Stories 93 / Random

Stories by robert aickman

las espadas (spanish)

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¿MI PRIMERA VEZ?
Mi primera vez fue la prueba más dura que he tenido en esos asuntos. No fue una experiencia agradable, sino dura. Varias veces he notado que siempre les pasan cosas raras a los principiantes, y a veces creo que sólo a ellos. Cuando le sabes a algo, es pan comido, incluyendo esta cuestión…, al menos, en la mayoría de los casos. Después de las primeras seis mujeres, digamos, o siete u ocho, el resto ya es más de lo mismo.
Yo sí que era principiante; estaba verde como naranja agria. Además, era un verdadero hijo de mami: la vida me aterraba y era un vulgar ignorante. No es que quiera faltarle el respeto a mi vieja madre. Es la mejor del mundo, y sigo llevándome mejor con ella que con prácticamente todas las mujeres.
Ella tenía un hermano, mi tío Elías. Se supone que descendemos de una de las grandes familias de alfareros, pero no sé qué tan cierto sea eso. Mi abue tenía pedacitos de cerámica para demostrarlo, pero siempre es difícil estar seguro. Cuando mi papá murió en un accidente, mi madre le pidió a mi tío Elías que me metiera en su negocio. Era un modesto distribuidor de abarrotes, y sólo de las marcas baratas. Dijo que primero tenía que aprender el oficio saliendo a la carretera. Mi madre estaba muy molesta porque mi padre había muerto en un choque, y porque creía que, inevitablemente, yo acabaría envuelto en riesgos morales, pero no había nada que pudiera hacer al respecto, así que salí a la carretera.
Mi madre tenía razón sobre los riesgos morales, pero yo era demasiado bobo y estaba demasiado asustado como para involucrarme. En la medida de lo posible, hasta evitaba a los demás muchachos que conocía y que también recorrían la carretera. Estaba bastante seguro de que serían mala influencia y, de todos modos, yo siempre acabaría siendo el bebé de la fiesta. Era pésimo vendedor y me sentía completamente solo. No es un decir, me sentía solo de verdad. Odiaba esa vida, pero el tío Elías me había prometido ver por mí y no se me ocurría qué más hacer. Recorrí carreteras durante más de dos años, y luego vi el anuncio de mi trabajo actual en la constructora —lo vi en el periódico local, de hecho—, así que le dije al tío Elías por dónde se podía meter sus abarrotes baratos.
En el trabajo con el tío Elías, la mayoría de las veces nos quedábamos en hoteles pequeños —y algunos tampoco eran malos, en cuanto al cuarto y la comida—, pero en otros sitios había alojamientos especiales que el tío Elías conocía, donde su acompañante habitual, un tipo triste que se llamaba Bantock, y yo, teníamos órdenes de quedarnos. Al día de hoy todavía no sé exactamente por qué. En ese entonces estaba bastante seguro de que mi tío se llevaba alguna comisión, que era lo obvio, pero ahora me pregunto si las muchachas viejas que se encargaban de esos lugares no habrán sido las amantes de mi tío en un pasado más o menos distante. Alguna vez me atreví a preguntarle a Bantock al respecto, pero dijo que no tenía idea. Había muy pocas cosas que Bantock admitiera saber sobre cualquier tema que no fuera el precio actual del cereal o de la cinta adhesiva. Llevaba cuarenta y dos años en la carretera trabajando para mi tío cuando un día cayó muerto de una trombosis en Rochdale. La señora Bantock, al menos, había sido una de las mujeres de mi tío por periodos intermitentes durante años. Todo el mundo lo sabía.
Las mujeres que administraban esos lugares definitivamente se comportaban como si fuera cierto lo que acabo de decir. Ustedes nunca han visto ni oído esos tugurios. Había ruido toda la noche, de modo que era imposible dormir bien, y llegaban putas semidesnudas a tocar desesperadas a tu puerta, gritando que las habían estafado o estrangulado. Algunos de los viajeros incluso llevaban niños, algo que nunca he podido comprender. Lo lees en las noticias y escuchas algún chisme, y yo lo he visto pasar muchas veces, como ya dije, pero sigo sin entenderlo. Y ahí estaba yo en medio de todo eso, puro e inmaculado. La encargada del lugar se burlaba de mí. No sé cómo lo soportaba el viejo Bantock; nunca estuve en uno de esos lugares al mismo tiempo que él. Pero lo chistoso es que mi madre creía que yo estaba mucho más seguro en esos alojamientos especiales, porque estaban garantizados por su hermano, quien nos obligaba a quedarnos ahí por nuestro propio bien.
Claro que sólo era en algunas noches del recorrido. Pero siempre era cuando estaba muy solo. Noté que cada vez que Bantock me presentaba a alguien para abrirme más puertas era en un sitio donde pudiéramos hospedarnos en hoteles comerciales. De todos modos, él tenía que quedarse en esos lugares especiales cuando surgía la necesidad, igual que yo, aunque nunca quisiera hablar al respecto.
Uno de los sitios en la lista del tío Elías era Wolverhampton. Llegué ahí por primera vez cuando llevaba unos cuatro o cinco meses en el empleo. De ninguna manera era el primero de esos alojamientos que conocía, pero justo por eso se me hundió el corazón en cuanto puse un pie en el lugar y me recibió la misma vaca amodorrada de costumbre, de tubos y mandil sucio.
No había nada que hacer. Ni siquiera había dónde sentarse para ver la tele. Lo único que se te podía ocurrir era salir a emborracharte o conseguir a una mujer en el cine y llevártela a tu cuarto. Ninguna de las dos opciones se me antojaba mucho, así que acabé vagando por la ciudad. Debe de haber sido el final de la primavera o el principio del verano, porque hacía un calorcito agradable, no muy fuerte, y apenas estaba atardeciendo cuando me terminé el té que tuve que ir a buscar a una cafetería, porque el alojamiento ni siquiera tenía eso.
Estaba paseando por las calles de Wolverhampton, con todas las muchachas soltando risitas cuando pasaba junto a ellas, o eso parecía, cuando llegué a una suerte de feria. Como no conocía la ciudad en absoluto, había llegado a la deriva a esa zona venida a menos junto al viejo canal. Las calles principales eran bastante amplias, pero estaban planeadas para el tránsito diurno hacia las fábricas y los patios de maniobras del ferrocarril, y estaban tranquilas y vacías, excepto por el camión ocasional y los niños jugando en las esquinas. En las calles estrechas que se extendían a ambos lados se veían filas de casitas, pero muchas de ellas estaban vacías, con las ventanas rotas o tapiadas, y con hoyos en el techo. Debí haber vuelto sobre mis pasos, pero me atrajo el sonido de la feria; no había canciones populares en los amplificadores ni el sonido de un viejo órgano, sino más bien una suerte de tintineo agudo que de alguna manera encajaba a la perfección con la tarde cálida y el crepúsculo rosáceo. Al principio no podía distinguir qué era ese ruido, pero no tenía nada más que hacer, nada de nada, así que busqué por las calles vacías hasta encontrar lo que sucedía.
Resultó ser una feria muy chiquita, de apenas media docena de puestos, donde algunos niños lanzaban aros o disparaban rifles de juguete. Dos o tres eran puestos cubiertos, y en el centro había un carrusel muy pequeño. Eso era lo que producía la música tintineante. También se veía bonito: tenía una reina de hielo y efectos de glaseado en el centro, y trineos de distintos colores dando vueltas, todos apenas para dos personas, y todos, según recuerdo, con un foco colorido en la punta. En el centro había una chica rubia muy linda, vestida como una suerte de Pierrette. En fin, en ese momento se me hizo muy bonita. Su trabajo era recibir el dinero de la gente que se subía a los trineos, pero el problema era que no había nadie en el carrusel. Ni un alma. No había mucha gente en general, y fue inevitable cruzar miradas con ella. Sentí que parecía un tonto por no tener con quién subirme, así que aparté la vista. No me hubiera atrevido a preguntarle si se quería subir conmigo, y me imagino que no la hubieran dejado. A menos que, quizás, el carrusel fuera suyo.
