cartas al cartero (spanish)
LA SITUACIÓN EN CASA había dejado a Robin Breeze completamente libre de decidir qué hacer con su vida.
Su padre, el doctor, nunca había sido particularmente exitoso en su profesión, y desde el principio se había preocupado por no influir en Robin, para que no se le ocurriera seguir sus pasos. De hecho, siempre hablaba de la medicina de forma irrespetuosa, aunque, en opinión de Robin, parecía ser muy diestro en los casos que se tomaba en serio. La principal queja pública del doctor Breeze parecía ser la de costumbre: que los practicantes ya no podían decidir gran cosa por sí mismos, ni tampoco los pacientes. La madre de Robin había sido una simple turista con quien un verano el joven y solitario doctor había tenido un coqueteo. Había pocos veraneantes en Brusingham, que quedaba a diez u once kilómetros de la costa. En ese entonces, el padre de Robin era el socio más joven de la clínica. Ahora cada vez más pacientes se iban un poco más lejos.
No obstante, les había alcanzado el dinero para mandar a Robin y a su hermana mayor, Nelly, a escuelas privadas no mixtas del condado. Ahí recibieron poca “orientación vocacional”. Las opciones seguían completamente abiertas. Nelly no tardó en encontrar un nicho ayudando a su madre, pues los problemas de manejar la casa se intensificaban año con año. Nelly se daba cuenta de que era invaluable, hasta indispensable, y su madre era bastante generosa y prudente para confirmárselo a diario. La forma de vida de la familia se hubiera derrumbado en un instante de no ser por ella. Nelly, por lo tanto, no albergaba ambiciones de teclear todo el día en una oficina congestionada de las Midlands ni de pasar su vida cauterizando animales de granja como asistente de un joven veterinario borracho, sólo por nombrar dos de las demás opciones. Robin estaba menos decidido. Un día vio un anuncio en el semanario local que su padre compraba por razones profesionales, aunque estuviera en riesgo eterno de quebrar por fin o de fusionarse y quedar neutralizado dentro de un gremio nacional.
El anuncio decía que Lastingham necesitaba un cartero provisional. Eso era un poco más que un cartero temporal. No se declaraba el contexto exacto del anuncio, sin duda para economizar en la cantidad de palabras, pero Robin intuyó que podría ser algo un tanto especial y poco común.
Lastingham era la comunidad de la costa. Ya ni siquiera era un pueblo, a causa de la erosión de los acantilados. Hasta la iglesia había desaparecido, salvo por su extremo más occidental. El doctor Breeze a veces contaba que surgían ataúdes y huesos del acantilado conforme se iba cayendo el atrio, pero Robin y Nelly nunca habían visto nada, aunque hubieran ido a asomarse en bicicleta. Los vivos se habían fusionado con los de Hobstone y Mall. En los últimos tiempos, las cabañas de pescadores y las tienditas de Lastingham habían sido remplazadas por casitas de vacaciones y búngalos baratos para retirados, desperdigados al azar por el terreno y desafiando a la permanencia. No obstante, la única gasolinera que se había intentado instalar había fracasado casi de inmediato, quizá por falta de capital de trabajo. Todavía quedaba una cabaña donde vendían helado, albondigón y papas fritas, aunque por lo general estaba cerrada con candado. Robin y el resto del mundo sabían que por fin habían declarado insegura la Oficina de Correos, por lo que todo se estaba manejando desde la vieja estación de salvavidas.
Robin dejó el semanario local sobre la vitrina de especímenes de su padre, se subió a su bicicleta y se fue sin decirle una palabra a nadie.
Como han descubierto tantos recién llegados al oficio, la ronda postal era mucho más interesante de lo que podría suponer cualquier lego. La amenaza inminente que hacía que el puesto de Robin fuera provisional a perpetuidad era que, en cualquier instante, los avances tecnológicos permitirían que las entregas se hicieran con una furgoneta sin conductor desde Corby o Nuneaton o algún lugar todavía más remoto. Las entregas desde tales sitios convertirían todos los matasellos en nombres completamente engañosos. La bicicleta de Robin podría ayudar, aunque quizá fuera demasiada esperanza. Al principio, le dijeron que un cartero retirado lo acompañaría en su ronda para enseñarle el oficio. Robin tenía que caminar con su bici al lado, porque el viejo ya no podía montar nada de ningún tipo. El cartero retirado también resultó ser un pescador retirado, y siempre hablaba del mar y del mercado del pueblo, que había cerrado hacía mucho tiempo.
Estaban en una zona de caminos de terracería, fronteras mal definidas y obras aleatorias en ángulos descoordinados.
Robin señaló una casita en el rincón más lejano, donde el suelo empezaba a resquebrajarse. El camino que llevaba hacia allá había sido trazado una sola vez, sin duda en el periodo avícola tras la Primera Guerra Mundial.
—¿Qué hay de ésa, señor Burnsall?
—Ahí no hay correo —dijo el antiguo cartero y pescador.
Se estaba tallando la rodilla izquierda con la mano derecha. Tenía que encorvarse bastante para lograrlo.
—¿Se refiere a que la casa está vacía?
—No está vacía, pero no hay correo.
—¿Quién vive ahí exactamente?
—La señorita Fearon. Dicen que es bonita. Preciosa como un gorrión. Pero no le llega correo.
—¿Alguna vez la ha visto, señor Burnsall?
—No, Robin, nunca la he visto bien.
—¿Cómo sabe la gente que existe?
—¡Fíjate bien! —respondió el antiguo cartero con paciencia, aunque no estuviera en condiciones de apuntar hacia ningún lado.
Robin, como buen aprendiz, se esforzó por detectar algo. Una voluta de humo se elevaba de la chimenea de aquella casa distante. Robin pensó que no la hubiera visto de no haber sido por el día pálido y sin viento.
—A la señorita Fearon le gusta estar calientita. Siempre es igual, sea invierno o verano.
—Así son las mujeres —dijo Robin, sonriendo.
—Algunas mujeres, Robin —contestó el antiguo cartero, por fin erguido de nuevo.
—Me gustaría ver alguna vez a la señorita Fearon. Tal vez podría llevarle un paquete navideño cuando sea el momento.
—No hacemos eso con gente como la señorita Fearon. No reciben correo, así que no tienen nada programado.
—¿Tiene nombre la casa? —preguntó Robin.
—No —contestó el antiguo cartero—. ¿Para qué necesitaría un nombre?
—Para entregar el carbón —sugirió Robin, todavía un poco distraído.
—Si es que usa carbón. Tal vez salga de noche a recoger turba.
—Ni siquiera sabía que hubiera turba —dijo Robin, aunque llevaba toda la vida viviendo a diez u once kilómetros de distancia.
Pero el antiguo cartero ya había hablado suficiente de temas aleatorios por esa mañana y, dando unos pasos, había emprendido el camino de regreso, mientras que Robin se había quedado mirando. Si realmente quería atisbar a la linda señorita Fearon, el viejo al menos le había propuesto una hora posible. Mientras seguía al robusto personaje empujando su bicicleta, sintió que se le agolpaba la hombría en el interior. Podría ser una sensación difícil de manejar, como dicen los educadores.
Le costó mucho trabajo decidir si el proyecto nocturno de verdad valdría la pena. Diez u once kilómetros solitarios de ida y vuelta entre la bruma en bicicleta; una larga y fría espera; la obvia falta de fiabilidad de la historia del viejo, que él mismo había presentado, además, como una mera conjetura, y, sobre todo, la poca probabilidad de elegir la noche o las noches correctas. Hasta ese momento, Robin ni siquiera había negociado con su padre para tener llaves de la casa.
De cierta forma, Robin pensó que sería mucho más sensato acercarse a la casita a plena luz del día, al menos de inicio, pero lo disuadió la prominencia oficial de su puesto. Sin duda la gente haría comentarios si el cartero se salía de una manera tan notoria de su ronda en pleno mediodía. La gente se quejaría, con bastante razón, por el retraso innecesario en la entrega de sus cartas y paquetes, y tal vez eso sólo sería el inicio. En segundo lugar, Robin no quería que la ocupante de la casa sospechara que sólo estaba husmeando y espiando. En tercero, si era honesto consigo mismo, no tenía ganas de que le saltaran encima de pronto desde adentro. ¿Qué clase de defensa podría invocar? ¿Qué excusa?
Los problemas, si han de resolverse, es más fácil que lo hagan solos a que los resolvamos nosotros. Cuando Robin llevaba apenas siete semanas y media en el trabajo, apareció un paquete dirigido simplemente a la “Srta. Rosetta Fearon”. Era un cuestionario de la Oficina del Catastro; todo el mundo recibiría uno tarde o temprano. El viejo que había acompañado a Robin a todos lados durante su primera semana había tenido razón en tres cuestiones importantes: el nombre, el sexo y, al parecer, la soltería. Por lo tanto, había indicios para suponer que podría tener razón sobre el cuarto y más importante de todos. Una nueva oleada de confianza borboteó dentro de Robin. Por otro lado, el nombre exacto, Rosetta, sugería que se trataba de una persona mayor. El doctor Breeze había llevado una vez a sus hijos a ver la piedra de Rosetta, la clave de tantas cosas. En ese entonces, estaba exhibida bastante cerca del museo del Colegio Real de Cirujanos en la plaza Lincoln’s Inn Fields, la meta principal de la expedición. También habían visto el busto de Julio César, retirado más tarde.
—Nunca le llega nada —confirmó la joven señora Truslove, quien tenía un puesto de medio tiempo como encargada de la Oficina de Correos temporal.
Era cierto que el sobre oficial no tenía una dirección más precisa que “Lastingham”. El viejo también parecía haber tenido razón sobre el anonimato de la casa. Pero la Oficina del Catastro sabía que podían confiar en el departamento de detectives de la Oficina de Correos. Todo el mundo lo sabe.
