mark ingestre: la historia del cliente (spanish)
Conocí a un anciano en el Teatro del Elefante y, aunque no trabamos conocimiento en un pub, no tardamos en hallarnos en uno, y no en el establecimiento epónimo, sino en un lugar tranquilo y agradable al que se llega por una callejuela cercana que él parecía conocer bien pero de la que yo, naturalmente, no sabía nada, pues me hallaba en ese distrito por cuestión de negocios y la verdad es que apenas llevaba unas semanas en la gran metrópolis. Puede que al final les diga en qué consistían esos negocios, ya que guardan cierta relación con la historia del anciano.
«La historia del cliente»… Así la llamo, porque esa referencia a Geoffrey Chaucer quizá no esté muy lejos de la verdad: se trata de una confusa mezcla de leyenda y experiencias de primera mano. A medida que envejecemos solemos recordar con menos claridad la cronología exacta de la historia, y hasta dejamos de percibir dónde terminan lo que se consideran hechos históricos: el rey auténtica y sinceramente convencido de que tomó parte en la batalla de Waterloo; Clement Attlee después de haber obtenido el título de conde y no dudando ni un solo instante de que poseía la sabiduría de un Walpole… En cuanto a Jowett Ramsey, ¿fue Lord Canciller de Clem o no? ¿Quién de nosotros es capaz de recordar la respuesta correcta a tales preguntas? Bueno, el anciano era muy anciano y muy velludo; tenía un aspecto extraño y algo desaliñado; mezclaba un siglo de historia con otro totalmente distinto y era capaz de introducir su propia persona en pleno centro de la confusión, en una época que posiblemente fuese anterior a su nacimiento.
Aquella primera noche faltaba poco para la hora de cierre de los pubs. Pero volvimos a encontrarnos en el mismo sitio, tal como habíamos acordado; lo visitamos por tercera vez y es posible que hasta le hiciéramos una cuarta visita. Eso es algo que no consigo recordar con exactitud; pero después de aquella última vez jamás volví a verle ni supe nada de él. Me pregunto si habrá alguien que haya tenido noticias suyas…
Copié toda la historia del anciano usando mi hermosa taquigrafía recién adquirida en la universidad. Era un hombre dado a la verbosidad, pero me di cuenta de que, aun siendo de edad muy avanzada, nunca parecía tener problemas para volver al hilo de la historia justo allí donde la había dejado. Lo anoté todo casi exactamente como él lo narró, aunque, por supuesto, cuando lo pasé a máquina tuve que encargarme de la puntuación y no me cabe duda de que puse algo de orden en su historia. Y aquí está, para quien quiera conocerla.
¡La calle Fleet! Si sólo la conoce tal como es ahora, no tiene ni idea de lo que solía ser. Me refiero a los tiempos en que el Temple Bar aún estaba allí. Cuando el Temple Bar desapareció la calle Fleet nunca volvió a ser la misma. El Temple Bar nunca pudo ser reemplazado. Hombres a los que conocía, y les conocía bien, decían que la desaparición del Temple Bar no sólo significó la ruina de la calle Fleet, sino la de toda la City. Quizá fuese el fin de la mismísima Inglaterra… Sólo Dios sabe cuántas cosas más desaparecieron con él.
En aquellos tiempos la calle Fleet contaba con otras cosas aparte de la prensa: todos esos tipos canadienses, y esos reporteros de pésima reputación… Oh, no, usted todavía no tiene una pésima reputación, pero acabará teniéndola. Basta con que espere un poco. Incluso un periodista rico debe tener una pésima reputación y vestir mal. También había carnicerías, volatería y cosas de juego, y vinateros que se pasaban el establecimiento de padres a hijos, y en las esquinas había tiendecitas donde podías hacer que te arreglaran el reloj o que le sacaran punta a tus viejas plumas, y también había buenas librerías que lo tenían todo, desde el John Milton Completo hasta El último testimonio del condenado. Naturalmente, le hablo de la época en que el «Calendario de Newgate» seguía funcionando, aunque se suponía que no debías prestarle ninguna atención. Había una docena de prestamistas y todas las iglesias repartían pan y mantas a los pobres. ¡Imagínese la calle Fleet con sólo un prestamista y con todas esas obras de caridad desaparecidas para acabar sólo Dios sabe dónde, en un sitio que es mejor no conocer! Lo único que sobrevive es la jovencita vestida de chico citada en el poema de Byron… La pequeña Medora. Solíamos enseñársela a todos los recién llegados. En aquellos tiempos hasta había gente que vivía en la calle Fleet. Miles de personas, decenas de millares, algunas entre sábanas suaves, otras durmiendo sobre las duras piedras… ¡Imagíneselo! Había sitio para todos, desde el príncipe mendigo; y también había mujeres y diversiones de sobra para casi todo el mundo.
Normalmente yo solía dar un rodeo por atrás, pero recuerdo la primera vez en que recorrí la calle Fleet. No es algo que se pueda olvidar, se lo repito. Había cerros inmensos atascados en el barro, o al menos yo creí que era barro; y la acera estaba llena de abogados, algunos limpios y otros no. Naturalmente, ahora los abogados no suelen dejarse ver con tanta facilidad. Creo que Charles Dickens tuvo algo que ver con eso. Y también estaban las mujeres de las que le he hablado: algunas eran vulgares y de pésimos modales, pero otras eran muy dulces y atractivas, incluso cuando sólo podían vestirse con chales y harapos. En aquellos tiempos yo no quería tener nada que ver con ellas. ¿El porqué? Usted lo sabe tan bien como yo. Hay cosas que nunca cambian. Nunca… Llevaba una existencia decente, y estaba orgulloso de llevarla. Bueno, digamos que lo estuve hasta ese mismo día… Cuando llegó el día, no tuve elección.
¿Que cómo se me ocurrió entrar en la barbería? Ojalá pudiera darle una respuesta. Me lo he preguntado cada vez que pienso en la historia, y pienso en ella con bastante frecuencia. Todo lo que sé es que no deseaba cortarme el pelo, no quería que me afeitaran y tampoco quería que me hiciesen una sangría, práctica que en aquellos días seguía siendo muy común; era el remedio habitual cuando creías estar algo enfermo o cuando te decían que no tenías buena cara, aunque si podías permitirte algo mejor nunca acudías a una barbería para que te la hiciesen. El barbero siempre exageraba. En esa clase de sitios «dejarte sin sangre» era algo más que una frase hecha, puedo asegurárselo.
La verdad es que siempre me ha gustado llevar el pelo corto, y no me dejé la barba hasta que no recibí la herida de una azagaya luchando por la reina y la patria. Puede que no me crea, pero es verdad. Me dejé la barba para que su majestad no se avergonzara de mí, y desde entonces mi barba ha ido creciendo y creciendo.
