los trenes (spanish)
AL LLEGAR AL PÁRAMO, así, de inmediato, el aire dejó de aferrarse a ella, de impedirle el movimiento, de absorberle la energía. Ahora, una brisa cálida parecía levantarla y animarla: el proceso de absorción se había revertido; su torrente sanguíneo tomó impulso de los céfiros. Sus pensamientos corrieron en todas direcciones, improductivos pero alegres. Recordó los carteles ferroviarios. ¿Sería por el ozono?
No es que le hubiera disgustado la gran ciudad industrial que acababan de dejar; a diferencia de Mimí, que la había aborrecido. Mimí quería que su viaje a pie fuera de un hostal a otro, pero fue la única propuesta a la que Margaret logró resistirse con éxito. Su itinerario se extendía por los Peninos, y Margaret insistió en pasar la noche en granjas y, de vez en cuando, en hoteles convencionales. Mimí había argumentado que las granjas no eran muy seguras que digamos y que los hoteles eran sumamente deprimentes y caros, pero de pronto su defensa de los hostales la llenó de vergüenza y se rindió.
—Pero los hoteles desprecian a los senderistas —agregó.
Hasta entonces, a Margaret no se le había ocurrido que fueran senderistas.
Aparte de la controversia sobre la ciudad, todo iba bastante bien al iniciar la segunda semana de viaje, sobre todo el clima. A Margaret la ciudad le había resultado nueva, interesante, inesperadamente hermosa y romántica: sus molinos de piedra bien proporcionados y las innumerables chimeneas humeantes como volcanes se erigían en perfecta sintonía contra el fondo constante de montañas altas y libres. Para Mimí, salir de vacaciones consistía precisamente en evitar ese tipo de lugares. Si tenía que haber ciudades, ella hubiera escogido la brumosa amalgama de las Midlands y el sur, donde la ciudad no contrasta con el campo, sino que se funde en él, y nunca se distinguen tanto entre sí como en el norte. A Margaret, esta nueva forma de vida (de la que apenas veía la capa más superficial) le parecía bastante menos desagradable de lo que esperaba. Mimí, para quien también era algo nuevo, pensó que era el lugar desde el cual muy probablemente su bisabuelo había luchado y escalado, una humillación que la horrorizó por seguir en pie y tener la capacidad de devorarla. Si tenía que haber industria, que quedara envuelta en los suburbios. El Free Trade Hotel de cinco estrellas les había conseguido habitaciones individuales, y Mimí había extrañado tener con quién hablar antes de dormir.
Bajaron a la ciudad de forma muy repentina desde el páramo agreste, como sucede en el norte. Luego, también súbitamente, daba la impresión de que ya no había ciudades, sólo pequeños neandertales de dientes largos agazapados detrás de las piedras, esperándolas para hacerlas pedazos. El aire pasaba rugiendo con un peso incalculable bajo el cielo lúcido, profundamente azul pero atravesado por masas bien espaciadas de nubes blancas con bordes afilados, como las carrozas de un desfile mediterráneo. El aire brumoso, ahumado y hediondo de la ciudad había hechizado a Margaret con sus cambiantes efectos atmosféricos, un drama meteorológico imposible de encontrar en cualquier otro entorno; pero ahí arriba, el aire definitivamente se parecía a sí mismo. Era difícil hallar el camino entre los brezos: el único punto de referencia eran las curvas de nivel y ninguna de las dos era experta en mapas, pero avanzaban en feliz silencio, ya sin barreras entre ellas, y Margaret ni siquiera pensaba en el peso de su mochila (Mimí, cuya mochila era aún más pesada que la suya, también lo había olvidado).
—¿Eso será un tren? —preguntó Margaret cuando ya llevaban dos o tres horas caminando.
—¡Ay, Dios! —dijo Mimí, la escapista.
—El punto es que nos marque el rumbo. —El vago murmullo se había perdido entre el ruido del viento—. Vamos a ver.
Mimí abrió la bolsa trasera de la mochila de Margaret y sacó el mapa. Se quedaron paradas sosteniéndolo entre ambas. Como su orientación estaba gobernada por el viento y eran incapaces de corregirla mentalmente, pusieron el mapa en el suelo con la parte superior más o menos hacia el norte y una piedra gris en cada esquina.
—Ahí están las vías —dijo Margaret, siguiéndolas con el dedo por el mapa—. Debemos de estar por aquí.
—¿Cómo sabes que no estamos encima del túnel? —preguntó Mimí—. Mide como seis kilómetros.
—No creo que estemos tan arriba. El túnel está más allá.
—¿No podríamos tomar esta carretera?
—¿Adónde sugieres que vayamos?
—A la punta de la siguiente colina, si es que estabas en lo cierto y eso era un tren. La carretera va cerca de las vías y el sonido venía de por allá. —Mimí señaló y la red de la mochila le jaló el tirante de la blusa, pues estaba echada en el piso.
—Ojalá tuviéramos un mapa de tela. El viento está rompiendo éste.
Mimí contestó afable:
—Qué molesto, ¿no?
Ella se había encargado de conseguir el mapa.
—Estoy casi segura de que tienes razón —dijo Margaret, con toda la confianza de quien está perdida.
—Vamos —la animó Mimí.
Doblaron el mapa con dificultad y Mimí lo volvió a meter a la mochila de Margaret. Las cuatro piedras grises se quedaron marcando las esquinas, ahora, de un rectángulo misterioso.
Por suerte, Mimí tenía razón. Cuando ya habían bajado al valle y llegado con esfuerzos a la siguiente cresta, una línea doble de ferrocarril y una carretera con muros de piedra subían por el siguiente valle. Mientras miraban el paisaje, un tren en ascenso empezó a resoplar, despacio, muy lejos, a la izquierda.
—El otro debe de haber ido hacia abajo —conjeturó Mimí.
Empezaron a bajar hacia la carretera. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que habían visto una vereda siquiera. La distancia hasta la carretera era bastante corta a vuelo de pájaro, pero les tomó treinta y cinco minutos según el reloj de Mimí, y el tren que subía pasó frente a ellas casi tan pronto como iniciaron el descenso.
—Ojalá fuéramos pájaros —exclamó Mimí.
Margaret dijo que sí y sonrió.
No vieron coches en la carretera, y cuando llegaron, vieron que estaba pavimentada con trozos irregulares de granito duro al que le urgían una nueva capa y las atenciones de una aplanadora.
—Es un poco desalentador —dijo Mimí un cuarto de hora después—. Pero ya me tenían harta los brezos.
Las plantas llenaban ambos lados del camino.
—¿No nos convendría tratar de ver exactamente dónde estamos? —sugirió Margaret.
—¿De verdad importa?
—Hay que comer.
—Eso no depende de dónde estemos. Mientras sea a la mitad del campo da lo mismo, ¿no crees?
—Creo que mejor revisamos.
—Bueno.
Mimí volvió a sacar el mapa. Mientras lo fijaban a un lado de la carretera, un tren surgió rugiendo y bajó la pendiente.
—¿Qué haces? —preguntó Margaret, mientras batallaba con una piedra inadecuada.
—Saludo, por supuesto.
—¿Alguien te devolvió el saludo?
—¿Nunca has saludado al conductor?
—No, creo que no. No sabía que estabas saludando al conductor. Pensé que a los pasajeros.
El mapa ya parecía estar bien fijo.
—A veces sí, pero los conductores siempre saludan a las chicas.
—¿Sólo a las chicas?
—Sólo a las chicas —Mimí no recordaba cuándo había aprendido eso—. ¿Dónde estamos?
Observaron el mapa y trataron de desentrañar su misterio. Incluso ahora que ya estaban en la carretera, con las vías a plena vista cruzando una curva de nivel tras otra, el problema no parecía mucho más sencillo.
—Me gustaría que existiera un instrumento que te dijera a qué altitud estás —dijo Mimí.
—Otra cosa que cargar.
Pronto quedaron limitadas a mirar a su alrededor.
—¿Eso es una casa? —Mimí tomó la iniciativa de nuevo.
—Si es, tiene que ser esta “posada” —Margaret la señaló en el papel—. En el mapa no hay ninguna otra construcción de este lado del túnel, a menos que estemos mucho más abajo de lo que creemos.
—Los mapas no muestran todas las construcciones pequeñas.
—En los distritos rurales parece que sí. Me he fijado. Cada granja tiene un puntito. Incluso la cabaña de ayer junto a la presa estaba marcada con su puntito.
—Ah, bueno, si es una taberna, podemos comer ahí. Por mí está bien. —Una vez más, dejaron tras de sí cuatro piedras grises marcando las esquinas de nada—. Por cierto, el mapa sólo muestra una casa entre el otro lado del túnel y Pudsley. Unos trece kilómetros, creo yo.
—Esperemos que sea una de tus granjas. No soportaría una noche en Pudsley. Se supone que estamos de vacaciones, ¿recuerdas?
—Ojalá que nos alojen ahí.
La construcción frente a ellas se veía desierta desde hacía mucho tiempo. O quizá no tanto: es difícil saber con las construcciones de piedra sencillas en un clima húmedo. Las ventanas estaban tapiadas; había algunas tejas del techo desperdigadas por el antiguo huerto lleno de maleza; la puerta principal había sido derribada.
—Tenía que ser el ejército —dijo Mimí—. Esperemos que el alojamiento de hoy esté mejor acondicionado. Hay que comer. Son las dos y cuarto.
—No creo que haya sido el ejército. Más bien la depresión agrícola.
Las propiedades de su padre le habían enseñado a Margaret el verdadero significado de las granjas desiertas y los terrenos abandonados.
—¡Mira, ahí está el túnel!
Margaret avanzó unos pasos para alcanzarla. Desde el portal negro, el túnel se extendía recto entre las rocas, con la carretera serpenteando, empinada, sobre él.
—Ahí hay otra construcción —dijo Margaret, mientras seguía con los ojos la desalentadora pendiente—. Y, además, tiene un letrero afuera. Creo que el mapa está mal. Vamos.
—Qué remedio —respondió Mimí.
Justo cuando estaban sobre la entrada del túnel, otro tren descendió la colina. Vieron desde arriba los deslumbrantes techos negros de los vagones, como juegos de feria con la funda puesta.
No era fácil saber si el mapa estaba mal o no. La casa sobre el túnel, aunque no aparecía, ciertamente no era una taberna. Era casi lo opuesto: una casa de huéspedes sin licencia.
—Está bien para una taza de té —dijo Mimí—. Pero mejor comemos afuera.
Un poco más arriba en la carretera había una pequeña loma. La subieron, descargaron el peso de sus mochilas, se aflojaron el cinturón uno o dos hoyos y empezaron a comerse sus sándwiches de carne enlatada. La casa de huéspedes estaba colina abajo, a todas luces ocupada, pero no se veía a nadie.
—No hay mucho tráfico —observó Margaret, con un jitomate apachurrado colgándole de la mano.
—Todos van en tren.
El distante cacareo de un motor parecía confirmar sus palabras.
Las nubes de contornos definidos, ahora un poco más grandes, seguían empujándose en el cielo; pero para entonces, la brisa parecía haber disminuido y hacía un calor excesivo. Las dos mujeres estaban bañadas en sudor, y Mimí se desabrochó otro botón de la blusa.