Al llegar al lugar, Robin vio de inmediato que la casa sí tenía nombre, pero se había caído. Era muy posible que las letras sueltas siguieran desperdigadas por el pasto. Todas las ventanas que podía ver, en los dos pisos, tenían corridas las cortinas estampadas. Vaciló en merodear por la hierba hacia la parte trasera de la estructura, donde estaba la sala, que daba al mar. El hilillo familiar de humo de la chimenea se elevaba contra el azul en un verde pálido o en un amarillo verdoso, y se dispersaba pronto. A Robin le pareció difícil que eso fuera humo de carbón, tan confiable. No sabía de qué tono era el humo de la turba. No había ninguna otra señal de que la pequeña propiedad estuviera habitada. Robin recargó con cuidado su bicicleta contra la verja de setos ásperos antes de darle un buen empujón al portón. Se dio cuenta de que estaba apretando con fuerza el paquete.
El buzón no estaba adentro, sino junto a la puerta principal. Parecía ser una caja, un objeto espacioso y distinguible empotrado en los ladrillos y que podía ser retirado en bloque con una segueta. La portezuela era muy amplia. Los carteros de todo el mundo sufren por la estrechez de los orificios, al igual que la correspondencia que los atraviesa.
Como era una ocasión casi ceremonial, comparable quizá con la entrega de una orden real, Robin abrió la portezuela con la mano izquierda, planeando insertar el comunicado con la derecha. Pero en cuanto la tocó, algo blanco surgió de ella y cayó a sus pies.
Era una carta muy bien doblada y redoblada. El matasellos decía, en letras grandes, “Para el cartero”. Robin devolvió el recado de la Oficina del Catastro a su mochila y procedió a leer. Tal vez fueran instrucciones especiales para las entregas. La caligrafía era grande y legible:
Me pasó algo extraño. Creo que estoy casada con alguien a quien no conozco. Me refiero a un hombre. Se llama Paul. Es amable conmigo, y de una manera que me alegra, pero siento que debería mantenerme en contacto con usted. Sólo mensajitos ocasionales. ¿Le molestaría? Nada más que eso, por Dios. Me lo tiene que prometer. Escríbame que me lo promete.
Rosetta Fearon
Robin examinó lo mejor que pudo el mecanismo con que había sido expulsada la misiva. Resultó que la portezuela del buzón no estaba unida a la tapa, sino que giraba sobre un eje más bajo que hacía posible poner una carta de tal manera que, con buena suerte, caería hacia afuera en cuanto alguien la tocara. La señorita Fearon había tenido suerte de que construyeran así la casa. O quizás había hecho una alteración personal.
Robin sacó de su bolsillo un formato de “Paquete no entregable”. Tomó su lápiz oficial y escribió: “Lo prometo. Regreso en una semana. El cartero”. Le habían dicho que siempre firmara como “El cartero”, que nunca diera su nombre real. Metió el formato en el buzón. Se dio cuenta de que podría estar al borde de un romance. Aunque fuera, por lo visto, un romance con una mujer casada.
Su corazón se unió a las alondras que cruzaban el cielo. Empezó a tararear “Más cerca, oh Dios, de ti”, el himno especial de su madre. Las olas se deshacían contra los acantilados bajos con un nuevo impulso.
No se dio cuenta de que el cuestionario de la Oficina del Catastro de la señorita Fearon seguía en su mochila sino hasta que ya se había subido a la bici y empezado a pedalear. Lo correcto hubiera sido regresar, pero eso atraería más comentarios de los que había contemplado hasta entonces. Se metió el cuestionario en el bolsillo de la chamarra, junto con los formatos. A fin de cuentas, pensó, seguía siendo un aprendiz.
—Estás sonriendo —le dijo la señora Truslove cuando regresó a la Oficina de Correos temporal. Era mitad exclamación de sorpresa, mitad acusación.
Aquella noche, en su cuarto, Robin leyó y releyó la extraña carta de Rosetta Fearon, e incluso la puso debajo de su almohada. Por la mañana, el estado del papel le comunicó que no podía hacer eso con la misma carta todas las noches. No importaba. Habría más. Estaban casi garantizadas.
Robin no hizo ningún intento por presionar. Tenía un camino largo y traicionero ante sí, pero reconocía que apresurar las cosas podría implicar perderlo todo. No le dijo nada a nadie; ni a la señora Truslove ni a su padre ni a su madre; tampoco a Nelly, que era el eco de las opiniones de la madre y cada vez hablaba más en su nombre. El antiguo cartero y pescador estaba rígido por el lumbago. Bob Stuff, el mejor amigo de Robin, se había ido a Stockport como vendedor de seguros de puerta en puerta. Tampoco es que Robin le hubiera contado algo así a Bob, ni viceversa.
Los siete días pasaron tarde o temprano. Robin otra vez dejó la bicicleta recargada contra la verja de setos ásperos, pero ahora, la campana tañía y tintineaba mientras él temblaba. El problema era la lluvia fría de finales de abril, que lo empapaba y helaba todo. Robin traía un impermeable que, o bien había sobrevivido a carteros anteriores, o lo habían encontrado en el puesto de salvavidas en desuso. La señora Truslove nunca parecía saber cuál era la explicación correcta.
Robin recogió la segunda carta y se quedó parado con ella en la mano. La casa no ofrecía ninguna protección: no había veranda ni porche, ni siquiera un cobertizo. Todas las alondras estaban guarecidas aquel día. Las olas gemían y arañaban.
Nunca me trata mal, para nada, pero no me siento cómoda con él. Es un completo desconocido. Casi nunca entiendo lo que dice, y eso parece entristecerlo. Pero tampoco soy infeliz. Hay bondad en todos lados, y muchas compensaciones. Gracias por escribir. Manténgase en contacto, por favor. Nada más, bajo ninguna circunstancia. Parece que no soy libre. Deme su promesa más solemne. Suya,
Rosetta
Las palabras se difuminaban mientras Robin leía y se quitaba el agua de los ojos con un pañuelo viejo. La carta prácticamente se le había hecho pulpa en las manos antes de terminarla. Además, bajo la lluvia, aunque sólo esté chispeando, la lectura toma, en el mejor de los casos, dos o tres veces más tiempo.
De la misma forma, Robin no tenía un refugio en el cual redactar su respuesta, mucho menos meditarla. Le goteaba la lluvia por la circunferencia del sueste. Sacó con trabajos otro formato, garrapateó: “Lo prometo. De vuelta como de costumbre. El cartero”, y metió el papel húmedo al buzón.
En otras circunstancias, hubiera intentado una expresión más cálida; sin embargo, escribir “Suyo, el cartero” habría tañido una nota íntima inapropiada, contra la cual le habían advertido indirectamente. En ese momento, Robin se dio cuenta de que hasta entonces no había habido otra orden de entrega para esa morada remota.
Hablando de eso, aún no había entregado el primer mensaje. Tal vez lo había perdido. Tenía que admitir que sólo se acordaba de él en los momentos incorrectos. Pero lo más seguro era que el hecho de no recibir un cuestionario tenía poca importancia para la señorita Fearon y sus sentimientos inciertos.
La tercera carta, que recogió una semana después, como había quedado, decía:
No puedo negar que a veces es placentero. ¡Si tan sólo lo conociera mejor! Me gustaría confiar en él sin reservas, pero no me es posible. ¿Entiende lo que le digo, cartero? Muy seguido lo veo luchando consigo mismo. No comprendo cómo llegó a mi vida. Acepte estas confidencias, pero no espere más. ¿De verdad tengo un compromiso con él? Usted me lo juró. Suya,
R.
El clima era cálido de nuevo y soplaba una suave brisa; y Robin cedió a sus impulsos. “Soy su amigo fiel”, escribió, sólo eso; y firmó con la inicial desnuda “C.”.
Las alondras trinaban en armonía con las pulsaciones en su cuerpo; las olas le susurraban. Todo generaba la tentación de asomarse y husmear, pero Robin tenía que terminar su ronda. Ni esa semana ni la anterior había tenido razones laborales para estar ahí, a menos que fuera a entregar con retraso el mensaje original, que casi con seguridad había desaparecido para siempre.
Antes de subirse a la bicicleta, Robin miró el reverso de la carta. La semana anterior no lo había podido ver porque el papel se le había deshecho en las manos mientras lo leía. Esa vez, Robin pudo ver que no había matasellos. Era difícil discernir si eso era señal de una mayor intimidad, pero siempre se pueden tener esperanzas mientras sigamos respirando, y Robin respiraba bastante aquella mañana mientras se alejaba pedaleando.
Muy pronto, los días empezaron a despejarse de manera maravillosa y Lastingham se llenaba de veraneantes como Brusingham no podía esperar llenarse nunca. Había largas filas afuera de los pequeños baños públicos, afuera del pintoresco puesto de botanas, debajo del letrero de NIÑOS PERDIDOS y rodeando por completo la diminuta estación de autobuses. Había coches estacionados hasta el borde del acantilado, sin que importaran las advertencias del Consejo Municipal ni los testimonios de la iglesia en ruinas y la Oficina de Correos abandonada. Los hombres discutían por todos los frentes qué gasolinera quedaba más cerca, cuál era más barata, cuál seguía dando servicio. Las mujeres empezaban a sufrir y a anhelar sus casas. Los niños corrían en estampida por el lugar. Las alondras volaban más alto que nunca. Las olas lamían eróticamente la costa.
