Stories 93 / Random

Stories by juan rulfo

igual que ayer, dijo el padre (spanish)

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«Igual que ayer», dijo el padre. «La misma sonrisa.»
Recogió sus cosas y regresó a continuar la misa. Su cabeza se movía de un lado a otro, desoyendo el movimiento de su cuerpo. Y de pronto se dio cuenta de que estaba pensando en su cuerpo. O quizá no en el de él sino en el de Susana San Juan, que había mostrado los senos desnudos, flotando en un aire caliente, y el comienzo de la cintura, allí donde se enhebran todos los pecados de los hombres.
Pero él no era hombre. Lo había sido, ahora pertenecía a otra humanidad. Sacudió la cabeza para borrar la imagen de aquella mujer; querida mujer, hermosa con hermosura limpia. Y los senos otra vez, prendidos en el aire, sostenidos por el aliento. Los senos, nidos de amor. Pero él no tenía derecho de eso, ni a ninguna otra cosa. Sacudió otra vez el pensamiento y entró al Evangelio, bendiciendo con sus manos temblorosas a los fieles. Luego se hundió en el recuerdo vivo, reciente, y sus manos, utilizando las yemas de los dedos, repasaron las letras de la misa, sin atreverse a recorrer la hoja. Las letras, que tenían figuras de mujer. Luego, vencido por las venas hinchadas, pronunció el nombre de Susana San Juan, y cerró los ojos estremecido sólo por ese nombre. Volvió a pronunciarlo para castigarse, sintiendo que era un fuete de fuego que le partía la cara y, al hacerlo, encontró otra vez los senos en las letras redondas.
Se arrodilló para la Consagración. Imitó los gestos de la oración del huerto, pero cerró el cáliz sin haber probado la carne ni la sangre. Imitó los movimientos deteniéndose, conteniendo la respiración, esperando que alguna señal le reprobara. Y mientras oía el sonar de la campana y adivinó que los fieles estarían inclinados hacia la tierra cerrando los ojos, se perdonó a sí mismo; porque se sintió arrepentido en su intención.
Por la puerta abierta de la iglesia entraban las golondrinas repasando la nave. Oyó el piar de las golondrinas en el silencio que antecede a la culminación de la misa; la oración dicha en latín, en un idioma que puede deletrearse o que puede convertirse en un rumor ininteligible.
Cerró el breviario y entró en el Evangelio de San Juan: «En el principio existía el Verbo»; pero ya para entonces todos los fieles habían abandonado la iglesia apenas alumbrada en esta hora, apenas visitada por unas cuantas viejas, inservibles, desmañanadas por la vejez y por la falta de sueño. Pensó en Susana, y se frotó las manos para dar la bendición.
—El padre Villalpando. Sebastián Villalpando… Usted lo puede ver, allá, junto a la loma, donde están las quince cruces. Una de ellas es la de él. Murió por la causa el 23 de abril de 1927.
Recogió la estola que se le había caído y pensó en el chocolate caliente, en las galletas. Dijo: «Al fin y al cabo somos seres humanos». Pensó en el requesón y en la leche espumosa. Pero en seguida un cuerpo totalmente desnudo se puso junto a él, enfrente, y él lo miró; se recostó sobre el pilar del curato y sus manos abrazaron la imagen y sus labios calientes besaron la fresca cal donde estaba dibujando el cuerpo de Susana. «No sé por qué», dijo. «No sé por qué.» Y sus labios destilaron agua y mordieron el liso tronco de un pilar sin junturas.
Después, al separarse, dijo: «Tengo un día por delante; pero no sé lo que sucederá cuando llegue la noche».
Al comenzar la noche lo llamaron de nuevo. Él fue. Envolvió los Santos Óleos en las faldas de su camisa, para no llamar la atención; para no preocupar al pueblo.
«No quiero que me sigas con la campana», le dijo al sacristán. «Es mejor que nadie se entere.»
Esto sucedió la víspera del día de la Concepción de la Virgen. Un sábado 7 de diciembre.