—¿No te da gusto que te haya convencido de traer pantalones cortos?
Margaret tuvo que admitir que era verdad. Había habido cierto disenso sobre ese punto; ella, que nunca en su vida había usado pantalones cortos, se sentía profundamente avergonzada por la propuesta de Mimí, y Mimí, inesperadamente, había anunciado que no iría a menos que “se vistiera como todo el mundo”. Ahora Margaret se daba cuenta de que, por una vez, “todo el mundo” tenía razón. La libertad era exquisita; y de otra forma, el peso de la mochila hubiera sido insoportable. Además, el atuendo entero le había costado menos de una guinea, e importaba poco lo que pudiera pasarle. Eso, pensó, era la verdadera libertad. De cualquier forma, agradecía que nadie de su familia pudiera verla.
—Me da mucho gusto —contestó—. De verdad.
Mimí le lanzó una sonrisa cálida, demasiado amable para ser triunfal, aunque la actitud original de Margaret en el asunto le había molestado mucho.
—No es la comida ideal para este calor —dijo Margaret—. Nos vamos a llenar de granos.
—Suerte que tenemos carne enlatada. Otra amiga y yo fuimos de un cabo al otro del Camino de los Peregrinos con puro pan y margarina. Eran días feriados y se nos olvidó meter más cosas —luego, con la boca llena, se paró de un salto y recogió su mochila—. Vamos por algo de beber.
Antes de que Margaret pudiera levantarse o hablar, Mimí ya estaba descendiendo la colina. Margaret se había dado cuenta de que era muy dada a ese tipo de impulsos repentinos.
Para cuando Margaret se acabó su sándwich, Mimí ya había tocado la campana de la casa de huéspedes y llevaba un rato adentro. Antes de proseguir, Margaret se enjugó el sudor de la cara con uno de los grandes pañuelos que Mimí había empacado con tanto tino; luego, sacó un peine y un espejo de uno de los bolsillos de su blusa, se reacomodó el pelo tan rápido como se lo permitieron el sudor y el chonguito apretado en el que se lo había amarrado con miras a la eficiencia de las vacaciones, regresó los artículos al bolsillo de la blusa y lo abotonó, evitando en la medida de lo posible cualquier contacto con su cuerpo pegajoso. Se acercó lentamente a la puerta principal, esforzándose por no generar más calor.
La campana, aunque con un asa moderna seudoitaliana, era de auténtico estilo campirano y funcionaba con un cable. Una mujer sencilla con un overol Marks and Spencer abrió la puerta casi de inmediato.
—¿Sí?
—¿Podría pasar a tomar algo? Mi amiga ya está adentro.
—Pasa. ¿Té o café? Ya no tenemos refrescos.
—¿Me traería café?
—Café —repitió la palabra en tono inexpresivo. Uno supondría que tenía que lidiar con sesenta órdenes por hora. Desapareció.
—Bueno, cierra la puerta para que no entre el calor.
El que había hablado, un hombre de mediana edad con unas zapatillas deportivas sucias, estaba sentado al otro lado de la mesa redonda donde estaba Mimí, quien revolvía una taza de té. No había nadie más en el cuarto, que estaba congestionado de muebles de cafetería deprimentes y decorado con anuncios de cigarros colgando chuecos de los muros.
—¿Sabes lo que dicen en Nueva York? —Tenía acento de empresario rural del norte. No despegaba los ojos de los grandes pechos de Mimí, que se extendían por su blusa caqui húmeda—. Yo viví en Nueva York. Diez años en total.
Mimí no dijo nada. Tenía la costumbre de dejar que los hombres hablaran. Margaret se sentó junto a ella y dejó la mochila en el suelo.
—Hola —El hombre tenía un tono más insolente que sus intenciones.
—Hola —dijo Margaret en tono neutro.
—¿Son amigas?
—Sí.
Su mirada regresó hacia Mimí, más rolliza y descubierta.
—Como le estaba diciendo a tu amiga, ¿sabes lo que dicen en Nueva York?
—No —respondió Margaret—. No sé. ¿Qué dicen?
—No es el calor, es la humedad. —Parecía seguirse dirigiendo a Margaret mientras veía a Mimí. Después de darles un momento para seguir lo que él creía una observación compleja y penetrante, continuó—: La humedad, ya sabes. Lo húmedo en la atmósfera. La atmósfera está recogiendo agua todo el tiempo. Sacándola de la tierra. —Se lamió el labio inferior—. Esto no es nada. Nada comparado con Nueva York. Viví ahí diez años. No podemos ser limosneros con garrote, ¿no?
Se abrió una puerta por detrás y la mujer taciturna le llevó el café a Margaret. La taza estaba descolorida del borde, y el plato, por alguna razón, tenía una mancha carmesí.
—Un chelín.
Sorprendida, Margaret sacó media corona de una bolsa de sus pantalones cortos. La mujer se fue.
—Es un lugar agradable —dijo el hombre—. Hay que pagar por eso en estos tiempos. —Margaret levantó su taza. El café era de extracto y apestaba—. ¿Qué te dije? ¿Qué te parece esa taza de café? Me tomaría una si no me hubiera tomado ya tres.
—¿Se está quedando aquí?
—Aquí vivo.
La mujer regresó con un chelín y seis peniques, luego se volvió a ir.
—No hay necesidad de dejar propina.
—Está bien —contestó Margaret—. ¿Es la dueña?
—El lugar es suyo.
—Se ve callada. —De inmediato Margaret se arrepintió de esa iniciativa general de conversar.
—Tiene sus razones. No es una mina de oro, ¿no? Yo soy el único asiduo. En realidad, el único cliente en general.
—¿Por qué? Es un lugar precioso y, hasta donde hemos visto, no hay mucha competencia.
—No hay nada. Créanme. Y no es un lugar lindo. Créanme también.
—¿Qué tiene de malo? —Esa fue Mimí, que no había hablado desde que llegó Margaret.
—Nada en realidad, hermana, nada. No para una niñita como tú. —Margaret se dio cuenta de que se trataba de uno de los tantos hombres para quienes sólo existen dos tipos de mujeres: aquéllas con las que hablas y aquéllas con las que estorban las palabras—. Es broma. De lo contrario no estaría aquí, ¿no? No viviría aquí.
—¿Qué tiene de malo el lugar?
A Margaret la sorprendió el tono de Mimí. Recordó que no sabía lo que había pasado entre ambos mientras ella se peinaba en la colina.
—¿Saben lo que dicen los locales?
—No hemos visto a ningún local —dijo Margaret.
—Por eso. Es lo que les digo. No suben para acá. Este es el Valle Silencioso.
—¿Ah, sí? —exclamó Margaret, no tan dueña de sus actos—. Sacó ese nombre de alguna película de vaqueros.
Él se limitó a responder con una brevedad inusual:
—Le dicen el Valle Silencioso.
—¿No es buen lugar para iniciar un negocio? —preguntó Margaret.
—No podría ser peor. Pero ella no sabía. Invirtió todo lo que tenía en este lugar. No era de aquí, igual que ustedes.
—¿Qué tiene de malo el valle? —insistió Mimí.
Margaret pensó que estaba demasiado tensa.
—Nada mientras te quedes aquí, hermana. Nada en absoluto.
—¿De verdad hay algo que contar? —preguntó Margaret.
Estaba casi convencida de que todo era más bien una broma tonta, pero el extraño comportamiento de Mimí la obligaba a preguntar.
—No que yo sepa. Sólo que es el Valle Silencioso y que los locales no vienen para acá.
—¿Y usted qué? Si es tan silencioso aquí, ¿por qué no se va?
—Me gusta el silencio. No soy muy quisquilloso. Sólo les estaba explicando por qué hay una recesión comercial.
—Es cierto que parece haber muy poco movimiento —observó Margaret.
Vio que Mimí se volvía a abrochar el botón de la blusa que se había abierto para refrescarse. El hombre desvió la mirada.
—Todos van en tren. Pasan a las prisas, encerrados como toros en redilas.
Mimí no dijo nada, pero su expresión había cambiado.
—Parecen tener trenes de sobra —dijo Margaret sonriendo.
—Es la línea principal.
—Uno de los conductores nos saludó. Si lo que dice es cierto, supongo que le dio gusto vernos.
Por primera vez, el hombre concentró su desagradable mirada en Margaret.
—Y, a propósito —su mirada cayó hasta la mesa y se quedó ahí un momento—, me pregunto dónde planean pasar la noche ustedes dos.
—Por lo general encontramos una granja —contestó rápido Margaret.
—Está muy agreste al otro lado, ¿eh? Peor que aquí. Sólo hay una casa entre el túnel y Pudsley.
—Eso vimos en el mapa. ¿Nos darán una cama? Supongo que es una granja, ¿no?
—Es de la señorita Roper. No la conozco en persona. Nunca voy para el otro lado. Pero apuesto a que las va a ayudar. Sobre lo que acabas de decir —se rio de pronto—, ¿ven que los conductores de tren saludan a las chicas, como ustedes dijeron?
—Sí —dijo Margaret, anticipando una broma obscena.
—Bueno, cada vez que pasa un tren por casa de la señorita Roper, alguien se asoma por la ventana de la recámara y saluda. Desde hace años. A todos los trenes. La casa no está muy cerca de las vías y los conductores no veían exactamente quién era, pero era alguien de blanco y todos pensaban que era una chica, así que la saludaban también. Todos los trenes. Pero el chiste es que no es una chica. No puede ser. Ya pasó mucho tiempo. No puede seguir siendo joven después de más de veinte años. Quizá sea la propia señorita Roper. Los conductores van cambiando, así que no se dan cuenta. Todos creen que es una chica, ¿no? Y todos devuelven el saludo. Todos los trenes. —Se reía como si fuera la más simpática de las indecencias.
—¿Y usted cómo sabe que los conductores no se dan cuenta? —preguntó Mimí.
—Es lo que dicen los locales. Yo nunca he visto en persona a la señorita Roper. Quizá no sea cierto. —De pronto se puso muy serio y acomedido—: Hay un baño de damas arriba por si lo necesitan.
—Gracias —dijo Margaret—. Creo que nos conviene seguir el camino. —La parte trasera de su mochila estaba empapada y pegajosa.
—Fúmense un cigarro antes de irse. —Les extendió una cajetilla de una marca desconocida. Le temblaba la mano como a un drogadicto.
—Gracias —dijo Mimí, indiferente—, ¿tiene un cerillo?
Él apenas pudo prender el cerillo, ya no digamos el cigarro. Al verlo, a Margaret le dio gusto no fumar.
—Fumo como chimenea —comentó de forma innecesaria—. Tienes que fumar así para aguantar mi vida. Tengan mucho cuidado con el clima —remató una vez que habían abierto la puerta.
—Sí —respondió Margaret en tono convencional, aunque el calor las volvió a asfixiar. Y otra vez empezaron a batallar bajo el peso de su equipaje.
No se dijeron nada durante varios minutos. Luego, Mimí dijo:
—Maldito loco.
—Los hombres por lo general son horribles —contestó Margaret.
—A eso te puedes acostumbrar —dijo Mimí.
—Me pregunto si de verdad se llama el Valle Silencioso.