Robin podría haber olvidado a Rosetta Fearon. Es de suponer que podría haber elegido de entre las chicas y mujeres echadas en la playa de guijarros, claro está, después de quitarse el uniforme. Él y Nelly habían visitado Lastingham algunas veces durante los veranos anteriores, pero era muy distinto estar ahí a diario. Un problema era que muchos de los veraneantes sólo iban a pasar el día, algo de lo que no dejaba de lamentarse el Consejo Municipal. Si quisiera mantener una relación romántica, Robin tendría que viajar constantemente a Stroud Green o a Smethwick o a Chorlton-on-Medlock. No le alcanzaba el dinero para eso. De momento tampoco era factible migrar por el resto de su vida a alguno de esos lugares, sin importar cuán ardiente fuera su sentir. Rosetta Fearon estaba ahí mismo; incluso, hasta cierto punto, dentro de su ronda.
Entre la muchedumbre de vacacionistas, Robin empezó a notar a una mujer que llevaba siempre un vestido de verano, distinto cada día, que la hacía verse más hermosa, aún más hermosa. A veces traía puesto un saco de verano holgado y, casi siempre, un sombrero de verano inclinado. Su pelo era perfecto. Su tez también lo era, quizá porque el sombrero la había mantenido a salvo de lo peor del sol. Su andar era rápido y destellante. Sus zapatos y tobillos eran como Robin nunca los había soñado. Esos atributos no se encontraban entre las virtudes de su madre, por ejemplo, y dudaba que los hubiera tenido alguna vez. Nelly tenía extremidades de ciclista.
Lastingham no podía ser el destino de una mujer así, ni siquiera entre semana. Robin nunca lo hubiera creído. Pensó que era Rosetta Fearon en el instante en que la vio.
Eso fue dos días después de que recibiera su tercera carta. Hasta entonces quedaba una última afirmación del antiguo cartero y pescador por confirmar. ¿Y bien? ¡Mi buen antiguo cartero y pescador! ¡Me quito el sombrero! Era triste que, según la señora Truslove, el pobre viejo ya también sufriera de urticaria. La amable encargada se preguntaba qué sería de él, solo y abandonado.
Robin no intentó acercarse. No quería tentar al destino, traicionar acuerdos. Además, hubiera tenido que ser rápido, aunque las multitudes suelen abrirle el paso al cartero. Pero pudo ver que la mujer siempre o casi siempre traía una bolsa elegante y aparentemente extranjera para sus compras. Como cualquier otra fémina, estaba de compras, siempre de compras. No se requería más explicación de lo que hacía. En algunas ocasiones atisbó la preciosa visión por lo menos dos veces el mismo día, y no en un lapso de diez o veinte minutos, sino en intervalos amplios: a veces cuando seguía haciendo entregas, a veces durante un periodo aprobado de descanso. La mujer traía guantes largos que se extendían casualmente sobre sus muñecas o sobre las mangas de su vestido delgado, distintos cada día. Siempre parecía a punto de sonreír.
Andar en bicicleta por los caminos de terracería era duro con el sol a punto de estallar, y el problema era que ninguna mochila de invierno podría contener todas las chácharas que exigían los veraneantes: latas de comida para bebé, botellas de antidiuréticos, la peluca Botticelli de la abuela envuelta en un pañuelo de seda, montones diarios de postales de lugares idénticos en climas intercambiables. Si todos los veraneantes de un día se hubieran convertido en visitantes semanales como anhelaba el Consejo Municipal, entonces habría sido inevitable tener que conseguir carteros o carteras suplementarios, y quizás una motoneta. Lo más probable sería que se cumpliera su miedo de que la Oficina de Correos decidiera transferir las entregas y los envíos a algún otro centro. Robin trabajaba duro y se quitaba con frecuencia la gorra para descansar un instante, retrasando lo inevitable.
Cuando recargó su bici por cuarta vez contra el lindero de la señorita Fearon, vio que ya se anunciaban todos los botones de las flores y que todas las espinas estaban movilizadas. Se aventuró a poner su gorra sobre los setos, con el lápiz adentro.
Se secó la cara y el cuello con una mano mientras sostenía la carta con la otra.
Cada vez se comporta más raro. Aunque quizá no sea raro en absoluto para quienes tengan la clave, pero yo no la tengo. Siento que le gustaría confinarme aquí. Incluso cuando me lavo el pelo hay objeciones. Y, sin embargo, siempre es muy lindo, muy amable conmigo. Tal vez tenga que pedir ayuda. No me pida nada más de momento. Sólo suya,
R.
Y después de la inicial había algo que Robin sólo podía interpretar como un beso, un único beso, una diminuta cruz de san Andrés. Para entonces, Robin estaba casi desmayado por el calor.
Es cierto que daba tumbos mientras subía por la vereda agrietada, de vuelta hacia el portón hundido. Es cierto que se echó de espaldas como si el camino de piedras fuera la playa de guijarros de abajo. Es cierto que perdió la noción del tiempo, dejó de sentir los ojos espiando a través de binoculares baratos desde la distancia, una colección de corazones que lo odiaban por haber recibido un beso de papel de la preciosa señorita Fearon.
Con mucho trabajo, Robin trató de reintegrar su cuerpo y sus pensamientos. Se tragó un par de pastillas revitalizantes que su padre nunca dejaba de suministrar a la familia, y a las que él mismo recurría constantemente. Robin se puso el gran saco de correos de verano, fabricado por convictos reticentes, bajo su cabeza ardiente. Le pareció que el principal progreso o avance definible en la correspondencia había sido esa expresión de estima por él, el cartero. ¿Qué otro avance hubiera sido más adecuado? Al final, Robin logró extraer uno de los formatos de su bolsillo sobrecalentado. El clima era perfecto para quemar las naves. Robin se levantó para tomar su lápiz oficial. Luego se sentó otra vez en la mala carretera y sólo escribió: “Yo acudiré a su llamado. No pido nada más. El cartero”. Era momento para la palabra entera.
Pensó largo rato, yendo y viniendo; hasta chupó el lápiz oficial. Luego añadió no un beso de san Andrés, sino dos. Si lo iban a colgar, que no fuera por robarse un solo giro postal, sino por tomar la Oficina General de Correos entera, como en Irlanda. Casi corre para entregar la nota. Una vez tomada la decisión, anduvo ligero durante una o dos horas enteras. Apenas notó el calor. Respiraba como un niño.
Las alondras habían ascendido tanto que eran inaudibles. El mar estaba tan extrañamente calmo que ninguna ola rompía en ningún sitio. Las vacaciones son para soñar con el pasado y el futuro. La chimenea seguía emitiendo su humo de un vago color esmeralda.
Dos días después, con la preciosa mujer revoloteando por todos lados como un pajarito azul, llegó un paquete a la Oficina de Correos temporal dirigido a la “Srta. Rosetta Fearon, Lastingham”, y nada más.
—Si está muy pesado, espérate hasta mañana, querido —sugirió amablemente la señora Truslove.
—Yo me las arreglo —contestó Robin como si fuera un cartero de anuncio.
Lo había dicho antes de levantar el paquete.
—¿Qué crees que sea?
—Algo que requiere firma. Tienes suerte de que no sea pago contra entrega.
Robin salió al calor con la pesada mochila veraniega y el pesado paquete, el más pesado con que había tenido que lidiar hasta ese momento. En lugares más avanzados, por supuesto que había un cartero distinto para los paquetes. Le costó trabajo mantener en equilibrio su bicicleta cargada. El calor había estado haciendo estragos en las llantas.
Para descargar el paquete con la mayor rapidez posible, Robin siguió de largo ante varios puntos en los que debería haberse detenido. Esa manera de proceder podría haber resultado benéfica de tratarse de una buena y bien planeada organización personal; no obstante, derivó en una serie de niños decepcionados y sollozantes, al menos de momento.
Si alguna vez había habido un timbre en la puerta principal de la señorita Fearon, lo habían quitado o tapiado. La portezuela del buzón estaba tan caída que ni siquiera podía usarla para hacer ruido, a pesar de todos los métodos que probó. Se vio obligado a golpear la puerta, como la policía en las películas. De todos modos, vaciló en golpear muy fuerte. El vecino más cercano estaba a menos de quinientos metros de distancia.
Por fortuna, no hubo necesidad. Robin oyó pasos.
Se arrancó la gorra de la cabeza. Se suponía que los carteros no debían hacer eso, pero no cualquier cartero se tenía que enfrentar a la preciosa señorita Fearon por primera vez, o por primera vez oficial, y en un lugar tan remoto. Apenas tuvo tiempo de recoger el lápiz del suelo y escondérselo en la camisa.
Se abrió la puerta, pero no apareció ante él la señorita Fearon, sino un tipo de camisa a cuadros y pantalones sucios, como un inglés cualquiera.
—Paquete —anunció Robin.
Sacó la palabra como lo exige la regulación, pero estaba tan atónito que olvidó recoger la caja del piso.
El tipo no tenía la menor obligación de levantarla él mismo.
—¿Qué es? —preguntó con una suspicacia extraordinaria.
Siendo generosos, tenía cara de ser muy suspicaz: bigotito café, ojos chiquitos, sin rasgos característicos.
—Requiere firma —dijo Robin.
—Yo no estoy tan seguro —dijo el tipo.
—Es muy pesado —le advirtió Robin para darle un poquito más de información, aunque no estuviera obligado a hacerlo.
Los destinatarios deben aceptar o rechazar las entregas tal como se presentan. Sin embargo, el derecho al rechazo podría desaparecer pronto. Se remonta a la época anterior a las cartas de a centavo.
—¿Y qué? —inquirió el tipo con suspicacia.
Estaban llegando a un punto muerto. Robin ya sabía que eso pasaba a veces, pero en esa ocasión quería gritar de decepción. Sin embargo, le tiraron una cuerda salvavidas; difícil saber si era firme o endeble.
Una voz femenina habló desde el interior de la casa: una voz de lo más musical, pensó Robin, aunque en realidad sabía poco de música, y aunque la voz simplemente pronunciara un monosílabo.