La feria se había instalado en un terreno que estaba vacío porque habían demolido las casas que lo ocupaban, o tal vez se habían caído solas. Los muros de una antigua fábrica, altos y desnudos, se erguían en dos de sus costados, y el piso era tan burdo y desigual que era como caminar por un pedregal a la orilla del mar. La feria no tenía nada de permanente. Era de ésas que están hoy y se van mañana. No me hubiera sorprendido que no tuviera permiso para instalarse ahí. Dudaba mucho que hubieran llegado a alguna clase de acuerdo para usar el terreno. De inmediato pensé que la vida debía de ser dura para sus dueños. Era evidente por qué ese tipo de ferias han ido desapareciendo; ya no es como en los tiempos de mi abuela, que siempre hablaba de las ferias y los circos maravillosos de su infancia. Los pocos clientes a la vista eran niños, aunque es cierto que ahora los niños tienen casi todo el dinero. Estaban gastando mucho en un puestito donde una mujer apagada vendía helado y manzanas caramelizadas. Pensé que hubiera sido mucho más sencillo y lucrativo concentrarse en eso y entrar al negocio restaurantero en vez de tratar de ofrecerle entretenimiento a la gente que prefiere divertirse en su casa. Pero es muy probable que yo estuviera de un humor plomizo aquella noche. La feria era bonita, chapada a la antigua, pero nunca diría que te alegraba el día.
La chica del carrusel todavía podía verme, y estoy seguro de que me estaba echando una mirada de reproche… y quizá también de desprecio. Por la disposición de la feria, su atracción quedaba en el centro de todo y era imposible alejarse de ella. Debí haberme ido vagando por donde llegué, sobre todo porque los encargados de los puestos estaban empezando a gritarme, pues era prácticamente el único adulto a la vista, cuando, mientras daba la vuelta, vi un puesto cerca de la esquina más lejana, donde se unían los altos muros de la vieja fábrica. Era una carpa cuadrada de lona, muy sucia, con rayas blancas y rojas, y encima de la tela arrugada de la puerta había un letrero burdo, oscuro y horizontal, donde estaba escrito en mayúsculas doradas deslucidas: LAS ESPADAS. Eso era todo. La noche se acercaba rápido, pero no había luz afuera de la carpa y tampoco salía ninguna del interior. Parecía algún tipo de tienda.
Por alguna razón, extendí la mano para tocar la puerta de tela que colgaba sobre el umbral. Estoy seguro de que nunca me hubiera atrevido a abrirla para asomarme. Pero bastó con tocarla. La abrieron de inmediato y vi a un joven que inclinaba la cabeza hacia un lado como para atraerme hacia adentro. Noté que había una suerte de espectáculo. En realidad, no quería verlo; pero sentí que quedaría como un completo imbécil si me echaba a correr al otro lado de la feria, por muy pequeña que fuera.
—Dos chelines —dijo el joven luego de dejar caer la tela sucia y extender la otra mano, que estaba igual de inmunda.
Llevaba un suéter verde, remendado pero aún con hoyos, pantalones grises mugrientos y unas zapatillas deportivas aún más llenas de mugre. A primera vista, había en el lugar tal cantidad de tierra que me dieron ganas de huir. No había notado esa clase de inmundicia en el resto de la feria.
Huir, sin embargo, no era una opción. Había muy poca gente adentro. Salpicadas por el suelo desnudo e irregular, con ladrillos y vidrios rotos sobresaliendo de la tierra dura, había veinte o treinta sillas de madera que no combinaban entre sí, la mayoría de ellas rotas o defectuosas de alguna forma, todas astilladas y deslavadas. Desperdigado entre esas sillas duras había un público de siete personas. Sé que eran siete porque no me costó trabajo contarlas y porque no tardó en ser un dato importante. Yo era el octavo. Todos venían solos y todos eran hombres: hombres, no niños. Creo que yo era el más joven, por mucho.
Y el espectáculo era algo que no he vuelto a ver nunca. Tampoco lo he oído mencionar. Ni siquiera he visto que lo nombren por escrito. No exactamente.
Había una suerte de plataforma baja de madera oscura y descolorida contra el fondo de la carpa, probablemente pegada a los muros de la fábrica de afuera. Encima de ella estaba parado un tipo fornido haciendo la presentación con una dicción muy burda. Tenía rizos amarillos muy cerrados, del color de la limonada barata, pero ya canosos, y una cara grande y roja con una nariz amplia y labios rojos muy oscuros. Tenía los ojos y las orejas pequeños. Las orejas no parecían estar exactamente en extremos opuestos, si me entienden. No era nada del otro mundo, aunque sí sentí que era muy fuerte, y casi con seguridad podría haberse enfrentado a todos los que estábamos en la carpa a mano limpia y salir airoso. No pude distinguir qué tan viejo era…, ni en ese momento ni después (sí, volví a verlo otra vez… o dos veces). Me imagino que se acercaba a los cincuenta y no parecía estar en muy buenas condiciones, sólo que estaba formado por más músculos que la mayoría de la gente. Estaba vestido igual que el joven de la entrada, pero su suéter no era verde, sino azul oscuro, como si fuera marinero o como si estuviera interpretando a uno. Casi podría pensarse que el lugar era una suerte de carpa de boxeo.
Pero no lo era. A la izquierda del tipo (y justo enfrente de donde yo estaba en la fila del fondo, al borde de todo), había una muchacha despatarrada en una poltrona de tela, tan desteñida y maltrecha como el resto del conjunto. Estaba vestida como de coro francés: llevaba un vestidito negro apretado y brillante, de escote pronunciado, medias de red negras y un par de esos zapatos negros y brillantes con un tacón altísimo que tanto excitan a los hombres. Pero, de todos modos, el efecto general no era particularmente sexi. Las distintas prendas del disfraz habían visto mejores días, igual que el resto del lugar, y la chica misma se veía más enferma que seductora. En otras condiciones, pensé, hubiera sido muy bonita, pero se había maquillado con polvos verdes, por decisión propia o por la de alguien más, y su pelo, peinado en un chongo ajustado, como de bailarina de ballet, no sólo se veía tímido, sino francamente soso. Encima de todo, estaba recostada en la silla en vez de sentada, como si se sintiera débil o estuviera a punto de desmayarse. Definitivamente no estaba haciendo nada para darles alas a los muchachos. Y no es que yo quisiera alas. O eso creía al principio.
Frente a ella, en una esquina de la plataforma, había una montaña de espadas. Estaban apiladas perpendicularmente, como dedos de queso, encima de un banquito negro y cuadrado, como los que hacen en Sedgley y Wednesfield y que venden diciendo que son japoneses, aunque ese ejemplar era bastante sencillo y sin decoración, y estaba muy deteriorado. Han de haber sido treinta o cuarenta espadas, pues la pila tenía cuatro esquinas donde las empuñaduras estaban encimadas diagonalmente. Después pensé que quizás había una espada por asiento, en caso de que alguna vez hubiera casa llena en la carpa.
Si no hubiera visto el letrero de afuera, no me habría dado cuenta de que eran espadas, al menos no en un inicio. No tenían nada de reluciente ni de decorativo. Las hojas eran de un gris opaco y las empuñaduras estaban hechas de algo negro, quizás hasta de plástico. Se veían completamente industriales, producidas en masa, y no se me ocurre dónde las habrían conseguido. No eran floretes de esgrima, sino algo mucho más sólido, y hoy día la demanda de espadas reales ha de ser meramente ceremonial, e incluso ésa debe de ir en descenso. Tal vez fueran espadas de utilería, pero también lo dudo. En fin, eran espadas absolutamente deslucidas, sin uso posible para un regimiento.