De hecho, en aquellos días mi madre se encargaba de cortarme el pelo. Sabía cómo me gustaba llevarlo y sabía cómo le gustaba que lo llevara. Oh, era toda una experta, pero cada sesión de corte iba acompañada de besos y bromas. Siguió cortándome el pelo hasta el episodio del que le estoy hablando, y después de aquello nunca volvió a cortármelo.
También solía afeitarme: usaba las viejas navajas de mi difunto padre, pues había docenas y docenas de ellas. No conocí a mi padre. Ni siquiera he visto un retrato suyo. Creo que mi madre los destruyó, o quizá los escondiera. Si alguna vez se me ocurría preguntarle por él mi madre siempre respondía de la misma forma. «Te prefiero a ti, Paul —decía—. Eres mucho mejor que él, y no tengo nada que añadir». Siempre usaba las mismas palabras, o casi las mismas. Después me besaba en los labios, con mucha solemnidad, y eso no me dejaba otra solución que cambiar de tema.
Bien, teniendo en cuenta todo lo que le he dicho, ¿por qué se me ocurrió entrar en la barbería? Creo que quizá se debiera a que el tipo plantado ante la puerta despertó mi curiosidad. Eso ocurría con frecuencia, por lo que debías andarte con cautela y no meterte en líos. Pero, como ya le he explicado, la verdad es que no lo sé. Sospecho que de vez en cuando nos ocurren cosas que no comprendemos, eso es todo, y, sencillamente, no podemos hacer nada al respecto.
Un instante después ya estaba en el sillón y el barbero daba la impresión de estar cortándome los rizos y enjabonándome la cara, todo al mismo tiempo. Me atrevería a decir que incluso me administró una rociadita de cloroformo, cosa que en aquella época era algo totalmente nuevo. La gente siempre decía «una rociadita», como si fuera algún perfume de Ramón Allones o de Larraniaga.
La barbería disponía de tres sillones, pero el barbero se mostró inflexible y me llevó hasta uno de ellos, el de la izquierda, porque ahí era donde había más luz, o ésa supuse yo que sería la razón. El barbero tenía un ayudante por si se daba el caso de que hubiera alguna invasión repentina de clientes. Me pareció que la piel de éste era tan oscura como la de un auténtico negro, pero quizá fuera porque toda la barbería estaba sumida en las tinieblas y había mucho humo. Bien, de lo que sí estoy seguro es de que debía de medir metro treinta y cinco, o puede que todavía menos. Me pregunté cómo se las arreglaría para llegar hasta los clientes. Probablemente tenía algún cajón al que subirse. Por el momento se mantenía con la espalda apoyada en los anuncios de la esquina derecha de la tienda, esperando el momento en que su presencia fuera necesaria. El barbero tenía de alto todo lo que su ayudante de bajo; era tan flaco y ágil como una tijereta. Iba perfectamente rasurado y tenía la piel muy blanca, tan blanca que no podías evitar preguntarte si habría algo capaz de crecer en ella o si lo hubo alguna vez. Hasta su pelo podría haber sido una especie de peluca. Sí, estoy seguro de que lo era. Era negro, levemente ondulado y espantosamente rígido. No tuve mucho tiempo para observarles, pero recuerdo su aspecto con tanta claridad como si les tuviera delante, aunque en el caso del ayudante la imagen no es muy detallada. A veces podemos captar más cosas de una imagen confusa que de una muy detallada. Sobre el mostrador de mármol que tenía delante había una lamparilla de aceite y una vela encendida que echaba grandes cantidades de humo y apestaba de tal forma que hacía imposible percibir ningún otro olor. Y todo esto en una mañana normal de un día laborable… Naturalmente, es muy probable que el mármol fuera una simple imitación. Probablemente todo lo que había en aquel local era alguna clase de imitación.
En esa época cortarse el pelo sólo costaba unos peniques, aunque normalmente dabas uno o dos más como propina; y el que te afeitaran era algo que solía ir incluido en el servicio y para lo que bastaba un «Lo dejo a su buen juicio, señor». Pero yo no sabía nada de todo eso porque, como ya le he dicho, jamás había entrado en ningún local donde se me prestara algún servicio personal a cambio de dinero. Me puse a hacer cálculos mentales intentando recordar cuánto podía llevar en el bolsillo. Por entonces ya mantenía a mi madre y, siendo las cosas como eran, no podía tratarse de una suma muy grande. Ideas aterradoras sobre el precio que se me podía exigir empezaron a corretear por mi mente. Tuve la impresión de que la barbería estaba ofreciéndome toda la gama de sus servicios. Intenté no pensar en lo que podía suceder si era incapaz de pagar la totalidad de la factura.
Hubo un momento en que el barbero sostenía una reluciente navaja plateada en cada mano; lo cual supongo que debía de tener su propia lógica desde un punto de vista comercial. Las navajas parecían mucho más brillantes que las de casa. Sus destellos bailoteaban velozmente por las paredes y el techo. También parecían mucho más afiladas, lo cual era de esperar. Pensé que si me cortaba una oreja lo notaría porque vería la sangre; pero toda mi cabeza podía desaparecer en una fracción de segundo sin que me diera cuenta de ello…, y, naturalmente, después ya no podría darme cuenta de nada más. Sabía lo pequeña que era mi cabeza y que tenía el cuello muy largo y delgado. En el espejo podía ver parte de lo que sucedía pero no gran cosa, pues el cristal estaba ennegrecido y cubierto de mugre, a diferencia de aquellas navajas tan relucientes. Dudaba que me sirviera para percibir un derramamiento de sangre, ni aun suponiendo que fuese muy abundante. Captaría el gotear del líquido rojo mucho antes de ver su reflejo.
Pero lo peor fue lo que ocurrió repentinamente a mi espalda. Como no tenía ni idea de lo que se hacía en tales establecimientos, jamás había oído hablar de una práctica llamada «chamuscar», que en aquellos tiempos de lo más común. Los clientes se hacían quemar la punta de los mechones con una velita encendida. Supongo que usted nunca habrá oído hablar de esa costumbre, pero siguió practicándose hasta hace poco tiempo, y desapareció porque las barberías ya no lograban encontrar ayudantes convenientemente adiestrados, no por ninguna otra razón. Se decía que «sellaba» los cabellos, como si éstos fueran sobres… Puede que todo esto le parezca muy divertido, pero no tenía nada de gracioso.