—No me importa cómo se llame. No es un buen valle.
Margaret la volteó a ver. A cada zancada, Mimí miraba desafiante hacia el frente.
—¿Lo dices porque no hay gente?
—Lo digo porque sé que no es bueno. No lo puedo explicar con exactitud.
Margaret no era experta en intuiciones, quizá se le habían acabado. El ardiente e interminable camino le comenzaba a parecer verdaderamente desagradable. Además, ese café infame le había dado indigestión, y los hoyos de su cinturón ya no le permitían aflojarlo más.
—Si no hubieras oído ese tren, nunca habríamos llegado aquí.
—Si no lo hubiera oído, simplemente nos habríamos perdido. La ruta del mapa se acabó. Eso pasa cuando escoges rutas en vez de buscar lugares definidos. —En su enojo, Margaret se había enganchado con otra diferencia significativa en sus formas de ver la vida, una ya expuesta varias veces. Luego, pensando que Mimí había estado perfectamente dispuesta a ir de un punto a otro siempre y cuando los puntos fueran hostales, Margaret añadió—: Perdón, Mimí, es el calor.
Cierta tensión persistente entre ambas provocó que Mimí contestara un poco brusca:
—¿Qué sugieres exactamente que hagamos?
Si Margaret hubiera sido Mimí, habría habido problemas, pero, como era Margaret, dijo:
—Creo que mejor volvemos a revisar el mapa.
Esa vez, ella misma se quitó la mochila y sacó el mapa. Mimí se quedó parada, de mal humor y sudando, sin hacer nada para ayudar ni para quitarse el sudor. Al verla, Margaret dijo de pronto:
—¿Qué habrá pasado con la brisa de la mañana?
Mimí, todavía sin decir nada, se sentó y miró el mapa.
—Podemos ir hasta el siguiente valle. Ahí hay varios pueblos bastante grandes.
—¿Allá arriba? —Mimí señaló la cuesta rocosa que se elevaba, empinada, frente a ellas.
—El túnel atraviesa lo más alto de las montañas. Si avanzamos otro poco, vamos a llegar al otro lado y tal vez esté menos empinado. ¿Qué opinas?
Mimí sacó un cigarro suelto del bolsillo de su blusa.
—No hay mucho más que hacer, ¿o sí? —Su actitud era sumamente irritante. Margaret percibió la imprudencia de tomar té indio fuerte a mitad del día—. Ojalá que lleguemos —agregó Mimí con un cinismo vacío.
Prendió un cerillo y, en ese mismo instante, una ráfaga de viento se lo apagó y amenazó con arrancarle el mapa a Margaret de las manos. Fue como si encender el cerillo hubiera invocado su extinción inmediata.
Margaret se repuso y cerró el mapa; ambas voltearon hacia atrás.
—Carajo —se quejó Margaret—, no me gusta el clima del Valle Silencioso.
Un bloque sólido de nube gris se había formado detrás de ellas y se acercaba perceptiblemente como un toldo enorme.
—Ojalá que lleguemos —repitió Mimí.
Ahora su cinismo estaba menos vacío. Dejaron su tercer conjunto de piedras grises demarcando la vacuidad.
En poco tiempo estaban en la cresta de la colina. Lo que tenían por delante confirmaba los sentimientos del hombre de la casa de huéspedes. La escena difícilmente hubiera podido ser más desoladora ni menos seductora. Pero había refrescado mucho, y, por primera vez en varias horas, el camino era cómodo, cuesta abajo; avanzaron con los cinturones otra vez apretados, manteniendo el paso, empujadas por el viento creciente. Las tensiones recurrentes entre ellas se habían disipado por la eficiencia del esfuerzo bajo condiciones físicas agradables, por el renovado sentido de una meta clara. Platicaron constante y amigablemente; la distracción aligeraba los pies. Margaret sintió el contraste entre el optimismo implícito en el clima cuando partieron y la fatalidad implícita en el mismo en ese momento, pero no le pareció desagradable y extrajo de ella una placentera sensación de tragedia y atletismo. Se sintió así hasta bastante después de que empezara a llover.
Las primeras gotas lentas que les cayeron por detrás de las rodillas y el cuello con el viento que acompañaba a las nubes fueron sensaciones dulces. Margaret hubiera podido echarse en la hierba y dejar que la lluvia le envolviera toda la piel hasta no dejar ni un solo centímetro seco. Luego, dijo:
—Ojalá que no nos dé una fiebre reumática por esta ropa sudada.
Mimí se había detenido y quitado la mochila. La suya era más pesada porque incluía un grueso impermeable a prueba de tormentas, y la de Margaret pesaba menos porque ella sólo tenía un impermeable Mackintosh. Mimí se forró, se ajustó la mochila por debajo del impermeable, se amarró la capucha a la altura de la barbilla y avanzó a zancadas, abotonada y hermética hasta las orejas, como si los ciclones fueran su pan de cada día. Un cuarto de hora después, Margaret sintió que la lluvia se le empezaba a colar por el cuello suelto del impermeable, a infiltrarse a través de la tela en manchones que se expandían, y, más desagradable aún, a encontrar el camino hacia el interior de la capucha amarrada. Media hora después, estaba empapada.
Para ese momento ya habían llegado al final del túnel y se quedaron paradas mirando cómo las vías seguían por un corte profundo y estrecho que descendía el valle hasta donde las ráfagas de lluvia les permitían ver. Como el corte se había hecho a través de la roca, la pendiente no permitía escalar los lados.
—Hasta aquí llegamos —dijo Margaret un tanto temblorosa—. Vamos a tener que quedarnos con el Valle Silencioso.
—Del otro lado se ve bien —observó Mimí—, si tan sólo pudiéramos cruzar.
A pesar de su cálida vestimenta, ella también parecía decaída y con frío. De su lado de las vías, y más allá del camino por el que habían llegado, había un mar de brezos empapados que llegaban a la altura de las rodillas, pero al otro lado del corte, el suelo se elevaba en una pendiente bastante amable, apenas salpicada de vegetación.
—No veo señal de que haya un puente.
—Me vendría bien una taza de té. ¿Sabías que ya son las seis y veinticinco?
Mientras estaban ahí paradas sin saber qué hacer, el sonido de un tren en ascenso las alcanzó en contra del viento que, soplando fuerte en la dirección opuesta, mantenía el humo entre los muros del corte. Tan adversa era la tormenta que sólo pasó un minuto desde que oyeron el lento escalar del tren hasta que las alcanzó. De la chimenea salía vapor rugiendo. El fogonero atizaba como endemoniado. Mientras la máquina pasaba a barlovento allá en lo alto y el ruido del escape chocaba contra los oídos de las dos mujeres, el conductor de pronto volteó hacia arriba y saludó con una alegría poco apropiada para el terrible clima. Luego jaló la palanca del silbato, y durante los cuarenta segundos que el tren estuvo dentro del túnel, se duplicó el ya insoportable rugido. Era un túnel largo.
Margaret no estaba acostumbrada a ese tipo de trenes (sabía poco de vías férreas): no tenía ni vagones de pasajeros ni pequeños furgones dando tumbos, sino largos carros sin ventanas que no daban pistas de su contenido. Un nimbo de aire cálido y aceitoso la envolvió; luego se elevó casi de inmediato y la dejó, una vez más, tiritando.
Mimí no devolvió el saludo.
Reanudaron su marcha. La mochila de Margaret, aunque pesaba como el viejo del mar, le mantuvo casi seca una gran parte de la espalda.
—¿Los conductores siempre saludan primero? —preguntó Margaret para decir algo.
—Claro. Si tú saludaras primero, tal vez no te verían. De todas formas, no está bien visto que las mujeres saluden primero.
—¿Qué le pasará a la señorita Roper?
—Ya veremos.
—Supongo. No suena como buen prospecto para pasar la noche.
—¿Qué tan lejos está Pudsley?
—Doce kilómetros.
—Pues ni hablar.
Antes había sido Mimí a la que le había disgustado tanto el valle. Era extraño que, al parecer, ahora concibiera con tanta calma a la siniestra señorita Roper. Extraño pero práctico. Margaret pensó que quizá la consistencia de sus propios pensamientos y sentimientos no fuera mejor para su bienestar que el humor de veleta de Mimí.
—¿Dónde crees que viva exactamente la señorita Roper? —preguntó Mimí—. Ese es el primer punto.
La única obra humana visible, aparte del camino irregular, era la larga zanja que marcaba el corte de la vía a su izquierda.
—El mapa no ha sido muy preciso —dijo Margaret.
—¿No es mejor que lo revisemos de todas formas? Estoy pensando en ti, querida. Has de estar como trapo mojado. En ti y en una taza de té, claro.
El viento era mucho más fuerte de lo que había sido hasta entonces, pero no encontraron ninguna piedra para detener el mapa. Desde hacía mucho tiempo la carretera había dejado de tener muros que la franquearan, y las piedras más grandes no eran más que guijarros. Mientras se hundían entre los brezos, un tren bajó silbando.
Al final tuvieron que rendirse. El mapa, parcialmente abierto, se rasgó de inmediato. El aguacero lo hubiera convertido en una plasta descolorida en un instante. Las dos estaban muy cansadas y hambrientas, y Margaret, que solía ser la del temperamento más determinado, estaba tan mojada que no tuvieron ánimos para seguir luchando. Mimí metió la bola de papel empapada a la mochila de Margaret.
—Lo mejor es seguir, aunque tengamos que caminar hasta Pudsley —dijo mientras se abrochaba una agujeta y luego se apretaba el cuello del impermeable—. Si no, vas a acabar en el hospital. —Y avanzó intrépida.
Pero al final, la carretera, que llevaba tiempo deteriorándose sin que se percataran, desembocó en una verja tras la cual simplemente había una parcela descuidada. Habían llegado lo suficientemente bajo como para que alguien hubiera intentado cultivar algo ahí alguna vez. Aunque empapada y desdichada, Margaret volteó la mirada hacia la cresta y vio que la distancia era mucho menor de lo que había supuesto. Se inclinaron sobre la verja y miraron hacia el frente. Habían reaparecido los muros de piedra y recortaban la tierra en parcelas monótonas y descuidadas. Seguía sin haber árboles. Las vías se habían alejado del corte y, al parecer, ya se podían cruzar; pero no hicieron el intento, porque ante ellas ahora era visible, a través del ondulante diluvio, una casa negra. Estaba como a seis parcelas de distancia: un trecho nada despreciable.
—¿Por qué está tan negra? —preguntó Margaret.
—Pudsley. Esas chimeneas que tanto te gustan.
—El viento dominante va en la dirección contraria. Nos pega desde atrás.
—Ojalá trajera mis botas de escalar —dijo Mimí mientras se hundían en los largos pastos—. O mis botas de lluvia.
El pasto empapaba el dobladillo del impermeable de Margaret, cosa que resultó una nueva tortura. Pasaron dos trenes encontrados, uno rechinando hacia arriba y el otro embistiendo hacia abajo. Ambos parecían ser trenes normales de pasajeros, largos y repletos. Todas las ventanas estaban cerradas, lo cual producía un efecto extraño, como de objetos en una botella, hasta que se dieron cuenta, por supuesto, de que se debía al clima.