No sé cuánto tiempo llevaba el espectáculo antes de que yo llegara, o si el hombre con el suéter de marinero había dado alguna explicación. Casi lo primero que le oí decir fue:
—Y ahora, caballeros, ¿quién será el primero?
No hubo movimiento ni respuesta desde ningún rincón. Aunque, claro, nunca lo hay.
—Ay, vamos —espetó el marinero.
Sentí que estaba tan acostumbrado a lo retrógrada de sus audiencias que ya no estaba dispuesto a consentirlo. No me pareció que fuera un hombre de muchas palabras, aunque a todas luces hablar fuera parte de su trabajo. Tenía un acento muy marcado que identifiqué como del Black Country, aunque en ese entonces no estuviera en posición de asegurarlo, pues yo era de Londres.
No pasó nada.
—¿Para qué creen que pagaron? —exclamó el marinero de una forma que me pareció más hostil que sarcástica.
—Tú dinos —dijo uno de los hombres en las sillas.
Resultó que era el que estaba más cerca de mí, enfrente. No fue muy listo de su parte, y el marinero lo aprovechó.
—Tú —gritó señalándolo con su índice gordo y rojo por haberse hecho el gracioso—. Ven acá. Súbete. Por algún lado hay que empezar.
El hombre no se movió. Me asustó estar tan cerca de él. Tal vez me eligieran después, y ni siquiera sabía qué se esperaba de mí si aceptaba.
Un voluntario salvó el momento. Al otro lado de la carpa, un hombre se puso de pie y dijo:
—Yo voy.
La única luz en la carpa provenía de una lámpara Tilley que siseaba colgada del travesaño del techo (qué atentado a la seguridad, pensé), pero para mí, el voluntario se veía exactamente igual a todos los demás.
—Por fin —dijo el marinero, todavía muy grosero—. Ven acá, pues.
El voluntario avanzó a trompicones por el piso irregular, subió a la plataforma por mi lado y se paró frente a la chica. Ella no pareció moverse. Tenía la cabeza echada tan atrás que, a causa de la distancia, no podía verle bien los ojos. Ni siquiera podía estar seguro de que los tuviera abiertos o cerrados.
—Toma una espada —dijo el marinero con brusquedad.
El voluntario obedeció con bastante reticencia. Parecía la primera vez que tocaba algo así, y, por supuesto, yo no lo había hecho nunca tampoco. Se quedó ahí parado, espada en mano, como un completo idiota. La piel se le veía gris a la luz de la Tilley; era muy flaco y se estaba quedando bastante calvo.
El marinero lo dejó quedarse ahí parado un rato que me pareció eterno, quizá por maldad o quizá por el rencor que le tenía a su manera de ganarse la vida. La atmósfera de la carpa sucia parecía estar llena de tensión e incomodidad, pero el resto del público seguía sentado en sus sillas duras con cara de puro aburrimiento.
Después de bastante tiempo, el marinero, que había estado viendo a la audiencia y hablándole al voluntario por la comisura de la boca, giró sobre sus talones y, aún sin voltearlo a ver, espetó:
—¿Qué esperas? Todavía faltan ellos, aunque no nos vendrían mal unos cuantos más.
Ante eso, otro miembro del público empezó a chiflar.
—¿Por qué no empiezan?
Sentí que se lo dirigía más al marinero o maestro de ceremonias, o cualquiera que fuera su título, que al voluntario.
—¡Vamos! —gritó el marinero, casi con el tono de un sargento—. Clávasela.
Y entonces sucedió esa cosa extraordinaria.
El voluntario pareció temblar un instante y luego le hundió la espada a la chica de la silla. Como estaba parado entre ella y yo, no pude ver por dónde entró la hoja, pero sí que el hombre la había empujado hasta el fondo, porque vi que desaparecía casi toda. De lo que no tengo duda alguna es del ruido que hizo. Es curioso: estamos tan acostumbrados al menos a la idea de que la gente sea atravesada con espadas que, aunque obviamente nunca hubiera visto algo así en mi vida, no me quedó duda de lo que había pasado. El ruido de la hoja rasgando la carne fue tal como era de esperarse, pero se escuchó muy claro incluso tomando en cuenta el siseo de la Tilley. También fue bastante largo. Y horrible.
Sentí a los demás hombres de la audiencia cobrar interés y adquirir vida de pronto. Yo no alcanzaba a ver muy bien qué había ocurrido.
—Sácala —ordenó el marinero de manera muy casual, pero como si hablara con un idiota.
Seguía medio volteado hacia el voluntario y mirando hacia el vacío. No veía nada en particular, sólo se mantenía sereno mientras cumplía con la rutina familiar.
El voluntario sacó la espada. Otra vez oí ese sonido inconfundible.
El hombre seguía parado frente a la chica, pero ahora la punta de la espada descansaba sobre la plataforma. No vi nada de sangre. Por supuesto, pensé que había malinterpretado todo, que me habían engañado como a un niño. Obviamente, era alguna clase de truco.
—Bésala si quieres —dijo el marinero—. Está incluido en el precio.
Y el hombre la besó, aunque yo sólo podía verle la espalda. Con la espada colgando de su mano, se inclinó hacia el frente y hacia abajo. Creo que fue un beso lento y cariñoso, no uno tronado y público, porque no pude oír nada.
El marinero le dio todo el tiempo del mundo, y por alguna extraña razón, los demás no silbamos ni gritamos vulgaridades. Al final, el voluntario se enderezó lentamente.
—Devuelva la espada, por favor —pidió el marinero con una cortesía sarcástica.
El voluntario la puso de vuelta en la pila con mucho cuidado, esforzándose por colocarla exactamente como estaba.
Ya podía ver a la chica. Estaba sentada erguida. Tenía las manos apretadas contra el costado izquierdo, donde al parecer le habían clavado la espada. Pero seguía sin haber señales de sangre, aunque era difícil estar seguro con la mala iluminación. Y lo más extraño era que no sólo se veía contenta, con los ojos muy abiertos y una sonrisita en los labios, sino que, a pesar de los polvos verdes, también se veía hermosa, algo que no se me hubiera ocurrido antes.
El voluntario pasó entre la chica y yo para regresar a su asiento. Aunque la carpa estuviera casi vacía, volvió religiosamente a su lugar original. Pude verlo un poco mejor. Seguía pareciéndome igual a los demás.
—Siguiente —dijo el marinero, de nuevo como un sargento pasando lista.
Esa vez no hubo titubeos. Tres hombres se pararon de inmediato, y el marinero tuvo que escoger.
—Venga, ¡tú! —exclamó, proyectando su grueso índice hacia el centro de la carpa.
El elegido era un hombre mayor, calvo, regordete y de aspecto respetable que llevaba puesto un traje oscuro. Tal vez fuera un supervisor de ferrocarril retirado o un inspector eléctrico. Tenía una leve cojera, tal vez por su trabajo.
Las cosas sucedieron prácticamente igual, pero el segundo participante estaba más dispuesto y requirió menos exhortaciones, incluyendo lo del beso. El suyo fue tan lento y silencioso como el del primero, quizás incluso paternal. Cuando el anciano se retiró, vi que la chica se sostenía las manos contra el centro del estómago. Me costaba trabajo mirarla.
Y entonces vino el tercero. Cuando regresó a su asiento, la chica tenía las manos en la garganta.