Y, naturalmente, quien se encargaba de chamuscarme era el ayudante de tez, oscura, aunque justo en aquel momento pensé que aquel color suyo quizá no fuese ninguna pigmentación natural sino el resultado de una enfermedad, algo relacionado con su poca estatura. Todo cuanto sé, y puedo jurárselo, es que no había encendido la velita ni con el candil ni con la vela del mostrador. Un segundo antes esa luz brillante que ardía a mí espalda no estaba allí, y el ayudante tampoco, y al segundo siguiente la luz era tan fuerte y concentrada que el reflejo me deslumbró, pese a lo sucio que estaba el espejo.
Creo que aquella luz empezó a hipnotizarme. En aquella época el hipnotismo también era algo nuevo. En cuanto al barbero y su ayudante, supongo que ni siquiera necesitaban hacer un esfuerzo consciente para hipnotizarme La idea de que te hipnotizaran flotaba en el aire, estaba de moda, como lo están ciertas cosas en ciertas épocas. Gente que años antes no se habría enterado de nada caía repentinamente en un profundo trance hipnótico.
Sentí que mi cuerpo giraba y giraba igual que una rueda de fuegos artificiales, con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo. Me pareció que la cabeza giraba y giraba en otra dimensión, desplazándose en sentido horizontal, por así decirlo, pero aún más de prisa. Dada mi juventud jamás había tenido ninguna experiencia con el hipnotismo, aunque todo el mundo hacía chistes al respecto. Además, oí un sonido como el que produciría un gran motor al ponerse en marcha. Creo que hubo un breve período de tiempo durante el cual llegué a perder el conocimiento. En aquella época desmayarse era mucho más común que ahora, y no sólo les ocurría a las joven citas. Lo que sentí se parecía a lo que uno experimenta cuando cae al vacío, y la sangre se me subió de golpe a la cabeza. Algunos trucos escénicos se basaban en esos mismos efectos: payasos cubiertos de purpurina y lentejuelas que desaparecían por una trampilla y volvían a emerger transformados en demonios con tridentes. Ahora los teatros ya no los utilizan, o lo hacen con mucha menos frecuencia.
Cuando recuperé el conocimiento me hallaba en un lugar totalmente distinto. No me pregunté cómo había llegado hasta allí. De hecho, tampoco hace falta que me pregunte dónde estaba. Lo único que puedo hacer es contarle lo que me ocurrió.
Lo primero que percibí fue un fuerte olor a cocina.
Hornear, eso era. En aquellos tiempos todo el mundo sabía cuál era el olor de un horno, y yo lo conocía aún mejor que la mayoría de la gente, pues mi madre era de las que lo metían todo en el horno: el pan, los budines, los pasteles…, todo, hasta la comida del gato. Supuse que debía de hallarme en el sótano del edificio, No cabía duda de que estaba en algún sótano. Naturalmente, la cocina siempre se encontraba en lo que se llamaba el sótano, suponiendo que la casa lucra lo bastante elegante para tener un sótano, por lo que el olor resultaba perfectamente natural y aceptable.
Sólo había una cosa extraña, y era que aquel sitio estaba terriblemente caliente. Al principio pensé que quizá fuera una impresión mía pero acabé convenciéndome de que no era así.
Yacía sobre un grueso colchón. No me importó, y casi agradecí la amabilidad de mí desconocido benefactor o benefactora, pues el suelo estaba hecho de piedra, y la piedra ni siquiera era lisa, sino que estaba por desbastar. Había la luz suficiente para que pudiera captar esos detalles Mi colchón era considerablemente más grueso que el entregado a los delincuentes de Newgate o a los deudores más pobres, y como ya he dicho, resultaba muy conveniente, pero el relleno asomaba por la serie de roturas y desgarrones que cubrían todo el colchón. El color de aquel material ya no resultaba identificable, y en algunos sitios había manchas que estuve casi seguro de que eran de sangre.
Me llevé la mano a la cabeza pero no me pareció que mi cuero cabelludo estuviera sangrando, aunque resultaba difícil estar seguro, dado que sudaba abundantemente. Y entonces tragué saliva, igual que si fuera un colegial. Supongo que seguía siendo un colegial, más o menos, bueno, lo cierto es que me faltó poco para volver a desmayarme.
Al otro extremo del sótano, si de eso se trataba, había una mujer enorme sentada en una gran silla pintada que parecía un trono. La iluminación del lugar provenía de una lamparilla situada sobre una especie de escritorio que había a su lado. Tenía una abundante cabellera oscura que le caía sobre un hombro y la tez morena, como si fuera de origen español. Llevaba un vestido oscuro abierto hasta la cintura, como si acabara de ponérselo o como sí el calor le hiciera imposible soportarlo abrochado, o quizá hubiese estado realizando una labor muy pesada. Todo eso son hipótesis mías, claro está, pues jamás había visto a ninguna mujer vestida con tal descuido, ni siquiera a mi madre cuando estábamos solos. Y también había una joven; estaba sentada a sus pies con la cabeza en el regazo de la mujer, por lo que sólo podía ver que también tenía el cabello oscuro, como si fuera hija suya, suposición que parecía de lo más natural dado que la mujer de la silla no paraba de pasarle la mano por el cabello, acariciándola.
La mujer estuvo contemplándome durante un rato desde la otra punta del sótano antes de abrir la boca. Sus ojos eran tan oscuros como el resto de su persona pero, al mismo tiempo, parecían muy luminosos y brillantes. Naturalmente, yo era poco más que un crío, pero así es como lo vi todo en aquel momento. En cuanto los ojos de la mujer se encontraron con los míos sentí cómo algo se agitaba en mi interior, un sentimiento nuevo y muy fuerte. Y todo eso ocurrió pese a lo pobre de la iluminación… O quizá al principio fuera precisamente por ser ésta tan pobre, como eso que le he dicho de que algunas veces captamos más de una imagen poco detallada que de una muy precisa.
Me sentí incapaz de pronunciar ni una palabra y, de todas formas, no estaba muy acostumbrado a la compañía femenina. Como ya le he dicho, no era algo que me pareciera muy deseable.
Así pues, ella habló primero. Su voz era tan oscura como sus ojos y su cabello, una voz ronca y grave. Pero lo único que dijo fue:
—¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete y medio, señora. Bueno, un poquito más.
—Así que todavía eres menor de edad.
—Sí, señora.
—¿Vives en el distrito de la City?
—No, señora.
—¿Dónde vives?
—En South Clarkenwell, señora.
—Pero trabajas en la City, ¿no?
—No, señora. Pero venga a veces para hacer recados.
En aquellos tiempos la escuela nos enseñaba cómo responder a ese tipo de interrogatorios. Ése era el tipo de cosas que más se habían esforzado por hacerme aprender. Debo recalcar eso, sea cual sea el tipo de reproches que pueda hacerle a la educación en general. Se nos decía que siempre debíamos responder de una forma breve, sencilla y directa. Hacíamos prácticas y se nos sometía a exámenes.