Para cuando atravesaron los campos empapados y remontaron por entre los altos muros escarpados, ya estaba casi completamente oscuro. La casa era un cubo carcelario de tres pisos construido por ahí de 1860, y se erigía entre cipreses altos pero poco exuberantes: los primeros árboles por debajo de la cresta del valle. Lo negro del edificio no era efecto de la luz, sino consecuencia del hollín impregnado.
—Está justo encima de las vías —gritó Mimí. Por estar batallando en la penumbra, no se habían dado cuenta de eso. Tenía una enorme puerta principal, llena de mugre—. ¡Qué esperanza! —exclamó mientras tocaba la aldaba.
—Qué aldaba más curiosa —dijo Margaret, examinando el mecanismo y valiente hasta el empapado y tembloroso fin—. Se parece a las palancas de los guardagujas.
Una figura iluminada sólo por una lámpara de aceite que estaba detrás de ella, sobre una ménsula, abrió la puerta.
—¿Qué pasa? —La voz, que no sonaba inculta, tenía un curioso trasfondo gutural.
—Mi amiga y yo estamos haciendo un viaje a pie —dijo Margaret, que, como iniciadora del proyecto de las granjas, siempre se hacía cargo de esas situaciones—. Nos perdimos en el páramo. Queremos llegar a Pudsley —continuó, y, al ver que esa no era una granja, lanzó una autoinvitación directa—. Pero nos perdimos y, con esta lluvia, somos un desastre. Sobre todo, yo. Me pregunto si nos podría ayudar. Yo sé que es atrevido, pero estamos desesperadas.
—Por supuesto —dijo otra voz al fondo—. Pasen y entren en calor. Pasen rápido y Beech cerrará la puerta.
El ligero eco invertido de las palabras del hombre de la casa de huéspedes provocó asociaciones desagradables en el cerebro de Margaret.
La tenue luz reveló a Beech como una figura musculosa y alta en un traje negro de servicio. Su cara, detrás de una masa de pelo negro, tallada como la de un músico, se veía suave y pálida. El segundo hablante era un hombre apuesto y bien formado, quizá cerca de los cincuenta, y también traía un traje negro y corbata, lo que sugería luto. Observó las raras figuras de las dos mujeres sin rastro alguno de extrañeza; conforme dejaban sus mochilas escurriendo en el piso de baldosas y se desabrochaban los impermeables llenos de agua ahí paradas frente a él, fueron apareciendo las dos vagas figuras en caqui, camisa y pantalones cortos. Margaret no sólo se sentía completamente empapada, sino también desnuda.
—Permítanme presentarme —dijo el amo de la casa—. Soy Wendley Roper. Espero que ambas cenen conmigo y pasen aquí la noche. Mañana las cosas tendrán un rostro completamente distinto.
Una ligera actitud señorial, en absoluto desagradable para Margaret, indicó que se mezclaba poco con hombres modernos. Margaret presentó a ambas y luego dijo:
—Oímos más arriba en el valle que aquí vivía una señorita Roper.
—Mi tía. Murió hace muy poco. ¿Ven? —Señaló su atuendo.
—Lo siento mucho —dijo Margaret en tono convencional.
—Fue muy angustiante. Me refiero a la forma en que murió. —No les ofreció detalles a las mujeres que tiritaban, sino que continuó—: Ahora Beech las llevará a su habitación. Habitación “Las Vigas”, Beech. Me temo que no hay ninguna otra disponible, pues todo el primer piso y mucho más está ocupado por la colección de mi abuelo. Espero que no les moleste dormir en la misma habitación. Es una bastante primitiva, lamento decirlo. Por el momento sólo hay una cama, pero me encargaré de que les pongan otra.
Le aseguraron que no había problema.
—¿Y la ropa? Dudo que la de mi tía les sea de alguna utilidad. —Luego, inesperadamente, agregó—: Y Beech es demasiado grande para ustedes.
—No se preocupe —dijo Margaret—. Nuestras mochilas son impermeables y traemos una muda.
—Bien —respondió Wendley Roper con seriedad—. Beech las llevará, la cena se servirá cuando se hayan cambiado. Les enviaré agua caliente arriba.
—Es muy amable con nosotras —dijo Margaret.
—Hay que aprovechar las oportunidades que da la vida —dijo Wendley Roper.
Beech encendió otra lámpara de aceite que estaba sobre un ropero muy alto y les alumbró el paso con un resplandor imperfecto mientras subían con sus mochilas. En el primer piso había varias puertas grandes, como si fueran habitaciones de un hotel de estación de tren, pero no se veían muebles por ningún lado; tampoco había alfombra ni en las escaleras ni en el piso. En la parte más alta de la casa, Beech les indicó un cuarto cuya puerta estaba cerrada con llave. No se hizo a un lado para dejarlas pasar primero, sino que entró directo y corrió unas gruesas cortinas para tapar la ventana después de dejar la lámpara en el suelo. Las mujeres lo siguieron. Adentro había una pesada alfombra café, pero el cuarto era de una rusticidad indisputable. Fuera de la alfombra y de las cortinas a juego, el mobiliario consistía exclusivamente en una base de cama. Era una base de hierro desnuda, sin pulir y fea.
—Enseguida les traeré agua caliente, como dijo el señor Roper. Y más tarde les traeré una palangana, toallas, unas sillas y demás.
—Gracias —dijo Margaret.
Beech se retiró y cerró la puerta.
—¿Tendrá cerrojo la puerta? —Mimí atravesó el cuarto—. No, necesita llave. Beech la tiene en su llavero. No me gusta ese tipo.
—Ni modo. —Margaret ya se había quitado la ropa y se estaba secando con una toallita que sacó de su mochila.
—Yo no estoy tan mojada como tú, pero qué frío hace para la época. —El atuendo alternativo de Mimí consistía en un suéter gris oscuro con cuello polo y unos pantalones de franela más ligeros. Se los puso rápido, pero antes, un brasier y unos calzones para marcar el contacto renovado con la sociedad—. Es una pocilga, ¿no? —continuó—, pero supongo que tenemos que estar agradecidas.
—A mí me cae bien el anfitrión. Por lo menos no titubeó al dejarnos pasar. —Margaret se secaba sistemáticamente.
—También tiene linda voz. —Mimí decidió que iba a estar más abrigada con el suéter fajado en los pantalones, y se lo acomodó—. A diferencia de Beech. Él tiene voz de mermelada de ciruela. Por cierto, ¿dónde están las vigas?
El cuarto, mucho más largo que ancho, sólo tenía una ventana en cada extremo, ambas muy alejadas entre sí, y estaba techado con yeso común, aunque agrietado y sucio.
—Supongo que estarán encima.
—¿Allá arriba? —Mimí señaló una trampilla en una esquina del techo.
Margaret no la había visto. Pero antes de poder hablar, el cuarto se llenó de un rugido repentino in crescendo que hizo vibrar las enormes duelas, y el ligero armazón de la cama saltó sobre ellas. Incluso las grandes piedras negras de los muros parecían temblar y chocar entre sí ligeramente.
—¡Los trenes!
Mimí corrió hacia la ventana, volvió a abrir las cortinas, levantó el vidrio y saludó con una emoción repentina mientras el escándalo bajaba hacia Pudsley.
Luego gritó:
—¡Margaret, la ventana tiene barrotes!
Pero la atención de Margaret estaba en otro lado. Durante el estrépito se había abierto la puerta, y Beech, con un gran bote humeando en una mano y una palangana grande y vieja colgando de la otra, estaba dentro del cuarto, y ella, absurdamente desnuda.
—Discúlpenme, por favor —dijo—. Creo que no me oyeron tocar.
—¡Salte! —gritó Mimí, en llamas, con el alma encendida por un tabú inmemorial.
—Está perfectamente bien —intervino Margaret, con la toallita mojada en la mano.
—Voy por unas toallas.
Se fue otra vez. No se veía perturbado en absoluto.
—No lo pudo evitar —dijo Margaret—. Fue el tren.
Mimí bajó la ventana y volvió a correr las gruesas cortinas.
—Tengo una idea —dijo.
—¿Qué cosa? ¿Sobre Beech?
—Te digo luego. Voy a esperarlo en la puerta.
Pronto regresó Beech con dos grandes toallas de baño y una enorme barra de jabón perfumado caro, sospechosamente nueva. Margaret había llenado la palangana, que tenía rosas dibujadas en toda la orilla, con la gloriosa agua caliente; pero antes de lavarse, Mimí se paró junto a la puerta para recibir dos simples sillas de madera, un toallero de madera grande y una bacinica muy amplia. Luego, Beech bajó para ayudar con la cena.
—Les voy a poner otra cama y traer sábanas y cobijas —dijo mientras su alta figura bajaba por la escalera tenebrosa, iluminada a intervalos por lámparas de aceite que titilaban sobre ménsulas.
Mimí se arremangó el suéter y sumergió sus gruesos brazos hasta los codos. Margaret se estaba poniendo una faja. Su muda de ropa consistía en otra blusa, similar a la que había empapado la lluvia, pero tiesa y limpia, una falda de lino color crema a una altura moderna y una corbata que hacía juego con la falda. También llevaba dos pares de medias caras y otro par de zapatos más ligeros que los de Mimí. No tardó en quedar vestida, con la corbata puesta, y se estaba tratando de subir las medias por unas piernas que la intemperie había vuelto terriblemente ásperas. Se sentía de maravilla: seca, cálida y bien. Su ropa interior le daba una sensación deliciosa. Sintió que, después de todo, las cosas podían haber resultado peor.
Mientras Margaret se vestía, Mimí se había estado tallando manos y brazos, y luego había sometido su corta cabellera a un cepillado vigoroso y extenso con un cepillito de cerdas hirsutas. Estaba demasiado ocupada como para hablar. Siempre le dedicaba una concentración a su aseo personal que Margaret no le hubiera concedido ni a su primera cita en vestido de noche con un hombre.
Con una media abrochada al liguero y la otra nublándole el tobillo, Margaret se inclinó hacia atrás cómodamente y preguntó:
—¿Cuál era tu idea?
Mimí regresó cepillo y peine a su mochila:
—Creo que es obvia. La vieja señorita Roper estaba loca.
El cálido mundo de Margaret menguó un poco:
—¿Lo dices por los barrotes de la ventana? Esto puede haber sido un cuarto de bebé.
—No sólo por eso. ¿Te acuerdas de lo que dijo? “La forma en que murió fue muy angustiante.” Y eso no es todo.
—¿Qué más?
—¿No te acuerdas de que saludaba a los trenes?
—No creo que eso signifique que estuviera loca. Tal vez sólo se sentía sola.
—Fue demasiado tiempo para sentirse sola. Vamos abajo, si ya estás lista.
Beech las estaba esperando en el pasillo sombrío:
—Por aquí, por favor.
Abrió una enorme puerta y entraron al comedor.