El cuarto, a todas luces más rudo, con una boina (que nunca se quitó mientras estuvo en la plataforma) y una chamarra deportiva tan sucia y desgastada como la carpa, al parecer le clavó la espada en el muslo izquierdo y le atravesó por completo las medias de red. Cuando se alejó de la plataforma, ella se estaba agarrando la pierna, pero se veía tan contenta que parecía que le acababan de hacer un gran favor. Y yo seguía sin ver nada de sangre.
En realidad, no sabía si quería ver más detalles. Como estaba muy verde, me costaba trabajo decidir.
No tuve que hacerlo, pues no me atreví a cambiarme a un asiento con mejor vista. Pensé que semejante movimiento provocaría que me llamara el marinero al escenario. Y si de algo estaba seguro era de que no me importaba lo que estuviera pasando: yo no iba a participar. Ya fuera ilusionismo o algo distinto de lo que no supiera nada, yo no iba a acabar involucrado.
Y, por supuesto, si me quedaba, mi turno llegaría sin remedio.
Aun así, el quinto al que llamaron no fui yo. Era un hombre perfectamente negro, alto y larguirucho. No había reparado en él antes. Pareció clavarle la espada con toda la fuerza que esperarías de un negro, aunque fuera tan flaco; luego la tiró al piso de la plataforma con estrépito, lo que nadie más había hecho antes, y su beso obligó a la chica a pararse. Cuando dio un paso atrás, tocó la espada con un pie. Se detuvo un segundo mirando a la joven y luego devolvió el arma a la pila con cuidado.
La chica seguía parada, y me cruzó por la mente que el negro podría intentar besarla de nuevo. Pero no lo hizo. Regresó a su lugar en silencio. Tras bambalinas, parecía haber algunas reglas que todos los demás conocían. Se comportaban casi como si fueran muy seguido al espectáculo, si es que eso era un espectáculo.
La chica se hundió de nuevo en la silla de tela destartalada y clavó sus ojos en los míos. Ni siquiera podía estar seguro de qué color eran, pero la verdad es que mi corazón dio un vuelco. Era tan simplón y falto de experiencia que nunca en la vida me había pasado algo así. Los increíbles polvos verdes no cambiaban nada. Nada de lo que acababa de ocurrir cambiaba nada. Y no estoy diciendo que sólo deseara su cuerpo. Eso llega más tarde en la vida. Quería amarla y despeinarla y todas las cosas bellas que queremos antes de alcanzar la edad en la que entendemos que, no importa cuánto las queramos, no las vamos a obtener.
Pero, para ser sincero, debo decir que no quería formarme en una fila por ella. Eso era lo último que quería. Y la probabilidad de que fuera el siguiente era una de tres. No voy a fingir que me costó trabajo. Estaba sentado cerca del fondo de la carpa, como ya dije, y nadie intentó detenerme. El muchacho de la entrada sólo se me quedó viendo como un pescado. Sin duda estaba muy acostumbrado a que algún cliente se fuera antes de tiempo. Me imaginé que el gorila de la plataforma estaba volteando hacia mí en el instante mismo en que me levanté, pero seguro eran ideas mías. Me atoré con la puerta grasienta de tela y el muchacho de suéter verde no movió un dedo para ayudarme, pero eso fue todo. Crucé la feria como un rayo. Seguía casi desierta y el carrusel seguía tintineando solitario, pero muy bonito. Corrí de vuelta a mi cuarto horrible y me encerré con llave.
El escándalo y los gritos intermitentes de costumbre sacudieron la casa durante todas las horas de oscuridad. Lo sé porque no pude dormir. No habría podido dormir esa noche aunque hubiera estado arropado en sábanas de Damasco en el Hilton. La chica de la plataforma me había calado hasta los huesos, con todo y su cara verde. La chica y el espectáculo, por supuesto. Creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que lo que viví esa noche alteró todo lo que creía de la vida, y no tuvo nada que ver con los pleitos que se desataron en los otros cuartos, ni con las risotadas y los golpes en las escaleras, ni con el constante sonido de los excusados, que han de haber sido los más ruidosos de todas las Midlands, sobre todo porque se necesitaban seis o siete o más tirones para descargar por completo el tanque. Aquella noche comprendí realmente que la mayor parte del tiempo no tenemos idea de lo que queremos de verdad, o lo perdemos de vista. Y algo más importante aún: que lo que queremos de verdad no encaja con la vida en su conjunto, o sólo muy de vez en cuando. La mayoría de la gente aprende esto muy poco a poco, y nunca por completo. Parece que yo lo aprendí de golpe.
O quizá no tanto, porque aún iban a suceder muchas cosas.
La mañana siguiente tenía algunas citas, pero mucho antes de que llegara la hora de la primera me había escapado a aquella feria diminuta y destartalada. Hasta me salté el desayuno; el que daban en el alojamiento especial del tío Elías de todos modos era muy malo, aunque una cantidad sorprendente de personas se presentara a consumirlo a diario. Uno se preguntaba dónde se había escondido tanta gente toda la noche. No sé qué esperaba encontrar en la feria. Tal vez no estaba seguro de encontrarla siquiera.
Pero sí estaba ahí. A plena luz del día, se veía más chiquita, más triste y sin más esperanza de darles de comer a sus dueños que la noche anterior. Hacía un clima absolutamente hermoso, y había tantas casas vacías en la zona colindante, sin hablar siquiera de las fábricas, que se veía muy poca gente por ahí. La feria misma estaba completamente desierta, lo que me tomó por sorpresa. Había esperado alguna suerte de escena gitana y no me había dado cuenta de que en el terreno ni siquiera había un lugar para dormir. La gente que trabajaba en la feria seguro había pasado la noche en su casa, igual que todo el mundo. El terreno tenía una reja de alambre que había instalado el dueño para mantener fuera a vagabundos y drogadictos, pero, como era de esperarse, ya estaba desgastada, y luego de buscar un poco, no me costó trabajo meterme por un hoyo que los chicos del barrio habían abierto para divertirse y porque no tenían nada mejor que hacer. Caminé hasta la carpa sórdida en el rincón del fondo y traté de levantar la puerta de tela.
Resultó que estaba atada en varios lugares y, al parecer, desde adentro. No conseguía ver cómo había logrado salir de la carpa la persona que la ató, pero esa era la suerte de truco de oficio que uno esperaría de la gente de feria. Me resultó imposible ver el interior de la carpa sin usar mi navaja de bolsillo, algo que hubiera dudado en hacer en mis mejores momentos, y mientras buscaba cómo entrar, oí una voz detrás de mí.
—¿Qué te traes?
Había un viejito ahí parado. Definitivamente no lo había oído acercarse, aunque el suelo fuera tan irregular y estuviera lleno de obstáculos. Apenas era más alto que un enano, moreno como un castaño de Indias, o casi, y no tenía ni un pelo en la cabeza.
—Me dio curiosidad ver qué había adentro —respondí con un hilito de voz.
—Una pitón enorme de tres kilómetros de largo que ni siquiera paga la renta —dijo el hombrecito.
—¿Y eso? —pregunté—. ¿Qué no tiene seguidores?
—Es anticuada —dijo el viejo—. Es anticuada y está pasada de moda. No atrae a las mujeres. A las mujeres no les gustan las víboras grandes. Pero ellas son las que tienen el dinero ahora, y el poder y la gloria también —cambió de tono—. Estás en propiedad privada.
—Lo siento, viejo —dije—. No pude contenerme en una mañana preciosa como ésta.
—Soy el velador —reveló el hombrecillo—. Antes también tenía víboras. De las pequeñas, montones y montones. Se me trepaban por todos lados, y cada una era más venenosa que la anterior. Ojos veloces, lenguas seseantes, escamas resplandecientes: entraban, justo al blanco, salían, entraban otra vez y salían de nuevo. Aun así, al final, no funcionó. Todo tiene su momento y su duración. Pero me gusta estar por aquí, así que ahora soy el velador. Mientras dure el trabajo. Mientras dure todo. Vete, pues. Vete.
