porque era servicial y le hubiera gustado que me quedara. Al final, la aplanadora estruendosa e indecisa, la hervidora de asfalto con su repiqueteo y los trabajadores, más jocosos que Michael Fairless, se retiraron para agitar otros hogares, para reducir arrayanes más lejanos.
—Quédate todo lo que puedas —dijo mi madre.
Antes de irme, Maureen me contó que nuestra planta baja y los pisos primero y segundo habían sido rentados a una sola persona. Tenía sus medios para enterarse de esas cosas, aunque no sabía si habían desalojado a la gente del Freedom. En todo caso, era imposible creer que la empresa tuviera mucho futuro, y, de hecho, nunca volví a oír nada de ella después de esa triste noche de mudanza y retirada, ni volví a ver una copia del semanario en ningún quiosco o puesto ambulante.
Al final, fui una mañana a Londres para explorar. Habían pintado toda la madera de la fachada, en parte de azul y en parte de blanco, incluyendo mis dos ventanitas del ático que daban a la calle. La puerta principal, de principios del siglo XIX, había quedado toda de un azul brillante, y a la izquierda, a la altura del hombro sobre el quicio emblanquecido, había una placa de latón enorme: STALLABRASS, HOSKINS Y CRAMP. CONTADORES CERTIFICADOS. Le hacía falta una pulida, seguramente porque acababa de llegar de algún otro lado.
Era la hora a la que Maureen estaba trabajando con su corredor de apuestas. Entré y subí a mi morada. Habían renovado la pintura de los interiores por completo, aunque de forma muy tosca, como era de esperarse tan poco tiempo después de la guerra, y con colores burdos. Las paredes de las escaleras tenían un papel tapiz de un verde decidido. Incluso habían puesto una alfombra moteada donde antes sólo había linóleo oscuro y un tapiz descosido. Se me ocurrió que esa impresión heterogénea podría deberse a una liquidación de inventario a precio de remate (en esa época de renovación mundial histórica). No había nadie por ahí, todas las puertas estaban cerradas y cundía el silencio. Por lo menos ya se habían ido los albañiles.
Mi puerta tenía un buzón propio, aunque ningún cartero hubiera subido nunca hasta allá, porque todas las cartas se dejaban en una repisa inestable en la entrada de la planta baja. Encontré una cartita que decía, muy romántica, “Entregar en persona”: los agentes estaban molestos porque no había estado en casa para dejar entrar a los decoradores. ¿Podía marcar a su oficina lo más pronto posible? Nunca le di seguimiento a ese asunto y tampoco ellos. El edificio pertenecía a alguna vaga fundación de beneficencia que apoyaba a una escuela para niños necesitados. La escuela se había mudado fuera de Londres antes de que yo llegara y sus oficinas con ella. Los agentes nunca me habían parecido entrometidos. Ese era uno de los atractivos del lugar.
Mis cuartos estaban llenos de toda suerte de tierra y suciedad a causa de las actividades de decoración de afuera. Se veían casi inhabitables. Nunca había pensado en contratar ningún tipo de personal de limpieza; tampoco había visto nunca a alguien de limpieza en ese lugar, aunque se notaba que alguien barría las escaleras de vez en cuando. Me pregunté si no debería pedirle a Maureen que me ayudara, o al menos su consejo al respecto.
Tendría que posponerlo. Había visto suficiente como para saber que, por lo demás, en los aspectos que me importaban, podía regresar. Para un escritor fallido y exitoso a la vez, como lo era yo en ese entonces, el trabajo siempre acecha y presiona. Regresé a casa de mi madre una o dos noches más.
—Tu departamento debe de haber quedado lleno de polvo —dijo mi madre—. Déjame darle una buena limpiada.
Nunca había ido a mi casa, y yo estaba reacio a que la visitara; pero, por fortuna, al llegar el momento, pareció gustarle bastante el ático, a pesar de ese trayecto desconcertante con todos los colores que desentonaban y las puertas cerradas. Sé que al menos la mayoría estaban cerradas con llave, porque mi madre probó varias de las manijas con bastante decisión, algo que a mí no se me había ocurrido intentar.
—¿Cómo te llevas con la gente del sótano? —preguntó mi madre.
Se lo conté en palabras apropiadas.
—Qué bueno que la mujer se haya encariñado contigo. Necesitas una mujer cerca. Qué bueno que sea bonita.
No vi a Maureen de nuevo sino hasta varios días después de regresar. Mis hábitos eran bastante sigilosos, así que no creo que se haya dado cuenta de mi regreso. Por mi parte, me contuve de tomar la iniciativa. En primer lugar, nunca lo había hecho antes. Y en segundo, tras ese lapso de ausencia, me sentía más inseguro que nunca sobre cómo iban a avanzar las cosas, e incluso sobre cómo quería que avanzaran. Luego, una mañana de la primera semana, como en una columna ardiente de carros de fuego, entraron a habitar los señores Stallabrass, Hoskins y Cramp, con todas sus fuerzas, sus mecanismos y su archivo. Su llegada fue tan decidida, ruidosa y alegre como la partida del Freedom había sido oscura y sigilosa. Al instante, por las escaleras pululaban chicas de pelo y falda cortos corriendo de arriba abajo como en el sueño de Jacob, salvo que éstas contestaban con insolencia a los gritos de los encargados de la mudanza (el pelo y la falda cortos, por supuesto, eran nuevos en ese entonces, pero mi madre ya había adoptado ambos, aunque rara vez saliera muy lejos de su casa). Entre la muchedumbre había varios hombres de camisa blanca, cuello almidonado, pantalón oscuro y tirantes. ¿Serían los socios? ¿Incluso Stallabrass, Hoskins y Cramp en persona? Sin duda, hacían ademanes que bien podrían ser una manera de dar órdenes. La cantidad total de personas involucradas eclipsaba por completo al Freedom, incluso de forma relativa. Esa tarde llegó Maureen a tocar a mi puerta.
—¿Por qué no me avisaste que habías vuelto?
—Dudé. —Lo dejó pasar—. ¿Qué opinas? —continué, inclinando la cabeza hacia un lado y hacia abajo. Maureen frunció una comisura del labio—. ¿Crees que vayan a bajarle un poco al ruido?
—No veo por qué. Por lo poco que he visto, son gente horrible.
—Yo ya vi suficiente.
Los autores siempre tendemos a hacer juicios apresurados. Es la presión por encontrar paz y concentración.
—¿Ya viste al señor Millar?
—No que yo sepa. ¿Quién es el señor Millar?
—El verdadero dueño. Los nombres de afuera no existen, o ya están muertos, o algo. Yo creo que el señor Millar se los cargó.
Recuerdo que Maureen usó esa expresión exacta, que en ese entonces era tan nueva como el pelo y la falda cortos.
—No necesariamente —dije yo—. Es normal encontrar este tipo de empresas con muchos nombres sin que ninguno sea de alguien real.
—Tú no has visto al señor Millar —contestó Maureen.
—No que yo sepa. Parece que son como cien. ¿Tiene algo de especial la apariencia del señor Millar?
—Sí —dijo Maureen—. Se parece a Córdoba el Vampiro Sexual.
Era una película muda que había dejado huella en ese entonces, aunque me sorprendió un poco que Maureen la citara.
—Entonces más vale que te untes toda de ajo antes de irte a dormir —contesté, y eso ayudó a que las cosas fluyeran más fácil entre nosotros luego de nuestra separación.
No puedo decir que la descripción que hizo de nuestro nuevo vecino estimulara siquiera mi imaginación. Como se habrán dado cuenta, yo era un muchacho ansioso y cauto que caminaba por la cuerda floja, y al que le asustaba bastante cualquier nueva compañía, involucrarse en cualquier cosa. Es posible que las cosas horribles que me mandaba el oficial Valentine contribuyeran a mi timidez social. Estoy seguro de que creía que entre más tiempo pudiera mantenerme fuera de contacto con el tal señor Millar, mejor. No me importaba mucho “reunir experiencia”, y nunca dudé de mi capacidad de urdir libros usando sólo lo que hay en mi interior. Para mí, el asunto ni siquiera necesitaba pensarse.
Ya era malo que los nuevos inquilinos anduvieran por todas las escaleras y los rellanos, con risas, gritos y golpes de puertas sin fin. Durante los primeros dos o tres días incluso noté que les gustaba azotar las puertas de los cuartos normales varias veces seguidas, como hace la gente ahora con las puertas de los coches. Su conducta no era la que uno esperaría de unos contadores certificados.
—¿Cómo le harán para trabajar? —no tardó en exclamar Maureen.
Fue la siguiente vez que la vi.
Yo estaba de acuerdo, porque yo mismo necesitaba silencio absoluto y una ausencia total de distracciones antes de poder trabajar siquiera. O eso pensaba en ese entonces. De hecho, se lo dije a Maureen.
—Para ti es distinto —comentó afectuosa.
Uno de sus muchos puntos positivos siempre había sido su respeto aparentemente sincero por los artistas. Tal vez suene extraño que lo llame “aparentemente sincero”, pero uno nunca sabe de verdad.
—Puedes usar nuestra sala cuando quieras —continuó.
—Muchas gracias.
—Si el señor Millar se siente como en casa allá, no veo por qué tú no. Te prefiero por mucho —añadió coqueta.
—¡El señor Millar! ¿Cómo se metió?
—Tocó el timbre la tarde que llegó. El día que te conté de él. Verás que te hace lo mismo. Se me hace que así se las gasta.