Charolas grandes, platos y cubiertos cubrían el extremo lejano de una mesa de madera que parecía muy pesada, en cuya cabecera estaba sentado su anfitrión, con un lugar puesto a cada lado. El cuarto estaba alumbrado por dos lámparas de aceite crepitantes, vastas y anticuadas que colgaban de pesadas molduras circulares en el techo descolorido. La chimenea de mármol y hierro iba muy a juego con las sillas de salón prácticamente inamovibles. De la lincrusta verde oscuro de las paredes colgaban grabados con vidrios tan sucios que, bajo esa débil luz verde, era difícil adivinar los temas. Un reloj redondo y simple sonaba como torniquete desde lo alto de la chimenea. Cuando aparecieron las mujeres, saltó de las dos y veintiséis a las dos y veintisiete. Por costumbre, Mimí consultó su reloj. Apenas pasaban de las ocho.
—En cuanto entraron a la casa, se detuvo la lluvia —comentó Wendley Roper para recibirlas.
—Entonces mejor nos vamos después de cenar —dijo Mimí.
—Claro que no. Sólo quería decir que, si hubieran llegado unos minutos después, quizá me habría perdido del placer de su compañía. ¿Se quiere sentar aquí? —Le acercó la pesada silla a Mimí para que se sentara a su derecha. Beech hizo lo propio para Margaret—. Estaría desconsolado. Las dos se ven sumamente atractivas.
Beech desapareció y regresó con una sopera tan vasta que ninguna de ellas hubiera pensado en tratar de levantarla. Roper les sirvió sopa. Mientras lo hacía, el rugido de un tren sonó afuera.
—Supongo que el ferrocarril llegó un tiempo después de que construyeron la casa —dijo Margaret, pues sintió que la situación exigía hablar al respecto.
—En absoluto —contestó Roper—. El mismo hombre que construyó las vías construyó la casa. Fue mi abuelo, Joseph Roper, mejor conocido como Joe el Ancho. A Joe el Ancho le gustaban los trenes.
—Por aquí no hay mucho mejor compañía —subrayó Mimí mientras ingería la sopa caliente.
—Esta fue una de las últimas vías principales en construirse —continuó Roper—. Todos decían que era imposible, pero les entusiasmaba de cualquier manera, en parte porque la tierra en este valle era muy barata, y lo sigue siendo. Pero mi abuelo era un genio de la ingeniería, y al final, lo logró. Los grabados de esta habitación muestran las distintas etapas del proyecto.
—Supongo que lo concibió como su obra maestra y quería vivir junto a ella cuando se retirara —comentó Margaret con cortesía.
—No cuando se retirara. En realidad, nunca se retiró. Construyó esta casa desde que iniciaron las obras y vivió aquí hasta el final. Las vías tardaron veinte años en construirse.
—No sé mucho de construcción de vías férreas, pero eso suena a mucho tiempo.
—Hubo ciertas complicaciones que mi abuelo nunca se imaginó. Los costos de esas complicaciones dejaron a la compañía en ruinas y, en consecuencia, se tuvo que fusionar. Mi abuelo estuvo a punto de volverse loco. —Margaret no pudo evitar lanzarle una mirada a Mimí—. Todo conspiró en su contra. Sucedieron cosas que él no había buscado.
Beech reapareció, levantó la sopa y la sustituyó por una pila de salchichas contenidas por una muralla de puré de papa. Mientras maniobraba con el plato caliente y pesado, Margaret notó un gran anillo de un negro azabache opaco en el dedo medio de su mano izquierda.
—Es un menú primitivo —se disculpó Roper—. Es lo único que se consigue en estos tiempos.
No obstante, a las dos mujeres les pareció sumamente apetitoso.
—Ahora que lo menciona, veo lo que podrían llamarse influencias del ferrocarril en la casa —dijo Margaret.
—Mi abuelo vivió en una época en la que un ingeniero ferroviario era responsable de todos los detalles del diseño. No sólo de los túneles y puentes, sino de las locomotoras y de los vagones, de las estaciones y de la señalización, incluso de los carteles y boletos. Era el único responsable de todo. Un hombre educado jamás hubiera soportado la presión. Joe el Ancho era autodidacta.
A intervalos durante la cena, los trenes en marcha hacían temblar la mesa y todos los objetos pesados que estaban sobre ella.
—Ahora, cuéntenme de ustedes —dijo Wendley Roper, como si acabara de concluir el relato de su propia vida—. Pero primero, sírvanse otra salchicha. Después sólo hay fruta cocida. —Ellas aceptaron.
—Somos servidoras públicas —le contó Mimí—. Así nos conocimos. Yo soy de Londres y Margaret, de Devonshire. Mi padre es estilista y el de Margaret es un lord. Listo, ya sabe todo de nosotras.
—Un lord en completa bancarrota, siento decirlo —añadió Margaret en voz baja.
—Tengo entendido que en estos tiempos hay más lores en bancarrota —dijo Roper con empatía.
—Y muchos estilistas también —agregó Mimí.
—Todos menos los servidores públicos, en realidad, ¿no? —dijo Roper.
—Por eso somos servidoras públicas —contestó Mimí mientras le quitaba la piel no comestible a su última salchicha—. Aunque usted no parece estar en bancarrota —agregó. La comida estaba dándole vitalidad.
No contestó. Beech había entrado con un gran platón de vidrio, de corte profundo pero poco estético, lleno de ciruelas cocidas.
—La fruta local —dijo Roper desanimado.
Pero incluso se comieron las ciruelas cocidas.
—Estoy absolutamente encantado de tenerlas aquí —recalcó después de servirles—. Casi no veo a nadie. Mucho menos a mujeres atractivas.
Su tono era tan directo y sincero que Margaret se sintió halagada de inmediato. Dado que hasta ese año que consiguió trabajo había vivido toda su vida en un contexto de problemas económicos desesperados y, como ella pensaba, inmerecidos, y en un distrito rural remoto, había tenido muy poco contacto con hombres. Incluso un cumplido tan simple de un hombre bien parecido y culto seguía teniendo un significado desproporcionado para ella. Se dio cuenta de que Mimí parecía no estar notando nada.
—No sé qué hubiera sido de nosotras sin usted —comentó Margaret.
—Comida para cuervos —respondió Mimí.
De pronto, la conversación se distendió y se volvió más bien cordial, íntima y general. Roper se mostró como un hombre inteligente, bien informado y buen escucha ante seres menos inteligentes y bien informados, al menos si eran mujeres jóvenes. La conversación de Mimí se volvió mucho más regular y más mordaz que de costumbre. Margaret, en cambio, empezó a hablar cada vez menos, mientras que su disfrute iba en aumento.
—Beech nos llevará café a la sala de estar —anunció Roper—, si es que “sala de estar” es la expresión correcta.
Pasaron por el vestíbulo hacia otra habitación lúgubre, tapizada de libros que parecían oficiales: largas series de volúmenes forrados de tela color azul oscuro o de papel grueso con bordes toscos. Ahí también había dos lámparas complejas, pero no muy eficientes, silbando y chorreando del techo artesonado. El mobiliario consistía en sillones y sofás forrados de piel, bastante pasados de moda, y, frente a la ventana al fondo del cuarto, un escritorio inmenso con montones de documentos abandonados y llenos de polvo. Por todo el lugar había modelos de locomotoras a escala extintas hace tiempo en cajas de vidrio y aparatos obsoletos para la seguridad ferroviaria. Sobre el marco de la chimenea de mármol rojo había una impresión de un accidente de ferrocarril coloreada a mano.
—De verdad que guarda las cosas tal como las dejó el viejo —dijo Mimí.
—Es una casa de muertos —aclaró Roper—. Mi tía, ya se imaginan. Nunca dejaba que tocaran nada.
Beech les llevó el café: no muy bueno y servido en tazas bastante grandes, pero caliente. A Margaret le seguía pareciendo fría la casa. Esperaba no amanecer enferma después de la empapada y el estrés del día. Sin embargo, siguió escuchando a Mimí y a Roper platicar en una armonía sorprendente; cada tanto hacía una observación propia, y, en retrospectiva, le asombraba que al final hubiera salido todo tan bien. Ella fue la que sirvió el café.
¿De qué estaban hablando Mimí y Roper? Él le preguntaba a ella muchos detalles sobre su aburrida rutina de oficina; ella inquiría con improbable entusiasmo sobre la historia temprana del ferrocarril. Ninguno de los dos podía estar genuinamente interesado en el tema del otro. Todo era muy irreal, pero cómodo y placentero. Y aunque muchos aspectos de los que hablaba Roper despertaran la curiosidad de Margaret, no dijo nada sobre sí mismo. Cada tanto pasaba un tren.
—Una pensión a los sesenta no compensa haber sido un número toda tu vida. Una cifra. De vez en cuando te quieres salir de las vías.
—Pero sólo llegas a una vía secundaria, a un callejón sin salida —dijo Roper con verdadero desaliento—. Es difícil dejar las vías por completo y seguir avanzando.
—¿Ha tratado? ¿A qué se dedica usted?
Mimí se había tardado mucho en preguntar eso. Despreciaba a los hombres inactivos.
—Trabajaba en la oficina de la compañía ferroviaria. Todos los Roper estábamos en el negocio, como se podrán dar cuenta. Yo fui el único que se salió a tiempo.
—¿A tiempo para qué?
—A tiempo para cualquier cosa. Mi padre era el gerente comercial de la compañía. Tratar de salvar la empresa lo mató. Las cosas ya no son como eran antes con los ferrocarriles, ya saben. Mi abuelo murió atropellado justo afuera de esa ventana. —Señaló hacia el escritorio polvoso al fondo del cuarto.
—¡Qué cosa más terrible! —dijo Margaret—. ¿Cómo fue?
—Después de tomar ese trabajo, no volvió a tener suerte. ¿Saben que dos sustancias perfectamente inofensivas pueden generar algo mortal si se mezclan? Construir el ferrocarril en este valle fue precisamente eso para mi abuelo. Pasaron muchas cosas… A este valle le encantan las tormentas repentinas. Una noche, cuando inició una, mi abuelo creyó haber oído que se caía un árbol. ¿Vieron los árboles alrededor de la casa? La idea original era que dieran abrigo. Mi abuelo pensó que quizás el árbol se había caído sobre las vías. Estaba tan preocupado que se le olvidó el horario de los trenes, aunque por lo general tenía cada movimiento en la cabeza. Se pueden imaginar lo que pasó. El ruido del tren que se acercaba se ahogó en el viento. O eso decidieron en la investigación.
Cuando un extraño cuenta una historia de ese tipo, siempre es difícil saber qué decir, y existe la tendencia a llenar el vacío con alguna pregunta vana:
—¿Y sí estaba el árbol sobre las vías? —preguntó Margaret.
—No. No se había caído ningún árbol. El viejo se equivocó.
—Entonces la investigación fue bastante laxa.
—Joe el Ancho siempre había esperado tener un final trágico, y el jurado estaba conformado por puros locales. En general, no lo estimaban. Hizo que su hija rompiera su compromiso con un ferrocarrilero de la estación de Pudsley. No quería que se casara con alguien de un estrato inferior y todo eso. Pero resultó que estaba un poco equivocado. El tipo llegó al Parlamento y terminó por irle mucho mejor que a mi abuelo, que se quedó en el negocio de los trenes. Para entonces, por supuesto, ya era demasiado tarde. Y, de cualquier forma, mi abuelo ya estaba muerto.
—¿Esa era su tía? —preguntó Mimí.