Vacilé.
—Esa víbora de la que habla —empecé—, esa pitón…
Pero me interrumpió violentamente.
—No hay nada más que decir. No para alguien como tú, en todo caso. Fuera de aquí, rápido. O llamo al jefe de la policía. Él y yo trabajamos mano a mano. Yo me esfuerzo por que así sea. Tal vez no hayas oído que meterse en propiedad privada se considera desorden público. Si te quedas aquí, te vas a arrepentir el resto de tu vida.
El hombrecillo se estaba poniendo en guardia, aunque la punta de su cabeza morena (que no era brillosa, por cierto, sino opaca y llena de manchas, como si tuviera algún problema) apenas me llegaba a la cintura. Claramente, era idiota.
Como tenía muchas razones para irme, me fui. Ni siquiera le pregunté a qué hora sería el espectáculo de esa noche, o si se iban a presentar siquiera. En mis adentros, no sabía si debía volver, incluso aunque hubiera presentación, que era lo más seguro.
Me dediqué a mis citas. No había dormido nada y, desde el té de la noche anterior, tampoco había comido, así que la cabeza me daba vueltas como trompo, pero no diría que hice mi trabajo peor que de costumbre. Tal vez en ese momento sentí que sí, pero ahora lo dudo. Desde entonces me he dado cuenta de que los problemas privados afectan muy poco la manera en que enfrentamos el mundo exterior, y en cuanto a comer y dormir, deben pasar semanas y meses para que empiecen a importar.
Persistí, pues, más o menos como de costumbre (aunque, en mi caso, mi costumbre en ese trabajo era no hacer mucho esfuerzo ni en el mejor de los casos), mientras rumiaba y rumiaba lo que me había pasado, hasta que llegó la hora de la cena. Tenía planeado ir al mismo café que la noche anterior, pero terminé en otra parte de la ciudad, la cual, por supuesto, desconocía por completo. Como me sentía tan débil y raro, me metí al primer lugar que encontré.
Y ahí, créanlo o no, en medio del local, sentada en una mesa cubierta de formica, estaba mi chica de los polvos verdes, y, junto a ella, se encontraba el marinero o maestro de ceremonias, con más pinta de boxeador venido a menos que nunca.
Yo creí que no volvería a ver a esa joven jamás. Era algo muy poco probable. A lo mucho hubiera regresado a ese extraño espectáculo, pero, tomando en cuenta lo que involucraba, en realidad no lo creo.
La chica se había limpiado los polvos verdes y traía puestos un abrigo y una falda negros y una blusa blanca, un atuendo que quizá parecía demasiado viejo para su edad, y las mismas medias de red. El hombre estaba vestido exactamente igual que la noche anterior, pero con unas botas pesadas y llenas de lodo en vez de sus zapatillas sucias, como si hubiera estado caminando a campo traviesa.
Aunque fuera la hora de la cena, el lugar estaba casi vacío, con una docena de mesas desocupadas y ellos dos sentados en el centro. Seguro que casi me desmayo.
Pero en realidad no me dieron tiempo. El tipo del suéter me reconoció de inmediato. Se paró y me llamó con su enorme brazo:
—Siéntate con nosotros.
La chica también se había puesto de pie.
No me quedaba otra opción más que hacerle caso.
El hombre hasta me acercó una silla (estaban todas pintadas de distintos colores brillantes, y las habían retapizado con piel sintética nueva). La chica esperó a que me sentara antes de sentarse ella.
—Qué lástima que te perdiste el final del espectáculo de anoche —dijo el hombre.
—De repente me di cuenta de que tenía que regresar adonde me estoy quedando —inventé a las prisas—. Soy nuevo en la ciudad —añadí.
—Puede ser difícil cuando eres nuevo —dijo el hombre—. ¿Qué vas a tomar? —Hablaba como si nos tuviéramos confianza, pero era bastante obvio que no, así que vacilé—. ¿Café o té?
—Té, por favor —respondí.
—Otro té, Berth —gritó el hombre.
Vi que los dos estaban tomando café, pero no me gustó su pinta. De por sí no me gusta nunca.
—También me gustaría comer algo —añadí cuando la mesera me llevó el té—. Muchas gracias —le dije al hombre.
—Sándwiches: jamón de York, carne enlatada o fiambre de cerdo. Pastel de carne. Rollos de salchicha —ofreció la mesera. Tenía una perrilla muy fea en el párpado inferior izquierdo.
—Tráigame el pastel —dije.
A su debido tiempo me lo llevó, con un poco de ensalada y una botella de salsa. En realidad, necesitaba algo caliente, pero bueno.
—Ven otra vez hoy —lo invitó el hombre.
—No creo que vaya a poder.
Me estaba costando trabajo incluso tomarme bien el té, porque me temblaban mucho las manos, y no se me ocurría cómo iba a enfrentarme a un pastel frío.
—Cortesía de la casa, si quieres. Porque te perdiste tu turno anoche.
La chica, quien hasta entonces le había dejado la plática al otro, me sonrió de una forma muy dulce y personal, como si hubiera algo muy particular entre nosotros. Tenía la blusa blanca muy abierta, así que veía más de lo que debía, aunque las cosas ahora sean muy distintas a como solían ser. Incluso sin los polvos verdes, era muy pálida, y su cuerpo parecía ser aún más blanco que su cara, casi tanto como su blusa. Entonces pude ver el color de sus ojos. Eran verdes. De alguna forma, siempre lo había sabido.
—En todo caso —continuó el hombre—, no nos va a afectar mucho por cómo está yendo el negocio.
La chica le echó una mirada como si le sorprendiera que confesara algo privado; luego me volteó a ver y dijo:
—Sí, ven, por favor.
Lo dijo de la manera más amigable y en un tono que derretía, como si le importara de verdad. Además, parecía tener alguna suerte de acento extranjero, lo que la volvía aún más fascinante, de ser posible. Le dio un sorbito a su café.
—Es que tengo otro compromiso del que no me puedo escapar. No lo sé.
—No querríamos hacer que cancelaras otro compromiso —dijo la chica con su acento extranjero, pero sonaba como si quisiera decir justo lo opuesto.
Logré hablar con un poco más de franqueza.
—Puede que logre escaparme de mi compromiso —dije—, pero la verdad es que, si no les importa que se los diga, no me cayeron muy bien algunas personas del público de anoche.
—No te culpo —dijo el hombre con sequedad y para mi alivio, como podrán imaginarse—. ¿Qué opinas de un espectáculo privado? ¿Sólo para ti?
Lo dijo muy tranquilo, sugiriéndolo como si fuera la cosa más normal del mundo o como si yo fuera Charles Clore. Me sorprendió tanto que escupí:
—¡Qué! ¿Yo solito en la carpa?
—Ah, no, yo decía en tu casa —aclaró el hombre, todavía casual, y dándole un sorbo ruidoso a su taza de cerámica rosa.
Mientras hablaba, la chica me lanzó una mirada rápida y devastadora. Fue como si convirtiera todo mi interior en agua. Y lo más absurdo fue que en ese instante llegó mi tonto pastel de carne, con su ensaladita y su salsa. Había sido un idiota por pedir algo de comer, por mucho que lo necesitara en teoría.
—Con o sin espadas —continuó el hombre mientras encendía un cigarro barato—. Madonna está entrenada para hacer lo que quieras. Lo que se te ocurra.
La chica tenía los ojos clavados en su taza. Me atreví a hablarle directamente.
—¿En serio te llamas Madonna? Qué lindo.