—Pero, ¿qué hace en tu departamento? —pregunté débilmente.
Me impactó lo que había dicho Maureen. Los nuevos apenas llevaban unos días con nosotros.
—Se acuesta. En un cuarto completamente a oscuras, como él dice. Aunque, de hecho, nuestro departamento no es nada fácil de dejar a oscuras. Una vez lo intenté. El señor Millar dice que necesita lo que él llama “intermedios”. Entiendes a qué se refiere cuando piensas en todo el escándalo que arman.
—Pues son sus empleados. ¿Por qué no los calla?
—Yo qué sé, Roy.
—Pero, ¿y tú qué haces mientras está ahí?
—Hasta ahora nunca he estado. A fin de cuentas, sólo ha pasado unas tres veces. Supongo que podré mantener a los niños en la cocina o meterlos a su cuarto.
—Más vale que le cobres —dije amargado.
—¿Estás celoso, Roy? —preguntó Maureen.
—Sí —dije, aunque no fuera totalmente cierto.
—Muy bien —dijo ella—. Progresamos.
Tuve que admitir que tal vez me había ganado ese tipo de comentarios.
También tuve que admitir que, en cuanto a conocer al señor Millar, al desagrado general se había sumado una vergüenza específica.
Empezó a molestarme otro hábito irritante: la gente de abajo dejaba que sus teléfonos (no cabía duda de que eran varios, lo que es más común ahora que en ese entonces) sonaran y sonaran y sonaran antes de contestar. Como casi siempre dejaban todas las puertas abiertas, su costumbrita contribuía mucho al clamor distante que ascendía hasta mi ático.
A veces no podía evitar oír una parte de esas conversaciones telefónicas retrasadas (cuando cruzaba el edificio, digo, no quiero insinuar que las palabras definidas penetraran por mi piso o mis paredes).
Todo lo que oía consistía siempre en lugares comunes o banalidades increíbles. Nunca parecía ser por ningún tipo de negocio, sólo un flujo de nimiedades mezcladas con risitas. Es obvio que tenía prejuicios, pero conforme fue pasando el tiempo oí cada vez más pláticas sosas de esa clase, y nunca nada más, y mis prejuicios empezaron a mezclarse con cierto asombro y luego con cierta preocupación. Sí, estoy casi seguro de que esas estupideces que escuchaba —que no eran de mi incumbencia y que de todos modos no oía tan seguido, porque me esforzaba por cruzar el edificio lo menos posible durante el horario laboral— fueron lo primero que me hizo sentir inquieto… Sentí que los nuevos inquilinos tenían algo que, además de irritarme, me asustaba. Por supuesto, había oído chistes de mecanógrafas platicando por teléfono con el novio, pero ahí había algo que parecía mucho más profundo. Creo que podría explicarlo así: una conversación tan razonable como una plática con el novio hubiera sido muy bien recibida por mis largas orejas, y hasta explicable. Pero todo lo que oía, aunque fuera sin querer, estaba simplemente vacío. Por eso no puedo recordar nada. Seguro que ni siquiera hubiera podido apuntar lo que acababa de oír mientras subía a mi tercer piso. Aparte de cualquier otra cosa, debía darme vergüenza albergar tales futilidades en mis pensamientos o en mi memoria.
Cuando me las encontraba en el vestíbulo o en las escaleras, las muchachitas me tiraban miradas lascivas o me sonreían con desdén, y a veces manifestaban hostilidad real. Algunas de esas palabras parecen absurdas, pero describen cómo me hacían sentir. Todas eran muy jóvenes. Mucha gente diría que seguro era mi culpa. No dudo que en cierto sentido sí lo fuera. Admito que no encontraba manera de tratarlas. Los saludos convencionales me parecían absurdos. Además, las chicas siempre eran nuevas: supongo que había cinco o seis trabajando ahí al mismo tiempo (si es que esa era la palabra), pero las caras que llegaba a reconocer no tardaban en esfumarse y eran remplazadas por otras completamente desconocidas. Era imposible pensar en conocer individuos, incluso aunque hubiera querido.
En cuanto a los hombres del despacho, que no cambiaban (y eran, ni hay que decirlo, mayores), su costumbre era mirarme fijamente mientras bajaba las escaleras o entraba por la puerta principal; mirarme de arriba abajo como si fuera un extraño y un intruso de la calle, y luego, a veces, pero no siempre, aunque sí en el último instante, pronunciar un insulso “buenos días” o “buenas tardes”.
Nunca parecían estar vestidos por completo. Siempre usaban ropa formal, el atuendo de un profesional bien vestido, pero nunca (cuando yo los veía) parecían traerlo todo puesto. Siempre era como si estuvieran terriblemente ocupados o tuvieran demasiado calor; eso último sucedía incluso en invierno, aunque es verdad que las oficinas tenían una calefacción asombrosa. Nunca me había asomado para buscar las estufas de gas o lo que fuera, pero desde cada puerta abierta, ya fuera diciembre o enero, emanaba una notoria ola de aire caliente al pasar. Las chicas usaban vestidos de verano hasta en invierno y, de ser necesario, se iban con abrigos pesados. Pero, por supuesto, la mayoría de la gente prefiere vivir y trabajar con mucho calor, y yo no. Debo añadir que, si bien los hombres se comportaban siempre como si les pesara el trabajo, no recuerdo nunca haberlos visto hacer nada más que a las chicas. Pero es posible que mi propia incapacidad de trabajar en medio del escándalo me influyera en ese entonces, y aun ahora. No sabía cómo se llamaban los hombres (ni, por supuesto, las chicas), y aunque ellas platicaran con las puertas abiertas a mi alrededor como si yo no estuviera ahí o fuera invisible, los hombres de camisa tendían a la dirección opuesta: a quedarse callados e inmóviles hasta que hubiera pasado y estuviera fuera de su alcance. Ahora que lo pienso, tampoco noté nada del coqueteo habitual de oficina entre los hombres y las muchachas, aunque hubiera pensado que la mayoría de ellas estarían más que dispuestas.
Y luego estaba el misterio de los clientes del despacho. El misterio era que nunca vimos a ninguno: sólo al personal interno bullendo de arriba abajo.
—¿Has visto a alguno? —le pregunté a Maureen.
—El señor Millar dice que hay mucha gente que lleva un largo tiempo con ellos.
—No me gustaría ser uno de ellos.
—¿Cómo vamos a saber? —contestó vagamente.
Noté que había dejado de preguntarme si ya había conocido al señor Millar.
Supongo que la cantidad de cartas que llegaba cada mañana podría haberme dado alguna idea de qué tanto trabajo genuino había. Pero ahí estaba en desventaja. Los autores no solemos ser mañaneros. En los viejos tiempos me ponía mi bata (bastante desteñida y manchada; incluso rota, creo) y bajaba a la repisa del vestíbulo sin importarme lo que pensara la gente del Freedom, por muy numerosa que fuera (eso creía yo). Pero luego me pareció imposible: en parte por las chicas, claro, pero no sólo por eso. Así que mi escueto correo matutino, incluso los paquetes mal hechos del oficial Valentine, tenían que esperar a que me rasurara y me vistiera entero, y para entonces cualquier correspondencia que hubiera llegado para la gente de abajo ya había sido “recibida”, como se dice. Eso era aún más inevitable porque normalmente desayunaba un poco antes de rasurarme y vestirme, y no veía razón alguna para cambiar de hábitos sólo por el señor Millar y su alegre compañía. Pero también creo que no quería saber mucho más de lo que sucedía debajo de mí. Acabo de hablar de “trabajo genuino”. Me costaba creer que hubiera mucho, aunque ni siquiera pudiera imaginar lo que sucedía el resto del tiempo. Es cierto que encontraba cartas para el despacho de vez en cuando a otras horas del día: casi todas eran verborrea impersonal del servicio de su majestad. Me di cuenta de que indicaban que debía de haber algún tipo de contabilidad. Recordé que un tío de mi madre me había comentado alguna vez que “las cifras, hijo mío, sólo son una parte muy pequeña de lo que vuelve exitoso a un contador”. Y, de hecho, aún sigo sin saber qué se hacía en esa oficina. He contado mis impresiones de la manera más clara posible, pero los sucesos siguientes me empezaron a parecer más importantes.
Creo que transcurrió por lo menos un mes antes de que viera al señor Millar. Por razones inciertas, Maureen había dejado de mencionarlo por completo. Luego, de improviso, no sólo lo vi, sino que tuve que hablar con él, sin previo aviso ni preparación alguna, y a solas.
Un viernes muy por la tarde, quizá pasadas las cinco, mi timbre, bastante ruidoso, por cierto, sonó de pronto. Digo “de pronto” porque no había oído pasos en la escalera, que seguía sin alfombrar. Mientras maldecía, eché mi impermeable sobre el material de Valentine y fui a ver quién era. Había un hombre parado afuera.
—Soy Millar —pero no me extendió la mano, como se hacía en esos tiempos, y sus ojos se movieron de un lugar a otro sin mirar nunca hacia los míos, pero tampoco, pensé, examinando mi humilde entorno—. ¿No vienes por una copa? —preguntó—. Acá en el piso de abajo. Y trae una acompañante si quieres, claro.
Ni tengo que decir que no quería ir, pero no se me ocurrió la manera de negarme y hubiera sido insensato hacerme de un enemigo. Así que logré soltar algo afirmativo.