—La hermana de mi padre, sí —contestó Roper—. Ahora, cambiemos de tema. Cuéntenme del alegre mundo londinense.
—Nunca lo vemos —dijo Mimí—. Siempre andamos de un pendiente a otro.
A Margaret le pareció un momento oportuno para ir por su suéter; seguía teniendo frío. Subió por él. En cierto sentido le hubiera gustado irse a dormir después de ese día tan agotador, pero también sintió una reticencia inexplicable, ni siquiera consciente, de dejar a Mimí y a Roper platicando tan solos, en una intimidad total. Luego, al subir las sombrías escaleras con sus horribles barandales pulidos en madera oscura, le sucedió algo que le hizo olvidar el sueño por un rato.
El incidente fue pequeño y perfectamente razonable; sin duda fue la oscuridad mortal de la casa lo que hizo que pareciera temible. Cuando llegó al primer piso, vio una figura que parecía alejarse con prisa de ella y luego desaparecer por una de las puertas de paneles. La impresión de lo furtivo podía deberse tan sólo a la débil iluminación, pero con respecto al abrir y cerrar de la puerta, los oídos de Margaret no la engañaban. También confirmaron el testimonio mucho menos confiable de sus ojos sobre otro punto: los pies que se alejaban taconearon; la figura medio visible sin duda era una mujer. Parecía llevar un abrigo y una falda oscuros, lo que dejaba entrever mejor la claridad de sus piernas.
Apagando sus miedos absurdos y bastante indefinidos, Margaret subió al segundo piso y entró al cuarto. A fin de cuentas, era muy probable que Beech no hiciera todo el trabajo de la casa: lo más seguro era que el personal de Roper consistiera en una pareja de esposos. Margaret se sentó en una de las sillas duras que Beech les había llevado y enfrentó su miedo con más especificidad. Tomó forma ante su mente: una figura de cera sin rostro llamada “señorita Roper”, loca, muerta, resucitada horriblemente. El atuendo de la figura que había visto no era el del trágico relato victoriano de Wendley Roper, pero la señorita Roper había muerto hacía poco y quizás había seguido el ritmo de la moda, como hacen cada vez más ancianas. Sin embargo, eso hubiera sido menos probable si de verdad se había vuelto loca, como sugería Mimí y como requeriría la historia del compromiso roto si la hubiera narrado uno de los tantos novelistas de la época.
El cuarto donde estaba Margaret lo había presenciado todo. De pronto, cuando recordó ese dato, sintió como si las mugrientas y desgastadas paredes tapizadas se sacudieran hacia ella, como si todo el ático largo y estrecho se contrajera amenazante. Aunque fuera muchísimo más grande, de pronto Margaret vio el cuarto como si tuviera las proporciones de un vagón de tren, semejanza que aumentaba por el extraño acomodo de las ventanas, una a cada lado. Las ventanas de los trenes viejos por lo general tenían barrotes; Margaret tenía apenas la edad suficiente para saberlo. Ese recuerdo le trajo más comodidad de la estrictamente razonable. Al relajarse un poco, se dio cuenta de que llevaba un rato sentada sin moverse. Tenía los músculos tiesos y podía escuchar los latidos de su corazón; era difícil saber si iban o no al ritmo acostumbrado. Debió de haber pasado un tiempo sentada en ese trance de terror. Pero el único reloj que llevaban lo traía puesto Mimí, pues el suyo se lo habían robado mientras se lavaba en el baño de mujeres de un restaurante caro adonde la había llevado su papá por su cumpleaños. Además de todo, tenía más frío que nunca. Sacó el suéter de su mochila y se lo puso. Tenía cuello en V y manga larga. La calidez de su elegante lana negra de punto cerrado era muy alentadora. Antes de volver a bajar, Margaret ajustó la lámpara que les habían dejado en el cuarto. Luego recordó que Roper había mencionado que todo el primer piso de la casa estaba ocupado por la colección de su abuelo, cosa que, por alguna razón, no hizo que la visión de la mujer fuera más tranquilizadora. Pero un minuto después cruzó con firmeza el primer piso, aunque, por supuesto, sin tratar de averiguar nada, y llegó a la puerta de la disparatada “sala de estar” sin ningún incidente (para su sorpresa).
Sin embargo, al entrar, de inmediato notó que la atmósfera se había alterado mucho desde que se fue. Sus miedos se detuvieron de tajo, como en un cambio de escena de película, y fueron remplazados por una confusión tan fuerte e indefinida como las sensaciones que había tenido durante el corto periodo entre su visión de la mujer en las escaleras y su llegada al cuarto. Mimí y Roper no sólo estaban sentados juntos en el sillón forrado de piel frente a la chimenea vacía, sino que incluso sintió que se habían separado vulgarmente al oírla volver.
—Hola —dijo Mimí con descaro—. Te tardaste mucho.
Por un momento, Margaret sintió que podía voltear la situación a su favor (según lo que creía) si contaba algunas de las razones de su larga ausencia, pero, en vista del misterio sobre la señorita Roper, decidió abstenerse. ¿Podría ser que no estuviera muerta?, se preguntó de pronto.
—Tú a lo tuyo —contestó al estilo de Mimí.
—Espero que no se haya perdido —dijo Roper con cortesía.
—Claro que no, gracias.
Hubo un silencio corto.
—Me temo que Beech ya se acostó, de lo contrario, les ofrecería algo más de tomar. No tengo más sirvientes.
Tras el tirón inicial que sintió en el estómago, Margaret tomó una decisión muy difícil.
—¿Vive solo aquí con Beech?
—Bastante solo. Por eso es tan agradable tenerlas aquí conmigo. Le estaba diciendo a Mimí que por lo común sólo tengo mis libros. —Era la primera vez que Margaret lo oía usar el nombre de pila.
—Lleva una vida de ermitaño —añadió Mimí—. Investigación, ya sabes. Una vida de perros, si me preguntas. Peor que la nuestra.
—¿Sobre qué investiga? —preguntó Margaret.
—Adivina, querida. —Mimí se veía ya muy cómoda.
—Ferrocarriles. La historia del ferrocarril —contestó Roper con una sonrisa de académico, cansada y desdeñosa, pero al mismo tiempo, sumamente arrogante—. Si eres un Roper, no te lo puedes sacar de las venas. Le estaba enseñando esto a Mimí. —Sostenía un libro con camisa color verde oscuro.
—Primeras eclisas —leyó Margaret— de Howard Cabeza de Toro. —La edición tenía la letra muy cerrada y parecía extremadamente técnica. El libro estaba decorado con algunos pequeños diagramas áridos—. ¿Esto qué tiene que ver con trenes?
—Las eclisas —exclamó Mimí— son lo que mantiene las vías en el suelo.
—Bueno, no precisamente —dijo Roper—, pero algo así.
—¿Quién es el señor Cabeza de Toro?
—Cabeza de Toro en realidad es una broma demasiado técnica. Yo soy el verdadero autor. Prefiero usar seudónimo.
—Todo el libro es un viaje muy emocionante —dijo Mimí—. Wendley va a vender los derechos para cine.
—No me lo puedo sacar de las venas —volvió a decir Roper—. El lema familiar debería ser el mismo que el de Bismarck: “Sangre y hierro”.
—¿Pero quiere sacárselo de las venas? —preguntó Margaret—. Estoy segura de que es un libro fascinante.
Mimí había saltado del sillón.
—¿No quieren una taza de té? ¿Qué les parece si lo preparo yo?
Roper dudó un momento. Margaret pensó que sus pocas inclinaciones a aceptar entraban en conflicto con su deseo de complacer a Mimí.
—Yo te ayudo. —El té por las noches era un hábito tan poco común para Margaret que Mimí se le quedó viendo.
—Eso sería maravilloso —dijo Roper por fin. El deseo de complacer a Mimí había prevalecido, aunque era difícil pensar que pudiera decir otra cosa—. Les muestro la cocina. Qué amables son.
Dudó otro momento; luego, ambas lo siguieron.
Antes de que hirviera la tetera en la fría cocina cuadrangular, la mente de Margaret entró en otro conflicto. Roper ya no le parecía tan cultivado ni encantador como hacia el final de la cena; ahora tenía destellos recurrentes de querer llamar la atención e incluso de ser un poco bobo. Lo exasperante era que ya no podía olvidar que le había parecido atractivo. En su cerebro flotaba, como el punto de luz en una columna de mercurio, ese impulso sobre el cual tenía poca experiencia y una opinión adversa. En otros asuntos, su mente estaba perfectamente clara, por lo que se sentía como dos personas, una que piensa y otra que quiere actuar. Quizás incluso había una tercera, la que siente, y en realidad se sentía muy cansada.
Mimí, que a veces se cansaba muy rápido, parecía completamente incansable. Revisaba de un lado a otro todos los aparatos domésticos, abría los grifos, juntaba los trastes, parloteaba sobre la estufa de gas:
—El gas de aquí no huele. Qué buen servicio.
—El olor se agrega al gas de hulla después, como medida de seguridad —dijo Roper.
—¿Entonces por qué no escogieron un olor un poco más agradable?
—¿Qué sugerirías?
—No digo que Chanel, pero algo como pasto recién cortado o rosas.
—La Junta de Gaseros no quiere que sus clientes se enamoren de una muerte tranquila.
—¿Cuál es tu método favorito de suicidio?
Aunque ese era uno de los temas más recurrentes de Mimí, Margaret hubiera preferido que eligiera otro. Pero Roper sólo contestó:
—La edad, yo creo.
Parecía que Mimí lo tenía fascinado. Ni él ni Margaret estaban haciendo nada para ayudar con la preparación. Al final, Mimí empezó a cantar y el intercambio de opiniones vacías acabó.
Mientras Mimí llenaba la tetera, Roper salió de la cocina de improviso.
—¿Te gusta? —le preguntó Margaret.
—Normal. ¿Habrá algo para comer con el té? —Mimí empezó a husmear en las grandes paneras metálicas que tañían al abrirse.
—¿Has descubierto algo más de él?
—Absolutamente nada.
—¿No crees que todo es bastante raro?
—Hay de todo en el mundo, querida.
—Parece que se necesita ser muy raro para dedicarse a los ferrocarriles. Tú misma dijiste…
Pero Roper regresó.
—Pensé que deberíamos terminar esta encantadora velada en mi guarida; mi estudio, ya saben. Es mucho más cálido y acogedor. No suelo mostrárselo a las visitas. Me gusta mantener un lugar privado. Para trabajar, ya saben. Pero ustedes no son visitas ordinarias. Acabo de revisar e incluso está prendida la chimenea. —Esta última observación le pareció aún más extraña a Margaret por la forma en que fue dicha, como si hubiera preparado de antemano una trivialidad demasiado ligera como para sonar convincente—. Acompáñenme. Déjenme llevar la charola.
—Estaba buscando algo de comer —confesó Mimí—. ¿Crees que Beech haya guardado algunos bollos o algo?
—Hay un poco de tarta en mi guarida —dijo Roper, como héroe de un buen libro para chicos.
Esa vez, la puerta estaba abierta y la habitación inundaba el pasillo con una alegre luz.