—¡Paul!
—Bueno, bueno —dijo el tipo irritado, sin voltear a ver a la preciosidad de adentro ni dejar de asesinar con la mirada al pobre de Robin.
—No lo quiero —afirmó el tipo, y le dio una patada fuerte al paquete.
Robin pensó de inmediato que eso podría ser peligroso, puesto que, al parecer, ninguno de los dos sabía qué contenía la caja; peligroso y tonto.
—No está dirigido a usted —señaló Robin, estuviera obligado o no.
—¡Paul! —exclamó la voz musical desde el interior.
Robin estaba prácticamente seguro de que el sonido melodioso provenía de más cerca. En unos segundos podría suceder algo inesperado.
Robin puso la mano en la puerta. Ese podía ser su momento, quizá su mejor oportunidad.
—Puede quedarse con la… cosa esta… —chilló el tipo de bigotito café.
—¡Paul! —exclamó la voz musical, y Robin habría jurado que sonaba aún más cerca.
—…cartero —bramó el tipo.
Al mismo tiempo, le golpeó hacia abajo el brazo derecho con la fuerza de un larguero y le pisó el pie izquierdo con una bota que bien pudo haber tenido suela de hierro. Fue como si Robin hubiera “puesto el pie en la puerta” como vendedor itinerante, lo que se ordena a los carteros no hacer bajo ninguna circunstancia. El tipo cerró la puerta con un azote que podría haberla arrancado de sus bisagras, y cuyo eco sin duda recorrió aquellos quinientos metros en un día tan tranquilo como eran todos en esa época del año.
Robin, herido en dos sitios, se quedó tirado junto al paquete pesado y enigmático. Esperaba y temía en igual medida que se abriera de nuevo la puerta, pero no sucedió. La casa estaba hundida en el silencio absoluto que para entonces casi podía describir como normal. Por muy vulnerable que fuera su posición, estuvo demasiado molesto como para moverse durante lo que le pareció un largo rato.
Luego sucedió algo muy extraño. Robin, sin pensarlo, metió la mano a uno de los bolsillos de su chamarra y, de entre todos los formatos oficiales y demás documentos, sacó el comunicado de la Oficina del Catastro que debía haber entregado semanas antes en esa misma casa. Pensó que, con seguridad, lo que buscaba inconscientemente era su lápiz.
Era momento de recobrar la compostura. Se hincó y, así arrodillado, metió el cuestionario con timidez al buzón.
Al hacerlo, brotó la carta de costumbre, aunque no hubiera pasado ni una semana desde la anterior.
Robin se sentó en el escalón para leer.
Estoy aplastada bajo su peso y me pregunto: ¿quién es? Nada de lo que haga por mí me tranquiliza. Una cosa le digo, cartero: no hay felicidad que dure en ningún lado. Fielmente suya,
R.
Y los dos besos de Robin habían recibido otros dos besos a cambio. Notó en particular que, por vez primera, no le había pedido ninguna garantía. Ninguna en absoluto. O bien había aceptado su palabra o bien lo dispensaba de sus promesas pasadas. Al igual que con su carrera, quedó libre de decidir por sí solo.
¿Cómo es que el tipo, Paul, no había visto las respuestas anteriores que él había entregado sin cerrar? ¿Cómo es que un tipo así no había matado a la mujer de la voz musical si es que ya las había visto? ¿Cómo, viviendo con un tipo así, y como decía ella, sin saber nada de él, la mujer de la voz musical había tenido el valor para mantener semejante correspondencia con un cartero a quien sólo podía haber examinado, si acaso, por alguna fisura? La explicación más probable se le ocurrió mientras seguía ahí parado. Sencillamente, un tipo como ése quizá no supiera leer. Eso era lo más seguro.
Robin logró sacarse otro de los formatos usuales del bolsillo junto con el lápiz de siempre. “Mejor viva conmigo”, escribió. De momento, su brazo lastimado no le permitía escribir nada más. Caviló sobre la firma. Regresó a “C.”. Eso le pareció lo mejor, y con una única crucecita, casi austera. El formato lleno siguió a la misiva municipal hacia el interior de la casa.
Robin se puso la gorra y cojeó hasta el portón. Dejó el paquete en la entrada. Eso era lo que se hacía a falta de opciones. Tal vez volviera luego para ver si le había pasado algo.
¿Qué había sido de las alondras? ¿Y de las olas?
De camino a casa aquella noche, Robin se desvió (bastante, además) para mirar. Hasta donde alcanzó a ver, y definitivamente hasta donde su deber lo requería, el paquete había sido “recibido”. Pensó que la hipótesis usual del ladrón no cabía en ese caso. Quizá la casa estuviera bajo observación desde lejos, y seguramente también su fabulosa ocupante, pero nadie más que el cartero llegaba hasta la puerta, no había visitas. Esa simple probabilidad explicaba por sí misma varios aspectos de lo que había sucedido. Sin embargo, el humo verduzco apenas se adivinaba aquella noche. Un enjambre de mosquitos hubiera dejado una marca más notoria en el aire.
Muy pronto, Rosetta Fearon emergería, vestida de una forma muy distinta, para recoger turba.
Robin decidió que sería insensato e imposible esperarla.
Robin había estado guardando las tres cartas supervivientes en una caja de nueces de areca que su tío Alexander había conseguido en Oriente cuando era joven y le había regalado en su decimotercer cumpleaños.
El tío Alexander vivía jubilado en Trimingham. Su contribución constante a la vida era un incesante lamento por la estación de trenes de Trimingham y por toda la red M. & G. N. que alguna vez había dado un servicio radiante a la región. Siempre hablaba de los trenes color amarillo brillante, de su puntualidad inmaculada y de las tarifas completamente indoloras. El tío Alexander apenas salía de casa desde que cerró la línea, pero sus amigotes iban a verlo prácticamente todas las noches para tomar vino con canela y hablar del pasado. Dos de ellos habían trabajado en el patio de maniobras de M. & G. N. en Melton Constable; otros dos, en el departamento de horarios; un viejo amigo, en las vías mismas en Aylsham y la zona circundante.
Durante años, Robin no había logrado encontrarle un uso a la caja. Nunca se había atrevido a imaginar uno tan ideal como ése: la había convertido en un alhajero. Robin cubrió de besos la última carta de la señorita Fearon, siempre pensando en la mujer que había visto entre la muchedumbre apática de Lastingham. Era cierto que la promesa en las distintas cartas sólo estaba implícita, quizás incluso había que interpretar bastante para encontrarla, pero Robin sabía que así procedían las mujeres atractivas. Para una mujer, hablar con franqueza era admitir algo. Robin escondió el alhajero en su baúl, entre las piyamas desgastadas y la ropa para correr, y le echó doble llave. Luego se quitó el uniforme.
Todo ese tiempo había oído a su madre cantando. Le estaba preparando la merienda lo mejor que podía sin Nelly, quien estaba de vacaciones por una semana o dos en las costas de The Wash con una amiga que estaba un tanto tullida.
Despí… dete… de papi.
Se… nos va… a guerrear.
Esa tonada bailable de acentos fuertes era su melodía preferida. Siempre volvía a ella. A Robin le parecía que la cantaba desde que él estaba en la cuna, que algún día había sido de ella y, por supuesto, de Nelly, quien siempre estuvo entre ambos.
El padre de Robin estaba fuera esa noche, por trabajo o sólo por cambiar de aires.
Mientras comían, su madre le contó de los distintos hombres que la habían cortejado antes de casarse. Era su tema invariable cuando estaba sola con él, lo que, a fin de cuentas, no sucedía muy a menudo. En aquella época, trabajaba en una fábrica farmacéutica cerca del Támesis y la habían ascendido varias veces. La farmacéutica había sido un interés en común con el padre de Robin cuando se conocieron. Si él estaba presente, ella rara vez decía algo especial, y tampoco lo hacía él. Los datos oficiales afirman que los practicantes de medicina son muy dados a la melancolía. Entre ellos hay más suicidios que en cualquier otra profesión. En fechas recientes, Nelly era la que más hablaba en las comidas, y también el resto del tiempo.
Robin había tenido un día particularmente duro, en lo físico y en lo emocional. Pensó que sería incapaz de comer mucho, sobre todo porque hacía mucho calor y su madre detestaba abrir las ventanas. Pero, para su sorpresa, devoró todo lo que le pusieron enfrente, y luego pidió repetir. Su madre sonrió de oreja a oreja con nostalgia mientras se lo zampaba.
—Rex tenía las manos muy suaves —dijo.
Robin asintió. Otra vez tenía la boca demasiado llena para hablar.
—Y unos brazos preciosos.
—Bien por él —contestó Robin, con la articulación aún incapacitada.
—Hasta los hombros.
—No como los míos —dijo Robin, ya capaz de sonreír.
—Tú tienes los brazos preciosos, mi Robincito. Tú también —afirmó su madre—. Muy seguido pienso en ellos, pienso y pienso.
—Hoy cargaron un paquete muy pesado, mamá.
—Qué pena que tengas que trabajar tan duro.
—Veo el mundo, mamá.
—Ya viene siendo hora de que tengas una buena chica y tu propio hogar. Voy a pensar qué puedo hacer. Tengo experiencia, ¿sabías?
Al final, Robin talló rebanada tras rebanada de pan contra la densa salsa que ninguna otra cosa lograba quitar del plato.
—¡Qué cazador tan hambriento! —exclamó su madre con afecto.
—Tengo responsabilidades, mamá.
Opinaba muy distinto de su madre cuando, de vez en cuando, podían estar solos.