—Cuando tú quieras. En el segundo piso.
Parecía una forma extraña de expresarlo, pero, para el caso, era totalmente obvio que no tenía ninguna “acompañante” ahí arriba, ni siquiera una chica escondida en una alacena. El señor Millar bajó sin decir otra palabra. Vi que traía zapatos de gamuza beige, sin duda con suelas de hule crepé. Y, por supuesto, estaba en tirantes, igual que todos.
Agradecí tener unos minutos para arreglarme. No te pones tus mejores trapos para editar un manuscrito pornográfico solo en un ático, y en esos tiempos además tenía el hábito de pasarme la mano derecha (soy zurdo) por el pelo mientras leía, lo cual me arruinaba la raya y hacía que me pareciera a la ilustración de aquel libro alemán para niños, porque tenía el pelo grueso e hirsuto. Me cambié la camisa, me puse mi antigua corbata de la escuela (tal como era) y probé suerte con el cepillo.
Luego, esforzándome por no pensar en nada, irrumpí por la puerta del rellano del segundo piso. Había estado ahí adentro varias veces durante el periodo del Freedom, pero todo era muy distinto. Las paredes del cuarto exterior tenían un papel tapiz rosa con una cornisa floreada y estaban decoradas con lo que parecían paisajitos ingleses, casi con seguridad hechos por un aficionado, y enmarcados en nada más permanente que una marialuisa. Había una cantidad sorprendente de ellos, no todos precisamente a la misma distancia del piso. En medio del cuarto había un escritorio, obviamente nuevo, pero sin nada encima, ni siquiera una máquina de escribir en su funda o una goma. Además, no había nadie. Pero la puerta que daba al cuarto de al lado estaba entreabierta. Me acerqué a ella.
—¿Hay alguien en casa? —pregunté.
El señor Millar la abrió de par en par.
—Pasa —dijo, aún sin mirarme a los ojos ni extenderme la mano.
También seguía sin saco.
—¿No trajiste una acompañante? —parecía decepcionado, aunque, como ya dije, fuera absurdo.
—No —respondí—. Vine solo.
—¿Trabajando? —dijo, no para disculparse por interrumpirme o para hacerme plática, sino como si se refiriera a algún pasatiempo extraño que le habían dicho que practicaba.
—Sí. Pero no importa. Necesitaba un descanso.
Eso, por supuesto, no era del todo cierto.
—¿Jerez?
La botella indicaba que provenía de una de las colonias, y las tres copas que había en su escritorio eran de la tienda de baratijas. Uno no debería de hablar de esas cosas tan llanamente, pero en esa ocasión creo que eran importantes. Quizá fuera decisivo que el señor Millar tuviera que abrir la botella y limpiar unas rebabas o astillas de las dos copas con la parte trasera de un papel carbón antes de poder usarlas. Parecía claro que había organizado el festín sólo para mí.
—Muchas gracias.
No me ofreció una alternativa al jerez. Obviamente no había.
El señor Millar luchó contra un sacacorchos no muy bueno (incluso entonces lo sabía), con un radio demasiado pequeño en la cuerda y un mango demasiado delgado y cortante. Casi le ofrezco ayuda. Estaba bastante seguro de que al menos debía decir algo, porque pasaba el tiempo en silencio mientras el corcho se astillaba y se rehusaba a salir, pero no se me ocurría nada.
No me había ofrecido un asiento, aunque hubiera dos sillas de oficina nuevas, aparte de la que estaba detrás de su escritorio, también nuevo. El escritorio era de imitación caoba, mientras que el de afuera imitaba una madera mucho más clara y amarillenta. El santuario estaba tapizado de morado claro, quizás hasta malva: puedo verlo ahora, aunque nunca lo haya vuelto a ver después de aquella visita, que además fue muy breve, como verán. También había algo morado en el centro del piso, donde estaba el escritorio, aunque no del mismo tono. Había cuatro o cinco retratos de los que uno puede comprar dos veces por semana en ciertas casas de subastas. Por lo común son genuinamente antiguos, pero de un valor artístico limitado. Son como los “libros viejos” que tanta gente cree que valen mucho pero que, aunque de verdad sean muy viejos, resultan casi imposibles de vender en caso de necesidad. Esos especímenes retrataban a unos nobles de los siglos XVII y XVIII con encaje y peluca, cuatro hombres y una mujer, y estaban en marcos destartalados y desteñidos. La mujer era vieja y ordinaria. A nadie se le ocurriría que pudieran ser los ancestros del propio señor Millar.
—Qué pena que no trajeras ninguna acompañante —dijo el señor Millar mientras servía.
Pescó un pedazo de papel aluminio que había caído en una copa. También le costó bastante trabajo, porque su única herramienta era un abrecartas.
—No soy de Londres —dije—. Todavía no conozco a mucha gente.
Al señor Millar parecía importarle poco, y nadie podría culparlo.
—¿Me pregunto cuánto durará Lloyd George?
Estaba “haciendo plática” de una forma casi agresiva. Claramente yo le había fallado al no tener plática propia. Pero por fin me llegó la copa de jerez. Como todavía no me había ofrecido una silla, me senté sin preguntar. El señor Millar se sentó también de inmediato. No se me ocurría nada inteligente que decir sobre Lloyd George, pero supongo que dije algo.
—Santé! —dijo el señor Millar, aún sin voltearme a ver a mí ni a nada más, o así me pareció. Era como un hombre con dos ojos de vidrio.
Le di un gran sorbo a la copa de jerez, que por fortuna era bastante grande.
—Qué clima tormentoso —comentó el señor Millar—. ¿Cuánto tardará en escampar?
—No creo que sea pronto.
—¿Eres del campo?
—Más bien de los suburbios, me temo. Al menos, en eso se han convertido.
—Es un jerez bastante bueno, ¿no crees?
—Buenísimo.
—¿Lees el Post o el Telegraph?
—El Times.
—¿No eres muy joven para el Times?
—Crecí con él.
—¿En serio?
—Nunca hubo otro periódico en casa.
—¡Santo Dios! Más vale que les escribas para contárselos.
El señor Millar soltó una risa metálica. Me pareció que yo no tenía nada que ofrecer sin una “acompañante”. En serio no podíamos continuar así.
—Te sirvo más —dijo con la misma indiferencia con que había dicho todo lo demás, pero acepté aliviado.
Necesitaba algo que me diera valor. Tenía que escapar en pocos minutos.
No se me ocurría nada que decir para continuar la conversación. Dudaba mucho que se pudiera salvar la plática si yo decía algo. El problema con el señor Millar era que su mente estaba en otro lado: durante todo el tiempo que estuve con él, sentí que estaba en otro lado, sin vuelta atrás. Sus ojos de vidrio y sus manos vagabundas decían cierta verdad, mientras sus labios sólo soltaban algodón.
—¿Pronosticas algo para el Cambridgeshire? —Sólo pude negar con la cabeza. Desde cierta perspectiva, comprendía que el señor Millar anhelara una compañía más animada—. ¿Y qué hay del tenis en verano? Qué bueno que esté de vuelta, ¿no crees?
—Qué bueno que muchas cosas estén de vuelta.
—Pero hay muchas que no volverán tan pronto.
—Sí —dije—. Es cierto.
—No me sorprendería que no volviera a haber polo de verdad. Un polo que valga la pena ir a ver.
Estaba sentado de lado en su escritorio, mostrándome su perfil izquierdo. He hablado muy poco —de hecho, ahora que lo pienso, prácticamente nada— de su apariencia. Quizá sea porque hay muy poco que decir. Por lo que recuerdo, era un hombre moreno, delgado, de estatura media. Estaba bien rasurado y siempre le quedaba un poco en el carrillo, pero sólo un poco. Tendría como cuarenta años, quizás unos cincuenta bien preservados. Tenía un manojo de pelo negro, cuidadosamente despuntado, que parecía quedarle como gorra, y permanentemente engominado. Siempre estaba bien vestido y llamaba la atención, pero no en sentido peyorativo, salvo, quizá, por detalles como los zapatos de gamuza que ya mencioné (traía un traje de campo con ellos, por ser la víspera del fin de semana). Se pueden encontrar hombres como él por todos lados, en todo momento…
Creo que incluso diría que el señor Millar pertenecía a cierto tipo de hombres que tienden a hacerte sentir que tienen la mente en otro lado. Pero pocos dan la impresión al grado en que lo hacía él. Incluso en ese primer (pero casi único) encuentro, sentí que su mente estaba tan alejada como la de Boris Godunov, quien, según decían, se había deshecho del heredero legítimo, o como la de nuestro engañado Macbeth.
—Ahora que estás acá —dijo el señor Millar—, hay algo que te quiero explicar. Creo que es una buena oportunidad.
—Ah, claro —dije inclinando mi copa de jerez, que de nuevo estaba más bien medio vacía que medio llena.
—Estamos muy ocupados ahorita. Me tengo que quedar por aquí seguido. Así que no te sorprendas si oyes cosas.
—Qué bueno que me lo dice.
—No quería que pensaras que entraron ladrones —el señor Millar soltó su risa metálica—. Primero creí que podía llegar a un acuerdo con la chica del sótano. Es muy linda, ¿no crees?
—Por lo poco que la he visto, parece que sí —dije.
—Pero claro que tiene una familia en la cual pensar y todo eso. Así que decidí instalarme acá arriba. A fin de cuentas, ¿por qué no?