Era totalmente distinta a cualquier otra habitación que hubieran visto en esa casa, y no parecía una guarida en absoluto, ni siquiera un estudio. Las lámparas eran modernas, eficientes, adecuadas y decorativas. Los sillones eran suaves y cómodos. La maldición ferroviaria (como la concebía Margaret) parecía totalmente ausente. Como había dicho Roper, el fuego era excelente, en una chimenea moderna con orilla de mosaicos holandeses poco emocionantes, pero nada desagradables. Esa parecía la verdadera sala de estar de la casa.
—¡Qué lugar tan lindo! —exclamó Mimí—. Por fin parece que hay una mujer en casa. ¿Por qué no vinimos antes para acá?
Su creciente dominio de la situación le resultó casi estridente a Margaret.
—Pensé que la ocasión se prestaba a una mayor formalidad.
—Qué envidioso, déjame decirte —Mimí se tendió en un sofá y extendió las piernas empantalonadas—. ¿Nos sirves, Margaret?
Margaret —consciente de que, aunque en ese momento Mimí era la que debía causar mala impresión, era ella quien, si bien de forma injusta, la estaba causando— repitió con el té el mismo procedimiento que ya había hecho con el café. Roper había puesto la charola en la mesita al lado del sillón en donde se sentaría Margaret, junto al fuego, y ahora le llevaba una de las tazas llenas a Mimí. Le sirvió leche con una intimidad protectora y parecía que una de las bromas obvias de Mimí sobre la cantidad de azúcar que necesitaba le resultaba graciosísima. Se movía muy bien, pensó Margaret. Además, Mimí tenía razón sobre su voz. Sin embargo, aunque sus observaciones casi nunca fueran sobre sí mismo, parecían, a la luz de ese hecho, sumamente ególatras. Hubiera sido terrible tener que escucharlas toda la vida.
De pronto, traía una tarta en las manos. Ninguna de las dos vio de dónde había salido, pero, cuando apareció, ambas se dieron cuenta de que seguían teniendo apetito. Sabía a vainilla y tenía una cubierta de azúcar.
En la cocina, Margaret se había percatado de que, a pesar de la hora, el tráfico en las vías parecía haber aumentado bastante, pero en ese cuartito el ruido estaba muy bien aislado, pues las vías quedaban al otro lado de la casa. No obstante, se seguían oyendo trenes con frecuencia.
—¿Por qué pasan tantos trenes? Debe de ser casi medianoche.
—Mucho más tarde, querida —intervino Mimí, la cronometrista. El hecho parecía darle una felicidad particular.
—Veo que no están acostumbradas a vivir junto a unas vías —dijo Roper—. Durante los horarios de viaje ordinarios se evitan muchos tipos de tráfico. Lo que oyen ahora son trenes de carga que no se ven cuando las estaciones están abiertas. Un ferrocarril es como un iceberg: muy poco de su funcionamiento es visible para el espectador casual.
—Quizá no sea visible, pero es bastante audible.
—¿Les molesta el ruido?
—No, por supuesto que no. Pero, ¿de verdad no para nunca?
—No, nunca, día y noche. Por lo menos en las líneas principales, como ésta.
—Supongo que usted ya ni lo siente.
—Lo siento cuando no está. Si un solo tren se sale de su horario habitual, me altero un poco. Incluso aunque esté dormido.
—Pero seguro sólo los trenes de pasajeros tienen horarios establecidos.
—Querida Margaret, absolutamente todos los trenes tienen un horario. Cada tren de mercancía local, cada movimiento de ferrocarril ligero. Aunque por supuesto que eso no aparece en la guía de horarios que compras por seis peniques en la estación. Ahí sólo aparece una pequeña fracción de todos los movimientos. Ni siquiera el encargado del mostrador sabe prácticamente nada sobre el resto.
—Sólo Wendley sabe cómo funciona todo —dijo Mimí desde el sofá.
Los otros dos estaban sentados cada uno a un lado del fuego; ella estaba echada y platicaba cuan larga era. Margaret se dio cuenta de que era la primera vez que Roper usaba su nombre de pila. Parecía que llevaba horas tuteando a Mimí. De pronto, al observar a Mimí despatarrada en sus pantalones y su suéter ajustado de cuello alto, Margaret vio todo más claro que en un libro: Mimí era muy atractiva; ella, en cambio, no. Y nada más en la vida, en el mundo entero, contaba de verdad. Nada de nada. Ser más lista; ser en general más amable (según creía); ser más refinada; ser hija de un lord: esas cosas eran polvo debajo de las ruedas del carruaje de Mimí, elementos en la larga e indeseable impedimenta de la vida. Margaret extendió las piernas, impropia.
—¿Me sirves otra taza de té? —le pidió Mimí. Su cabecita redonda era cautivadora.
—Aquí está —dijo Margaret—. Ahora me disculparán, pero me voy a la cama. Creo que me caería bien dormir después de la empapada.
—Soy una bestia —exclamó Mimí con empatía—. ¿Te ayudo en algo? ¿Qué tal una botella de agua caliente, Wendley? Margaret es tan indefensa como una mariposa. Siempre la tengo que cuidar.
Sin duda, Mimí también era bastante linda.
—Una botella de agua caliente no, por favor —contestó Margaret—. Todavía no es temporada. Estoy bien, Mimí. Te veo al rato. Buenas noches.
Entre la empatía y el deseo de sacarla del cuarto, pensó Margaret mientras subía las escaleras, Mimí no tenía ningún conflicto en absoluto; simplemente vivía sus emociones una tras otra sacándoles todo el jugo posible y, sin duda, dando todo de sí también.
Esta vez no vio ninguna vaga figura alejándose de las escaleras: o quizás era que sus pensamientos esperaban un fuego fatuo distinto. En cuanto entró al cuarto, se dio cuenta de que la segunda cama que les habían prometido estaba ahí, tan delgada y frugal como la primera. Estaban bastante alejadas entre sí. Margaret era incapaz de decir si ya había estado ahí o no cuando entró al cuarto por última vez.
Con la cabeza todavía repasando la escena de abajo y zambulléndose en ella, eligió la cama más alejada a la puerta. En ese momento sentía que Mimí no necesitaba ninguna consideración particular. Se desvistió en esa atmósfera húmeda y dejó la ropa con insólito descuido en una de las dos sillas oscuras de patas delgadas; luego, durante el golpeteo de un tren en las ventanitas con barrotes a cada lado del cuarto y el consiguiente movimiento de las cortinas que dejó entrar el resplandor infernal de afuera, se puso su piyama y se metió a la camita apretada. Se dio cuenta por primera vez de que no había sábanas, sólo cobijas pegajosas. Su falta de valor y el frío le impidieron apagar la única lámpara de aceite. Se abotonó la camisa hasta arriba y lamentó que no tuviera manga larga. Rechazar la botella de agua caliente había sido una muestra de dignidad absurda, una agresión ridícula.
No lograba quedarse dormida. Su mente había armado una danza diabólica que, en el mejor de los casos, duraría horas. Esa cama era la primera realmente incómoda en la que había dormido en su vida: era tan angosta que las cobijas de tamaño normal estaban restiradas hasta tal punto que se traslapaban por debajo del colchón y la atrapaban dentro; tan angosta que los resortes baratos y duros de la estructura tubular no cedían ante el peso del cuerpo, y el colchón no alcanzaba a aminorar el patrón en forma de diamante de las salientes metálicas. Aunque de día le gustara usar ropa muy pegada al cuello, se dio cuenta de que en ese momento la sensación de tener algo ahí, aunque la temperatura se lo exigiera, la hacía sofocarse. Y, desde que tenía memoria, nunca había podido dormir con luz en el cuarto. Encima de todo estaban los trenes: descubrió que no le molestaban tanto las constantes ráfagas de vibraciones, sino el aparente alargamiento de los intervalos de espera. Abajo, parecía que los trenes eran cada vez más frecuentes; ahí arriba, parecían cada vez más espaciados. Margaret pensó que probablemente era una consecuencia de la lentitud con que dicen que pasa el tiempo para quien busca dormir. O quizá Wendley Roper tendría una respuesta en términos de estática gráfica o de sabiduría familiar. El efecto final era como si las corridas de trenes fueran algo subjetivo que sólo existiera en su cabeza, como las largas figuras definidas que obstruyen la visión de quien sufre migraña.
—No se puede dormir así —se dijo, articulando con tal claridad que las palabras parecían venir de alguien más.
Logró salir de las rígidas cobijas, dejó escapar cualquier calidez, se desabrochó el cuello de la piyama y apagó la luz con el soplido más ligero. ¿Qué podía estar haciendo Mimí?, se preguntó con enojo de colegiala.
En cuanto se metió a tientas a la cama oscura, pasó un tren que parecía de una fabricación totalmente nueva. No hubo explosiones de vapor ni ráfagas ni chirridos de ruedas: sólo se escuchó un agudo tintineo sostenido; metálico, inhumano, hueco. Parecía que el nuevo tren iba cuesta abajo, pero Margaret, por primera vez, no podía estar segura. El sonido la asustó mucho. “Es un tren hospital”, le había dicho su madre mucho tiempo atrás, y Margaret había olvidado todos los demás detalles, excepto que eran terribles. “Está lleno de soldados heridos.”
En ese paroxismo de terror, como si esa agonía de la infancia inundara su vida adulta, Margaret debió de haberse quedado dormida, o al menos, inconsciente, pues el siguiente suceso sólo pudo haber sido un sueño o una alucinación. El cuarto parecía bañado en una luz incolora. Y aunque la luz pareciera extremadamente tenue, el proceso en que fue apareciendo y aumentando parecía llevar en marcha mucho tiempo. Cuando se percató de ello, otra parte de su cerebro recordó que tal vez pudo haber sido sólo cuestión de minutos. Trató de empatar la sensación de lo casi infinito con la de lo breve. La luz parecía ser la contraparte visual exacta del sonido que había hecho el tren nuevo. Luego, Margaret vio algo verdaderamente horrible: empezó con el rostro muerto de una anciana viendo hacia arriba, incoloro, con la falta de color exacta de la luz incolora, y terminó con la figura arrugada de la mujer colgando sobre la trampilla que había en la esquina de su lado del cuarto. La señorita Roper se había colgado en el ático; sus canas enmarañadas eran indicador de asfixia.
Las manos de Margaret corrieron aterrorizadas hasta su propio cuello desnudo. Entonces se abrió la puerta del cuarto y entró alguien con una luz.
—Creo que no me oíste tocar.
Cuando Mimí y ella llegaron ahí, Margaret había notado un eco del hombre de la casa de huéspedes en las primeras palabras de Roper; ahora, otra vez, ahí había otro eco, el de la despreocupada disculpa de Beech por el contratiempo que provocó en el cuarto y que despertó la ira de Mimí. Para Margaret era como si una pesadilla hubiera alcanzado ese punto tan frecuente en el que, quien la sufre, aunque todavía no esté despierta, tampoco está fuera del sueño, pero aun así se percata de que es un sueño. Luego, todo volvió a ser una pesadilla profunda, pues Margaret recordó la sombra de la mujer en las escaleras y vio a esa misma mujer dentro del cuarto, con ella.
Margaret se derrumbó. Todavía apretándose el cuello, gritó con voz aguda pero baja:
—Vete. Vete. Vete. ¡Vete! —Como en su infancia.