Sin decirle una palabra a nadie, Robin salió la tarde siguiente vestido de civil para buscar un cuarto en renta en Jimpingham. Era uno de sus periodos de descanso, y la señora Truslove lo dejó cambiarse en su baño; también prometió cuidar su uniforme hasta la noche; incluso le guiñó el ojo.
Jimpingham era un pueblo muy parecido a Brusingham, pero estaba un poquito más lejos del mar: tal vez a quince o dieciséis kilómetros. Entre Brusingham y Jimpingham estaba Horsenail, muy parecido a ambos. Robin pensaba, o más bien esperaba, que nadie en Jimpingham tuviera una idea muy precisa de quién era él. El acuerdo que su padre había hecho con la clínica era que él no daría servicio en esa dirección. Con los demás socios, mucho más viejos, tendría que arriesgarse. Se podía llegar a Jimpingham desde la casa de la señorita Fearon prácticamente sin cruzarse con ninguna construcción habitada, aunque la ruta no fuera muy directa.
Como veremos, Robin lo había pensado largo y tendido. Si Rosetta se lanzara a sus brazos, no podía llevársela a casa con sus padres y Nelly. Un cuarto en Lastingham no sería muy útil: todo el mundo lo conocía ahí y su uniforme lo hacía resaltar; al parecer, Rosetta revoloteaba por ahí casi todo el tiempo y la renta estaría basada en tarifas vacacionales. Lo último que podía imaginar era pelearse con Paul por la casa existente. Además, la necesidad podía surgir en un instante. Si no había un lugar razonablemente cercano para que Rosetta sentara cabeza, podría huir de inmediato a Londres o algún otro lado.
Por supuesto, después podría tomar posesión de la casita, suponiendo que Robin estuviera dispuesto a vivir con Rosetta en el mismo lugar en que Paul había vivido con ella, pero, entretanto, se requería un sitio completamente discreto y no demasiado demandante, cuya principal utilidad fuera albergar a un precioso pajarito azul herido. Por fortuna, los chicos de la escuela para varones hablaban todo el tiempo de los nidos de amor en los distintos pueblos: encima de un hábitat honesto; debajo de otro; detrás de un tercero; dentro de un cuarto, pero sin ventanas. Es probable que gran parte de la plática no proviniera de experiencias de primera mano, pero Robin confiaba en saber lo básico. En todo caso, su problema no era precisamente timidez, sino algo menos definible.
Robin paseó por Jimpingham un rato antes de echarse un primer clavado. Los viajeros tenían bastantes cosas que mirar sin tener que dar explicaciones: los restos de una bomba hidráulica ornamental; un estanque verde pálido del cual quizá la bomba extraía agua antes; una estructura de piedra que, según decían, estaba relacionada con el rey Carlos II; una fragua que ahora vendía miel en panal y recuerditos; la tumba de la hermosa doncella en la parte vieja del panteón, y la del doctor Borrow en la nueva. El doctor Borrow había sido un prominente matemático y predicador local, descendiente colateral, se decía, del mismísimo Lavengro. Robin nunca antes había inspeccionado ninguna de esas cosas con interés.
Su primera opción de alojamiento lo llevó casi de inmediato a una conversación vergonzosa para la que no estaba preparado, aunque se dio cuenta de que debió haberlo estado. Se lo habían advertido bastante. Terminó la plática fingiendo ser retrasado, un truco que sigue siendo útil en las partes menos sofisticadas del campo.
Necesitó valor real para intentarlo de nuevo, en unos minutos, a sólo unos pasos de distancia. Pero él no hubiera dicho que le faltaba valentía, y esa vez eligió mejor, porque dio con la servicial señora Gradey, refugiada de Dublín, quien tenía que ganarse la vida sin un hombre que la apoyara. Tenía siete hijos, todos en la escuela, pero ella dijo que no harían el menor ruido. Fue de lo más accesible con respecto a la renta y a todos los demás asuntos que se le ocurrió mencionar a Robin, como la ubicación del baño. Incluso prometió cocinarle un bistec con papas a la francesa al pobre pajarito azul de ser necesario, y los costos se acordarían por adelantado.
Robin declaró que de momento sólo quería rentar el cuarto amueblado por un mes, pues no sabía cuándo estaría libre el pajarito azul para mudarse. Insinuó que un poco después podrían reservar una suite, un penthouse, el edificio entero.
Después de su última experiencia en casa de Rosetta, Robin no vio razón para visitarla sólo una vez a la semana o cuando tuviera que entregar un paquete pesado. Quizá nunca habría otro paquete. A la mañana siguiente de haber hecho su trato con la señora Gradey, se quedó escribiéndole a Rosetta mientras su madre insistía en que bajara a desayunar mientras la comida seguía caliente. Como Nelly se había quedado unos días más en la playa, había tomado de su cuarto una hoja de papel rosado para escribir y le había cortado meticulosamente el ramito de brezo vertical con las tijeras oficiales que en teoría tiene todo cartero.
“No demores más”, escribió, pero le sonó a una de las canciones de su madre, así que también cortó una franja horizontal.
“Acude a mí de una vez”.
En momentos como ése, Robin, igual que todo el mundo, descubrió que no le habían enseñado a Shakespeare en vano.
“Acude a mí de una vez. Con respeto te aguardo. Esta es la dirección. Toma un taxi, de ser necesario. Actúa ya. Confía en mí. El cartero”. Robin sabía que una mujer en la situación de Rosetta estaría más dispuesta a huir hacia la protección de otra mujer, incluso de una desconocida. Por eso detalló por completo la identidad y el paradero de la señora Gradey. No podía ofrecerle un número telefónico, porque a la señora Gradey no le alcanzaba para uno. Sin embargo, evidentemente tampoco había teléfono en casa de Rosetta: no había nada más que una voluta de humo verduzco, diminuta pero perpetua; eso y el silencio. Robin no añadió ninguna crucecita. Era un momento demasiado serio para eso.
Dobló la carta y la metió en el sobre rosado correspondiente, pero no lo intentó cerrar, porque tal vez luego se le ocurriría añadir algo más. Como incluso era posible que quisiera reescribirla entera, también tomó una hoja extra. Se metió el brezo en el bolsillo de la camisa, para la suerte. Lo mantendría cerca de su corazón hasta que Rosetta acudiera a él.
Bajó corriendo, desesperado por desayunar algo, pero retrasado.
—Tu padre no llegó a dormir anoche.
—No tenía idea.
Robin tenía la boca llena de huevo revuelto, tocino, media salchicha de res, jitomate asado y menudencias de cerdo fritas. En una mañana como ésa, ¿qué importaba que ya no estuviera caliente? Así era más fácil tragarse todo.
—A veces me preocupa.
—Ya va a regresar Nelly.
—A veces me preocupan todos.
—No tienes que preocuparte por mí, mamá.
Su madre le echó una mirada rápida mientras comía. Debía haberse subido a su bicicleta diez minutos antes y salido de Brusingham pedaleando duro, recordando su ronda. Ella empezó a sollozar.
Siempre lloraba, pero cuando estaban los dos solos, como ocurría muy de vez en cuando, eso no hacía que la quisiera menos.
—Ay, Robin.
Robin dejó caer su tenedor y cuchillo. En todo caso, casi había limpiado el plato lleno; ¡y en tiempo récord! Dejó a un lado su pesada taza, sin preocuparse por el platito. Cruzó con trabajos el cuarto descolorido pero familiar y se hundió en el pecho profundo de su madre.
—Siempre serás mío —dijo ella, con lágrimas más abundantes—. Mío. Mío.
Robin recargó la mejilla izquierda, bien rasurada como estaba estipulado, contra la garganta y la frente de su madre. Volteó a ver sus enaguas negras y apretadas.
—Me cuesta mucho trabajo —continuó la madre de Robin y se volvió a disolver.
—Un día te vas a librar de todo.
Ella dejó de llorar un instante y le clavó una mirada seria a su hijo.
—¿En serio? ¿Lo crees de verdad?
—Claro que sí, mamá —le dio un apretón fuerte y especial—. Ahora me tengo que ir. Muchas cartas. Muchos paquetes. Etcétera.
Antes de soltarlo por fin, su madre le dio un beso serio y deliberado. Estaba bañada en lágrimas. No dijo nada más.
—Adiós, mamá.
Corrió a desencadenar su bicicleta. Todo el tiempo tenía la mano sobre la carta guardada sin cerrar, y sobre la hoja adicional con el brezo junto a ella.
Al llegar el momento, le pareció insignificante desviarse de su ruta para hacer su entrega. ¿A quién le importaban esa mañana los viejos telescopios rajados, medio oxidados y con lentes perdidas; las cámaras Brownie destartaladas; los corazones secos como hongos al terminar la temporada? Todos estaban perdidos si lo suyo era amor.
Robin recorrió la vereda fragmentada como si tuviera todo el derecho del mundo de estar ahí y varios asuntos oficiales que resolver. Sacó su carta y la metió por la portezuela idiosincrásica como si fuera un ultimátum. Por primera vez, nada salió de adentro. Apenas volteó a ver la casa mientras se alejaba, aunque sí revisó que hubiera un tímido efluvio verde. Ahí estaba, y ahí, no pudo evitar suponer, estaba el caracol en la espina del que hablaba Browning, ¡y todo lo demás! Sin darse cuenta, empezó a cantar a medias mientras pedaleaba otra de las preferidas de su madre: “Novio apuesto. Novia igual. La pareja es ideal. Padre en dicha. Madre igual”.
Cuatro días después, Robin estaba sentado solo en el cuarto que había rentado.
Había logrado ir a la morada de Rosetta todas las mañanas, pero cada vez había levantado suavemente la portezuela sin resultado. No necesitaba que le dijeran que Rosetta estaba pasando por una agitación interna. Ya ni siquiera la veía brincando despreocupada de tienda en tienda en Lastingham. Estaba enfrentando la crisis más importante de su vida. Quizá no tendría otra crisis semejante hasta que a Robin le diera un infarto o un colapso nervioso. Si todo salía bien, claro.