Sus ojos incoloros recorrieron inquietos el cuarto, casi como si creyera que iba a contestar su pregunta. Su mirada luego procedió a vagar por el techo. La noticia que me había dado era tan mala que no se me ocurría nada que decir.
—Me dicen que eres uno de esos autores famosos.
—A eso aspiro —contesté.
—Alguna vez pensé que iba a escribir un libro.
—¿Tenía un tema en mente? —le pregunté sin una pizca de sarcasmo.
—Claro que sí —respondió el señor Millar—. ¡Sólo Dios sabe cuál era! —Se rio de nuevo—. Te sirvo más.
—Creo que ya debería retirarme.
—Una más antes de que te vayas —dijo el señor Millar.
Sus esfuerzos por retenerme eran mínimos. Movía la botella con nerviosismo, pero se logró concentrar lo suficiente como para rellenarme la copa.
—Sí, ¡qué personita tan linda!
Le sonreí de hombre a hombre, o más bien, como si hubiéramos sido dos hombres, en vez de un adolescente y un simulacro.
—Los hombres no estamos hechos para vivir solos, ¿no lo crees?
—Hay buenos argumentos en ambos bandos —contesté.
—Espérate a que crezcas —dijo el señor Millar y soltó su risa—. No puedes opinar hasta entonces. —Tras un breve silencio, continuó—: Yo vivo muy lejos. No hay manera de que regrese a casa todas las noches cuando estamos así de ocupados. No soportaría el engorro.
—Supongo que es buena noticia que la contabilidad sea tan próspera.
Me sorprendió bastante que el señor Millar dijera que tenía una casa, por muy distante que estuviera.
—Sí, supongo que sí, si esas cosas te importan.
Me levanté.
—En fin, lo dejo.
—Qué bueno que pudiste venir.
Sólo me acompañó hasta la puerta de su santuario; luego se volvió con la mente concentrada en alguien o en algo más, daba escalofríos pensar en qué.
A partir de entonces, como debí haber sabido, el señor Millar se quedó en su oficina casi todas las noches. El resto de la gente desaparecía más o menos a la misma hora de siempre, pero él seguía paseándose por las escaleras, cerrando y abriendo puertas, acarreando objetos pequeños de un lugar a otro, haciendo y recibiendo llamadas nocturnas, a veces hablando solo mientras merodeaba. Cuando su movimiento detenía mi trabajo (lo que debo admitir que sólo sucedía de vez en cuando), abría mi puerta en silencio y lo espiaba descaradamente por la escalera en penumbra. Pero sus actividades parecían tan triviales y fútiles que no valía la pena acecharlas por mucho tiempo, y la cháchara que se dirigía a sí mismo (muy fuerte y clara) no era obsesiva, sino más bien escapista. Hacía mucho que el peso de sus pensamientos lo había sacado de su propia personalidad, incluso cuando estaba solo. Se había convertido en una cáscara vacía y andante en la cual hacía eco el barboteo del mundo.
¿Alguna vez dormía? Y si lo hacía, ¿en dónde? Su santuario no ofrecía nada más que el piso cuando lo visité, pero, como ya dije, nunca volví a entrar. Supongo que podrían haber metido un sillón sin que yo lo viera subir las escaleras ni lo oyera dañar la pintura nueva. No sabía si el señor Millar cerraba su puerta con llave, ni la exterior ni la interior, cuando dejaba por fin de trajinar por las escaleras y de cuarto en cuarto. Definitivamente nunca oí ningún ronquido atravesar el techo, aunque su lúgubre santuario estuviera justo debajo de mi cuarto. Pero roncar siempre es absurdo, y “absurdo” nunca era la palabra justa para él.
Así fueron las cosas durante los primeros días en que el señor Millar prácticamente vivió debajo de mí (a veces me preguntaba por los términos de su contrato de arrendamiento; qué bueno que los agentes con quienes tratábamos fueran tan relajados). Pero no tardó mucho en empezar a recibir visitas.
Noté que muy seguido parecía estar fuera del edificio por la noche. Yo deambulaba hacia abajo por alguna razón o regresaba de la galera de un teatro o de la primera fila de un cine (mi madre me advirtió de su efecto en la vista). A cualquier hora entre, quizá, las nueve y las dos de la mañana, encontraba las luces prendidas y algunas puertas abiertas, pero ninguna señal del señor Millar. Suponía que incluso él tenía que buscarse algo de comer. Nunca me asomé a los cuartos abiertos, por miedo a que saltara desde atrás de la puerta gritando “¡Bu!” y me hiciera una maldad horrible, pero creo que tenía razón al creer que estaba fuera de la oficina, y mis sospechas se confirmaron cuando dejó de volver solo.
Normalmente sólo oía voces; voces y pasos cansados subiendo las escaleras, casi siempre muy lentos, y luego una plática interminable en el piso de abajo, aunque a veces había otros ruidos menos definibles o explicables. Casi siempre eran voces femeninas, y casi siempre eran muy ordinarias, hasta estridentes, aunque rara vez pude discernir palabras precisas. Hasta cierto punto, la explicación era bastante obvia: en ese entonces, y antes de la famosa ley de R. A. Butler, había calles en la zona circundante en las que era mucho más fácil conseguir una mujer y hacer lo que quisieras con ella que conseguir un taxi. Otras noches, las visitas nocturnas eran hombres, y varios a la vez, y tan malhablados como las mujeres; pero ellas también iban a menudo en grupo, y, al parecer, todas eran amigas.
En realidad, no tenía ganas de investigar más a fondo: el señor Millar me aburría y me alarmaba en partes extrañamente iguales. Pero el ruido que hacían él y sus visitas nocturnas a veces era una molestia seria, aunque las cosas que he descrito no pasaran todas las noches.
Algo desafortunado era que me cohibía y no me atrevía a invitar a mis nuevos amigos, sobre todo a mis pocas, pero preciadas, amigas. Nunca sabía qué podía pasar, y las explicaciones eran a la vez ridículas, poco convincentes y siniestras. Era imposible concebir siquiera algo inventado que significara cualquier cosa. Un muchacho que no puede llevar a nadie a casa está en desventaja. Terminé pasando periodos de ermitaño mucho más largos de lo que hubiera querido. Sentía que me estaban dañando más mis circunstancias que mi temperamento al acercarme a gente nueva. Además, el señor Millar no sólo había alterado la atmósfera del edificio, sino que había provocado un cambio indefinible en mí.
Lo noté primero con Maureen. Había dejado de visitarme, y cuando nos encontrábamos de casualidad, éramos unos desconocidos. Nos mirábamos a los ojos fríamente, como si nos separaran experiencias incomunicables. Lo que me horrorizaba del asunto era que me di cuenta de que no me importaba. Y antes le había agarrado un cariño que nunca le había podido demostrar. Tampoco era que otra hubiera tomado su lugar. Para nada. Sólo se había apagado.
Al final, inevitablemente, conocí a algunas de las visitas nocturnas del señor Millar, o por lo menos me las encontré en la puerta, o subiendo con él o, una o dos veces, paradas en silencio en las escaleras, esperando a que ocurriera algo. Era particularmente extraño toparme con esos completos desconocidos parados en mis escaleras durante la madrugada. Nunca se les ocurrió hablarme, pero, bueno, la gente que lo acompañaba, a veces del brazo, tampoco me hablaba nunca, aunque parecieran avergonzados, hasta sorprendidos, al verme. Él, como de costumbre, no me dirigía la mirada, sólo me percibía, me abría el paso y jalaba a los demás con su glándula pineal.
Las visitas del señor Millar se veían igual que como sonaban, sólo que a veces más burdas. Los grupos de Hogarth pueden ser entretenidos en un cuadro, pero lo son mucho menos cuando te los encuentras de frente en unas escaleras estrechas. Los hombres parecían delincuentes profesionales de poca monta en quienes la violencia se daba por sentada, y un mal final también. Noté que rara vez había sexos mezclados entre las visitas, aunque una vez sí vi a una chica muy embarazada, horriblemente blanca, que era arrastrada por las escaleras por un hombre con tajos por toda la cara. Los hombres y las mujeres por igual tendían a quedarse callados incluso entre ellos en cuanto me veían, y cuando lograba escuchar lo que decían, siempre eran banalidades dignas del propio señor Millar. Nunca hubo oportunidad de una “revelación”. Pero, bueno, en el caso del señor Millar, aunque todo estuviera abierto de par en par, nada estaba revelado de principio a fin.
Una vez se me ocurrió una explicación casi ridículamente llana para las visitas nocturnas. ¿No sería posible que esa gente, o al menos algunos, fueran clientes; dueños de pequeños negocios, cafés, por ejemplo, que, aunque sin duda turbios, de todos modos necesitaban llevar algún tipo de contabilidad, quizá más de uno (como hubiera dicho mi tío abuelo)? Tendrían sus razones para no ir de día nunca. Hasta podrían tener razones buenas y honestas: las exigencias de los negocios de un solo hombre o una sola mujer. Así, además, también se explicarían, al menos en parte, la política del señor Millar de dormir en su oficina y su excusa de que era por trabajo. Esa explicación podría haber sido válida hasta cierto punto, sin importar qué pudiera uno opinar o suponer de las visitas nocturnas. Sin embargo, también me percaté de que nunca vi a nadie más que pareciera ser amigo del señor Millar. Uno supondría que esas visitas nocturnas eran sus amigos, tal vez los únicos. No cabía duda de que los trataba como tales: con codazos leves en las costillas, bromitas de soslayo y sonrientes “después-de-ti”.