—No —dijo muy bajito—. No es en serio. Es mi nombre artístico.
Giró la cabeza un momento y volvimos a cruzar miradas.
—No tiene nada de malo. No somos católicos —confesó el hombre—. Aunque Madonna sí lo fue hace mucho.
—Me gusta —dije yo.
Me preguntaba qué iba a hacer con el pastel de carne. No iba a poder comérmelo.
—Claro que un espectáculo privado costaría un poco más que dos chelines —dijo el hombre—. Pero sería para ti solo, y bajo esas circunstancias, Madonna hará lo que se te antoje.
Noté que hablaba igual que en la carpa: sin mirarme a mí ni a nadie más, sino al vacío, como si repitiera palabras que hubiera usado hasta el cansancio, pero que estuviera obligado a pronunciar.
Estuve a punto de decirle que no tenía dinero —lo cual era más o menos cierto—, pero no lo hice.
—¿Cuándo podría ser? —pregunté.
—Hoy mismo, si quieres —dijo el hombre—. Inmediatamente después del espectáculo normal, y eso no va a ser muy tarde, porque en estas fechas no nos presentamos a las diez ni a las once. Madonna podría estar contigo al cuarto para las diez. Y tampoco tendría que irse pronto, porque no hay función de medianoche. Tendría tiempo de hacer muchos de sus trucos nuevos si quieres verlos. Partes de su repertorio, como les decimos. Por cierto, ¿tienes un buen lugar? Madonna no necesita mucho. Sólo un cuarto con llave para mantener fuera a los que no paguen y un lugar para lavarse las manos.
—Sí —respondí—. De hecho, el lugar en el que me estoy quedando es muy adecuado, aunque me gustaría que fuera más alegre y un poco más tranquilo.
Madonna me lanzó otra de sus miradas indescriptiblemente dulces.
—No me va a molestar —dijo suavemente.
Apunté la dirección en la esquina de un periódico que había encontrado en mi asiento y la arranqué.
—¿Te parecen bien diez libras? —propuso el hombre mientras me miraba con sus ojillos—. Normalmente pido veinte y a veces cincuenta, pero estamos en Wolverhampton, no en la Costa Brava, y tú eres refinado.
—¿Por qué lo dice? —pregunté, sobre todo para ganar tiempo en lo que pensaba cómo resolver la cuestión del dinero.
—Se nota por la manera en que te sentaste anoche. Casi en todos los espectáculos hay alguien que elige ese asiento. Es un asiento especial para la gente refinada. Ya aprendí que no tengo que llamarlos al frente, porque no es lo que quieren. Son demasiado refinados para pasar, y los respeto por eso. Casi siempre se van antes del final, como tú. Pero me alegra que asistan. Elevan los estándares. Además, son los que suelen estar interesados en un espectáculo privado, como tú, y están dispuestos a pagarlo. También me tengo que preocupar por el negocio.
—No tengo diez libras a la mano —dije—, pero espero conseguirlas, aunque sea por las malas.
—Así son las cosas; es lo que te ves obligado a hacer en este mundo —coincidió el hombre—. Por lo menos si te gusta lo bueno.
—Todavía tienes casi todo el día —dijo la chica con una sonrisa alentadora.
—¿Otra taza de té? —preguntó el hombre.
—No, muchas gracias.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces nos vamos. Tenemos un espectáculo en la tarde, aunque lo más seguro es que sólo haya unos muchachos en el público. Le voy a decir a Madonna que se guarde lo más posible para el privado de la noche.
Mientras salían, la chica me lanzó una mirada cálida y secreta por encima del hombro. Pero mientras se movía, la ropa se le veía demasiado grande; la falda era demasiado larga; el abrigo y la blusa, demasiado sueltos y colgantes, como si no fuera su ropa de verdad. Además de cualquier otra cosa, me dio lástima. Fuera cual fuera la explicación de la noche anterior, no podía tener una vida fácil.
Los dos habían tenido la cortesía de no mencionar mi pastel de carne. Lo metí en mi maletín, por supuesto sin la ensalada, pagué y me fui arrastrando los pies a mi siguiente cita, que resultó ser hasta el otro lado de la ciudad.
No tuve que hacer nada deshonesto para conseguir el dinero.
Tampoco podía esperar que mi mente estuviera enfocada en el trabajo aquella tarde, pero hice mi mayor esfuerzo, porque sentía que mi vida estaba entrando en aguas profundas y era mejor que mantuviera algún tipo de tierra a la vista mientras fuera posible. Estuvo muy bien cumplir con mi ronda de citas, porque en una de las tiendas me resolvieron mi problema urgente sin que tuviera que alzar un dedo. El dueño era un amable caballero de pelo cano, el señor Edis, que pareció agarrarme cariño en cuanto crucé la puerta. En algún punto dijo que yo era un cambio bienvenido luego del viejo Bantock y sus ataques de asma (creo que no había mencionado el asma de Bantock, pero estaba al tanto), y que parecía un buen muchacho, con un brillo en los ojos. Eso fue lo que dijo, y no es probable que me confunda, tomando en cuenta lo que hizo después. Me preguntó si tenía algo que hacer esa noche. Bastante contento, porque no era una respuesta que pudiera haber dado muchas veces antes, no si hubiera dicho la verdad, le dije que sí, que tenía una cita con una chica.
—¿Con una chica de Wolverhampton? —preguntó el señor Edis.
—Sí. Apenas la conocí ahora que llegué.
No hubiera admitido eso con la mayoría de la gente, pero el señor Edis tenía algo que me impulsaba y hacía que quisiera justificar la buena estima en que me tenía.
—¿Cómo es? —preguntó el señor Edis con los ojos entrecerrados, de modo que pude ver todo el rojo que los rodeaba.
—Preciosa.
Esa era la clase de cosas que decía la gente, y no tenía manera de poner en palabras mis verdaderos sentimientos.
—¿Tienes suficiente efectivo para tratarla como se debe? —Tuve que pensar rápido porque me tomó por sorpresa, pero el señor Edis continuó antes de que tuviera tiempo de hablar—. ¿Para apapacharla como quieres?
Se notaba que se estaba emocionando.
—Bueno, señor Edis —dije—, la verdad es que no me alcanza. Ya sabe que sigo siendo un principiante en este oficio.
Pensé que podría darme una libra, y lo más probable era que fuera un préstamo; así es la gente de las Midlands. Pero de inmediato sacó un billete de cinco. Me lo sacudió frente a la nariz como un arenque.
—Es tuyo con una condición.
—Haré lo que pueda, señor Edis.
—Ven mañana en la mañana cuando ya se haya ido mi esposa (trabaja de policía de tránsito, y le encanta) y me cuentas todo lo que pasó.
La idea no me gustó nada, pero supuse que podría inventarme unas mentiras o incluso romper mi promesa y no regresar, pues no parecía tener mucha opción.
—Claro, señor Edis, sin problema.
Me entregó el billete de cinco al instante.
—Buen chico —me dijo—. Haz valer tu dinero y piensa en mí mientras lo haces, aunque supongo que eso no va a suceder.
En cuanto a las otras cinco libras, probablemente lograra sacarlas de lo que tenía, rascándole un poco durante una o dos semanas y cuchareando un poquito las cuentas de ser necesario, como hacemos todos. En fin, con la edad que tenía, detestaba hablar tanto de dinero. Odiaba hablar del asunto más de lo que odiaba el trabajo que costaba conseguirlo. Yo no veía a Madonna así para nada, y de lo contrario me hubiera odiado. Por la manera en que hablaba, tampoco parecía que ella me viera así a mí. No se me ocurría otra manera en la que pudiera verme, pero lo resolví tratando de no pensar en el tema.