Robin no sólo estaba a solas en el cuarto. Estaba a solas en la casa. La señora Gradey y toda su progenie habían salido a rebuscar en la basura. Al parecer, lo hacían todas las tardes, cuando el clima lo permitía. Regresaban con una variedad asombrosa de objetos que la señora Gradey pasaba la mayor parte del día ordenando y volviendo vendibles.
La señora Truslove le había dicho a Robin que el viejo había muerto el día anterior. Eso que temían había ocurrido por fin, y el final había sido liberador.
—Cuando la gente se empieza a ir, se desmorona como un árbol —comentó poéticamente la señora Truslove.
Había estado ordenando giros postales al hablar.
Sonó el timbre: largo y fuerte. Robin se quedó bastante calmado. La señora Gradey tenía muchas visitas, igual que sus dos hijas mayores y su hijo más grande, que se llamaba Laegaire. Robin ya estaba entrenado para descartar sus expectativas.
Sea como fuere, esa vez se sorprendió mucho. A la puerta estaba Nelly, de vuelta de la costa, morena como lobo de mar (o su equivalente femenino), firme como piedra.
—Voy a subir —fue lo único que dijo.
Robin se quedó parado en el centro de la alfombra que había rentado, en parte, temeroso como cervatillo, en parte, sólido como nuez. Nelly llevaba un vestido de viaje floreado.
—Sólo me alcanza para esto —dijo Robin, sonriendo—. De momento, digo.
—Ojalá que tenga las piernas cortas —dijo Nelly mirando la cama, que podría haber sido de roble ahumado.
—En realidad, no lo sé —confesó Robin, todavía sonriendo.
—¿Quién es, Robin? Confiesa. Así estaremos en esto juntos.
—Se llama Rosetta Fearon. No te va a sonar.
—¡Que si no me suena! Es esa cosita que se pasea por Lastingham y entra antes que nadie a todos lados.
El corazón de Robin, junto con el resto de sus órganos, dio un vuelco. Apenas entonces se dio cuenta de lo lejos que estaba de sentirse seguro. Le tomaría dos o tres minutos recobrar la confianza. Aun así, se habían confirmado de nuevo las palabras del antiguo e inválido cartero y pescador.
—¡Qué tontito eres! —dijo Nelly, como le decía a su hermano cuando era muy chico.
—¿No le vas a decir a nadie, Nelly?
—No. Pero nunca te la vas a llevar a la cama. Ni a ésta ni a ninguna.
—No se trata de eso, Nelly. Eso no es lo único que hay.
—No —coincidió Nelly—. No es lo único.
Robin la miró. Siempre le llevaba ventaja a todo el mundo. Siempre había sido así, empezando por su madre, y ni hablar de su padre. Así había nacido.
—Siéntate, Nelly —le pidió Robin, serio—, y explícame por favor lo que estás diciendo de la señorita Fearon.
Por instinto, Nelly se sentó en la única silla que estaba bien firme. Ni siquiera necesitó mover ni probar las otras. Se bajó el extremo de la falda de un tirón, como si estuviera con un extraño. En cierto sentido, Nelly siempre estaba con un extraño. Robin se sentó en el piso y se pegó las rodillas al pecho.
—No es de las que hacen eso para nada —dijo Nelly—. De entrada, mira cómo se viste. Ese tipo de ropa no es para quitársela.
—Yo creo que se viste muy bien.
—Entre mujeres nos damos cuenta —afirmó Nelly—. Además, tiene algo raro.
—¿Como qué?
—No conoce a nadie. Ni quiere.
Robin estiró un poquito las piernas.
—¡Nelly! ¿Puedes culparla?
—Y nadie quiere conocerla a ella. Te lo aseguro.
—No sabrían qué decirle.
—Se queda encerrada en su casa y nadie sabe qué hace.
Robin se le quedó viendo desde el piso.
—Nelly, ¿cómo pueden saber qué hace, ni tú ni nadie, si ni siquiera le hablan?
—Te estoy hablando a ti, Robin. Lo tomas o lo dejas.
Robin reflexionó un momento.
—Dime. ¿Cómo te enteraste de mí? ¿De este lugar?
Nelly sonrió por primera vez, y con mucho afecto, pensó Robin.
—Todo lo que tú hagas o pienses es como un libro abierto para mí, Robin. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Ya lo sabes.
Robin reflexionó de nuevo. Nelly no le había puesto los ojos encima desde que se había mudado.
—Hay veces que todo el asunto me asusta. Lo admito.
—Robin —continuó Nelly muy seria, o eso pareció—, te recomiendo que te rindas y regreses a casa.
—Yo creo que la mayoría de los muchachos están asustados a veces —dijo Robin en su misma línea de pensamiento, mientras recordaba a sus amigos de la escuela, que siempre estaban en guardia en sus anécdotas, pero se encogían de indecisión y se pedían consejos en el recreo.
—No es para ti, Robin —dijo Nelly suavemente, y, por lo tanto, quizá más en serio—. Vuelve a casa.
—No me he ido de la casa, Nelly.
—¿Y entonces esto qué es? —el ademán de Nelly podría haber abarcado toda el ala de invitados de Sandringham.
—Esto es aparte. Nada más.
Nelly le dedicó una mirada dura.
—Eso no se puede, Robin. Te lo digo yo. Es una cosa o la otra.
Robin bajó las rodillas y cruzó las piernas como se supone que hacen los turcos.
—Ya es muy tarde para regresar —aseveró.
Se estaba esforzando mucho por parecer a la vez decidido, impasible y en control de la situación.
—Definitivamente no te puedes regresar conmigo —dijo Nelly, como si se hubiera referido a la hora. Se había parado y estaba examinando el estado de sus muslos, primero de una pierna y luego de la otra—. Tengo que ir a ayudar a mamá, y mamá se haría ideas si llegaras conmigo. Al rato te veo. Si no te interrumpen antes, claro. Ya te dije lo que te quería decir.
—No es una situación tan desesperada, Nelly —dijo Robin de nuevo con una sonrisa, pero que le costó trabajo dibujar—. Claro que me vas a ver. Me están empezando a rugir las tripas. Y a todo esto, ¿cómo llegaste acá? ¿Te viniste en bicicleta?
—Boulton me trajo desde Trapingham. Me está esperando.
—¿Dónde te está esperando?
—En el Peck of Peas. Él es la otra razón por la que no puedes venir conmigo, hermanito.
Boulton Morganfield no era de la región, sino de cerca de Coventry. No se parecía a nadie.
—¿Te gusta Boulton?
—Para nada, Robin. Nada, nadita. Ni tantito.
Robin casi logra reírse.
—Cuídate, Robin. En serio.
Pero todo lo que sucedió después de esa plática innecesariamente perturbadora fue que Robin esperó otra media hora según su reloj oficial y luego se fue en bicicleta a casa, muy despacio. Aunque tuviera mucha hambre, no tenía caso apurarse. A su madre y a Nelly siempre les tomaba mucho tiempo preparar la cena, porque siempre se interrumpían para contarse confidencias. No había habido seña del regreso de los Gradey.
La mañana siguiente, una carta cayó a los pies de Robin al abrir la portezuela de la señorita Fearon. Se desabotonó la chamarra o túnica antes de leerla.
Ya no soporto más. Me entrego a usted aquí y ahora, segura de que me tratará con respeto. Rosetta.
Y había dos cruces, esta vez más grandes.
Todo el día, a Robin le costó trabajo recordar el orden de los distintos edificios y cabañas, no dar vuelta a la izquierda cuando le correspondía girar a la derecha. A eso de las once y media, casi atropella a la señora Watto, que escribía libros para mujeres mayores y que siempre traía puesto un blusón largo, para esconder quién sabe qué.
—Me perdiste por completo. Ya no sé en qué estaba pensando —murmuró la señora Watto con ojos relucientes y labios entreabiertos.
Ya entrada la tarde, Robin llegó en bicicleta a Jimpingham. Obviamente, era lo más temprano posible, aunque Rosetta no hubiera podido especificar una hora muy precisa. A cierta distancia de la casa, percibió que los Gradey ya habían salido a sus asuntos. Para entonces, existían señales que había aprendido a interpretar desde bastante lejos.
Robin encadenó su bicicleta y subió lentamente. Abrió la puerta con cuidado, como siempre: era necesario por la estructura.
La hermosa Rosetta estaba sentada adentro. Igual que Nelly, había encontrado la única silla confiable.
Rosetta se puso de pie en sus preciosas piernas.
—¿Tú eres mi cartero? —preguntó con su voz musical, más aguda de lo que Robin estaba acostumbrado a escuchar, pero que se propagaba como cascada bajo el sol.
Le extendió las manos. Traía sus guantes en una de ellas.
—Me llamo Robin Breeze —dijo Robin muy bajo—. Sólo soy un cartero provisional. Creo que debería decirlo, antes que nada. Muy pronto voy a dedicarme a otra cosa.
No hubiera podido expresarse tan bien ni tres minutos antes. La voz de Rosetta lo había inspirado; su mano, de una calidez, textura y agarre exactos, lo había fortalecido.
—¡Yo también! —dijo Rosetta, con una risa que sonaba a moneditas de plata pura cayendo en un estanque iluminado.
Volvió a sentarse.
—Siéntate, por favor —dijo Rosetta como si fuera la anfitriona recibiendo a un invitado.
Robin pensó que lo más sensato sería sentarse en la cama. Pero antes cerró la puerta, aunque fuera un cuarto estrecho.
—¿Adónde se fue todo mundo? —preguntó Rosetta.