En retrospectiva, me parece que los sucesos fueron aumentando poco a poco. Nada en la vida del señor Millar parecía ser estable, en ninguno de sus aspectos: dudaba que durmiera regularmente, que comiera regularmente, que viera a un mismo amigo dos veces, que tuviera algún andamiaje de hábito y rutina. No obstante, había una intensificación perceptible conforme continuaba su vida con nosotros. Era a la vez ridícula y alarmante, como todo lo demás que lo rodeaba, y cada vez más vergonzosa para mí, en todos los sentidos de la palabra.
Supongo que debería tratar de hablar un poco de por qué no me mudé yo antes, o por lo menos del motivo por el cual no busqué alguna otra vivienda.
Podría rumiarlo sin respuesta. La verdad es que tres cuartos por una renta baja en el centro de Londres era algo extremadamente raro, y que todos mis conocidos me decían que tenía muchísima suerte y que debía conservarlos a cualquier precio. No es que ninguno de ellos supiera en absoluto cuál era ese precio. Podría hacer énfasis en lo hipotética que era mi entrada de dinero, de modo que era casi seguro que cualquier cambio que no fuera absolutamente obligatorio sería para mal. Podría señalar que la inconveniencia (o amenaza) que representaba el señor Millar no era para nada constante. Incluso hacia el final, o el aparente final, de su estancia, había varias noches por semana en las que no había ningún problema salvo el muy marginal de su andar y balbucear a tientas. Y luego estaba el problema importante —que nunca podía olvidar— del deseo fuerte, aunque sobre todo silencioso, que tenía mi madre de que volviera a su casa. Cualquier debilidad por mi parte podía resultar en renunciar por completo a mi vida londinense y a los nuevos amigos que había hecho. Eran pocos, pero sentía que eran casi cuestión de vida o muerte para mí, aunque el señor Millar también fuera esa clase de cuestión.
Todas esas cosas bastaban y sobraban para zanjar el asunto. Pero creo que lo que de verdad lo zanjó fue algo muy distinto. Fue como si el señor Millar me hubiera inyectado un fluido ligeramente paralizante, como si me hubiera envuelto en un capullo casi indetectable de barniz o fijador que disminuía mi poder de decisión, debilitaba mi juicio racional, sin mencionar el superrefinamiento que me había impuesto la manera superrefinada en que me habían criado. Si bien, cuando pensaba al respecto, casi todo lo que tenía que ver con el señor Millar me contrariaba, también me daba cuenta de que era una experiencia (o un tormento) que sería insensato evitar. No podía vivir para siempre como un niño, libre y ligero como el viento. Conforme adquirimos peso en el mundo, lo perdemos en nuestro interior. La madurez siempre es en parte un vaciarse y contraerse. Según esa norma, el señor Millar, casi ingrávido, casi a la deriva, casi sin hábitos (mientras que un bebé no tiene otra cosa), había superado la mera madurez, pero el contacto con él implicaba un curso intensivo y simplificado sobre cómo madurar. Mi razón era muy parecida a la razón real por la que un estudiante no huye de la escuela que odia.
Una tarde (tal vez fueran las siete) llegó Maureen de nuevo a tocar suavemente a mi puerta.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó.
Era la primera vez en meses que intercambiábamos palabras, y nunca antes me había podido visitar más que en la tarde, regresando del trabajo y antes de ir a recoger a su hijo menor.
Traía un vestido gris corto y sin mangas, de cuello redondo: muy pequeño, de hecho, y con varias manchas al frente por cocinar o por los niños. No traía medias y se había puesto unos zapatos de tacón alto que más o menos combinaban con el vestido. Se había quitado la diadema y el pelo le colgaba sobre los ojos, de modo que tenía que asomarse por debajo. A sus manos les hacía falta una lavada, e incluso tenía un poco de mugre en la cara.
Era verano, y yo sólo traía camisa y pantalones.
Me acerqué a ella, la apreté con fuerza y la besé como si fuera para siempre.
—¡No te reconozco! —dijo con cariño.
Le quité el vestido con mucho cuidado y luego la saqué de su ropa interior, que era encantadora.
Nos acostamos en mi cama barata, ni glamorosa ni particularmente cómoda.
—¿Y tú? —preguntó.
Así que me quité la ropa, que se me había olvidado que traía puesta, y acomodé sus zapatos uno junto al otro.
Estuvimos juntos tres o cuatro horas, hasta mucho después de que oscureciera, escuchando nuestros corazones y, esporádicamente, los sonidos de Londres.
No le pregunté por su esposo ni por su familia, y ella tampoco dio explicaciones, y cuando dijo de pronto: “Ya me voy”, estaba de suerte, o estábamos, porque el señor Millar ni siquiera andaba caminando de cuarto en cuarto con hojas de papel en las manos, ni tampoco tenía visitas. No me hubiera gustado nada que me viera despedirme de Maureen con un beso.
—¿Cuándo podemos vernos otra vez?
—No te puedo decir. Tenemos que aprovechar el presente.
¡Hablando de madurez, aún me faltaba un trecho! Y quizás hasta había sufrido un retraso, una regresión a mi infancia feliz.
Ya dije que la marcha (o el espejismo) de la vida del señor Millar parecía intensificarse sin cesar.
Algo que me resultaba vergonzoso era que Millar estaba bebiendo. La parte ridícula, si alguien la consideraba tal, era que unos hombres de gorra entregaban todo el tiempo grandes cajas de licor barato en el edificio. Con mucha frecuencia tocaban mi timbre exterior en vez del que correspondía a los señores Stallabrass, Hoskins y Cramp. Yo bajaba con trabajos, con todos los hombres en tirantes mirándome como si nunca me hubieran visto antes y todas las chicas soltando risitas, y luego tenía que volver a subir con las manos vacías, como el zopenco que había caído en la trampa (el señor Millar seguía siendo casi invisible durante el horario laboral, por lo menos en lo que a mí concernía; durante un tiempo me pregunté si no usaría el día para dormir). Describí como “baratos” los licores que entregaban sin cesar: eran ginebras hechas por cerveceros y whiskeys que no se habían fabricado ni en Escocia ni en Irlanda, ambos con etiquetas chillonas en las botellas.
La parte alarmante de la nueva propensión del señor Millar fue que, cuando yo volvía a casa, a veces no me lo encontraba merodeando por ahí, sino despatarrado o hecho bola en la escalera, muy pálido y desaliñado, respirando fuerte, y un par de veces lo vi con las pupilas giradas hacia arriba de manera antinatural. Las escaleras olían a bebida, a veces todo el edificio, aunque no creo haberlo visto nunca con una copa ni una botella en la mano (luego de esa primera reunión incómoda con él, por supuesto). No obstante, era seguro que estaba bebiendo mucho, a juzgar por las entregas, y empecé a temer consecuencias peores, como el delirium tremens, sobre el cual sentía una aprehensión que sólo puede provenir de la ignorancia total. Mi tío abuelo, de nuevo, me había atemorizado sobre el tema sin entrar mucho en detalles, “mientras siga aquí tu madre”, dijo. La posibilidad de encontrarme al señor Millar muerto en las escaleras en vez de sólo inconsciente tampoco me atraía en absoluto.
Mientras tanto, la faceta del asunto que sin ser graciosa ni aterradora de todos modos me causaba más problemas era que el señor Millar, en vez de nada más hablar solo, había empezado a trinar y canturrear, a berrear y bramar. Parecía capaz de mantener el escándalo, al menos de forma intermitente, durante horas y horas mientras vagaba por ahí.
Cuando bromeaba con sus amigos nocturnos, el ruido era espantoso. Los hijos urbanos del trabajo duro, aunque su trabajo duro casi con seguridad sea criminal, no suelen ser tímidos para iniciar el escándalo, como tampoco lo son tradicionalmente las hijas de la alegría, que al parecer constituían la mayor parte de los conocidos del señor Millar. De hecho, la policía llegó a tocar la puerta en protesta: mi puerta, por supuesto. Y en otra ocasión, golpearon y machacaron la puerta principal; era una cuadrilla entera, a juzgar por el ruido y por todas las pisadas una vez que entraron.
Para mí, de vez en cuando había otro tipo de interrupción. Oía gritos histéricos en el cuarto debajo del mío y luego pasos subiendo por las escaleras sin alfombrar. Tocaban frenéticamente la puerta del ático, y, cuando la abría, veía en el umbral a una chica despeinada, demasiado turbada como para decir qué le pasaba. Me asomaba por encima de su hombro mientras estaba ahí llorando y desvariando y rogándome que la dejara pasar, y ahí estaba el señor Millar al pie de las escaleras, comparativamente calmado, aunque no siempre bien firme sobre sus pies. Nunca decía una palabra en esos momentos, sino que parecía un mero espectador inquieto, tumbado contra el barandal. Hasta parecía genuinamente avergonzado y perplejo por lo que había pasado: decidido a no arriesgarse a decir una palabra si alguien más se estaba encargando del asunto.
Tomando en cuenta todas las circunstancias, no había manera de que dejara entrar a la chica, así que la acercaba lentamente a las escaleras mientras le decía que la iba a acompañar hasta la calle, y por supuesto trataba de levantarle el ánimo, aunque no tuviera idea de cómo hacerlo. Pasábamos palmo a palmo junto al señor Millar, a veces con mi brazo rodeándole los hombros a la chica, pero él nunca decía una palabra ni se intentaba mover.