Debo añadir que por su forma de hablar aquella mujer parecía haber recibido una buena educación y que tenía una boca de las que llaman mucho la atención. Naturalmente, el calor hacía que mi mente estuviera algo confusa, y a eso hay que añadir toda la serie de cosas extrañas que me habían sucedido, cosas que a esa edad me resultaban totalmente nuevas…
—¿Y a quién visitas cuando vienes a hacer esos recados?
—A gente que vive en los callejones apartados de las grandes avenidas. No estamos tan lejos.
Todos los que trabajaban para alguna firma comercial o despacho estaban acostumbrados a usar el «nosotros» cuando se referían a ella, siempre que la firma no fuese demasiado grande, y a veces aun suponiendo que lo fuera. En nuestro caso, incluso la alcohólica que hacía la limpieza usaba ese pronombre.
—Bien, entonces podríamos decir que no has recorrido mucho mundo, ¿eh?
—Sí, señora, creo que así es.
Había aprendido que alardear no servía de nada y que sólo conducía a interrogatorios todavía más apremiantes.
—Y tus padres, ¿viven los dos?
—Se supone que mi padre está muerto, señora.
Me atravesó con la mirada. Yo estaba cubierto de sudor y no paraba de pasarme la mano por el rostro.
—Creo que está muerto, señora.
—¿Era o es marinero, o domador de caballos, o músico ambulante, o vendedor callejero?
—Ninguna de esas cosas, señora.
—No será uno de esos hombres que trabajan en establecimientos de mala nota, ¿verdad?
—No lo sé, señora.
Siguió mirándome fijamente pero pareció decidir que sería mejor abandonar ese tema de conversación. Era un tema que me resultaba especialmente desagradable, y el que se olvidara de él con tanta rapidez me hizo pensar que quizá empezara a captar mis reacciones, igual que me ocurría a mí con ella. Ya sabe cómo son esas cosas, ¿no? Ahora la telepatía es algo parecido a lo que era el hipnotismo entonces. Naturalmente, gran parte del fenómeno no es más que pura y simple ilusión.
—¿Y tu madre? ¿Era bonita?
—Creo que sigue siendo bonita, señora.
—Descríbela lo mejor que puedas.
—Es muy delgada y frágil, señora.
—¿Quieres decir que está enferma?
—No creo que esté enferma, señora.
—¿Vives con ella?
—Sí, señora.
—¿Sería capaz de recorrer vuestra calle de un extremo a otro gritando a pleno pulmón? Si eso fuera necesario, claro está… Sólo en tal caso. ¿Qué opinas?
Al oír aquella extraña pregunta, la chica sentada en el suelo alzó los ojos hacia el rostro de la mujer, rompiendo lo que había sido una absoluta inmovilidad. La mujer empezó a acariciarle el rostro y los senos, aunque desde donde yo estaba no podía ver ninguna de esas dos zonas. Además, hacía tanto calor que las caricias debían de resultarle más bien incómodas.
—Lo dudo mucho, señora, y espero que nunca llegue a ser necesario.
Se nos enseñaba a no hacer comentarios, pero supuse que casi nadie me culparía por haber hecho tal observación.
—¿Eres hijo único?
—Mi hermana murió, señora.
—La diátesis familiar parece bastante pobre, al menos por el lado femenino.
Ahora sé que ésa fue la palabra que pronunció, pues desde entonces me he pasado la vida estudiando el idioma, los diccionarios y el arte de expresarme con precisión, pero a la sazón no la conocía.
—Perdón, señora, ¿cómo ha dicho?
Pero la mujer decidió olvidarse de ese otro tema de conversación.
—¿Sabe tu madre dónde estás ahora?
En la escuela eso podría haberse considerado como un intento de bromear, pero traté de responder a una pregunta con la máxima seriedad y precisión.
—Nunca me pregunta qué hago durante el día, señora.
—Cada uno cuida de sus propios asuntos, ¿eh?
—No deseo que mi madre tenga que preocuparse por mí, señora.
La mujer apartó los ojos de mí durante una fracción de segundo y ese acto tuvo un efecto muy curioso. Debería resultarme difícil de expresar con palabras. Empecé a sentirme bastante nervioso e incómodo y por primera vez fui físicamente consciente de todo lo que me había estado ocurriendo. Anhelaba escapar, pero temía lo que podía ser de mí en caso de que lo consiguiera.
Los ojos de la mujer volvieron a posarse en mi rostro. ¿Qué podía hacer, salvo devolverle la mirada?
—¿Quién es más fuerte, tú o tu madre?
—Mi madre, señora.
—No me refiero a la fuerza física.
—Ya lo suponía, señora.
El cálido olor del horno que tan familiar me era y que precisamente por eso resultaba tan incongruente parecía haberse vuelto aún más perceptible y apenas me dejaba respirar. Quizá todo se debiera a que empezaba a recobrar mis facultades mentales. Tenía que arriesgarme y hacerle una pregunta. En casa era una pregunta de lo más corriente, una que se hacía a cada momento.
—Señora, ¿no cree que el fuego del horno está demasiado alto?
La mujer no movió ni un músculo, ni los que rodeaban a sus oscuros ojos. «Todavía no», se limitó a replicar, pero me sonrió, y era la primera vez que lo hacía.
¿Qué más podía decirse sobre la cuestión? Yo sabía que los hornos recalentados eran capaces de hacer arder toda una casa.
El interrogatorio volvió a empezar.
—¿Qué sabes de las mujeres?
Estoy seguro de que me ruboricé y estoy seguro de que fui incapaz de responder. Nuestros ejercicios no incluían ese tipo de preguntas, y el calor y los olores del horno estaban a punto de asfixiarme.
—¿Hasta dónde te has atrevido a llegar?
No podía apartar mis ojos de su rostro, aunque no había nada que esa parte de mi ser deseara con más anhelo. Odiaba que se burlaran de mí. El que se burlaran era lo único realmente capaz de hacerme perder los estribos.
—¿Has estado cerca de alguna, siquiera sea de tu madre?
Supongo que mi aspecto debía de ser todavía más ridículo, porque tenía la cabeza muy pequeña. Ahora resulta difícil imaginárselo, pues me ha crecido mucho.
Ya se habrá imaginado que los labios de aquella mujer estaban levemente humedecidos, como hacen todas las mujeres cuando deciden ejercer su atractivo sobre los hombres. No respondí, y ella siguió hablando.
—Tanto mejor para todos —dijo, pero esta vez no hubo ni rastro de la sonrisa que suele acompañar a esa clase de observaciones—. Tanto mejor para los clientes —añadió al cabo de unos segundos.