El alojamiento especial de mi tío Elías en Wolverhampton no era el tipo de lugar en el que los visitantes tocan el timbre y esperan a que les abra el botones. Tenías que conocer un poco cómo funcionaba si querías entrar sin ser residente, y aún más si, una vez dentro, querías encontrar a la persona a la que buscabas. A eso de las nueve y media se me ocurrió que lo mejor sería merodear por la calle de afuera. No justo frente a la puerta, porque hubiera causado malentendidos y algún tipo de problema, sino recorriendo la calle de arriba abajo, con los ojos bien abiertos y parando la oreja para oír el golpeteo de los piecitos contra el pavimento. Casi era de noche, por supuesto, pero no por completo. No había mucha gente afuera, pero eso se debía en parte a que llovía un poco, como suele suceder en las Midlands: una lluvia suave y lenta que apenas es visible pero que moja en exceso, o al menos así se siente siempre. Estoy bastante seguro de que hubiera salido a esperarla antes de no haber sido por la lluvia. Sobra decir que estaba como un gato sobre ladrillos calientes. Había logrado embutirme el pastel de carne entre las citas de la tarde. Lo engullí con trabajos en una banca mientras empezaba a llover. A eso de las seis y media me tomé una taza de té y un plato de frijoles en el café al que había ido la noche anterior. No quería nada. Sólo sentí que tenía que comer algo, en vista de lo que me esperaba. Aunque, por supuesto, tenía muy poca idea de qué era eso. Cuando en serio es tu primera vez, no tienes idea, sin importar cuánto te hayan contado y hayas logrado averiguar. Mi estado hubiera sido lamentable si estuviera esperando a cualquier mujer, y con mayor razón al tratarse de mi preciosa Madonna.
Y ahí estaba, a la hora en punto, o incluso un poco antes. Traía puesta la misma ropa que en la mañana. Le quedaba demasiado grande y era demasiado vieja, y no traía paraguas ni impermeable ni sombrero.
—Te vas a mojar —dije.
No habló, pero me dio la impresión de que sus ojos se alegraban de verme. Si es que había salido con sus polvos verdes, la lluvia se los había borrado. Pensé que traería cargando algo, pero no, ni siquiera una bolsa.
—Entra —la invité.
Quienes se quedaban en la casa obtenían una llave (por la que pagaban un depósito), y, gracias a Dios, cruzamos el vestíbulo y subimos por las escaleras sin ver a nadie ni oír nada fuera de lo normal, aunque mi cuarto estuviera hasta arriba.
Se sentó en mi cama y volteó a ver la puerta. Después de lo que me habían dicho, sabía qué hacer y cerré con llave. Fue un impulso natural. Era la clase de lugar en el que cerrabas con llave por rutina. Me quité el impermeable y lo dejé tirado en un rincón. No había encendido la luz. No me sentía orgulloso de mi cuarto.
—Has de estar empapada —dije.
La distancia desde la feria no era extrema, pero la lluvia era de la que moja, como ya dije.
Se paró y se quitó su abrigo negro demasiado grande. Se quedó ahí de pie con él en la mano hasta que lo tomé y lo colgué en la puerta. No puedo decir que goteara, pero estaba saturado y había dejado una mancha en el edredón donde se había sentado. Seguía sin decir una palabra, pero tampoco había tenido razón para hacerlo.
La lluvia se le había colado hasta la blusa blanca. Se notaba incluso en el cuarto casi en penumbras. Le había calado por los hombros y la tela se le pegaba a la piel, de un lado más que del otro. Sin el abrigo, la blusa se veía más peculiar que nunca. No sólo era holgada e informe, sino que tenía unas mangas tan largas que le colgaban debajo de las manos cuando no traía el abrigo puesto. En mi mente tuve un atisbo del tipo de mujer para el que estaba hecha, grande y fornida, no mi tipo en absoluto.
—Mejor quítatela también —dije, aunque no sé cómo logré pronunciar las palabras. Me imagino que el instinto te arropa incluso en tu primera vez, siempre y cuando te den la oportunidad. Madonna sí me dio la oportunidad, o al menos yo sentí que me la daba. Durante uno o dos minutos, la vida fue más dulce de lo que creía posible.
Sin una palabra, se quitó la blusa y la colgué en el respaldo de la única silla del cuarto.
En el café había visto que traía algo negro debajo de la blusa, pero no me había dado cuenta de que era el mismo vestido de tubo apretado y brillante del espectáculo, que la hacía parecer tan francesa.
Se quitó la falda mojada. Lo mejor que pude hacer fue extenderla sobre la silla. Y ahí estaba, con sus tacones altísimos y todo. Se veía lista para subir al escenario, pero eso me pareció más bien decepcionante.
Se quedó esperando, como si quisiera que le dijera qué hacer.
Vi que el vestido negro estaba empapado, al menos en algunas partes, pero ya no me atreví a sugerir que se lo quitara.
Por fin abrió la boca:
—¿Con qué te gustaría empezar?
Su voz era tan hermosa y la pregunta que hizo tan tentadora que algo me poseyó, y antes de poder detenerme, ya la había rodeado con los brazos. Nunca había hecho nada parecido en toda mi vida, sin importar lo que sintiera.
No se movió. De inmediato supuse que había hecho algo incorrecto. A fin de cuentas, no era de sorprender, considerando lo poco experimentado que era.
Pero también pensé que algo más estaba mal. Como ya dije, no es que estuviera acostumbrado a la sensación de una mujer semidesnuda, y yo mismo seguía casi completamente vestido, pero de cualquier manera pensé que el contacto había sido decepcionante. Me impactó mucho. En el mal sentido, de hecho. Como suele suceder cuando la realidad remplaza a la imaginación. De pronto, todo se había vuelto una pesadilla.
Di un paso atrás.
—Lo siento —dije.
Me dedicó su sonrisa dulce de siempre.
—No me molesta —respondió.
Fue lindo de su parte, pero yo ya no sentía lo mismo por ella. Ya saben cómo, en el mejor de los casos, un detalle ínfimo puede cambiar por completo lo que sientes por una mujer, y no estaba nada seguro de que eso fuera ínfimo. Me preguntaba si no estaría yo mal equipado para la vida. Ya me habían dicho anticuado antes, y quizás esa fuera la razón.
Luego me di cuenta de que tal vez todo tuviera que ver con su acto, el de las espadas. Tal vez ella fuera alguna clase de aberración, o tal vez el tipo del suéter azul le hiciera algo raro, tal vez la hipnotizara de alguna forma.
—Dime qué te gustaría —dijo mirando el pedacito descuidado de alfombra en el piso.
Era un tonto, pensé, y sólo estaba demostrando mi ignorancia.
—Quítate eso —contesté—. Está mojado. Métete a la cama. Ahí vas a estar más caliente.
Me empecé a desvestir.
Hizo lo que le dije, se escurrió para salir del vestidito negro, sacó los pies con cuidado de los zapatos sexis, se quitó las largas medias enrollándolas hacia abajo. Ante mí, por un instante, estuvo mi primera mujer, aunque apenas podía verla. Seguía siendo incapaz de afrontar la idea del amor bajo esa luz eléctrica tenue, que sólo hacía que el cuarto sucio se viera aún más sucio.
Obediente, Madonna se metió en mi cama y yo me le uní lo más rápido posible.
Obediente, hizo todo lo que le pedí, justo como había prometido el tipo del suéter azul. Seguía sintiéndose rara y decepcionante —la palabra correcta hasta podría ser “flácida”—, y definitivamente muy distinta a como siempre me había imaginado que se sentiría el cuerpo de una mujer si alguna vez me encontrara cerca de uno. Pero me dio nada menos que mi primera vez, que es de lo que estamos hablando. Algo diré a su favor: desde el principio hasta el final no dijo ni una palabra innecesaria. No siempre es así, por supuesto.