Una de aquellas veces, de las cuatro o cinco que creo que fueron, me asusté mucho. Ya era horrible tener que pasar arrastrando a la chica junto al señor Millar, ahí parado, mirándonos, pero aquella vez, al llegar al pie de mis escaleras, que subían rectas entre dos muros, descubrí que, de pie junto al señor Millar, había dos gorilas de boina. Parecían sacaborrachos o matones fracasados, pero estaban tan quietos y silenciosos como el señor Millar. No me fue fácil seguir bajando con la chica encogiéndose junto a mí, intentando perderse en el muro, pero lo logré, y como de costumbre, no pasó nada. Cuando volvía a subir luego de esos incidentes, el señor Millar normalmente se había metido a su cuarto y había cerrado la puerta del rellano. Aquella noche, los tres habían desaparecido. Yo esperaba que resonara algún alboroto debajo de mí, pero no sucedió.
En otra ocasión, recuerdo que la chica era diferente: parada temblando en el umbral sórdido de mi cuarto, me dijo que había conocido al señor Millar en Wimbledon, pero que, aunque sabía que había sido una tonta, nunca había pensado que sería así.
—Nunca pensé que pudiera ser así —dijo, taladrándome con los ojos.
Quería que llamara a la policía, pero yo no creía que fuera a resolver nada ni a terminar con nada. Además, tendría que pedirle prestado el teléfono al señor Millar. Así que la saqué con la maniobra de costumbre, y en la calle se recobró de forma impresionante.
—Lamento muchísimo haber sido tan tonta —repitió. Luego añadió—: Carajo, olvidé mi saco y era nuevo, de verano.
Al bajar por mi correspondencia uno o dos días después, encontré al personal masculino del señor Millar lanzándose un saco femenino en la gran sala de la planta baja; se lo arrebataban y se gritaban con una rivalidad fingida. Supuse que era el mismo. Aún recuerdo su color: un amarillo verdoso bastante inusual, como yerba mate.
Evidentemente, el tenis sobre pasto y jugar a lanzar y patear cosas (casi siempre con un bote de basura) no eran los únicos intereses deportivos del despacho. Todos los días notaba misivas de corredores de apuestas, y otras con sellos del continente que claramente provenían de operadores de sistemas de casinos (supongo que también lo aprendí de mi tío abuelo). Ahora creo que las cartas de los corredores de apuestas sólo podían llegar durante la temporada de carreras, y que he de estar exagerando su constancia. Pero de verdad recuerdo que llegaban en gran cantidad. Supongo que hay un posible vínculo entre la contabilidad y el cómputo de probabilidades, y mucho más, habría que suponer, en los casinos que en el hipódromo. Modifiqué mis especulaciones sobre lo que hacía el señor Millar durante el día: como iba a Wimbledon, puede ser que también asistiera a juntas de carreras, además de simplemente dormir de vez en cuando.
Sin duda, a veces había “gente de deportes” en el edificio durante el día. No me refiero a los juerguistas y trepadores de la noche, sino a hombres vestidos de tweed, con paraguas enrollados y expresiones de educación pública. Bromeaban a gritos con el personal del despacho, les daban nalgadas a las chicas (bastante fuerte, pensaba yo) y desaparecían en coches rápidos y estridentes tan pronto como habían llegado. Uno de ellos está asociado con un suceso particularmente molesto y, por lo tanto, con mi decisión de mudarme.
Hasta cierto punto, no podría confundir a ese hombre en especial. El ruido de su carro era el doble de fuerte que el de los demás, y muy distintivo. Siempre podía oírlo acercarse desde lo lejos. Y, cuando llegaba, siempre subía a pisotones las escaleras con una firmeza muy particular. Siempre trepaba directo al segundo piso del señor Millar, y ahí, con estrépito y circunstancia, abría su puerta exterior, usando, al parecer, su propia llave. Entraba, removía cosas durante un minuto o dos, y luego emergía de nuevo, cerraba la puerta con llave y se iba con más pisotones. Todo el espectáculo era audible a través de mi ventana, puerta y piso, incluyendo el largo trueno de su máquina al alejarse.
Al principio, suponía que era el señor Millar quien llegaba y se iba; que se le había olvidado algo o que quería ver cómo iban las cosas. Pero un día me encontré con el desconocido. Su coche llegó rugiendo justo cuando estaba a punto de salir. Entró un tipo redondo, colorado, bajo y fornido, de traje verde y sombrero verde de copa baja. Echó atrás la puerta principal, que me empujó muy fuerte contra la pared. De hecho, más tarde descubrí que me dejó un moretón tan grave en el codo que me costó trabajo escribir durante días. Antes de que pudiera decir una palabra (si se me hubiera ocurrido alguna), ya estaba arriba con sus pisotones de costumbre. Sabía que sólo podía esperar risas en vez de empatía de la gente a mi alrededor, así que me seguí de largo.
Todo el tiempo que estuve en la plaza Brandenburg, pasé casi todos los fines de semana con mi madre. Las pocas veces que me quedé en Londres, ya fuera para terminar algún trabajo o para pasar tiempo con un amigo, creo que ya dije que el señor Millar se iba, como era de esperarse. Yo suponía que se retiraba a la casa que me había mencionado la vez del jerez, por muy difícil que me hubiera parecido imaginarlo.
Algún tiempo después de mi primer encuentro con el tipo del traje verde (no logro recordar cuánto), llegó uno de esos fines de semana londinenses. Creo que mi madre se había ido a visitar a la hermanastra de mi padre en Frinton, como tenía por costumbre hacer varias veces al año desde que enviudó. Para entonces yo había dejado de invitar gente al ático, incluso en esos fines de semana, por lo desconcertante que era la atmósfera en el edificio. Y, en ese fin de semana en particular, fue una buena decisión.
La noche del sábado, todo estaba callado como de costumbre mientras trabajaba en alguna porquería del oficial Valentine, pero luego de irme a la cama, bastante tarde, me despertó el ruido de alguien moviéndose en el piso de abajo.
Casi mi primer pensamiento consciente fue que el ruido no era tan fuerte como para haberme despertado. Luego recordé que era una noche sabatina y que no debía haber ruido en el edificio en absoluto. Me percaté de que mi inconsciente debió de haber tomado en cuenta eso y activado la alarma. Ya estaba asustado, pero eso me asustó aún más.
El ruido no se parecía nada a los pisotones y azotones de costumbre. Apenas si podía oírlo, y no tardé en preguntarme si todo el asunto no era producto de mi imaginación, una perturbación dentro de mis oídos y cabeza. Pero no me pude convencer de eso mientras estaba ahí acostado, rígido de escuchar, mientras el resplandor del farol de afuera, allá abajo en la calle, parecía aislar mi cuartito de las tinieblas a mi alrededor. Empecé a preguntarme si no se trataría de un robo convencional. Apenas alcanzaba a ver la hora en mi reloj. Eran las tres y diez.
Mi deber era actuar.
Obligué a mis músculos a relajarse y, con un gran esfuerzo, salí de mi cama de un salto. Tomé el atizador de la manera más banal (en ese entonces, hasta los áticos del centro de Londres seguían teniendo chimeneas). Abrí la puerta de la sala, más oscura que la habitación, pero no tanto como para evitar que caminara con seguridad hasta la puerta exterior, donde estaba el interruptor. Sin encender la luz, abrí la puerta. Me asomé por las escaleras negras como la noche. Cuando había una luz prendida más abajo siempre podía ver el resplandor desde ahí. No había ninguna luz.
Me percaté de que flotaba un olor hacia arriba. Era muy vago, al menos donde yo estaba, pero, aun así, extremadamente acre y punzante. Debo admitir que la expresión “olor a panteón” me saltó a la mente al primer tufillo. Incluso ese aroma leve bastó para que sintiera náuseas. Pero logré resistir y escuchar con toda la intensidad que pude reunir.
No cabía duda de la realidad de los sonidos de abajo, pero cabían todas las dudas sobre qué los causaba. Algo o alguien se estaba moviendo y removiendo casi completamente a oscuras: me resultó imposible decidir en qué rellano o en qué parte de las escaleras. En un salto de lógica absurda, pensé en un ciego. Pero en realidad, los sonidos apenas parecían humanos: eran más como un costal pesado arrastrándose con trabajos por voluntad propia, sin lograrlo muy bien, y quizás ansioso por no molestar a la persona equivocada.
Además de sentir náuseas —muchas, como si estuviera a punto de vomitar—, estaba temblando tanto que no tuve que tomar más decisiones difíciles: investigar me resultaba físicamente imposible. Me retiré a mi territorio y cerré la puerta con llave en el mayor silencio posible. Según los estándares convencionales, supongo que había oído suficiente como para llamar a la policía, pero no creo que la falta de teléfono fuera lo único que me disuadiera. Me quedé ahí sentado en la oscuridad, con el pañuelo apretado contra la nariz. No tardé en sentirme helado y me volví a meter a la calidez de mis cobijas.
Gracias al cielo, el olor no era tan fuerte como para penetrar, pero presioné la cara contra la almohada y me quedé escuchando, estirando mucho las orejas para oír sonidos que temía oír, más preocupado que nada por no atraer la atención. Y así, al final, a pesar de la incomodidad, me quedé dormido.