Puede estar seguro de que no tenía ni la más mínima intención de preguntarle a qué se refería, aunque tampoco tenía ni idea de qué iba a hacer. Los acontecimientos debían seguir su propio rumbo tal como suele ocurrir en la vida, aunque a uno siempre le han enseñado lo contrario.
Y eso hicieron. La mujer se puso en pie. Me di cuenta de que la silla, que al principio casi me había parecido un trono, no era más que un asiento improvisado con tablas y cajones de azúcar. Su colorido, que tanto me había impresionado, me pareció mucho menos abigarrado y un poco repulsivo.
—Veamos qué sabes hacer conmigo y con Monica —dijo la mujer.
Al oír esas palabras, la chica se volvió hacia mí. Era una jovencita con cara de luna, tan pálida que resultaba imposible creer que una mujer tan morena pudiera ser su madre.
No voy a decirle qué contesté a sus palabras. Soy viejo, sí, pero aun así no estaría bien.
Hubo un cierto diálogo entre nosotros.
Un factor a tener en cuenta era el calor. Cuando Monica vino hacia mí y trató de quitarme la chaqueta, no pude evitar sentir cierto alivio, aunque los hombres de entonces, igual que las mujeres, estaban acostumbrados a llevar encima mucha más ropa que ahora, incluso en la estación cálida.
Otro factor era que la mujer no dejaba de mirarme con sus ojos brillantes, aunque usted pensará que quizá todo esto no son más que excusas.
Y había un último factor: la mujer había liberado una parte de mi ser que mi madre me había suplicado que mantuviese prisionera hasta que ella ya no estuviera en este mundo. Traicioné su confianza, cierto, pero normalmente ese tipo de atracción hacia una persona siempre va acompañado de algún tipo de traición, y es muy frecuente que dicha traición se exprese a sí misma de varias maneras distintas.
Me resistí. Hablé y hablé, intentando ganar tiempo. Sucumbí. No voy a hablar más de ello. No sé qué muestras de lealtad y cariño hacia su propia madre daría usted en un momento semejante.
Monica parecía muy dulce y amable, aunque jamás pronunció ni una sola palabra. Me temo que llegué a pensar que daba la impresión de estar muy acostumbrada a lo que estaba haciendo; cosa que en aquellos tiempos era una labor larga y bastante complicada: de entre las mujeres, sólo las señoras casadas y las madres conocían sus misterios. Monica iba vestida con un saco y en seguida me di cuenta de que seguramente no llevaba nada debajo. ¿Quién podría extrañarse de ello, con aquel calor? Sus brazos, sus piernas, su cuello y su carita redondeada estaban patéticamente enflaquecidos, y el calor volvía algo viscosa su blanca piel. Pero sus manos eran dulces y amables, como ya he dicho. Había muy poca luz y apenas pude verle los ojos. Tuve la impresión de que eran tan dulces como sus manos, y tenía la mirada algo vidriosa.
La mujer se quedó quieta, observándonos y esperando. Tenía los brazos pegados a los flancos y volvía a parecer una reina, aunque su vestido seguía estando abierto hasta la cintura. Naturalmente, eso también producía cierto efecto en mí. Debería decir que era un traje de terciopelo oscuro con unos encajes medio rotos en el cuello y en los puños. Vi que iba descalza, igual que la pequeña Monica, pero eso no disminuía en nada su dignidad. Parecía muy tranquila y a gusto, aunque ahora ya no sonreía. Era como una reina dirigiendo una batalla. Sus sonrisas habían sido muy escasas: cuando respondió a mi tonta observación sobre la excesiva potencia del fuego y cuando no logré encontrar palabras adecuadas y dignas con que explicarle aquello que tan dispuesto estaba a llevar a la práctica.
Me di cuenta de que la lámpara se hallaba sobre una especie de repisa de madera, y no sobre algo parecido a un escritorio. Además, era de las más corrientes y baratas. Poseía una pantalla móvil con la que dirigir el débil haz luminoso que producía. Mi madre y yo teníamos una docena de lámparas mejores que ésa, y también las utilizábamos en muchas, muchas ocasiones.
Monica acabó dejándome totalmente desnudo. Sabía lo que se hacía y lo llevaba a cabo de una forma muy agradable, y como no había ningún otro sitio donde dejar mis ropas, acabó extendiéndolas con mucho cuidado sobre el suelo de piedra; una vez allí producían una impresión extremadamente ridícula, como ocurre siempre con las distintas partes de la indumentaria masculina cuando no se llevan puestas y, a menudo, incluso cuando las llevas encima.
Me quedé inmóvil, jadeando, cubierto de sudor y supongo que con un aspecto tan ridículo como el de mis prendas. El momento que describo casi nunca suele ser de esos en que el hombre puede mostrarse digno e imperioso. Es fácil comprender la razón de que muchos hombres acaben prefiriendo la violación, y otros actos emparentados con ella, ya que si la mujer posee siquiera sea una pizca de confianza en sí misma, el hombre se halla en la más absoluta desventaja, y suerte tendrá si no permanece en tal posición hasta que todo haya terminado. Pero no hace falta que le cuente todo esto, pues supongo que usted ya tendrá sus propias opiniones al respecto.
En cuanto a esa mujer, no cabe duda de que poseía una inmensa confianza en sí misma, así como todo el resto de cosas necesarias, e indudablemente el que yo me hubiera dejado desnudar por Monica resultaba algo grotesco, pero apenas hubo terminado y empezó a ordenar las prendas en el suelo para hacer que el efecto general fuese todavía más pulcro, la mujer hizo girar la pantallita de la lámpara de tal forma que el haz luminoso cayó sobre el otro extremo del sótano, el que antes se hallaba a su espalda y había estado sumido en la oscuridad.
Empezó a quitarse el traje de terciopelo (sí, era terciopelo, estoy seguro de ello) e incluso en ese momento me pareció bastante significativo el que se colocara ante las candilejas, por así decirlo, en vez de ocultarse tras una cortina tal como habrían hecho la mayoría de las mujeres; aunque supongo que ahora eso ya no será tan corriente.
No tardó en demostrar que ella tampoco llevaba nada debajo del vestido. ¿Quién habría podido usar corsés, bragas y enaguas en aquella atmósfera?
La luz me permitió ver que alrededor de sus pies y debajo de ellos, y debo decirle que eran unos pies tan hermosos como bien formados, había una gran cantidad de cabellos mezclados con tamo y pelusa, como aquella mercancía que solían pregonar los traperos y por la que se negaban a pagar ni una sola monedita, sin importarles lo mucho que se lo suplicaran las mujeres que la vendían. Ni el alcohol ni el esfuerzo poético habrían bastado para que el montón pudiera ser calificado de lecho o diván. Nuestro gato jamás se habría acercado a él, así que en cuanto a tumbarse encima…
Nada de todo aquello alteraba la situación; o, al menos, sólo en la misma medida que el calor, los olores, el misterio o cualquier otro de sus factores.