La extraña mujer se acercó, dejó la lámpara a un lado y la empezó a sacudir por los hombros. En ese instante, Margaret supo que, fuera quien fuera, no era la señorita Roper muerta, y eso era lo único que parecía importar. Dejó de aullar como una niña aterrorizada; luego vio que la mano que seguía sobre su hombro tenía un anillo de un negro azabache opaco, y, al voltear hacia arriba, se dio cuenta de que eran la cara y el pelo negro de Beech, al igual que esa voz indiferente en sus disculpas. La pesadilla avanzó otra vez como tormenta, pero ya sólo durante un lapso de tiempo adulto. A Margaret parecía no quedarle duda de que Beech en realidad era una mujer.
—¿Dónde está tu amiga?
—Se quedó abajo. Yo me vine a acostar temprano.
—¿Temprano?
—¿Qué hora es? No tengo reloj.
—Las tres y media.
Cada detalle de la equívoca situación regresó a la vida en la mente de Margaret, como cuando se encienden a la vez todas las luces del escenario.
—¿A usted qué le importa? ¿Quién es?
—¿Quién crees que soy?
—Pensé que era el mayordomo.
—Yo cuidé a la señorita Roper hasta su muerte.
—¿Eso significa que se tenía que vestir de hombre?
Ahora la mujer parecía traer abrigo y falda grises, y una blusa blanca.
—Wendley no podía vivir en la casa con una mujer con la que no estuviera casado. Con alguien con quien no quisiera casarse.
—¿Por qué no se ha ido, entonces?
—¿Después de lo que le pasó a la señorita Roper?
—¿Qué le hizo a la señorita Roper? —La voz de Margaret era muy baja, pero bastante estable. Todos sus sentimientos estaban muertos, salvo, en lo más profundo, unos celos intermitentes hacia Mimí y una empatía mortal con esa desconocida homicida que estaba junto a ella. Así que pudo agregar, con la estabilidad de antes—: La señorita Roper estaba loca, ¿verdad?
—Por supuesto que no. ¿Por qué lo dices?
—Su padre le impidió casarse. Los barrotes de las ventanas.
—Puedes estar completamente enamorada y no volverte loca, ¿sabías? Y las ventanas de los manicomios no son las únicas con barrotes.
La larga mano blanca con el anillo negro en el anular había permanecido sobre el hombro de Margaret todo ese tiempo. Ahora, con un movimiento brusco, se retiró.
—¿Entonces esto era una cárcel? ¿Por qué? ¿Qué hizo la señorita Roper?
—Algo que tiene que ver con los trenes. Un secreto que había guardado del viejo y no le quería contar a Wendley. Yo nunca pedí detalles; estaba enamorada. Sabes tan bien como yo lo que quiere decir eso.
—¿Qué tipo de secreto? ¿Y por qué tenía que ser secreto?
—No sé qué tipo de secreto. Ya no me importa. Ella no quería que Wendley se enterara porque sabía lo que haría al respecto. Pasó toda su vida tratando de decírselo a otras personas.
—¿Por eso…? —Margaret estaba a punto de preguntar si por eso saludaba, pero se detuvo—. ¿Qué podía haber hecho Wendley al respecto?
—Tu amiga se ha de estar enterando en este instante.
La inesperada afirmación parecía contener el veneno más profundo.
—¿Qué quiere decir con eso? ¿Dónde está Mimí? —Luego, una histeria repentina se apoderó de ella—. Voy a buscar a Mimí.
Se levantó con dificultad de la cama estilo cuna y se lastimó fuerte con el metal. Los trenes parecían haber dejado de pasar desde hacía mucho tiempo y el Valle Silencioso estaba en un silencio terrible.
La mujer se acercó a la sillita barata en donde Margaret había aventado su ropa, tomó la corbata y la sostuvo con las dos manos, con unos treinta centímetros de distancia entre cada una.
Bajo la insignificante luz de una sola lámpara de aceite inició una persecución por el cuarto largo y estrecho.
—En realidad no está de su lado —gritó Margaret, sin importarle nada—. Usted sabe lo que está pasando allá abajo.
La mujer no respondió, pero disminuyó un poco la distancia entre sus manos. Margaret se percató de lo tonto que había sido su error al elegir deliberadamente la cama más alejada de la puerta. Sin embargo, cierta dosis de evasión, como de niños que juegan a perseguirse, seguía siendo posible antes de que la acorralaran contra la pared del fondo, casi debajo de la trampilla del techo. ¡Si tan sólo pudiera alcanzar la otra puerta, la del cuarto! Entonces tendría muchas más posibilidades.
Cuando llegaron a la esquina debajo de la trampilla, Margaret pateó la mochila abierta de Mimí sin darse cuenta de que estaba ahí, pues la tenue luz la tenía oculta. Se agachó.
Tres segundos después, su adversaria estaba tirada de espaldas en el suelo, sangrando a chorros en la penumbra con la sólida navaja de acampar de Mimí en el cuello blanco y grueso. “Es sueca, querida”, le había dicho Mimí. “No está permitida su venta acá.”
No le costó mucho trabajo rebuscar en los bolsillos del saco de la muerta hasta encontrar el llavero de Beech. Fue una suerte, pues el grito de la mujer asesinada, que había irrumpido en los pisos inferiores, provocó pasos corriendo en las oscuras escaleras. La ágil Mimí entró gritando al cuarto:
—Ciérralo con llave. Por Dios santo, ciérralo. —Y Margaret corrió hasta la otra esquina de la habitación “Las Vigas” y la cerró antes de que Wendley Roper, pesado y sin el hábito del ejercicio, llegara al pasillo de afuera. La larga llave giró en la costosa y eficiente cerradura con un chasquido chirriante que seguro reconoció. La puerta de hotel ferroviario era gruesísima, una maravillosa pieza de ebanistería. Margaret esperó con el cuerpo inclinado hacia adelante a que Roper iniciara el forcejeo. Pero lo que se necesitaba era un hacha, y no sucedió nada: ni golpes en la puerta ni una voz ni siquiera pasos retrocediendo.
Mimí, sin saber que el cuarto tenía una tercera ocupante, se sentó en un lado de su cama con las manos estirando los bolsillos de sus pantalones. Jadeaba un poco, pero su peinado era siempre tan corto que no podía estar muy desordenado. Margaret antes había pensado que sus modos eran estridentes; ahora eran insoportables: empezó a soltar una retahíla de insultos, particularmente horribles en presencia de la mujer muerta.
—Mimí, querida —dijo Margaret con amabilidad—. ¿Qué vamos a hacer? —Aún en piyama, seguía tiritando con espasmos.
Mimí, con las manos dentro de los bolsillos, miró a su alrededor:
—Tomar el primer tren al infierno, diría yo.
Aunque no estaba llorando, había algo sumamente desolado en ella. Margaret la quería reconfortar: las experiencias de Mimí habían sido muchísimo peores que las suyas. Le rodeó el cuerpo rígido con los brazos fríos; luego trató de sacarle las manos de los bolsillos para tomarlas entre las suyas. Mimí, aunque no le ayudó, tampoco se resistió. Cuando Margaret tomó sus muñecas, cada una en una mano, un extraño goteo empezó a caer al suelo a cada lado. Los bolsillos de Mimí estaban retacados de boletos de tren.
Margaret le soltó las muñecas, recogió uno de los boletos y lo leyó a la luz de la lámpara de la mujer: “Especial por el Jubileo de Diamante. Pudsley a Hassell-Wicket. Tercera clase. Excursión 2s. 11d. Dios salve a la Reina”. Los puños de Mimí estaban apretando pequeños fajos de cartoncillos rectangulares.
Era imposible avisarle de la mujer muerta.
—Me voy a vestir. Luego nos vamos.
Margaret se empezó a poner la ropa que había usado para la cena. Se abotonó el cuello de la blusa, cálido y agradable al contacto. Buscó su corbata y la identificó en una mano de la mujer muerta, que estaba tirada en el suelo al fondo del cuarto, detrás de Mimí.
—Voy a empacar nuestras maletas.
Ya completamente vestida, Margaret se sentía más valiente y menos vulnerable. Tentó los pies del cadáver para encontrar la mochila de Mimí, y juntó y metió las cosas. Pero, aunque sintió que la omisión era tonta, no recogió la navaja. Al final, había empacado ambas mochilas y estaba cerrándolas con cuidado. Mimí al parecer había vaciado sus bolsillos de boletos y dejado cuatro montoncitos en la alfombra oscura, uno por cada puño y otro por cada bolsillo, y ahora estaba sentada en silencio y aparentemente tranquila, pero sin hacer ningún intento por ayudarla.
—¿Estás lista? Hay que planear.
Mimí la volteó a ver; luego, le dijo en voz baja:
—No tenemos adónde ir. —Y con el gesto más leve, le señaló los cuatro montones de boletos.
Ningún argumento pudo convencer a Mimí de hacer el menor esfuerzo. Sólo se quedó sentada en la cama y dijo que eran prisioneras y que no había nada que hacer.
Al pensar que la cordura de Mimí podía estar afectada, aunque no hubiera signos de ello, Margaret empezó a contemplar la idea extrema de tratar de escapar sola. Pero además de los peligros adicionales para cuerpo y mente (no sabía si Roper estaba parado afuera del cuarto), sintió que le sería imposible dejar a Mimí sola y a su suerte. Dejó su mochila en el suelo junto a la de su amiga. Cuando estaba llena, siempre le pesaba demasiado como para sostenerla mucho tiempo.
—Muy bien. Vamos a esperar a que amanezca. No debe de faltar mucho.
Mimí no dijo nada. Al voltearla a ver, Margaret notó que, por primera vez, estaba llorando. La volvió a abrazar. Ahora su cuerpo era suave, y se besaron con ternura. Venían de ambientes muy distintos y era la primera vez que lo hacían.
A Margaret le entró la desesperada idea de que podían conseguir ayuda. En algún momento tendría que haber visitas de algún tipo y ni ella ni Mimí eran ancianas sin fuerzas. Sus ojos se posaron sin querer sobre la navaja en el cuello de la víctima.
Durante un largo rato estuvieron sentadas muy cerca sin decir nada.
Margaret no había pensado en los trenes en horas. Desde ese extraño tren nuevo, como entre sueños, no había pasado ninguno. Luego, desde la distancia, llegó el ligero fantasma de un silbido de motor. Era totalmente impersonal a esa hora y en ese lugar, mas, para Margaret, estaba lleno de promesas.
Se levantó y abrió las cortinas de una de las ventanas con barrotes.
—¡Mira! Está amaneciendo.
Un destello de luz repuntaba por el horizonte y prometía un buen día, poco usual en esa región montañosa. Margaret, lista para la acción, echó una ojeada al cuarto. El color de su ropa no iba a resaltar en la luz aún débil. El gris de Mimí no era mucho mejor. Sólo había una cosa que hacer. Cruzó el cuarto de un salto y le arrancó un pedazo de tela a la blusa blanca de la mujer muerta, llena de sangre. Luego, con el resplandor creciente, Mimí volteó y vio el cuerpo por primera vez. Margaret abrió de golpe la ventanita y saludó decidida al tren lleno de obreros que se acercaba.