El domingo por la mañana, mientras seguía tratando de desayunar, oí el primer rugido distante del coche del tipo de verde. Lo oí abrir de golpe la puerta principal y subir las escaleras dando fuertes pisotones. Ni él ni nadie más conectado con el despacho de abajo había entrado antes al edificio en domingo mientras yo estuviera ahí. El tipo ni siquiera se detuvo en el piso del señor Millar, como hacía siempre, sino que subió directo al ático. Sentí que la carne se me encogía sombríamente al escucharlo. Los horrores suelen venir en pares. En vez de tocar el timbre, esperó un momento en silencio. Tal vez pensó que su llegada ya había sido bastante evidente, y tenía razón. Sin embargo, como no hice nada, le dio una patada durísima al zoclo de la puerta.
Abrí con toda la dignidad de la que fui capaz. Al menos el olor vago parecía haberse ido.
—Pensé que me habías oído —comentó el tipo con una voz burda pero educada, como decíamos en esa época.
—Sí lo oí.
—Bueno, pues —dijo como si aceptara con brusquedad no ofenderse por un descaro.
Me clavó los ojos encima: se comportaba muy distinto al señor Millar. Tampoco traía su sombrero de copa baja.
—¿Has visto a alguien?
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Ayer u hoy —dijo el tipo, como si no hiciera falta aclararlo, y era cierto.
—No —contesté sinceramente—. No, creo que no.
—¿Y oído? —preguntó el tipo, clavándome aún más la mirada, quebrándome a conciencia.
—¿Qué debí haber oído?
—Gente o cosas —dijo el tipo—. ¿Oíste algo?
—¿Fuera de lo ordinario, supongo?
Sólo estaba haciendo tiempo, pero el vigor de su afirmación me perturbó.
—Si tú quieres.
De hecho, estaba tan perturbado que vacilé.
—¿Qué pasó? —preguntó el tipo.
Era el tono que usaban los prefectos en las escuelas públicas para interrogar a los alumnos.
—No sé qué era —contesté con una extrema debilidad de espíritu.
Sin duda debí haber hecho el papel de chico nuevo y preguntarle por qué era de su incumbencia.
—Así que ya llegaron —dijo el tipo, pensativo.
Casi hubiera creído que estaba asombrado, si un hombre así era siquiera capaz de asombro.
Yo me sentí un poco más fuerte, como si a él se le hubiera salido la vida para entrar en mí.
—¿Llegaron quiénes? —pregunté.
—Ni que te fuera a decir, niño —respondió el hombre, a una distancia considerable de tratarme como a su igual—. Lo único que tienes que saber es que nunca vas a volverme a ver. Todo tiene su fin. Gracias por el aviso.
Y se fue. En un instante oí su coche reverberante arrancar con un estallido y partir como si criaturas indescriptibles fueran a intentar aferrarse a su escape en cualquier momento.
“Todo tiene su fin”, había dicho, y claramente también era el fin para mí, y en cierto sentido me había tardado: el fin de amarrarme los pantalones para enfrentarme a la vida, de soportar imprevistos injuriosos por un supuesto bien superior, el fin, casi a cualquier precio, de mi estadía en la plaza Brandenburg.
Logré acabarme el desayuno (“sin desayuno no hay hombre alguno”, decía siempre mi padre), y luego bajé para hablar con Maureen.
Después de esa noche maravillosa del vestido gris, se había vuelto a aparecer varias veces, de forma impredecible, como siempre, y las cosas habían seguido siendo maravillosas, aunque, naturalmente, no tanto como la primera vez, porque así no funciona el mundo. Me di cuenta con claridad de que, en mi situación, era muy afortunado de tener a Maureen, aunque fuera una desventaja que yo prácticamente no tuviera voz en nuestros encuentros, por muy inevitable que fuera. En gran medida, Maureen había sido otra razón por la que todavía no me había mudado.
Ya que me había decidido, tomé la iniciativa con ella, aunque supiera que su esposo, Gilbert, casi de seguro estaría ahí también, al igual que los niños. Prácticamente era la primera vez que bajaba desde mi primera visita poco después de llegar al edificio.
Toqué el timbre y me abrió el esposo. Traía puesta ropa muy vieja. Podía oír a los niños gritando en el cuarto detrás de él. Apenas nos conocíamos, y en todo caso, la conversación que estoy a punto de referir fue la única seria que tuve con él.
—Maureen no está —dijo, como si no hubiera duda de por qué había bajado—. Está en el hospital. Tuvo un colapso nervioso. Te puedo dar el nombre del hospital, si quieres. Aunque tal vez pase un tiempo antes de que puedas verla.
—Lamento oír eso —dije—. Pero no me sorprende. —Por la mirada que me echó vi que me había malentendido por completo—. Es por este lugar —aclaré—. Me voy de aquí.
—Si es que encuentras otro.
—Claro que sí —afirmé—. Sugiero que ustedes piensen en irse también.
—¿Todos juntos?
Pensé que no estaba siendo hostil, pero otra vez me había malentendido. Claro que hubiera sido lindo seguir viviendo en el mismo edificio que Maureen, pero ya había dado por sentado que no había esperanzas de que eso pasara, por lo limitadas que eran las viviendas en ese entonces…, y hasta nuestros días, como bien saben.
—Sería espléndido si encontráramos un lugar. Pero sugiero que tú y Maureen se muden también pase lo que pase. Este edificio está muy mal.
Me lanzó una mirada.
—¿Quieres un café? Desde que se fue Maureen lo hago yo, y me queda bastante bueno.
—Muchas gracias —dije.
No era la situación que había esperado, pero estaba dispuesto a hablar de los sucesos recientes con cualquier persona remotamente adecuada.
—Disculpa que no esté vestido.
Sostuvo la puerta para que pasara yo primero.
El ruido y el polvo en el departamento eran aterradores, pero el esposo de Maureen se puso a preparar el café como si estuviéramos solos, y los niños sólo se me quedaron viendo un par de minutos antes de empezar a corretear por todos lados otra vez. Tomé el Observer.
—¿A qué te refieres con que está muy mal? —preguntó Gilbert cuando fue el momento—. ¿Leche y azúcar?
El café estaba muy bueno, y lo agradecí mucho, incluso tan poco tiempo después de mi desayuno.
—La gente de los pisos de arriba no tiene un negocio normal.
Arqueó un poco las cejas.
—Estoy de acuerdo.
—No sé a qué se dediquen.
—Maureen tampoco. Ya sabes que el tipo ése, Millar, se quedaba aquí de vez en cuando. Nos daba una propina, y admito que nos alegraba mucho obtenerla. Me cuesta mucho la vida, y no me molesta decírtelo. Pero Maureen nunca descubrió mucho sobre él. Yo nunca lo conocí. ¿Supongo que tú lo conoces muy bien?
—En realidad, no.
Pensé que podía contarle todo lo que sabía del señor Millar, aunque tuviera que hablar más fuerte de lo que me hubiera gustado, por el ruido en el cuarto.
Gilbert me escuchó con mucha atención y luego, después de pensarlo un poco, gritó:
—¡Niños! Vayan a jugar afuera. —Me sorprendió la manera en que se fueron de inmediato y subieron a la calle: en esos tiempos seguía siendo segura y silenciosa los domingos—. ¿Y supongo que han pasado cosas desde entonces? —continuó.
—Con respecto a eso, me alegra que se hayan ido los niños —dije.
—¿Sexo o sustos? —preguntó Gilbert—. ¿Más café? —continuó antes de que pudiera contestarle—. Perdón, se me olvidó.
—Muchas gracias. Me está cayendo muy bien.
—Lamento que no esté Maureen.
—Espero que no tarde mucho —dije.
Nos quedamos en silencio un momento, dándole sorbos al café.
—¿Eres clarividente? —preguntó.
—No que yo sepa. Tal vez sea demasiado joven. —Él me llevaba unos seis o siete años, a pesar de todos los hijos—. ¿Por qué? ¿Crees que me lo imaginé? —dije sin rencor.
—Sólo se me ocurrió de repente que podrías haber visto el futuro. Toda esa gente que, servilmente, permanece sin hacer nada. Así va a ser un día, ¿sabes?, si seguimos como vamos. Por un instante me sonó a una visión de dentro de cuarenta años, si acaso tanto.
Tuve que tomarme un momento para pensarlo.
—Pero lo están haciendo todo el tiempo —objeté—. Bueno, no en este instante. Por lo menos creo que no en este instante. Pero mañana puedes subir a ver. Con tus propios ojos.
—No es algo que tenga muchas ganas de ver, lo que pase “dentro de cuarenta años”. Aunque sí fui a Harrow, por extraño que parezca. —Admito que me sorprendió. Dudo haber conocido en ese entonces a algún otro harroviano, aunque reconociera el himno que había citado—. Me corrieron, por supuesto.
Intenté poner la expresión adecuada antes de volver al tema.
—Tal vez Maureen lo vio —continué—. ¿No se fue por eso? ¿No fue demasiado para ella?
Me miró un poco y no dijo nada. De pronto concebí la posibilidad de que me atribuyera el colapso nervioso de Maureen. Insistí en la gente de arriba.
—¿Tienes idea de cuánto sabe Maureen? Algunas cosas son devastadoras.
—No lo dudo. Estoy de acuerdo con todo lo que dijiste. Ya te lo dije.
—Hay un poco más. Algo muy distinto.
—¿Quieres hablar sobre ello?