Desnuda y con la cabellera suelta la mujer seguía siendo muy atractiva, aunque ya no tenía nada de reina.
—Veamos —dijo, y alargó los brazos hacia mí.
Una reina podría haberse expresado de una forma más tentadora, pero el ser reina es algo en lo que las ropas juegan un gran papel, igual que ocurre con el ser mujer. La pequeña Monica se encargó de resolver el pequeño problema empujándome por la espalda.
Aquello me hizo parecer todavía más ridículo, pues me caí encima del trono hecho con tablones y cajas. De hecho, me hice un corte bastante feo en el muslo. Pero un poco de sangre no tenía ningún significado, dada la compañía en que me hallaba, y uno o dos segundos después ya estaba nadando en la oscura cabellera de la mujer y en la blanda masa de pelos y tamo salidos de Dios sabe dónde. Monica se reunió con nosotros y empezó a prestarnos su ayuda.
Y en ese mismo instante me di cuenta de una peculiaridad suya que no es muy cortés revelar pero de la que debo hacer mención. Monica no tenía ni un solo pelo, ni siquiera en ese sitio donde hubiera debido tenerlo, siendo lo bastante mayor para ello y estando yo seguro de que lo era. Me refiero a ese asunto tan personal porque me dio cierta idea de quién podía ser el padre de Monica. Sólo su redonda cabecita poseía una rígida aureola de rizos, como si hubieran dejado de crecerle prematuramente y todo el mundo aguardara el momento de que volvieran a desarrollarse. Empecé a preguntarme si no sería alguna especie de peluca sujeta con pegamento. Seguía sin estar seguro de si la mujer que me abrazaba era o no la madre de Monica, pero por el momento tenía otras cosas en que pensar, sobre todo teniendo en cuenta mi falta de experiencia.
Creo que sólo hay otra cosa digna de ser añadida a esa escena que debe de resultarle bastante fácil de imaginar, y es que desde entonces jamás he conocido otra boca como la de esa mujer. Pero, naturalmente, estoy hablándole de mi primera experiencia, la primera ocasión en que pude pasar una y otra vez por todo el proceso hasta quedar agotado, totalmente exhausto y saciado.
Supongo que también debería decirle que tener allí a Monica era muy agradable, aunque estuviera tan flaca y a ratos me recordase a un pescadito mal alimentado. Monica sabía muchas cosas que habría debido ignorar y que muchas mujeres adultas son incapaces de llevar a la práctica por mucho que se les insista. Supongo que ya habrá tenido ocasión de averiguar a qué me refiero.
Estando con las dos nadie podía sentirse en ridículo. Hasta me olvidé del calor. No puedo recordar cómo se las arreglaron para conseguirlo. Quizá ni siquiera me di cuenta de su sistema. Creo poder afirmar que aquel inmenso montón de calor primigenio albergaba a una gran cantidad de bestezuelas y alimañas. Supongo que debí de pensar en ellas, pero no perdí el tiempo preocupándome por esas minucias. En la sucia pared había un grabado en blanco y negro con el rostro de un anciano al que conocía, pues le habían ahorcado por razones políticas. De vez en cuando podía ver cómo me guiñaba el ojo a través de la penumbra, aunque estaba tan ocupado que no lograba recordar su nombre. Recordará que le he hablado de mi afición al Calendario de Newgate y todo lo que le acompañaba ¿no? Creo que el grabado era la única imagen o cuadro de toda la habitación.
Habitación o sótano, así la llamo. ¿Qué otro nombre se le puede dar? ¿Cubil de ratas gigantesco, fosa séptica, lugar de reposo final para todos los pelos del mundo? Para mí era la morada del amor. Mi primer amor, y puede que el último…
El cabello de la mujer olía a caballo y a nada más. Los pelos sueltos se te metían por la nariz, la boca y los ojos e incluso por las orejas, cubriéndote todo el cuerpo. Creo que Monica no tenía pelo. Los restos de pelo conocido y desconocido se deslizaban sigilosamente entre nosotros igual que si estuvieran vivos. Hacían cosquillas e irritaban la piel, pero en ningún momento intenté quitármelos de encima. Mientras estuviera allí, el placer y el goce eran mi único objetivo.
Me pareció que aquello duraba toda una eternidad pero, naturalmente, no disponía de ninguna referencia previa con la que comparar. La mujer y Monica siempre parecían tener algún nuevo recurso que emplear. A veces se relevaban, a veces trabajaban al unísono. El calor y el pelo me tenían medio asfixiado. Mi cuerpo estaba tan húmedo y resbaladizo como el de una anguila a medio despellejar. No podía sentir nada que no fuese ese medio segundo eterno que se sucedía continuamente. Como el noruego de la fábula, había descubierto un nuevo mundo.
Al final la mujer me pasó su fragante cabellera alrededor del cuello. Ya le he dicho que en aquellos tiempos tenía el cuello tan flaco como el de un pavo. Sí, tenía un cuello esbelto y de fuertes tendones…
Estoy seguro de que el dulce aroma de su cabellera era natural y no el fruto de ninguna sustancia cosmética. Además, me había parecido que el local de arriba no estaba preparado para atender a la clientela femenina. Lo que estaba haciendo conmigo no requería una cabellera especialmente larga. La cabellera promedio de una mujer corriente habría resultado más que adecuada. Me refiero a las cabelleras de esos días, claro está… Por lo que había ocurrido antes supuse que parte del objetivo final a conseguir era el fascinante proceso por el que su boca se iba endureciendo y tensando sobre mis labios; una cabellera demasiado larga podría haber obstaculizado tal resultado.
Al principio la sensación habría bastado para despertar a un muerto y, como ya habrá supuesto, era justo lo que me hacía falta.
Después, fue como si toda la atmósfera de la habitación hubiera vibrado de repente, y eso hizo que el hechizo se rompiera. Ninguna experiencia de mi vida ha logrado pillarme tan de sorpresa.
La cosa puede resultar terriblemente desagradable, como quizá usted mismo haya tenido ocasión de averiguar. No sé cuándo resulta peor, si cuando estás plenamente dispuesto para atacar o cuando la triste verdad se reduce a que no lo estás.
Pero aquella vez hubo algo más. No va a creérselo: vi a mi madre.
Estaba inmóvil, triste, e inspiraba una gran compasión. Tenía los brazos pegados a los costados, como la mujer del trono, y ella también poseía su propia dignidad. Mi madre no se retorcía las manos, no se mesaba los cabellos ni se entregaba a ningún exagerado alarde emocional. Se limitaba a permanecer muy quieta y parecía una reina, aunque una reina muy distinta, la que está a punto de subir al cadalso. La idea de una reina en el cadalso me vino a la cabeza nada más verla.