—Salieron a trabajar. Es la familia Gradey. La madre y sus hijos. Espero que no te moleste.
—No me voy a quedar para siempre —aseveró Rosetta.
—Ya quedé con la señora Gradey para que te cocine, si quieres. Me temo que no será nada espectacular. Como lo que comemos en casa.
Robin pensó que era mejor dejar claro lo antes posible que no tenía intención de mudarse con Rosetta de inmediato, ni siquiera a otro cuarto en la casita, suponiendo que hubiera uno libre. Además, la manera en que habló debería aligerar el tono de la conversación, volverla perceptiblemente más familiar e íntima.
—Llevo un tiempo sin comer mucho —confesó Rosetta, con unos ligeros hoyuelos—. He estado viviendo un calvario, tú entiendes.
—Eso parece —dijo Robin, queriendo darse aires de experiencia.
Para su deleite, Rosetta no parecía llevarle más de diez años, ni siquiera ya que podía examinarla de cerca, como a un paso de distancia, a la luz del sol y relajada.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Lastingham?
—Mi tío me dejó la casa. En su testamento, ya sabes. El señor Abraham Mordle. Tal vez te suene.
Robin negó con la cabeza. De hecho, sí había oído hablar de Abraham Mordle. Todos los niños lo conocían como el Rey Sustos. Le pareció mejor no tocar el tema.
—¿Y te mudaste? —preguntó con cortesía, aunque había quedado un tanto perturbado.
—No tenía nada mejor que hacer —dijo Rosetta—. Hay cosas en qué ocuparse, aunque sea una casa fácil de manejar. ¿Sabías que antes se llamaba Niente?
—¿Qué significa? —inquirió Robin.
—Es “nada” en italiano. Se cayó el nombre y antes de que pudiera encargar que lo pusieran otra vez, apareció Paul.
—¿Y él no lo podía poner? —preguntó Robin, en broma, sin duda, pero con más familiaridad, que era el punto.
Cada tercer segundo le echaba una mirada al sutil escote del vestido de Rosetta; cada segundo intermedio, al dobladillo perfectamente situado.
—Paul no sabía hacer nada. ¿Conoces a H. H. Asquith?
—Apenas.
—La esposa de Asquith (su segunda esposa) decía: “¡Herbert no sabe ni prender un cerillo!”. Eso es lo único que recuerda todo mundo de Asquith. Paul también era así.
—No se veía así —dijo Robin—. Yo lo vi una vez.
—Paul no era como parecía. Eso fue algo que aprendí pronto. Una de las cosas que aprendí.
—Tuve que entregar un paquete —continuó Robin—. Estaba dirigido a ti. ¿Te llegó?
—Supongo que sí —dijo Rosetta—. Siempre me llegaban paquetes.
Robin logró contenerse de decir: “Claro que no”.
—Paul decidía qué hacer con ellos. Recuerda que era mi esposo. No es que fuera desconsiderado. Te dije que no lo era.
—Me dijiste cosas que no entendí por completo —dijo Robin—. Supongo que no querías entrar en detalles. Tal vez ahora puedas contarme más. No quiero preguntar si prefieres no hablar del asunto.
—Hay pocas cosas que contar —contestó Rosetta, ya con los hoyuelos completos—. Un día desperté y descubrí que estaba casada. Igualito que lord Byron. Nunca entendí cómo pasó. Fue como un sueño, pero no. Dices que viste a Paul con tus propios ojos. Nadie podría inventarse a Paul.
Robin asintió. No tenía ganas de hablar de Paul.
—Será mejor que pensemos más en el futuro, ¿no? —sugirió.
Rosetta soltó su risa de estanque iluminado.
—¡Qué práctico eres!
—Será lo mejor, ¿no? —preguntó Robin, un poco perdido.
Si quería ser práctico, pensó con remordimiento, era de una forma muy distinta. Trató de aspirar la totalidad gloriosa de Rosetta, desde su pelo de trigal y sus ojos de reseda hasta sus pies delgados y sus zapatos fantásticos. De pronto se preguntó cómo había hecho el trayecto. No podía imaginarse a esa visión recogiendo turba. En eso, por lo menos, se había equivocado el viejo.
Rosetta habló con decisión.
—Creo que lo mejor será que me quede aquí al menos unas semanas. Incomunicada. Excepto, a veces, con el cartero.
Robin la miró a los ojos.
—Pero sólo a veces.
—Podríamos planear qué hacer después —dijo Robin, tratando de aprovechar su propuesta, pero sintió el intento débil.
—Usaré ese tiempo para descansar, y luego quizá para ir al extranjero. Usted debe comprender, cartero, que no tengo dinero. Sólo lo que traigo en la bolsa. Paul era muy severo. Por eso me fui. Entre muchas otras cosas. Me tuve que ir. No tenía opción.
Robin sintió que palidecía con cada oración de esa confusa historia.
—Pero… —balbuceó, sin saber por completo qué palabras pretendía usar después.
Rosetta se lo ahorró.
—Lo mejor será que se lo diga muy claro, cartero. Por supuesto que le pagaré cada centavo al final. Cuando tenga las suficientes fuerzas, me iré al extranjero. Allá me abriré camino. No en Inglaterra. De no ser por la herencia de mi tío, me hubiera muerto de hambre sin que a mis supuestos amigos y a mi despreciable familia les importara un bledo. Mi tío Mordle me dejó un poco de dinero junto con la casa. No tiene idea de cómo es la gente en realidad, cartero. Al menos espero que no la tenga. No dejaré que nadie se me acerque nunca más. Paul fue el último.
Fue un discurso con tonos de amargura, por decir lo menos, pero Rosetta lo pronunció con alegría, como el tañido a media distancia de campanas medievales.
—Haré todo lo que pueda —dijo Robin, aunque ya no tenía idea de qué tanto podía hacer.
Fue como cuando, por falta de experiencia, había engullido una nieve de limón entera en uno de los banquetes profesionales de su padre, el único al que habían asistido. Al igual que cualquier muchacho que se respete, había supuesto que el romance suministraría sus propios y misteriosos medios. Por lo menos al creyente verdadero, a quien tuviera fe. Ningún muchacho que suponga lo contrario merece aprecio.
Rosetta lo veía con una sonrisa en sus ojos azules.
—También le pagaré intereses —añadió—. Claro que sí. Entretanto, me entrego a usted.
Por supuesto, era la misma expresión que había usado en su última carta.
Pero la familia Gradey estaba de vuelta. Robin llevaba un rato oyendo sus traqueteos y estruendos de todo tipo, aunque no les pusiera atención. Rosetta, por supuesto, no había comentado nada. El diálogo entre ella y Robin había sido muy intenso.
Tocaron a la puerta.
—Entre —dijo Rosetta.
Fue la primera vez que a Robin le pareció que hablaba, quizá, como extranjera. En su casa, su padre les decía “pase” a todos los pacientes.
La señora Gradey entró, aún manchada de óxido y excremento.
—¿Cómo estás, corazón? —preguntó con empatía.
—Bastante bien —contestó Rosetta, aún sentada en su silla—. Cansada de mi calvario.
Sonrió con valentía, por así decirlo.
—Sabía que habías llegado. Es un don que yo tengo. Pregúntale a Robin.
—Tenía toda la razón —dijo Rosetta.
—Mis hijos también tienen el don —exclamó la señora Gradey.
Rosetta asintió lenta y grácilmente.
—¿Ya te contó Robin de mis hijos?
—Sí, por supuesto. Estoy segura de que me haré amiga de todos. ¿Tienen bicicleta? Hay muy buen terreno por aquí.
—Bicicleta tienen, pero otras cosas, no.
—Veré qué es lo que más quiere cada uno.
—Qué considerada, corazón. Son niños buenos y tranquilos. No vas a oír que hagan ni un ruido. Dormirás en paz, te lo prometo.
De hecho, seguía habiendo golpes secos y metálicos afuera, pero los ojos de la señora Gradey estaban recorriendo el cuarto parcamente amueblado, comparándolo con la elegante Rosetta.
—Si hay algo que quieras que te compre, puedo mandar al mayorcito al pueblo.
—Gracias. Le hago una lista.
—¡No vas a querer cenar bistec! ¿Qué tal un pavo, así, bien gordito? ¿Y una botella de vino francés del fino, del Peck of Peas? Tienen una licorería esplendorosísima en el Peck.
—Gracias —dijo Rosetta—. Aquí entre nos, señora Gradey, me muero de hambre por primera vez desde que tengo memoria.
—Ay, dime Maureen —dijo la señora Gradey con una amplia sonrisa, aunque su cara siguiera sucia por el trabajo.
Rosetta le devolvió la sonrisa, pero no hizo nada más.
—¿Y Robin se va a quedar para todo? —preguntó la señora Gradey.
—No —interpuso Robin—. No puedo. No es posible.
Hubo una pausa larga y curiosa entre los tres, como en los tableaux vivants. No se podría decir que hubiera crucecitas en el aire en ese momento, aunque cupiera la esperanza.
—Me tengo que ir a casa —dijo Robin—. Me están esperando. Vengo mañana en la tarde a esta misma hora, o un poquito después.
¡Con cuánta desesperación y confusión deseó poder haber añadido “con mil libras en efectivo”, aunque sólo fuera para sí!
Sin embargo, esa noche reflexionó en su cuarto que no sólo el dinero era un problema y una interrogante. El romance había estado ausente en todo lo que había pasado, y el pragmatismo se había entrometido demasiado. Durante la cena, Nelly no se había interesado más en él, casi a propósito, y se había dedicado por completo a organizar las labores del día siguiente con su madre. Se habían acumulado mucho los pendientes en su ausencia. Su padre había pasado y repasado las hojas del periódico vespertino, como hacía siempre, agotado por su lucha diaria contra lo intangible y lo intratable.