—Creo que debería hacerlo.
—Disculpa que no haya más café.
—Estaba bueno.
—¿Y entonces?
Le conté los sucesos aún más extraños de esa mañana y de la noche anterior. A fin de cuentas, a alguien se lo tenía que contar.
—¿Así que también hay muertos vivientes? —comentó.
Me le quedé viendo.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿No estabas insinuando más o menos eso?
Creo que me le quedé viendo.
—¿O querías decir otra cosa?
—Al contrario —contesté—, creo que lo entendiste. Es sólo que no se me había ocurrido antes.
—¿Que te visitó una criatura de otro mundo? ¿O que crees que te visitó? Pensé que ese era tu punto.
—Lo que no se me había ocurrido era que… —no lo podía expresar—. Ya te dije que el señor Millar me daba la impresión de tener muchas cosas en la cabeza.
—Un hombre atormentado. Sí, te entendí a la perfección —dijo Gilbert.
No puedo negar que mi voz se encogió de una forma un poco boba.
—Este edificio podría estar embrujado por el fantasma de su víctima.
El esposo de Maureen me miró directo a los ojos.
—Víctimas. ¿No usó el plural tu amigo de verde?
—Puede que el señor Millar siempre se esté moviendo de un lugar a otro. Y haciendo malabares con tal de olvidar. Todos los malabares que pueda. Hasta invitarme una copa.
—Como dentro de cuarenta años —comentó el esposo de Maureen—. Pero no me dejes filosofar. Seguramente sólo es que yo tampoco estoy teniendo mucho éxito. ¿Por qué le dices “señor”?
Entendía que eso irritara a un harroviano. Pero mi respuesta, aunque fuera por una inspiración repentina, me gustó bastante:
—Para conectarlo con el resto del mundo. Lo necesita.
—Ya veo —dijo el esposo de Maureen—. Voy a pensar en lo que me dijiste. Nunca he dudado que ese tal Millar sea un bueno para nada. Supongo que me he mantenido alejado de él por esa misma razón. Claro que no estamos en condiciones de mudarnos justo ahora. Podrías decir que los factores tangibles pesan más que los intangibles. Así que discúlpame si no me ofrezco a montar guardia contigo a la espera de horrores inenarrables —cambió de expresión—. ¿Me lo perdonarás? Para empezar, no puedo dejar a los niños, y tampoco podría llevármelos.
—Ni siquiera lo había pensado —contesté, y era verdad.
—Si bajas las escaleras gritando en cualquier momento, no dudes en tocar. Toca fuerte, porque duermo muy pesado después de trabajar todo el día en esa sucia tienda. Además, tal vez los gritos ahuyenten a las apariciones.
Quizá me hubiera gustado que tuviera una actitud un tanto distinta, pero tenía que aceptar al hombre tal y como era. Intenté decir una cosa más.
—No es de mi incumbencia, pero te aconsejaría sinceramente que no se quedaran mucho tiempo en el mismo edificio que esa gente. Si ellos llegaran a irse, claro que cambiarían las cosas.
—Tal vez no, por lo que dices. Pero el problema real es que siempre hay algo. No sólo algo malo, sino algo muy malo. Veo que Millar te eriza los nervios y no te culpo. Pero si hubieras visto algunos de los lugares en donde hemos vivido Maureen y yo desde que salí del ejército por incapacidad… Créeme que siempre hay algo horrible al vivir entre las masas trabajadoras. Desde mi punto de vista, este lugar es un oasis. Tal vez comprendas a qué me refiero cuando empieces a buscar otro sitio. ¿Te importa si llamo a los niños?
—Ya me voy —dijo—. Gracias por escuchar.
—Cuando quieras —ofreció—. Siempre un hombro amigo en el cual hundir tu cabeza. Le voy a decir a Maureen que la viniste a ver. Cuando esté en condiciones, claro.
Sobra decir que el esposo de Maureen tuvo la razón de una manera casi repugnante. No encontré otro lugar para vivir que siquiera fuera habitable, y descubrí que una buena parte de la oferta era horrenda. Eso fue después de pasar casi todos los días de la semana siguiente a la caza, sin importarme mis obligaciones con el oficial Valentine. Una semana no suena a mucho, pero es sorprendente cuántas cavidades pequeñas y oscuras puedes descubrir en seis días.
En todo caso, la unidad de una semana era crucial. Me hubiera gustado al menos estar seguro de tener otro lugar donde quedarme antes de tener que enfrentarme a otro sábado y domingo.
Los señores Stallabrass, Hoskins y Cramp parecían seguir trabajando como de costumbre, aunque, como yo estaba fuera la mayor parte del día, me era imposible estar seguro. El jueves por la noche, el señor Millar estuvo de juerga con tres chicas ruidosas hasta que el alba, gris como el vestido de Maureen, se filtró por mis ventanas.
Decidí que no podía enfrentarme a otra noche de sábado y domingo. La tarde del sábado me fui con mi madre, después de pasar un largo día visitando una larga lista de direcciones imposibles (muchas de ellas advertían que sólo eran accesibles en sábado, algunas sólo por la tarde, quizás entre dos y cuatro).
—¡Qué sorpresa! —exclamó mi madre—. No estaba segura de volver a verte.
Y cuando, contra cierta reticencia de mi parte y la resistencia usual de mi madre, regresé a la plaza Brandenburg al final de la mañana del lunes, encontré una transformación.
En primer lugar, tuve que abrir la puerta principal con mi llave. Eso era inaudito en “horario laboral”: el personal de los señores Stallabrass, Hoskins y Cramp, y sus amigos deportivos, entraban y salían de una forma tan incesante que una puerta principal cerrada habría sido ridícula. Hubiera desentonado por completo con el estilo de vida del despacho y con lo que ahora llamaríamos su “imagen”.
Adentro cundía el silencio. Todas las puertas estaban cerradas, algo también inaudito. Esa vez sí probé varias de las manijas con decisión. Todas estaban cerradas.
Dejé mi mochila de lona en el piso y salí de nuevo. La puerta se cerró detrás de mí con su potente resorte.
La placa de latón enorme del despacho había desaparecido. Incluso su silueta marcada era más vaga de lo común en esos casos, pues había estado con nosotros mucho menos que los cuarenta u ochenta años tradicionales (en ese entonces). Rebusqué un poco en los hoyos de los tornillos, pero no salió nada. Di un paso atrás y alcé la vista hacia las ventanas del inmueble. Estaban todas cerradas, pero eso no tenía nada de raro. Nunca había visto una ventana abierta en los pisos ocupados por los señores Stallabrass, Hoskins y Cramp. Pensé que no tendría caso preguntar en el sótano, porque el esposo de Maureen estaría en la tienda de abarrotes (me pregunté por primera vez quién estaría encargado de recoger a los niños de la escuela). Como la gente me estaba mirando, empujé la puerta principal y volví a entrar.
Maureen estaba parada a la mitad del primer tramo de escaleras, como si me estuviera esperando.
Traía una blusa blanca que alguien de la generación de mi madre hubiera llamado “reveladora”, una falda rojo brillante y zapatos también rojos y brillantes. Sus medias resplandecían suavemente, su pelo brillaba en serio y su cara no era menos que radiante.
—Silencioso como una tumba —dijo.
—¡Maureen! —exclamé, y la abracé y la besé. Era imposible hacer otra cosa.
—De pronto —dijo—. Muy de repente. Durante el fin de semana. Me sentí muy mal, Roy, y luego casi de inmediato estaba bien. Eso fue ayer, y he estado como en trance desde entonces. Hoy pasé toda la mañana comprándome ropa para la que no tenemos dinero, y en la estética, y sentada en la plaza, sonriéndole a todo. —La besé de nuevo—. ¿Hace cuánto se fueron ésos? —continuó—. Gilbert se fue de fin de semana y se llevó a los niños. Pensó que yo estaba bien encerrada. ¿Qué se traerá entre manos?
—Ésos seguían aquí cuando yo me fui el sábado. Ven a mi cuarto, Maureen.
Subimos tomados del brazo, aunque yo fuera cargando mi mochila de lona.
Nos detuvimos en el piso del señor Millar y, sólo por ver, intenté girar la manija de su puerta exterior, la que daba al cuarto rosa con la cornisa de flores. La puerta se abrió.
Traté de sacar a Maureen de un empujón, pero no pude. El señor Millar estaba ahí colgado en la oficina exterior, a la vista de todos. Pendía de un gancho grande hecho para colgar abrigos de la pared y que seguro él, o alguien, había pasado mucho tiempo atornillando al yeso del techo o, más bien, a través de él para agarrar una de las vigas de madera de mi piso. Lo más curioso era que, aunque no hubiera ningún movimiento perceptible de aire en el cuarto, el cuerpo se columpiaba bastante, como si estuviera hecho de papel maché o de algún otro material liviano y desechable. Hasta su ropa se veía frágil, como de papel. ¿Lo que estaba ahí colgado era el verdadero señor Millar? Costaba mucho trabajo estar seguro.
Algo curioso en otro sentido fue que, aunque por mucho tiempo hubiera estado loco de miedo por lo que sucedía en el edificio (y quizá Maureen de forma literal), muy pronto después de aquel domingo climático empecé a sentirme bastante contento ahí casi todo el tiempo, muy, muy contento cuando pensaba en Maureen o le cubría el pelo de besos, y se me olvidó por completo la idea de mudarme, o tanto como se permite uno olvidar algo.