Hasta ese momento aquella enorme mujer morena había poseído una fuerza tan inmensa que pudo hacer conmigo lo que le daba la gana, pero ahora me bastó un leve esfuerzo para librarme de ella y de su cabello. Rodé sobre mi espalda y acabé encima de Monica. De hecho, sabía que la brusquedad de mi gesto había hecho que me llevara conmigo un gran mechón de pelo de su cabeza. Estaba seguro de ello, pues tenía el mechón en mi mano. Lo arrojé al montón de pelos.
Puedo afirmar que me levanté de un salto, pero la mujer ya se me había adelantado: plantó los pies entre la basura y vi que llevaba un cuchillo en la mano. No era una de esas delgadas hojas metálicas que las damas de aquella época solían llevar en la liga para garantizar su seguridad. Aquella dama no llevaba ligas. Era un inmenso cuchillo concebido para los trabajos más pesados del gremio de la carnicería. Si la habitación hubiese estado algo más iluminada sus reflejos habrían bailado sobre las paredes y el techo como los de las navajas del barbero.
Monica también se había puesto en pie. Estaba inmóvil entre nosotros, temblando y estremeciéndose, tan flaca y escurridiza como un pescado.
La mujer no vino hacia mí. Cruzó la habitación con paso grácil y elegante y fue hasta la puerta, apoyándose en ella. Ése fue su error.
Cuando Monica me desnudó habría podido robarme cuanto llevaba con suma facilidad. No tardé en descubrir que no me había quitado nada. Eso también fue un error.
Mis pocos soberanos y medios soberanos estaban en un estuchito para soberanos que había pertenecido a mi padre y que, junto con otros objetos, formó parte del regalo de confirmación hecho por mi madre. El resto del dinero se encontraba en una bolsa de ganchillo sobre la que una pobre huérfana llamada Athena había bordado mi nombre. Pero había otra cosa que Monica podría haber descubierto si hubiera sido lo bastante astuta para examinar mis objetos. En aquellos días yo siempre llevaba encima una pistola, fuera a donde fuese. Fue lo primero que compré con mi dinero, aparte de las novelitas por entregas y las barras de regaliz. Nadie conocía su existencia, ni siquiera mi madre. No quería que se preocupara pensando en los obstáculos a los que me enfrentaba yendo por los caminos del mundo.
Nunca llegó a saber que tenía esa pistola.
Y ahora, en aquel sótano, la pistola pareció acudir a mi mano antes de que hubiera podido pensar en cogerla.
La mujer, por su parte, no me dio tiempo a pensar y no intentó hacer ningún tipo de trato conmigo. Se limitó a dar un salto, como si fuera un toro bravo español o una gitana salvaje. No pude hacer nada salvo dejar que la pistola hablara por mí. Jamás la había disparado, dejando aparte alguna que otra noche en el Heath, para divertirme.
Maté a la mujer. Supongo que no puedo estar totalmente seguro de ello, pero creo que la maté. Monica empezó a gimotear.
El calor hizo que el vestirme resultara doblemente terrible.
Tenía que decidir qué haría con Monica. Soy sincero cuando digo que nada me habría gustado más que rescatarla, pero tuve que abandonar la idea pues era totalmente imposible de llevar a la práctica. Aparte de todo lo demás, y ese «todo lo demás» era muy considerable, jamás habría podido llevarla a mi casa.
Ni siquiera le di un beso de adiós, y no hice ni el más mínimo intento de consolarla, lo cual me causó una gran pena. Aún la siento. Fue terrible.
Pude abrir la puerta sin ninguna dificultad, aunque para hacerlo debí pasar sobre el cuerpo de la mujer.
Me hallé en un pasadizo de piedra que me llevó hasta otra puerta y a través de sus paneles de cristal pude ver la luz del día. El olor de la cocción era casi insoportable y el calor había empeorado, suponiendo que eso fuera posible. Había más puertas a ambos lados del pasadizo. Supuse que llevarían a los hornos, pero no las abrí.
La puerta que tenía delante estaba cerrada, pero la llave quedaba en mi lado. Hacerla girar me costó bastante. Era preciso moverla de una forma especial y el sudor me caía en los ojos y me empezaban a temblar las manos. Además, como es lógico, no tenía ni idea de qué o quién podía haber al otro lado de la puerta. Los paneles eran de vidrio esmerilado pero me pareció que dejaban pasar muy poca luz, por lo que la puerta no podía conducir al mundo exterior.
Logré abrir la puerta después de esforzarme durante un rato, quizá gracias a esa nueva fuerza que había sacado de algún lugar ignoto. De momento nadie había intentado perseguirme. Creo que dejando aparte a Monica estaba solo en aquellos subterráneos, y en aquel momento prefería no pensar en ella.
Abrí la puerta de un manotazo y me encontré en una tiendecita vacía. Tenía una ventana que daba a un pequeño patio situado por debajo de la calle y junto a ella había una puerta. Cuando digo que la tiendecita estaba vacía (y más me valía que lo estuviera), quiero decir que tampoco daba la impresión de contener ningún tipo de mercancía. No había nada. El local contaba con un pequeño mostrador detrás del que se veían unos estantes hechos con madera de la clase más barata, y todo estaba tan vacío y desnudo como en la cancioncilla infantil. Las marcas más conocidas empezaban a utilizar los anuncios con dibujos y muchos colores, pero en aquella tienda no había ni un solo cartel o letrero, y tampoco ninguna lista de precios y ni siquiera una silla para el descanso de los clientes más decrépitos. Creo que había un pedazo de linóleo en el suelo, pero nada más.
Me quedé en ella el tiempo suficiente para pasar el dedo por el mostrador. Al menos el lugar parecía estar limpio, pues mi gesto no dejó huella alguna, ni en el mostrador ni en mi dedo.
La tienda estaba tan caliente como el resto del subterráneo, lo cual quiere decir que hacía muchísimo calor. Años más tarde se me permitió inspeccionar la celda de un condenado a muerte y me recordó aquella habitación.
Pero ahora tenía que vérmelas con la tercera puerta, la que quizá llevara a la libertad. Daba la impresión de que así sería, pero ya había pasado por tal cantidad de experiencias que no podía estar seguro de nada.
Descorrí los dos pestillos lo más silenciosamente posible. Parecía que eran utilizados con frecuencia, pues logré moverlos sin ninguna dificultad. Esperaba tener más problemas con la cerradura, pero ¿querrá creerme si le digo que la puerta se abrió por sí sola en cuanto hube descorrido los dos pestillos? El vástago metálico de la cerradura no llegaba hasta el final del hueco en donde debía encajar. Quizá fuera cosa de la humedad y el tiempo, que habían deformado las maderas de la casa. Tampoco había gran cosa que ver: la puerta ocultaba una calle angosta y sucia, pero de una considerable animación, flanqueada por casas de abundante altura. La verdad es que la calle, como casi todas las de entonces, hacía pensar en un auténtico suburbio, pues le hablo de la época en que el cemento aún no se había apoderado de todo.