Cuando Robin llegó a Jimpingham la tarde siguiente, la señora Gradey lo estaba esperando para darle una factura por unas treinta y nueve libras.
—Unas cositas adicionales para animar el cuarto —dijo.
Luego le dio una segunda factura, por cuarenta y siete libras exactas.
—No sé bien de qué sea eso —confesó—, pero creo que está bien.
Estaba parada a la espera, interceptando a Robin de camino a las delicias de arriba. De cualquier forma, él había llegado cuarenta minutos más tarde que la vez anterior.
No estaba en condiciones para asimilar ni analizar los detalles financieros.
—¿Quiere el dinero ya? —preguntó.
Fue todo lo que pudo decir.
—Sí, y no puedo fiar —dijo la señora Gradey, con un nuevo matiz de militancia en su tono.
¿Dónde había conseguido el dinero para pagarles a las distintas tiendas y negocios, y para que Laegaire o Emer, que quizás incluso habían tenido que faltar a la escuela, pudieran ir de compras? Sin duda de su caja fuerte, enterrada muy por debajo de las papas y resguardada por duendes.
—Mañana se lo traigo, señora Gradey. —Por suerte, tenía ciento dieciocho libras invertidas, por supuesto, en la Oficina de Correos—. O le traigo todo lo que pueda. Tengo que avisar con tres días de anticipación para sacar el resto. —La señora Gradey no dijo nada. Robin podía oír a los niños jugando a irlandeses y protestantes en el jardín. Antes sólo habían hecho ruidos relacionados con su negocio—. Creo que son tres días.
A Robin le estaba costando trabajo estar seguro de cualquier cosa.
—Claro, y es una dama encantadora —dijo enigmáticamente la señora Gradey.
—Pero no vaya a comprarle nada más —le pidió Robin. Había más miedo que firmeza en su voz—. No me alcanza.
Con la esperanza de conseguir un poco de comprensión, incluso de empatía, hizo su mejor esfuerzo por sonreírle a la señora Gradey.
—Una billetera flaca nunca ha comprado a una bella dama, ¿no dice así el dicho? Sube, Robin, mientras puedas.
Al tocar la puerta de Rosetta, Robin notó cuánto le temblaba la mano de nuevo.
—Un segundo.
Esa preciosa voz no iba a calmar su tremor.
Esperó. La señora Gradey estaba haciendo cualquier cosa justo abajo. Todo el tiempo podía ver que seguía ahí parado.
—Un segundo —repitió la preciosa voz.
Si le hubieran dado la oportunidad, Robin se habría disuelto en la nada sin pensarlo.
—Ya puede entrar.
Rosetta traía puesto un vestido precioso, como siempre que la veía en Lastingham, pero lo raro era que no veía absolutamente ningún cambio en el cuarto, nada añadido y nada extraído. Ni siquiera el aire parecía haber cambiado.
Pero había un perrito correteando de un lado a otro del cuarto metido en sus asuntos; un terrier esponjado color ocre.
—¿Y él de dónde salió? —preguntó Robin, tratando de no ser demasiado obvio.
—Me lo encontré en el cuarto al despertar —respondió Rosetta—. Primero Paul y ahora un perrito —se rio—. Las mascotas no se me dan mucho mejor que los maridos. ¿Podrías encargarte de él?
—No me lo puedo llevar a casa —dijo Robin enseguida—. Mi padre nunca aceptaría un perro en la casa. Es doctor.
—Entonces no te lo lleves a casa —dijo Rosetta.
Todavía no le había sugerido que se sentara. Se quedaron mirándose con el terrier correteando entre ellos y entre sus piernas. Tal vez sólo fuera por ser tan joven. Robin sabía que eso era lo que iba a decir la gente.
—Tampoco creo que se lo pueda llevar al veterinario —continuó Robin muy lento.
—Tal vez se convierta en un apuesto príncipe —sugirió Rosetta.
—Yo soy tu apuesto príncipe —contestó Robin, luego de unos pocos segundos de silencio.
Sólo esperaba haber elegido el momento correcto para quemar las naves, como era necesario de vez en cuando.
—Ya tengo un príncipe —dijo Rosetta—. Tú no pareces darte cuenta, pero creo que lo dejé claro en todas mis cartas.
—No —dijo Robin—. No lo dejaste nada claro. ¿Dónde está ese príncipe?
—En el extranjero. Me voy a reunir con él. Ya te lo dije.
Robin se quedó mirando la alfombra desaliñada, demasiado familiar luego de unas seis vistas. El perro cruzó una y otra vez su campo visual.
—¿Así que eso es todo? —inquirió.
—No hay necesidad de ser desagradable —dijo Rosetta, rebosante de sensatez—. Te lo dije desde el principio. Cualquier otra cosa sólo está en tu imaginación.
—¿Y qué hay de Paul?
—Me voy a divorciar. Tengo razones suficientes. Aunque, hoy en día, en realidad no necesitas razones.
—¿Y qué hay de mí? —Robin estaba improvisando a ciegas, ganando tiempo y extenuando la realidad; era improbable que lograra algo.
—Estoy muy agradecida por todo lo que has hecho y espero que lo sigas haciendo unas semanas más. Claro que no espero que me visites diario. Ya también te dije eso. Los niños Gradey estarán entre nosotros, de ser necesario. Son buenos chicos. Les di ametralladoras a todos. A las niñas de hoy día no les gusta que las excluyan.
—A mí tampoco me gusta que me excluyan —dijo Robin, sin tener dónde apoyarse, ni un bordecito.
El perrito parecía tan ocupado como nunca, aunque sus ocupaciones no fueran evidentes para nadie. A Robin no le cabía duda de eso.
—Si te sientas un segundo —propuso Rosetta—, te diré exactamente qué hacer.
Claro que lo último que quería hacer Robin era irse, así que se sentó. Obviamente sobre la cama, para dejarle la silla buena a su anfitriona.
Rosetta fue al grano de inmediato.
—Renuncia a esas ideas locas que te revolotean como avispas. O como moscardones. Ah, sí, ya lo sé todo. Sé todo lo que hay que saber sobre los hombres. Los puedo leer desde el otro lado de un muro. Consíguete una chica linda y ordinaria, que no sea muy atractiva o vas a estar celoso todo el tiempo, que no sea muy lista o vas a estar angustiado todo el tiempo, que no sea muy rica o no tendrás por qué esforzarte, que no sea muy original o va a molestar a la gente. Hay muchas de ésas, y todas están al alcance de la mano de un joven cartero como tú. Eso es lo que te ofrezco.
El terrier se había detenido de pronto, como si fuera un perro de caza en un coto.
—Tú no vives así —dijo Robin desde la cama.
—Yo no tengo vida —contestó Rosetta—. ¿Qué no ves?
—Tal vez sí.
Robin la estaba mirando: por momentos quieta esa tarde húmeda; por instantes tan rígida como el perro.
Rosetta sonrió.
—Soy la persona que todos los carteros acaban por conocer.
—Yo sólo soy un cartero provisional. Ya lo había dejado claro —comentó Robin, empezando a relajarse de nuevo.
—Haz lo que te digo. ¿Qué más te queda? Sólo avispas y moscardones.
—Parece que tengo que cubrir las facturas, ni más ni menos —dijo Robin.
Podía sentirlas en el bolsillo de su chamarra o túnica.
—Sólo hasta que pueda pagártelas. Y con intereses. —Seguramente Robin pareció escéptico de alguna forma, aunque no fuera a propósito—. Te lo prometo.
Incluso se inclinó hacia él. El perro también había recobrado su movilidad y había empezado a lamerle los tobillos a Rosetta.
Robin hizo un segundo esfuerzo supremo durante ese corto encuentro.
—Quítate el vestido —dijo con voz ronca entre el aire quieto y gastado.
—Bueno —contestó Rosetta, muy quedo, pero de inmediato. Tenía los ojos clavados en los suyos.
Puso manos a la obra sin demora. Robin se quedó sentado en la cama, fingiendo calma sin convencer a nadie.
Rosetta se quitó el precioso vestido azul y lo dejó ahí tirado, con el perrito moteado husmeándolo. Pero seguía trayendo un vestido puesto, un precioso vestido rosa.
—Quítatelo —dijo Robin, casi gruñendo de masculinidad.
De nuevo puso manos a la obra y un segundo vestido quedó tirado ante él, cerca del primero, y con el perro pisando indeciso entre los dos. Rosetta ahora traía puesto un precioso vestido verde. Sonreía plácidamente. Volvió a sentarse en la silla firme. Por primera vez, Robin notó sus aretes verdes, largos pero ligeros.
—Siempre te voy a escribir, cartero —dijo Rosetta—. Te lo prometo.
Tendría que pedir prestado, pero, ¿a quién? Sólo podía pensar en Nelly, quien seguro tendría sus propias ideas al respecto. Debía recordar que también tendría que pagarle la renta a la señora Gradey durante todo el tiempo que se quedara Rosetta, aunque la señora Gradey podría ser la menor de sus posibles acreedores.
—¿Siempre? —inquirió Robin.
—Siempre.
Entonces se pudo parar. No parecía correcto darse sólo la mano, como cuando se habían conocido el día anterior, y Robin sospechaba que los besos de Rosetta eran estricta y exclusivamente epistolares.
—¿Entonces no me despido?
—Nunca te despidas.
Rosetta también estaba de pie. El perro los miraba entre interesado y apático, y con la lengua empezando a colgarle de lado.
La señora Gradey lo estaba acechando abajo.
—¿Entonces mañana? —preguntó—. ¿Con una parte? ¿Todo lo que consigas? No soy la reina de Tara, ¿eh?
—Usted es la reina de mi corazón —contestó Robin con alegría—, que es mucho mejor.