Pero todo había salido mal. Por ejemplo, ni siquiera habíamos empezado con besos. Yo había estado a reventar de ideas románticas sobre Madonna, pero sentía que ella no me estaba ayudando mucho en ese sentido, con todo y sus sonrisas dulces y hermosas y su voz suave y las cosas lindas que decía. Sentí que se me estaba ofreciendo demasiado, y eso no sacaba lo mejor de mí. Era como si simplemente hubiera adquirido información nueva, por muy importante que fuera, pero sin ningún esfuerzo emocional. Por supuesto que no es raro sentirse así con algunas cosas, pero me pareció horrible sentirlo con eso en particular, en especial porque apenas un rato antes había sentido algo muy distinto al respecto.
—Vamos —le dije—. Despiértate.
No era justo, pero estaba muy decepcionado, sobre todo porque no lograba averiguar por qué. Sólo sentía que mi vida entera podía estar en juego.
Se quejó un poco.
Me levanté de encima de ella en la cama y eché las sábanas detrás de mí. Se quedó ahí, plana, toda gris (por la luz tenue, en todo caso). Hasta el pelo se le veía incoloro, de hecho, prácticamente invisible.
Hice algo que tal vez fue horrible. La agarré del brazo izquierdo con mis dos manos en su muñeca y traté de jalarla para sentirla contra mí y poder cubrirle el cuello y la frente de besos si acaso me hiciera desearlo. Supongo que, bajo cualquier circunstancia, la hubiera lastimado al jalonearla así y no debí haberlo hecho. De todos modos, nadie diría que fue terrible. Yo diría que fue algo muy normal.
Pero lo que de verdad sucedió sí fue terrible. Tan simple y tan terrible que la gente no siempre me cree. Le di un jalón fuerte, malhumorado y decepcionado. Se levantó hacia mí y luego volvió a caer con una suerte de gemido. Yo seguía sosteniendo su mano y muñeca con mis dos manos, y me tomó un momento darme cuenta de lo que había pasado: le había arrancado la mano izquierda con todo y muñeca.
En ese instante, se retorció hasta salir de la cama y empezó a ponerse su ropa. Noté que incluso bajo la luz inexistente estaba logrando moverse muy rápido. Tuve la horrible sensación de que buscaba cosas por mi cuarto con una sola mano y me pregunté aterrado cómo se las estaba arreglando. Todo ese tiempo sollozó, o quizá “lamentarse” sea el verbo adecuado. El sonido que hacía era muy suave, tan suave que, de no ser por lo que estaba sucediendo, yo hubiera creído que estaba en mi cabeza.
Puse los pies en el suelo con la idea de prender la luz. El único interruptor, por supuesto, estaba junto a la puerta. Se me ocurrió que con luz en la escena podría encontrar ciertas explicaciones. Pero descubrí que no podía alcanzar el interruptor. En primer lugar, no soportaba la idea de tocar a Madonna, ni siquiera por accidente. En segundo, descubrí que mis piernas no querían avanzar. Estaba demasiado asustado como para moverme. Asustado, asqueado y con esa confusa sensación conectada con el sexo decepcionante para la que no existe una palabra exacta.
Así que me quedé ahí sentado al borde de la cama mientras Madonna se volvía a poner su ropa, llorando todo el tiempo de esa manera horrible y desgarradora que nunca voy a olvidar. Y no es que durara mucho tiempo. Como dije, Madonna fue asombrosamente rápida. No se me ocurrió nada que decir o hacer. Sobre todo, en tan poco tiempo.
En cuanto estuvo vestida, hizo un movimiento espantoso y me arrebató algo, casi como si ella, al menos, pudiera ver en la oscuridad. Luego abrió la puerta y salió huyendo.
Había dejado la puerta abierta de par en par hacia el rellano a oscuras (teníamos interruptores de tiempo, por supuesto), y oí sus pasos bajando las escaleras y franqueando la entrada con tal facilidad y en tal silencio que cualquiera creería que vivía ahí. Todavía era demasiado temprano como para que la gente de siempre estuviera a la vista.
Entonces sentí náuseas. Pero ya podía usar de nuevo las piernas. Me bajé de la cama, cerré la puerta con llave y prendí la luz.
No había nada especial que ver. Nada más que mi ropa tirada por ahí, mi impermeable empapado en un rincón y la cama deshecha. La cama se veía como si un monstruo enorme hubiera surgido de ella, pero en ningún lugar del cuarto había sangre. Era igual que con las espadas.
Mientras pensaba en eso y en lo que había hecho, vomité de pronto. No eran cuartos con agua corriente; había una palangana anticuada, con flores deslavadas en el fondo y bordes despostillados en grandes círculos con forma de pulgares, que llené a medias al vaciar el estómago.
Me tiré en la cama deshecha, demasiado cansado como para ponerme a limpiar la palangana y apagar la luz, incluso para echarme una sábana encima, aunque siguiera desnudo y la noche estuviera enfriando.
Oí los sonidos de costumbre empezar en las escaleras y en los demás cuartos. Luego hubo unos golpes inesperados y formales en mi puerta.
No era la clase de casa en la que tuviera mucho sentido preguntar quién era. Me paré de nuevo, helado, y como no tenía bata, me puse el impermeable mojado, pues si no me ponía algo y abría la puerta, vendrían más golpes y luego quejas, algo que quería evitar a toda costa.
Era el tipo del suéter azul; el marinero o maestro de ceremonias o lo que fuera. De alguna forma, sabía que podía ser él.
Seguro que no daba buena impresión ahí temblando, sin nada más que el impermeable puesto, sobre todo porque todo el tiempo se oía gente gritando y azotando cosas en los demás cuartos. Y, por supuesto, no tenía la menor idea de qué actitud iba a tomar el tipo.
No debí haberme preocupado. Al menos no por eso.
—¿Estuvo bien el espectáculo? —fue todo lo que preguntó viendo al vacío como si estuviera en su plataforma, sin ver a nadie ni nada en particular, pero con un tono bastante amable de todas formas, siempre y cuando todos respondieran de la manera correcta.
—Creo que sí —contesté.
Debo confesar que no me veía muy cordial, pero no pareció importarle mucho.
—En ese caso, ¿podrías pagarme la tarifa? Perdón por interrumpir tu sueño reparador, pero nos vamos temprano.
No sabía cómo esperaban que pagara, así que había acomodado con cuidado las diez libras en un montoncito, el billete de cinco del señor Edis y mis cinco billetes de uno, y lo había metido en el fondo de un cajón antes de salir a la lluvia a recibir a Madonna.
Se lo di.
—Gracias —dijo mientras lo contaba y se lo metía a la bolsa del pantalón. Noté que hasta su pantalón parecía de marinero, ahora que podía verlo de cerca, porque estaba parado justo frente a mí—. ¿Todo bien entonces?
—Creo que sí —dije de nuevo.
Trataba de ser cauteloso para no comprometerme demasiado en ninguna dirección. Vi que me miraba con sus ojillos hundidos.
En ese mismo instante hubo un aullido salvaje en uno de los pisos de abajo. Fue el grito humano más fuerte que había oído hasta entonces, incluso en uno de esos lugares.
Pero el tipo ni siquiera se inmutó.
—Bueno, pues —dijo.
Por alguna razón, vaciló un momento y luego me extendió la mano. Se la di. Su mano era muy fuerte, pero no tenía nada de extraordinario.
—Nos volveremos a ver —aseguró—. No te preocupes.
Luego se volvió y presionó el interruptor negro de la luz de las escaleras. No me detuve para verlo irse. Tenía náuseas y me estaba congelando.
Y hasta ahora, a pesar de lo que dijo, nuestros caminos no se han vuelto a cruzar.