No logré cerrar la puerta. Por lo que pude ver, había que estar dentro de la tienda para conseguirlo. Dejé de intentarlo y subí los peldaños que llevaban hasta el patio. Los peldaños estaban muy desgastados, y los ancianos debían de encontrarlos realmente peligrosos.
No sé a qué atribuirlo, pero no se me había ocurrido pensar que la salida del patio pudiera estar cerrada con llave; sin embargo, así era, y esta vez, naturalmente, la llave no quedaba en mi lado. La verja era demasiado puntiaguda y demasiado alta para que pudiese saltarla, aunque por aquel entonces yo era un joven muy alto y mis flacos miembros poseían una gran agilidad. Además, me encontraba algo débil, como si estuviera a punto de perder el conocimiento por tercera vez.
Un chico con una carretilla llena de ladrillos y otros artículos de la construcción vino hacia el patio y me vio.
—¿Qué, has salido del pastel? —me dijo.
—¿Qué pastel?
El recadero señaló por encima de mi hombro. Me di la vuelta y vi el letrero que había sobre la puerta del sótano. Decía: «Pastelería de la señora Lovat».
Y en ese mismo instante recordé cómo se llamaba el hombre cuyo grabado había visto en el subterráneo. Simon, lord Lovat. Claro. Pero lord Lovat no había sido ahorcado. No, su cuello no había conocido el roce de la cuerda, ni el de una soga de seda… Le habían decapitado. Tenía que pensar de prisa.
—Te equivocas —le dije al chico—. Entré para que me cortaran el pelo, me equivoqué y he salido por la parte de atrás.
—Pues has tenido suerte —dijo el chico.
—¿Por qué? —le pregunté, aunque normalmente yo no era de los que se dedican a entablar conversación con desconocidos, pese a cuanto pueda sugerir este relato. No en aquellos tiempos, al menos…
—No hagas preguntas y no te contarán trolas —respondió el chico.
—Bueno —le dije—, ayúdame a salir de aquí.
El chico me miró de una forma que me dio bastante mala espina.
—Iré a buscar al poli —me dijo—. Él te ayudará.
Y tuve que darle unas monedas antes de que me dejara tomar prestados cuatro de sus ladrillos para amontonarlos a mi lado de la verja y cuatro más para colocar al otro lado. Le di cinco chelines, la mitad de su salario semanal en aquella época. Fue como si hubiese ocupado el sitio del ayudante de barbería, el que necesitaba subirse a una caja para llegar al sillón.
Le ayudé a poner los ladrillos en su carretilla y, como suele decirse, me perdí entre la multitud. Dejando aparte todos los demás, había conseguido despertar sus sospechas mostrándome demasiado generoso.
No volví a saber nada más del subterráneo y de lo ocurrido allí. Bueno, al menos no hasta mucho tiempo después, y aun entonces no de forma directa.
Lo ocurrido había hecho que perdiera mi afición por la literatura de sucesos. Me pasé una temporada bastante larga sin mantenerme al corriente de la actualidad. Sufría, no sólo por mí mismo sino por mi madre. Afortunadamente, conocía a pocas personas capaces de saber si sufría o no. Si se hubieran dado cuenta quizá se habrían burlado de mí, y no podría haberlo soportado.
Tardé mucho en pisar de nuevo la calle Fleet, y no volví hasta después de haberme casado. El Temple Bar ya había desaparecido, y eso cambiaba mucho las cosas. Las costumbres y los modales de la gente también habían cambiado, a veces para mejor y a veces para peor. De todas formas, me atrevería a decir que tanto en un caso como en otro los cambios eran más bien superficiales…
A veces pienso en lo que pasó y me pongo a sudar. Nunca como pasteles rellenos de carne, y estuve mucho tiempo teniendo que cortarme el pelo yo mismo, hasta que mi mujer se encargó de hacerlo. Desde que murió ya no pierdo el tiempo cortándomelo, como puede ver. ¿Por qué desfigurar lo que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, como solían decir los rusos? Oh, con el tiempo Él se encargará de que acabes bien desfigurado, puede estar seguro.
Los labios del anciano empezaban a cubrirse de saliva, tal como había ocurrido con los de la mujer de su relato, por lo que cerré mi bloc de notas recién adquirido y lo rodeé con la banda elástica, que aún no había tenido tiempo de aflojarse.
Y si no le conocí en un pub, ¿dónde le conocí? En el auditorio del Elefante, adonde me habían mandado en mi calidad de crítico teatral. La verdad es que se trata de un trabajo más adecuado para ancianos, pero en caso de necesidad los periódicos de poca circulación tenían la costumbre de mandar a la más joven de las personas disponibles, y siguen teniéndola. También debía cubrir los combates de boxeo, los torneos de natación, las competiciones de danza, las carreras de Herne Hill y más de una reunión política o evangélica. Jamás asistí a un partido de fútbol ni a una boda; son dos acontecimientos que tienen sus propios especialistas.
Tengo ante mí el programa de esa velada. Lo he conservado junto con las notas donde recogí la historia del anciano, y acabo de encontrar el paquete, perdido entre centenares de paquetes iguales.
«Pídanles té a los asistentes, que se lo traerán durante el entreacto. Una taza de té y un plato con pan y mantequilla, precio 3 peniques. También hay repostería francesa, a 3 peniques el pastel».
Wilfred Lawson, que llegó a ser famoso, interpretaba al esbelto y atormentado héroe de la obra que habíamos visto, un joven llamado Mark Ingestre.
También había una orquesta, que inauguró su actuación con la pieza titulada En llamas.
Había chistes, publicidad («Sólo la mejor carne inglesa») e incluso Respuestas a los Corresponsales. El precio del programa está impreso en la cubierta: dos peniques.
En el reverso había una sección de ¿Sabía usted que…? El primer interrogante decía: «¿Sabía usted que… Sweeney Todd ha batido todos los récords de este teatro desde el día en que fue construido?».
—¡Hacerle llevar un sombrero de tres picos! —exclamó el anciano con voz despectiva—. ¡Y la señora Lovat con el cabello empolvado!
—David Garrick solía interpretar a Macbeth llevando unos calzones que sólo le llegaban hasta la rodilla —le repliqué yo. Puede que los críticos teatrales ignoren muchas cosas, como ocurre en mi caso, pero eso es algo que todo el mundo sabe.